Como siempre los personajes de Inuyasha no me pertenecen, queda más que claro que son propiedad de la gran Rumiko... pero desde luego mi imaginación es mía y sólo mía, bueno y vuestra también que para eso escribo, finalmente os dejo con la continuación.
... ...
Si la mirada matara, Inuyasha ya estaría en el infierno, habitualmente solía decir las cosas insensiblemente y sin tener en cuenta las reacciones de los demás pero esta vez se había pasado por lo que la sacerdotisa no pudo evitar el impulso de sentarlo aunque ya era demasiado tarde, pues todos los presentes estaban boquiabiertos y aunque pareciera imposible, sin palabras.
- ¡Inuyasha, siéntate!
Fue pronunciar la palabra maldita y el hanyou se estrelló bruscamente contra la tierra alzando una nube de polvo y para cuando comenzaba a recuperarse y pudo levantar la cabeza del agujero que él mismo había hecho, vio como Kagome se marchaba azorada, afincando sus garras al pavimento se puso en pie hecho una furia para gritarle a la mujer.
- ¡¿Pero que demonios te pasa Kagome, sólo he dicho la verdad.?
La morena continuó caminando apresurada por encontrar un agujero, como del que acababa de salir el hanyou, para ocultar la vergüenza que sentía pero una vez más su carácter impulsivo se imponía a su cordura.
- ¡Pues no ha sido la mejor manera! – Con estas palabras huyó tras las cortinas de bambú de la cabaña.
Inuyasha ladeó el rostro como lo haría un perro cuando le habla su amo, para él estaba más que claro el hecho de informar a todos su nueva posesión sobre la chica y las reacciones de Kagome siempre lo dejaban fuera de juego. Se preguntaba si algún día llegaría a entender a su mujer mientras observaba perplejo el sitio por donde esta había desaparecido.
Miroku quien finalmente había salido de su asombro, sonrió distraído ladeando la cabeza hacia donde se encontraba Sango, visiblemente afectada aun por la confesión.
- Pues no veo que hayan cambiado mucho uno con el otro.
Sango le devolvió la mirada a modo de complicidad y se acercó al hanyou, aunque ella misma estaba ruborizada por lo explícito que este había sido, para consolarlo.
- Inuyasha... has sido muy indiscreto y ese tipo de temas son de especial delicadeza para nosotros y en especial para una chica.
- ¿Y qué quería que dijera si no? ¡Fhe, mujeres!. – De un salto se alejó de sus amigos para buscar refugio en el tronco seco del árbol donde siempre solía ir cuando necesitaba meditar algo.
La realidad es que ambos, aunque aparentaban estar enfadados, ocultaban la verdad tras una fachada, ya que utilizaban la excusa para hallar una escapatoria al bochorno después de confesar su secreto y por supuesto ahora cada uno por su lado se sentía enormemente aliviado.
- Bueno Sango, parece que nos han dejado solos y ahora que ellos se han confesado su amor... ¿No crees que nosotros deberíamos hacer lo mismo?. – La mirada del monje estaba muy lejos de ser casta.
La exterminadora se giró indignada y siguió los pasos de Kagome, no sin antes contestar a la pregunta.
- ¡Pervertido!
El pequeño zorrito alzó la cabecita para observar con resignación al bonzo libidinoso que contoneaba su cara al ritmo de las caderas de Sango, y es que este hombre no perdía oportunidad para acosar a una chica, sobretodo si esta era su prometida.
- Por muy mayores que seáis todos... nunca cambiaréis.
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En algún lejano rincón del Sengoku, un hombre de largos cabellos negros observaba paciente el horizonte que se reflejaba en sus rojizas orbes, esperando una señal, un indicio del portador de un preciado don, alguien capaz de conseguir para él, el último fragmento de la esfera.
Una avispa se acercó a él susurrando frases al aire. Ya estaba cerca, pronto se pondrían en marcha sus planes, ahora que el vampiro había recuperado la vida, el siguiente paso era encontrar el poderoso coral rojo que sólo se haría visible ante un auténtico descendiente del clan de los demonios murciélagos.
Tal vez Naraku esperaba más de lo que el ingenuo demonio podía ofrecer pero si algo estaba presente en su mente, es que no habría nada que se resistiera a la influencia de sus fragmentos contaminados y este ser no sería diferente al resto de servidores.
- Kagome, pronto estarás en mis manos y cuando ese día llegue, desearás no haber nacido. – Este pensamiento fomentaba un profundo y siniestro deseo, tan arraigado en su ser como las raíces de un árbol. – Y tu Inuyasha, sufrirás incluso más que cuando fuiste traicionado por Kikyo... será todo un placer para mi.
Al presentir la cercanía del demonio murciélago, una risa cínica escapo de su boca inundando la cabaña de un lúgubre eco que se extendió por el bosque.
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En la cabaña de la anciana Kaede, dos jóvenes guardaban silencio y se limitaban a sus labores esperando el momento de poder entablar una conversación, Sango limpiaba por segunda vez su hiraikotsu y Kagome intentaba limpiar la herida que había dejado el hanyou en su cuello, que ahora le escocía como si le estuviesen tirando alcohol y casi podía notar los colmillos perforando su piel.
La taijiya se percató de las penurias de su amiga y se acercó a ella, sin su permiso le requisó el recipiente con agua, que ya era más sangre que agua, de sus manos para regresar con agua limpia y fresca. Tomó el paño húmedo y lo pasó con delicadeza por la zona sangrante y visiblemente irritada.
La sacerdotisa no opuso resistencia y se dejó atender por su amiga.
- No sabía nada sobre los rituales de apareamiento de los demonios... es muy doloroso, y me quema, si hubiese sabido que tenía que morderme...- Kagome se confesaba ante su amiga, necesitaba hablar con alguien.
- Lo habrías hecho igual, tal vez con algo más de miedo pero igual de convencida. – Sango conocía bien los sentimientos que albergaba la sacerdotisa por el hanyou.
- ¡Sango!
- Kagome cuando se está con la persona amada no existen barreras y tu siempre me lo has demostrado, esperas que crea que habrías cambiado de opinión si hubieses sabido que te mordería de esta manera, tan salvaje por cierto. – Sin apartar la vista de la herida, volvió a mojar el paño.
- ¡Auch! duele, aunque... tienes razón, ni siquiera le pregunté que hacía, simplemente me dejé llevar en sus brazos, fue tan hermoso esta vez.
- ¿Esta vez? – Ante esta revelación, Sango dejó caer el paño y un enorme rubor se concentró en sus mejillas.
- Bueno, es que hubo una primera vez pero no tuvo nada que ver con esta. Fue en los acantilados. – Ahora era Kagome quien comenzaba a sonrojarse.
Sango recuperó el aliento y comenzó a ligar cabos, aquellos que quedaron sueltos el día que los encontraron, fue como si alguien hubiese encendido la luz pues la taijiya comprendió el extraño comportamiento del hanyou por esos días. Todo encajaba, incluso el porqué de las marcas, presentes en el cuerpo de Kagome aquella mañana en la playa.
- ¿Sango, estás bien?
- Si, es sólo que ahora comprendo mucha cosas.
Ambas chicas se miraron y sonrieron, tal vez había cambiado la relación de Kagome con Inuyasha pero la complicidad que compartían ellas, no cambiaría jamás.
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Inuyasha se mecía intranquilo, con la mirada perdida en los tonos naranjas del cielo, a aquellas horas de la tarde. Extrañaba a Kagome, se le hacía curioso lo largas que podían parecer las horas sin ella. Incluso antes de forjar sus lazos, él ya era incapaz de esperarla por mucho tiempo cuando se iba a su época, al final siempre acababa por ir tras ella.
Una triste sonrisa se dibujó en su rostro, su mente comenzaba a divagar en la posibilidad de perderla, si antes temía por su vida, ¿qué haría ahora?, ahora que ella era su bien más preciado, ¿sería capaz de protegerla?. Los miedos se agolpaban en su cabeza y la idea de apartarla del peligro o enviarla a su tiempo, quedaba totalmente descartada, básicamente porque la necesitaba a su lado para ser mejor persona, para sentirse completo, para mantener su fe y su fuerza a parte de que ella nunca aceptaría estas posibilidades.
Ya no había lugar para el recuerdo de Kikyo en su corazón, sólo en su memoria.
Allí, mientras daba vueltas en su mente, comprendió lo importante que era y había sido la chiquilla del futuro desde que llegó a su vida, aquella que le despertó del letargo para trazar un camino con él hasta convertirse en mujer entre sus brazos.
- Kagome. – Pronunció suavemente su nombre y sintió estremecerse cada parte de su cuerpo, el nuevo aroma de la joven estaba en todas partes, tan dulce que deseó lamer su piel.
Y otra vez lo invadió el deseo, mientras las imágenes de la morena desnuda, con el cabello revuelto y los ojos brillosos, la piel mojada y sus garras recorriendo cada curva de su cuerpo, arrancándole jadeos de placer, se agolparon en su cabeza y en su miembro a la vez.
...
Kaede quien había estado al margen de los acontecimientos, regresaba de realizar una purificación en una aldea cercana. Le extrañó encontrar su poblado tan silencioso y más ahora que el grupo se encontraba cerca pero estaba agotada y decidió reposar en su cabaña y de paso comprobaría el estado de la sacerdotisa.
Al entrar en la cabaña, ambas chicas la recibieron efusivamente, sobre todo Kagome.
- ¡Kagome! Cuanto me alegro, ya estás despierta. – La anciana posó su astuta mirada en el cuello vendado de la chica y frunció el seño, no recordaba haber vendado esa herida, que por cierto ya había sanado cuando se fue.
- ¿Qué te ha pasado pequeña? – Alargó su mano intentando tocar el hombro de la joven pero esta evito su tacto y su mirada, apenada.
Sango consciente de la incómoda situación intervino en su nombre.
- No ha sido nada Kaede, se le ha abierto un poco la herida... hoy ha tenido un día movido. – Tal vez había hablado más de la cuenta...
- ¿Movido?
- Si, explicar a todos lo que pasó, sólo estoy algo cansada Kaede, no te preocupes.
La mujer observo atentamente a las dos chicas como si quisiera leer la verdad que ocultaban en sus mentes pero decidió no hacer más preguntas, todo a su debido tiempo.
- Bien, creo que yo iré a descansar un rato, el día ha sido duro y ya soy mayor para estas cosas. ¿Dónde están Inuyasha y los demás?, no los he visto fuera.
- No se, ya sabes como son, Inuyasha estará vagando por ahí y Miroku... es fácil imaginar lo que puede estar haciendo. – Sango dijo esto algo desencantada, conocía muy bien los malos vicios de su hombre, aunque lo más seguro es que estuviese persiguiendo al hanyou para arrancarle los detalles de su encuentro.
- Tu también deberías descansar Kagome, tal vez podrías aprovechar para ir a tu época ahora que ya estás mejor.
- Tienes razón Kaede, además no me vendría nada mal un buen baño. – "Lo estoy necesitando" penso. – Ya está decidido, mañana regresaré a casa pero antes tengo algunas cosas que hacer.
Acabó la frase mientras salía de la cabaña, no sabía como reaccionaría el hanyou ante esta noticia, siempre le costaba dejarla partir pero esta vez estaba segura de que le costaría un poco más convencerlo.
...
Kagome se acercó en silencio al viejo árbol, soplaba una brisa helada que la hizo estremecer y en el cielo despuntaban las primeras estrellas de la noche y la luna en cuarto creciente las acunaba, pronto habría luna llena.
- Siempre he pensado que las estrellas del Sengoku brillan con más intensidad que en mi época.
- Eso es porque aquí no tenemos ese humo horrible que flota encima de tu ciudad. – El chico descendió del tronco con la agilidad de un felino.
- A ese humo le llamamos polución y si, es horrible.
Inuyasha se aproximó a ella hasta que sus alientos se mezclaron, sin hacer nada más, sin tocarla, sólo respirando su aroma y perdido en sus enormes ojos.
Kagome acarició su mejilla rozando con sus dedos los labios del chico y este cerró los ojos dejándose llevar por la sutil caricia y deseando besarla; pero fue la chica quien dio el primer paso irrumpiendo en su boca demandando su lengua, él no la hizo esperar y finalmente apresó el pequeño cuerpo entre sus brazos y profundizó el esperado beso hasta acabar su aliento.
- Esto es extraño, por más que lo repitamos, no me acostumbro. – El rubor cubría los pómulos de la sacerdotisa.
- Antes... no quise hacerte enfadar.
- Lo sé. – La chica apartó un mechón de cabello blanco que mecía el viento.
- Esta calma no es normal, es como si algo terrible se avecinara. Aquel monstruo, desapareció sin más, algo estarían tramando.
- Inuyasha, creo que ya lo habíamos visto antes, ¿recuerdas aquella niña hanyou llamada Shiori, cuando fuimos en busca de la barrera de coral rojo que debía fortalecer a Tessaiga?.
- Si, ¿qué tiene que ver ella en todo esto?.
- Creo que ese demonio era su padre, debe estar siendo manipulado por Naraku, eso explicaría la presencia de Kagura.
- Recuerdo que su olor me era familiar.
- Algo debe estar tramando, no es normal que Naraku se tome tantas molestias para despertar a un muerto viviente sin un propósito entre manos.
- Deberíamos partir cuanto antes, puede ser peligroso que nos quedemos aquí Kagome.
La joven recordó el motivo que la había llevado al viejo árbol.
- Inuyasha, antes me gustaría pasar por mi casa, hace mucho que no voy y no se cuanto tardaremos en regresar, puede ser un viaje largo esta vez.
El rostro del hanyou se desfiguró aunque pronto, y para sorpresa de la morena, desistió del numerito que pensaba montarle.
- Bien pero no tardes en volver, cada día que pasa es tiempo a favor de ese desgraciado.
En el fondo el único sitio donde sabía que Kagome estaba segura era en su época y en la situación actual temía más por ella que por él mismo, aunque era consciente de lo necesaria que era su mujer para encontrar a Naraku, por mucho que esto le pesara.
Los ojos del hanyou hablaron por si solos para Kagome, quien no había dejado de observarlo atentamente.
- ¿Estás preocupado? – La chica se sentó en el suelo jalando el kimono de Inuyasha para que este hiciera lo mismo.
- Quisiera estar seguro de poder protegerte pero cosas como lo ocurrido en la cueva me hacen pensar que no es así. – Se dejó caer algo derrotado a su lado.
- No puedes estar en todas partes, siempre habrán situaciones que se escapen de tus manos, no debes sentirte culpable de nada de lo ocurrido además siempre salimos adelante... juntos. – Kagome reflexionaba sus propias palabras, conciente de que ella misma había caído en el error de sentirse responsable de casos imposibles.
- Lo se, aunque me gustaría cambiarlo... Ni siquiera mi padre pudo proteger a lo que más quería, ¿cómo podré hacerlo yo?.
- Sabes que estás equivocado Inuyasha, tú estás aquí y fue gracias a su sacrificio, no fue en vano. – Eran palabras duras pronunciadas en un terreno al que Kagome no estaba segura de tener acceso, así que esperó en silencio la respuesta del hanyou, que permaneció callado con la vista perdida.
Kagome comenzaba a sentirse incomoda hasta que sintió el brazo de Inuyasha sobre sus hombros, acercándola a su pecho.
- Tal vez tengas razón pero quiero que sepas que, aunque no esté en mis manos, lo intentaré tantas veces como sea necesario.
La morena alzó la vista inocentemente con el corazón a punto de escapar de su pecho, y se encontró con dos orbes doradas llenas de ternura. Inuyasha apoyó su mentón en la frente de la chica y dejó escapar las palabras en un suspiro.
- Estaré siempre que me necesites.
Para cuando Kagome despertó aquella noche, todos los integrantes del grupo se habían retirado a dormir, incluso Kaede dormía, en un futon cerca de ella. La morena no quiso despertarla y aun se sentía algo débil. Recorrió con la vista toda la cabaña en busca de sus amigos y en especial, de un inquieto hanyou.
Fue pensar en él y revivir los sueños que constantemente habían visitado su reposo recordándole cada detalle de su encuentro sexual con el semi demonio. Se ruborizó al notar la brisa nocturna rozar su piel cual si fuera el tacto sutil de Inuyasha que tanto deseaba.
Se levantó pesadamente y descubrió que estaba vistiendo un yukata de Kaede.
"¿Habrá visto las marcas?" – Elevó la fina tela para inspeccionar su cuerpo y para su desagrado, algunas cicatrices aun estaban presentes, entonces recordó lo ocurrido con el vampiro y rápidamente llevó una mano hacia su cuello para palpar las pequeñas incisiones.
Se acercó a la puerta y corrió la cortina intentando hacer el menor ruido, necesitaba aire fresco y la noche exhibía una espléndida luna llena.
El viento la acogió, transportando en él su dulce aroma hasta la nariz de cierto hanyou que inmediatamente siguió el rastro de la fuente. Se detuvo en seco ante la chica que dio varios pasos torpes hacia él y no pudo controlar su impulso por tenerla entre sus brazos y notar la calidez de su piel, se acercó a ella en silencio y la abrasó aspirando su esencia como si hubiese pasado siglos sin ella, su cuerpo se estremecía al sentir la tibieza de los sentimientos que embargaban a la joven que se fundía en su abraso como si fuera el último, aferrada a su ahori fuertemente por temor a cerrar los ojos y que todo fuera un sueño.
- Kagome, me alegro que estés mejor, me tenías muy preocupado. – Habló sin separar sus labios del sedoso cabello de la sacerdotisa.
- Inuyasha. – La chica se agarraba al musculoso torso, sintiéndose incapaz de formular palabra alguna pues ser correspondida por el hanyou era demasiado para ella.
- Temíamos que la mordida de ese desgraciado tuviese consecuencias... por suerte sólo ha sido un resfriado. – El peliplateado sostuvo el mentón de la chica con sus dedos para descubrir que sus ojos eran un mar de lágrimas a punto de desbordarse.
- ¿Qué te ocurre Kagome, estás bien?
- Demasiado bien... temía que después de lo ocurrido, nunca más pudiésemos estar de esta manera, ¿qué pasará con nosotros ahora Inuyasha?... yo ni si quiera estoy segura de que haya sido real... lo que pasó.
El hanyou estaba estupefacto pero al tenerla tan cerca y después de tantas dudas, que lo habían atormentado esos días, siempre atento esperando a que en cualquier momento apareciera el lobo apesto o el maldito Naraku para separarlo de Kagome, sentía que ya no podía retener más sus sentimientos.
- No te dejaré sola Kagome, te necesito a mi lado... tu eres muy importante para mi.
La chica sintió un efluvio invadiendo su pecho, Inuyasha estaba reconociendo parte de lo que ella esperaba escuchar pero eso no era suficiente para consolar a su hambriento corazón, necesitaba escuchar una palabras muy simples pero cargadas de significado, palabras que el hanyou sólo había profesado a Kikyo y esto rompió el encanto que los rodeaba, una parte de su mente le decía que se conformara con las migajas y la otra le gritaba que pronto la abandonaría como hacía siempre.
- Tan importante como lo es Kikyo... – La mirada de la joven se oscureció.
- ¡No! ¿A qué viene eso ahora? – Una vez más el chico se veía entre la espada y la pared. - ¡Kagome deja ya de compararte con ella, forma parte de pasado pero sólo eso, mi presente y mi futuro está a tu lado... ¿cómo puedo hacer que lo entiendas?
Tanta seguridad había dejado descolocada a Kagome quien observaba con los ojos como platos y casi sonriente al hanyou, que comenzaba a estar visiblemente molesto y era más que obvio que el sentimentalismo no era una característica propia en él.
- Lo siento Inuyasha pero no estoy acostumbrada a esto... tu y yo, siempre discutimos y aunque estabas a mi lado sentía que había un abismo entre nosotros, tal vez por ser quien soy...
Nuevamente el hanyou la hizo estremecer cuando se acercó a ella hasta que sus alientos se mezclaron.
- Ka-go-me... me lo dejaste muy claro aquel día en el Goshimboku y también, en la cueva... – Esta última frase sonrojó ferozmente a la morena que se removió en el regazo masculino nerviosa.
- ¿Sabes?, aun hueles a mi... he temido todos estoy días que apareciera Kouga y lo notase, pero lo cierto es que nada me gustaría más, que así fuera. – Su tono de voz cambió a uno más ronco y sensual, durante aquellos días transcurridos, el embriagador y nuevo aroma de la chica revolvía los sentidos del hanyou que la sentía, inevitablemente como su hembra, desatando un deseo en él que nunca antes había experimentado.
Sus garras se situaron hábilmente en la cintura atrayéndola hacia su propio cuerpo y sus labios recorrieron la distancia que había entre ellos hasta rozar los labios femeninos que temblaban sin control y pronto sus bocas se fundieron en un beso donde Inuyasha entreabría la boca de Kagome con mordiscos apasionados para luego jugar con su lengua saboreando el paladar de la chica que respondía con la misma hambre a los besos del hanyou. Se separaron lentamente y sus ojos se encontraron sin necesidad de pronunciar palabras. Los fuertes brazos del joven cargaron el delicado cuerpo como se eleva una pluma y se alejaron del pueblo hasta quedar frente al imponente árbol del tiempo, en busca de más privacidad.
- Aquí empezó todo... fue donde vi tus preciosas orejitas por primera vez.
- Yo en cambio no tengo buenos recuerdos de este árbol, sólo el haberte conocido. – Mientras hablaba acarició con la palma de la mano el rugoso tronco, justo allí donde había yacido sellado durante tantos años.
- Pues hagamos que eso cambie Inuyasha.
El hombre acorraló entre su cuerpo y el grueso tronco a la chica después de escuchar sus dulces e incitantes palabras.
- No quiero hacerte más daño... no se si te merezco, me he estado haciendo esa pregunta muchas veces, al fin y al cabo sólo soy un hanyou y tu una sacerdotisa. – Mientras hablaba recorría con su nariz el cuello de Kagome haciéndola estremecer por completo. – Pero no puedo evitarlo, no quiero que seas de nadie más que mía... desde aquel día es como si te tuviese debajo de mi piel, te deseo a todas horas Kagome.
- Ya hemos llegado demasiado lejos como para arrepentirnos, ¿no crees?. No me importa lo que seas ni lo que soy, quiero estar contigo Inuyasha, hace mucho tiempo que te amo sin poder evitarlo... y aunque tu no sientas lo mismo, ya te dije una ves que sólo quiero estar a tu lado, no pido más.
El aliento se escapaba de su boca al sentir como el hombre al que tanto amaba lamía su garganta de una manera casi sucia, erizando su piel y como sus manos viajaban hasta sus piernas para cargarla con facilidad, quedando él entre ellas, apoyando sus muslos en sus caderas y aumentando así el contacto entre sus cuerpos.
- Te daré lo que me pidas Kagome... te necesito tanto. – El hanyou parecía impaciente por hacerla suya, tanto que recostó la espalda de la chica al tronco y con sus manos libres acarició con anhelo sus curvas mientras su boca recorría el escote que dejaba ver la fina tela, hasta que, hambriento de ella, deshizo el lazo del yukata dejando los pechos de la joven al descubierto pero antes de someterse a los placeres de la carne, miró directamente a los cristalinos ojos de la mujer que respiraba agitada. – Si te entregas a mi por completo, después de esta noche no volverás a ser la misma, ni siquiera se si mantendrás tus poderes de sacerdotisa... ¿estás dispuesta a ser mía por siempre Kagome?.
Dos gotas saladas rodaron por la mejilla de la chica antes de abrir sus labios.
- ¿No te das cuenta... de que siempre lo he sido Inuyasha?
Inuyasha sentía que su vida ganaba un motivo de ser, no estaba seguro de comprender el sentimiento que había empujado a su padre a abandonar a su esposa youkai para unir su vida a la de su madre. Pero si había sentido lo mismo que él en ese momento, el amor y la tibieza de una mujer humana invadiendo su alma, no le culpaba de nada, no había satisfacción más grande en el mundo que tener un hogar en el corazón de alguien, alguien a quien proteger y amar. Nunca más volvería a estar solo, no si Kagome estaba a su lado.
Y así, con la convicción de amarla y en su total lucidez dejó caer por completo el yukata para admirar la belleza de su mujer y poco a poco fue descendiendo con ella en brazos, sin perder su mirada, hasta colocarla suavemente sobre la húmeda hierba.
- Eres preciosa Kagome. – Se inclinó sobre ella y depositó un beso en sus labios sonrosados, no parecía el hanyou malhumorado y agresivo de siempre, este era uno más jovial y cariñoso, una faceta que comenzaba a vislumbrar la chica. – Esta vez prometo no hacerte daño... te amo demasiado.
Kagome abrió los ojos sorprendida, estas últimas palabras habían calado hondo de una manera casi dolorosa para ella, estaba resignada a amarlo a pesar de no ser correspondida, a compartir su corazón con el fantasma de otra mujer y aun así descubrir que estaba equivocada después de tanta indiferencia, comprender que una chiquilla con más valor del que ella misma sabía, iba a descubrir que sus sueños se hacían realidad... no puede eso llamarse felicidad y sin poder evitarlo estaba llorando nuevamente.
Ocultó su rostro en el hombro del hanyou mientras este acariciaba sus pechos, rozando sus pezones y haciéndole cosquilla con las garras y otra vez los insaciables labios del hombre se posaban sobre los suyos algo más ansiosos, más apasionados, explorando su boca con su lengua que la invitaba a seguirlo en un morboso juego.
Entonces las pequeñas manos viajaron por la ancha espalda, causando estragos en el excitado hanyou, para retirar inexpertas el ahori y abrirse paso hasta la tostada piel, aunque sus gestos eran algo torpes estaban cargados de sensualidad y así la morena probó con su lengua la piel del hombre mientras seguía empujando la ropa que se interponía entre ellos.
Pronto recibió la ayuda del chico que se despojó rápidamente del hakama apoyando su virilidad sobre el vientre de la joven y la estrechó por la cintura para lamer ambos senos causando escalofríos en la delicada piel con cada roce de sus colmillos y así bajó hasta su abdomen trazando un camino con su lengua.
Kagome temblaba salvajemente y arqueaba su espalda aplastando sus pechos contra las garras del hanyou en señal de sumisión total, cuando sintió la boca caliente y húmeda entre sus pliegues, un estallido de placer la hizo convulsionarse mientras sentía los jadeos de Inuyasha entre sus piernas y unos dedos punzantes introducirse con delicadeza en su interior, si el deseo era un pecado a partir de ese día su cielo estaría en el infierno pues cada poro de su piel clamaba a gritos la furia del hanyou arremetiendo en lo más profundo de su ser .
Bajó la mirada extasiada de placer para ver a un hombre extremadamente excitado embistiendo el aire mientras le daba placer a ella con las mejillas encendidas y esta imagen la consternó. Se irguió obligándolo a él a quedarse de rodillas frente a ella, dejando el palpitante miembro a la altura de su cara, la joven lo tomó temerosa entre sus manos para lamerlo desde la base hasta la punta haciendo vibrar el cuerpo ante ella, que no duró mucho a su merced ya que se estiró sobre ella posicionándose para penetrarla, ansioso por volver a sentir la estrecha cavidad apretándolo, sus miradas se cruzaron perplejos de pasión y deseo.
- Te amo Inuyasha.
Con estas palabras la chica se aferró al cuello del hanyou esperando la embestida, que llegó lentamente, sintiendo como se ensanchaban sus paredes entre jadeos de embriaguez, mientras él lamía con ahínco la zona donde quedaban las cicatrices del vampiro, dispuesto a borrar su huella.
- Sólo puede... haber un sello en tu cuerpo Kagome... y será el mío. – Sin ella esperarlo, el chico sujetó sus muñecas sobre el pasto y sin dejar de moverse en su interior. – Esto te dolerá pequeña.
Justo después de la frase, clavó sus caninos en el mismo sitio con precisión y unos segundos después dos franjas moradas, como las que aparecían en el rostro del hanyou en su forma youkai, surcaron el cuello de la chica, pasando por detrás de la nuca hasta el otro lado donde desaparecieron sin dejar huella y una vez más la sangre de sus venas se derramó sobre su pecho desnudo, mezclándose con el sudor de los dos cuerpos. Kagome dejó escapar un grito de dolor y placer a la vez pues después de esto, el hanyou continuó penetrándola profundamente mientras ahogaba el grito con su boca en un beso salvaje, con un gusto extrañamente metálico.
Se incorporó sentándose sobre sus piernas y dejando a la morena moverse con libertad encima suyo mientras aferraba con una garra su espalda y atendía con devoción sus duros pezones, ya sonrosados por sus dientes.
Los gemidos de ambos inundaban la noche a los pies del Gochimboku, testigo de su unión y entrega mutua, los rostros ruborizados, las pieles sudorosas y erizadas, sensibles a cada roce friccionándose entre si y la mezcla del cabello azabache de Kagome con el blanco reluciente bajo la luna del hanyou. Cada detalle marcaba un antes y un después en la vida de ambos jóvenes que se profesaban un amor incondicional mediante un acto deliciosamente impuro, dejando en su entrega una parte de uno, gravada en el alma del otro.
La voz del hanyou se escuchó grave y entrecortada pues estaba a punto de estallar.
- Ya eres mi hembra... mía y sólo mía. – Posesivo como era, se sentía dueño y señor de la mujer que se estremecía de placer sobre él, con los ojos cerrados y el cabello mojado, pegado al rostro.
La sujetó de la cadera situándola bajo su pecho para arremeter en sus entrañas con frenesí, su cuerpo le pedía liberación y cuando la chica busco sus labios, se fundió en algo más que un beso con ella, temblando sobre ella y jadeando fuertemente en su boca, se sometió por completo al placer eléctrico que recorrió todo su cuerpo concentrándose en su miembro y en la cálida esencia que de el brotó. Finalmente cayó derrotado sobre la delicada joven, que permanecía inmóvil respirando con dificultad, convencida de que no podría olvidar jamás ese momento.
Al separar sus cuerpos el frío de la noche se hizo presente, por lo que buscaron el calor en los brazos del otro, Kagome puso su yukata sobre ellos y se acurrucó desnuda entre las piernas del hanyou que estaba sentado con la espalda apoyada al gran árbol y el pelo desordenado graciosamente sobre sus orejitas blancas, esto arrancó una sonrisa a la joven y una mirada curiosa al ojidorado.
- ¿De qué te ries?
- Estás muy gracioso así. – Los dedos de Kagome jugaban con las hebras plateadas que caían en el pecho del hanyou.
- ¿Así cómo, desnudo, desaliñado o vulnerable?
- Un poco de todo... pero me fascina saber que sólo yo te he visto así.
- ¡Feh! ¿Cómo estás tan segura de eso? – El chico puso cara de indiferencia.
- ¡¿Qué? – Y la respuesta de la morena fue inmediata, evidentemente indignada.
- Es broma tonta... claro que sólo tu me has visto así, sabía que reaccionarías de esta manera, ya extrañaba hacerte enfadar. – Rió su propia broma divertido ante una acusadora mirada femenina.
- Inuyasha, no creas que por ser tu mujer te librarás de la maldición del rosario, es más, creo que me va a ser muy útil. – Ahora era la sacerdotisa la que reía ante el enfurruñado rostro del hanyou.
- No te atreverás...
- Pues mejor no me tientes. – La chica cruzó graciosamente sus brazos triunfante y una carcajada de Inuyasha rompió el silencio, seguido por ella que volvía a recostarse sobre su pecho.
Eran conscientes de que se querían tal cual eran, con sus defectos y virtudes, cada gesto formaba parte de lo que uno amaba del otro y nada los cambiaría, menos ahora que estaban unidos por un lazo indestructible, el amor.
...
Caminaban tomados de la mano hacia la aldea y ya casi se veía despuntar el alba, sus mentes daban vueltas en silencio al hecho de tener que revelar a sus amigos su reciente unión, ya que la nueva mordida en el cuello de la chica llamaría excesivamente la atención, sin hablar de su aroma, que no tardaría en asolar al pequeño zorrito y a cualquier visitante, no humano, que se acercara a la aldea.
- Inuyasha... ¿qué le diremos a todos?
- La verdad Kagome, tarde o temprano acabarán por descubrirlo, será mejor que lo digamos nosotros además... Kaede últimamente ha estado haciendo muchas preguntas, creo que vio algo el día que te trajimos y te quitó mi ahori. – La dorada mirada del hanyou permanecía perdida en algún punto lejano.
- Es cierto, ella me puso este yukata, habrá visto las marcas y ¿qué han dicho los demás?
- Pues... lo cierto es que no me han hecho muchas preguntas, tampoco quería hablar del tema con nadie, es algo complicado de explicar y tampoco estaba seguro de cómo te lo tomarías cuando despertaras, así que... no saben mucho.
- Vaya, no se que decir, esto es vergonzoso.
- ¿Por yo ser un hanyou? – La expresión del chico se entristeció.
- ¡¿Qué dices Inuyasha? Es porque no será fácil explicar a todos lo que hemos hecho y espera a ver la cara del libidinoso de Miroku. – Kagome respondió con la misma energía de siempre, aunque la situación era rara, se sentía pletórica, sentimiento que compartía el hanyou.
...
Estaban en la puerta de la cabaña discutiendo, más bien vociferando.
- ¡Pues lo decimos y ya está! – El inquieto joven se impacientaba como siempre.
- ¡No es tan fácil Inuyasha!
- ¿Qué es lo que tenéis que decir a estas horas de la mañana? – El monje salía adormilado aun, rascándose la cabeza y detrás suyo la taijiya algo despeinada con el zorrito en brazos.
- ¡Kagome! ¿Te encuentras mejor?
La sacerdotisa respondió tímidamente.
- Si, mucho mejor.
Miroku examinó la escena y había algo que no encajaba, Shippo permanecía en el regazo de la exterminadora notablemente confundido y temeroso olisqueando el aire intentando descifrar el significado del misterioso olor que emanaba del cuerpo de la sacerdotiza, algo más llamó la atención del bonzo, una profunda mordida, aun sangrante en la garganta de Kagome que ella misma intentaba tapar con una mano, imposible de pasar por alto.
Inuyasha pareció leer sus pensamientos y antes de que nadie pudiera hablar, soltó su conclusión definitiva, algo muy común en él, olvidando que a veces debía tener más tacto.
- He marcado a Kagome con mi imprenta demoníaca... nos hemos apareado y ahora es mi compañera, no hay nada más que decir. – Aunque parecía muy seguro de si mismo, estaba nervioso así que intentó mantener el tipo altanero de siempre.
...
P.D.: No puedo creer que esté aquí nuevamente escribiendo esta maravillosa historia, lo cierto es que lo paso genial escribiendo pero ha pasado más de un año desde mi última actualización y aunque me aveguenzo (no es para menos) no puedo hacer más tengo un pequeñin de 14 meses que me tiene totalmente secuestrada del mundo y de todos sus placeres... bueno no todos pero el tiempo para escribir está incluido en la lista.
No obstante estos últimos meses he ido escribiendo y ya tengo algunos capítulos extras con parte del desarrollo de la historia, que iré subiendo poco a poco para no desmotivarme.
Muchas gracias por leerme y muchas gracias también a los que me incluyen entre sus historias favoritas, me recuerda que aun hay gente que me sigue, de nuevo gracias!
... ¡Arriba el futol español, campeones del mundo 2010!
