-»x«–»Naruto«–»x«-

¡Qué agradable poder levantarse tarde, cuando la mente está perfectamente descansada! Y desayunar algo delicioso preparado por la abuela Tsunade en lugar de algún trozo de pan a la carrera porque ya casi pasa el autobús. Esto es lo que estaba necesitando. Todo rastro de enfermedad ha desaparecido de mi cara, el temblor de mis manos se fue y ya no me siento débil en lo absoluto. La abuela no parece del todo convencida pese a que me he pasado la mañana ayudándole en cuanto puedo para demostrarle mi renovada fuerza, y me prepara hígado y legumbres verdes para el almuerzo. No soy el fan número uno del color verde, pero tampoco me conocen por ser quisquilloso y arraso fácilmente con el contenido de mi plato.

Mientras atiendo a mis deberes de ahijado estoy tarareando una alegre melodía y pensando qué vestiré para mi cita de esta noche. Las personas vienen, compran y se van. Todo hoy me parece bello y perfecto. Las horas se van volando (no es verdad, después de las 5:00 pm estuve vigilando el reloj de manera casi compulsiva) hasta el cierre del local, y entonces me apresuro a revolcar cajones de ropa y desorganizar pantalones hasta encontrar lo que estaba buscando: un jeans azul que me queda como si lo hubieran diseñado basándose en mis medidas y una camiseta negra con algo similar a una salpicadura de pintura en azul eléctrico que no uso a menudo, pero me han elogiado mucho cada vez que lo he hecho. Esta mañana tomé la previsión de lavarme el cabello, así que aprovechando que Tsunade está distraída, me apodero de su secadora de pelo (que no se entere, por favor, si no nunca me dejará olvidarlo); con un poco de agua, gel, tiempo, paciencia y por supuesto mi belleza natural, puedo hacer que mi pelo quede genial.

Antes de salir ("¡no estoy corriendo, abuela!") me calzo las Converse y me ensarto en mi chamarra negra y naranja. Me siento demasiado ansioso para quedarme a esperar el autobús, y como un kilómetro no es nada para mis renovadas energías, bajo a paso rápido hasta la universidad en escasos diez minutos.

Son las 7:49 pm cuando llego al parqueo detrás de la Facultad de Derecho. Ni siquiera estoy jadeando, cuando mucho tengo la respiración un tanto agitada. Sasuke no está a la vista, por supuesto: aún es temprano. Supongo que quizá me precipité, pero siento tantas ganas de verlo…

-»x«–»Sasuke«–»x«-

No me impido sonreír cuando mis pulmones se llenan de la esencia de Naruto. Mis ojos rápidamente buscan su dirección y un instante después ahí está: lejos todavía, pero a segundos de mí. Llega casi corriendo, y la sonrisa en mis labios es triunfal. Está un poco agitado y de su garganta sale el más tenue de los jadeos. Uno del cual él no se deleita con esta claridad.

Como tiene toda mi atención, lo que siente se refleja hacia mi mente. Me está buscando. Quisiera saltar y caer a su lado de manera más bien despampanante (tal es la magnitud de mi alegría en esta tarde), pero tanto él no estás listo para revelarle mi secreto como no estoy yo cansado de observarlo desde la distancia.

Es mucho más agradable así, desde este árbol, que aleteando fuera de su ventana, de todas formas.

Se lo ve muy recuperado. Su capacidad regenerativa verdaderamente no es de este mundo. Y resulta tan tentador, tan increíblemente difícil controlar la imagen de su gimiente figura aferrándose a mi espalda en el callejón donde ya se me ha hecho costumbre invitarlo a cenar

Por hoy le devolveré el favor.

No soy el primero ni seré el último vampiro que se obsesiona con un ser humano. He visto de todo a lo largo de los años. Ni siquiera puedo decir que esta sea la primera vez que deseo ser el único en beber de cierto individuo en particular, pero sí es mi primera vez en otro sentido. O tal vez no; tal vez me lo imagino todo porque hace mucho que mi corazón no palpita y que las mariposas no aletean en mi presencia (cuánto menos en algún lugar indefinible de mi vientre).

Naruto finalmente parece decidir que no estoy y va a sentarse bajo un árbol cercano. Mira al cielo y suspira. Es tan increíblemente hermoso. Seguramente el color de su piel me causa tanta envidia porque el sol ya nunca toca la mía; o sus ojos me parecen lo más bello porque son la imagen que me transmite de manera más fiel el lejano cielo en siglos; y su cabello, suave y radiante… al mecerse con el sol me trae la imagen ya olvidada de un campo en un país que no existe más, en un tiempo donde fui pastor, niño y humano.

¿Qué haré con él? ¿Voy a decirle? ¿Decirle cómo, decirle cuándo? Tal vez es mejor que no sepa.

, resuena una vocecita sarcástica en mi cabeza. Tal vez puedes fingir que te gustan las manzanas y la lasagna y que estás vivo y que…

Yo no quiero matarlo… ¿y darle vida eterna? Já. No-muerte eterna. Gran favor le haría privándolo de todo lo que es valioso y efímero. Yo hubiera elegido la muerte, si me hubieran dado la opción. Pero soy egoísta, y la sangre que corre por sus venas es mi canción de sirena personal… me llama, me invita, me seduce.

Te deseo, Naruto, en tu condición de humano. Mi garganta ruega por el metálico elixir de tus venas, pero mi mente pide tu contacto.

Nunca antes sentí esto por un hombre, Naruto.

Si supieras las maquinaciones que he pateado a un rincón obscuro de mi cerebro. He planificado tu secuestro en una docena de formas diferentes, ¡y cómo he soñado el festín de tu compañía! Oculto, esclavo, pero mío. ¿Podrías cambiar la luz solar por mis noches de silencio? Pero temo –¡me aterra!– la posibilidad de un accidente. ¿Qué sería de mí si te arrancara la vida del pecho en un arrebato de sed?

Te noto impaciente, dubitativo. ¿Acaso puedes creer que no quiero verte? Te he estado viendo desde esa primera clase afortunada cuando apareciste en mi vida. Seguramente me habría extinguido como los vestigios de una fogata si tan sólo hubiera sido un mes después. No me consideraría a mí mismo justo al actuar; y con esto quiero decir que tomar las vidas de una veintena o un millar no hace temblar un dedo de mi mano. No. Había dejado de alimentarme, pero no por buenos sentimientos o humanitarios impulsos sino por el hastío de repetir la decepción de despertar una vez más al ponerse el sol. Seiscientos años es para ti sólo un número, seguramente.

En silencio me dejo caer del árbol y camino hacia Naruto desde un ángulo del que sé que no puede verme. No hablo hasta estar a escasos dos metros suyos.

―Llegaste temprano.

El pobre da un respingo y se voltea bruscamente.

―¡Sasuke! ―exclama. Sus grandes ojos azules se ven mucho más brillantes y siento una leve punzada de remordimiento por mis excesos con él, por la vida que le estoy robando y que eventualmente le quitaré.

―Hn.

―Estaba pensando…―comienza, pero lo interrumpo:

―Ven, vámonos.

―¿Eh? ¿Adónde?

Le compongo mi sonrisa de seducción, ésa que no me ha fallado en algo más de doscientos años. El efecto es inmediato: sus ojos se llenan de silente admiración y echa a andar detrás de mí.

Lo guío hasta donde tengo aparcado mi automóvil negro. Él quizá le dedica una mirada de sorpresa, pero afortunadamente parece más ocupado en observar mi espalda y… ¿mi trasero? Ahora no, Naruto, pero luego. Pronto. Le abro y sostengo la puerta del copiloto y él sube encantado, una gran sonrisa estampada en su cara. Todo él parece tan vivaz. La vida palpita sobre su piel como si no le cupiera en el cuerpo y mi mente reproduce como sin querer algunas imágenes que he vivido y otras que me he imaginado (¡me habré hipnotizado a mí mismo!), pero no… no debo desviarme de mis propósitos. Cita con Naruto ahora; no tengo que tomar decisiones todavía.

Ya estoy tras el volante y el motor emite un tenue gruñido al arrancar. Naruto mira primero por la ventana con emoción infantil, luego sus ojos azules escrudiñan los alrededores como una mariposa buscando flor y finalmente se posan en el llavero que cuelga del espejo retrovisor por largos segundos. De sus labios sale por fin la pregunta que vibraba tan intensamente en el interior de su cabeza.

―¿Por qué un cuervo?

―Es un halcón―le explico, y siento su mente protestar.

―Es negro.

Por toda respuesta le compongo una sonrisa que espero sea enigmática. Una miríada de preguntas cruza sus ojos, veloces como el paisaje al otro lado de la ventana.

―Voy a llevarte a cenar―le digo, más bien por decir algo.

―¿No deberías ver la calle al conducir? ―protesta él, aparentemente dando poca importancia a la revelación.

Quiero decirle que la calle es gris, insípida, y que me interesa mucho más él; pero me callo. En cambio piso el acelerador y, aún con la mirada fija en su –ahora horrorizado– perfil, rebaso los vehículos de enfrente entre el zumbido de la velocidad y el coro de bocinas indignadas que rápidamente se quedan atrás.

―¡Sasuke! ―chilla, volviéndose hacia mí. Se me hace difícil mantener el gesto impávido. Más por compasión que porque esté satisfecho del show disminuyo nuevamente la cuenta del acelerómetro. Él se desmadeja en el asiento, respirando con dificultad.

―Ya no tengo hambre―anuncia.

―¿Y antes sí? ―mi duda es genuina. Si así fuera debería haberme dado cuenta.

―Está el hambre y están las ganas de comer.

Sonrío internamente. Ajá.

―¿Y qué quieres hacer entonces?

No, no, Naruto. Me pones en una situación difícil si me miras los labios así. Refreno la necesidad de lamer los míos mientras me concentro en no desfigurar el volante con mi agarre.

―¿Un paseo? ―sugiero. Alguien tiene que devolver el río a buen cauce.

―¿Eh? ¿Adónde?

―Hay un bosquecito adorable detrás de mi casa―digo, pero es a propósito. Me encanta esa expresión traviesa en su rostro.

―Creí que no me llevarías a tu casa tan pronto.

Sonrío.

―Quería asegurarme de que estabas escuchando…

Él ríe entre dientes, como disfrutando una broma privada. De sus emociones puedo sacar que está recordando el beso del lunes en la noche.

―Hey, Sasuke―parece ocurrírsele algo―, ¿no estamos saliendo de la ciudad? ¿Qué es esto, un secuestro?

Lo dice en plan de broma, claro está; pero por un momento mis facciones estuvieron a punto de traicionarme.

―Esta es una ciudad aburrida―hago un floreo desdeñoso con la zurda.

―¿Y entonces a dónde me llevas?

―A un lugar que nunca antes viste.

La mayoría de lo que resta de viaje transcurre en el cómodo silencio de la compañía deseada. Finalmente conduzco por un desvío sin pavimento a la izquierda del camino. La senda conduce a una pequeña zona verde: mitad bosquecito, mitad parque. No es muy frecuentada. A veces vengo aquí a leer o sólo a pasar el rato.

Naruto baja del auto y mira a su alrededor con curiosidad.

―Es un bonito lugar―comenta―, pero me gustaría más de día.

―Suelo estar ocupado de día―le miento―. Es muy difícil que podamos llegar a vernos antes del crepúsculo.

Un ligero matiz de desilusión tiñe las paredes de su mente y se refleja a través de sus ojos.

―Ven―me apresuro a decir, y le tomo la mano. Su calidez se siente tan agradable contra mi piel… Vagamente me pregunto qué pensará él de mi temperatura. Sus emociones no me revelan nada por el momento. Hubo preocupación al principio (la primera vez), pero se desvaneció rápidamente. De pronto se me ocurre engañarlo: hacer que diga algo sobre mi piel helada, pero temo frustrarme y acabar recurriendo a la hipnosis. Es difícil evitar caer en hábitos tan arraigados. Hábitos centenarios.

Sus dedos se cierran firmemente entre los míos. Caminamos lentamente y en silencio. Se oyen algunas cigarras. Estoy tan sumido en la sensación de compañía, barajando la posibilidad de dejarle entrever alguna pieza de información que le permita empezar a sacar conclusiones por su cuenta, que no me concentro en sus emociones y me quedo de piedra cuando se detiene.

―Está obscuro―me advierte. Yo parpadeo un par de veces sin comprender, luego recuerdo. Claro, torpe de mí. Sus ojos no pueden distinguir seguramente nada bajo la sombra de estos árboles y con un cielo sin luna es natural que su visión le resulte casi inútil.

―¿Tienes miedo?

―No.

Es verdad, naturalmente. Él no tendrá miedo mientras esté bajo el efecto de mi orden, pero siempre es gratificante descubrir que mis mandatos quedan bien plasmados. Se romperá eventualmente, como suele suceder. Creo que la cantidad de contacto que yo tenga con la persona es un factor decisivo en la duración del efecto.

Su mano se alza con algo de indecisión y encuentra lugar en mi pecho. Me busca con la mirada. Al conectar con los suyos mis ojos puedo ver sus emociones con tanta claridad que poco faltaría para definir el acto como una lectura de mente propiamente dicha. Sus deseos coinciden con los míos, y cierro las distancia entre nuestros cuerpos. Él se estremece.

―¿Tienes frío? ―susurro.

―No…

―Es por mi piel, ¿verdad? ―pregunto mientras trazo la longitud se su yugular distraídamente con el índice.

―¿Por qué estás siempre así, tan frío?

―Así soy.

Él se queda en silencio un rato. Su pecho sube y baja contra el mío; su corazón late. La sensación es tan agradable…

―¿Por qué vinimos aquí? ¿Por qué no al cine, o a un parque de diversiones?

―¿Hubieras preferido eso? ―su cabello es tan suave y tibio.

Se lo piensa un poco, pero al cabo contesta.

―Es más íntimo así.

La calma nocturna vuelve a establecerse entre nosotros.

―Naruto.

―¿Hmm?

―¿Yo te gusto?

―Sí―su cuerpo se tensó de más por un momento, pero su voz no tembló. Casi me siento ronronear de deleite.

La temperatura nocturna debe estar cayendo. Hago la nota mental de obsequiarle alguna prenda más abrigadora que esa chamarra…

―¿Sasuke…?

―Hn…

―¿Y yo a ti?

―Sí―lo estrecho más entre mis brazos―. Sí.

Su rostro busca el mío y compartimos un lento beso. Suavemente. El momento no demanda nada errático o desenfrenado. Me separo de él con ternura. Es mejor que siga creyendo que la reserva es un asunto de personalidad.

―Quiero llevarte a comer―vuelvo a decir.

―Está bien―y sonríe.

Reemprendemos la marcha hasta el vehículo. Fue una parada corta, pero extremadamente satisfactoria. Naruto se siente muy feliz. Yo dichoso.

Los kilómetros nos acercan otra vez a las luces y ruidos de una urbe. Evitando los tumultos del centro lo conduzco a un restaurante discreto y elegante. Esta vez sí que parece perdido en admiración (no hacia mí, por suerte, sino al buen gusto y refinamiento del edificio). Se mira el atuendo con algo de duda, pero yo comento sobre nada en particular con la sola intención de que me mire a mí y pronto se tranquiliza. La mesa estaba reservada: privada, para dos. Yo ordeno por él, le digo que me lo permita, pero sé que está aliviado y cede con cordialidad. Puede que este no sea su ambiente, pero ciertamente se desenvuelve bien.

-»x«–»Naruto«–»x«-

Me extraña que Sasuke no ordene nada más que vino, pero parece tan tranquilo (hasta da algo de miedo lo feliz que parece de verme comer) que mejor no comento nada. Todo está delicioso. El nombre del plato no me suena familiar (suena, porque ni siquiera hubiera sabido cómo leerlo de no ser por la intromisión tan oportuna de Sasuke). Después de la comida pido postre y él sonríe. ¿Cómo no voy a abusar de su hospitalidad si él parece tan complacido con todo? Nunca se ha sabido que un pariente mío rechace comida gratis, de todas formas.

Después de la cena nos resguardamos otra vez en su bellísimo automóvil negro, ¡si hasta quisiera sacarme una foto para presumírselo a Kiba! El viaje de regreso es bastante largo. Nuevamente me pregunto dónde vive él, ¿puede ser que en esta ciudad? ¿Cerca del parquecito? Ser así de curioso es de mal gusto, seguramente. No voy a volver a preguntar. Mis ojos buscan los suyos negros, él me sonríe. Luego observo el pajarito que cuelga del retrovisor. Nuevamente el paisaje tras la ventana. ¡Quisiera repartirme para grabar en mi memoria todo a la vez!

―¿Te llevo a tu departamento? ―me pregunta.

Me lo pienso un poco. Mañana entro tarde, pero debería ir a ver a Kiba. Ya lo dejé solo una noche.

―Sí, creo que es lo mejor.

Sasuke me conduce por las calles que ya me son familiares y de pronto un pensamiento me asalta, ¿cómo rayos sabe dónde vivo? Inmediatamente se lo pregunto. Él vuelve a componer esa sonrisa de 'yo sé algo que tú no' y dice:

―Hay algo que deberías saber sobre mí antes de que te invite a otra cita, Naruto.

―¿Qué cosa? ―no estoy asustado, pero siento que algo anda mal y que debería estarlo.

El automóvil negro hace la curva frente a la parada de bus donde me bajo siempre, y se detiene trescientos metros después. Sasuke no me ha quitado los ojos de encima. No puedo leer la expresión de su rostro, pero seguramente está pensando qué palabras utilizar.

―¿Recuerdas que averigüé tu número de celular? No te fíes demasiado, soy una especie de acosador.

Parpadeo varias veces sorprendido, sin encontrar qué decir. ¿Debería cuidarme de él? Eso de los acosadores suena mal desde cualquier enfoque, por positivo que sea. Creo que la idea de ser acosado me debería resultar repugnante, pero tratándose de Sasuke hasta me causa algo de morbosa curiosidad. Al final sólo me encojo de hombros. La expresión de su cara permanece insondable.

Sasuke abre la puerta de su lado y baja; yo lo imito y vamos juntos hasta las escaleras.

―¿Quieres pasar? ―lo invito―De seguro que Kiba está ahí, pero no importa demasiado.

―En otro momento―dice. Me sorprende que sus ojos casi brillan, como si estuviera conteniendo la risa.

―¿Vas a darme un beso de despedida?

Sasuke se inclina despacio hacia mí, con su elegancia de cisne, y deposita un beso casto en mi boca.

―Me lo regaló Itachi, mi hermano―dice. No tengo idea de qué significa.

―¿Qué cosa? ―frunzo el ceño.

―El cuervo que está colgando del retrovisor. Siempre digo que es un halcón, pero tú tenías razón, por supuesto.

―¿Tienes un hermano? ¿Y cómo es?

La puerta del departamento se abre en ese momento. Kiba aparece. Observa primero el automóvil, luego a mí, y por último a Sasuke.

―¿Quién te crees que eres? ―le espeta a este último, entrecerrando los ojos.

―¡Kiba! ―advierto apenado, sin darle oportunidad a ninguno de los dos de decir nada. Sasuke alza la barbilla como con orgullo, de pronto parece mucho más alto, y la expresión de sus ojos se vuelve dura, como despiadada (aunque eso sea sólo una noción infantil sin sentido).

―Mi nombre es Uchiha Sasuke―dice en un falso tono de cortesía demasiado cortante y tan bajo que me pregunto cómo lo pude escuchar con tanta claridad. Kiba parece furioso, por lo que seguramente también lo oyó.

―¿Y qué se supone que estás haciendo aquí, eh?

―Naruto y yo tuvimos una hermosa cita; lo estaba trayendo de vuelta. No tomaré ni un minuto más de su tiempo.

Yo lucho por encontrar algo qué decir, ¿qué se supone que está pasando? ¿Por qué se están tratando como enemigos mortales estos dos? ¿Acaso se conocen? Sin darme oportunidad de responder siquiera a una de estas, Sasuke se inclina hacia mí y me susurra al oído un cálido "Nos estaremos viendo…" Se voltea con suma elegancia, caminando con un aire que no puede clasificarse de otra forma que altanero, y vuelve a subir a su auto. Pronto se ha puesto en marcha y desaparece de mi campo de visión.

―¡Y hasta que por fin llegas! ―me reprocha Kiba, sacándome de mi aparente congelación.

―¿Eh?

―¿Has visto la hora?

Lo hago por primera vez desde que estaba en el parqueo esperando a Sasuke. Son la 1:43 am.

―No me di cuenta que era tan tarde―me explico mientras subo las escaleras.

Kiba se hace a un lado y me deja pasar.

―¿Cómo seguiste de salud? ―pregunta receloso.

―Muy bien, de veras. No sé por qué todo el mundo decide hacer de pronto una tormenta en un vaso de agua por tan poca cosa…

Kiba no me responde, pero echa los tres cierres de la puerta y luego va a revisar las ventanas.

―¿Qué rayos te pasa? ―exijo saber, recordando repentinamente sus modales con Sasuke.

―¿Hace cuánto conoces a ese fulano?

―¿Qué sé yo? Una semana o dos.

―¿Y ya estás saliendo con él? Viejo, por Dios…―su tono es de indignación, o tal vez un poco de incredulidad.

―¿Y a ti qué te importa lo que yo haga o deje de hacer?

―¿Que qué me importa? ¡Eres mi hermano, viejo!

Qué fastidio, ¿acaso no pueden dejarme ser en paz?

―Tú te has tirado a media docena de tipas que recién conociste.

Y mi respuesta tiene el efecto deseado. Kiba se sonroja un poco y calla.

―Tu llave―me dice de pronto, extendiendo una mano hacia mí.

―¿Qué?

―¡Que me des tu llave, maldita sea!

―¿Me estás echando? ¡Yo vivo aquí!

―¡No te estoy echando, idiota! ¡Sólo dame la puta llave!

Furioso y confundido, pero muy orgulloso para preguntar, me saco la llave del bolsillo y se la aviento sin consideración.

―¡Ahí tienes!

Él no me responde. Yo rápidamente voy a hacer los preparativos necesarios y luego me tumbo en la cama, dándole la espalda y dispuesto a dormir de una buena vez.

»X«–

A/N: no era mi intención tardarme dos semanas, pero no sabía cómo escribir a Sasuke. Suena medio cursi y de todo, pero tomen en cuenta que se supone que él vivió en otra época.
Por otro lado tengo que advertir que no sé si logre actualizar el próximo finde. La U me está asfixiando entre tanto examen y quiz. Habrá actualización, pero puede que –como esta–se tarde un poco más en aparecer. Saludos y gracias por leerme.