¡Quémenme y tortúrenme! Lamento no haber dado crédito el capítulo pasado, pero la súper genialosa portada del fic fue creada por la talentosa de Rooss, daré el link en mi perfil de FF.

También Scheidl fue tan linda de hacer una portada para esta historia. ¡Daré el link en mi biografía también!

¡Tienen que ir a verla!

Advertencia: Como siempre, es muy leve, pero hay imágenes que podrían considerarse gore, y así como alguien me dijo: quien avisa no es traidor. Ya están advertidos.

Ahora así, ¡espero que les guste tanto para saludarme en un lindo review!

»Nombres de killjoys:
Cuervo Nicotina: Daichi Sawamura.
Ceniza Radiante: Koushi Sugawara.
Histeria: Keiji Akaashi.
Pantera Anfetamina: Tetsurou Kuroo.
Sombra Brillante: Kenma Kozume.
Chispa Neón: Yuu Nishinoya.
Terror Ruidoso: Ryuunosuke Tanaka.
Espina de Canela: Hitoka Yachi.
Silencio Infeccioso: Ennoshita Chikara.
Ácido Lunar: Kei Tsukishima.
Amanecer Tóxico: Asahi Azumane
Gota Fantasma: Tadashi Yamaguchi
Dulce Voraz: Shimizu Kyoko. «


The only hope for me is you

Si el sol sale desde el este, encima de las dunas del desierto, entonces yo tengo algo que decir.

Cianuro Carmesí y su grupo de exploradores saldrán en otra misión de reconocimiento cerca de la Zona 43, rumores se han oído que hay transeúntes han encontrado una extraña máquina de gran tamaño.

Y cuando unos cuervos se van, otros regresan.

Las difíciles noticias de nuestro Ala Revólver han llegado lejos rápidamente. Desde la Zona 2000, Eclipse Impuro alza sus alas y regresa al Nido; y desde la Zona 900, Volumen Vibrante llegará un día antes.

Es un gran honor para este viejo rebelde poder volver a ver a los killjoys que lucharon lado a lado del Pequeño Gigante. Estoy seguro que todos les tendremos un cálido abrazo de bienvenida para ambos.

Bienvenidos nuevamente, les hemos mantenido el Nido cálido, esperando su llegada.

Y a continuación, una lista de los productos que han bajado de precio esta semana en la tienda de Tommy Chow Mein…

—Tommy Chow Mein es un viejo japonés que vende comestibles a los que viven en el desierto. Vende envases de ramen instantáneo, ¡a ciento cinco carbonos! Es demasiado costoso, por eso siempre prefiero pasar hambre y encontrar un zorro en el desierto.

Hinata terminaba otro relato acerca del desierto. Con el paso de los días las preguntas se tornaron menos complejas; ya que él no tenía ninguna clase de respuesta a esas. Así que Kageyama —el nombre del androide— terminó preguntando cosas tan simples como: ¿Cómo era su vida en el desierto?

La sola interrogante carecía de malicia, y Hinata notó al contestarle, que el androide pelinegro estaba genuinamente interesado en lo que él tenía que decir. Nunca intentaba averiguar la localización del Nido, o su vida como un killjoy.

Shouyou jamás lo haría, traicionar a sus hermanos cuervos, pero no veía ningún peligro en compartir los relatos de su vida en el desierto, antes de llegar al Nido; y Kageyama parecía completamente perdido en sus palabras. El androide, por alguna razón, estaba interesado en la vida difícil de un exiliado.

—¿Entonces preferías pasar hambre antes que gastar algunos carbonos? Ustedes los humanos mueren si no reciben los alimentos suficientes —inquiría el androide, ladeando su cabeza con curiosidad.

Como si estuviera estudiando a un extraño espécimen con el que estaba a punto de experimentar. Shouyou tenía que resistir el impulso de querer atacarlo, apretando con fuerza su mandíbula. Primero, la noción de golpear al exterminador debía ser eliminada, aun no contaba con el conocimiento de cómo era el androide de fuerte.

—¿Sabes lo difícil que es conseguir carbonos? —preguntó, para luego contestarse en su mente: No, era más que evidente que el androide no tenía idea de las dificultades que debía afrontar ahí afuera.

Por lo menos en el Nido, tenía una cama y comida asegurada.

El androide lo seguía mirando, estudiándolo. Hinata se quería arrancar el cabello de la cabeza.

—Trabajas todo el día en algunas posadas viejas y roídas con hedor a comida en mal estado a cambio de diez carbonos. ¡Es tortura!

—¿Por qué no cambiar todo eso y vivir en Ciudad Batería? —preguntó Kageyama, ladeando la cabeza, verdaderamente curioso.

—¿Estás loco? —ladró Hinata, arqueando una ceja, se sintió un poco mal al ver al otro sorprendido con su tono— ¿Y dejar que me laven el cerebro?

—Eres el segundo al que escucho decir eso —reflexionó el androide, con una mano en su barbilla.

Shouyou hizo una mueca, apostaba que el primero no había tenido un destino bonito. Siendo el pelinegro un exterminador, estaba seguro que muchas vidas de rebeldes estaban en sus manos, que tanto se asimilaban a las de un humano.

—Pues, ¿seguramente porque es cierto? —inquirió.

—¿Por qué? —cuestionó, mirándolo con intensidad, a veces el robot preguntaba tanto que Hinata se sentía consciente de sí mismo.

—Todos los ciudadanos de Ciudad Batería tienen el cerebro hecho puré, lo único que hacen todos los días es despertarse, tomar las mismas medicinas que los doblegan a ser muertos vivientes. Luego salen a trabajar como ovejas de un rebaño.

—Las medicinas los mantienen felices, los llenan de euforia cada vez que ellos quieran.

—¡No son ellos mismos!

—¿Ellos mismos? —Kageyama lo vio con curiosidad.

—¡Sí!

—Mantienen sus nombres, su físico, su carrera —razonó—. Realmente no tienen ningún cambio.

Shouyou gimió con enojo, halando sus mechones naranja.

—¡Eso no es lo que te hace ser tú!

—¿Qué es «lo que te hace ser tú»? ¿Tu personalidad?

—¡Sí! Bueno… ¡no! Es más que eso…

Kageyama guardó silencio, así que Shouyou siguió dando vueltas a su idea.

—¿Quién eres tú? —cuestionó sin aviso.

El exterminador se sorprendió, pero rápidamente cobró su misma postura; cómo un científico estudiando una rara y peligrosa creatura. Hinata no se sentía como un humano ante esa mirada.

—Soy el exterminador Tobio Kageyama —respondió. Hinata puso los ojos en blanco— ¡¿Hay algo malo con mi respuesta?! —exclamó ofendido.

Después de algunos días, Shouyou aprendió lo fácil que era sacarlo de quicio; así que fue su misión personal sacar provecho de eso.

—No, eso es lo que haces —explicó simplemente—. ¿Quién eres?

Kageyama pareció pensarlo mejor.

—Soy el modelo número K-078…

—¡No! —Cortó el cuervo, poniendo los ojos en blanco otra vez—. ¿No tienes algún momento, fuera de tu día de trabajo en donde estás en tu mente y te sumerges en pensamientos?

Antes que el exterminador pudiera decir algo más, Hinata lo pensó mejor y agregó:

—Bueno, no lo creo. Eres apenas un robot…

—Cuando corro.

—¿Corres?

El pelinegro asintió.

—Es una actividad nueva que intenté. Pasar la noche en la cápsula de compresión afina mis articulaciones y cuando coloco el Plus en mi espalda hay una corriente de energía similar a la adrenalina. De esa manera puedo bajar los niveles en mi cuerpo y estabilizarme.

Esta vez fue el turno de Shouyou de ladear el rostro. ¿Plus?

Plus, algunas personas lo conocen como "jugo para robots", carga nuestras baterías y nos mantiene funcionando… —pasaron algunos segundos hundidos en un silencio incómodo, Kageyama intentó llenarlo—…Cuesta ochenta carbonos.

—Ah…

Silencio nuevamente; el exterminador parecía estar en conflicto. Quizás se arrepentía de haber compartido tanta información con él.

—¿Es extraño? —inquirió el androide.

—No lo sé, eres el primer robot que conozco.

Kageyama se llenó de ira. Hinata se encogió de hombros, no era su culpa que las conversaciones raras veces llegaran a algo.

—No puedo creerte —informó el pelinegro.

—¿Eh?

—Acerca de cómo el arrebatar el individualismo de las personas nos hace estar equivocados —comentó, no tenía ningún atisbo de duda en su tono.

—¡Nunca lo entenderías! Te crearon para seguir órdenes.

—Me crearon con una mentalidad lógica, ¿individualismo? ¿Opiniones? Eso fue lo que llevó al mundo a destruirse. La avaricia de la naturaleza humana los trajo a esto. Las grandes compañías secaron el planeta y lo volvieron estéril.

Hinata comenzó a alejarse un poco más del exterminador, estaba recitando las doctrinas de BL. A veces se olvidaba que el androide podría mandarlo al Tubo en cualquier instante, si no quemaba su cuerpo antes. Tenía que hablar con cuidado, pero el pedazo de hojalata quería una respuesta honesta, ¿no?

—Ciudad Batería es un oasis, abierto para todas las personas que quieran enderezar sus caminos.

—¿Abierto? —Preguntó con incredulidad el rebelde—. Tienen a punta de pistola a todas las personas que se oponen a ustedes; estamos en una guerra y tú, idiota, ni siquiera tienes idea de lo que pasa allá afuera. La única manera que la ciudad nos abrirá la puerta será cuando entremos en un ataúd. ¿Y qué me dices de Oikawa?

—Tooru es el salvador, él rescató el mundo cuando iba a la perdición, hace una mejoría observando un panorama amplio.

—¡Se aprovechó de incontables muertes para aprisionar a los que quedaban! Él no es mejor que los jefes de las compañías que destruyeron el mundo. Lo único que hace es mandar a las personas como si fueran rebaños de ovejas. Puede que sea salvador, pero marca mis palabras, no es intocable.

—Suenas seguro de eso —señaló el pelinegro, su tono era ilegible.

—Lo estoy, Oikawa no es inmortal. Acabaremos con él.

—Estaré curioso de ver cómo lo intentan —comentó.

Eso lo tomó desprevenido, ¿no debería él contestarle algo cómo: « ¡protegeré a Oikawa con mi vida!» o algo por el estilo? Eso era lo predecible, ¿y no eran las máquinas como él, predecibles?

Aunque, si tenía que debatir esa idea, todos los comportamientos de Kageyama eran todo menos eso. Por lo que Hinata había comprendido, él estaba en algo como el hogar del androide; pues en sus días de cautiverio, no había visto a nadie más que a él. Asumió que su posición no era sabida por nadie.

Eso facilitaría su escape. El exterminador no contaría con más apoyo para capturarlo.

—Ellos escaparon —interrumpió el exterminador su tren de pensamientos.

—¿Qué?

—Los demás rebeldes, escaparon antes que la compuerta se cerrara.

Era la primera vez que escuchaba esto, seguramente el androide estaba satisfecho con la información que él le estaba compartiendo. Respiró con alivio, sintiendo como un enorme peso se caía de sus hombros. Eso era bueno de escuchar, era exactamente lo que necesitaba.

—Todos, excepto Koutarou Bokuto. Fue malherido en batalla y luego se trasladó al Sótano 5 para purificar su cuerpo.

Estaba escuchando mal, debía estarlo. ¿Ala Revólver? ¿Quemaron su cuerpo? No, no, no era posible. No lo podían derrotar, no a él. Sus sentidos se entumecieron y cayó de rodillas sobre la alfombra gris. ¿Todo este tiempo? Su vista se comenzó a humedecer.

—Estás…estás bromeando, ¿verdad?

Dirigió su mirada al rostro del androide, Kageyama no lo miraba. Casi parecía que sentía lástima por él.

—Lo lamento —murmuró con algo que podía ser pena.

Escuchó la pared halógena desactivarse y luego reencenderse. El exterminador se había marchado, para darle un poco de espacio. La primera lágrima cayó en medio de sus dedos, manchando el acolchonado suelo grisáceo.

Dejó las demás fluir.

No prestó atención cuando el sol se ocultó otra vez.

Él había dicho que se trataba de una guerra, y las guerras están llenas de víctimas. Solo era cuestión de tiempo que llegara su turno. Las lágrimas se habían secado en su rostro dejando costrosas huellas por su camino. Hinata se levantó del suelo y se restregó su entumecida cara.

Perdió la noción del tiempo -desde que había llegado a esa prisión le pasaba mucho eso- y el sol se había ocultado, dejando salir las falsas estrellas que se proyectaban en el artificial firmamento de Ciudad Batería.

Kageyama no lo había molestado más, Hinata asumió que lo había dejado para que guardara luto. Qué asquerosamente considerado de su parte. Esas noticias fueron las necesarias para regresarlo a la realidad, poniendo en marcha el plan ahora que el androide no estaba por ningún lado.

Corrió a la esquina de su celda, con el cuchillo que había tomado de la cocina hace algunos días, rasgó la alfombra; separando la tapicería del suelo ocultó el arma ahí mientras intentaba idear la mejor forma de usarlo.

Rápidamente descartó la idea de atacar a su captor cuando abría la pared, era un androide después de todo. Si bien su exterior era cubierto por algo que asemejaba a la piel, estaba seguro que debajo de eso, si lo hería, no saldría sangre.

No podía simplemente abrir su cuello y esperar que muriera.

Regresó a su cometido y se guio con el cuchillo de cocina en mano, a los pequeños y cuboides aparatos que producían la luz sólida. En sus días de ser un vagabundo del desierto, se hizo experto en abrir cerrojos y asaltar artilugios, como alarmas.

Esto no podría ser diferente.

¿Verdad?

Era un poco difícil tener acceso al pequeño cachivache, pero cerca del suelo en donde se conectaban, había un espacio de cinco centímetros, podía sacar sus dedos y el objeto corto punzante para trastear el aparato. Metió la punta metálica en un pequeño resquicio y comenzó su labor.

La posición era incómoda y en minutos sintió su cuello comenzar a entumecerse; pero solo tenía la noche.

Lo asustó un pequeño electroshock que cursó por su mano, proveniente del dispositivo, seguido por un ruido y luego la pared halógena desapareció; todas desactivándose al mismo tiempo.

Una ola de agitación y nerviosismo lo golpeó al ver el enervante apartamento a oscuras en su totalidad. Caminó con cuidado, en la punta de sus pies para no hacer ruido, porqué, aunque el piso estaba cubierto por alfombra, no tenía idea si los androides tenían audición sobrenatural.

Por alguna extraña razón, no consideró ir y asesinar al robot, desconectar la cámara en la que dormía. Kageyama no lo había agredido físicamente nunca, tampoco lo hizo pasar hambre. Hinata se guiaba por la ley del Talión: «Ojo por ojo, diente por diente».

Así que prefirió ir por la puerta.

Al lado derecho de la entrada, estaba un teclado numérico de metal. Había visto muchas veces al exterminador introducir la contraseña, la distancia no era corta pero podía arreglarse con lo que recordaba. El movimiento de la muñeca de Kageyama.

Probó la primera vez.

Cuatro, dos, seis, cero.

Un pequeño zumbido, la pantalla azul se hizo roja.

¡Error!

Restantes: dos intentos.

Maldijo bajo su aliento, la próxima vez lo obtendría.

Intentó nuevamente:

Siete, dos, seis, ocho.

Un zumbido más fuerte, pantalla roja.

¡Error!

Las luces blancas de todo el apartamento se encendieron de golpe, iluminando el salón de estar, la cocina… y seguramente el cuarto del androide.

Restantes: un intento.

Escuchó un ruido venir de la habitación y maldijo más fuerte.

Cambio de planes.

Corrió a la ventana, debió haber hecho eso desde un inicio, pero su prisión no abarcaba el cerco y él no sé consideraba el más valiente cuando se trataba de alturas. Metió el cuchillo entre el marco y el vidrio, haciendo una especie de palanca para deslizar el enorme cristal.

Cuando pudo introducir sus dedos, deslizó toda la ventana abierta.

La fuerza de la brisa lo sorprendió, ahí arriba el viento era libre. Sintió su cuerpo comenzar a bajar la temperatura aclimatándose a la gélida ráfaga, el sonido de la ciudad ahora cobró vida y escuchaba los claxon de los automóviles, llantas rechinar, trenes viajando velozmente; las luces neones de las enormes pantallas iluminaban nauseabundamente, dejándolo ciego por milisegundos.

Escuchó la puerta del exterminador abrirse y dejó de pensarlo, con cuidado puso un pie sobre el peldaño fuera del edificio, en dónde los pájaros acoplados a la ciudad hacían sus nidos sin preocupaciones. Con cuidado sacó el otro, deteniéndose del vidrio, sus cabellos comenzaban a ondear por la brisa y el viento rugía en sus oídos.

No miró abajo.

Lentamente se comenzó a alejar del ventanal, se sostenía de la estructura del edificio, metiendo sus dedos en los surcos entre los ladrillos. Respiraba con su boca, intentando mantener la calma, calculando cada movimiento antes de realizarlo. Paso por paso.

—¡Alto!

El exterminador lo vio y corrió en su dirección.

—¡Rebelde, detente ahí! —Exclamaba, pero el cuervo no escuchaba— ¡Hinata! —llamó.

Shouyou lo miró a los ojos, ahora Kageyama estaba en el marco de la ventana, pero no se movía para capturarlo, quizás temía que asustar al cuervo y hacer que cayera.

—¡¿Qué crees que haces?! —preguntó irritado, elevando el tono de su voz para hacerse escuchar arriba del zumbido de la ventisca de la noche.

—Escapar —contestó en voz baja, sintiendo como su nariz comenzaba a helarse por la temperatura—. ¿No es obvio?

Escuchó los dientes del exterminador rechinar y se dio una palmada mentalmente.

—¡Estás siendo estúpido! Dime, ¿qué harás ahora que estás ahí? ¿Esperar que alguien de este piso abra su ventana para dejar a un rebelde entrar? ¡Antes de eso tus dedos se entumecerán por el frío y caerás!

No había pensado en el futuro, es más, no había pensado para nada.

—Jódete —contestó, sin molestarse en subir el volumen de su voz.

Escuchó una ambulancia abajo en la ciudad; podía ver el reflejo de los anuncios en la superficie de cristal de todos los apartamentos en el edificio. Intentó dar un paso, pero su pie se dobló y todo su cuerpo se llenó de escalofríos, al estar cerca de caerse todos esos pisos abajo. Un sollozo se escapó de sus labios, sus dedos estaban helados pero comenzaban a humedecerse; la pared se sentía lisa.

—¡Ves lo que digo! —Seguía Kageyama, aunque el viento se escuchaba ensordecedor para Shouyou— ¡Regresa aquí, Hinata idiota!

—¡¿Qué más quieres?! —Lloriqueó, su cabello ondeaba con rapidez, guiado por el viento—. No sé nada de lo que preguntas, Bokuto está muerto. ¡¿Qué más quieres?! —repitió.

El estúpido rostro de Kageyama no parecía furioso, ni parecía que se burlara de él. Quería escupir en su cara y en su preocupación, sus ojos comenzaron a arder, pero no por el viento, pequeñas gotas se formaron en la esquina de sus ojos.

—¡Vuelve, si encuentran que tu cadáver cayó directo desde mi apartamento entonces se levantarán sospechas! —razonó.

—¡Llora todo lo que quieras! —Ladró, sintiendo todo su cuerpo dar vueltas, la altura disminuía el oxígeno y se sentía ligero de cabeza —. ¡No puedo esperar día a día preguntándome si me matarás en cada segundo que pasa! —gritó, hasta que su voz se volvió ronca, todo su cuerpo reverberó del enojo.

No notó cuando sus dedos se deslizaron de su agarre.

Miró la noche y las estrellas, sintiendo como comenzó a caer, la adrenalina corriendo en sus orejas callaba los demás ruidos. Pensó por un momento si era cierto lo que había escuchado, que el cuerpo se desconecta cuando cae libremente antes de golpear el suelo; evitando el dolor del impacto. No tenía idea dónde lo había escuchado.

Pensó si tal vez, para eso, necesitaba caer libremente de una altura mayor.

Se detuvo en seco, estremeciéndose del dolor que sentía en su muñeca, en dónde una mano se había enrollado para sostenerlo. Hinata se encogió, la fuerza era increíble, sentía como si estaba atrapado entre dos engranes. No quería ver a Kageyama sosteniéndolo, aparentemente el androide quería fingir tener una consciencia.

Miró sus pies descalzos y cómo colgaban, meciéndose de un lado a otro, zarandeado por el viento. Las personas caminaban, ocupándose de sus asuntos, Shouyou dudaba que pestañearan si del cielo caía el cuerpo de un rebelde a su muerte.

—¿Qué más quieres? —repitió por tercera vez

No venía ninguna respuesta. Hinata se comenzó a mover, intentando soltarse; se quejaba entre gruñidos y resoplidos, su piel comenzó a escocerse por sus desesperados intentos de dejarse caer y la fuerza sobrehumana del androide.

—Es interesante —respondió, interrumpiendo el zumbido de sus oídos—, lo que tú dices. Me gustaría saber más de allá afuera. Era una mentira, no quemaría tu cuerpo, solo necesitaba saber…y me gustaría…me gustaría que me enseñaras…

—Solo déjame caer, maldita sea, odio estar en esa estúpida jaula…

En lugar de obedecerlo, Hinata sintió que lo halaban hacia arriba, se quejó del dolor, ya que fue en aumento a medida que llegó al marco del enorme ventanal. Kageyama lo ayudó a entrar nuevamente, relajando el agarre de acero en su muñeca. Shouyou vio su piel dañada, los dedos del exterminador se habían marcado en su piel.

La zona estaba roja y escaldada, le comenzaba a doler.

—De acuerdo —murmuró el pelinegro—, no más jaula.

Se sorprendió al ver una venda en la mano del pelinegro, con delicadeza sostuvo su mano y comenzó a desenrollar la tela de seda para atarla a su piel. El cuervo se rehusaba a agradecer.

—¿Tú lo mataste? —se escuchó decir, con voz queda, aunque se escuchaba ruidosa en el silente apartamento— ¿A Bokuto?

Silencio…y luego.

—No —respondió Kageyama, sin ningún tono ulterior—, yo estaba… —pareció pensarlo—…yo estaba salvándote mientras eso pasaba.

No tenía idea si le estaba mintiendo al rostro, pero… ¿qué motivo tendría él para mentir? No era como si Shouyou tuviera ventaja en su situación; además, los androides no tenían consciencia, o es era lo que habían dicho. Se daría la libertad de creerle esta vez.

Se enfocó en la calidez de las artificiales manos de Kageyama, la piel era similar —sino exactamente igual— a la de un humano; y la delicadeza con la que curaba su lesión, era abrumadora.

Ninguno de los dos volvió a hablar por la noche.

Y las paredes no fueron activadas otra vez.


—No puedo creer que me abandones el mismo día que él viene —se quejó Tsukishima, el rubio y Yamaguchi se encontraban en la armería, cerca del taller.

Tadashi se preparaba para el viaje de regreso a Ciudad Batería, Tsukishima le ayudaba a empacar los víveres para el trayecto. El chico de piel oliva sonreía como siempre, mientras que el de anteojos hacia una mueca de disgusto.

—Estás exagerando, Tsukki —se reía su mejor amigo—. Tú sabes lo mucho que tu hermano se preocupa por ti.

—Me sofoca cada vez que viene, y ahora, con las noticias del fiasco de la misión en Ciudad Batería… Nunca me dejará en paz.

Yamaguchi se limitó a reír, una carcajada tan ligera y contagiosa, que Tsukishima no se dio cuenta cuando él comenzó a sonreír.

—¿Tienes idea? Hace quince días me llegó una carta que él escribió cuando ya venía por la Zona Mil Trescientos; preguntándome cómo me siento o si no me lastimé mucho.

—Eclipse Impuro siempre ha sido un preocupón.

—¡Una bala me rozó el brazo, Yamaguchi! Akiteru actúa como si me amputaron o algo…

Tadashi se volvió a reír, con carcajadas renovadas, hasta limpió una lagrimilla que se formó en la esquina de un ojo.

—Solo está preocupado, sabes lo difícil y extraño que es tener hermanos ahora, las relaciones sanguíneas son más extrañas que el Doctor Muerte cancelando radiodifusiones —dijo entre risillas.

—Eres molesto —comentó con amargura el rubio; odiaba cuando Yamaguchi tenía razón. La sonrisa en las mejillas pecosas solo aumentó más.

—Te diré qué —ofreció el de piel oliva—, sé bueno con tu hermano y te traeré las fresas más frescas que encuentre.

Esto capturó su atención, las frutas eran escasas, casi nulas; por lo que su mejor amigo le había contado, solo dos vendedores en todas las metrópolis comerciaban «frutas frescas». Yamaguchi en raras ocasiones conseguía un pequeño cargamento de estos bienes y eran vendidos a gran precio para ayudar con toda la rebelión.

Se les llamaban frutas, pero eran realmente una bastardización de los productos frescos de las décadas antiguas. El sabor, según el Doctor Muerte -quién había probado en ocasiones el producto bruto que ya no existía-, no se parecía en lo absoluto a los frutos naturales.

El orgánico sabor azucarado fue cambiado por un sintético almíbar adulterado, demasiado dulce para ser considerado natural; similar al sabor de esos jarabes para la tos. Tsukishima podía sentir sus ojos comenzar a ponerse en blanco al recordar al Doctor Muerte diciendo que el sabor de esas "fresas" era atroz; él no tenía con qué compararlo, así que disfrutaba de las frutas las raras veces que podía.

Atrás de ellos Akinori Konoha ayudaba levantando algunas de las cajas más pesadas, cargándolas a la camioneta en la que irían. Él era parte de la Vanguardia, siempre un miembro acompañaba a Fantasma por si se encontraban problemas en el camino a la entrada subterránea; y una vez cerca de Ciudad Batería, Shimada se encontraba con Tadashi para regresar.

—De acuerdo —aceptó, levantando el mentón—, pero está vez deberán ser, al menos, media docena.

La respuesta de Yamaguchi fue una sonrisa, un pulgar arriba y un movimiento de despedida con su mano.

Kei estaba molesto, pero no tenía idea con quién; quizás con Yamaguchi por ser tan terriblemente oportuno y abandonarlo de esa manera justo cuando necesitaba de alguien que pudiera ser capaz de tomar la atención de su hermano con facilidad -un arte en el que Yamaguchi se destacaba-.

Quizás estaba molesto por su hermano quién venía de visita y no era como si él podía hacer algo más. Bokuto estaba muerto y Akiteru no lo podría revivir, no importaba cuánto talento tuviera al luchar. Tampoco podía levantar los ánimos de todos en el Nido.

—¡Ryuu! ¡Regresa acá! —escuchó un grito estridente como uñas en un pizarrón.

Segundos después un Tanaka con la pierna enyesada entraba caminando, demasiado rápido para ser alguien que tenía un hueso roto; detrás de él, la persona que aterrorizaba más a Ryuunosuke en todo el universo -incluido Oikawa-… su hermana mayor Saeko Tanaka.

—No —contestaba Ryuunosuke, huyendo de la chica más baja que él—. Ya tuve suficiente con tus sermones, ¡como si a ti nunca te ha rasguñado un maldito draculoide! —gritó, señalando el parche negro que cubría su ojo izquierdo.

La chica rubia con piercings en el rostro corrió hasta alcanzar al cuervo lesionado y halar su oreja hasta escuchar al menor gritar de dolor.

—Esto fue trabajo de un exterminador, no te equivoques —exaltaba, haciendo a Ryuunosuke pegar alaridos como si fuera un animal moribundo. La chica se señalaba el parche también.

Saeko, mejor conocida como Volumen Vibrante, era una de las killjoys originales, un grupo elegido personalmente por Ikkei Ukai; y como todo guerrero, tenía algunas cicatrices de batalla. A ella, le habían acuchillado el rostro, pero vivió para contarlo.

—¡Ya, ya! —Lloriqueaba Terror— ¡No me volveré a equivocar, de acuerdo! ¡Suéltame!

—¡Oh! Pequeño Tsukishima —saludó Saeko, olvidando el fuerte agarre que tenía en la lastimera oreja de su hermano—. ¿El gran Tsukishima no ha aparecido aún?

—Dijo que llegaría hoy —respondió sin rodeos.

—No puedo creer que nos veamos otra vez, ¿sabes hace cuantos años nos separamos?

—…más de seis años —rezongó Terror.

—¡Más de seis años! —exclamó Volumen.

Cuando la chica notó la burla de su hermano sujetó la punta de su nariz con sus dedos, apretando. Por el rostro de Tanaka, Tsukishima asumía que Saeko poseía una formidable fuerza. Él no querría ser el objetivo de la ira de la cuervo rubia.

Un fuerte sonido como alarma hizo que se encogiera de hombros, la señal indicaba que Kenma estaba abriendo la compuerta. No habían pasado más de quince minutos desde que Yamaguchi había partido, así que solo significaba que su visitante estaba a las puertas del Nido.

Este sería un día muy largo.

Se escuchaba el rugir de los neumáticos a millas, el túnel hacía que el eco creciera y llenara toda la armería y el taller. Habían partido de una buena parte de sus armas para Yaku y su grupo de exploradores, ellos habían salido hace una semana hacia la Zona 43; les llegó la información de varios transeúntes que encontraron mediciones anormalmente altas de estática. Generalmente, la radioactividad era alta arriba en el desierto, pero en esa Zona, las lecturas habían llegado al cielo.

El automóvil ni siquiera se había detenido cuando escuchó:

—¡Kei! —su hermano se arrojó del carro, dejando que el otro cuervo que conducía se ocupara de parquearse, era un Toyota Corolla del 2003, tenía una enorme luna pintada en su capó y el chasis había visto mejores días.

El de anteojos puso los ojos en blanco, al momento que un par de brazos se enrollaron, fácilmente rodeando su cuerpo y juntándolo contra él en un abrazo fraternal. Dejó que Akiteru lo moviera de un lado a otro, él solamente permanecía inmóvil como un maniquí. Hace años que había dejado de intentar interponerse entre el otro rubio y su afecto de hermano mayor.

—¡Me alegra tanto que estés bien! —exclamaba entre sollozos.

Kei sintió sus mejillas entrar en calor, su hermano era la persona más vergonzosa que conocía. Pudo escuchar las risillas de Terror, así que empujó a Akiteru lejos de él.

—Ya basta, no me pasó nada, solo una bala me rozó el brazo.

—¡Es porque eres precavido pequeño Tsukishima! —Recalcaba Saeko—. No como mi tonto hermano —estalló en carcajadas.

—Cállate, tú eres igual de tonta —refunfuñó el cuervo rapado.

—¿¡Eh!? ¿¡Qué dijiste!? —vociferó su hermana apresando nuevamente su oreja. Parecía que ninguno de los dos Tanaka podían hablar en un volumen más bajo, pensó con disgusto el rubio.

—¡Saeko! —saludó su hermano, abriendo sus brazos y dejando entrar a la rubia del parche. Posó su mentón sobre la cabeza de la chica y cerró los ojos—. Tengo tanto que contarte.

—¡Y que lo digas! —Comentó la chica, dándole un golpe amistoso en el hombro a Akiteru, molesta por haber señalado su baja altura de esa manera—. Traje una caja completa de alcohol desde la zona 900 especialmente para eso.

No era culpa de los Tsukishima ser altos y los Tanaka tan pequeños.

El de anteojos miró el momento perfecto, su pegajoso hermano estaba ocupado con Saeko, así que él podría escabullirse y esconderse en su agujero en la habitación de Inteligencia. Las pantallas siempre le daban seguridad y los códigos de computadoras siempre fueron fáciles de entender.

Comenzó a caminar hasta que sintió un par de dedos halándolo del cuello de su camisa, se sobresaltó tanto que sus cuerdas bucales produjeron un chillido de sorpresa.

—Oh no, no te escaparás tan fácilmente de mí, ¿crees que puedes engañar así de fácil a tu hermano mayor? ¿Quién crees que te cambió los pañales?

Kei se golpeó su rostro con su mano, estos serían los días más largos de toda su vida.

—¿Dónde está Yamaguchi? —preguntó.

—Acaba de irse, tiene planeado regresar la otra semana —explicó molesto, eso le había servido de recordatorio que tenía que separarse de su mejor amigo otra vez, solamente estaba un poco emocionado por las fresas prometidas.

—Oh, qué mal —comentó su hermano, Kei estaba de acuerdo con él—. Hace años que no hablo con ustedes dos.

—Sí —murmuró, mirando cómo, los Tanaka compartían una broma secreta y ambos estallaban a carcajadas.

—¿Y qué me dices tú? Mi pequeño hermano —sintió el brazo de Akiteru rodear sus hombros y acercarlo a él, Kei era el más alto, y de esa manera la diferencia entre sus estaturas era más evidente—. ¿Todavía sigues haciendo esos programitas en tu pequeño computador?

Sintió una vena en su frente a punto de estallar.

—No son sólo «programitas», Akiteru —siseó, haciendo comillas con sus larguiruchos dedos—; y si debes saberlo, sí. Fui yo quien descubrió el puerto abierto y nos aseguró la entrada en Ciudad Batería.

—¡Kei, eso es estupendo! —Gritó, llamando la atención Saeko—. Volumen, ¿escuchaste esto? Kei fue quien descubrió el fallo en Better Living.

—¡Guau! —Aplaudió la chica del aro en su nariz y labio— ¡Eres todo un genio!

¿Qué era esto? ¿La competencia de «presumir a tu hermano menor»? Escuchó la risa de su hermano al lado y sintió su rostro ponerse cálido.

—Me pareció escuchar las voces de unos viejos amigos —vino la voz de Daichi quién acababa de entrar a la armería; detrás de él caminaba Kuroo.

Cuervo Nicotina abrazó al rubio, Pantera lo hizo después.

—Es un gran honor poder volver a verte y luchar contigo —elogió el pelinegro de cabello salvaje.

Tsukishima miró a Tetsurou, sonreía de la misma manera de siempre, pero la alegría no llegaba a sus ojos. Una expresión derivada más de la práctica que de sentimiento; Pantera todavía creía que nadie notaba lo mucho que le había afectado la muerte de Revólver.

—Espero que mi hermanito no les haya causado problemas —comentó Akiteru con una sonrisa cordial.

—Nada que no hayamos podido manejar —le respondió Kuroo.

La verdad no, no lo habían podido manejar, por eso Akaashi terminó agonizando y Bokuto muerto.

Bravo, bravo, Kei Tsukishima, el rey del cinismo.

—¿Qué tal las cosas en la Zona 2000 y 900? —cuestionó Nicotina al par de los originales killjoys.

—La comida es escasa, pero pudimos acabar con una pequeña metrópolis en la Zona hace algunas semanas, todavía hay presencias de draculoides, pero es fácil acabar con los remanentes —respondió Saeko.

—Las cosas están similares en la Zona 2000 —comentó Akiteru—, hemos hecho un enorme avance.

—Me alegra escuchar eso, pero los necesitamos ahora en la Vanguardia, como ya habrán escuchado, perdimos a uno de nuestros mejores soldados —Daichi sonrió con dolor.

Claramente pudo ver como Kuroo tragaba el nudo de su garganta con dificultad; seguramente el pelinegro quería guardar apariencias, pero era evidente el dolor en su rostro cuando había alguien buscándolo.

—Te ayudaremos a desempacar —ofreció Pantera, tomando el par de katanas que su hermano usaba, una cada lado de su cintura. Akiteru era el único Tsukishima que era mortífero en el campo de batalla.

—Les daremos el resto del día para descansar, Eclipse, debes estar exhausto de tu viaje. Mañana repasaremos todos los reportes hasta ahora.

—Gracias Nicotina, veo que has hecho un buen trabajo manteniendo el Nido —elogió su hermano con una sonrisa amable—, siempre supe que te sentaba bien ser líder.

—Muchas gracias, eso es realmente…guau viniendo de ti.

Saeko interrumpió pasando su brazo por los hombros de Akiteru, apoyando todo su peso en él, el rubio se inclinó para bajar su estatura a la de ella. Su hermano cojeó hasta su lado, intentando ayudar con las bolsas llenas de armas traídas desde la Zona 2000, Go Akaizawa venía hacia a ellos luego de parquear el automóvil.

—¡Ven, debes quedarte en mi litera! ¿Ya mencioné que tengo whisky? ¡Me costó un ojo de la cara! —gritó, riéndose con estridencia señalando su parche.

Kuroo y Ryuunosuke se unieron a ella en carcajadas.

Daichi, Akiteru y él intentaron evitar verse incómodos.

Perdido en sus pensamientos, no notó cuando todos ya estaban cerca de la salida. El Tsukishima más viejo y Tanaka ya habían comenzado a intercambiar pequeñas anécdotas. Kei se encontró mirando sus manos y recordando las palabras que Tetsurou le había dicho antes.

"Tal vez lo único que necesites para sobrevivir esta locura es la mano de alguien más cubriendo la tuya".

Pensó en las manos de Yamaguchi, llenas de pecas, cálidas y confortantes.

—¿Vienes, Tsukki? —preguntó Kuroo, girando su cabeza para verlo.

Regresó a la realidad.

—Uh, sí.


Kageyama no experimentaba ese cansancio en sus músculos que los humanos sentían al correr, o la falta de aire en sus pulmones; ni siquiera su «ritmo cardíaco» aumentaba; aun así, sentía un extraño placer en salir, justo cuando el sol se ocultaba, y correr sin trayectoria alguna bajo la dirección de nadie.

¿Eso era lo que significaba ser libre?

¿Y qué pasaba si alguien más interfería con su libertad?

¿Era justificado acabar con él?

¿Era eso lo que intentaban hacer con Tooru?

Movió su cabeza de lado a lado, todavía tenía muchas preguntas qué hacer pero Hinata no cooperaba con nada; aunque Kageyama no lo culpaba, el killjoy simplemente era un idiota. Pero él, sabiendo exactamente lo mismo o menos que el rebelde, ¿no lo hacía más idiota todavía?

Se mordió una mejilla debido al enojo, pasaba los edificios sin mirarlos, tampoco se preocupaba por los transeúntes, nadie le prestaba atención a nada que no fuera su pantalla de intercomunicador o tabletas. Escuchaban las doctrinas de Better Living, o las noticias en las que se jactaban de ganarle a la resistencia.

Paró frente a un semáforo, al lado de otros peatones para dejar a los automóviles pasar. Hinata se había quedado en su apartamento solo y libre -relativamente libre-, eran las primeras veces que estaba sin supervisión alguna.

Shouyou había roto toda expectativa que él había tenido sobre cómo serían los rebeldes. Es decir, sí, el chico era hiperactivo y salvaje pero no era como si luchaba por que su sentido le decía, o porque quería ver el mundo arder.

Y como el chico de cabello como fuego, que era un idiota, a veces tenía buenos argumentos…sentía más curiosidad de hablar con su líder de una manera pacífica. Además, no podía negar que en las mañanas, cuando estaba trabajando, siempre estaba a la espera de la noche en la que podía hablar con el cuervo.

Había aprendido algunas cosas de él, de su familia; aparentemente sentía mucho afecto por ellos. El lazo sanguíneo en la ciudad era pasado por alto y muchas veces tratado como no existente. El término «afecto», no significaba nada para nadie, tampoco «hogar». Hogar era algo a lo que se deseaba regresar, ¿no?

Eso fue lo que le había explicado Hinata.

Un ruido proveniente de la bolsa en su pantalón lo sacó de sus pensamientos, sacó el artefacto; era su intercomunicador. Tocó la pantalla táctil del artefacto pero ningún holograma salió; se extrañó cuando el mensaje no se reprodujo. Generalmente los mensajes escritos eran obsoletos, por esa razón los intercomunicadores no contaban con teclado.

Se detuvo y vio la pantalla.

Llamó toda su atención cuando notó que no contaba con un remitente y el número solamente decía: «Desconocido».

Sintió escalofríos dejar su cuerpo temblando cuando leyó el mensaje:

«Sé de tu invitado cuervo; pero puedo guardar un secreto.

No dejes que Oikawa lo sepa.

Hay ojos por todos lados.

IEN.»


Tooru se miraba en el espejo mientras abotonaba su camisa con gran dedicación. Su enorme cama yacía desordenada, después entraría un androide para encargarse de la limpieza. Las sábanas eran blancas, como casi todo en la habitación, como casi todo en la ciudad.

Le tranquilizaba el color, la pureza, la perfección.

El blanco no era impredecible ni molesto, incambiable o volátil. Era pacífico y aclarador. Un espejismo en blanco también servía para aislar a las personas, volverlas frías y retraídas. Exactamente la perfección que él quería.

La humanidad era estúpida y necesitaba de alguien para guiarla. Pero tampoco podía ser cualquier humano, los hombres con sus manos repugnantes y sucias, buscando dinero y fama. Él estaba más allá de todo eso, más arriba que cualquier dios.

La diferencia entre él y dios, era que él tomaba cartas en el asunto.

Los humanos no tenían el cerebro para poder mandarse y era cuestión de siglos para que ellos mismos buscaran su extinción. Era peligroso dejar que tuvieran pensamientos o ideas. Era más fácil manejar a los animales cuando estaban dormidos; y las bestias rabiosas que no trabajaban para ser miembros productivos de su sociedad…

Lo mejor era deshacerse de ellos.

Y qué mejor manera que quemándolos.

Lo único más purificador que el blanco, eran las llamas y las cenizas que dejan después de su destrucción.

Ajustó la larga chaqueta que llegaba a sus rodillas, encima de la camisa blanca de botones. Tooru odiaba las botas que él hacía usar a todos sus exterminadores, siempre prefería usar mocasines inmaculados, del mismo color que todo su conjunto. Ya debía salir, tenía muchos lugares en dónde estar y muy poco tiempo.

El trabajo de un dios nunca terminaba.

Miró por última vez su vacía cama, su acompañante de la noche ya se había levantado. Tooru notó que la figura estaba mirando la pared de cristal, completamente vestido.

No dudó por un segundo y caminó hacia él, probablemente no lo escuchaba, pero si por accidente lo intentaba atacar, no era cómo si podía hacerle mayor daño; aunque quisiera.

Pasó sus brazos por los costados del otro, apelmazándose a su cuerpo, Hajime no se exaltó por su presencia o su toque. No había ser vivo que fuera tan idiota como para entrar en esa habitación y «tratar» de sorprender a ambos. Además el toque no era algo nuevo.

Pegó su rostro en el cuello de su primer oficial, llenándose del aroma del otro.

¿Romance? ¿Sexo? Esas idiosincrasias eran prohibidas y mal vistas por toda la organización.

Pero él estaba más allá de todo eso.

Hajime también.

Su primer oficial se estaba arreglando el uniforme y colocando su enorme y pesada espada al lado. La luz de las pantallas en su rostro le daba un aire de misterio y se miraba apuesto, Oikawa sonrió torcidamente y pasó sus manos por su tórax, introduciéndolas debajo de la camisa.

Dejó salir una risita cuando sintió el palpitar del corazón del otro, era tan extraño, el concepto de tener un órgano que podía sentirse desde la superficie de su cálida y morena piel; bombeando hasta el fin de sus días. Llevó su otra mano a su pecho, sintiendo quietud.

Iwaizumi todavía conservaba su corazón.

—Debemos irnos —gruñó su primer oficial.

—¿Mmm? Sí —concordó.

En todo su edificio no había ninguna cámara, porqué, él no tenía la necesidad de vigilancia. Nadie llegaba ahí a menos que fuera llamado -Hajime era cuestión aparte- y todos los androides y humanos que trabajaban en el lugar habían sido cegados. Se les consideraba por muchos como monjes sirviendo en el templo de su dios.

Cuando sentían su presencia se inclinaban ante él, Tooru caminaba con la frente en alto.

Subió a la blanca limousine que lo esperaba afuera, se acomodó en los pulcros asientos de cuero y dejó que Hajime cerrara la puerta. Iwaizumi iría en una motocicleta detrás de él. Cuando llegaron al centro de toda la ciudad, los humanos hacían una reverencia al verlo pasar, otros se hincaban y niños querían alcanzarlo.

Tooru sacaba su mano y ellos vitoreaban.

Sí, como un dios.

Llegó al laboratorio 7, Iwaizumi en segundos se encontraba a su lado. Oikawa caminaba dando grandes zancos, mientras era recibido por uno de los subordinados de Suguru, tenía cabello negro que caía en la mitad de su rostro y ojos grandes. Aunque no recordaba su nombre.

—Líder, venga conmigo.

Oikawa hizo una cara, ¿no debía el jefe de toda la división venir a recibirlo? Pero no dejó que pasara a más, sonrió ampliamente y aceptó ir con el joven. Entró al edificio, pasando el vestíbulo y saludando a la linda secretaria de cabello negro, quién le hizo una reverencia. Entraron a un interminable pasillo de incontables puertas.

—Él está muy contento con los resultados del sujeto —comentó el pelinegro que los guiaba.

Tooru tarareó y miró a Iwaizumi.

—Esas son buenas noticias —dijo el moreno, leyendo la mente de Oikawa.

Llegaron al cuarto después de bajar un piso y fueron recibidos por el ajustador de pensamientos con los ojos rasgados, Suguru Daishou. Sonreía con malicia, él le devolvía el gesto.

—Es un privilegio para mí que nos honres con tu presencia —saludó, haciendo su saludo solemnemente, Tooru vislumbraba su lengua bifurcada cada vez que hablaba.

Daishou estaba obsesionado con las modificaciones corporales.

—Suenas extasiado —comentó Oikawa, mirándolo desde arriba—, ¿cuentas con buenas noticias, supongo?

—Lo estoy —aseguró, invitándolos a un cuarto oscuro con una pared de cristal forrado con vinilo. Era claro que los del cuarto de al lado no podían verlos.

Frente a ellos estaba una cama de hospital.

—Mi parte favorita es ver el momento en que pierden su individualidad —señaló Suguru.

Se acercó al vidrio, abajo se encontraba un teclado de control, con un intercomunicador para el cuarto adyacente. Entre los diferentes botones y letras había un monitor, en la esquina inferior derecha se leía la fecha de hace quince días.

El video se reproducía libremente, en blanco y negro; se había filmado la habitación que tenían en frente, acostado en la cama estaba el rehén que capturaron, el ex killjoy Koutarou Bokuto.

Nadie más que unos seleccionados sabían que tenían al rebelde en el laboratorio 7, ni siquiera Tobio. El pequeño exterminador había mostrado una actitud preocupante desde hace algunos días, y sería peligroso poner toda su confianza en él. Lo mantenía cerca para vigilarlo, desde antes había probado que él no era como los demás androides.

Se enfocó en el video que se reproducía.

Koutarou estaba sostenido por varios cinturones que iban desde sus hombros, luego brazos, manos y cintura hasta sus piernas. Lo adherían a la cama y limitaban sus movimientos, pero el cuervo era testarudo. Se movía como un demente, luchando contra sus ataduras.

Lo primero en la agenda había sido sanarlo, la cucaracha había recobrado sus fuerzas, cualquier científico que se acercara a él corría peligro. Lo amordazaron como la bestia que era y le abrieron los ojos con dos espéculos metálicos. Tenían la apariencia de unas pinzas que se enterraban en sus párpados, dejando el globo ocular sin protección y completamente expuesto. Frente a él habían puesto una pantalla en la que se reproducía un video enseñando la doctrina de Better Living.

Cada día le abrían la boca y le forzaban a tomar una pastilla de la felicidad.

Pateaba y maldecía sordamente a través de la mordaza, rechazando el ajuste de pensamiento.

Pero eso era en el video.

Subió su mirada y se encontró con el nuevo Bokuto.

Las patadas y movimientos violentos se habían convertido en leves contracciones nerviosas, pequeños movimientos lastimeros que habían dejado de tener propósito. Sus ojos permanecían abiertos y le habían quitado la mordaza; aunque su cuerpo seguía siendo sujetado.

Su pierna había sido quirúrgicamente removida.

Y en su cráneo, dos agujeros habían sido taladrados arriba de su oreja, uno más arriba que el otro. El cabello de dos colores había sido rapado de la zona, y de los agujeros, dos pequeños cilindros plásticos salían de su cabeza y se conectaban a una máquina.

—Todo está tomando forma perfectamente —avisó Daishou con una sonrisa ladina—. Aunque debo decir que en un principio, pensé que el ajuste de pensamiento no funcionaría. El rebelde tiene-…tenía un espíritu de pelea bastante fuerte. Se negaba ser reiniciado a pesar de estar moribundo. Tuvimos que aumentar la dosis de las drogas y proporcionarlas directamente al cerebro. Pero está casi listo.

—Perfecto.

—Oh, eso me recuerda. Tooru tengo un pequeño regalo para ti.

Las patrullas habían rodeado toda la manzana sellando el perímetro, fácilmente podría dejarle esto a cualquiera de sus exterminadores; pero no, él lo haría. Deseaba hacerlo. Era pleno día, los rayos solares entraban con debilidad a toda la ciudad, nublando las calles y rascacielos, pintando todo su reino de gris.

Iwaizumi caminaba frente a él, y con su pierna, pateó la puerta de la pequeña vivienda; sacándola de las bisagras, el pedazo de madera se movió como mantequilla bajo su fuerza. Oikawa entró después de él.

Era evidente que los dos hombres los esperaban.

Uno de ellos corrió en su dirección con desesperación, blandiendo un hacha en sus manos. Tenía anteojos con marco dorado y cabello negro partido a la mitad. Podría engañar a cualquiera que se trataba de un ciudadano de Ciudad Batería, no sobresalía y ese era su secreto.

Según su perfil, Oikawa dedujo que él era Makoto Shimada.

El pobre diablo creía que podía tocarlos con un arma blanca.

Hajime se movió como un rayo, acabando con el pobre intento de ataque. Su primer oficial empuñó su gigante espada con facilidad, en milisegundos, él estaba al otro lado de la habitación. La cabeza del cuervo cayó de su cuello y rodó en el suelo, del cuerpo muerto salió una fuente de sangre roja, Oikawa se hizo a un lado; odiaría que una gota de carmesí cayera en sus zapatos.

Iwaizumi limpió su espada.

Así que tenía traidores en su ciudad.

Que robaban para esas cucarachas del desierto.

Bueno, ahora solo faltaba uno más.

¿Dónde se escondía el otro cuervo?

Su primer oficial comenzó a buscar por él, arrojando las mesas al suelo, buscando algún compartimento en las paredes; arrancaba la alfombra para buscar en el piso. Oikawa se limitaba a caminar por toda la pieza, abriendo los pequeños cuartos, cocina y habitaciones.

Nada.

Algunas fotos de ellos se encontraban en las mesitas de noche; Tooru levantó una para verla mejor: el descabezado estaba al lado del otro sospechoso; un chico de pecas y piel oliva, parecía que ellos dos habían mantenido esta mentira por demasiado tiempo. Su mano se cerró y el vidrio se rompió sin poner resistencia. Los fragmentos de cristal no podían atravesar su piel.

—Lo encontré —vino la voz de Hajime.

Cuando llegó al salón, como lo habían pensado, había una pequeña abertura en el piso de madera. Levantó la entrada de la compuerta y saltó hacia abajo, el lugar estaba desaseado, lleno de telarañas y polvo. Sus ojos en milisegundos cambiaron el enfoque y la oscuridad se esclareció en su mirada, notó al cuervo, arrinconado en la esquina.

Tenía una escopeta en las manos.

Disparó en su dirección.

Iwaizumi se movió con velocidad, en un abrir y cerrar de ojos estaba frente a él; había esquivado la bala con la superficie metálica de su espada. El rebelde volvió a disparar, una y otra y otra vez. Su primer oficial movía su espada cada vez para evitar que diera con Tooru, él sonrió al ver al otro, el pelinegro era un blandengue. No era como si esos simples proyectiles de plomo pudieran ser más rápido que él; pero Hajime era un caballero y siempre lo protegía.

Cuando las municiones se le terminaron, fue el turno de Oikawa en atacar.

Alargó su brazo y tomó al cuervo del frente de su camisa, lo arrojó hacia arriba. Sonrió cuando escuchó el crujir de la madera y del cuerpo. Se negaba a hacer esto en la asquerosa oscuridad de un sótano, además que quería ver al traidor en su repugnante rostro.

Saltó por la entrada de la compuerta y se encontró con el cuerpo del rebelde en el suelo, intentando ponerse de pie después del impacto con la tabla. El cuervo levantó su rostro para verlo a la cara, por lo menos la cucaracha tenía un poco de coraje.

—Tadashi Yamaguchi —llamó Oikawa—, conocido entre los rebeldes como «Gota Fantasma».

El rebelde tenía sangre bajando por su mentón, arrugó los músculos de su boca para escupirle a él. Tooru pateó su rostro antes que lo hiciera; el cuervo retrocedió varios pies por el golpe.

—¿Desde hace cuántos años realizas contrabando de los bienes de Ciudad Batería? ¿Alguien más trabaja con ustedes dos? —preguntaba Iwaizumi, Oikawa solamente ladeaba la cabeza, estudiando los movimientos del rebelde. Ningún músculo en su cuerpo se movía en señal de rendición.

Hajime se dirigía a un callejón sin salida, era evidente que todos los rebeldes estaban preparados para morir en cualquier momento.

—Suficiente —ordenó Tooru, Iwaizumi lo obedeció.

El de lunares en las mejillas tosía enfermamente, sus pulmones se escuchaban llenos de sangre y manchaba el piso con gotas escarlata.

—Es… —murmuró, interrumpido por un ataque violento de tos, seguido por jadeos—…muerte o…victoria…

Su mano se movió depositando una pequeña pastilla en sus labios.

Cianuro.

No, no, no dejaría que se escapara tan fácilmente.

Rodeó sus dedos en su cuello sin quebrarlo y lo enrolló en su dirección, su brazo volvió a tomar su forma normal; pero fue muy tarde el rebelde había mordido la píldora, apretó su cuello e impidió el camino del veneno bajo el trayecto sinuoso de su garganta.

El cianuro empezaba a bajar lentamente, Oikawa se encargaría de alargar sus agonizantes últimos minutos lo más que pudiera. Aun así la grotesca cucaracha lo miraba hacia abajo con odio, como si toda la situación pudiera tener otro resultado, y él pudiera derrotarlo. Como un cuento de hadas.

Pero esto era la realidad.

El cuervo escupió sangre con aversión sin aviso, Tooru, demasiado enfocado en cómo el veneno lentamente estaba asesinando cada célula de su cuerpo, lo notó un poco tarde y arrojó el moribundo cuerpo hacia la pared con fuerza; destruyendo la superficie, Yamaguchi cayó en el cuarto contiguo. Oikawa perfiló sus colmillos en una mueca de ira, ¿cómo se atrevía? La insubordinación de esos rebeldes sacudía su núcleo con odio.

Miró sus mocasines blancos.

Gotas de sangre habían caído y se mancharon.

No controló sus facciones y se encresparon de ira, ahora ése rebelde sabría con quién trataba. Iwaizumi se dirigía hacia el cuerpo pero Oikawa lo paró; lo volvió a coger con sus garras y lo lanzó en la pared contraria, moviendo su cuerpo como si fuera un muñeco de trapo.

Caminó hasta la figura deformada, esta vez cubierta por sangre. La piel oliva, llena de riachuelos escarlata, había dejado de moverse; seguramente por el veneno, si estaba fingiendo y solamente no tenía las fuerzas ni siquiera para retorcerse del dolor, Oikawa se aseguraría.

Pateó su rostro tan fuerte como para quebrar su cuello, el enfermizo sonido de un «crack», fue lo último que se escuchó. Su blanco pantalón se llenó de sangre, pero ya no se irritó.

—Quémenlo —ordenó a Iwaizumi—, pero antes, toma una fotografía y publícala por todo el mundo. Que mis ciudadanos sepan cuál es el precio de ser un anarquista, y que esos rebeldes sepan que ya no tienen ayuda aquí en la ciudad.


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