Para Arya.
Porque cerca del final
quiero que sepas
que todo esto es tuyo.
Siempre lo ha sido,
junto con mi corazón
y todos mis sueños.
7
Manos de Muerte
En el universo, sobran las fuerzas con un potencial letal. La existencia es un bien tan frágil y tan vano, que puede desaparecer con facilidad tremenda, por los poderes ciegos que rondan el vacío salvaje del espacio.
Todo, tarde o temprano tiene que terminar. Se dice que la vida es valiosa porque es un hecho que debe terminar y aun los planetas, las estrellas y la galaxia y el cosmos entero tendrá que apagarse cuando haya dispersado toda su energía restante y morir en las fauces imperecederas de la entropía.
En el firmamento oscuro de Menroid brillaba solamente el más distante de los soles rojos, como un punto de calcinante luz carmín alzándose apenas unos grados sobre el firmamento para dibujar el pobre arco que seguía sobre la superficie del planeta, apareciendo cada día, alzándose solo un poco, para volver a ocultarse sin poder llegar al punto más alto del firmamento, como si una maldición lo mantuviera constreñido a un perpetuo atardecer.
Un crujido inesperado se escuchó sobre una de las caras de las escarpadas montañas rojizas y encontró eco en toda la cordillera. Uno de los complejos mineros al parecer se había desplomado arrastrando escombros de asbesto y metal retorcido directo a las profundidades del valle del que se elevaban largas columnas de gas venenoso.
Pero el siniestro no fue causado por ningún desperfecto o accidente. No. Fue la furia liberada de la estrella más oscura que ha nacido en la galaxia la que redujo la fábrica a escombros, condenándolos a ser tragados por las tinieblas; cuando un monstruoso ser de carne, sangre, metal y huesos tuvo el atrevimiento de desafiarla.
Esta estrella con forma de mujer es el presagio que marca el fin de la Era de la Luz en la galaxia, pues con su advenimiento, el cosmos entero sabe que su muerte viene ya en camino, proveniente del rincón más profundo del Lado Oscuro de la Fuerza.
Darth Zillah es el nombre que escogió para sí misma, y mientras caía al precipicio, acompañada de su adversario mitad-droide y los restos destrozados del laboratorio, esgrimía en sus manos aun el poder tremendo de su ira y la luz fulgurante del más poderoso sable laser jamás creado.
Las sombras del abismo los rodearon y, cuando gruesas tuberías y toscas estructuras de antiguo acero les salieron al encuentro, enclavadas en las raíces mismas de las montañas desde días distantes; el sonido de un pesado objeto cortando el aire a gran velocidad llamó la atención de mi amada asesina.
Se giró en pleno vuelo y al verlo venir de frente, la Señora Oscura tuvo que cambiar la trayectoria de su caída para evitar que el colosal objeto la arrollara en su loca carrera propulsada por turbinas. De lejos tenía la forma de un contenedor cuadrado, más alto que un ser humano y bastante ancho. Ella lo reconoció de inmediato, pues aquel contenedor descansaba inerte en el santuario del hombre-máquina antes de que su rabia lo destruyera. A sus ojos ardientes y altaneros, el objeto le pareció un mero armario de metal pesado que resultó tener propulsores montados debajo.
Con un crujido, el contenedor metálico se partió en dos liberando el aire que estaba atrapado en su interior a presión, junto un aparato que a Ephreet le resultó similar a un pesado dron de combate. Pero no era nada de eso y la reina de mis pesadillas lo descubriría en breve cuando este nuevo ingenio alcanzara en plena caída libre a Vinxent Zeen quien se precipitaba de espaldas al fondo del precipicio a varios metros más abajo de su oponente.
Con un ademan de su mano mecánica, el mecanismo que estaba oculto en el cofre metálico se separó en varias piezas móviles que volaron en torno a su amo mitad robot y se acoplaron a sus piernas, brazos, torso y cabeza, cubriéndolo completamente.
En las tinieblas del precipicio, mi Dama Negra contempló como una nueva luz verdosa se encendía desde el interior del cuerpo artificial de su maniático rival, el Crisol, entendiendo que lo que había invocado por medio de ondas de radio no era sino una armadura de combate. El resplandor blanco de los sables del ciborg cobró vida nuevamente y su formidable enemiga se dispuso a recibir un nuevo embate.
Zeen voló surcando el abismo a la velocidad de un cometa por el espacio. La onda de choque que provocó la detonación de los propulsores de su armadura al activarse fue tal, que redujo a polvo los escombros de su fábrica que caían junto a él. La estocada doble dio en el blanco, arrojando a Lady Zillah contra la ladera de la montaña, pero no pudo perforar la defensa irrompible del Sable Maestro.
El mitad-dron se elevó entonces con la propulsión de su cuerpo robótico mejorado y se dejó caer nuevamente como un meteoro implacable envuelto en una aurora de pura muerte.
Pero la Maestra Sith aun lo aventajaba en dominio de la Fuerza y, separándose del flanco de roca de la montaña fue de salto en salto, con la gracia de una partícula mortífera que aparece y desaparece de la existencia, apoyándose en los enormes despojos del edificio en plena caída libre. Su último salto fue tal, que dobló por la mitad la gruesa viga de acero que le sirvió apoyo para proyectarse a velocidad de vértigo al encuentro de su adversario, dando giros, ganando inercia, casi convertida en un tornado de fuego y luz carmesí que incendió de luces aterradoras el barranco.
Ambos combatientes lucharon, colisionando en el aire varias veces antes de llegar al fondo con el estruendo resonante y fenomenal destrozo de dos planetas que colisionan en el espacio y Ephreet pensó que no recordaba la última vez que se enfrentó a un oponente que de verdad representara para ella un obstáculo.
El primer hombre que falló en prestarle un combate digno fue su instructor y carcelero, el Capitán Arckjibald Mund. Las brasas del odio incandescente de la joven señorita Layratt se habían calentado y encendido durante años, aguardando, envenenándola por dentro y dominando los sueños y pesadillas que la atormentaban en la sofocante profundidad del laberinto debajo de su hacienda.
Pero todos los plazos se cumplen y hasta las más grandes estrellas deben conocer su fin ante la mano indetenible de la entropía, la muerte cósmica.
La muerte de Mund no llegó como él la esperaba. No llegó con un gran estruendo ni activando las alarmas de sus avanzados sistemas de seguridad. No llegó permitiéndole reconocer los indicios ni dándole oportunidad de atrincherarse dentro de su alcoba o defenderse con su blaster.
Para él estaba destinada una muerte mucho más vana. Un final prosaico digno de aquel gusano miserable que había vivido su vida como si deseara elevarse del polvo de su miseria y ver al rostro a los grandes Señores Oscuros de antaño.
Una noche que el cansancio lo venció, que su oscura aprendiz vació su mente de miedos e inquietudes haciendo uso de la fuerza, Ephreet lo tiró de la cama de sorpresa para que se arrastrara por su vida como el insecto inmundo que realmente era.
Al abrir sus ojos, sobresaltado, no tuvo oportunidad de mirar hacia atrás ni levantar la mirada. No quiso hacerlo tampoco pues le aterraba lo que encontraría al mirar. La luz de la pálida luna del planeta le permitió ver, con la vista contra el suelo, la sombra imponente de su alumna transformada en su verdugo.
¿Cómo había podido escapar de su prisión y burlar todos sus sistemas de seguridad?
Él jamás lo entendería, pero la realidad era que hacía largo tiempo que los muros y mecanismos de aquella burda mazmorra no eran ya suficiente para contener el poder desbocado de la nueva Señora Oscura.
No pudo pensar un plan. Aún la oportunidad de resistirse o prestar pelea le fue negada cuando su cerebro se embotó de horror, incapaz de generar pensamiento coherente alguno cuando las paredes de su cuarto se tiñeron de rojo con la luz terrible del poderoso sable que él mismo había construido. O lo había intentado por lo menos. El enigma del fallo en su funcionamiento estaba más allá de la comprensión de un mero mortal que está ciego a los misterios inefables de la Fuerza.
Lady Zillah, en cambio, apoderándose del Sable Definitivo que descansaba en el Salón de los Maestros, pudo arreglarla, completándola y armonizando su diseño como solo ella, la destinada portadora del Arma Maestra habría podido.
Y ahí estaba, finalmente activado y funcional. El trabajo de toda la vida de Arckjibald Mund estaba a punto de arrancársela por completo.
Sin tocarlo siquiera el cuerpo de Mund, ya anciano y marchito se sacudió violentamente, volteado quedando sobre su espalda por el puro influjo de la Fuerza. Entonces miró la silueta imponente y majestuosa del portentoso monstruo que había ayudado a crear. Fue entonces que contempló los ojos de fuego que lo atormentarían durante sus últimos instantes, que para él, bajo su luz perversa, se sentirían como una infernal eternidad.
―N-no puedes… no lo harás. No vas a matarme. ―balbuceo el condenado ante su muerte próxima ―si me matas, no sobrevivirás. La hacienda entera se autodestruirá por completo en cuanto mi corazón se detenga y el collar de tu cuello te volará en pedazos la cabeza si te alejas demasiado de los terrenos… estás atrapada, aquí, conmigo.
La mirada de Ephreet era impasible. Indiferente y llena de desprecio, como mira un sol abrasador gigante y rojo a las creaturas que se arrastran patéticas sobre la superficie de un planeta enano achicharrado por su furia incandescente.
Y eso fue precisamente lo que sucedió. La temperatura del cuarto se elevó extrañamente rápido. El sudor perló la cabeza calva del oficial Mund y ese resplandor, como el de un alto horno lleno de metal fundido comenzó a brillar dentro de la piel de la chica. Es como si en lugar de sangre, le corriera fuego por las venas. Tal fue el calor que se sintió sobre su piel que la ropa que le cubría el cuerpo se comenzó a incendiar y su figura entera se vio envuelta de pronto en llamas.
En un instante, el fuego remitió y Ephreet, ahora desnuda, cubierta solo por la luz de la luna, echó su mano sobre su cuello y se arrancó el collar metálico que sobre su piel se había fundido y comenzaba a derretirse, para tirarlo luego al suelo envuelto en humo.
Dicen que el Lado Oscuro de la Fuerza tiene un efecto negativo sobre aquellos que se corrompen y se entregan a él. Se dice que los Señores Oscuros sufrieron en sus cuerpos terribles deformaciones que los transformaron en seres horrorosos que reflejaban hacia afuera la perversidad penetrante de sus torcidos corazones. Talvez fue que no estaban hechos para el Lado Oscuro y sus cuerpos endebles resintieron el poder innominable de la Fuerza en toda su terrible magnitud.
Pero Darth Zillah había nacido en y para el Lado Oscuro y en ella, la Fuerza solo la había vuelto más hermosa, más letal, más terrible. Sus ojos despedían el fuego letal de un colosal cuásar y su piel, antes morena en su infancia, se había vuelto pálida, casi marmórea. Su piel se veía lisa e inmaculada como esculpida en el más prístino mármol. Su cabello, oscurísimo como la noche, flotaba ondulado como movido por la radiación sideral.
Ella era la visión más majestuosa y sobrecogedora de toda la galaxia y su figura casi sobrenatural, podía infundir terror irracional en todo corazón que tuviera la gran desgracia e inmenso honor de posar sus ojos en ella.
Mund se había quedado mudo, pero su garganta volvió a funcionar tan pronto, con dos rápidos paces del arma laser, Ephreet le cortó un brazo y las piernas. Los gritos de dolor desgarraron la noche. Los pies descalzos de la Señora Oscura pasaron junto a su cuerpo mutilado sin siquiera inmutarse. Con las heridas cauterizadas por el candor del plasma del sable, no había peligro de que se desangrase.
―En algo tienes razón ―le concedió ―no voy a matarte. No hasta que este ya lo suficientemente lejos.
Y desapareció tras la puerta. Un pensamiento curioso surcó la mente de Ephreet. La última vez que escapó de una explosión en una nave espacial, lo hizo acompañada de ese hombre que la había maltratado y abusado de ella durante doce años. Ahora, lo dejaba, moribundo e incapacitado en el suelo de su alcoba, para que ardiera junto con su tesoro: las reliquias, riquezas y sabiduría de todos los Señores Sith que habían vivido en la historia de la galaxia. Lo único que se salvaría, sería el Sable Maestro y ella misma.
Ella, que era la cúspide, la suma y el legado de todos los grandes Maestros del Lado Oscuro de la Fuerza.
Abordó una nave y se alejó, aun percibiendo el miedo de su mentor ante su muerte inminente. Se introdujo en su mente para poder ver que el infeliz se había arrastrado haciendo uso del único brazo que conservaba hasta el cuarto desde donde solía monitorearlo todo, desde donde solía espiarla y evaluarla en silencio, cuando él era el que estaba en control de todo. Quiso que el sentimiento de pérdida y la incertidumbre se apoderaran de su alma desahuciada al tiempo que miraba en los monitores la imagen de su nave alejándose en la negrura del espacio. Lo sintió apretar los dientes y gritar lleno de desesperación e impotencia, y en ese momento lo asesinó.
Concentró su mente en el corazón latiente del desdichado y con su voluntad proyectada sobre la Fuerza, lo aplastó.
En ese instante, la casa de Mund y los terrenos circundantes quedaron envueltos en una deslumbrante explosión que los redujo a un humeante cráter en la superficie del planeta en solo unos segundos. Tal era el poder de una bomba de conversión total.
Ese día, Lady Zillah había asesinado lo que quedaba de su pasado. Por delante quedaba solamente su futuro y lo haría tan oscuro como le fuera posible.
Dos cabos sueltos quedaban sólo en su camino. Solo dos seres más en toda la galaxia, pensaba ella, sabían de su existencia.
No pasaría mucho tiempo antes de que les prestara una visita a los dos sombríos colegas de Mund quienes lo habían ayudado a entrenarla, financiando su demencia y poniendo a disposición del oficial sus recursos. Más que una venganza, matarlos sería para ella un movimiento estratégico para borrar del mapa toda evidencia de su existencia. Así se convertiría en una amenaza desconocida para la galaxia hasta que fuera demasiado tarde.
Hasta que hubiera dispuesto todo para ejecutar su juicio inexorable de entropía máxima sobre todo ser viviente.
Pero no bastaba con matarlos. Se apoderaría de sus fortunas de sus flotas de naves, de sus hombres. Golpe tras golpe, la Señora Oscura ganaría poder y se acercaría a volverse la fuerza dominante en la galaxia.
Visitó al kel-dor primero. Surcó por el hiperespacio los miles de años luz de distancia. Se presentó como una sombra en sus aposentos. Sin hacer ruido, sin matar a nadie. Cuando él la vio sentada en el sofá, enfundada en su túnica negra con su armadura de escamas debajo, comprendió que su tiempo de vida había terminado.
―Estás aquí. Pasó finalmente. ―dijo el sujeto con su voz casi maquinal y sin emociones. ―Le has matado. Mund está muerto.
―Si ―respondió ella con toda calma, sabiendo que el entendía a la perfección.
―Entonces está hecho. Llegó por fin. El día prometido. Nada puede detenerte ahora. Nada jamás pudo. Solo necesitabas darte cuenta. ―la miró solemne como quien contempla un amanecer distante, sabiendo que no tiene ya nada en el mundo por ver. ―Me matarás ahora.
―Si ―afirmó ella sin ponerse de pie siquiera.
―Hazlo. Debemos caer. Para que tú asciendas.
Ella se puso de pie y al caminar rumbo a la puerta pasó junto a él. Los tubos que le permitían respirar en aquella atmosfera, para otras razas inofensiva pero letal para él, se desprendieron de la nada y el individuo calló de rodillas asfixiándose. Se sacudió, dando bocanadas al aire que lo mataba cada vez más rápido, contrayendo su rostro deforme en formas llenas de dolor y desesperación. Pasaron tan solo unos segundos, largos y trémulos, hasta que murió tratando de articular con sus labios el nombre de su asesina.
El twi'lek resultó mucho menos interesante. Habiéndose apoderado de la fortuna de su colega, Lady Zillah se infiltró en su guarida y, antes de que él volviera, amedrentó a todos los que fungían como sus guardaespaldas para que lo asesinaran. El desdichado criminal expiró por la propia mano de quienes había confiado su seguridad, exudando ese amargo y penetrante terror por cada poro de su cuerpo. El último chillido de dolor de aquella presa miserable rompió la noche oscura integrándose, como una de las primeras notas, a la orquesta de destrucción de la que ella era la maligna orquestadora. Ninguna voluntad podía contra ella, ningún poder podía hacerle frente.
O por lo menos, ninguno que conociera hasta que decidiera descender, años después, sobre la superficie de aquel miserable planeta del sistema Menroid.
Ambos combatientes lucharon con ferocidad y pronto, se volvió evidente que el poder que el Crisol había acumulado no era ni remotamente suficiente para poder hacer frente a la ira creciente de la Señora Sith. Se detuvieron a luchar contra una de las anchas tuberías que atravesaban de manera transversal el precipicio. Aquel engendro mitad mecánico pasó de atacar constantemente a defenderse de los recios embates de su formidable rival. Los golpes del sable maestro eran tan potentes que, aunque podía detener su poder con el poder sumado de sus dos espadas blancas, cada ataque lograba destrozar parte de la armadura que cubría su cuerpo.
La batalla se volvió tan recia con el tiempo que ya no pudo detener todos los mandobles y tuvo que comenzar a elegir aplicar su atención solo a detener las estocadas dirigidas hacia su torso y cabeza, pues solo estos eran para él realmente mortales.
Con un potente tajo horizontal, Darth Zillah logró rebanar una de sus piernas a la altura de sus rodillas. La falta de equilibrio mermó la defensa del monstruo tecnorgánico que trastabilló lo suficiente para que su enemiga le cortara la mano por la muñeca.
Pero no fue aún su final. Reuniendo su tenacidad, se irguió como pudo, dándole tiempo a su cuerpo robótico a poner en acción el plan de emergencia: varias delgadas varillas metálicas se desplegaron justo donde sus miembros habían sido cercenados. Algunos cables se enroscaron y tuercas giraron ajustándose reponiendo de manera escueta y provisional su mano y pierna.
El repuesto inferior se veía enclenque y un poco corta, obligándolo a cojear, mientras que la mano improvisada era poco más que una garra de tres dedos, pero fueron apenas suficientes para volver a sujetar al sable gemelo cuando su dueño usó la fuerza para traerlo de vuelta antes de que cayera hacia el abismo.
Sin darle espacio para retomar la ofensiva, mi asesina amada, se lanzó en un renovado asedio que el amo de la fábrica pudo difícilmente repeler con sus propias armas. El Sable Maestro relumbraba cortando el aire, encendiendo la atmosfera y distorsionando la luz a su alrededor como si se tratara de un lente de aumento. Aunque el Crisol pudo soportar, no así el suelo bajo sus pies, que colapsó crujiendo y doblándose dolorosamente.
Los dos luchadores cayeron nuevamente hacia el fondo del barranco y valiéndose de la propulsión de la bota armada que aún conservaba, Zeen amortiguó su caída poco a poco, lo que aprovechó mi Dama Oscura para propinar sendos golpes sobre su ya comprometida estructura corporal.
Un corte sobre el codo uno más cerca del hombro. El medio-dron se desplomó sobre el suelo con un estrepito colosal, habiendo tocado fondo finalmente. Se puso de pie tan pronto como pudo, arrancándose de sobre la cabeza el casco adicional acorazado de su armadura, dejando que las fotoceldas que cubrían sus ojos humanos se adaptaran a la oscuridad y le mostraran la imagen a su alrededor en color falso.
Con un estruendo, un destello le cegó. Ahí estaba el fuego incandescente de la poderosa arma de la furiosa depredadora. Cayó de las alturas como un satélite mortal en órbita decadente y esgrimía la muerte en sus manos con soltura.
A aquella miserable amalgama de piel y acero se le habían acabado las opciones. No había a donde huir, el camino entre él y su destrucción se había acortado y no existía nada ya que pudiera detener que su destino le alcanzara.
Pero no tenía miedo. Había vivido ya más tiempo del que creía merecer y había visto con sus propios ojos la gloria oscura de aquella estrella maligna que atrajo hacia si su obsesión como un vicioso agujero negro. Lo meditó un segundo, con el débil corazón de carne bombeándole como loco en el pecho y la respiración afectada inhalando a través de su careta segmentada de tiras de metal, y entendió que era así como le gustaría morir.
Después de todo, no le quedaba más que hacer… ¿o sí?
Aquella majestuosa verdugo ya caminaba hacia él, trayendo consigo la el silencio, las tinieblas y la muerte.
