Después de muchísimos meses sin actualizar, aquí estoy de nuevo. Perdonad la falta de constancia con el fic, no me he olvidado de él, ni tampoco me he quedado sin ideas. No estaba pasando por la mejor etapa de mi vida, pero las aguas vuelven a su cauce y yo he conseguido llegar a la orilla de nuevo. Espero que sigáis leyendo con entusiasmo mi historia, si es que alguien lo hacía, a partir de aquí será un viaje sin más paradas, abrocharos el cinturón que nos vamos.
Aclaración sobre este capítulo; Lo escrito en cursiva son acontecimientos pasados.
El sol se encontraba en su punto más alto, las calles del Cairo abarrotadas. Una figura se movía entre la multitud intentando pasar inadvertida, seguía a un hombre ataviado con ropas extranjeras y de gran elegancia. En ese momento se encontraba atravesando el mercado, el hombre se había detenido junto a su acompañante a comprar condimentos. La marcha prosiguió, caminaban despreocupados charlando mientras observaban todo a su alrededor, sin lugar a dudas aquel podía haber sido también un paseo agradable para su perseguidor, la realidad era muy distinta. En algún momento de su larga charla, alguno de los dos había propuesto desplazarse hacia las Pirámides. El reloj del tiempo se había detenido en aquel místico lugar, la modernidad aún no las había infectado.
La misión se había vuelto trascendental, era vital que cumpliera las órdenes que le habían sido encomendadas. Entró por uno de los laterales de la Pirámide, se escurrió entre los pasillos laberínticos, las sombras se convirtieron en su refugio dándole cobijo y volviéndolo invisible, acechó a su presa mientras cargaba el arma. Los cálculos fueron correctos, la bala atravesó al individuo, que cayó al suelo inerte, la sangre manchó la cámara funeraria del Faraón y se esparció por el lugar. El acompañante del ahora muerto, levantó la mano e hizo una señal de aprobación.
El edificio que albergaba la mayor colección histórica del mundo se alzaba imponente, las zonas verdes del lugar se encontraban iluminadas, la bandera británica ondeaba con violencia. Esa noche el Museo Británico acogía una nueva colección Egipcia. John admiró la fachada neoclásica, se sentía maravillado e inquieto al mismo tiempo. A diferencia de lo normal, la entrada al Museo esa noche era privada, Sherlock entregó la tarjeta dorada, lo que les permitió el paso. Ambos caminaban a la par del otro, la gente que se encontraba en el interior les dedicaron miradas curiosas e incluso algunos hicieron comentarios.
-¿Ahora qué?-preguntó el ex militar
-Vamos a disfrutar de la colección-respondió
La colección se encontraba en el último piso del Museo, unas cuantas personas volvían maravilladas por lo que habían visto, y comentaban sus impresiones. Sherlock echó un rápido vistazo al interior para asegurarse de que el lugar estuviese vacío, le hizo una señal a su compañero para que guardara silencio. Entraron sigilosos, y pendientes de cualquier movimiento fuera de lo normal, el detective se percató de que en el suelo estaba manchado con marcas de rodaduras de una silla de ruedas,
-Los Japoneses han estado aquí-susurró mientras señalaba al suelo
John se llevó una mano al interior de su chaqueta para palmear su arma de fuego, quería estar preparado para cualquier incidencia. Sherlock se había detenido, el anciano y su ayudante se encontraban a los pies de un sarcofago, leían la parte inferior del mismo.
-Oh, vaya, vaya mira a quién tenemos aquí
El detective vio a Moriarty, su archienemigo sonreía. La pareja de japoneses los miraron por primera vez
-Vamonos Eichi-exclamó el anciano, el joven se apresuró a mover la silla de ruedas, pero esta había quedado atascada en una ranura-Empuja más fuerte-rugió-eres un inútil. Tras varios intentos la silla de ruedas siguió sin moverse, John miró a Sherlock, el espectáculo era patético. Avanzó un par de pasos, pero las voz de Moriarty le detuvo
-Yo que tu no me movería-sugirió
Un punto rojo adornaba la frente del anciano, Sherlock buscó rápidamente al francotirador, deslizó una mano en el bolsillo de su compañero y cogió el arma, disparó hacia la gran lámpara que iluminaba la estancia.
-Muevete John-gritó
Holmes corrió hacia el anciano y tiró de él hasta tenderlo en el suelo.
-¿Qué hace?-el anciano forcejeó con su asaltante
-Silencio-susurró
Permanecieron inmóviles y en silencio por un largo lapso de tiempo. En la lejanía el detective había escuchado como el francotirador descargaba el arma. La luz de uno de los generadores de la exposición se encendió, el joven ayudante se había agachado para ayudarle a volver a la silla de ruedas
-¿A qué ha venido eso?-gritó exaltado
-Iban a matarle-se sinceró-Estaba comprobando una cosa
-¿El qué?-preguntó John que ahora se encontraba junto a él
-Hay un orden establecido para los asesinatos, él era el siguiente, es el siguiente.
-¿Dónde está Moriarty? ¿Ha escapado?
-Parece que sí, vamos tenemos que seguir avanzando.
-No podemos dejarles aquí, les matarán-le recordó John
-No podemos hacer nada, no ha muerto porque no estaba en el plan-explicó
El médico ignoró a Sherlock, y llamó a Lestrade. El detective llegó acompañado de su habitual séquito.
-Se ha acabado el juego, no pienso estar toda la noche recorriendo Londres, y levantando cadáveres. Vosotros dos largo de aquí, marchaos a casa, y en cuanto al resto a comisaría, allí estaréis a salvo.
Sherlock salió a regañadientes del Museo, sin lugar a dudas aquella era una oportunidad que no se presentaba todo los días. A su lado John parecía más tranquilo de que las autoridades hubiesen intervenido. Fuera llovía, y la niebla cubría la totalidad exterior del edificio. En el interior de la espesura pudo distinguir la figura de Moriarty, el hombre se había quitado el sombrero de copa y lo había lanzado al aire
-Todo el mundo a cubierto-gritó
La advertencia de Sherlock vino acompañada de dos disparos precisos, el primero atravesó al anciano, el segundo a su acompañante. La policía respondió a la ofensiva con más disparos. En el techo del Museo, el francotirador se alejaba satisfecho con el resultado había conseguido su segundo objetivo pero el trabajo aún no había finalizado.
Navegaban en plena noche por el Nilo, todo estaba preparado para que ambos desaparecieran del país. Él acariciaba su cabello mientras arrullaba su cuerpo, era una máquina de matar, pero no estaba dotado para soportar lo que conllevaba.
-Te acostumbraras-susurró en su oído-la próxima vez será más fácil prometió
Le dió un corto beso en la frente.
Con el tiempo se dio cuenta de que daría su vida por proteger la de él, haría cualquier cosa que pidiese, y no sólo era por saldar su gran deuda.
Todo sucedió como él dijo, cuando volvió a matar no le tembló el pulso, tampoco el remordimiento acudió para torturarle. Era una marioneta movida por los hilos de una araña.
La recompensa, lo que nunca había tenido, un hogar al que regresar, amar y ser amado.
