¡Disculpen el retraso! Pongo a la Uniersidad como excusa... Pero hey, las vacaciones se aproximan y tal vez en esta ocasión tenga tiempo para avanzar un poco más.

DISCLAMIER: ¿El Origen de los Gaurdianes y la mitología de la cultura Celta? Nada de eso me pertenece.

¡Disfruten!


OTOÑO

Una figura femenina apareció frente una puerta de las que se encuentran ocultas entre la parte interna del río, justo bajo uno de los puentes. Se introdujo en el lugar atravesándolo hecha partículas, pues ésta era su particularidad. ¿Para qué usar las puertas si se tiene un modo mucho más práctico de acceder a cualquier parte?

—¿Otöm? —soltó en su ronco tono monótono. Su cuerpo se había regenerado en un instante. El lugar olía a humedad, y ligeramente a tierra.

—¿A dónde han ido? —la voz era grave, de un tono suave que resultaba tremendamente emocional.

El viento sopló, revelando su cuerpo desnudo de la intrusa bajo la capa, que brilló en palidez a través de la iluminación que llegaba desde las ventanas bien incrustadas en la piedra. La figura avanzó a un ritmo de pulsaciones constantes, introduciéndose en las sombras del fondo de la habitación.

—A buscarte. Las sílfides me dijeron que están insatisfechas con las palabras que les has comunicado a través de mí. La más poderosa entre ellas, la que se hace llamar Verano, incluso ha amenazado con destruir las cercanías si no se aparece ante ellas.

Una luz brilló entre las penumbras, anunciándose como un par de ojos que venían de abrirse. La luminosidad, sin embargo, de este par de faros, era grisácea y pálida, como un lucero azulado que se ve a través de una noche neblinosa.

—Agradece a las sílfides por advertirnos de la aproximación de mis hermanas desde tan temprano.

Niebla asintió con la cabeza. La luz se apagó. El hada de los ojos transparentes ladeó la cabeza entonces, mostrando un signo de humanidad muy poco común en su personaje.

—¿No piensa ir al encuentro de ellas, Patrona?

Hubo silencio. En la oscuridad, Otoño negó con la cabeza.

—El maleficio parece bien roto.

—No puedo estar segura de eso —la otra se pinchó el labio con la uña.

—Bueno, pues eso en lo que ellas aseguran al menos. Y sólo verlas juntas, ¿no es un indicio de que no hay peligro qué correr? —conforme hablaba, la voz no perdía la monotonía.

—¿Qué garantía tengo de eso? Debería estar agradecida de que no pueden sentirme Y no van a encontrarme mientras permanezca en este lugar —los faros pálidos que eran sus ojos se apagaron de nuevo.

—Pero… ¿Y si Eté realmente destruye la ciudad como lo había amenazado?

—No lo hará. Ella no destruiría algo que su hermana adora.

—Ella ha destruido muchas cosas, sin embargo. Me dijeron que sólo le bastaría con tocar el piso.

—Eso sería en tierra expuesta, y nos encontramos protegidos de concreto.

—¿Y qué hay del río?

Las luces grises se encendieron de nuevo.

-o-

Llegó la hora de los niños para volver a casa. Se despidieron de Jamie y de su amiga, siendo enviados de regreso con una recomendación —como haría cualquier joven responsable a cargo de un grupo de niños pequeños—, mientras la oscuridad se sentía acercarse.

Él dirigió la mirada hacia el cielo, buscando a su compañero espíritu. Quería averiguar si era posible que sólo con la mirada, pudiera transmitirle el deseo que sentía de que no se alejara de su lado a pesar de la presencia de la muchacha.

—Eso fue muy divertido —dijo ella, una vez estuvieron figuradamente a solas—. Hacía mucho que no jugaba a una guerra de bolas de nieve.

Jamie suspiró pesadamente, dejando caer sus párpados. Su ánimo parecía cansado en contraste con el de su compañera. Los círculos bajo sus ojos se vieron repentinamente acentuados con la luminosidad que decrecía, y a pesar de ello, su poco ánimo de abrir la boca o continuar con la conversación no fue completamente interceptado por la joven, que le sonrió cariñosamente.

—Los deberes te consumen, ¿no es así? —ella insistía en obtener su atención.

Él asintió un par de veces, llevándose las manos a la frente esforzándose por corresponder al gesto amable que le era ofrecido. La miró, y ella fue rápida en tomar la mano más cercana a su alcance y apresarla con la fuerza suficiente entre las suyas. Sentir la manera en la que el pulso de él se aceleraba la puso contenta.

—Eres muy bueno, Jamie. Tal vez no deberías sacrificarte sólo para salir a jugar con unos niños...

—Es mucho más que eso —respondió rápidamente—. Yo prometí… —desvió la mirada a todos sus alrededores, para comprobar que Jack estuviera cerca. No pudo verlo.

—¿Qué ibas a jugar con ellos todos los fines de semana nevados? —soltó una risita ligeramente cargada de burla—. Sólo son niños… ¿quién se va a ofender si faltas en alguna ocasión?

Jamie profirió una mueca. Sentía algo molesto y doloroso, en alguna parte del pecho que no podía localizar. Algo hacía falta. Y esa muchacha frente a él, que había comenzado a acercarse tan peligrosamente, no le permitía pensar al respecto con claridad. Pero, ¿hacia dónde había ido Jack? ¿Y por qué no le había avisado, antes de hacerlo? ¿Se habría ofendido acaso, porque él no le había explicado lo que estaba pasando, o porque le pidió a los niños que no pronunciaran su nombre? Sus emociones se encontraban divididas y se debatían, porque una parte de él estaba preocupada por el Espíritu de Invierno, y la otra quería permanecer ahí, junto a la chica. Y no sabía por qué.

Jack se había marchado con uno de los niños, que parecía especialmente triste de despedirse de él. Lo había convencido de acompañarlo hasta su casa, prometiéndole que vivía cerca y que la operación no llevaría más de un par de minutos; de modo que el espíritu accedió. Ya se encontraba en su camino de regreso a reencontrarse con su protegido, cuando recordó que él ya tenía compañía. Aun así, se determinó a observar de qué se trataba todo aquello. Levitó acercándose muy lentamente hacia ellos en cuanto los interceptó, para no ser visto por Jamie. Los escuchó que hablaban, y la manera en la que ella mencionó que no cumplir con su promesa no podía ser algo tan grave lo molestó un poco. Ella no le agradaba mucho, y no sabía por qué. De cualquier modo, ¿Por qué insistía ella en quedarse tanto tiempo ahí con Jamie después de que el juego ya se había acabado? Lo llegó a comprender casi dolorosamente, cuando observó a manera en la que ella se aproximaba a él y depositaba un beso en su mejilla. Vio los ojos de su amigo abriéndose grandemente, y sus propias mejillas se sintieron cálidas por un instante. Se llevó los dedos a ellas. ¿Eso era un… sonrojo?

Había momentos en los que la conexión de Jack y de Jamie era tan fuerte, que incluso uno podía percibir lo que experimentaba el otro. Éste parecía ser uno de esos momentos. Ninguno de ellos se lo había cuestionado jamás, ni profesaba curiosidad al respecto. De modo que el Espíritu de Invierno pestañeó, y bajó a tierra recargándose de su cayado. ¿Qué era eso? ¿Qué era esa cosa que Jamie sentía? ¿Porqué de repente…?

Abrió los ojos.

—Jamie, volveré en cuanto pueda —anunció en voz alta, y provocó la reacción del muchacho. Se volvió casi furiosamente hacia él, y le preguntó con la mirada en dónde se había encontrado hasta ese momento. Jack sonrió—. Tengo algo qué hacer, ¿sí? ¡Hasta luego! ¡Viento!

Las Sílfides hicieron lo suyo entonces para llevarlo lejos de ahí lo más rápido posible.

-o-

—¡Eté, Eté, detente! —La menor de las Cuatro Hermanas intentaba seguirle el paso a la patrona del verano haciendo uso del más chillón de sus tonos, de nuevo. Sin embargo, sus alas no parecían tener la misma energía que las de su hermana, que revoloteaban casi tan feroces que las Sílfides chismosas se mantenían bien alejadas de ella. La rubia permanecía con el ceño fruncido a medida que avanzaba, aparentemente sorda a los sonidos agudos de Prantöm y a los sonidos de queja de Salamandra, que no ocultaba lo harta que estaba del comportamiento infantil de la menor.

Muchos pensarían que Primavera era benévola, y dulce, y amable; y relacionarían eso con algo positivo. Para el Hada del Fuego, sin embargo, aquellas cualidades sumadas a la actitud infantil que estaba manejando justo en ese momento la hacían ver como un personaje plano y poco substancial que no merecía el poder que la naturaleza le había adjudicado. En todo el trayecto el Hada de cabellos castaños no había tomado prácticamente ninguna decisión de importancia, lo que contrastaba con la voluntad férrea de su propia patrona y le hacía dudar acerca de si jamás podría comportarse de manera servicial para con ella. Suspiraba poniendo los ojos en blanco casi a cada dos metros que pasaban, procurando no mantenerse tan alejada de Verano para que por equivocación no dejase su gasa rozar el suelo.

—¿Por qué no puede ser tan rápida? —inquirió casi en un susurro, creyendo que la rubia no la escucharía. Pero lo que pasaría a continuación le pondría la piel heleada —irónicamente—. La mirada dorada y furiosa se posó súbitamente sobre la suya.

—No la llames lenta —con aquello fue suficiente para que permaneciera la boca cerrada hasta que se le solicitase lo contrario, y para que la tercera les diera alcance.

Las alas de Primavera revoloteaban incesantes. Sus ojos demostraron que no comprendía a escena que se llevaba a cabo entre su hermana y su subordinada, pero no externó intenciones de involucrarse. En cambio, tomó una larga bocanada de aire y dio media vuelta, para observar la manea en la que el río fluía debajo.

—Tal vez… —sugirió lentamente—. Deberíamos retirarnos para dejar que nuestra hermana piense, si es que se encuentra aquí y quiere ocultarse. Tal vez… deberíamos volver luego e intentar buscarla de nuevo, quizá también podríamos buscar la forma de hacer que Neblina nos explique en dónde podríamos encontrarla si ya no frecuenta esta ciudad…

—No; ella está aquí, lo sé —respondió Eté con voz estridente—si no, ¿Por qué habría salido su subordinada a defenderla? Se está ocultando, y debe ser en alguna parte de este río. Si tan solo pudiera llamar su atención…

—Pero si puede hacerlo —sugirió Salamandra alejándose ligeramente, luego de que su patrona apartara su amenaza de ella al captar la atención de la otra—. Podría dejar caer su manto por esta vez y secar el río un poco…

—Ah; pero Eté no se atrevería a hacer algo así sólo por querer llamar la atención de Otöm, ¿No es así?

Verano profirió una mueca y plantó una expresión pensativa. Prantöm pestañeó incrédula.

—Hermana, pero si este río ha sido evidentemente secado con anterioridad… ¿No podría una nueva amenaza genuinamente dañarlo a él y a la vida que se resguarda dentro?

La mayor entornó los ojos como respuesta.

—Seguro Otöm aparece antes de que algo grave suceda —susurró de tal manera que sólo las sílfides pudieron oírla—. ¡No me importa! ¡Yo tengo un deseo y ese deseo será cumplido! ¡Yo quiero verla! —su cabello rubio, que se mantenía permanentemente flotando a su alrededor creando ondas pareció erizarse aun más entonces, y ella procedió a cerrar el puño—. ¿Escuchas eso, Otoño Hermana Mía? ¡Destruiré lo que queda de este precioso río tuyo que los torpes hombres se ocuparon de contaminar y encoger! ¡En dos segundos no quedará rastro alguno de vida en él, y ni siquiera las lágrimas que puedas acumular en un millar de años llorando por la realización de mi amenaza bastarán para volverlo a la vida! ¡Pruébame! ¡No sería la primera vez que lo hago!

Al instante en el que Verano terminaba de proferir aquellas palabras, el viento comenzó a arreciar fuertemente. Los ojos dorados se iluminaron.

—Ah, ¡Eso es lo que yo quería! —las alas de las dos Hermanas batieron furiosas de anticipación, mientras sus puños se cerraban.

Las sílfides se separaban, confusas sobre a quién servir. Como es ya sabido, los agentes causantes de los fenómenos naturales deben rendir incondicional obediencia a la patrona de turno, pero nunca habían estado expuestas al mano de tres de ellas a la vez. O al menos, no que ellas recordaran. De modo que se separaron en tres grupos iguales, mientras una neblina se esforzaba por materializarse entre tanto movimiento. Un mato gris apareció extendiéndose con furia sobre las tres amenazantes. Se escuchó un trueno cuando las nubes encima de sus cabezas se oscurecieron y comenzaron a acercarse entre ellas. En medio del manto enorme, que al tiempo comenzó a encogerse, surgió una figura de límites translúcidos. Era Neblina de nuevo.

Verano puso los ojos en blanco.

—¿Qué haces tú aquí de nuevo? ¿Presentando excusas? —indagó con furia. Los puños se ciñeron todavía más fuerte.

Los ojos vacíos de la figura se mantuvieron impenetrables, indiferentes detrás de su velo. Como esperando a que se tranquilizase antes de hacer cualquier otro movimiento. El Hada entendió la mano hacia la rubia, cerrada en un puño, y la abrió lentamente. Estaba vacía. La de la gasa ocre se sintió desfallecer de impaciencia.

—¡Argh! ¡No estoy para enigmas! —el aura brillante que contorneaba su cuerpo creció como una amenaza a punto de histeria. Sintió la mano fresca de su hermana sobre el hombro. Le dedicó una mirada.

—No, Eté, creo que te está diciendo que te calmes.

La rubia volvió la vista hasta la Dama Gris, y observó cómo repetía el gesto, con la misma apatía de antes. Como si aquello fuese tomando sentido en su cabeza, intentó repetirlo. Uno, dos, tres segundos pasaron. Sus manos, que se encontraban ya temblorosas, fueron relajándose dedo por dedo. Primavera, sin soltar la mano de su hombro, la contempló con gusto. Quiso alejarse una vez hubo terminado, pero no encontró voluntad de hacerlo. Estar cerca de su hermana se sentía como la cosa correcta. A su sonrisa, Neblina pareció contagiarse. Salamandra, a varios cuerpos en la lejanía, frunció el ceño. ¿Qué era lo que tenía esa pequeña que a todos encantaba?

El gesto que marcaban los labios de la Dama Gris era una cosa tan sutil que apenas podía percibirse detrás del velo sobre su cara. Prantöm era suave y gentil, y eso le agradaba. Era un poco como su propia patrona, pero menos depresiva. Verano en cambio sacaba las peores emociones imaginables desde el fondo de sus pensamientos reprimidos, y eso la aterraba casi tanto como podía molestarla. No comprendía toda esa pasión, esa fuerza, ese ímpetu. Y ella no podía soportar la idea de no entender algo. Se desvaneció cuando vio su objetivo conseguido.

—¿Y ahora…?

En el agua debajo de ellas, aros comenzaron a formarse. Aros que se seguían uno de otro, simulando el paso de algún cuerpo. Gentil y suavemente, como la brisa, una nueva figura se dibujaba. Ésta era muy pálida, enmarcada de largos listones de cabello rojo.

—Otöm —soltó la menor en un suspiro, mientras sus alas revivían hiperactivas guiándola hasta ella.

La nueva Hada usaba también una figura femenina, y tenía los rasgos de la cara muy marcados. La mandíbula era cuadrada y los ojos pequeños, los labios delgados y las cejas poco nítidas. No llevaba ningún tipo de ropaje y justo como sus hermanas, el fin de sus extremidades eran casi transparentes.

—Prantöm —soltó con esa voz profunda y madura, extendiendo los brazos hacia ella desde su posición para recibirla. La sonrisa de la niña de los ojos verdes era muy grande y muy cálida. El pecho de ambas se fusionó en un abrazo.


Muchas gracias por leer. Espero y lo hayan disfrutado, y si tienen algún comentario, sería dulce recibirlo.

Prometo que el próximo capítulo llegará antes de que se conpla un mes de haber publicado este;

¡Besos!