Mátenme. No, hablo muy en serio: mátenme! Esto debería de estar subido desde la semana pasada, así que le pido mil disculpas por la tardanza! Corran y lean, no pierdan ni un solo minuto más3 Allí abajo volveremos a leernos, disfruten ^^


Capítulo VII: Luna Nueva Visible

Y allí estaba. Tras marcharse con mal sabor de boca de la mansión vienesa y emprender un largo y tortuoso vuelo hasta la capital rusa, en contra del mundo y de su propio beneficio, había logrado pisar tierra firme y no morir en el intento; puesto que su mente no había cesado ni un solo instante de vacilar entre un sinfín de dudas y malos presagios, conduciéndolo hacia la angustia y la desesperación más absolutas.

En primer lugar estaba el comportamiento del austríaco: ¿cómo era posible que una persona en su sano juicio pudiese llegar a ser tan sumamente torpe? Jamás en sus 76 años de existencia hubiera imaginado que llegaría a tratar a Roderich de un modo tan violento, ya que a pesar de la desfachatez y la cobardía que le había mostrado el aristócrata, por alguna razón era la persona a la que siempre había amado su hermano mayor y que, dejando a un lado la falsedad, correspondía a los sentimientos del prusiano. Todavía recuerda vagamente aquellas tardes interminables en las que no tenía más remedio que observar cada uno de los gestos y las palabras que se profesaban el uno al otro, mientras su pequeño cuerpo permanecía recogido en los brazos del albino. Por aquel entonces y como evidencia a su edad, ardía en celos al ver como su querido hermano se interesaba por alguien más que por él; sólo cuando no podía soportarlo más y cogía una rabieta descomunal, su hermano apartaba la vista de aquel tipo remilgado y engreído y comenzaba a besarlo y a acariciarlo con ternura, como a él le gustaba que hiciese. Y es que por mucha educación y mucha compostura que le hubieran inculcado, al fin y al cabo era un niño pequeño. Vaya, ahora echaba de menos aquellas tardes interminables: todo era más fácil.

En segundo lugar estaban el mundo y él mismo. Después de las innumerables ocasiones en las que había tenido la oportunidad de entrevistarse con los principales líderes políticos y sus respectivos Estados, era más que consciente de que podía meterse en graves problemas como consecuencia de sus actos; pero ya había sufrido bastante como para permitir que nadie más pudiese asustarle y hacerle olvidar su arduo deseo de volver a ver a su hermano y liberarlo de aquella locura en la que se encontraba envuelto.

Y por último estaban Iván Braginski y Gilbert Beilschmidt. Una cosa es que tuviese una estatura considerable y un físico imponente, además de su personalidad fría y serena; y otra es que precisamente por eso tuviese prohibido sentir cierto temor ante la imagen del ruso; no sólo porque el "Rey del Comunismo", como era conocido por medio globo, fuese un auténtico monstruo tanto física como psíquicamente, sino porque desconocía el estado en el que iba a encontrar a su hermano Prusia. Gracias a éste y a sus exquisitas enseñanzas, había crecido en una ferviente creencia religiosa que le había ayudado a superar cualquier obstáculo que se hubiese cruzado en su vida y hubiese pretendido hacerle daño. Por eso quería confiarse en la misericordia de Dios y refugiarse en la idea de que Gilbert le estaría esperando sano y salvo; y con "sano" se refiere a "vivo", porque después de todas las torturas de las que había oído hablar… prefería no recrearse demasiado en ello.

Lo único importante para Ludwig en esos mismos momentos era el hecho de encontrarse frente al lugar donde cumpliría su ansiada voluntad de una vez por todas y tras muchísimo tiempo de espera. No esperaría ni un solo minuto más, por lo que se dispuso a aporrear la puerta de aquella vivienda tétrica y de aspecto descuidado que se ocultaba tras la densa manta de nieve y viento que había creado la tempestad moscovita.

Al comprobar como nadie atendía a su demanda, repitió la misma acción una vez más, está vez con mayor insistencia y cierta agresividad en sus golpes. El intenso frío le estaba dejando totalmente entumecido, y la nieve impedía una buena visibilidad, lo que aumentaba su nerviosismo más y más. Después de diez minutos, pudo escuchar cómo Rusia soltaba su tan característica risita infantil tras la puerta, a la que continuó diciendo:

-¿Da?¿Alguien quiere vodka y galletitas?

Y Ludwig sintió como una descarga eléctrica nacía en su estómago y ascendía rápidamente hasta sus sienes, borrando consigo el escaso aguante que le quedaba. De repente, había pasado de estar congelándose a tener las manos y las mejillas encendidas: le sobrepasaba su forma de hablar, era asquerosamente cínica.

-Soy Alemania.

Tras estas concisas palabras, la puerta comenzó a abrirse con una lentitud tortuosa; y más tortuosa todavía al ser plenamente consciente de que el ruso lo estaba haciendo a propósito para avivar la ira del germano. Antes de que pudiera darse cuenta, una figura gigantesca se hallaba frente a él; Iván Braginski conservaba el mismo aura cargado de tenebrismo y malicia que la última vez que coincidió con él en una conferencia mundial. No obstante, Ludwig se percató de que su rostro rebelaba un semblante diferente: junto a sus típicos rasgos infantiles y su mirada sádica, se dejaba entrever miedo, pavor; algo que Ludwig no puedo evitar interpretar del peor modo posible.

-¿Vienes a jugar con tu hermanito, da? Acompáñame…

Tras pasar dubitativo hasta la entrada, decidió que lo más prudente sería caminar en silencio tras Iván. El pasillo estaba escasamente iluminado por un par de candelabros a ambos lados de las paredes y era muy largo; perdiéndose en la oscuridad. Al llegar al final, el gigante eslavo se colocó tras Ludwig y le tapo los ojos con sus grandes manos.

-Vamos a bajar unas escaleras, yo te guiaré, da? Allí abajo te espera una grata sorpresa… seguro que te gustará tanto como a mí.

Conforme iban pasando sobre uno y otro peldaño, el alemán pudo notar un brusco descenso de la temperatura y un aire cargado y espeso, con un fuerte hedor. Lo cierto es que, a pesar de todas las vivencias que conservaba selladas en su memoria y en su alma, nunca antes había experimentado aquella sensación que estaba acribillando sus pulmones y que le estaba impidiendo regular su respiración. Olía a humedad, olía a sudor, olía a orina y también a heces, y olía a sangre; todos estos olores se fundían en uno solo y penetraban en sus fosas nasales sin piedad, le estaban provocando unas ganas incontenibles de devolver y pensaba que iba a desfallecer en cualquier momento. Pero lo peor para Ludwig no era el hedor en sí mismo, sino todo lo que quedaba escondido tras él. ¿Qué clase de calamidades y perversiones habría tenido que soportar Gilbert junto a aquel individuo? ¿En qué estado lo encontraría?

Y fue entonces cuando se percató de que las manos del ruso se hallaban embardunadas por una sustancia espesa y caliente, que había empezado a deslizarse por sus parpados y sus mejillas al contacto con la piel de este, supo de dónde provenía ese olor a sangre tan acentuado. Hizo el amago de hablarle, pero las palabras quedaron enterradas en su garganta cuando sus ojos fueron liberados sin previo aviso y le permitieron contemplar a quien quedó ante él.

-Sorpresa…-Y volvió a reír, de la misma forma infantil y con la misma expresión que le había estado acompañando desde el primer momento en que sus miradas se cruzaron en la entrada a su hogar.

Frente a ambos Estados permanecía el cuerpo yacente de un individuo inerte, deshumanizado. Su piel ya no era pulcra y nívea; estaba abierta en un sinfín de heridas y descubría sus entrañas, lo más profundo de su ser. Muchos de sus huesos estaban dislocados y habían desgarrado la carne, luciéndose puntiagudos entre las rosas y los lirios que habían sido sembrados sobre la tierra blanca. Ya no portaba su clásico uniforme militar, sino que sus músculos habían pasado a ser oprimidos por gruesos eslabones oxidados que se adentraban en su interior; volviéndolo sucio, condenado y manteniéndolo incorporado sobre el suelo, como si de un títere se tratara. Igualmente, su rostro se había perdido en la aflicción y ya no conservaba su hermosa masculinidad, puesto que estaba desfigurado a causa de la depravación más repugnante. Sus orbes ya no reflejaban fuego y luz; ahora no eran nada más que dos esferas blanquecinas, vacías e hinchadas. Y su alma había viajado muy lejos de aquel antro morboso donde había derrochado su último hálito de vida. Allí estaba Gilbert Beilschmidt, el antiguo Reino de Prusia, muerto ante su hermano y su verdugo.

Para Roderich Edelstein, el hecho de que hubiese pasado algo más de una semana y no hubiese obtenido noticia alguna acerca de Gilbert y de su hermano menor no hacía otra cosa sino aumentar la carga que recaía sobre los hombros del austríaco.

Su primera alternativa fue contactar con Ludwig; pero después de los acontecimientos, le resultaba demasiado imprudente ir en busca del rubio tras las últimas palabras que le dedicó este la última vez que se vieron. Tampoco se atrevía a imaginar cómo se encontraría anímicamente después de alcanzar su objetivo. Dios sabrá que es lo que habrá pasado en el hogar ruso…

En realidad sería muchísimo más cómodo y menos comprometedor salir a la calle y escuchar a cualquier corrillo de caseras mientras se evadían de su cotidianos quehaceres, pero la gente tiende a confundir términos y a subjetivizar las cosas a su vivo antojo. Y sinceramente, Roderich no se encontraba con fuerzas para enfrentarse a gestos hirientes o expresiones inapropiadas: allí afuera reinaba la vulgaridad.

Por otro lado, era probable que los medios de comunicación estuviesen explotando la noticia como sólo ellos sabían hacer: algo tan morboso como el paradero del germano debía interesar a cualquiera, y aún más tratándose de una sociedad perdida y abrumada como es la de la posguerra. Hacía semanas que no interactuaba con el mundo exterior; rechazaba cualquier visita o llamada telefónica que no proviniese de un mandatario político o de Ludwig, le resultaba una pérdida de tiempo encender el televisor o la radio puesto que estaba demasiado ocupado intentando descifrar qué demonios le estaba ocurriendo y si realmente ese "yo" que hablaba cuando no debía hacerlo era una especie de tumor canceroso que había nacido en su interior y se estaba alimentando de su cobardía, convirtiéndolo en el ser degenerado que era.

A las una de la madrugada, el austriaco quedaba colgado de una cajetilla de cigarros, lo que le hacía afianzar la idea de que estaba siendo alguien que antes desconocía. Él siempre había repudiado el tabaco, y sin embargo ahora era la única vía de escape que tenía ante el calvario que estaba padeciendo.

Recostado en el sofá de piel, en la sala de estar, recordaba una y mil veces todas y cada una de las vivencias que había compartido con el caballero teutón en aquel lugar; mientras se deleitaba con el humo que afloraba de sus labios, la forma en la que este ascendía lento y liviano hasta desvanecerse en el aire, y la forma en la que su fuerte olor le impregnaba deliciosamente y le traía al albino hasta él.

Repentinamente, Roderich se vio obligado a salir de su ensoñación y tomar el auricular del teléfono con gran desgana y cierta molestia. Este, al situarse cercano al sofá donde permanecía recostado, no tuvo otra cosa que hacer sino estirar el brazo hasta donde se encontraba su demanda.

-¿Sí? ¿Dígame?

-Roderich, soy Antonio. Verás, sé de sobra que no soy el más adecuado para informarte de esto, sabrás que Ludwig nos lo tiene terminalmente prohibido… pero aún así creo que debes saberlo. Mañana… mañana será el entierro de Gilbert.-y se detuvo. Antonio Fernández Carriedo, personificación del Reino de España, era conocido mundialmente por esa peculiar personalidad que le hacía ver la vida de un modo bastante "pasional". Y con "pasional" nos referimos a qué él podría ser todo lo extrovertido, jovial, positivo e ingenuo que quisiera, pero sólo él sabía lo que estaba bien y lo que estaba mal, y jamás permitiría dejarse doblegar por nadie en este sentido. Por eso, si para él lo correcto era hacer caso omiso a las palabras del alemán y llamar a su amigo Roderich para darle la fatídica noticia, lo hacía y se pasaba por los cojones a todos y a todo. Ese era España, directo e indomable.-era una barbaridad que nadie te lo comentase. A ver, como sigo… Ludwig se encuentra hospitalizado y bajo tratamiento psiquiátrico; a la pobre criatura se le ha ido la cabeza después de ver a su hermano… estaba… estaba destripado y medio descuartizado. Y bueno… ¿Roderich? ¿Roderich, estás bien?

-Antonio… dime donde está. Sólo quiero que me digas donde está.-A penas inaudible, su corazón logró articular unas breves palabras que salieron de su inconsciente; puesto que en esos mismos momentos, Roderich tenía la mente en blanco. No sentía dolor o aflicción, ira o impotencia, sólo podía escuchar la voz del español, sin terminar de asimilar todo lo que estaba acechando su mente.

-En la Catedral de Berlín.

Y sin más preámbulos, colgó; sin ningún tipo de despedida o de agradecimiento de por medio. Eras las dos de la madrugada, estaba en Viena y allí fuera hacía un frío criminal; su aspecto era denigrante y ni siquiera estaba vestido. Pero, ¿tenía que darle importancia a algo tan sumamente trivial? No. Ahora no.

Tras cinco interminables horas de camino en su limusina, se encontraba a las puertas del imponente edificio religioso. Roderich había comenzado a recuperar lentamente su capacidad de reacción y de raciocinio, y ante la dura situación a la que se estaba enfrentando, se estaba preguntando en qué se había convertido su existencia. Se sentía abatido y despreciable; por más que lo había intentado, no había conseguido derramar ni una sola lágrima aunque su interior se lo estuviese pidiendo a gritos. Una vez más, su cabeza volvió a suplicarle que asimilara lo que realmente sentía y que hiciera algo por descubrirse a sí mismo; pero optaba por seguir huyendo de su destino y refugiándose en la más pura hipocresía e insensibilidad.

A su debate interno se sumaba el hecho de que las puertas estuviesen abiertas a tales horas. Eran las siete de la mañana y tenía acceso libre al interior, puesto que ni siquiera había guardias que pudiese detenerle o llamarle la atención. Cautivado por el intenso juego de luces doradas que se dejaban entrever desde la entrada, se dispuso a avanzar hacia el corazón del templo.

Y allí estaba. Atinó a divisar un ataúd desde la distancia; a su alrededor, ricas y elaboradas decoraciones escultóricas talladas en mármol blanco y madera se dejaban embellecer por la inmensa cantidad de luces que desprendían las velas prendidas y que se reflejaba en el baño de oro que decoraba la mayor parte del lugar.

El delicado olor a incienso acompañaba la estampa, impulsándole a caminar irracionalmente hacia el altar mayor. Roderich mantenía la mente en blanco; ya no porque quisiera evitar cualquier reflexión o sentimiento, sino porque simplemente no podía. Poco a poco, una serie de recuerdos con Gilbert fueron acompañando cada paso que daba: el día que se conocieron cuando no eran nada más que dos infantes a cargo del abuelo Germania, el primer conflicto armado, la primera vez que el albino se le acercó más de lo recomendable y el cosquilleo que afloró en su estómago… su soberbia, su cuerpo, su mirada, su sonrisa, su voz… y sus palabras.

-"Espero que sepas refrescarte tú solito durante todo este tiempo."

No. Gilbert Beilschmidt se había marchado para siempre de su lado y nadie más podría soplarle dulcemente las mejillas como él acostumbraba a hacer. Ya no estaba allí, únicamente le había dejado un bello cadáver que permanecía dormido plácidamente en el costoso ataúd. Este permanecía separado del austríaco por una gruesa y pesada lámina de cristal; y desde fuera, Roderich mantenía la vista fija en el níveo rostro mientras su mente revivía esta última frase. Portaba su elegante uniforme imperial, aquel que solía reservar para los momentos más señalados cuando aún constituía una potencia hegemónica en Europa; no obstante, este dejaba adivinar la extremada delgadez que había asolado al prusiano durante sus últimos momentos de vida.

Con suma lentitud se arrodilló ante el caballero teutón, y cuando se percató de donde se encontraba y de quién yacía junto a él, tal fue su aflicción que pudo sentir como la sangre abandonaba su recorrido y se agolpaba en sus ventrículos, dejando todas sus venas y arterias como si fuesen a reventar en cualquier momento a causa de la falta de oxígeno. Como consecuencia de este hecho, su pecho subía y bajaba violentamente en busca de aire, pero no lograba otra cosa sino incrementar su estado de ansiedad. Sus tímpanos acogía su ritmo cardíaco, el cual era desmesuradamente rápido e intenso, haciendo palpitar sus sienes. Su sudor era frío y le estaba quemando la piel, no podía dejar de estremecerse ante todo lo que estaba experimentando; de repente, fueron sus manos la que comenzaron actuar por sí solas y a batirse en un arduo duelo con la barrera que suponía aquel cristal para ambos. Así, Roderich vertió todo su peso y toda la fuerza de la que disponía en levantar aquel espejo que estaba reflejando su alma, su razón de vivir; se estaba desgarrando las yemas de los dedos y sentía como la sangre fluía dolorosamente por sus dedos tras romperse las uñas, pero seguía luchando contra aquella barrera con el mismo ímpetu, hasta que lo hizo estallar en mil pedazos contra el suelo y le dejó expuesto el cadáver de Gilbert.

Acogió el cuerpo inerte del prusiano entre sus brazos y lo estrechó contra su pecho, reposando su frente contra la del albino. A pesar de haber sido operado tras su muerte con el objetivo de reconstruir su físico casi por completo, aún conservaba la aspereza de su piel y esa inconfundible fragancia. Unas veces a sudor y otras muchas al más embriagador de los perfumes, a cerveza y a tabaco; siempre le había resultado tan alentadoramente deliciosa, y la había estado echando tantísimo en falta durante todo ese tiempo… su garganta estaba siendo desgarrada en los más angustiosos de los gritos que jamás había podido imaginar el austríaco emanando desde lo más profundo de su ser, pero ya nada podría detener aquello que le estaba sacrificando por dentro. Gritaba, gemía y le nombraba una y otra vez; preguntándole por qué, por qué, por qué… por qué no había tenido la valentía de reconocer que lo amaba mucho antes y por qué ahora ya no había vuelta atrás, por qué Dios le estaba castigando de aquel modo y por qué no se lo llevaba con él inmediatamente. Le gustaba la forma en la que sus lamentos se hacían sonar por todo el espacio y retumbaban en sus oídos, cómo su garganta estaba siendo torturaba y se sentía arder, sólo quería sentir el máximo sufrimiento que pudiera ser soportado por un hombre hasta que volviese a rencontrarse con Gilbert en el más allá, donde quisiera que estuviese. Porque merecía sufrir y aún más morir del peor modo posible, porque su existencia en este mundo había pasado a carecer de sentido alguno.

-Prusia, Prusia, Prusia, por qué…Dios mío, por qué me haces esto, por qué… Llévame a mí, llévame con él…

Conforme iban pasando las horas, los gritos dejaron paso a los susurros; Roderich besaba y acariciaba cada rincón de su piel: su frente, sus párpados, su nariz, sus mejillas, sus labios, su cuello y sus manos, a la vez que le hablaba al oído y le confesaba su amor. Tanto su boca como sus dedos lo rozaban débilmente, como si no quisiera despertarlo de su eterno letargo.

Si de él dependiese, abandonaría este mundo allí mismo y en esas mismas circunstancias, ya que bajo ningún concepto volvería a separarse de él nuevamente. Cuando ya estaba siendo vencido por el sueño, atinó a besar los labios prusianos por última vez; y a continuación, pronunció con voz baja y melosa:

-Te amaré hasta la infinidad.


Vale, sé lo que están pensando ahora mismo, pero se equivocan. ESTO NO ES EL FINAL. ¿Por quién me han tomado, por una psicópata sádica o algo por el estilo? Que conste que yo no soy Rusia, señores! ò-ó Es más, jamás en mi vida le haría algo tan horrible a mi querido OTP hetaliano33 con los hermosos que son y lo felices que se merecen ser nyaaa Por si no lo saben, detrás de esta faceta de escritora dramática existe un lado muy pero que muy pervertido… sólo les diré dos cositas más: se aproxima el último capítulo, y va a ser muy pero que muy distinto a lo que queda plasmado en el resto de la historia. Les dejo quebrándose la cabeza, hasta la próxima! Un abrazo apretadito y gracias por todo el cariño y los reviews? Viva el PrusAus.