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Sobre el escenario.

Tres enjuagó sus manos y su rostro, dejándolo listo para las capas de maquillaje ritual; una mirada cansada en una cara joven le respondió, desde el espejo.

Sí, era una estupidez torturar así al comandante terrano y a su pretendido esclavo Vulcano. Pero necesitaban adecuarse a la coreografía, en lo que encontraban un resquicio, una ventana de oportunidad para secuestrar a los pequeños y librarlos así de una vida de esclavitud.

Porque no era lo mismo elegir a tus propios clientes y venderte en el precio justo, que ser maltratado y ridiculizado, más allá de toda dignidad, con el riesgo siempre de perder la vida en un capricho de tu amo. Tres sintió escalofríos sólo de pensar la suerte que les aguardaba a los pequeños vulcanos, si no lograban rescatarlos. Sin querer, abrió la caja de grafito en polvo. Ah sí, había que maquillar las manos de Spock, nuevamente ¿Cómo demonios se las estaba ingeniando para cuidar del bebé, con semejantes garras? Y ¿En qué cabeza de mono se generaba la idea de cuidar y amamantar a un huérfano al que nunca habías visto en tu vida? La gente de Pike estaban locos y el comandante albino y el Vulcano eran los peores. Suspiró. Daría un brazo y su lugar en el burdel de Zaja, por un lugar al lado de Chris Pike, un lugar permanente…

¡Caramba! Se estaba comportando como una niña llorona. Tres sabía que nunca lo dejarían entrar al espacio de la Federación y de ser así, tendría que cumplir con todas las reglas y leyes de ésta, un prospecto poco alentador; una vida estable, cero alteraciones en su cuerpo cyborg y permitir que éste envejeciera de manera normal ¡Qué horror!

Hacía mucho que Tres había dejado atrás los 17 años de su apariencia. Y después de vivir en el burdel de Zajacil, una vida en Risa sonaba a monasterio. Terminó de peinarse y arreglarse; sombra roja en los ojos y brillo rosa en los labios. Ah, y los aros blancos de marfil, para sus orejas. Revisó la bolsa de sus shorts de piel; Zaja le había dado las escamas de Nubaluna…

Bueno, ya hallaría oportunidad para eso.

¿Cómo se portarían esos dos, en el escenario?

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Spock se despertó al sacudirlo Gaila del hombro. No se había dado cuenta de en qué momento el sueño había terminado por vencerlo. Sentada en la cama a su lado, con Suran en brazos, la orionita sonreía, con ternura.

—Debe prepararse, comandante. Ccevaa quiere verle.

—Buenos días para usted también, alférez Vro.

Gaila se encogió de hombros.

—Buenos días. ¿Este pequeño se portó bien? –lo acercó a su rostro y frotó su nariz contra la del bebé— yumyumyum… cosita linda.

—Suran tuvo un comportamiento adecuado a su edad.

Gaila acostó al bebé con cuidado sobre la amplia cama y acercó su bolso.

—Temo que tendré que maquillarle de nuevo, comandante. Y hay que ponerle…esto.

Señaló la hipoinyección de mentisinil. Spock se enderezó rápidamente y se dirigió al baño. En todo ese tiempo su expresión no había cambiado. Gaila lo notó y, como quien no quiere la cosa, comenzó a conversar, su voz oyéndose por encima del agua corriendo de la cascada artificial que fungía como ducha.

—Nyota consiguió la localización de los prisioneros, comandante. Son 52. Los sirianos los adquirieron de un carguero klingon. Los klingon los secuestraron durante la Va'Pak; dado que se perdieron tantas vidas ese día, el transporte completo de una escuela no fue buscado. Los klingon mataron al guardián de los pequeños y los entregaron en Sirio IV. Tengo entendido que se les ha tratado bien. Ignoran que fue de sus familias, aunque desde luego, sintieron las heridas síquicas por la pérdida…

Spock apareció secándose con una toalla enorme. Tanto tiempo había estado desnudo o apenas vestido que ya no le importaba mucho permanecer así frente a la orionita. Gaila se acercó y le ayudó; las garras artificiales le dificultaban el trabajo. Spock extendió el brazo y Gaila lo inyectó con cuidado.

—¿Hay algún otro dato de los prisioneros, alférez Vro?

—El doctor McCoy tiene todo listo; vacunas, vitaminas, cobre. Y el almirante reclutó a un sanador de la colonia, para recibir a los pequeños en el Enterprise.

Spock se dejó hacer, impasible; Gaila pintó sus ojos con sombra verde oscura y delineador negro, sus labios con tonos dorados y decoró sus manos con todo cuidado. Peinó el pelo de su pecho y el de su entrepierna, tiñendo de oro los labios de su sexo. Añadió pulseras en sus tobillos, en el cuello y las muñecas y después, lo cubrió con el kimono de seda negro, anudando al frente el cinturón, tan ancho como un obi, de modo que su entrepierna quedaba totalmente opacada. Durante todo ese tiempo, tanto él como ella se comportaron con absoluta dignidad y profesionalismo, tal y como si estuvieran haciendo una revisión rutinaria del corazón warp, en el Enterprise.

—¿Quién cuidará de Suran, mientras no estoy?

Gaila elevó una ceja y sonrió, alegre. Envolvió al bebé y lo hizo un atado, cargándolo al frente.

—Entre mi pueblo, las mujeres trabajan llevando a sus hijos con ellas, comandante.

Y le guiñó un ojo. Spock tardó en comprender; la visión de una mujer prostituyéndose, dejando a un lado el pequeño bulto de su bebé era por lo menos, pasmosa, para el joven medio Vulcano. Pero ese era el modo orionita. Por otro lado, semejante acto desconcertaría incluso a un siriano tan hecho a humillar a todo el mundo, como el Com Ccevaa.

—Un último detalle, comandante.

Ella le alargó un paquete; un frasco pequeño, con un aceite perfumado y verde…y un expansor anal.

—Más vale que esté preparado.

Spock no pudo hacer ojos de espiral porque estaba anestesiado por el mentisinil, y a la vez, se sintió vagamente inquieto ¿Qué iba a pasar ahora?

—Gracias, alférez Vro.

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Se despertó aturdido por el silbar y la confusión de hallarse en un lugar extraño.

—ChristopherPike?

Ni siquiera se habían molestado en llamarle con un sirviente. El mismo Ccevaa había usado el comm.

—Ccom Ccevaa…a que debo el placer…

—Te daré una segunda oportunidad. Prepara a tu pretenso Vulcano. Una ejecución en vivo de sus habilidades sexuales será suficiente para complacerme; tengo entendido que si se trata de uno verdadero, su vigor lo hará resistir más tiempo que un romulano. Te espero después del Tercer rito de desayuno…

La comunicación se cortó. Pike se sentó en la cama y apoyó los codos en las rodillas, suspirando. La mano de McCoy se deslizó entre sus omóplatos. Len se arrodilló en la cama y abrazándolo desde atrás, lo besó en la nuca y bajo su oreja izquierda. La angustia permeó entre ambos, por unos instantes. Luego, Chris besó la mano derecha de Mc Coy, su arma más letal. El suspiro en ambos fue casi simultáneo.

—Más vale que preparemos todo este show-dijo Chris.

—Me preocupa Jim. No va a tomarlo bien.

Chris soltó una risa sarcástica.

—Y Spock tampoco, amor. Spock tampoco…

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El cereal. Estaba seguro, con esas extrañas escamas rosas. O tal vez, el agua. O el vino. No, no era posible, no podía ser. La realidad era que la ropa le molestaba, el deseo lo estaba sofocando y su pene estaba a punto de perforar sus pantalones ¿Quién le había hecho esto? ¿Y por qué carajos, por qué? Se arrastró, más que caminar, hasta la puerta, la angustia llenándolo, tan parecida al resquemor que había sentido cuando estaba atrapado en la cámara de escape del corazón warp, hacia ya tantos meses…

El gran Salón Central estaba redecorado; ahora había cerca de cien sillas y divanes, rodeando un escenario con dos cojines enormes, a modo de cama, forrados de seda roja. McCoy se contuvo de hacer ojos de espiral ¿Acaso no podían imaginar un escenario menos decadente o sin tanto cliché? Pike lo silenció, elevando una ceja.

Jim comenzó a sudar. De entre todo el grupo, sólo Uhura se dio cuenta de que algo le pasaba a su capitán. Le hizo una seña casi imperceptible con sus orejas de Na'Vi y Jim respondió negativamente. Hum. Y sin embargo, Kirk cambiaba del rojo al pálido en cuestión de instantes. Con el comunicador de las muñecas, alertó a Pike… quien de todas formas, poco podía hacer desde su ceremonial silla.

Gaila entró, seguida de Spock. Y en ese instante, el silencio en el salón lleno de nobles sirianos y orionitas, cayó como la proverbial losa de cemento.

La indignación en el rostro de Ccevaa rayaba en lo cómico.

—¿Cómo osas, bazofia alien? Tu presencia nos enferma y contaminas el aire que nos rodea con semejante despliegue de impureza…

Los demás nobles hacían las mismas expresiones de asco, disgusto y horror.

Pike se había limitado a llevar a Spock, quien cargaba a Soren en brazos. En un de repente, el crío comenzó a llorar y, sin el menor empacho, Spock abrió el kimono y le dio a mamar, frente a toda la concurrencia, quienes esperaban que subiera al escenario para que diera una demostración de coito en vivo.

Semejante introducción había cortado con las pretensiones eróticas del Ccom, quien esperaba hacerse del Vulcano; los deberes maternos eran cosa que debía mantenerse tabú y en el silencio, dada su impureza entre los sirianos.

Spock no se inmutó; terminó su quehacer materno, alzó a Soren –quien eructó ruidosamente- y abrigándolo de nuevo en su manta, lo pasó a Gaila.

Ccevaa arrugó el rostro, en señal de asco.

—No permitiré que un impuro se mezcle con uno de mis sementales, ChristopherPike.

Pike abrió los brazos, en un despliegue teatral.

—Venerable Ccom, es su decisión y no la mía. Sin embargo, éste es el esclavo que usted me solicitó y por el que hicimos este viaje, haciendo correr grandes riesgos a mi propio negocio y a Lady Zajacil. Supongo que, en su…er, esplendidez, no se fijará en los gastos que indudablemente vamos a cobrarle.

Ccevaa lo miró con desprecio.

—La oferta que me han hecho los klingon es infinitamente mejor que la tuya, ChristopherPike. Y su garantía de trata en vulcanos es válida.

Pike soltó la carcajada.

—¿Se fía usted de tratantes que no saben distinguir un romulano de un remano? Adelante, Venerable. El Sindicato Orionita y los clones nos pagarán más y con menos molestias. Y, cuando se corra el rumor de que los sirianos no cumplen con sus tratos, su propia red de comercio se verá afectada. Sobre todo, porque la Federación y la Flota están cada vez más cerca de sus fronteras.

—¿Pretendes amenazarme?

—Nada de eso, Venerable. Soy terrano. Y conozco a mis compatriotas. Se agarrarán de su cuello como un perro de un palo…y no lo soltarán, hasta que lo hayan hecho pedazos.

Ccevaa siseó, el equivalente a escupir sobre el piso.

—¿Quién te crees que eres, siendo un traidor a los tuyos, para exigirme cuentas?

Pike sonrió, maquiavélicamente.

—Usted mismo lo dijo, Venerable. "Farsante como terrano". O era 'mentiroso como griego'?

Ccevaa desplegó sus ramas superiores, lo que le daba el aspecto de un elfo coronado.

—¿Supones que tu impuro puede superar la oferta de 50 niños vulcanos que me han hecho los klingon? Legítimos, ChristopherPike, capturados el mismo día de la Va'Pak, cuando su mundo se perdió en la negritud…

Tanto Uhura como Gaila se volvieron a mirar a Spock, quien era una estatua bellamente petrificada, la mandíbula apretada y los ojos más oscuros que nunca. El temor de que perdiera el control y partiera en dos a Ccevaa –quien después de todo y dada su naturaleza de árbol, no tendría la menor oportunidad frente al Vulcano- se repartió entre todos en décimas de segundo. Pike sonrió levemente; había hecho cantar al siriano.

—Tengo serias dudas en ese sentido, Venerable. Los vulcanos poseen fuertes lazos familiares telepáticos. Sus cautivos, si en verdad son vulcanos, estarían seriamente dañados síquicamente. No podría venderlos como esclavos, dado que no conseguiría entrenarlos. Y tampoco podría evitar su muerte. No veo la forma de…

Spock eligió ese momento para hablar.

—Si me permite, Amo Pike. Deseo retirarme.

Chris miró al comandante. Sabía que no podía exigirle más. Y a la vez, su comportamiento como esclavo dejaba mucho que desear, al interrumpir de esa manera una conversación de su amo. Pike decidió jugar otra carta. Hizo seña a Spock de que se acercara y lo obligó a arrodillarse, pese a llevar a Suran contra su pecho. Acarició su mejilla con el dorso de la mano y lo beso ligeramente en los labios.

—Ve, mi querido. Y espérame…

Pike hizo una seña a Jim y a Uhura y los tres salieron apresuradamente del salón. Ccevaa torció la boca, en un remedo de sonrisa.

—No sabría decirte quien es el amo y quien el esclavo entre ustedes dos, ChristopherPike. No tienes el menor sentido de propiedad…

El almirante juntó los dedos, sin dejar de sonreír.

—Me he encariñado con él. Quizá demasiado. Sin embargo, volviendo a lo nuestro, Venerable, y ya que no acepta nuestra oferta, esperaremos la notificación de nuestro pago y nos retiramos.

Chris dio media vuelta en su silla automática, cuando los dos guardias lo detuvieron.

—No tan rápido, ChristopherPike. Estoy abierto a opciones. Y si bien, no permitiré que uno de mis sementales toque a tu esclavo, por el que pareces sentir tanto afecto, eso no significa que no quiera una comprobación de su vigor. Elige a uno de tu cortejo para que se aparee con él. Ah, pero este encuentro con bárbaros me ha dejado con apetito. Contemplaremos el coito después del cuarto desayuno, de acuerdo? Te esperamos.

Pike sonrió.

—Viajamos hasta la gloria de Sirio para cumplir con sus deseos, Venerable.

Ccevaa lo miró con desconfianza.

—Quiero pensar que es así, ChristopherPike. Quiero pensarlo…

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—Jim, lamento tener que pedírtelo, pero servirá para distraer a Ccevaa mientras los demás se hacen cargo de los prisioneros… —comenzó a explicar un compungido Pike. Jim se dejó caer pesadamente en una de las sillas de la habitación designada al almirante y al médico.

—Jim? ¿Estás bien?

McCoy saltó, literalmente, ante el chirrido del tricorder. Los niveles de testosterona en la sangre de Jim eran altísimos. No sólo eso, el aparato detectó la presencia de algo más.

—Que el diablo me lleve—maldijo el médico—repaimina hormonal. La conocen como Nubaluna, entre los orionitas.

—Lo que es?—preguntó una preocupada Uhura.

—Un potente afrodisíaco. Jim, chico, mírame…eso es, tranquilo ¿Puedes responderme? ¿Alguien te hizo beber o comer algo?

El rostro de Jim estaba perlado de sudor y sus pupilas estaban tan dilatadas que casi hacían desaparecer el borde rojo de las lentillas de contacto. Temblaba y la erección bajo su ropa, a más de los labios hinchados y la respiración agitada, eran síntomas más que evidentes.

—Sólo comí lo que me indicaste, Bones ¿Me va a pasar algo? ¿Qué voy a hacer?

McCoy miró al almirante y Pike comprendió de inmediato. Ambos oficiales –Jim y Spock- estaban drogados con diferentes sustancias las cuales, curiosamente, equilibraban el flujo de poder entre ambos. Lo neutralizaban. Quedaban indefensos. Y a la vez, eso les permitiría, como no habría pasado jamás con el Jim y Spock cien por ciento conscientes, dar el espectáculo que el Ccom quería. Jim negó con la cabeza, jadeando.

—No, almirante. No puedo hacerle eso a Spock… no merece ser tratado así, yo..

El Vulcano se adelantó y se inclinó sobre Jim.

—Capitán,..Jim, confío totalmente en usted.

La indignación de Kirk se hizo manifiesta.

—¡No puedo forzarte de ese modo!

Spock acarició la mejilla derecha del joven humano con sus dedos anular e índice; Uhura no pudo evitar un 'oh' de asombro.

—No lo harás.

El Vulcano se enderezó y se dirigió a Pike

—Almirante, por favor, avise al Ccom que estamos listos.

El escenario había permanecido intacto. Sin embargo, dados los singulares 'hábitos' de alimentación de los sirianos, la luz roja del atardecer lo inundaba todo y una parte del escenario quedaba en las sombras.

El cortejo de Pike entró a la amplia sala, las posiciones estratégicamente dispuestas; Christopher contaba con que nadie les haría caso, dado el espectáculo que estaban por presenciar. En el fondo, esperaba que la cláusula 540C, amparase lo que estaba a punto de obligar a sus oficiales a hacer.

Sólo "por si las moscas", Jonathan Archer había tenido a bien inscribir en las Regulaciones de la Flota Estelar, una cláusula que exentaba de castigo, deméritos o compromiso a aquellos oficiales que se vieran obligados de alguna forma a tener sexo con otras especies. Todos se burlaban de esa regulación, llamándola 'los alien los obligaron'.

Bueno, por ridícula que pareciera, era lo que ahora lo respaldaba…lo que no implicaba para nada que le diera gusto hacer uso de ella.

Pike miró a sus subordinados, se limitó a hacer una señal y Spock subió los tres escalones, no sin antes dejar a un Suran profundamente dormido, en brazos de Tres. Y es que necesitaban a Gaila en la misión de rescate: el tricorder modificado de McCoy había localizado a los pequeños prisioneros, en la mismísima alcoba personal de Ccevaa. No tendrían más de unos 45 minutos… si Spock y Jim actuaban como era debido.

Jim se quitó la bandolera y entregó sus armas a Uhura; de cualquier manera, ella las iba a necesitar. Se sacó las botas y subió por el lado opuesto, concentrándose en no mirar y no sentir las miradas y la atención morbosa del público que los rodeaba.

En la semioscuridad reinante, Jim casi sollozó. Casi…

—Esto no tiene por que pasar, no es esta la forma, no es como yo lo querría Spock, no es lo que te mereces…

El Vulcano casi sonrió. Se inclinó sobre Jim y tomó su rostro en sus manos, las garras teñidas de negro haciendo un contraste increíble con la piel bronceada del terrano. Jim se estremeció de deseo. Con calma, Spock fue abriendo y retirando su ropa, besándolo suavemente –los hombros, las clavículas, el hueco de su garganta, su pecho- hasta retirar completo el traje de piloto. Luego, parándose frente a Jim, abrió el nudo del obi y lo dejó caer al piso. Besando su cuello, habló en voz baja, en su oído. Tan baja que habría sido difícil para nadie más escucharlo.

—Esto es lo que yo deseaba, desde hace años, desde que te vi por vez primera, ashayam, desde que me enfrentaste y estuve a punto de matarte, de perderte. Te pertenezco y te deseo, te deseo como a nadie. Hazme tuyo, te lo suplico.

Y se precipitó sobre él, tirándolo sobre los cojines de seda, bebiendo su boca en besos largos, su lengua explorando, entrando y saliendo, acariciando las mejillas de Jim por dentro y mordiendo dulcemente el labio inferior del joven capitán. Jim, quien no habría necesitado las escamas de Nubaluna para volverse loco por Spock, no sólo se dejó devorar. Rápidamente se zafó la ropa restante y quedó desnudo bajo el Vulcano al que adoraba, contemplando extasiado su cuerpo delgado y fuerte y perfecto; su largo sexo, brotando de entre sus labios púbicos y sus pezones erguidos, listos para ser acariciados y mordidos. Spock se levantó sobre sus rodillas y se acuclilló, sentándose despacio sobre el pene erecto de Jim, moviendo las caderas en círculos, los ojos cerrados y la boca abierta, mientras Jim acariciaba su falo y Spock, a si mismo, uno de sus pezones. Cuando sus nalgas tocaron las caderas de Jim y quedó totalmente sentado, comenzó a girar y a moverse, metiéndolo y sacándolo de su interior, produciéndose éxtasis y compartiéndolo con Jim. Sin quererlo, arañó el esternón de Jim, dejando un rasguño largo, manchado de rojo y grafito negro, haciendo que el terrano se excitara más aún. Ambas drogas combinadas en la sangre de cada uno, cortaron el flujo de inhibiciones y al volverlos vulnerables a los sentimientos del otro, a la vez les dieron el poder de ensimismarse en lo suyo y olvidarse de lo que les rodeaba, de la sordidez del lujoso palacio y de su mismísima misión de rescate.

Al menos por esos momentos, el tiempo mismo, se detuvo…