Atención: Todos los personajes y lugares mencionados en esta historia son propiedad de Square-Enix. Y quien diga lo contrario, miente.
Aviso: Este es un fanfic yaoi –relaciones homosexuales- para mayores de 18 años.
Comentarios: A los anónimos que dejáis review y a quienes no puedo contestar, vuestros comentarios son también muy valiosos, gracias.
Email: fanfiker_
OBJETIVO: MI COMANDANTE
FanFikerFanFinal
EPISODIO 7: TÉCNICAS AVANZADAS
Tomé una decisión: tendré sexo con Squall, sin importar lo que pase después. Lo miré, avergonzado y vulnerable en mis brazos. Me estaba confiando una parte importante de él y yo, cachondo como estaba, traté de ocultar todos mis sentimientos por él, todo mi deseo… todo para no asustarlo. Lo abracé con fuerza, notando cada músculo de su cuerpo, notándole tenso especialmente. Squall es más bajo que yo, y eso despierta mi sentido protector hacia él.
—Eres cálido…
—¿Qué pensabas? ¿Qué abrazabas al clon de Shiva? —bromeó.
Lo miré, con el corazón saltando dentro de mi pecho. Squall estaba ahí para mí, entregándose por completo, desnudando su alma. Olía demasiado bien para rechazarlo, de hecho, mis ojos pugnaban por no llorar.
—Hmmm…
Hundí mi labios en su clavícula, besándolo suavemente. Besé sus mejillas, su barbilla, sus orejas, perdí mi mano en su rebelde cabello, podía sentir que le gustaba esto, disfrutaba con mi afecto. Sus labios medio abiertos, hinchados, se abrieron para mí. Los besé despacio. Puso sus manos en mi cintura y abrí más la boca para darle mejor acceso. Ahora estaba correspondiéndome, y eso quemaba más que saberme no correspondido; no me importaba si sentía los latidos salvajes dentro de mi pecho; era pura delicia. En cuanto lo besé supe que no podía compararlo a ninguno de mis amantes anteriores. Lo besé fervientemente, jugué con su lengua mientras sujetaba su cabeza, temeroso de que echara a volar en cualquier momento.
Al separarnos, jadeaba. Me miró con interés. Acaricié su mejilla, mis ojos borrosos ante la visión de ese ángel, no podía creer que nos habíamos besado.
—Squall… eres como el cielo…
Me sonrió levemente.
—Dame esto todos los días y acudiré enseguida a ti —lo animé.
Miró su reloj.
—Debemos irnos. Tienes que ir al hospital en quince minutos.
Oh, demonios, la visita de rigor al médico. Sí, debía supervisar el estado de mi herida. Nos tomó poco ir hasta allí, cogimos un autobús. El médico sólo dio reportes positivos, me recomendó un tiempo de reposo, no ir de misión durante un tiempo… en fin, vida de vago total.
Squall me llevó a la Tumba del Rey sin Nombre para comer y descansar. El sonido del agua cayendo por la cascada me relajó mucho. Squall y yo tenemos cosas en común y es un buen comienzo. Mientras Zell y Seifer se aburrirían estando sentados aquí, oyendo el sonido del agua, a Squall y a mí nos gusta. Nos gusta la soledad y la tranquilidad. Es importante para que nuestra relación prospere, si es que… lo hace algún día.
—Irvine, ¿cómo está tu amiga del Jardín?
—¿Quieres decir Sara?
Asintió.
—La había olvidado por momentos. Podemos visitarla si quieres.
—No, no es por eso… creo que le debes una explicación… estará preocupada por ti. No tienes que estar conmigo todo el tiempo.
Lo miré, incrédulo, pero luego entendí. Squall necesitaba estar solo para pensar, del mismo modo que me gusta estarlo a mí. Por tanto, le obedecí y fui a verla. Quedamos por la tarde y pasamos un buen rato, aunque mi mente divagaba todo el rato hacia Squall. Cuando nos despedimos, di una vuelta yo solo por Deling, deseando que Squall me necesitara ya. Cogí el autobús hacia el hotel, era ya muy tarde. No me había dado cuenta. Esperé que a Squall no le molestase mi presencia a tan altas horas. Eran las 12 de la noche.
Llamé a la puerta insistentemente, porque no tenía llave de la habitación, pero nadie respondió. Mierda, ¿y si Squall me ha abandonado aquí? Entonces, la puerta se abrió, el fondo carecía de luz. Entré a oscuras y a tientas, intentando recordar dónde estaba cada cosa para no tropezar, cuando una fría voz me asaltó.
—Llegas tarde.
—Lo siento, tío. No sabía que estabas dormido.
Joder, seguro que se molestó por haberlo despertado. No quería llegar tarde, pensaba que él necesitaba soledad.
—Hora de levantarse, Kinneas.
Oh, ¿cuántas veces oiré ese dulce despertar? Pestañeé, viendo a Squall de nuevo a los pies de mi cama, cubiertas sus partes íntimas en una toalla, con su pelo mojado. Lo miré con deseo.
—Sigo soñando otra vez…
Eran las once, ¿cómo es que me había dejado dormir tanto?
—Viniste tarde anoche —fue su demanda.
Me froté la nuca, consciente de mi culpabilidad.
—Perdona. No quería estar hasta tan tarde. Fuimos a cenar y ella se volvió al Jardín a las diez.
—¿Estuviste dos horas por ahí?
Asentí.
—Pensaba que… querías estar solo. Así que hice tiempo, paseé por la ciudad. Creí que mi presencia te molestaba.
—Al menos podrías haber llamado. Te di un móvil.
—Es cierto, pero como ya he dicho, no quería molestarte. También tú pudiste llamarme, Squall.
—¿Qué? ¿Y estropearte una noche con una chica?
Cerré los puños, conteniéndome.
—No he hecho nada con Sara, ni siquiera he tenido sexo con ella, todo eso corresponde al pasado. Ya te dije lo que siento, ya te dije que yo…
—Está bien, perdona, no tienes que darme explicaciones.
Squall suavizó su expresión, sin dejarme acabar la frase. Es evidente que no quería oírlo, no quería escucharlo por segunda vez. Se acercó a mí y me acarició el pelo. Squall se encargó de borrar mi expresión triste con un beso. Olía a jabón y a grosellas, y no pude precisar a qué más, sólo que su olor y su mera presencia me extasiaban. Cuando empezó a acariciarme el pecho, lo atraje más hacia mí. Lo sujeté por la cintura, ambos sentados sobre la cama, hambrientos por algo más. Me mordió ligeramente y succionó mi lengua con gusto. Yo… derrotado. Podría hacer lo que quisiera conmigo, podría jugar con mi corazón y arrojarlo fuera y yo no opondría resistencia. Rompí el beso para poder respirar cuando noté la incomodidad del comandante.
—¿Lo hice mal? —pareció herido.
—Lo hiciste estupendamente. Tan bien que… mierda. No tienes que complacerme sólo porque yo lo hice. No debes… tenerme lástima.
—No lo he hecho por lástima —dijo, muy rápido—. No te tengo pena. Nunca he besado a alguien que sepa tan bien como tú. Quizá no me creas, pero ahora… te deseo.
Apenas me contuve y lo abracé. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Me deseaba, dijo. Quería sentirme. Tomé su mano y lo tumbé en la cama. Volví a besarlo, acariciando su pelo, mientras mi mano izquierda viajó hacia su cintura. Chupé sus pezones y me embriagué con los jadeos que mis placeres le proporcionaban. Deslicé un dedo por debajo de la toalla y la arranqué luego de súbito.
—Afortunadamente aún no estabas vestido…
Su cuerpo, no obstante, a pesar de todo el calor que debía sentir, estaba frío; no gemía como una chica a pesar de que lo estaba pasando bien. Pero tampoco puedo decir que se quedase ahí tumbado, esperando otra caricia. Él también cooperó. Y a pesar de su inexistente experiencia, oh Dios, qué bien lo hacía. Era un placer cuando nuestros pechos se frotaban, cuando nuestros corazones latían a la vez, besé todo su cuerpo y luego me hizo correrme de placer con sus manos, acariciándome las partes bajas.
No hicimos nada más, sólo toqueteos y besos múltiples. Pero para mí, fue suficiente.
Tras aquellos momentos de pasión en los que Squall apenas habló pero sí disfrutó con los placeres, volvió a ser el frío bastardo para el resto del mundo. Me pregunto que, si sólo quiere sexo conmigo, significa que está usándome, pero no me importa. Lo he deseado durante mucho tiempo. No me importa, no me afecta. Mucho tiempo viendo a Squall como un amigo, como un compañero, ahora se me da la oportunidad de tenerlo como amante. Por supuesto que sacaré ventaja de esta situación.
—¿Dónde vamos, Squall?
—Vamos a coger tickets para el tren de mañana.
Él quería volver a Balamb. Por lo tanto, este sería mi último día con él. Por supuesto, jodido ligón, ¿qué te pensabas? ¿Qué ibas a vivir de luna de miel para siempre en el Hotel Galbadia?
—¿Irvine?
No lo estaba escuchando, seguía con mis paranoias.
—¿Qué pasa?
—Nada, hombre —dije, retirándole importancia.
La estación estaba llena de gente. Me gustaría seguir en el Hotel Galbadia con Squall en mis brazos. Sin misiones ni gente para molestarnos.
—Ten, tu ticket para Balamb.
Lo miré, mi ticket de fin de fiestas. El tren saldría a las 15,15. Unas horas para que mis sueños se hagan pedazos.
—¿Cuánto es?
Squall me miró como si fuera idiota.
—¿Has olvidado el precio de un ticket de aquí a Balamb? Estás peor de lo que yo creía.
—Lo olvido todo cuando estoy contigo —le guiñé un ojo.
Se acercó mucho a mí para decir:
—No trates de flirtear conmigo. Aún soy tu comandante, no lo olvides.
Supongo que nunca cambiaré. Cuando me dijo aquello, una parte en mí se despertó, y, como me gusta el riesgo…
—Te diré lo que haré con mi comandante —le susurré al oído—. Lo estamparé contra su escritorio, lo desnudaré y le haré el amor. Y lo haré tan bien que nunca olvidará ese polvo en su vida.
Squall abrió los ojos por la sorpresa, se sonrojó, y al rato dijo:
—Sabes que estarías violando el código 125B de los SeeD´s.
—Merece la pena, correré el riesgo.
Es cierto, una vez decidido y hecho, ya nada importa. Las consecuencias pueden ser catastróficas, pero, me habré quedado a gusto.
—Squall, ¿puedo preguntarte algo? —dije, mientras caminábamos hacia el hotel para recoger las cosas.
—Dime.
- ¿Te importa que Rinoa y Seifer estén juntos?
Arqueó una ceja.
—No. ¿Quieres tener algo con ella?
Reí. No, no creo que pidiera salir a Rinoa, debía estar muy desesperado.
—Le pedí una vez una cita y se echó a reír, me señaló y me dijo "lo siento, no eres mi tipo"
—Eres afortunado —replicó.
—¿Afortunado? —repetí, molesto—. Ninguna chica me ha dicho que no. Soy simpático, sociable y muy guapo.
—Eres fácil y a las tías como ella no le gustan los ligones.
Reí.
—¿Estás seguro?
—Claro, señor Orgulloso.
Lo miré y reí con fuerza. Squall tiene un curioso sentido del humor.
La noche caía. La luna era llena, iluminaba todo Deling, hacía que la atmósfera fuera misteriosa y relajante… sensual. Frente a la ventana, contemplaba la luna, pensativo y lleno de esperanzas. Si no hubiera sido alcanzado por esa bala, nada de esto habría pasado. Debía darle las gracias al tío que dio en el blanco.
Me giré para acostarme casi me muero del susto al ver lo que vi. Tuve que llevarme la mano al corazón, y respirar hondo para no desmayarme. Allí, frente a mí, estaba Squall, con su pelo cayendo sobre sus ojos, desnudo y… excitado.
—Oh, Dios…
Di grandes zancadas y, sin preguntar, lo besé hasta dejarlo sin respiración. Cuando nos separamos, quise llevarlo a la cama, pero una mirada traviesa se cruzó con la mía.
—No iré a ninguna parte.
Pestañeé.
—Túmbate en el suelo.
Sonreí con un brillo especial, aceptando su juego. Me tumbé con cuidado sobre la gruesa alfombra de la habitación mientras Squall me miraba. Se arrodilló y dijo:
—Me gustaría cumplir una de mis fantasías, si no te importa.
Sonreí. Hasta Squall era educado en momentos como éste. Recordé su fantasía: yo debía ser sumiso. Y como soy tan buen actor, puedo interpretar ambos papeles. Si eso le hacía feliz, por supuesto que le daría el gusto.
—El placer será mío —sonreí, y le guiñé un ojo.
Primero puso ambas manos a uno y otro lado de mi cabeza, de modo que nos mirábamos uno sobre otro, él a cuatro patas cubriendo mi cuerpo. Mientras se acercaba, lentamente y me besaba con pasión, se deshizo de la goma del pelo, dejándomelo repartido en el suelo, mientras con sus manos repasaba el contorno de mi pecho con suavidad. Se retiraba y volvía a besarme, de diferente modo cada vez. Mientras mi corazón latía con fuerza, en mi mente aparecían las palabras "¿Quién es el experto? ¿Quién enseñará a quién?". Porque si Squall sólo quería experimentar conmigo, Dios, ¿cómo lo haría con la persona amada? Sus caricias me estaban dejando inconsciente. El roce de la ropa interior dolía tanto… suerte que él se dio cuenta, y me despojó con suavidad de toda molestia, para frotarse sobre mí. Su piel tan cálida, tan suave… Antes de eso, me miró con aquellos ojos grises, profundos de deseo, y esa visión me excitó más que cualquier otra cosa que me había hecho. Después quiso probar haciéndome un oral. Mis jadeos y gemidos eran tan altos que temí que alguien del hotel nos llamara la atención. Nada de eso pasó. Mientras Squall chupaba con generosidad –no podía creer que fuese su primera vez-, sus dedos, impregnados de una sustancia transparente y fría, se introdujeron en mí, poco a poco.
—¿Te duele?
Pero yo no podía decir nada. En aquel momento cerré los ojos, recé para que no parase, bajé la cadera para hacerle entender que nada de eso dolía. Sus dedos se enterraron aún más en mí. Cuando dejé de notar la lengua de mi comandante sobre la parte más excitada de mi cuerpo, agarré sus muñecas, consciente de que iba a entrar, y yo quería darle permiso. Me volvió a besar, y su pelo rozaba mi cara.
—Aaah, Squall… date prisa… —supliqué.
En aquella posición, sobre mí, sus manos a la altura de mis costillas, intentó introducirse con tal lentitud que creí morir.
—No —dije, en mi vano intento de sentirlo más, me empalé totalmente, dejando escapar un gemido de locura.
Fueron unos segundos. Nos miramos, miedosos de incomodarnos el uno al otro.
—¿No duele? —dijo, preocupado.
—Muévete.
—¿Seguro? —preguntó otra vez, dudoso.
Recordé que debía ser sumiso. Tenía que suplicar.
—Por favor, Squall, viólame. Quiero ser tuyo.
Comenzó despacio, elevándome la cadera para penetrarme aún más. Squall no gemía, pero sí jadeaba. Sin embargo, no decía mi nombre, cuando, en mi caso, no paraba de repetirlo. Con mis rodillas elevadas, el roce en la herida era inevitable. Lo ignoré. Sus embestidas fueron haciéndose cada vez más intensas, pero él aún no había terminado conmigo: siguió acariciándome el pecho, hasta llegar a mi pene. Explotaría en cualquier momento.
—Squall…
Su mano derecha lo agarró con firmeza. Era increíble, sólo un chico experimentado podía hacer ambas cosas a la vez, sólo podía asombrarme de su increíble dote para el sexo. Incluso, supe cuándo llegaría al final porque enlazó mis manos con las suyas, a la vez que hundió su cabeza en el hueco de mi cuello. Me apresuré para alcanzarlo, gritando su nombre como un poseso. No tuve que hacer mucho esfuerzo después de haberme contenido tanto tiempo. Quise quedarme así para siempre. La emoción dentro de mí y el haber aguantado tanto, hicieron que las lágrimas se deslizasen por mi cara.
Squall, al verme, preguntó:
—¿Te hice daño?
Siempre preocupado por lastimar. ¿Cómo podía decirle… que esto no había sido para mí una sesión de sexo? ¿Qué lo había amado realmente?
—No, no, fue estupendo —dije, limpiándome la cara.
—Entonces, ¿por qué lloras?
No podía decirle. No. Porque se iría y elegiría a otro amante si le decía que lo quería con toda el alma. Recordé mi herida. Squall se apartó de mí, me ayudó a levantarme.
—Es por la emoción —dije, avergonzado.
—¿Emoción?
—Sí —le acaricié el rostro—. Lo has hecho tan bien que no he podido evitarlo. Además, es mucho tiempo sin sexo. Me gustaría repetirlo.
—Ya veremos —dijo, y se fue a la ducha.
Froté mi espalda, dolorida. Miré a la luna, el único testigo del momento de amor entre Irvine Kinneas… y Squall Leonhart.
CONTINUARÁ
