Teen Titans NO me pertenece ni sus personajes; a no ser si son O.C's inventados, éstos inventos SI me pertenecen.
Después de tanto tiempo de espera, volví con la actualización. No hubiera sido tan largo de no ser que mi pendrive se quemara... no se imaginan lo mucho que sufrí la pérdida de esa jodida memoria. Allí tenía historias de todo tipo que escribía desde mis 11 años. Estaba terminando este capítulo y faltaba retocar un par de cosas para subirlo, ¿y que pasó? SE QUEMÓ.
Y adiós 6 años de escrituras... y capítulo, obviamente.
No estoy conforme con lo que subo... pero es lo más cercano y fiel a lo que había escrito originalmente. Siendo sincera, me faltaron cuatro meses de valor para volver a juntar ganas de reescribir este capítulo -aún cuando lo recuerdo me lamento-.
Tengo que agradecer a mi novio, que intentó todo por arreglar el pendrive y, cuando vio que no podía, me trajo la serie de Teen Titans entera para verla y así regresarme las ganas de volver a escribir.
Y le funcionó, como ven c:
Siento muchísimo haber demorado tanto, ¡pero no dejaré esta historia! Lo prometí y lo cumpliré.
Y les aviso... se viene el RobXRav con todo, así que durante este y los siguientes capítulos los veremos ;)
Agradezco pila a Zero, que comenta cada capítulo, y a Shasad Naoko, por animarse a dejar un review c:
Y ahora sí, ¡que comience la lectura!
Capítulo VII: Dulces sueños (Editado)
P.O.V Raven:
Un torpe bostezo se escapó ávidamente de mis labios, obligándome a cerrar los ojos por un segundo y otorgándome una sensación de necesidad de dormir impresionante. Sin embargo, mi fuerza de voluntad y mis ganas de continuar leyendo aquel tomo tan increíble que sostenía entre mis manos eran más fuertes que mi sueño.
Había estado allí durante horas, aunque a mí se me había ido el tempo de manera rapidísima. Mis párpados estaban dándome una importante lucha, pues querían cerrarse a toda costa... pero yo no quería que sucediera tal cosa.
La biblioteca que Lumen tenía bajo su poder era magnífica. Todo aquel que quisiera saciar su sed de sabiduría podía hacerlo allí perfectamente; el problema era el tiempo... descubrí horas atrás que sería imposible leer todo aquello antes de morir.
El salón de libros es tan inmenso que no se veían las paredes a lo lejos... sólo se pueden apreciar las que van de la entrada hasta la que da inicio al pasillo en donde se hallan las puertas de mis emociones. De las otras dos restantes no había indicio alguno ni siquiera mucho más adelante.
Un cosquilleo se generó en mi pecho, y luché por no liberarlo; mas el bostezo se escapó de mi boca, haciéndome lagrimear inclusive. Froté uno de mis ojos con un puño, queriendo permanecer atenta y con energías para continuar con mi lectura.
Me mantuve cabeceando unos minutos más, hasta que decidí cerrar el gran libro y descruzar mis piernas. Me hallaba sentada en el suelo, sobre el gran alfombrado rojo que cubría el piso del centro de la biblioteca, aquel sitio en donde Lumen dejaba sus libros a medio leer sobre una gigantesca mesa de madera roble negro. Aunque no parecía, aquella alfombra brindaba un calor bastante relajante.
Opté por ponerme de pie, con el tomo entre mis brazos. Despabilando un poco mis atontados sentidos, me desplacé por una de las varias bifurcaciones de estanterías que brindaba aquel claro, rememorando el sitio en el cual había encontrado el libro. Al llegar -luego de unas cuantas vueltas laberínticas-, lo dejé en el sitio en donde lo encontré, para después regresar sobre mis propios pasos. Cuando me encaminé hacia el claro, un destello dorado llamó mi atención de entre el resto de los demás tomos. Con algo de extrañeza me acerqué, hallándome cara a cara con el lomo de oro de un libro fino comprimido por un par de otros dos gigantescos. Era como si hubieran metido aquel librillo allí por la fuerza.
Sin no hubiera sido por mis poderes, me hubiera costado un buen rato sacarlo de ahí. Al instante en el que lo tuve entre mis manos, una extraña sensación recorrió mi cuerpo comenzando desde la punta de los dedos de mis manos hasta la punta de las raíces de mis cabellos. Se me erizó el cuerpo entero, y no supe cómo interpretar esa reacción ante el ejemplar.
Minutos después, me volví a ubicar en el claro de la biblioteca de Lumen... aunque ahora con éste volumen entre mis manos. El lomo era de oro, sin dudas, pero el resto del libro era de cuero negro. No había ninguna indicación en la portada ni mucho menos en la contra-tapa. Los bordes estaban algo desgastados y el cuero olía a viejo ya. Por todo eso y por mi curiosidad, abrí en la primera hoja.
No decía nada, ni tampoco en la siguiente... recién a la tercera, aparecía un grabado en tinta con una letra pulcra, distendida y solitaria, que parecía flotar en la amarillenta hoja quebradiza:
«Metalix»
Sentí en mi mente cómo la palabra se repetía una y otra vez sin parar, cada vez deformándose más para tomar el tono de voz de una persona que yo jamás había escuchado. La voz de una mujer, que parecía saborear con gusto el término como si fuese algo sumamente importante...
Y empecé a sentir gritos de Starfire entre ecos... y llantos de Chico Bestia, quejas de Cyborg y... un frío me recorrió entera cuando de pronto mi mente proyectó una imagen de Robin con traje, los ojos cerrados y postrado en un ataúd.
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Un estruendoso rayo me arrancó del mundo de los sueños de manera brutal, incorporándome sobre la cama y dejándome sin aliento. Las pulsaciones de mi agitado corazón eran tan veloces, que sentía que mis pulmones me pedían a gritos escapar de mi pecho y atrapar por sí mismo todo el oxígeno que necesitaba. Mi frente estaba completamente perlada en agua salina, producto del calor que parecía emanar; sin embargo, no era un sudor normal: era como el sudor frío que atentaba al cuerpo de uno cuando el miedo se metía en los huesos, arrebatando todo atisbo de calidez y dejando un tumulto de escalofríos. Recorría con lentitud la piel de mi espalda, erizando los vellos de mi nuca y brazos.
El siguiente relámpago que resonó en mi habitación me regresó a la realidad, encontrándome aferrando mis mantas negras en dos firmes puños temblorosos. Los truenos atentaban fuera de la torre, brindándome breves instantes de luz zafiro que se entrometían en mi cuarto a través del ventanal por cada rayo que se dibujaba en el cielo.
Intenté calmar mi estado de agitación controlando un poco mi manera de respirar, no podía dejarme llevar por mis emociones nunca. Cerré mis párpados durante unos instantes, inhalando aire con suavidad y exhalando de forma pausada lo que quedaba en mis pulmones. Aflojé el agarre de mis manos crispadas y fui calmando los calambres de mis articulaciones: por lo visto, había estado apretando los dedos desde que me había quedado dormida.
«Azar... duele como el infierno...»
De a poco moví cada mano, ganándome dolorosos tirones. Cuando me sentí lo suficientemente apta para usarlas, limpié el sudor que se instauraba en mi rostro con algo de pereza.
Giré mi rostro en dirección hacia la mesita de luz, posando mis ojos sobre el reloj de luz verdosa: las cuatro y veintidós de la madrugada. Un bufido escapó de mis labios... ¿es que jamás me iba a acostumbrar a dormir como un terrícola común y corriente? No es posible que después de tanto tiempo siguiera sin poder completar el horario nocturno normal. Aún era demasiado temprano para comenzar un nuevo día.
Me lancé contra la cama con brusquedad, tapándome hasta los hombros y dándole la espalda al ventanal. Divagué mi mirada a través de mi habitación por cada vez que algún relámpago me regalaba un poco de su luz para romper la oscuridad, queriendo conciliar el sueño. Mi mente analizaba detalladamente el sueño que había tenido antes de despertar por culpa de la tormenta; quizás era mejor contárselo a Lumen en cuanto tuviera la oportunidad de verla.
Analizaba todo recuerdo relacionado con el sueño cuando, de pronto, mi visión se encontró de lleno con un peculiar objeto al momento en el que la luz de un veloz rayo alumbró mis alrededores. Situados de forma desalineada sobre el sofá que había al lado de mi biblioteca personal, se hallaban nada más ni nada menos que los guantes de combate de Robin.
Tan verdes y brillantes como siempre.
Ni siquiera me molesté en intentar quitar mi mirada de aquel punto; cada vez que la impactante luz natural iluminaba durante un ínfimo instante el cuarto, mis orbes se deleitaban con la observación que podía hacerles a distancia.
«¿He dicho "deleitaban"?...»
Rápidamente sacudí la cabeza, abriendo por completo mis párpados: si antes había tenido un pequeño atisbo de ganas de dormir, podía estar segura de que ahora lo había perdido para siempre.
Creo que continué ejecutando la misma acción durante los siguientes quince minutos, hasta que mi mente pareció reaccionar de una vez... aunque no de una manera muy positiva. Y no sólo mi mente... pues mi brazo se extendió, saliendo de entre los tapados de mi cama, y se estiró sobre su superficie en dirección hacia los guantes de mi líder.
Por obra mágica, los mismos se dirigieron hacia mi mano con maestría.
Cuando rocé la tela con la yema de mis dedos, un escalofriante cosquilleo recorrió toda la extensión de mi extremidad, pasando por mi hombro y viajando por todo el resto de mi cuerpo.
Sentí que algo de cerámica se rompía.
―Ya basta. ―impuse, agravando la voz de forma autoritaria. Estuve con la mano fuera de las sábana un buen rato, frotando mis dedos contra la verde tela de los accesorios sin quitarles los ojos de encima.
Eran tan... simplones; tan horrorosamente coloridos y llamativos. Tan suaves...
Intenté tragar saliva, en vano; mi garganta estaba absolutamente seca, y la sensación pastosa era desagradable. Con un suspiro de cansancio, me atreví a hacer lo indebido: coloqué cada una de mis manos dentro de cada guante, disfrutando incluso del desliz, y velozmente los metí entre mis mantas, como si pretendiera esconder mi acto de ojos ajenos.
Traté de conciliar el sueño en los próximos minutos, y todo para nada, porque al final supe que sería imposible volver a dormir. Así que, con resignación -y un exasperado suspiro de enojo- quité los cobertores de mí y me senté con las piernas desnudas fuera de la cama.
Mi idea siguiente era ir a por una taza de humeante té, y encerrarme nuevamente en mi habitación para elegir un tomo de mi estantería y pasar leyendo en lo que quedaba de tiempo hasta el despertar del resto de los titanes.
Por lo general su costumbre era levantarse alrededor de las siete y media, ocho.
―Aquí vamos... ―me dije, con pocos ánimos para comenzar un nuevo día a esas horas tan jóvenes.
No tuve la intención de calzar mis pies, por lo que enseguida me dirigí hacia la puerta y salí de mi cuarto sin más. Deslicé los dedos contra el suelo, deleitándome con el suave alfombrado rojizo que acariciaba mi piel. Entre relámpagos y ruidosos truenos estridentes, bajé dos pisos hasta el pasillo que conectaba con el hall de la torre, sin necesidad de encender ninguna luz en el trayecto.
Mis manos aún seguían resguardadas por los accesorios de Robin, sorprendentemente cálidas; generalmente ellas -y todo mi cuerpo- se hallaban heladas.
Y así como llegué al hall, me introduje en la cocina, encendí la luz -lo cual provocó que frunciera el ceño por la desacostumbrada falta de luz artificial-, calenté agua y me preparé un té de tilo, con el fin de calmar mis extraños nervios. Mis pies descalzos comenzaban a sufrir la temperatura fría del suelo de cerámica blanca cuando el agua de la tetera comenzó a hervir.
Terminé de servirme mi jugo de hiervas, y apagué enseguida la luz de la cocina. Aguardé unos momentos para acomodar mi visión en la oscuridad otra vez, y acto seguido proseguí a iniciar el recorrido que me llevaría a mi recámara.
Mis pasos salían del hall, cerrando la puerta corrediza detrás de mi... pero entonces un relámpago me reveló que no estaba sola.
Instintivamente ambos frenamos, uno frente a otro.
―¿Raven?
Me tensé tanto y mis manos se crisparon de tal manera, que con mi mismísima energía rompí la taza de cerámica.
El ruido de los restos de la vasija chocando contra el suelo cortaron el silencio; pero eso no era en lo que yo estaba concentrada, pues un calor que recorría la piel de mis palmas me resultaba más importante.
―¡Diablos! ―vi que mi líder se acercaba hacia mí con rapidez, y luego tomó mis muñecas con brusquedad ―¿Estás bien? ―inquirió en un casi grito.
Yo continuaba fascinada... había estado en contacto con agua hirviente, y sin embargo lo único que sentía era una tibia sensación. Los guantes de Robin eran incr...
«Los guantes de Robin...» Mi pensamiento hasta me resultó lacrimoso.
Levanté mis orbes violáceas de mis manos lentamente, y cuando las coloqué sobre el rostro del individuo que se hallaba delante de mí y tomando mis brazos, un rayo impactó sobre la tierra, haciendo temblar los cimientos de la torre T.
Su cabello -más despeinado de lo normal-, parecía contrastar con su pulcro antifaz y su cara de serenidad. Por un momento me pareció ver una sonrisa pícara bailando en sus labios... pero de seguro había sido mi imaginación.
Sí... a lo mejor me había regresado el sueño, era el aroma a tilo...
―¿Estás bien? ―preguntó, esta vez con voz más baja que antes, y hasta incluso algo ronca.
―Sí. ―respondí tajante, incapaz de moverme de donde estaba. Estaba siendo muy cuidadosa y controlaba con extrema ferocidad mis emociones, evitando exteriorizar mi tensión. Robin bajó la mirada por segunda vez, para clavarla en mis manos escondidas dentro de su prenda verde. Se mantuvo en silencio unos segundos, hasta que finalmente decidió retomar la palabra.
―Son aislantes. ―afianzó el agarre de sus dedos alrededor de mis muñecas un instante para indicar de lo que hablaba ―, soportan temperaturas de hasta doscientos ochenta grados centígrados.
No quería analizar por qué me mantenía tan quieta ante tal cercanía ni por qué estaba tan nerviosa, porque si lo hacía dejaría de concentrarme en no volver a perder el control y romper otra cosa. Lo único que quería era salir de esa situación... cuanto antes.
Porque todo estaba extraño... hasta el ambiente se había vuelto de la nada espeso...
Y fue ahí cuando noté que Robin me estaba viendo a los ojos, casi sin parpadear. No le hubiera dado importancia de no ser que aún seguía tomándome de las muñecas, y que sus iris comenzaron a bajar por mi rostro, mi cuello y después el resto de mi cuerpo. Ahí fue cuando recordé que no traía capa, y que llevaba conmigo una simple camiseta negra que era cuatro veces más grande mi talle. Sin embargo, esta llegaba sólo hasta la mitad de mis muslos.
Y perdí la fuerza de control que estaba manteniendo... sentí un calor extraño instaurarse en mis mejillas, y supe qué era lo que me había sucedido: me había sonrojado... me había sonrojado delante de mi líder por culpa de la maldita situación en la que me encontró: vagando a las cinco de la madrugada por la torre, con todas las luces apagadas, con sus guantes puestos y casi sin ropa.
¿Había algo peor? Ah, sí... el hecho de que me hubiera dejado llevar por la sorpresa y hubiera hecho añicos la taza que traía conmigo; sin olvidar que todavía seguía sin soltarme.
Esa última frase, resultó ser el «click» que me regresó de nuevo al presente, y borró con potencia todo mi conflicto interior. Por ende casi le arranqué las manos a Robin cuando me zafé de su agarre con exagerada brusquedad, retrocediendo dos pasos lejos de él.
―No te preocupes, estoy bien. ―murmuré con voz queda, reprochándome por tanta estupidez. Extendí mi mano hacia el suelo y reparé la taza en un momento, uniendo todas sus partes y dejándola sobre una mesita de decoración que había en el pasillo. Lo único que podía ver en las sombras cuando los relámpagos no iluminaban la estancia, era el antifaz blanquecino de Robin brillando en la oscuridad.
Comencé a tomar los extremos de los guantes verdes para tirar de ellos y retirarlos de donde se hallaban, pero la voz de mi capitán me frenó en seco.
―Quédatelos. ―Dudé un instante, y después intenté continuar con mi tarea ―.Raven, es una orden.
Robin volvió a iluminarse por gracia de la naturaleza, y allí realicé mi propio análisis: sólo traía unos gastados tejanos azules, dejando a la vista su torso desnudo y la piel de sus pies. Luego de que hubiera retirado sus manos de mis brazos, las había guardado dentro de sus bolsillos, dándole un aspecto desenfadado y relajado. Su cara no dejaba entrever ninguna emoción, por ende permanecía serena y seria.
Tragué saliva, sin éxito. Asentí en agradecimiento por su gesto de amabilidad, soportando las ganas de salir volando de allí.
Una sonrisa se dibujó en sus labios, haciéndolo ver un poco más infantil y alegre.
―Por cierto, buenos días. ―Su tono de voz cambió drásticamente, borrando todo atisbo de pesadez en el aire. Y así como apareció, pasó por mi lado para dirigirse hacia el hall, dejando que las puertas se cierren detrás suyo.
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En el próximo capítulo, más sorpresas entre Robin y Raven ;) reviews!
Mayqui, ¡cambio y fuera!
