El autobús tardaría más de una hora en llegar, así que decidió seguir caminando, por si se encontraba con algún otro taxi que le acercara hasta el centro.
Por suerte, a pesar de la caída, tenía el traje intacto y ni la carpeta ni el maletín había sufrido ningún daño.
El viento cada vez era más fuerte, y el olor a humedad era tan tangible como si se encontrase al lado de un lago. La lluvia inminente ya era un hecho.
Gracias a Dios que Priscila había permanecido en silencio el resto del trayectos, y por lo menos podía irse serenándose poco a poco, cuando las primeras gotas comenzaron a caer:
- ¡Ah! ¡Arthur, saca el paraguas, que me mojo!
- Oh, si, no vaya a ser que te derritas con el ácido que está cayendo del cielo.
- ¡No te hagas el gracioso! ¡Venga, que me empapo!
El joven sonrió de medio lado y abrió el maletín para sacar el paraguas portátil que llevaba siempre encima.
Se separó un poco de la gente para poder abrirlo y no dar a nadie y… y… y no se abría.
Estaba atascado, y por más que pulsaba el botón del abierto automático, este no funcionaba.
Resopló e intentó abrirlo manualmente. Aquello estaba más duro que intentar mover una piedra enorme:
- ¡Argh! ¡Eres un inútil! ¡Yo me largo!- y el tintineo de sus alas indicó su marcha.
Pero ya no era una cosa por que su pequeña hada no se mojara, si no de que él mismo siguiera estando seco. Pero el paraguas se negaba a abrirse:
- ¡Venga! ¡Ábrete de una vez!
Y como si de la puerta de la cueva de los cuarenta ladrones se tratara, de pronto se abrió de golpe… mostrando como una de las varillas se había salido y rasgado casi toda la tela impermeable del paraguas:
- Oh… perfecto…
