Zafiros y esmeraldas

Por: Wendy Grandchester

Capítulo 7 Sobrenatural y eterno


Con nuestras manos entrelazadas y ardiendo mirábamos todo al rededor. Es como si hubiéramos sido transportados a otra galaxia.

—Terry... ¿dónde estamos? ¿Qué está pasando?

—No lo sé, Candy...— Responde y mira todo al rededor con asombro. Nos miramos y nuestras ropas... son muy distintas... antiguas, de hace un siglo diría yo. Estamos en una casa, bueno, una que casi parece un castillo, como barroco, muy antiguo. De pie, en un salón, ante el fuego de una chimenea y afuera llueve mucho.

—Candy... ya sé dónde estamos... es sólo que no es así como lo recuerdo...

—¿De qué hablas, Terry? Todo esto está muy raro... ¿Quién eres tú? ¿Por qué siempre pasan cosas como estas cuando estoy contigo?— Me pongo histérica y le reclamo porque tengo miedo, miedo al mundo desconocido que se está abriendo ante mis ojos. Suelto su mano y la recupero en seguida porque el incendio en mi mano fue muy grande y lastima.

—¿Cómo quieres que yo sepa eso? ¿Por qué siempre noto que me culpas a mí de lo que nos pasa?— Me alza la voz y por costumbre me achico.

—No sé cómo estamos aquí, Candy. No comprendo el ardor que nos sucede, los sentimientos, el universo entero cambia cuando estoy contigo y no, no lo sé y no lo entiendo, pero... me gusta todo lo que me sucede fuera y dentro cuando estoy contigo.— Eso me lo dijo con voz firme, pero suave. Mirándome a los ojos y tomándome de las manos y siento que lo adoro desde ya.

—Lo siento, Terry. Yo siempre... te hago sentir menos...— Mis ojos se ponen aguados, lastimarlo me duele más a mí que a él porque sé que su alma es muy frágil.

—Lo soy todo cuando estoy contigo. No importa si estamos peleando la mayoría del tiempo.

—Pero yo no quiero que nos peleémos...

—Es inevitable cuando se tiene tanta pasión.— Me acerca y me besa y reconozco la pasión de la que habla. Terry es apasionado en todo. Su beso me libera de mis miedos y me da calma. Me pierdo en sus labios y en toda su presencia. Mi lengua ha aprendido a danzar con la suya y son los momentos más embriagantes y excitantes de toda mi corta existencia. Se separa de mí lentamente mientras su beso aún me deja mareada.

—Esta es nuestra villa de Escocia, Candy...

—¿Estamos en Escocia?— Abro mis ojos inmensos con incredulidad.

—Sí. He estado aquí varias veces, pero... no así... esta villa ha pertenecido a la familia por siglos, pero... yo la recuerdo remodelada... esto es casi medieval...

—Es hermoso aquí, Terry...— Dije eso porque así es como realmente lo siento. Hay algo en este lugar que me atrae como un mosquito hacia la luz. Mi corazón palpita muy agitado.

—Esto no puede ser posible... seguro estamos soñando.

—¿Y será posible que tengamos el mismo sueño? ¿Encontrarnos en él?

—No lo sé, Terry... estar contigo lo cambia todo, cambia todo como lo conocía... ya no distingo la realidad de los sueños...

—Pues si es un sueño, hagámoslo nuestro sueño, Candy.— Me acerca a él nuevamente, muy cerca y me vuelve a robar el aliento con un beso.

—En un sueño, podemos hacer lo que queramos porque es nuestro sueño y si además estamos concientes de que es un sueño, podemos hacerlo más largo.

Me toma de la mano y nos sentamos frente a la chimenea. Terry me recibe en su regazo y sus fuertes brazos me rodean mientras contemplamos el fuego.

—No quisiera despertar, Terry.

—Yo tampoco, Candy. No quisiera que este momento termine nunca... contigo no me siento solo.— Entierra su rostro en mi cuello y me aspira, yo cosquilleo por su respiración y él me aprieta muy fuerte.

—Me duele, Terry...

—¿El qué?

—Cuando hablas de tu soledad... tu rostro se vuelve triste y sombrío y de pronto te veo como un niño triste y abandonado...— Nuestras palmas ardieron con intensidad por unos segundos mientras yo lo miro directo.

—No dejes que esto te duela a ti, Candy. No quiero que nada que tenga que ver conmigo te inflija dolor... además, desde que te conocí ya no estoy solo. Ahora estoy contigo y tú llenas todos mis pensamientos. Haces más corto el tiempo.

—Y tú te has ido llevando mis penas. Estaba viviendo en una desesperanza profunda y según he ido, has ido adentrándote en mi alma... puedo sentir que vivo nuevamente, que Anthony ya no estará conmigo por más que le llore y le extrañe y que tu soledad y la mía pueden unirse y terminar por siempre.

Terry no dice nada. Sólo me abrazó muy fuerte, moliéndome los huesos, pero reconstruyéndome, haciéndome nuevamente y estoy cada vez más conectada a su alma y mientras me tiene entre sus brazos descubro que es ahí donde siempre quiero estar.

—Veremos juntos el amanecer, Pecosa.

—Juntos veremos muchas cosas, Terry.

—¿Ah sí?— Me gira de frente a él sobre su regazo y me mira con toda su arrogancia dejándome un suave beso en los labios. La travesura brilla en sus ojos.

—Sí. Voy ayudarte, Terry. Tú me has devuelto la esperanza y yo... yo quiero que salgas adelante. Quiero que este año sí te gradúes conmigo. No más repeticiones de curso adrede, Terry.

—No llevamos ni un día y ya estás de mandona.

—Hablo en serio, Terry. Tienes que seguir y salir adelante a pesar de tu padre. No tiene caso arruinar tu futuro por fastidiarlo a él. Eso no hará que él te quiera.

—Vaya, gracias.— Me recrimina y su abrazo se hizo débil. Sé que se molestó y no quisiera tenerme cerca.

—Terry... no quise decir que nunca te querrá o que no te quiere... lo que quiero decir es que... no consigues nada retrazando tu vida por fastidiarlo, por el contrario, estás dándole más motivos para que te aborrezca.

—Pues me importa una mierda si me aborrece. Lo ha hecho desde que nací.— Se altera y me grita, yo me encojo y me abrazo a mí misma, él se arrepiente.

—Lo siento, Candy. ...¿me tienes miedo?

—A veces... es que a mí nunca me gritan y tú siempre lo haces. Te molestas muy fácil...—Terry traga grueso y su rostro se descompone.

—No estoy molesto contigo. No te he gritado a ti directamente. Pero... intentaré cambiar eso para no asustarte. No quiero que me tengas miedo, Candy. Por favor... yo nunca te haría daño.—Me acerca y une su frente con la mía y está desesperado. Me aferra a él como si yo me fuese a desaperecer. Como si me fuera a escurrir de sus brazos.

—No te tengo miedo por lo que pudieras hacerme, Terry. Tengo miedo de lo que te haces a ti mismo por tus resentimientos... me duele verte autodestruirte. Me duele tu dolor.

—Pero no quiero que te duela. No quiero que sufras, Candy. Dime qué hago, ¿qué tengo que hacer para merecerte?— Me aprieta aún más fuerte y veo sus pupilas azules inundarse. Mi pobre arrogante, tan inseguro y creyéndose indigno de amor.

—Nada, Terry. Sólo amarte a ti mismo... para que puedas amarme a mí.— Se me queda mirando con ojos inmensos, como tratando de descifrar lo que he dicho, desentrañando un acertijo.

—Puedo amarte, Candy, pero en cuánto a mí... es que no me han amado...— Me dice y lo siento tan vulnerable y lo veo encogerse como un niño. Lo aprieto, lo abrazo y lo beso tanto. Quiero borrarle todo ese sufrimiento.

—No digas eso, Terry. Eso no es lo que he visto en tu casa. Tu madrastra te adora, te he escuchado llamarle mamá... tus hermanas... te aman. Vi los rostros de esas tres chicas deslumbrarse en cuánto te vieron y luego... luego estoy yo y me tienes aquí. En este mundo lleno de acontecimientos extraños... juntos hasta en sueños... haciéndome olvidar un gran amor... intentándolo por ti...

—Y no te arrepentirás, Candy. Seré mejor por ti. No me volaré más clases... no dejaré que te avergüences de mí...

—Terry... yo ya te adoré así como eres. No me da vergüenza estar contigo. Ten más fe en ti, tú vales mucho.

—Aún así... pienso tomar unos cursos avanzados para poder empezar la universidad el próximo semestre... no andarás con un quedado, Candy.

—Me alegra escuchar que digas eso. Pero no quiero que lo hagas por mí, sino por ti mismo. No dependas de nadie, Terry, ni siquiera de mí.

—Lo haré por ti, Candy. Por nadie más.

—Como tú digas, necio arrogante. Te extrañaré mucho en la escuela, entonces.

—Te visitaré siempre que pueda y además... también te tendré muy bien vigilada.— Me advierte alzando una ceja y luego me besa. Me río sobre sus labios y él me suelta.

—Lo digo muy en serio, Candy.

—¿Por qué tienes que vigilarme?

—Porque nunca falta el imbécil que le gusta hacer fiesta cuando el dueño no está.

—No te entiendo...

—Que eres mía y que no le dejaré oportunidad a ningún cabrón mientras yo no esté.

—¡Terry! ¡Ese vocabulario! Y además, es absurdo lo que dices... qué importa quién esté pendiente de mí, a mí sólo me importas tú.

—Ah sí, pero soy muy celoso, Candy. Soy muy, muy celoso y no me gusta ver a nadie deseando lo que es mío.

Y en ese momento, de un arrebato me besa fuerte, tan fuerte como lo fueron sus palabras. Sus brazos me envuelven de una forma muy posesiva. Me besa fuerte, duro y con desesperación. Quiere demostrarme con hechos lo que me dijo y con lo ardiente de su beso a mí no me quedan dudas de que soy completamente suya y que nunca en la vida querré otros besos que no sean los suyos. Me estoy enamorando de ese chico perdido y con el alma en recuperación. Lo quiero en mi vida y quiero estar en la suya. Lo quiero.

—Mira, Candy... ya amaneció.— Me abraza por la cintura mientras miramos por la ventana hacia un sol radiante y mañanero y volvemos a estar en el salón de su casa, en el presente...

—Feliz cumpleaños, Terry...— Cuando digo su nombre se escucha un eco que lo repite.

—¡Terry! ¡Candy! ¡Despierten!

—¿Qué? ¿Qué pasa?— Pregunta Terry desorientado y yo a penas abro mis ojos perdida igual que él. Me percato que me dormí sobre él.

—¡Dios! Mia, Gia, ¿no encontraron a nadie más a quién fastidiarle la mañana?— Se queja Terry estirándose y bostezando y yo me reincorporo lo más pronto que puedo. Entonces todo fue un sueño...

—¡No! Haznos desayuno, Terry.— Exige una gemela.

—¡Queremos hotcakes!— Demanda la otra y Terry sólos las mira como si no pudiera creerlo.

—¿Qué yo haga qué? Pídanselo a María y déjenme en paz.— Dice con fastidio y vuelve acomodarse para dormir, su cabeza en mi vientre y cierra los ojos como si nada. Yo me río y pienso en lo mucho que me gustaría tener hermanos, aunque fastidien.

—Terry... ya dormiste mucho...— Una de las gemelas hace un puchero mientras tira de su brazo.

—Y me gustaría seguir haciéndolo. Vayan a fastidiar a María.

—María no nos hace figuras en los hotcakes...— Dice la otra con tristeza y haciendo el mismo puchero de su gemela.

—¿Ah no?

—No...— Responden al unísono.

—¡Pobrecitas! Yo tampoco. Ya déjenme dormir.— Las niñas dan la espalda dispuestas a marcharse todas tristonas y se me parte el alma.

—Yo les haré los hotcakes.— Me ofrezco y ellas se giran asombradas y sus sonrisas valen un millón. Se ven tan lindas con sus pijamas y sus trenzas.

—¿Tú?— Me pregunta una.

—Sí.

—¿Con figuras?

—Bueno... lo intentaré...

—¡Sí!— Exclaman más que emocionadas. Le doy un beso al bello durmiente del sofá y dejo que las gemelas me guien a la cocina.

—Buenos días, Candy. ¿Durmieron bien?— La señora ya estaba en el mostrador desayunando y me saludó sonriente y muy alegre. Me sentí un poco tímida.

—Buenos días, señora... Leia...

—Mami, Candy nos hará hotcakes con figuras.— Contenta dice una gemela y el rostro de la señora se desfigura por completo.

—¿Cómo? ¡De ninguna manera! Candy es la visita. Pero qué maleducadas son las dos.—Les reprende ella y las chicas bajan la cabeza con pesar.

—No se preocupe, señora... yo fui quien se ofreció...

—Sí, mami, porque Terry no quiso y nos hechó de la sala.— Explica una gemela indignada y yo me río.

—¡Terry! ¡Es su cumpleaños! Nosotras deberíamos estar haciéndole el desayuno y no al revés...— Dice de pronto Leia acordándose y me consta entonces cuánto quiere a Terry.

—Yo me encargaré, Leia.

—¿Estás segura?

—Claro. Soy una repostera de primera.— Ella me sonríe y asiente.

—¿Te gusta repostería?

—Desde niña.

—¡Y a mí!— Exclama ella con un asombro casi infantil y rejuvenece diez años de pronto.

—Haremos el desayuno y el pastel de Terry. ¡Sí!

María nos buscó delantales a todas y se retiró sintiéndose desplazada. Veo a Leia y las gemelas buscar todo los ingredientes para el pastel mientras yo preparo la mezcla para los hotcakes y las gemelas me van pasando moldes de las princesas de Disney.

—Haremos un tres leches, es su favorito.— Veo la dedicación que pone Leia en lo que hace y me llega al alma, tal vez ella no lo parió, pero lo quiere y eso se nota más allá de la vista.

—Ya, así está bien, Gia, no lo batas más. ¿Qué figura quieres?

—¡Ésta!— Me da un molde en forma del zapato de cristal de Cenicienta. Ya la plancha está caliente y lista, coloco el molde y vierto la mezcla mientras Gia, que ya aprendí a diferenciar de Mia observa el proceso con ensoñación.

—Y yo quiero la corona.— Mia me extiende el molde y mientra realizo el mismo proceso, mira todo con el mismo gesto de su hermana. La niñez sin duda es hermosa... y la adolescencia, también, ¿por qué no?

Cuando Leia tenía el pastel metido en el horno, yo ya había hecho bastante hotcakes para todos. Había uno en forma de cupcake y decidí que era para Terry. Le puse syrup y se lo decoré con bayas frescas y nata.

—¡Terry! Por fin despertaste. ¡Mira! Candy hizo tu desayuno.— Dice Mia.

—Y mamá te está haciendo un...— Gia no terminó porque su hermana abruptamente le tapó la boca con las manos porque estuvo a punto de arruinar la sorpresa.

—Felicidades, Terry...— Sonrío con timidez y le extiendo el plato con el cupcake de hotcake que hice para él. Terry lo mira asombrado.

—¿Tú lo hiciste para mí?— Pregunta muy sorprendido mirándonos a todas y su madre sonríe casi a punto de llorar. Feliz por él.

—Ujum...—Terry toma el plato y me da un beso en los labios que me hizo sonrojar.

—¡Se besaron! ¿Lo viste, Gia?— Dice la otra gemela y me puse tan roja como las frambuesas que le puse al cupcake de Terry.

—Ya, niñas, déjenlo en paz.— Dice Leia y todos nos sentamos en la mesa.

—¡No! Espera, Terry.— Una de las gemelas hizo que Terry se asustara y se le que cayera el tenedor antes de cortar el primer pedazo de su "pastel".

—¡La vela!— La otra gemela abrió una gaveta y sacó una velita azul y la enterró en el cupcake que por suerte me quedó bastante esponjadito y pudo sostener la vela. Leia sonriente la encendió.

—¡Espera!— Gritó la gemela y Terry se quedó con los cachetes inflados en pausa cuando se proponía soplar.

—¿Ya has pensado tu deseo?—Pregunta la otra y Terry pone los ojos en blanco.

—Sí. Que ustedes se muden a la luna y me dejen por fin comerme mi desayuno.

—Pero como lo has dicho, no se te cumplirá.— Responde una de ellas con triunfo y Terry vuelve a poner los ojos en blanco. Sopla la vela por fin y las chicas aplauden. Me estoy disfrutando este momento al máximo.

—¡Espera!— Terry vuelve a dejar caer su tenedor cuando iba a cortar el pedazo de hotcake y mira a sus hermanas con fastidio.

—¿Ahora qué?

—Nada. Era una broma. Jajajaja.— Todas nos morimos de la risa. Esta será una mañana que nunca olvidaré. Comíamos y charlábamos como si yo fuera parte de esa familia y todo era risa. Terry se sentía feliz y yo me sentía feliz por él.

—¡Oh no!

—¿Qué pasa, Candy?

—Que no he llamado a mis padres. No saben que estoy aquí.— Recuerdo alarmada y con preocupación.

—No te preocupes, Candy. Yo los llamaré.— Se ofreció la madre de Terry y eso me dio mucho más tranquilidad.

—Te han dado permiso de pasar el día de hoy con nosotros, Candy. Podrás seguir celebrando con Terry.

A Terry le brilló el mundo cuando esuchó eso. Hacía rato que habíamos terminado de desayunar, pero era sábado y la estábamos pasando tan bien, que seguíamos en la mesa riendo y charlando.

—Buenos días.— Se escucha de pronto una voz de hombre fuerte y grave. Todas nuestras caras voltearon a verlo.

—¡Papá!— Gritan las gemelas y salen a recibirlo. El señor las besa a ambas y carga a una de ellas. Entonces lo miro y me quedo de piedra. Es exactamente igual a Terry. Idéntico, sólo que mayor y me doy cuenta de que así se verá Terry en unos veinte años más porque el señor además de guapísimo, se ve muy joven. Le da un beso casto en los labios a su esposa y aún no se dirige a Terry.

—Comezaron a celebrar sin mí.— Dice y aún no ha notado mi presencia. Noto a Terry muy tenso.

—No te esperábamos.— Responde Terry con total indiferencia y el rostro del señor se apaga y se tensa tanto como el de él.

—No he olvidado tu cumpleaños, Terrence. Felicidades. Toma.— Le entrega una postal y Terry la toma con la misma indiferencia. Sé que contiene dinero.

—¡Wow! Has sido muy generoso esta vez.— Dice Terry con sarcasmo mientras saca el fajo de billetes.

—¿Insinúas que soy tacaño?—Levanta una ceja exactamente igual que su hijo. ¡Dios! Si no fuera por la diferencia de edad, no los distinguiría.

—Uy no, para nada, ¡Dios me libre de semejante blasfemia!

—Déjate de tonterías, Terrence. Me enteré de que en las últimas dos semanas... no te volaste ni una clase... que además aprobaste dos exámenes con excelencia y... me llegó la solicitud con el permiso de un curso avanzado para que puedas entrar a la universidad.— Su madre se queda de piedra, también yo y veo alivio en el rostro del señor, hasta sonrió.

—Ah, ya decía yo.— Terry se está poniendo intransigente y le di un codazo. Me miró y me hizo un puchero luego de murmurar un ouch casi inaudible y sobarse el brazo.

—Entonces el amor lo puede todo.— Dice Leia y en seguida nuestros rostros y el del señor se desconciertan.

—¿Cómo?— Pregunta el señor y por fin, al correrse Terry un poco hacia el lado, él me ve.

—Lo siento, no sabía que teníamos visita. Disculpe.

—No se preocupe, señor, yo soy...

—Es Candice White Andrew. Mi novia.— Me presenta Terry y me quedo en shock. ¡Su novia! Su padre también se quedó en shock, pero no comprendí la razón.

—¿Cómo has dicho?— Pregunta sorprendido.

Continuará...


¡Hola!

Buena víspera de fin de semana. Espero que les haya gustado este capítulo.

Gracias por comentar:

Ingrid quintulen, rose, norma Rodriguez, LizCarter, Maria De Jesus L H, kary klais, Amy C.L, Eri, Laura Grandchester, zucastillo, WISAL, dulce lu, Mon Felton, Zafiro Azul Cielo 1313

Hasta la próxima,

Wendy