Derechos: Los personajes le pertenecen a S.M, quien es la que nos hace soñar con cada uno de ellos, cualquier otro personaje que no sea identificado, es totalmente mío, como la historia.
Advertencia: Historia adulta (+18) alto contenido de violencia, crímenes y torturas. El que advierte, no pierde.
(Sin beteo)
Felix Volterra… aquel nombre le llevó malos recuerdos a su mente. Recuerdos que no deseaba tener y que había hecho todo lo imposible para borrarlos. Había tomado la mejor decisión si quería seguir adelante y rehacer su vida. Lo estaba haciendo bien con Edward, o eso era lo que ella creía ya que la navaja en el bolsillo de su jersey pesaba cada vez más.
Respiró hondo, tratando de recomponerse. No era inteligente caer en un ataque de histeria frente a las personas que trabajaban para su padre.
Angela la estaba viendo con una expresión extraña, las risitas y guiños de ojos que la habían saludado, habían desaparecido y se tornó seria y temerosa. Su rostro lo dijo todo, había caído en cuenta quién era Felix Volterra. Lo sabía, aunque ella no había estado trabajando en ese tiempo para La Reserva, los chismes corrían a velocidad de la luz. Y su secretaria no había sido la excepción de la regla.
—¿Quién es? — preguntó mientras avanzaba hacia su oficina. Pero antes de que Angela pudiera responder, los ojos de Isabella se enfocaron en la que alguna vez fue una de sus amigas en el instituto. —Renata— murmuró, con lágrimas en sus ojos. No había visto a su amiga desde que se graduaron.
—Deberías darme el secreto de la juventud eterna— Renata se le lanzó encima, envolviéndola entre sus brazos, intentando bromear con la pesadez que sentía en su pecho. Ella era alta, muy alta, de sangre Italiana, con grandes ojos azules y cabello negro como la noche. Su perfume no había cambiado con el pasar de los años, y transportó a Isabella a un pasado donde todo era perfecto. Isabella pasó sus brazos alrededor de su cintura y la apretó más a su cuerpo. Cuando había extrañado a su amiga.
—¡Qué dices, loca! — Isabella echó su cabeza hacia atrás para enfocarse en sus ojos zafiros. —¿Qué haces por aquí?
—Bueno, querida, por más que quiera pasar tiempo contigo, ahora me es imposible. Solo vine aquí a darte algo y me iré, espero que podamos vernos otro día.
Isabella pestañeó aturdida; su amiga recién llegaba y ya se iba.
—Dime que estás hospedada aquí. Haré que te den la mejor cabaña y…
—No, tranquila— Renata sonrió con nostalgia, interrumpiéndola.
La tristeza reflejada en los ojos de su amiga le oprimió el corazón. Si hubiesen sido otros tiempos, ellas hubiesen saltado como niñas pequeñas abrazadas.
—Estoy en Port Angeles acompañando a mi novio en unos negocios, he aprovechado para escaparme a verte— Isabella le señaló el asiento a su espalda. La expresión de Renata la alertó. —quiero enseñarte algo, Bella.
Renata dejó caer un sobre manila sobre el escritorio. Isabella la miró confundida.
—¿Qué es eso?
—Es esto— debajo de la chaqueta, sacó una fotografía y la puso en manos de Isabella. —Es Feliz Volterra.
Efectivamente, Felix Volterra estaba en la fotografía. Con tan solo echarle una ojeada, sabía que era él. Su esposo. El que la había enviado a la cárcel y el que había sido el causante de la muerte de su propio hijo. Las manos le temblaban, pero del coraje, de las ganas que tenía tenerlo frente a ella y matarlo como decían en aquella denuncia. Tuvo que sentarse porque su mundo dio un vuelco por completo y parecía que en cualquier momento iba a colapsar.
Isabella dejó la foto sobre el mostrador, impactada. Era él... sin dudas. Y con su "mejor amiga".
—Vaya... — murmuró. —¿puedo quedarme con esta foto?
—Claro, no hay problema. También me tomé la molestia de mandarlo a investigar, dentro de ese sobre están todos los datos y demás fotografías. Soy abogada, Bella y esto, lo que te pasó a ti, es un delito aquí y en el fin del mundo, pero la justicia solo puedes hacerla tú, con tus propias manos.
—Muchísimas gracias por confiar en mí, Renata. No sabes todo el peso que cae de mis hombros en este momento.
—Siempre creí en ti, Bella. Y hazle saber a Felix que el que juega con fuego, se quema.
Renata se puso de pie y envolvió a Isabella en un estrecho abrazo. Puede ser que nunca más se vuelvan a topar, puede que lo hagan en un futuro pero de algo estaba segura; de la mirada rabiosa en los ojos de su amiga. Felix y Jane iban a pagar por cada lágrima y sufrimiento que ella había pasado. Un último abrazo, y Renata abandonó la oficina.
.
Había pasado más de tres horas viendo y leyendo todo lo que Renata le había dado. Ella sabía que la muerte de Felix era mentira, un vil engaño pero no había dicho ni una sola palabra porque luego creerían que estaba loca. Ahora entendía porqué nunca habían encontrado el cadáver, ni rastros de él. Y aun así la habían acusado injustamente. Ella lo iba a hacer pagar por cada sufrimiento y segundo que paso en la cárcel y no precisamente enviándolo allí. Guardó todo en el sobre con una tranquilidad que hasta a ella la conmocionaba y salió de la oficina; su primer paso sería encontrar a Edward. Lo necesitaba.
—Angela, tenemos un problema con un hotel en Arizona, reserva dos boletos nuestros nombres para mañana a primera hora. — ordenó cuando pasó por el escritorio de su secretaria. No deseaba involucrarla en sus asuntos pero necesitaba una cuartada. Prevención.
Salió de La Reserva, directo hacia el departamento de guardabosques de La Push para hablar con Edward, pero a medida que se acercaba, se fue dando cuenta que su camioneta vieja no estaba parqueada en su puesto de siempre. Lo más seguro era que Edward ya había salido de su turno o que no había ido a trabajar. Aun así, entró en la pequeña cabaña; era acogedora, más parecía un paradero turístico que una oficina de oficiales guardabosques. Tenia una chimenea que daba calor y una gran alfombra afelpada que cubría casi todo el suelo, daban ganas de caminar descalza para sentir la suavidad bajo sus pies.
Un hombre que vestía un uniforme, estaba detrás de un gran escritorio de roble, mirándola atentamente.
—¿En qué puedo ayudarla, señora Volterra? — preguntó el oficial.
Señora Volterra… la carne se le puso de gallina, quería corregirlo pero aquella voz la envió al filo de un precipicio. Aquel oficial era el que la arrestó cuando la encontró deambulando por el bosque que rodeaba la reserva. No llamó a sus padres, ni le permitió buscar a un abogado. Sus manos se cerraron en puño, conteniendo las ganas de tirársele encima y acabar con él.
—Estoy buscando a Edward Masen— susurró, mirando hacia todos lados menos a ese hombre.
El oficial se aclaró la garganta, llamando la atención. Isabella observó cómo se acomodó en su silla y le lanzó una mirada cargada de significado, inquietándola. No debería sentirse temerosa, después sospecharían algo de Edward y lo que menos deseaba era verlo condenado.
—El oficial Masen se encuentra de viaje con su padre. Pero si tiene algún problema, cualquiera que trabaje aquí está totalmente capacitado, como él.
—Sí, lo siento. Es que necesito que me ayude con un pequeño problema que se ha presentado— mintió. —Tengo entendido que él conoce la zona como la palma de su mano y tenemos hospedados tres cazadores certificados que desean un tour.
—Bueno, señora Volterra; todos mis oficiales conocen la zona, si desea puedo enviarle al más calificado para que la ayude.
—Sí, gracias, oficial Dwyer. Estaría muy agradecida que esté antes del término del día y hable con mi secretaria, ella tiene todo los datos que se necesitan.
El oficial asintió hacia Isabella en forma de despedida, ella le regresó el saludo y se dio la media vuelta.
—¿Oficial Dwyer? — lo miró por encima de su hombro.
—¿Sí?
—No soy la Señora Volterra. Soy Isabella Swan. Volterra es el peor error que cometí en mi vida. — Dicho esto, continuó con su camino.
Ella no era más Isabella Volterra, porque esa Isabella había sido la culpable de todas sus desgracias.
La sangre le hervía del coraje, solo necesitaba encontrar a Edward para aclarar la situación. No quería que él piense que lo iba a utilizar, pero si él se ofrecía, ella no se iba a negar a la ayuda, que la necesitaba. Y también necesitaba la fuerza de Edward.
Iba a regresar por su auto a La Reserva y luego iría a Forks, alguien tendría que saber dónde era la casa del Jefe Masen. Porque su presentimiento le decía que allí encontraría a Edward. Y que Carlisle tenía algo que ver en la desaparición de su hijo.
Cuarenta y cinco minutos después, Isabella ingresaba al pueblo. Se dirigía al supermercado para tratar de escucha algo. Sino preguntaría. Se parqueó y bajó de la camioneta, no tuvo que caminar mucho cuando vio a Carlisle saliendo de la peluquería y encaminándose hacia la vieja camioneta de Edward. Y Edward iba tras de él, casi sin cabello, la sudadera ancha y la cabeza gacha. Su corazón le dolió al verlo así porque aunque pareciera una escena de lo más normal, ella sabía lo que se escondía detrás del telón; un hijo sin su padre y un padre que nunca lo fue. Tenía que sacar a Edward de allí, de alguna manera llegaría a él.
Carlisle se subió al lado del pasajero y Edward al conductor de la camioneta, antes de sacar el auto miró por espejo retrovisor y la vio allí. Quería salir y abrazarla, besarla y prometerle que nunca más la dejaría, pero como su padre le había aconsejado; no era lo más inteligente que hacer. Eso no era amor. Amor era dejarla libre y que continue con su vida.
Por un momento sus miradas conectaron y Edward vio el dolor y el miedo reflejado en sus ojos. Algo le pasaba a Isabella para que ni siquiera le haya sonreído. Solo fue una fija y distante mirada que no podía soportar.
—Edward— dijo Carlisle, tratando de que Edward no abandonara el auto en pleno parqueadero. Él regresó a verlo, pero la mitad de su cuerpo estaba fuera, listo para correr hacia ella. —No lo hagas. No eres para ella.
Por primera vez en su vida, Edward acalló las palabras de Carlisle y salió de la camioneta para dirigirse a la de ella. Sus ojos le gritaban que ella no estaba así por él, algo realmente malo le había pasado. Porque aunque ella quisiera parecer fuerte y de acero, por las venas le corría sangre caliente y tenía un corazón que latía. Trotó para acercarse más rápido. Qué estúpido había sido al creer las palabras de su padre.
Estando a una distancia prudente, Isabella se arrojó a sus brazos y comenzó a sollozar contra su pecho, haciendo esfuerzo se metió a la camioneta con ella y la ubicó sobre su regazo, abrazándola fuertemente.
—Lo voy a matar, Edward, lo juro. — hipó.
El cuerpo de Edward se tensó, si Isabella decía que iba a matar a alguien, hablaba en serio. Entonces, ese alguien le hizo algo a Isabella para que esté así de mal. Ella no iba a matar a alguien, él lo iba a hacer. Tenía que protegerla, esa había sido su promesa una de las tantas noches que la observó pacíficamente dormida.
Con Isabella aferrada a él, salió del pueblo y se dirigió hacia la cabaña. Ella se calmó en el camino pero su agarre a la camisa, no aflojó. Cuando llegaron, Edward la alzó en sus brazos e ingresó al calor de la cabaña, la dejó sobre el sofá mientras iba por una colcha para quitarle la ropa y dejarla descansar cómodamente, ya que ella se había quedado dormida.
La envolvió en una manta, dejando los pies de Bella fuera. Se suponía que debía darle calor pero necesitaba urgentemente algún contacto piel con piel para saber que estaba con ella y que no era un sueño. Le sacó las botas y los calcetines. Sus dedos se curvaron alrededor de sus pies y comenzó a frotarlos para calentarlos.
Se sentía de maravillas. Estar en su cabaña, el lugar donde la magia pasaba entre ambos, era surrealista. ¿Cuantas veces se paseó por toda la casa de su padre intentando salir? Y sin embargo, se frenó en medio camino porque había permitido que su padre se interponga entre él e Isabella. Ya no podía permitirlo porque lo estaba dañando más a él que a nadie más en el mundo.
La leña que se estaba consumiendo en la chimenea se estaba acabando. Le cubrió los pies y se paró, dejando un beso en la frente de Isabella. Si se ausentaba unos minutos ella ni lo iba a sentir, estaba muy agotada como para que esté pendiente de él. Se tenía que recomponer para que le cuente lo que le había pasado.
Salió de la cabaña, poniéndose su chaqueta. Estaba acostumbrado al frío pero estaban en pleno invierno y todo terreno estaba cubierto de nieve. Se detuvo un poco a ver el paisaje frente a él y a pensar cuánto ha cambiado su vida desde que aquella muchacha de ojos color chocolate fundido había entrado en ella. En él, un ser bipolar, había profundizado más en su enfermedad; habían veces que se sentía seguro, que le encantaba ver el rostro de Isabella sonreír, que ella le juegara bromas y que sea ardiente en la cama. Pero había otras veces que creía que él no merecía toda esa alegría y que así como había llegado se iría; le aterroriza pensar que tan solo le dieran a probar cómo es la vida normal de un hombre y que en cualquier momento desaparecería.
Fue hacia la parte de atrás de la cabaña para toparse que apenas había unos cuantos trozos de leña. Se reprendió porque las últimas semanas, él se encargaba de abastecer la cabaña con la leña para la chimenea. Isabella había estado pasando los dos últimos días con la poca provisión; podría haber muerto de hipotermia. El pensamiento lo hizo estremecer. Llevaba semanas sin siquiera pensar en Isabella, sangre o muerte en la misma oración.
Escuchó unos pasos fuera mientras buscaba el hacha para cortar la leña. Sonrió pensando en que podía ser Isabella quien se despertó de su siesta y al no verlo, se decidió por buscarlo, lo cual le hizo agrandar su sonrisa. Le resultaba desconcertante que alguien se preocupara por él y lo sobreproteja, sobre todo si esa persona era una de un metro sesenta y de ojos chocolates. Los pasos se hacían cada vez más cercanos, por lo que su cuerpo se puso alerta y los vellos de su cuerpo se erizaron. Esa reacción era automática y pertenecía solamente a una persona: Carlisle Masen.
Y ahí estaba Carlisle Masen, parado en al lado de un tronco de árbol cortado por la mitad y que él usaba para hacer leña; sin uniforme de la policía, un bastón que había comenzado a usar para caminar a causa de un tobillo torcido. Llevaba pocas horas de haberlo visto por última vez y parecía más viejo, más acabado. Pero inmediatamente Edward se envaró y dejó esa postura relajada por una erguida y tensa, a la defensiva.
—He venido para llevarte conmigo; quieras o no. — la voz de Carlisle sonó decidida y fría.
—Siento que hayas hecho todo el viaje para recibir un no por respuesta— Edward le señaló hacia afuera, invitándolo a que abandone la propiedad.
Carlisle se asombró por el tono de voz fuerte que Edward había empleado. Él nunca le había respondido de mala manera, ni siquiera se atrevía a no acatar sus órdenes.
—Edward, hijo, — Carlisle se acercó un poco más hacia su hijo, a pesar de que una densa capa de nieve cubría el suelo y que su bastón se enterraba cada vez que él apoyaba su cuerpo en él— esa mujer…
—Esa mujer es mi mujer y no permitiré que nadie me separe de ella, ni siquiera tú. Y ya no hay tus chantajes sobre que yo no soy para ella porque en realidad, yo soy de ella. Ella es la única que puede decir si me quiere lejos o cerca. Y, por cómo se aferró a mi cuando me acerqué, dudo mucho que me quiera lejos. Así que, vete para tu pueblo y déjame en paz.
—Está bien, no quieres venir conmigo, con el hombre que le debes tu vida, entonces te querrás ir con la policía. Voy a llamar y a decirle quien es El Descuartizador. Vas a ver como ella no te querrá cerca. Porque a pesar de que estuvo acusada por asesinato, ella es inocente. Y verás la venda caer de sus ojos. — alzó el bastón y apuntó hacia la casa. —Ella no te ama.
—Tú tampoco me amas. — Edward dijo acercándose a él; sus ojos oscurecidos y las facciones tensas. Su metro ochenta se alzaba imponente sobre su padre. —Lo que te pasa es que tienes un ataque de consciencia por lo que le hiciste a mi madre. Nunca me has dado amor, he hecho de todo para obtener un poco de tu atención, hasta convertirme en lo que soy.
—Voy a hacer lo que debería haber hecho hace años: enviarte a la cárcel. Quizás obtengas una cadena perpetua. — dio media vuelta y comenzó a arrastrar sus pies en el granizo, mientras buscaba algo en los bolsillos de su chaqueta.
Edward observó alejarse. Pensó que su respiración iba a ponerse errática delante de su padre y él no quería demostrar ningún signo de debilidad. A Carlisle le gustaba verlo sufrir, era como un alimento para él, pero aquello lo había aprendido demasiado tarde. Deseó que aquel hombre desaparezca de su vida y le permita vivir como él quisiera, pero sabía que mientras siguiera con vida, el miedo de que en cualquier momento se encuentre rodeado de la policía, estaba atacándolo en carne viva.
Suspiró pesado mientras hacia un barrido con su mirada al alrededor. Tenía que encontrar una forma de evitar que su padre, o el él que creyó que lo era, lo delate algún día.
No podría vivir en la cárcel; seria su sentencia de muerte. Antes no le hubiera importado pero, ahora que conocía a Isabella y que se había enfermamente enamorado de ella, no sobreviviría sabiendo que otro hombre en el mundo exterior haría que ella se olvide de él. Era un egoísta. Debería dejarla libre pero esa era su naturaleza.
Caminó tratando que sus pisadas no sonaran en el suelo, cogió el hacha y de la misma manera, se acercó a Carlisle y lo atacó con el mango de la hacha dejándolo caer inconsciente.
¿Qué había hecho? ¡Había matado a su propio padre! Edward cayó de rodillas al lado del cuerpo.
—¿Por qué lo buscaste, papá? — sollozaba.
Él no sentía nada a su alrededor; ni el aire pesado y frío que lo rodeaba, ni la mirada de Isabella que había presenciado toda la discusión.
Isabella tenía que haber evitado a Edward. Haberlo detenido porque sabía perfectamente cómo iba a sentirse después, pero no lo hizo porque él lo necesitaba. Edward necesitaba saber que con Carlisle muerto, él era completamente libre.
Hello por aquí! Pido disculpas por atrasarme MILLÓN con este capítulo, pero no salía para nada. Mas aquí está. Como pueden vr no está beteado por lo que no deseaba dejarlos seguir esperando, pero cuando arregle ese asunto, les actualizo sin HORRORES.
Este capítulo está dedicado a mi Sool que queria muerte a Carlisle. Aquí está lo que tanto pidió, así que espero que le guste.
Gracias por sus huellitas en los reviews, alertas y favoritos. Gracias por la espera.
Besos,
Mel de Lutz.
