Disclaimer:

Los personajes de YYH no me pertenecen, son sólo propiedad de Yoshishiro Togashi, no así la idea de esta historia, espero les agrade este nuevo capítulo a esas personas que leen mi historia.

Notas:

Mil disculpas por lo tarde de esta entrega, pero me ha costado bastante tener listos las entregas de muchos ficks de mi propiedad, y ahora que he comenzado con mis pre-practicas profesionales me es mucho más complicado estar pendiente de la página, espero algún día terminar mis historias, mientras, les dejo esta nueva entrega que espero les agrade.

Nos queda muy poco para el final de esta historia, gracias a esas personas que siempre han estado leyendo el fick.

Nos vemos, otro día.


Sonata en Mi Menor

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Capítulo VI

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La música es el corazón de la vida. Por ella habla el amor…

Sin ella no hay bien posible y con ella todo es hermoso…

-Frantz Listz-

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-Departamento de Kurama Minamino-

Había amanecido, y el cuerpo lo sintió demasiado adolorido, en especial en el cuello. Se vio sobre el taburete del piano, el cabello rojizo le caía desordenadamente y al darse cuenta que ya era otro día Kurama tuvo la necesidad de ver a Hiei. No recordaba haber soñado nada en la noche, ni mucho menos que aquel rostro cadavérico le fuese a dar una visita. Se levantó del asiento recordando que hace dos días había estado Koedma con su madre en la casa. Recordando el rostro asustado del castaño y la manera en que Hiei se estaba riendo en su cara al notar su miedo.

Se levantó del taburete, necesitaba con urgencia una taza de café y una ducha.

Tras suyo, Hiei lo había estado mirando, pero quería estar a solas para terminar su partitura.

Kurama experimentó un mareo al terminar de levantarse del asiento, miró el reloj de la pared. Las tres de la tarde, ¿esa era la hora? Ya ni siquiera alcanzaría a ir a ver a Koedma para saber que le había parecido la historia que le entregó.

Estuvo un día completo viendo a Hiei tocar el piano, un día completo encerrado en la habitación sin hacer otra cosa, no salió, no contestó el teléfono ni mucho menos el llamado de la puerta que se mantuvo siendo golpeada por horas.

Y tampoco había dormido aquella noche pero ayer lo venció el sueño y por eso ahora estaba tirado sobre el taburete con un dolor horrible en el cuello.

Amaba quedarse mirando a Hiei, amaba el sonido que fluía por las teclas del instrumento y si por él fuera pasaría la vida al lado del piano sólo para ver a Hiei tocar.

Le encantaba Hiei con sus ojos carmines, le encantaba verlo borrar y escribir notas sobre una hoja y componer melodías una y otra, y otra vez. ¿Se estaría obsesionando? No, no creía estarlo. Pero Koedma le insistía en que estaba volviéndose muy antisocial, en que prefería mil veces quedarse en casa escuchando ese piano que a salir a tomar un café.

Él jamás lo entendería, ¡adoraba escuchar la melodía sin cansarse y adoraba permanecer junto a Hiei!

-Kurama esta cosa esta maldita-recordó la voz de Koedma cuando le mostró que Hiei existía, cuando se quedaron solos en su habitación y Hiei comenzó a jugar con su valor. Koedma no había gritado pero si había estado mucho tiempo en silencio.

Le pareció increíble que ya hubiesen pasado dos días de ello.

¿Y qué había hecho en todo ese tiempo? Estar con Hiei, hablar con Hiei.

Escuchar a Hiei tocar esa sonata.

Kurama se llevó una mano a la cabellera, estaba sucia y tenía hambre.

Quizás Koedma tenía razón en una cosa.

Se había involucrado demasiado en este asunto, pero sabía que no estaría tranquilo hasta que Hiei terminase su partitura, sólo quedaban dos días. ¡No se trastornaría en dos días ni nada de eso claro!

Una mano en la manija de la puerta, sentía a Hiei tras suyo y no pudo evitar pensar en la promesa que se había hecho con Koedma luego de que el piano había dejado de sonar. Koedma no había caído desmayado ni había gritado algo acerca de instrumentos que estaban malditos y que debías deshacerte de ellos. Pero notó que estaba muy asustado con este tema y supuso que percibió que estaba demasiado fascinado con Hiei.

-No me gusta Kurama, no puedo creer que puedas tener este instrumento en tu habitación y puedas dormir-la voz de Koedma, la manera en que se lo dijo con determinación. Recordó que esos ojos le miraron fijamente.

-No es malo Koedma, ¡es lo más maravilloso que me ha pasado!-

-Eres como un hermano para mí Kurama, no quiero perderte por una obsesión. Shiori está preocupada, yo estoy asustado amigo. Escríbeme, si quieres hablar del fantasma está bien, pero no me dejes sin tener noticias tuyas-

-Lo haré cuando tenga algo nuevo de que hablar

-Yo te creo…pero es tan terrorífico- los ojos azules descendieron a mirar las teclas. Ya no se movían pero aún quedaba el sonido de ellas en su mente. ¿Cómo Kurama podía dormir con esa cosa? ¿y si había este fantasma cómo no se desquiciaba? Koedma le tomó la mano con más fuerza y suspiró. -Prométeme algo-

-¿Qué cosa?-

-Que me dejarás llevarme el piano si veo que te estas volviendo loco-

-¿Si digo que no te lo llevarás igual?-

-Igual-

-Está bien, pero no creo que pase Koedma- había dicho ese día. Pero habían pasado dos días y ni siquiera había asistido al trabajo y sentía la horrible necesidad de quedarse todo el día allí, escuchando, viendo, acompañando a Hiei.

-De acuerdo…debo descansar un poco de esto-dijo, terminó de girar la manija de la puerta, se detuvo en el pasillo.

Comenzaría el día con una taza de café, iría a ver a Koedma y podría seguir acompañando a Hiei.

Si, lo último sería lo mejor del día.


-En la misma habitación-

Hiei yacía mirando el cielo desde una ventana, la cadena ya casi no se veía. Se miró en el espejo del cuarto de Kurama y notó como con tristeza ya casi no podía materializar sus manos. Hiei percibió como el pecho le dolió al notar eso. Al mirar las hojas contempló todo lo que había avanzado pero aún no tenía un final, aún no sentía la inspiración para llegar a crear esa parte.

Quería el sonido de un violín pero no tenía a Yukina para ello.

Recordó el roce de los labios del zorro cuando lo llevó a su mundo y experimentó como las mejillas comenzaban a sonrojarse, y era tan extraño, porque él no sentía eso desde que murió.

Le quedaban dos días y presentía que jamás podría terminar la obra. Siguió mirando el cielo, esto le recordaba el sueño que tuvo, se sentó en el barandal de la ventana y llevó una mano para tratar de sentir una nube. Se rió de sí mismo, aquello era tan estúpido.

Volvió a sentarse en el taburete del piano, se concentró y como pudo comenzó a llevar sus dedos en las notas, y comenzó a tocar con todo su corazón.


-Departamento de Kurama Minamino, cocina-

Cuando saboreó el café se sintió mucho más relajado, era viernes y ya era tarde, ya no había ido a presentarse a trabajar en la mansión del joven Koedma, pero apenas terminase su desayuno iría a ver como estaba o quizás le enviaría una carta como prometió. Se llevó la taza de café con él para regresar a su habitación sólo para despedirse de Hiei. Sin embargo cuando puso un pie en el pasillo al salir de la cocina experimentó un escalofrío en su espalda, se giró, un espejo del centro de la sala le mostró la misma capa negra y los ojos verdes y Kurama sintió que se le iba a caer la taza.

Pero no se asustaría esta vez.

-Dos-dijo la boca reflejada en el espejo, y Kurama apresuró el paso para llegar a su habitación. Podía ver a Koedma cualquier día, ese ya no.

A medida que se acercaba al cuarto escuchaba el sonido del piano y de las ventanas crujiendo dentro, escuchaba los gritos de Hiei alarmándose y de las cosas siendo arrojadas con fuerza. Cuando llevó una mano a la manija de la puerta la sintió demasiado apretada y demoró su buen rato en girarla.

Pero cuando llegó adentro…

-¡Hiei!-gritó, el pelinegro estaba arrodillado en el taburete del piano, Kurama no entendió que ocurrió, pero sólo pudo ver como una mano del pelinegro yacía siendo sujetada por la otra. ¿Los fantasmas sentían dolor?

El otro estaba con una cabeza sobre el piano y Kurama corrió para llegar a separar a Hiei del instrumento.

El pelinegro le miró con rabia.

-Llegué a mi límite por tu culpa y ya no puedo sentir mis manos -Kurama se petrificó.

-Tranquilo Hiei, seguro sólo debes de dormir un poco, has estado materializado dos días- el pelinegro se mordió la boca con rabia. No, jamás volvería a sentir su piano, jamás volvería a ver a Kurama y jamás volvería a estar con Yukina.

Porque por ayudarle había estado toda una noche tocando el piano para que su amigo le creyera y porque Kurama se había enamorado de su sonata la había tocado durante horas para él.

-No Kurama, ¡No puedo sentirlas, no puedo siquiera mantenerlas materializarlas!-Kurama le abrazó como respuesta, Hiei estaba colérico y él no sabía cómo arreglar esto. El pelirrojo le vio todo alterado en frente del piano y cuando estaba pensando qué decirle vislumbró como Hiei se separaba de su contacto y no quería estar en la habitación, Kurama se abalanzó sobre él y Hiei percibió los labios de Kurama sobre los suyos.

Era increíble como Kurama se expresaba tan fácil, y al estar materializado podía percibir la piel de sus labios y podía sentir miles de cosas.

Pero no era igual que cuando se estaba vivo, no se sentía igual.

-Deja que te ayude-escuchó en su cabeza, Hiei percibió como las rodillas le flaqueaban y caían al suelo poco a poco, Kurama llevó su cabeza hasta su pecho y se mantuvo escuchando el sonido de su corazón.

-No se me ocurre nada Kurama-dijo, el kitsune espero a que estuviese más calmado, no diría nada sobre el ángel que yacía dentro del espejo de la cocina. Tuvo una idea y esperó que Hiei se la aceptase.

-Hiei, ¿y si yo fuera tus manos?-dijo, el pelinegro tragó aire y escuchó como la habitación quedaba en silencio.

-¿Ser mis manos?-dijo, Kurama lo obligó a verle y los ojos de Hiei se encontraron con los suyos verdes. Respiró con fuerza, Kurama posó una mano en su rostro y Hiei percibió un escalofrío.

-Una vez me dijiste que si quería el piano sólo tenía que poner mis manos en el- Hiei le miró.

-No es como colocarlas y listo Kurama-el kitsune le quedó mirando.

-¿Puedes guiarme o tienes que digamos posesionar mi cuerpo y esas cosas?- Hiei se rió, al menos el kitsune no se asustaba con casi nada.

-No será como una posesión como dices, pero si tendré que conectarme con tu alma, para que puedas ser mis manos-dijo, Hiei enseguida llevó una mano hasta una de las del zorro, le quedaba poca energía pero aún podía sentir la piel del otro.

-Al menos tus manos tienen dedos largos-dijo, Kurama percibió como le recorría una descarga eléctrica. Hiei se mordió un labio.

-¿Estás nervioso?, porque me gustaría sentir tus manos siendo las mías- dijo, y Kurama experimentó como el corazón le latía con fuerza al escuchar su voz.


-En la misma habitación, seis horas después-

Habían pasado muchas horas y había caído la noche, en Austria oscurecía casi a las seis de la tarde y Hiei estaba cansado de permanecer en el cuerpo de Kurama. Era extraño, escuchaba el corazón de Kurama latiendo con el suyo, y veía las cosas un poco más de cerca, eso quería decir que tenía quizás un problema a la vista pero no era lo más extraño que sintió cuando pudo luego de horas coordinar su alma con la de Kurama. Podía percibir el roce del asiento del piano, la textura de las teclas, incluso percibía la tela de franela de la camisa azul de Kurama.

Era maravilloso sentirse vivo.

-¿Y cómo lo sientes?-escuchó la voz del zorro en su cabeza, Hiei se sonrió, pero estaba agotado. En su vida había estado conectado con el alma de otra persona, recordó la primera vez que lo intentó con Myka, ella había estado emocionada por saber que se sentía ser un alma y él en ese entonces había querido sentir como caía la lluvia por su rostro.

-Me encanta pero no puedo enamorarme de esta sensación-dijo, en su mente Kurama percibió como le dolió el corazón cuando Hiei lo devolvió a la realidad.

-¿Duermes conmigo hoy?- Kurama volvió a hablarle, Hiei se perdió en la sensación que le otorgaban las teclas. Pero pensó que sería lindo dormir con Kurama para devolverle el favor.

-Si duermes de lado, porque amo abrazar mi almohada cuando estoy en una cama-dijo Hiei. Kurama rió en su mente, entonces percibió como Hiei cerraba los ojos y dejaba de tocar las teclas del instrumento, percibió como Hiei dejaba de sentir los dedos y cómo comenzaba a mirar otra vez con sus ojos verdes. Para cuando despertó Hiei le miraba desde el otro lado de la habitación.

-Esto cansa-dijo Kurama cuando Hiei se alejó de su cuerpo. Dios, le dolía todo y lloraba por llegar a su cama. Del otro lado Hiei vislumbró sus ojos y pensó que Kurama le recordaba un poco a Yukina en vida, le recordaba el placer que se sentía estar bajo los rayos del sol.

Sin pedirlo escuchó lo que sería el final de su sonata y se sonrió


-Mansión de Koedma jr, en la noche-

Una cosa era creer en fantasmas, otra era asimilar que creías en ellos, pero ¿ser posesionado por uno para que este sintiese un piano?, ¡Aquello sobrepasada la cordura y Kurama se lo estaba diciendo en una carta como si no pasara nada! Se llevó una mano a la cara, oh cielos, Kurama le hablaba con mucha emoción, y él estaba dudando de mantener aquel piano en su departamento.

Estaba dudando de dejarlo junto al instrumento un tiempo más.

Kurama se estaba volviendo loco y si no era eso, terminaría muy mal.

Koedma se llevó otro cigarrillo, podía escuchar en su cabeza como Kurama se lo diría si estuviese junto a él, incluso podía imaginarse como lo miraría. Otro cigarrillo, ¿y qué era eso de que no quería que Hiei, quien quiera que fuera, cruzase al otro lado? Hizo memoria, el nombre le sonaba de alguna parte.

Cierto, Hiei era el nombre del hermano de Yukina, y por si fuera poco tocaba piano. Kurama no pudo ser más selecto con sus fantasmitas de media noche.

Estaba terminado de leer aquella carta cuando escuchó como alguien cruzaba al salón principal, Koedma pensó que sería una de las chicas de aseo, así que se dirigió a la cocina a beber otra taza de café. Diez para las tres de la mañana, Kurama había enviado dos cartas y todavía no terminaba la primera, pero era tarde y estaba cansado. Cuando llegó a la cocina vislumbró la cafetera y se sirvió una gran taza que traía su nombre. Estaba pensando en todo eso que el otro le había contado, comenzando por la vocecita que escuchó en Viena y terminando con la sensación de ser posesionado.

¿Qué se sentiría eso? ¿Acaso veías tu cuerpo moverse solo y tú eras sólo un espectador o podías conectarte con esa presencia? No, si pensaba en eso terminaría como Kurama.

Obsesionado por sentirlo.

Cuando terminó su taza de café regresó al salón, pero al mirar a la persona que yacía leyendo las cartas que había dejado no pudo evitar que la taza se le cayese de las manos. Se oyó un crujido y la loza de cerámica del salón fue impactado por lo que fue alguna vez su taza.

-Señora Minamino- dijo, Shiori se llevó una mano a la boca, y le miró con duda. La mujer se sentó en uno de los sillones mientras sostenía una de las cartas. Koedma no sabía bien como salir de esta situación. Shiori percibió como se quedaba sin aire, como presentía que se iba a desmayar. Koedma se sentó a su lado y espero a que la mujer hablara.

-Está loco joven Koedma-dijo, Koedma se mordió un labio. Él sabía que Kurama no se escuchaba como alguien cuerdo pero él había visto lo que ese piano podía hacer.

El piano fue el problema desde el comienzo, y jamás debió de traérselo desde Viena.

-No se precipite, hablaré con Kurama, le pediré que deje esta locura-Shiori le miró un poco furiosa.

-¿Cómo lo arreglaste cuando estuvimos en su casa?-ese fue un golpe bajo y Koedma supo que Shiori no le creería que nada ocurría con su hijo.

-¿Y que sugiere que haga?, no puedo llegar y quitarle a su hijo algo que le pertenece y no me lo dará por voluntad propia-dijo, Shiori se llevó un dedo a los labios, y entonces sintió como su pecho volvía a recuperar el aliento.

-Quémelo- dijo ella, y Koedma sintió que todo su mundo se desmoronaba. La mujer le sostuvo las manos, él sintió el roce de sus dedos en su piel y el eco de la respiración de ella.

Quizás si Shiori hubiese visto el piano moverse con vida no estaría tan alterada, quizás si Shiori hubiese visto cuando las cortinas se cerraron creería un poco la historia de Kurama, pero ella no estuvo y no vio lo que el sí.

-No puedo hacer eso, adora ese piano. Se desquiciaría-

-Ya está desquiciado joven Koedma, habla de fantasmas y de posesiones, habla de hechos infames. ¡Sólo falta que diga que se ha enamorado de ese fantasma y que quiere pasar lo que le queda de vida con él!-dijo ella y Koedma percibió como sus ojos azules se petrificaban.

Se mordió los labios y bajó su rostro.

Quizás si Shiori viese al fantasma…sólo un minuto…no, no era como si pudiese llegar y pedirle a Kurama que Hiei se mostrase ante ella. Y aunque así fuera, Shiori lo tomaría como un acto diabólico y correría alterada hasta la iglesia más cercana para denunciar herejía.

Y el piano terminaría quemado de todas formas.

-Yo le creo-dijo con todo su corazón. Koedma percibió como su lengua se quedaba sin saliva como, las manos comenzaron a temblarle. Decir aquella frase había sido demasiado. Hiei existía, lo supo cuando miró la expresión en sus ojos, cuando miró las teclas sonar solas.

Pero estaba preocupado porque se estaba obsesionando con el instrumento, ya no salía, no llamaba ni iba a juntarse con él. En otro tiempo habrían compartido una conversación con chocolate caliente y quizás habrían hablado del piano que había sido de Myka.

Pero no fue ese tiempo.

-¿Hablas…enserio?-Shiori se asustó y cayó de regreso al sillón como una gran piedra.

-Ese día usted me preguntó de que hablé con Kurama. Sólo déjeme narrarle lo que vi cuando estuve con él -

O cielos, el joven Koedma también había caído bajo el encanto de ese maldito instrumento y había comenzado a narrarle una fantástica historia sobre un fantasma que estaba vagando en vida por no terminar una obra de piano, y algo de que él estuvo en el cuarto mirando como las teclas del instrumento se movieron solas porque el fantasma quería que creyese en él. Sintió como sus ojos querían derramar lágrimas, esto era imposible. Cuando Koedma terminó de contarle su historia Shiori le dijo que necesitaba estar sola y que no quería saber nada de Kurama.

-¿Disculpa?-dijo este, la mujer le miró directamente a los ojos, pero Koedma no pudo percibir vida en ellos.

-No quiero escuchar más su historia, sólo confirma que mi hijo se ha vuelto loco y que usted va a acabar igual, permiso- Shiori regresó a su habitación.

Koedma cerró los ojos y se llevó las manos hasta la cabeza. ¿Por qué Shiori era tan ciega?, no podía culparla, hace dos días él también había pensado que Kurama estaba loco y que se había drogado o algo por el estilo, pero cuando vio ese piano y escuchó el sonido de su música algo cambió en su corazón, algo llegó hasta su alma y sabía, era el grito desesperado de una persona tratando de juntarse con otra, tratando de volver a vivir. Shiori jamás entendería eso si no escuchaba el sonido del piano.

Se levantó del sillón, aún estaban los restos de cerámica en el suelo pero Koedma los ignoró, un presentimiento. Shiori le había mirado muy raro y se había ido demasiado pronto a su habitación. Koedma percibió algo en el pecho, el frío del miedo que se marcaba en la noche cuando sabes que alguien te está mirando desde lejos, y su cuerpo se tensó.

¿Qué pensaba hacer Shiori ahora? Sintió curiosidad, además su corazón estaba palpitando de una manera que no entendía y quería saber que era esa horrible sensación. Se movió del pasillo hasta llegar a la habitación de Shiori, y en ese minuto Koedma escuchó que hablaba con alguien por teléfono.

-Doctor León, habla Shiori- Koedma no pudo evitar oírla y algo hizo que se devolviera hasta el salón, con velocidad guardó las cartas y miró el reloj de pared, diez para las cuatro, Kurama seguro dormía pero tendría que hacerle abrir la puerta del departamento como fuera.

-Odio cuando me metes en líos-exclamó, esperó a que Shiori cerrase la puerta de su cuarto, y se colocó una chaqueta color beish con una bufanda de franela blanca.

Se prometió en silencio que si al llegar al departamento de Kurama lo veía mal lo sacaría de allí como fuera. Salió de la mansión pensando en cómo haría para que Kurama le dejase llevarse el piano antes de que el hospital determinara que era mejor quemarlo para evitar otro seguro, delirio paranoide.


-Departamento de Kurama Minamino-

Aún escuchaba el sonido del piano, y es que estaba tan marcado en el aire que no podía dormir. Lo sentía en sus manos, lo sentía en los pies. Y aunque Hiei fue quien estuvo en su cuerpo la sensación de esas teclas bajo sus manos aún yacía en su piel, oh cielos y quería volver a vivir aquella experiencia. Estaba en su cama, veía la pared, colgaba un retrato de su madre y había fotografías puestas.

Hiei dormía con él.

Lo sabía porque podía sentir como las manos del otro se aferraban a su estómago, como si fuese una almohada suave que necesita protección. Kurama imaginó el color de cabello de Hiei, imaginó la blusa blanca que ahora, yacía a solo centímetros de su cuerpo.

-¿Sientes las sábanas?-preguntó, Hiei movió su pequeña nariz provocando que Kurama padeciese un escalofrío en su espalda.

-No, sólo escucho tu corazón Kitsune-

-¿Recuerdas que se sentía?- Hiei se mordió un labio, comenzaba a desaparecer poco a poco pero estaba demasiado nervioso como para regresar dentro del piano esa noche.

-No- dijo, Kurama movió su cabeza sobre la almohada, entraba una pequeña luz por ella, corrían unos cuantos autos por las calles y se escuchaba solo el ruido de un viejo reloj cucú.

-Mañana es el día-dijo el kitsune, Kurama sentía como le sudaban las manos y como, lentamente comenzaba a girarse para mirar a Hiei.

Cuando sus ojos conectaron con los del otro, Kurama pensó que nunca había visto ojos más bonitos.

-Habría sido genial conocernos en vida, ¿no?-dijo este, Hiei no contestó. Se levantó de la cama, se sentó. La sábana no se movió porque no tenía un cuerpo material para que ella lo hiciera.

-No creo, en vida no me importaba nada, sólo existía el piano para mí-dijo, Kurama se llevó una mano a la cabellera, se retiró de la cama.

Hiei vislumbró como Kurama le pasaba una mano por el cabello.

-Aun puedo sentirlo, pero estas desvaneciéndote-

-Deberías dormir-dijo, Kurama se mordió un labio como respuesta.

Después de mañana no vería más a Hiei, no escucharía más su voz y no tendría caso quedarse con el piano.

Si pudiera…si el ángel de la muerte se apareciese por su cuarto aquella noche le pediría que se lo llevase con Hiei.

-Kurama ni siquiera lo pienses, no puedes irte conmigo-dijo el otro, Kurama percibió como sus mejillas se sonrojaban, le había leído la mente.

-Viviré mucho tiempo ¿no?- Hiei llevó su rostro sobre la sabana, dobló las rodillas.

Por eso no quería tener más contacto con Kurama que el del piano, por eso no quería que Kurama le hubiese dado aquel beso, sería maravilloso que Kurama se fuese con él al otro lado, porque estarían bajo el mismo cielo, porque compartirían la eternidad juntos.

Pero no podía hacer eso, no podía pedirle a Kurama morir para irse con él.

-Setenta años, eso dijo el ángel-Kurama tosió.

-Es demasiado para mi incluso, no puedo imaginar donde estaré en setenta años- Hiei le miró en silencio, ¿qué era lo que más le gustaba de Kurama?, le gustaba mirarlo mucho la verdad, quizás por el color de los ojos o quizás por la forma en que se reía.

En setenta años podía ocurrir tantas cosas y Kurama le olvidaría apenas pasase unos cuantos.

Él lo sabía, lo había vivido en una ocasión, Kurama se recuperaría porque estaba vivo y su corazón podría escoger a alguien más, él no.

-Cuando pase un año, ni siquiera notarás que me extrañas-le dijo, Kurama percibió como le dolió esas palabras, Hiei estuvo a punto de levantarse cuando el kitsune le tomó el rostro y le giró a verle.

-No te olvidaré Hiei-sus ojos verdes le fulminaron, y Hiei no pudo evitar sentir de nuevo como las mejillas se le sonrojaban.

-Escucha-dijo, Kurama percibió como Hiei respiraba con mucha calma para decirle lo que tenía que decir. –Me encanta estar contigo Kitsune, pero no puedes venir conmigo, no puedes privarte de vivir-

-¿Y si yo quiero irme contigo Hiei?- El otro levantó su rostro, Kurama no estaba jugando. -Jamás había sentido esto por alguien Hiei, jamás pensé que sería así. ¡Nadie dijo que sería así!, pero encontré en ti todo lo que quería de alguien, y no quiero esperar setenta años para volver a verte- los labios del pelinegro temblaron, demonios. Kurama era demasiado sincero, demasiado humano para su gusto…demasiado…

No sabía que palabra usar…

-Te amo Hiei-y si todo lo anterior no había hecho que su corazón doliera, la última frase sí que lo logró, escuchar esa simple palabra sí que lo logró.

-No puedo dejarte hacerlo Kitsune-dijo, Kurama notó como sus ojos carmines estaban sufriendo, Hiei escuchó el sonido de su corazón y el de Kurama bajo la noche y entonces, el kitsune depositó un beso en su frente. Hiei cerró los ojos cuando percibió la descarga eléctrica que ocasionó tal beso.

-¿No cambiarás de idea eh?-

-Nunca Kitsune, la vida puede ser maravillosa cuando uno quiere vivirla, y tú no has vivido ni la mitad- Kurama suspiró.

-Entonces prométeme algo Hiei-dijo y el pelinegro experimentó como le pesaba el cuerpo, como comenzaba a quedarse sin aire. Kurama vislumbró cuando el otro se dejó caer en su estómago, el kitsune como respuesta comenzó a acariciar su cabellera. –Prométeme que si la muerte me lo permite, me dejarás ir contigo-

El pelinegro se mordió un labio, Kurama guardó silencio, Hiei cerró los ojos y escuchó el palpitar del corazón de Kurama en su mente.

-Lo prometo- dijo, luego de ello Kurama se dedicó a acariciarle la cabellera, entonces, escuchó el ruido de alguien golpeando su puerta.


-Salón principal, departamento de Kurama-

Estaba empapado, afuera llovía y no sentía ni los pies. Cuando Kurama le abrió la puerta se encontró con su amigo muy agitado, no era lo que esperaba pero tampoco le sorprendía suponiendo que Kurama hubiese estado durmiendo y que él lo despertó casi a las cinco de la mañana. Seguro, Kurama pensó que había pasado algo malo y por eso traía esa cara.

-¡Koedma!-había gritado al verlo, y también había corrido a buscar una manta, ahora, él estaba sentado en el silloncito naranja del centro y tomaba una taza de café muy caliente.

-¿Sucede algo?-preguntó Kurama, Koedma terminó de beber su café y dejó que su cabeza reposara en el respaldo del asiento.

-Eso quiero preguntarte Kurama…¿qué es eso de que te dejaste posesionar?, no sabes lo que sentí cuando leí esa carta. Me dejaste en blanco- Kurama percibió como le palpitaba con fuerza el pecho. Entonces Kurama comenzó a relatarle todo lo que había pasado, desde el ataque de histeria de Hiei hasta la idea de ser sus manos. Koedma sintió un mareo y como se le movía toda la habitación.

-No puedo creer esto-

-Es la verdad-dijo y Koedma sintió un deseo horrible de arrojar la taza al suelo. Esto se estaba saliendo de la raya. Y Kurama estaba tan tranquilo como si fuese normal vivir en una casa rodeado de un muerto.

-¡Kurama escúchate por un segundo!, ¡escucha que me estás diciendo!, Shiori leyó la carta cuándo me distraje y llamó a un doctor, amigo, me llevaré ese piano hoy- dijo este, y cruzó por el pasillo para llegar a su habitación. Kurama se levantó enseguida del sillón para impedirle cruzar hasta donde Hiei. Koedma forcejeó.

-No Koedma, ¡mañana es el día!, ¡no puedes quitármelo esta noche!-dijo, ¿qué mañana era el día?

-¡El día para qué Kurama!, ¿para que ese fantasma descanse en paz y tú te vuelvas loco?, sobrepasaste la raya Kurama, no puedo dejar el piano aquí, ¡te desquiciaste con ese piano!-dijo, Kurama cayó al suelo, Koedma se llevó una mano a la cara. Respiró con fuerza.

-Koedma amo demasiado ese piano, no puedes entenderlo, sé cómo suena pero…-

-Shiori me dijo que ahora lo último que faltaba era que me dijeras que te habías enamorado de ese fantasma, Kurama-el otro sintió como sus mejillas se tornaban pálidas, como el corazón se le paralizaba. -¿Es verdad eso?, ¿te has enamorado de alguien que no tiene cuerpo, que no existe?-dijo este, Kurama no pudo contestar a eso, y Koedma percibió como se quedaba sin aire.

Oh mierda.

-No puedo creer lo que tus ojos me dicen, es que…¡es diabólico!-dijo Koedma, Kurama vio como el otro se llevaba las manos hasta el cabello.

El pelirrojo sabía que tenía que decirle algo a su amigo, pero su corazón comenzó a latir tan deprisa que no fue capaz de articular nada.

¿Qué era ese olor en el aire?, ¿qué era ese ruido que comenzó a crujir en la madera del salón?

¿Y esa risa que escuchó apenas Koedma se llevó las manos a la cabellera? ¿Qué era?

Algo comenzó a preocuparle a Kurama, Koedma parecía no escuchar aquella risa que había en la casa y Hiei parecía no estar cerca. Koedma hablaba mucho pero él no le escuchaba. El reloj cucú comenzó a sonar, eran las cinco y treinta. No sentía las piernas y no veía bien.

-Kurama-otra vez Koedma le llamó, pero la habitación comenzó a verse tan pequeña en su mente, comenzó a volverse tan fría.

-Uno-escuchó en su cabeza y Koedma sintió mientras miraba como Kurama parecía estar perdido en algún punto del pasillo que se quedaba sin aire, y sin ganas de moverse.

-¿A quién buscas?-dijo este, Kurama se levantó del suelo y corrió para estar al lado de Koedma, le tapó la boca con una mano para evitar que siguiera hablando. Enseguida, Kurama percibió el frío cadavérico de una mano en su hombro, tocando parte de su ropa y respirando tras de sí. Cuando miró los ojos de Koedma, el chico parecía petrificado y yacía con la mirada fija.

Alguien le miraba desde detrás de Kurama, alguien que tenía ojos verdes destellantes y portaba una capa negra.

Y esa hoz en su otra mano…

Koedma estuvo a punto de gritar del pánico, pero Kurama lo aferró a su cuerpo para que no se moviera.

-"Estúpidos humanos"-dijo el ser, y Koedma cayó al suelo. Kurama le soltó y se colocó delante de él para que el ángel no lo mirara, se giró para encontrarse con el ser que portaba la hoz.

-No te tengo miedo-dijo Kurama, el ángel mostró una sonrisa sarcástica hecha de puros huesos y sus ojos verdes miraron con fascinación al chico.

Koedma temblaba, y el ser hizo que sus ojos verdes brillasen con más luz. Koedma percibía como su corazón saltaba del miedo.

-"Pero tu amigo me teme"-dijo, Kurama se mordió la boca, se mantuvo frente de Koedma.

-Déjalo-dijo, Kurama se acercó al ángel, olía a tierra mojada y a putrefacción. Y se sentía un frío tan grande que botaba vaho por la boca.

-"Mañana…es su último día para presentar su estúpida pieza"-

-Ya está lista-dijo Kurama, y en el cuarto comenzó a destellar luces, a correr las cortinas. En el suelo, Koedma se mordió la boca y miraba con ojos desfigurados a aquella cosa que se había aparecido en el salón.

-"No está lista del todo y no alcanzará a estarla…no te ha contado la condición para mostrarla y no lograrás llegar a tiempo a donde deben ir"-dijo el ser. Y Kurama percibió un escalofrío. ¿Qué quería decir con eso? El pelirrojo vislumbró como una mano se acercaba hasta su rostro y comenzaba a rozar su piel, poco a poco, el kitsune sintió como le arrebataba la energía pero no se movió un centímetro del salón.

No dejaría a Koedma.

-"Eres valiente mortal…estaré esperando el día de tu muerte para llevarte conmigo"-dijo, y el ser desapareció, dejando el cuarto con las luces encendidas y las cortinas despejadas. Dejando a Kurama de pie temblando y a Koedma en el suelo petrificado por el miedo. Kurama se giró hasta donde Koedma, y el chico apenas si se movió, traía lágrimas que le inundaban su rostro y no podía mantener quietas sus manos.

-¿Quién era él?-dijo Koedma, recuperando en parte el aliento y levantándose del suelo de madera para poder mirar a Kurama a los ojos.

-La muerte-

Continuará-


Próximo capítulo: capítulo VII

Muchas gracias a quienes leyeron hasta aquí, nos veremos.

Gracias especialmente a:

Kitty_Wolf, Twinippu y Roronoa Minamino.


... La espero a la una…
…Paciencia sin tregua…
…Flotando en la acera.
…Y surfeo la ola que deja su espalda…
…Rumbo del teatro Victoria…
…El resto lo sé de memoria…

-La bailarina vecina-

Ricardo Arjona