Tu nombre es John y eres un príncipe

Al día siguiente, tal y como había dicho, Sherlock volvió al bosque y se encontró de nuevo con John en el mismo lugar. Igual al día siguiente, y al siguiente. Hasta que llegó el cumpleaños de John.

–¿Quieres venir a mi fiesta, Sherlock? Nunca hemos tenido invitados, y me gustaría mucho que vinieras—dijo John tumbado sobre la hierba junto a Sherlock, mientras ambos miraban el cielo azul despejado de nubes.

–Me encantaría, Hamish—respondió Sherlock. Y a tientas, encontró la mano de John y entrelazó sus dedos con los del otro.

Mientras tanto, en la cabaña, las tres hadas organizaban la fiesta sorpresa que tendría lugar horas después, en cuanto John llegara.

–Tengo todos los ingredientes listos, voy a empezar a preparar el pastel—dijo Molly colocando todas las cosas sobre la mesa de la cocina.

–Yo voy a hacerle un traje digno de un príncipe—dijo Martha sacando las telas de color rojo oscuro del interior de un baúl.

–Y yo voy a buscar las varitas—dijo Mycroft subiendo las escaleras al piso superior.

–¿Las varitas? ¡No! ¡Nada de magia! –exclamó Martha deteniendo a Mycroft y alcanzándole para arrastrarle hasta un taburete.

Mycroft se subió a desgana.

–Pero hoy cumple dieciocho años, en cuanto se haga de noche, la maldición quedará olvidada—se quejó.

–No podemos correr ningún riesgo—siguió Martha. –Y ahora estate quieto, tú serás mi maniquí, no importa que estés gordo.

–Pero tú no sabes coser—se silenció cuando Martha le cubrió hasta la cabeza con la tela roja.

–Es muy sencillo.

–¡Necesitamos la magia! –vociferó Mycroft cada vez más molesto.

Martha le ignoró y comenzó a cortar la tela.

–¿Qué estás haciendo? –preguntó Mycroft.

–Empiezo por la casaca. Luego haré el calzón, así que no te muevas—canturreó la mujer de lo más ilusionada.

–Es horrible el color rojo. Debería ser azul—apreció Mycroft con cara de disgusto.

–Se verá lindo vestido de rojo, no digas tonterías—a pesar de que Martha le respondía, parecía estar metida en su propio mundo, pinchando alfileres en la tela y midiendo a Mycroft por todas partes. –Fue lo que decidimos.

–Tú lo decidiste.

Cuando Mycroft comenzó a ver cómo estaba quedando la ropa, se fijó en que parecía el envoltorio de un caramelo.

–Se ve horrible.

–Es porque tú lo tienes puesto—dijo Martha cortando más tela. –Hamish es más delgado que tú, y más bajito también.

–Pero ha crecido mucho... –dijo Mycroft melancólico de pronto, contagiando a las demás. –Y parece que fue ayer cuando le trajimos a vivir aquí.

–Sí... era muy pequeñito—dijo Molly emocionada.

–Y ya mañana se convertirá en príncipe y no tendremos más a nuestro pequeño hijito—dijo Martha con lágrimas en los ojos.

–Ya sabíamos que este día tenía que llegar... –dijo Mycroft haciéndose el estoico.

–Pero llegó muy pronto—dijo Molly removiendo la masa del pastel.

–Después de todo le hemos tenido durante dieciocho años. Tenemos que dejar de portarnos como tontos—dijo Martha. –¡A trabajar! No sea que vaya a regresar antes de que hayamos terminado.

Lamentablemente, tal y como Mycroft había pronosticado, Martha, que no sabía coser, hizo una ropa espantosa, y la tarta de Molly era un desastre que se caía a pedazos. Así que no les quedó otra que hacer uso de las varitas, cosa que acabó llamando la atención de uno de los secuaces de Janine, descubriendo su escondite finalmente.

Cuando John volvió a casa, lo primero que encontró fue un hermoso traje de gala con detalles y botones en plateado ; que gracias a la aportación mágica en el último segundo de Mycroft, era de color azul. Y una tarta con dieciocho velas encendidas.

–¡Sorpresa! –gritaron los tres al unísono saliendo de su escondite.

Lo cierto es que John se esperaba una tarta poco comestible hecha con todo el cariño del mundo por su tía Molly, pero la que le habían preparado tenía buena pinta, y además estaba aquella ropa tan hermosa, que pensó sería perfecta para la fiesta y para recibir a Sherlock.

–Gracias—dijo abrazando uno por uno a sus parientes.

–Feliz cumpleaños—le dijeron orgullosas Molly y Martha. Al tiempo que Mycroft le pellizcaba las mejillas.

–Os agradezco todo esto. Gracias tía Molly por el pastel. Es muy grande, así que él también podrá comer un pedazo—dijo John entusiasmado.

–¿Él? –preguntaron las tres hadas confundidas.

–Un amigo que he invitado... Es... Un amigo especial. Os caerá muy bien.

–¿Has hecho amistad con un extraño, Hamish? –Martha estaba escandalizada, igual que los demás.

–Bueno, ya no es un extraño. Lo conocí hace unos días. Es maravilloso.

–¿Acaso estás enamorado? –. Ahora fue el turno de Molly de preguntar al ver la actitud de John con aquel brillo en los ojos.

–Sí—reconoció el chico sin rodeos. –Y él también creo que lo está de mi.

–Eso es terrible—dijo Mycroft.

–¿Terrible? ¿Por qué? –preguntó contrariado John. Vale que tenía prohibido hablar con desconocidos, pero a día de hoy, Sherlock no era tal. Y había demostrado que no era peligroso. –No olviden que hoy cumplo dieciocho años. Ya soy un adulto.

–No se trata de la edad... –dijo Martha pensando en las palabras adecuadas. Tal parecía que había llegado el momento de revelar la verdad.

–Ya estás comprometido, Hamish—dijo Molly apenada.

–¿Comprometido?¿Con quién? –preguntó afectado.

–Desde que naciste, para casarte con un príncipe—continuó Martha.

John entonces se relajó.

–Eso es imposible, para casarme con un príncipe, yo tendría que ser...

–Un príncipe también—completó Mycroft. –Y lo eres. Eres el príncipe John.

–¿John? ¿Qué...? Me llamo Hamish—John había entrado en estado de negación absoluta.

–Eres hijo del rey Henry y la reina Ella. Y esta noche te devolveremos al palacio con ellos—siguió Martha.

–¡No! ¡Yo debo estar aquí! ¡Él va a venir!

Molly le tomó de las manos.

–Lo siento, John, pero no debes volver a ver al joven ese.

–¡No es justo! –gritó antes de salir corriendo escaleras arriba.

Lo que ni John ni las hadas sabían, era que el sirviente de Janine había estado escuchando toda la conversación.

–¡Venga, Sherlock! ¡Nos vamos! –gritó Arthur a su hijo desde la puerta del dormitorio del muchacho mientras éste terminaba de vestirse.

–Yo no voy a ninguna parte contigo—dijo terminando de ponerse los zapatos.

–Oh, claro que vendrás. Tenemos que estar con Henry y Ella para recibir a John.

–Y yo te digo que no voy a recibir a nadie.

–Sherlock...

–Padre, es inútil. Desherédame si quieres, pero estoy enamorado y John me importa un comino.

Arthur parpadeó varias veces, incrédulo.

–¿Enamorado? ¿De quién?

–De un campesino.

–¿De un...? –y Arthur se quedó boquiabierto.

–Y si tengo que casarme con alguien, lo haré con él.

–¡No puedes hacerme eso a mi! –Arthur comenzó a alterarse, pero Sherlock terminaba de vestirse para marcharse a casa de John, a la fiesta de cumpleaños.

–¿Qué te he hecho? Siempre me negué a ese matrimonio concertado. Y si me disculpas, me voy a la cabaña para verle.

–¡Renunciar al reino! ¡A la corona! ¡¿Por un campesino?! ¡Por encima de mi cadáver!

Y sin que se diera cuenta, mientras chillaba y chillaba, Sherlock ya se había marchado en su caballo.

Se apresuró en llegar a la cabaña, para no hacer esperar más a Hamish. Era un paso importante el conocer a su familia. Tener la aprobación de las personas importantes en la vida de su adorado rubio para poder estar juntos. Y no veía la hora.

Pero al mismo tiempo, un apenado John estaba siendo guiado hacia palacio por las tres hadas. Entraron por una de las puertas traseras que daba acceso a una de las torres y subieron hasta la habitación que habían dispuesto para John.

Allí pudo quitarse la túnica con la que se había cubierto para no ser reconocido por el camino y se contempló en un espejo de cuerpo entero que había en el dormitorio. Viéndose vestido con el elegante traje azul que ya no le parecía tan apropiado porque no estaba para celebraciones.

–Y ahora te entregaremos nuestro último regalo para ti—dijo Martha.

Entonces ella, Molly y Mycroft sacaron sus varitas y las agitaron en el aire, haciendo que apareciera una corona de resplandeciente oro.

–El símbolo de tu realeza, una corona que has de usar según tu deber real y tu derecho—concluyó Mycroft poniéndosela al chico sobre la cabeza.

Sin embargo, John estaba demasiado triste y con el corazón roto de pensar que no volvería a ver a Sherlock. Y con ese pensamiento, se dejó caer sobre la cama enterrando el rostro entre la almohada.

Afectadas, las hadas le dejaron a solas un rato antes de tener que volver para acompañarle en su presentación frente a sus padres y toda la corte.

Aprovechando que John ya no tenía compañía, Janine actuó. Se metió en su mente para controlarle, y le abrió un pasadizo a través del castillo que le llevó directamente hacia una rueca. John tocó el huso, y perdió la conciencia.

Cuando las tres hadas entraron en la habitación y no vieron a John por ninguna parte, se temieron lo peor y lo buscaron sin descanso. Hasta que se dieron de bruces con Janine.

–Ha sido mucha la osadía y pretensión vuestra, creyendo que podríais vencerme a mi—dijo Janine a las hadas. –¡A mí, la emperatriz del mal! –. Y antes de desaparecer entre carcajadas, les mostró a John. –Ahí tenéis a vuestro adorado principito.

Mientras, en el horizonte, el sol mostraba sus últimos rayos.

–¡Arthur!

Henry y Ella estaba muy emocionados con la llegada de su hijo, pero también les alegró mucho ver a su viejo amigo.

–Henry... –el hombre estaba incómodo. No encontraba las palabras para decirle a su camarada que Sherlock había rechazado el matrimonio concertado con John.

–¿Dónde está Sherlock? Creíamos que vendría contigo—comentó Ella.

–Pues hay algo que debo deciros y...

De pronto las trompetas sonaron.

–¡El sol se ha puesto! –anunció alguien. –¡Estad listos para dar la bienvenida a vuestro príncipe!

La gente estalló en gritos de júbilo y comenzaron a lanzar fuegos artificiales en la distancia.

Sin embargo, John no iba a aparecer. Las hadas lo habían llevado de vuelta al dormitorio y le habían tumbado en la cama, para que allí esperara el primer beso de amor que pudiera despertarle de nuevo.

–Pobre del rey Henry y la reina Ella—dijo Molly entre lágrimas.

–Lo que ha pasado les romperá el corazón—dijo Mycroft mientras acariciaba el cabello de John.

Martha se repuso.

–No lo sabrán nunca. Porque los dormiremos a todos hasta que John despierte.

Y así lo hicieron, durmiendo a todo el reino.

En la sala del trono, el rey Arthur seguía intentando hablar con un dormido Henry.

–Pues lo que tengo que deciros... –bostezo. –Es que mi hijo Sherlock... –bostezo. –Se ha enamorado de un campesino...

Martha escuchó eso y se acercó al rey para sonsacarle información antes de que se durmiera del todo.

–¿Quién es ese campesino? ¿Dónde le conoció? –cuestionó el hada inquieta.

–No lo sé... –se estaba sumiendo en un profundo sueño. –Pero ha ido... a verlo... a una cabaña.

–¡A una cabaña! ¡Es John! ¡Y el príncipe Sherlock! –. Nerviosa, voló a donde estaban las otras dos hadas. –¡Molly! ¡Mycroft! Tenemos que volver a la cabaña. El misterioso joven que John conoció en el bosque a espaldas de nosotros es el príncipe Sherlock. ¡Él puede despertarle!

Sherlock llegó a la cabaña con ansias de ver a Hamish así que se bajó del caballo de un salto y llamó a la puerta.

–Adelante—dijo una voz. Pero cuando entró, le asaltaron los secuaces de Janine, que también le estaba esperando allí adentro.

–Vaya, qué agradable sorpresa—dijo ella cuando ya Sherlock estaba atado y amordazado. –Esta trampa la planeé para un campesino cualquiera, ¿y qué logro?, que caiga un príncipe. Tendré que rehacer mis planes para nuestro huésped real.

Y lo llevaron a su castillo en la montaña prohibida.

Las hadas llegaron a la cabaña y vieron los destrozos que había causado el príncipe al revolverse para evitar ser capturado, así que llegaron a la conclusión de que Janine estaba metida detrás de todo. A sabiendas seguramente, malvada como era, de que el beso de Sherlock podría despertar a John.

Sherlock despertó dentro de una fría celda con paredes de piedra. Le dolía la cabeza, y las muñecas por las fuertes ataduras que le habían mantenido prisionero, pero ahora estaba encadenado a la pared. Aunque se dio cuenta de que no estaba solo. Janine se encontraba frente a él, de pie, con su báculo en las manos. Sonriente por el triunfo.

–No estéis triste, alteza. Os mostraré algo que sin duda os gustará. –De buen humor, sacudió su báculo, haciendo que algunas imágenes aparecieran en la esfera que lo coronaba. –Aquí lo tenéis, el castillo del rey Henry. Y en la más alta torre, soñando con su único y verdadero amor, duerme el príncipe John. ¿Pero qué veo? ¿No es el adorable Hamish? ¿Es posible que le escondieran en el bosque todos estos años para que no se cumpliera mi voluntad bajo un nombre falso? Lástima. Es realmente adorable. No me extraña que os haya robado el corazón, príncipe Sherlock. Quién diría que es el mismo niño que despreciasteis al saber que os casaríais. Ironías del destino. No me imagino lo terrible que debe ser para ti verle sumido en un sueño sin fin. Y creía que el amor lo vencía todo—se carcajeó, haciendo enojar a Sherlock que intentó acercarse a ella, pero se lo impidieron las cadenas. –Disfruta de tus pensamientos, príncipe Sherlock. Aquí tienes todo el tiempo y la soledad del mundo para hacerlo—añadió y le dejó solo.

–John... –musitó Sherlock derrotado, dejándose caer de rodillas al suelo.

–Príncipe Sherlock—la voz de Martha llamó su atención, y el hada apareció con los otros dos a sus espaldas. Liberándole de las cadenas.

–Te ayudaremos a salir de aquí—dijo Mycroft.

Y lo cumplieron.

Continuará...