Capítulo 6! Espero que les guste!

Disclaimer: La historia pertenece a Kathryn Ross, y los personajes a Stephenie Meyer.

Capítulo 6:

Bella observó la delgada línea azul con incredulidad. Según el folleto explicativo de la prueba, estaba embarazada. ¿Cómo podía ser? ¿Cómo podía ser que la prueba que se realizó hacía cuatro semanas hubiera dado negativa? Tal vez había realizado la primera prueba demasiado temprano. O tal vez el segundo estaba defectuoso... Tal vez debería comprar un tercero... A la tercera va la

vencida, según se dice...

Sin embargo, en lo más profundo de su ser, sabía alpe aquel resultado era el correcto. Se guardó el folleto que venía con la prueba en el bolso y tiró todo lo demás. Entonces, en estado de shock, abandonó el aseo y se unió a los cientos de compradores que estaban en aquellos momentos en el conocido gran almacén.

Saks de la Quinta Avenida era un lugar muy extraño para descubrir que estaba embarazada. Mientras recoría los departamentos de la tienda sin saber dónde iba, decidió que el lugar no importaba. No había un mejor o un lugar más adecuado porque aquel resultado era un absoluto desastre.

¿Cómo se lo iba a decir? Esta pregunta la atravesaba por dentro como si fuera un instrumento de tortura. Tal vez no debería decírselo. Tal vez debería ingresarse en una clínica y ocuparse del problema en secreto.

De todos modos, probablemente sería lo que él querría que hiciera, en especial si los rumores sobre la razón por la que su matrimonio había fracasado eran ciertos.

Edward no había hablado nunca mucho sobre su matrimonio. Ella sabía que sólo había durado nueve meses. Nada más. Cada vez que había tratado de hablar sobre el tema, él se había cerrado en banda o había cambiado la conversación abruptamente. Resultaba evidente que no quería hablar sobre el tema y ella no había querido presionarle ni había sentido deseos de que él supiera lo mucho

que le habría gustado conocer los detalles y leyendo entre líneas, le parecía que Edward había amado mucho a Tanya. Debía de haber sido así para que se hubiera comprometido de tal modo con ella. No obstante, habían esperado cosas diferentes de la vida y eso le había empujado a mantenerse alejado de las relaciones estables.

Ocho años era mucho tiempo para estar solo. Bella había oído decir que, si un hombre no se vuelve a casar en los primeros dos años después de una ruptura sentimental, era muy poco probable que volviera a hacerlo. En el caso de Edward, esto era probablemente muy cierto.

De repente, notó que había entrado sin darse cuenta en el departamento de puericultura. Enormes fotografías de madres embarazadas la observaban. Todas las mujeres mostraban un aspecto radiante en su maternidad Al ver dónde se encontraba, Bella se dio media vuelta. No podía entrar ahí. De soslayo, vio una cuna decorada con encaje y lazos rosas. Era tan delicada y bonita...

¿De verdad sería capaz de abortar? Si no lo hacía, ¿cómo podría arreglárselas sola con un bebé Siempre se había jurado que esperaría hasta que llegara el momento adecuado para ser madre. Quería darle a su hijo todo lo que ella no había tenido en su infancia. Quería que su bebé se sintiera seguro y amado. Quería una famifilia muy unida... y en esa familia se incluía la figura de un padre.

La situación en la que se encontraba distaba mucho de su sueño ideal. ¿Cómo iba a poder trabajar y cuidar a su hijo al mismo tiempo? Su trabajo no tenía horaríos.

No podía pensar. No era capaz de decidir qué era lo que iba a hacer al respecto. Se marchó de los grandes almacenes. Resultó un alivio entrar en la limusina y acomodarse en su oscuro erior

Mientras el coche avanzaba por las calles de la ciudad, Bella recordó la mirada en los ojos de Edward aquella mañana cuando ella le había dicho que quería una relación estable. La palabra

«paternidad» probablemente sería suficiente para asustarlo de por vida. Un hijo era el mayor compromiso que podía haber en la vida.

Bella jamás se había sentido más sola en toda su vida. De repente, sintió unos profundos deseos de hablar con su hermana. Necesitaba a alguien que comprndiera lo que estaba sintiendo en aquellos momentos y Rosalie era precisamente esa persona.

Sin siquiera pararse a pensar en qué hora sería en Francia en aquellos momentos, sacó su teléfono móvil y marcó el número de su hermana. Sólo consiguió contactar con el buzón de voz. Muy desilusionada, Bella colgó. Lo que tenía que decir no era la clase de mensaje que se pude dejar en un buzón de voz.

Cerró los ojos y trató de relajarse y pensar lógicamente. Si era cierto que estaba embarazada, ¿de cuántas semanas estaba? Según sus cálculos, de sólo dos meses . Sin embargo, necesitaba ver a un médico antes para verificar su situación.

No volvió a abrir los ojos hasta que la limusina llegó a la zona de los muelles y el chófer fue a abrirle la puerta. La brisa del mar la saludó y ella respiró profundamente para aspirar el aire fresco.

El Octavia estaba fondeado a unos pocos metros de distancia. Era un imponente crucero y uno de los barcos más prestigiosos y lujosos de la flota de Edward. Si las circunstancias hubieran sido otras, a ella le habría encantado poder subir abordo. Desgraciadamente, en aquellos momentos en

lo único en lo que podía pensar era en escapar. ¿Cómo iba a poder almorzar con Edward y fingir que no pasaba nada?

A la entrada del buque la esperaba un hombre de uniforme. Deseaba ver su pasaporte antes de permitirla subir. Bella se lo entregó.

—Bienvenida al Octavia, señorita Swan —dijo, tras examinarlo—. El señor Cullen ha dado orden de que vaya usted directamente a su zona privada. Que tenga un buen día.

El hombre le indicó el ascensor, que debía tomar para subir a la planta superior.

Bella decidió que se lo iba a tener que contar a Edward. No era algo que pudiera mantener en secreto. El problema tenía que ver con un hijo, con una entidad viva. Ya no tenía que ver sólo con ella. Como padre, Edward tenía todo el derecho del mundo a saberlo.

Encontró la suite privada de Edward sin ninguna dificultad. Permaneció ante la puerta durante unos segundos, tratando de recuperar la compostura antes de llamar.

Estaba a punto de hacerlo cuando la puerta se abrió de par en par. Edward estaba al teléfono, ocupándose como siempre de sus negocios, pero le indicó que pasara.

—Esto ya ha ocurrido antes y no puedo consentir que alguien del equipo cometa esa clase de errores —gritó al auricular—. Tendrás que librarte de él inmediatamente. El tiempo es oro.

Su voz sonaba cruel y decidida. Bella sintió que el vientre se le tensaba al entrar en el camarote. ¿Utilizaría el mismo tono de voz con ella cuando le diera la noticia?

«Tendrás que librarte de él inmediatamente». No hacía más que recordar

estas palabras.

De rerpente, se dio cuenta de que aquello no era en absoluto lo que ella deseaba. Quería tener a su hijo.

—Cuando hayas solucionado la situación, vuelve a llamarme

Edward colgó el teléfono y la miró. Durante unos segundos, ninguno de los dos articuló palabra.

—Bueno, ¿qué tal las compras? —le preguntó él por fin.

—Bien.

–¿Has conseguido lo que querías?

–Sí, gracias —respondió ella con voz controlada.

–Parecías estar muy pensativa al otro lado de la puerta —comentó él, para sorpresa de Bella.

—¿Qué quieres decir?

Edward le indicó unos monitores de seguridad que había en la pared y en los que se veía el pasillo exterior. Entonces, Bella comprendió que él la había estado observando mientras esperaba fuera.

–Hay cámaras por todas partes. Son parte de las nuevas medidas de seguridad que hemos introducido.

—Muy al estilo de Gran Hermano.

—Resulta útil. He pedido que nos traigan el almuerzo. He pensado en lo que podrías querer tú.

—¿De verdad? Qué caballeroso por tu parte.

—Una ensalada... y un plato de patatas fritas. ¿Te parece bien ? —comentó él, con una sonrisa.

Aquello era lo que Bella siempre había pedido cuando tenían que almorzar en horario de trabajo. Ella siempre había afirmado que sabía que no debía comer patatas fritas, pero que eran su único pecado de por la tarde. Edward se limitaba a sonreír y decía que él se encargaría de que no fuera el único... Bella no quería recordar ese tipo de cosas. No quería recordar la afabilidad y la pasión que había entre ellos porque no había sido real ni le ayudaba en la situación en la que se encontraba en aquellos momentos. Se encogió de hombros.

–Para serte sincera, no tengo mucho hambre.

–¿Sigues encontrándote mal?

–No. No estoy enferma -dijo apartando la mirada de él-, pero tienes razón. Debería comer algo. Gracias.

Antes de que pudiera comentar algo más, alguien llamó a la puerta. Era un camarero con el almuerzo que Edward había pedido. Bella se alegró mucho de la interrupción. Observó cómo el camarero colocaba la mesa en una parte sombreada de la cubierta. La escena tenía un aspecto íntimo y acogedor. No se parecía en nada a un almuerzo de trabajo.

Seguramente, aquél era el mejor momento para decírselo. Volvieron a quedarse solos. Edward le indicó que tomara asiento y se sentó también.

–¿Te apetece una copa de vino? -le preguntó.

–No, gracias -respondió ella-. Tenemos mucho trabajo que hacer esta tarde.

–Siempre tan sensata...

Bella no se sentía especialmente así, sino más bien como si estuviera nadando en un mar de incertidumbre. Entonces, se obligó a sonreír.

–Ésa es una de las razones por las que te gusta tenerme cerca, ¿verdad? O, al menos, eso era lo que solías decirme.

–Una de las razones... sí. La otra es que combina esa sensatez con la sensualidad. Es una combinación única a la que resulta imposible resistirse.

–No te burles de mí, Edward -susurró ella.

–Bella, te aseguro que no me estoy burlando de ti -dijo Edward, muy serio.

Durante unos instantes, el aire entre ellos parecía lleno de emociones que Bella no era capaz de comprender. Lo único que sabía era que ella ansiaba que Edward la tomara entre sus brazos desesperadamente.

No podía ser. En especial en estos momentos. Si le permitía que la tocara, que la llevara a la cama, sólo sería sexo, una vez. Edward no podía ofrecerle nada más.

Se miraron una vez más por encima de la mesa. Tal vez no era el instante adecuado para hablarle sobre el bebé. No se sentía fuerte y, además, tenía que estar completamente segura sobre lo que quería antes de poder hablarlo con él.

Buscó un modo de escapar y lo encontró en el trabajo.

–¿Crees que gustaron mis ideas en la reunión de hoy? -preguntó mientras se quitaba la chaqueta.

Edward sabía que ella se estaba escondiendo deliberadamente detrás del trabajo. La miró y vio cómo tenía la camisa desabrochada justo lo suficiente para mostrar la parte superior del sujetador. Sintió que el deseo se apoderaba de él y se preguntó si debería permitirle aquel cambio de tema tan fácilmente. No obstante, había notado una extraña expresión en sus ojos, una expresión que no

le había visto nunca antes. Tras dudarlo un instante, se dejó llevar.

–Había algunas personas que no parecían estar muy seguras sobre si podías alcanzar resultados que pretendes en un espacio de tiempo tan corto, pero creo que, en general, tus ideas fueron bien recibidas. También creo que vas a tener que gastar más dinero en publicidad. Tus cifras no concuerdan en esa zona en particular.

–¡Claro que concuerdan! —protestó Beñña—. He realizado un amplio estudio y hay un plan equilibrado entre la televisión y los periódicos de tirada nacional. Será más que suficiente para un lanzamiento inicial.

—Sí, pero no queremos que sea suficiente, sino algo con más lujos y extravagante.

–Si quieres, podemos volver a repasar las cifras —dijo ella tomando su maletín. Sacó las notas que había hecho anteriormente y las colocó sobre la mesa.

–No lo creo —replicó él mirándola fijamente a los ojos. Había decidido que no iba a dejarla llegar tan lejos. Había llegado el momento de hablar de ellos—. Ya tendremos tiempo de hablar de eso más tarde.

Inmediatamente, una luz de cautela se encendió en los ojos de Bella.

–Edward, si esto tiene que ver con la conversación que hemos tenido antes, no creo que haya nada más que decir.

—¿No?

Bella se sonrojó. Sabía que eso no era cierto. Justo en aquel momento, su teléfono móvil comenzó a sonar. Lo sacó rápidamente del bolso con mano temblorosa y miró la pantalla. Era su hermana.

—Perdona —dijo haciendo ademán de levantarse de la mesa—, voy a tener que aceptar esta llamada.

—No —replicó Edward. Entonces, extendió la mano y le quitó el teléfono. Cortó inmediatamente la llamada.

—¿Cómo te atreves a hacer eso? —le espetó ella poniéndose de pie. Se sentía furiosa con él.

–Ya podrás llamar a quien sea más tarde.

La miró fijamente y frunció el ceño. Sabía que ocurría algo, aunque no estaba segura de qué se trataba. Tal vez no era nada, pero no le gustaba. Le hacía sentase nervioso e intranquilo.

—Siéntate —le ordenó.

Durante un instante, ella no obedeció. Lo hizo un segundo después.

—Tenemos que aclarar el aire.

—No creo que podamos —replicó ella—. Lo que creo que tengo que hacer es presentar mi dimisión —añadió antes que pudiera pensar con claridad. Se quedaría embarazada y sin trabajo, pero sentía que tenía que huir. Ya encontraría otra cosa.

—Creo que eso se llama huir, Bella.

—Creo que se llama ser realista.

—Has firmado un contrato de cuatro meses con esta anpresa. Creo que eso es ser realista —replicó él frunciendo el ceño—. Esto no es propio de ti, Bella. Tú y yo nos parecemos mucho. Los dos ponemos el trabajo en primer lugar y tú acabas de empezar en este proyecto. Ahora, quieres huir por la química que hay entre nosotros, ¿no?

De repente, una brisa hizo volar los papeles que Bella había dejado sobre la mesa. Salieron volando por todas partes. Rápidamente, los dos se levantaron para recogerlos. Las manos de ambos se entrecruzaron cuando los trataron de alcanzar la última página. Bella apartó las manos como si hubiera tocado un fuego. Lentamente, los dos se pusieron de pie.

—¿Qué es lo que pasa, Bella? —le preguntó él suavemente.

Ella se sonrojó. De repente, su teléfono móvil empezó de nuevo a sonar. Se apartó de Edward y fue a contestar.

-Hola, Rosalie... ¿puedo llamarte un poco más tarde? En estos momentos no puedo hablar contigo.

Mientras ella estaba hablando, vio que Edward volvía a abrir su maletín para guardar los papeles. Entonces, sintió que el pánico se apoderaba de ella al ver que él se había fijado en el folleto que Bella había colocado allí anteriormente.

Él lo miró y lo sacó del maletín.

-¿Por qué hay un folleto sobre una prueba de embarazo entre tus papeles de trabajo? -le preguntó mirándola fijamente-. Bella, ¿qué es esto?

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