Ya me da bastante vergüenza pedir perdón, así que, esperando que aún haya gente que le guste esta historia, sólo puedo comprometerme a terminar esta historia. Habrá un capítulo más y luego un epílogo. Abajo, en las notitas de autor lo especifico.
¡Gracia por seguir dándome una oportunidad!
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CAPÍTULO 7
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"¿Crees en Leyendas?"
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Como ya antes había experimentado en esas interminables horas, Sakura despertó desconcertada e incómoda. Le costó mucho abrir los ojos debido al brillo de la luz que le llegaba encima y también porque, después de tanto haber llorado, sus ojos estaban hinchados y arenosos. Se rindió a abrirlos. Notó entonces que estaba sentada en una silla muy dura, la que explicaba su dolor en la espalda y en los glúteos, y cuando quiso sobarse para disminuir el malestar se halló a sí misma engrillada a las reposeras de la silla en la que estaba. Sus ojos se abrieron debido al terror, pero no consiguió ver más allá de sus rodillas por el collar metálico que la mantenía sujeta y tiesa contra el respaldo del asiento.
Intentó gritar entonces, pero estaba amordazada, consiguiendo únicamente que la saliva escurriera por ente los labios. Sakura estaba frenética, mirando en todas las direcciones, pero no conseguía ver nada más que las sucias paredes y la esquina de lo que parecía ser una mesa, justo a su lado.
Se obligó a respirar y volver a la calma, pero era demasiado difícil. Reguló su respiración, y con esto se permitió escuchar. Lo primero que oyó fue el sonido metálico que producían sus cadenas y grilletes cada vez que ella se arremetía en el asiento, y lo siguiente era el agitado palpitar de su corazón. Tal fue su angustia que quiso vomitar.
Ignoraba cuanto tiempo estuvo dormida, o que le habían hecho durante ese tiempo, pero de a poco empezó a dejar de importarle. Debía priorizar su futuro antes que su pasado en ese momento, pero el hecho de estar así de amarrada complicaba sus planes.
Forcejeó por lo menos unos seis o siete minutos cuando el sonido de una puerta siendo abierta a sus espaldas la petrificó.
Kabuto, agitado y apresurado, se introdujo en la habitación. Pasó de Sakura y fue directamente a la otra puerta que tenía la habitación, cerrándola detrás de sí. Fue entonces que los ojos de Sakura comenzaron a reconocer los ángulos y los muros, descubriendo que estaba en ese cuarto octagonal… aquel que tenía esa extraña silla.
Esa silla de torturas.
Gimió cuando reconoció donde estaba y desconsoladamente empezó a llorar. No hizo mucho ruido, pero aun así no podía detener las lágrimas ni sus gemidos. Estaba tan asustada de lo que sabía que venía, porque si alguien sabía lo que iba ocurrir no sólo era Kabuto, sino ella misma por la experiencia de revisar los cadáveres de las chicas anteriores a ella.
¿Qué sería primero, entonces? ¿Qué le hicieran beber ácidos? ¿Quemarla? ¿O Quizás el tatuaje de serpiente en la nuca? No quería pensarlo, pero no podía evitarlo.
Oyó que Kabuto discutía en el cuarto junto a quién-sabe-quién. La verdad es que Sakura no escuchaba a esa segunda persona, pero sí notó que lo que sea que le estuviera diciendo a Kabuto no le estaba haciendo ninguna gracia a éste último. Tras lo que supuso fue un golpe contra un vidrio, o uno de los contenedores de antes, Kabuto regresó al cuarto donde ella estaba, se le acercó y le quitó la mordaza, haciendo que Sakura empezara a respirar por la boca, casi tragándose el aire.
—¿Por qué tenías que complicar todo, eh? ¡¿Por qué?!
—Y-Yo no…
Kabuto la tomó por el mentón y apretó sus mejillas, impidiéndole hablar. Sakura nunca lo había mirado de tan cerca con tanta luz (la que desconocía de dónde venía), y fue impactante para ella. Sabía que él tenía los ojos negros y el cabello de un extraño gris, pero no pensó que sería tan joven, a lo más tenía quizás unos diez años más que ella, era eso o estaba siendo engañada por sus ojos. Kabuto la miró con tanto rencor que ella no pudo sostenerle la mirada y tuvo que apartar sus ojos de él, pero con el agarre que él tenía sobre ella era fácil hacerla buscar sus ojos otra vez. La segunda vez que se miraron Sakura ya no detector rencor o ira, sino curiosidad.
—Sé que viste sus cuerpos —comentó él, soltándola y aproximándose a su cuello, liberándola del grillete que la tenía pegada a la silla —. Cada una de ellas estuvo en esta misma silla, aquí donde ahora tú estás.
—No hagas esto —pidió Sakura, su voz era un hilo —. No lo hagas…
—¿Y crees que quiero hacerlo? —nuevamente volvió la ira. Kabuto golpeó el mesón que Sakura no había visto completo hasta entonces. Había frascos desconocidos y elementos filosos —. No te equivoques, Sakura. Esto no es una tortura, sino una purificación.
Ella abrió los ojos hasta el punto que casi sintió que éstos salían de sus cuencas.
—No quería hacerlo, ni contigo ni con ninguna, ya te lo había dicho, ¿Recuerdas?, todas ustedes, malagradecidas e impuras. Sin excepción todas quisieron escapar, enagañarme, e incluso, golpearme —esto último lo dijo en tono de burla —, en ese sentido tú llegaste más lejos, Sakura.
Kabuto empezó a preparar una gruesa jeringa con un líquido violeta translúcido, lo que generó que Sakura terminara de perder la compostura.
—Por favor no… por favor… —Sakura se agitó en la silla cuando él apoyó su mano sobre uno de sus hombros.
—Esto te limpiará, ¿Puedes creerlo? Después de todo lo que causaste, él sigue velando por tu bienestar. Incluso te abre las puertas de su eterno reino, así como a las demás antes que tú. Piensa en esto como en tu renacer, Sakura —le dijo, mientras ella empezaba a gritar y a alejar su cara de la jeringa —… primero te limpiamos por dentro, y después que sea el fuego quien brille dentro de ti y te ilumine. Vas a arder para una nueva oportunidad, así como lo hizo Madara al morir. Serás un fénix, Sakura.
—¡No! ¡Alguien, por favor, quién sea! ¡NOOO!
Kabuto la sujetó como antes y apretó sus mejillas para poder introducir el inicio de la jeringa. Sakura sintió el líquido siendo introducido, pero gracias a lo inquieta que estaba y lo mucho que se movía, consiguió que no ingresara todo, pero a él pareció no importarle mucho. Tuvo miedo de sentir el dolor de ser quemada viva, pero contra todo pronóstico, aquel líquido no le causó dolor alguno. Fueron pocos los segundos de incertidumbre y alivio al notar que seguía viva, los que acabaron cuando nuevamente miró a Kabuto.
Él estaba muy tranquilo frente a ella, de brazos cruzados, esperando su reacción. Sakura pensó que estaba jugando con ella.
—Yo las vi… todas ellas… fueron q-quemadas.
—Sí, lo fueron.
—Entonces, ¿Por qué…?
Eso pareció asombrarlo. Kabuto se le acercó y se arrodilló a frente a ella para que se escucharan mejor.
—Tú ya sabes porqué, Sakura. O lo sospechas al menos.
Sakura elevó sus ojos y le sostuvo la mirada, primero confundida y después angustiada. Entendió a lo que él se refería, y explicaría la simbólica muerte de todas las mujeres antes de ella. Era más que el fuego en sí, o ácidos, o cualquier forma de asesinato. ¿Lo dijo, no? Ella renacería…
Pero para eso debía morir.
—Lo que bebiste es mi margen de error, Sakura —contestó —. Acabará con tu vida y con tu esperanza, pero hará que vuelvas a alzarte en el eterno mundo de "Tsukuyomi", el paraíso de Uchiha Madara. Serás nueva y pura.
—Me envenenaste… —Sakura tenía la mirada puesta en sus rodillas, dejando que las lágrimas nacientes de sus ojos las mojaran.
—Te dije que esto era un favor para ti. Madara te ha aceptado en su reino, pese a que tú no lo aceptaste a él en el tuyo.
Sakura estaba demasiado traumatizada. Iba a morir, no había vuelta atrás. Nunca la encontrarían, sus pesadillas se harían realidad, y todo por el enfermizo sueño del alguien más. Todo tenía sentido ahora, maldita sea. Sakura medio sonrió, indiferente y estoica: resignada. Aquellas que lucharon por escapar, por librarse de esta situación, fueron sacrificadas al dichoso Dios de Kabuto, sólo por no cumplir con las expectativas de ese hombre.
—Debiste mantenerte dócil —se quejó él, comenzando a preparar otra jeringa con otro contenido —. Te habrías convertido en la nueva luz de este mundo, en aquella que nos daría a nuestro Dios de regreso —Kabuto dijo esto último con cariño, pero no hacia ella.
—Nadie podrá traer a Uchiha Madara de regreso… —Sakura dijo esto a sabiendas que no tenía nada más que perder. Sus ojos, hasta entonces opacos y sin vida, se alzaron con un brillo y fuerza desconocida —, ¡Lleva muerto más de cien años! ¡Jamás volverá, no importa lo que hagas!
—Mi querida niña, claro que lo hará —él le secó las lágrimas y mantuvo su cara firme por el mentón —. Eso es porque él ya está aquí… justo detrás de esa puerta.
Sakura observó ahí donde Kabuto señalaba y reconoció el cuarto. Fue en el cual él la apresó antes de despertar en esa silla. Era… era imposible… Uchiha Madara no podía estar vivo…
—Y tú sólo debías ofrecerle un nuevo cuerpo… una nueva vida, pero supongo que no eras digna de tal misión —continuó Kabuto. Sakura entendió lo que dijo, y cada palabra era peor que la anterior —. Pero ya es tarde, tu nueva misión ya no está en este mundo, sino en el Tsukuyomi, La ilusión eterna.
Sakura no necesitó probar el contenido de la jeringa para saber qué era, le bastó con olerlo. Se agitó para rechazar la jeringa, pero, así como antes, Kabuto supo dominarla, y antes de darse cuenta ya tenía el combustible dentro de la boca. Él la obligó a beber y a beber, hasta que tres jeringas después Sakura empezó a vomitar parte de la parafina y él decidió detenerse. Sakura tenía un potente dolor de cabeza y de estómago por el combustible, también estaba mareada y débil.
Ya no quería pelear más.
—Es hora de partir, Sakura. No tengas miedo, una nueva luz te guiará ahora…
Pensó en sus padres y en lo triste que estarían, así como sus amigos y todos aquellos a los que había querido alguna vez. Había fallado. No era la detective que se jactaba de ser, ahora sólo sería un nombre más en la lista de la policía, en los recuerdos de alguien… sólo eso.
Y pensó, que quizás, había tocado el corazón de alguien más, alguien que en el fondo esperaba que la siguiera buscando, porque Sakura moriría con esa esperanza en alma, esperándolo hasta su último respiro, y soñando con reencontrarse con ese hombre de ojos negros y mirada analítica. Así fuera en vida o en la muerte, quería que Uchiha Itachi la encontrara y la sacara de ahí, porque ambos lo habían prometido: No habría más víctimas.
Sakura se conformaba con ser la última… con ser el sexto cuerpo.
Miró a Kabuto y luego elevó la vista hasta lo que parecía ser un infinito techo. Él le siguió la mirada y le advirtió que gritar no serviría de nada, que nadie la escucharía.
«Ya lo sé, idiota», pensó Sakura para sí, cediendo a una última sonrisa, negándose a llorar. Se dejó acariciar por la ínfima luz que bañó su rostro, notando entonces que la luz que tanto buscaba provenía desde ahí arriba.
Ella supo entonces que estaban bajo la mansión Senjü, ahí dónde estaba el gran salón. Recordó que la única parte de la que había llamado su atención de esa habitación había sido esa zona del suelo donde se sentía un espacio hueco, y le causó cierta nostalgia darse cuenta que esa zona era el nacimiento del tragaluz que estaba disfrutando ahora. Cientos y miles de cristales decoraban desde la oscuridad del techo hasta el suelo donde ellos estaban ahora mismo, pasando por otros tres techos de mosaicos en vidrio, uno sobre otro, hechos de manera tan perfecta que al verlos con luz se podía contar una historia.
La historia de Uchiha Madara.
Kabuto estaba por encender una cerilla cuando un extraño sonido provino desde la sala del laboratorio. Era una alarma, o eso sospechó Sakura al ver el rostro de Kabuto. Lo vio sorprenderse y luego angustiarse, dejándola ahí sin darle ninguna explicación. El sonido se detuvo poco después, y contrario a lo que ella pensó, Kabuto no regresó de inmediato, pero cuando lo hizo fue solo para amordazarla nuevamente. No le explicó nada, y apenas la miró… o quizás apenas lo miro ella a él. Sakura a esas alturas estaba algo intoxicada por ingerir semejante cantidad de combustible, sin mencionar que el veneno no ayudaba a mejorar.
Kabuto le alzó la cara y algo empezó a decirle, cada ver más enojado, pero ella no lo escuchaba bien; no podía unir las palabras bien: «quieta», «callada», «volveré», «veneno», esas fueron de las pocas que retuvo, pero no supo que debían decir.
—Maldita sea, el veneno está haciendo efecto… —maldijo Kabuto, observando como ella empezaba a desplomarse en la silla. Los grilletes eran o único que la sujetaban.
Vio que ella se desvanecía en el delirio que el veneno causaba, convenciéndose que no era necesario supervisarla más tiempo, que el veneno haría su trabajo y ella no podría escapar. Debía dejarla sola por esos momentos, el tiempo apremiaba y no estaba en una situación fácil. Jamás pensó que lo encontrarían tan rápido, puesto que se había confiado en que el laberinto subterráneo le daría ventaja sobre la situación. Cargo el arma con la que andaba, y dejó a la moribunda Sakura ahí.
Ella ni siquiera notó cuando fue dejada sola.
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Apenas se introdujo en el túnel supo que se perdería. Lo notó por como los sonidos de sus pisadas parecían infinitos y la luz de su linterna se topaba con cientos de bifurcaciones y pasillos. Adentrarse habría sido estúpido para cualquiera, excepto para él. Itachi sacó su teléfono y no tardó en colocar las fotografías que había conseguido de Sakura. Había un total de tres imágenes que detallaban pasadizos y caminos, los cuales él asumía eran los mismos en los que estaba ahora.
Tuvo que detenerse a analizar las fotografías, una por una, para poder asegurarse de dónde estaba, y aun cuando decidió retomar la marcha no estaba 100% seguro de que fuera el camino correcto, pero debía tomar el riesgo. Había avanzado unos pocos metros cuando notó las coincidencias entre la imagen y el camino real, y fue entonces que apresuró la marcha.
Su cuerpo se encontraba bastante maltratado por el largo camino que le tomó llegar ahí, sin mencionar las quemaduras que se hizo en las manos durante el incendio en casa de Sakura, principalmente la izquierda, la cual apenas le permitía sostener la linterna.
Muchas veces encontró atajos en el mapa, pero cuando quiso abrir algunas puertas éstas estaban cerradas, obligándolo a retroceder o tomar caminos más largos. En esos caminos, mientras entraba a cada habitación para verificar si Sakura estaba ahí o no, fue que entró a lo que parecía un calabozo, pero éste tenía mesones e incluso una cama. Ahí vio las prendas de Sakura.
Ingresó a la habitación, la que previamente tenía la puerta a medio cerrar, y con bastante angustia reconoció la ropa de Sakura, con la que la había visto antes de marcharse de su casa esa misma madrugada. Los peores escenarios pasaron por su cabeza, cada idea peor que la anterior, pero se prohibió rendirse hasta no encontrar a Sakura o cualquier pista de ella.
Revisó el teléfono, y como ya suponía, seguía sin tener señal. Quizás nunca la tendría estando bajo tierra, pero no perdía nada con revisar.
Volvió al pasillo nuevamente y se propuso a ir al cuarto más grande y central del mapa, ya que parecía ser el corazón de todo. Era un cuarto octagonal según la imagen. Emprendió su caminata y se mantuvo así por lo menos unos veinte minutos, revisando escuetamente las habitaciones que aparecían a su paso. Eran muchísimos pasillos, pero era relativamente fácil andar por ellos, puesto que de alguna forma siempre había un camino principal, pero era difícil de distinguir. Si no fuera por su celular no habría podido. En eso estaba cuando escuchó el ligero siseo de algo que ya a esas alturas reconocía. Primero la oyó detrás de él, y después a su izquierda, hasta que llegó un punto que hasta los ecos en la distancia querían confundirlo.
El sudor empezó a caer de su frente, puesto que estaba en desventaja. Había poca luz, y la que su linterna le proporcionaba no era suficiente, sin mencionar que Itachi estaba más concentrado en apuntar con su pistola que en alumbrar. Especuló que podría ser una trampa del asesino, así que por un instante pensó en seguir adelante e ignorar el siseo, pero cuando éste sonó prácticamente a centímetros de él no puedo simplemente dejarlo pasar.
Todo fue muy rápido. Itachi se giró sobre su eje y antes de si quiera ver a la serpiente, él ya había disparado. Aunque sus ojos fueran ágiles, no podía valerse de ellos, por lo que a base de su oído disparó dónde apostó que estaría la criatura. Y le dio. Con la linterna vio como ésta se retorcía hasta prácticamente perder la vida, rodeada en su sangre. Itachi se le acercó una vez que estuvo seguro de que no le saltaría encima, y se secó el sudor de la frente. Se preguntaba si habría más serpientes por ahí y si Sakura se habría enfrentado a alguna de ellas, esperando que de ser así ella estuviera bien. Cuando pudo tranquilizarse un poco de la repentina conmoción y decidió seguir su búsqueda, un sonido en la lejanía llamó su atención. Era semejante a una alarma, y aunque el sonido hacía eco por los pasillos él pudo más o menos distinguir por dónde venía el sonido principal.
Alzó su arma esperando toparse con una nueva sorpresa, pero dentro de los siguientes treinta segundos nada ocurrió, a excepción del cese de la alarma. ¿Qué había sido eso? ¿De dónde venía? Itachi se vio impulsado a seguir el nacimiento del ruido, aun guiándose por el teléfono, sorprendiéndose de que ambos —mapa y sonido —, lo llevaran en la misma dirección. Asumió que algo tenía que ver con la serpiente con la que recién había terminado, puesto que apenas ésta murió el sonido comenzó. Su peor pronóstico era algún chip que tuviera la criatura, ya que podría significar que también poseía un GPS.
Aunque ya no se oía nada a excepción de sus pisadas y su respiración, Itachi ya estaba convencido de que iba por buen camino, por lo que empezó a ir más rápido, hasta casi el punto de correr. Giró, siguió, dobló, volvió a correr, así hasta toparse con un cuarto con luz al otro lado de una ancha puerta, que pese a ser tenue era lo más iluminado que había visto de todas las anteriores habitaciones. Se pegó a la pared e intentó recuperar el aliento, acercando la pistola a su cuerpo y apagando la linterna, listo para cruzar el umbral.
Abrió la puerta con cautela, atento de lo que pudiera aparecer. Entró y echó un ojo en toda dirección, hallándose a sí mismo solo, lo que le permitió explorar la nueva habitación. Se parecía a un laboratorio, o al menos el intento de uno, con mesones quirúrgicos, estantes de metal y escritorios, todo distribuido dentro del gran cuarto, apenas iluminado con la luz verde neón. Itachi se acercó al escritorio y tomó una de las carpetas que había ahí, y pese a que sus conocimientos sobre medicina eran básicos, logró comprender algunas ideas.
«Nueva vida. El renacer del fénix hecho hombre», leyó en una de las páginas que estaba menos deteriorada. Sus ojos se movieron con rapidez buscando alguna frase medianamente coherente, o quizás siquiera legible, pero eran papeles ya muy dañados por el paso del tiempo.
Entre otros documentos halló algo que ya conocía. Sus manos se apresuraron a tomar el libro escrito por el doctor Orochimaru, y junto a éste pilló también el diario del doctor. Una desagradable sensación recorrió su cuerpo cuando los documentos que iba recogiendo eran, sin duda alguna, los que él le había dejado a Sakura en su casa antes del incendio, lo que confirmaba que el fuego fue provocado de manera intencional contra la familia. Los papeles estaban ahí, todos… pero no ella. ¿Dónde estaba Sakura?
No tuvo más remedio que dejar todos los documentos ahí; no podía llevarlos consigo, no tenía cómo. Desde el momento en que ingresó se había percatado de otra puerta en la habitación, y en el fondo sabía que debía seguir por ahí. Se aseguró de no perder nada de vista (importante al menos) y fue hacia la puerta. Apoyó la mano y lo único que rogó fue que ésta no estuviera cerrada, empezando a empujarla.
Y la abrió.
Lo primero que le llamó la atención fue el contraste de luz, dado a que la nueva habitación tenía luz natural, aunque muy poca. Y luego fue ella.
Su cuerpo entero se paralizó un par de fugaces segundos. Sobre lo que parecía una plataforma se hallaba la silla que sujetaba el pequeño y delgado cuerpo de Sakura, o por lo menos él supuso que podía ser ella debido al cabello rosa, pues no podía ver su cara.
Sin articular palabra y sin pensar en nada en específico se lanzó hacia ella, y apenas la tuvo a su alcance sus manos fueron a parar en su rostro, sujetándolo y despejándole el cabello. No podía dejar de tocarla, todo con tal de asegurarse de que era ella.
—Por Dios, Sakura, despierta, por favor —Itachi sonó incuestionablemente angustiado —. Vamos, Sakura.
Pero ella no se movió.
Itachi, comenzando a sentir el latido de su corazón en la garganta y las manos temblorosas, se percató de los grilletes que la mantenían apresada. Comenzó a soltarlos rápidamente y tan pronto la vio liberada la tomó entre sus brazos, alzándola con facilidad. Se alejó de la silla y se arrodilló a pocos metros, nunca soltando a Sakura.
Era tal su estrés que tuvo que respirar profundamente antes de tomarle el pulso, el que no consiguió distinguir de inmediato (empeorando la situación), pero no se rindió hasta encontrarlo. Y ahí estaba… lento; débil.
—Sakura, te sacaré de aquí, te lo prometo.
Itachi estaba abrazándola por la cabeza con tal cuidado que parecía que se fuera a romper. Se secó el sudor que nacía detrás de su cuello y tomó una decisión. Sabía que su función era seguir investigando, que el asesino estaba allí en alguna parte, oculto entre penosas sombras, pero simplemente sus prioridades cambiaron. La mujer que sostenía en brazos era más importante en ese segundo, no podía dejarla esperando. Si ella llegaba a morir por su negligencia jamás se lo perdonaría.
¿Pero y si el asesino escapaba? Otras mujeres podían verse afectadas. Itachi apretó los dientes, frustrado. Odiaba esa parte de sí mismo, la que buscaba la "mejor" opción. Esa que era la correcta para el bien común, para todos, pero no siempre para él.
Y la miró.
Aun había rastros de las lágrimas que lloró, y su piel estaba enrojecida por las ataduras. Las manos lastimadas, las piernas con mordeduras, los labios morados… Sakura había luchado tanto, y él pudo notarlo. Acomodó la cabeza de su compañera contra su hombro y la aferró por las piernas.
—Te sacaré de aquí, Sakura. Aguanta un poco más.
Y se apresuró de regreso. Cruzó la puerta haciendo uso de su espalda para no golpear a Sakura y siguió hasta la otra puerta, así hasta intentar salir de ahí. Su cerebro maquinaba las posibilidades, y darse cuenta de que ninguna parecía efectiva lo estaba haciendo miserable. Si por desgracia se encontraban con el asesino en el camino estarían en desventaja, dado a que la mano de Itachi estaba inutilizable para disparar por llevar a Sakura. Su mejor opción en ese sentido sería llevarla sobre uno de sus hombros y estar preparado para cualquier posible eventualidad, pero ignoraba en que delicado estado estaba el cuerpo de Sakura. Y, lo que más lo mantenía perplejo, era si ella podría soportar el tiempo suficiente para que él la sacara de ahí y la llevara hasta un hospital. Nadie sabía su ubicación, y los helicópteros eran casi una fantasía debido a los frondosos árboles; jamás podría detenerse, y aunque en el mejor de los escenarios hubiese uno accesible y pudiese subir por una escalerilla no tenía como darle a conocer dónde estaban. No había señal en el teléfono, no tenía compañeros cerca. Estaba por su cuenta… cargando un cuerpo moribundo y al descubierto por el asesino.
—Maldita sea…
Itachi necesitaba idear algo, lo que fuera, pero todo se veía tan difícil.
—¿Itachi… kun?
Cuando sintió su voz Itachi paró en seco. Estaban en un pasillo desconocido, a oscuras, pero aún no estaban perdidos. Él la dejó en el suelo y de inmediato tomó su linterna para iluminarla. Sus ojos verdes estaban opacos y oscurecidos, y él estaba seguro de que no lo estaba mirando.
—Sakura, soy yo —Itachi le sujetó el rostro y guío su mirada —. Mírame, aquí estoy.
—Si… aquí estás —ella le sonrió con mucho esfuerzo, mientras lloraba suavemente —. De verdad eres tú.
—Tengo que sacarte de aquí —urgió él, listo para tomarla en brazos —. Necesito que te mantengas despierta en lo que llegamos a un hospital.
—N-No… no podré llegar —apenas lo dijo y empezó a tener arcadas. Se le apretó el estómago —, Itachi… estoy envenenada…
No bien ella dijo eso, el corazón de Itachi se comprimió. No supo qué decirle, el miedo se lo impidió. Sakura empezó a vomitar, y cualquiera podría haber reconocido el combustible.
Y la sangre.
—Déjame aquí —pidió ella, abusando de su poca consciencia —. De-Debes… acabar con ellos…
—¿Ellos? ¿Quiénes, Sakura? Vamos, no cierres tus ojos, no me hagas esto —Itachi soltó la linterna para poder sujetarle la cabeza.
—Bajo… la mansión… el tragaluz…
—¿Qué…? No, por favor, Sakura te lo ruego, quédate conmigo.
Sus ojos verdes buscaron los de él. Odiaba causarle ese dolor; esa angustia. No quería que él la viera así, pero las masculinas manos la tenían sujeta de tal forma que no podía esquivar su mirada. Podía verse reflejada en esos ojos negros; tan leales, amables y sinceros.
Los verdaderos ojos de Itachi Uchiha.
Y ella, vista en esos cristales negros, se veía destruida. Sakura ya lo sabía, lo asumió tan pronto se supo envenenada… Ella jamás dejaría esa prisión subterránea. Pero él pudiese que sí.
Con sus verdaderas últimas fuerzas Sakura sujetó la mano del detective, consiguiendo su atención. Él se acercó para que ella no forzase su voz.
—Estamos bajo la mansión —le susurró, como un secreto —. Dónde… dónde me hallaste… se conecta con el salón… Esa es la clave.
Itachi recordó la habitación y lo alta que era.
Sakura, en un acto de confianza, posó la palma de su mano sobre la mejilla de Itachi. Era cálida, y el nacimiento de la barba le dio picazón en los dedos. Lo acarició. Quiso decirle algo más, pero no pudo. Estaba tan cansada.
—¿Sakura…? Sakura, no, Sakura… —Itachi ahogó un sollozo cuando ella dejó caer su mano, abrazándola de inmediato.
—Tienes que atraparlo… por favor…
—No puedo dejarte aquí, no así.
—Te estaré esperando, te lo prometo —Sakura fue lo más honesta que pudo —. Nuestro trabajo es detenerlo. Ve tú, yo estaré bien.
Ambos sabían que eso era una mentira, sólo que uno de ellos sí quería creer que era verdad. Sakura volvió a sentirse mareada, pero, de suerte, no estaba tan dañada como minutos atrás. El hecho de haber eliminado parte del combustible (y veneno quizás) al vomitar la hizo sentir ligeramente aliviada.
—Itachi-kun, por favor ten cuidado —ella apretó el brazo del detective —. Él ya sabe que estás aquí… Intentará hacerte lo mismo que a mí. En el cuarto octagonal hay otra habitación. No sé quién se supone que es esa persona, pero, de alguna forma, está detrás de todo esto… Se hace llamar Uchiha Madara.
Ese nombre otra vez.
—Los dos te estarán esperando ahí —Sakura tosió un par de veces antes de continuar —. Es una t-trampa.
—Los detendré y después nos iremos de aquí —prometió él, acomodando a Sakura contra la pared —. Hasta entonces no puedes rendirte, Sakura. Soy tu superior, así que es una orden.
—Si –medio rió ella, respirando con dificultad —. Ahora, ve. No pueden escapar.
Itachi la dejó muy contra su voluntad, poniendo entre sus manos la linterna.
Regresó al laboratorio y tomó precauciones antes de ingresar al cuarto octagonal. Su arma estaba lista para ser apuntada; mentalizándose para disparar a una pierna para inmovilizar al objetivo. Atravesó la puerta y el silencio se le hizo incómodo y de mal augurio. Regresó a la silla y examinó rápidamente los instrumentos que ahí habían, entre ellos se percató de distintas botellas con desconocidos contenidos, alguna de ellas de combustible, y otras con algo que él no pudo determinar. Finalmente se dijo que debía ser veneno, y pensando en eso tomó una de esas botellas, la más pequeña, metiéndosela en el bolsillo.
Ya dejando eso de lado halló la puerta que Sakura le había indicado. Una precaria luz se filtraba del otro lado, de color rojizo. Se preguntó con qué podría toparse tras cruzar el umbral, ¿Serían serpientes? ¿Sería alguien apuntándole? ¿Algún tipo de explosivo de proximidad? Abrió la puerta paulatinamente hasta que su cuerpo fue capaz de cruzar, realizando el menor sonido posible para poder pasar desapercibido.
Pero aun así fue innecesario.
—Oficial Uchiha Itachi —dijo una voz en lo profundo de la habitación. El sonido fue alto y resonó contra las paredes. Itachi, se sintió observado —. Lo estábamos esperando.
—No lo dudo —contestó al darse cuenta que esperaban una respuesta de él, además necesitaba mantener la comunicación para determinar la ubicación de su interlocutor.
—No, debo insistir. Si soy honesto siempre supe que a policía allanaría este lugar tarde o temprano, y por desgracia fue esto último…
Itachi se iba acercando lentamente, mirando constantemente sobre su hombro ante cualquier eventualidad. La desconfianza la tenía a flor de piel. Rodeó extraños pilares cubiertos con telas, y si su instinto no le fallaba —rara vez lo hacía —, entonces bajo ellos debía haber algo semejante a contenedores experimentales, pero su imaginación no fue más allá de eso… no quería pensar en nada de lo que pudiese haber ahí.
—Pero… el que lo haya hecho un Uchiha de sangre es algo maravilloso —continúo Kabuto, quien era quien mantenía la comunicación con Itachi.
—Hm, lamento la decepción, pero eso de "sangre" no significa nada para mí.
—¡Pero debería! Tu nombre, tu legado… todo te conecta a él.
Itachi sabía a quién se refería, pero no por el hecho de descender de la misma familia y mantener el apellido Uchiha lo hacía sentirse emocionado u orgulloso. En ese mismo instante el sentimiento más acorde a su estado de ánimo sería quizás la rabia, la que a raya podía mantener bajo control.
"Uchiha" le sonaba más a una maldición que a cualquier otra cosa.
—Madara… Aquel que casi lleva a la devastación de Konoha y de nuestra familia, ¿A él le rindes tributo? —el tono despectivo de Itachi fue adrede. Quería provocarlo —. No creí que aún quedaran de sus seguidores.
Kabuto no le respondió. Itachi siguió avanzando.
—Las mujeres que han muerto aquí… ¿Podrá ser que han sido un sacrificio para Madara? —los ojos de Itachi ya estaban puestos en la pared del fondo, distinguiendo la silueta de un hombre. Se detuvo —. Lamento tener que decirte esto, pero le rindes tributo a un vil ser humano, no a un Dios.
Nuevamente perduró el silencio. Eso no le tincó bueno.
El arma, que siempre estuvo alzada, ahora estaba lista para ser disparada. Itachi no iba a titubear en inmovilizarlo, y no dudaba de su habilidad para acertar en un muslo o pantorrilla. Tragó la saliva que se le había acumulado en la boca y dio el paso decisivo. Su cuerpo se asomó al espacio formado por la pared posterior, un pilar cubierto por sabanas (igual a los muchos otros) y lo que parecía ser un lecho. Itachi deparó en este último, un poco atónito por la presencia de una cama de semejante calidad ahí. La iluminación estaba dada por una lámpara de aceite, y junto a ésta había múltiples velas pegadas al suelo, ya casi al borde de la desaparición por la ausencia de esperma.
Corrió la sábana de seda que lo separaba de la cama y notó que ésta estaba vacía, ¿No se suponía que debía haber alguien esperándole en esa parte? En ese sector sólo estaba él. Nunca separó sus ojos de la silueta que había visto, entonces, ¿Dónde se habían metido? Pensó en revisar bajo la cama, pero sus ojos fueron atraídos hacia la muralla que estaba detrás de la cama. Se aproximó con recelo, revisando el mosaico decorativo que estaba sobre la cabecera. Al verlo de cerca no pudo evitar sentirse atraído, y esa misma sensación fue a que le generó rechazo. Su mano derecha nunca dejó de sujetar el arma, atento para responder si era necesario, pero la izquierda se movió casi por impulso propio, llevando la yema de los dedos hasta la pared, rozando el trazado como quien toca un trozo de cristal a punto de quebrarse.
El mural tenía múltiples dibujos que iban desde el cabezal hasta lo más alto de la pared, terminando casi en el nacimiento del cielorraso. En los bordes, tal cual como si fuera un marco, una serie de llamaradas se extendían desde afuera hacia adentro, y en el centro, sobre una silueta oscura de lo podría ser un hombre, brillaban los trazados de un par de ojos del mismo color de la sangre. Los ojos oscuros del detective miraban los detalles de éstos últimos, atraídos de cierta manera misteriosa hacia los irises carmín con aspas negras; tres de ellas alrededor de la pupila. Itachi estiró su mano para tocar esos extraños ojos, y, como presentía, la pared estaba hundida en las zonas de las aspas.
Como si siempre hubiese sabido que hacer, Itachi introdujo tres de sus dedos —pulgar, índice y anular —, ahí dónde estaban las aspas, girando su mano un tercio hacia la derecha hasta detenerse debido a un tope que no era visible. Quitó su mano y grande fue su sorpresa al ver cómo había cambiado la forma del ojo que acaba de mover. Ya no estaban las aspas, y en su lugar se había formado una extraña forma de estrella negra de tres puntas, cuyo centro carecía de pupila; o bien ésta se había vuelto roja, como el resto del iris. Itachi acercó su cara para leer las pobres letras que acaban de aparecer y le costó diferenciar lo que decía.
—… Mangekyō — leyó, pero no estaba seguro de si lo había pronunciado bien.
Un repentino dolor en el ojo derecho hizo que dejara de lado lo que estaba haciendo, apretando con su mano libre dónde se originaba el padecimiento. La vista de ese ojo se le nubló y no pudo evitar estremecerse ante el malestar que estaba sintiendo. Apretó los dientes y tuvo que hacer un sobre esfuerzo para alejar la mano que sujetaba su ojo derecho, sólo para hallarse con sangre en la palma de la mano. El ojo izquierdo también empezó a molestarle, pero la incomodidad no era comparable en relación a su par.
—¿Qué diablos…? —Itachi respiró hondo y se limpió con el antebrazo las lágrimas de sangre que habían surcado su mejilla. Se obligó a calmarse y sólo entonces el dolor empezó a ceder.
En medio de su sufrimiento, un sonido lo puso en alerta, justo a tiempo para esquivar el golpe que iba dirigido hacia él. Kabuto poseía en ambas manos un bisturí de hoja larga, listo para arremeter contra el detective. Itachi a duras penas esquivó el golpe, pero ahora que estaba consciente de su atacante dudaba que pudiera ser tomado por sorpresa nuevamente.
Con el bisturí listo para introducirlo en la piel del oficial, Kabuto lanzó un golpe esperando poder asestar contra Itachi, pero no previó que el detective con una patada dirigida al abdomen lo haría retroceder. En ese reducido espacio era muy difícil moverse para ambos, pero si Kabuto pensaba que él era una serpiente depredadora acorralando a su presa estaba muy equivocado, ya que, para desgracia de él, Itachi bien podía ser un cuervo que al alzar el vuelo acabaría con su suerte.
Desde sus inicios en el departamento de policías de Konoha, Itachi fue reconocido por su excelente puntería, y quizás fue por eso que la frustración se acrecentó en él al haber disparado y fallado en su tiro contra Kabuto, quien ágilmente ocultó su cuerpo contra una de los tantos pilares cubiertos con sábanas. Haciendo uso de una de éstas últimas, Kabuto intentó obstaculizar a Itachi, haciendo que la sábana cayera sobre él, pero no consiguió más que retrasarlo. Cuando la tela fue retirada quedaron expuestos algunos tanques gigantes, cuyo contenido, por desgracia, era el que Itachi había presunto: Experimentación.
—¡Deja de huir! —exigió el detective, por fin teniéndolo a la vista —. El equipo de policía ya tiene tu ubicación, es cuestión de tiempo que lleguen aquí.
—Exactamente, detective… todo sólo es sobre tiempo. —a pesar de estar siendo apuntado con un arma, Kabuto no parecía nervioso.
—Dime, ¿Quién se supone que eres?
—¿Yo? Sólo un vil instrumento, uno del tipo desechable —la sonrisa de Kabuto comenzó a incomodar a Itachi.
—Sé que no estás solo en esto, ¿Dónde está tu compañero? Habla.
Se hizo un minuto de silencio entre ambos, en el que sólo sus miradas podrían haberse comunicado de no haber sido por la penumbra. Apenas podían distinguirse sus siluetas y uno que otro gesto o rasgo.
Cuando el detective hizo la pregunta, Kabuto iba responderle de inmediato con las respuestas predeterminadas que ya tenía, pero se vio perplejo cuando los ojos del oficial se posaron sobre los de él. Y no, no era por la sangre de resbalaba por uno de ellos, sino por aquello que había generado el sangrado.
Ante tal descubrimiento, Kabuto no pudo evitar la risa, la que prontamente se hizo estruendosa y frenética. Estaba extasiado con lo que acaba de presenciar, a tal punto que fue inconsciente de la amenaza a la que estaba expuesto. Itachi, quien aún no se mejoraba de su malestar previo, se puso a la defensiva por instinto, sin llegar a entender la reacción del asesino.
—¡Es maravilloso! Lo es, lo es, ¡LO ES! —Kabuto se retorcía de lo que podría ser placer —. Oh, gran señor Madara, usted había previsto esto. Usted… usted es Dios.
Itachi bufó, y en un silencio digno de su labor, se lanzó contra Kabuto, quien muy tarde se reconectó con su situación. Para cuando quiso responder contra el ataque del detective, su cuerpo yacía inmóvil debajo del de Itachi, con los bisturíes lejos de su alcance y un revolver entre ojo y ojo. Fue en esa posición que, por primera vez en mucho tiempo, Kabuto se vio derrotado. Aun así, cuando fue en busca del origen de las gotas de sangre que acaban de caerle encima, sus ojos nuevamente fueron a dar con los del detective, y esta vez —para mayor desconcierto de Itachi —, Kabuto empezó a llorar.
Eran lágrimas de alegría.
—Tus ojos… —susurró. No para Itachi, sino para él mismo.
—Vas a decirme dónde está tu compañero —exigió de manera entrecortada, con el pecho agitado por el esfuerzo físico de detener a Kabuto e inmovilizarlo —. Aquel que se hace llamar Uchiha Madara dime dónde está. ¡Habla!
Al oír ese nombre, Kabuto puso un rostro de adoración.
—Él está en todas partes… Puedo verlo ahora mismo, justo frente a mí.
Pero frente a él sólo estaba Itachi, y ante tal sugerencia el oficial se sintió iracundo —impropio de él —, y perturbado. Le estaba empezando a poner incómodo la forma en que él lo estaba mirado. Empezó a sospechar que nada de lo que él le dijera desde ahí en adelante le serviría, y que más le sería útil inconsciente que murmurando barbaridades religiosas. Quizás la persona a la que Sakura se refirió era al mismísimo Kabuto en medio de una conversación delirante, en dónde él jugaba ambos roles… quizás.
Sakura.
No bien el nombre se le vino a la mente, Itachi rechazó la idea de noquearlo. Aun le podía ser útil.
—Quiero el antídoto del veneno —dijo, consiguiendo la atención de Kabuto —. ¿Dónde está?
—Oh… Te refieres a Sakura, ¿Eh? Ya es tarde para ella.
Itachi golpeó con la parte de atrás de la pistola la frente de Kabuto, haciéndola sangrar. Kabuto borró la sonrisa socarrona que tenía y puso una mucho más seria.
—¿Por qué piensa que hay una cura, detective? —No había sarcasmo en su voz.
—Porque, desde el comienzo, siempre he creído que eres astuto. Incluso ahora.
Dicho esto, Itachi golpeó nuevamente a Kabuto, esta vez en la nariz, consiguiendo que chillara de dolor. En esa breve distracción que creó, Itachi sacó del bolsillo del pantalón el frasco que previamente había tomado del mesón, aquel que sospechaba que era veneno, y antes de que Kabuto se diera cuenta de lo que pasaba lo hizo beber el contenido del frasco, tapándole la boca con ambas manos para evitar que lo expulsara. Por desgracia esto hizo que Kabuto dejara de estar inmovilizado, quien apenas sintió sus brazos libres comenzó a utilizarlos para golpear a Itachi furiosamente en pos de defensa. En uno de esos golpeas consiguió darle bajo el diafragma, quitándole el aire de lleno y dejándolo vulnerable. Kabuto lo pateó en el pecho alejándolo de él.
—¡¿Pero qué demonios…?!
Kabuto estaba sentado en el suelo, intentando incorporarse mientras se sujetaba la nariz, la cual dejó escurrir sangre. Itachi, arrodillado sobre una de sus rodillas y apoyando el peso de su torso sobre ella, medio sonrió. Lanzó el frasco a los pies de Kabuto, y éste, al reconocerlo, miró incrédulo al oficial.
—Sé que hay un antídoto, y esta es mi forma de demostrarlo.
—¡Maldito seas!
Por supuesto, Itachi había sopesado las alternativas. Una de ellas era que Kabuto, presa del pánico, intentara ir a por el antídoto, y de esta forma quitárselo y adminístraselo a Sakura, teniendo en consideración que no fuese una trampa inversa y el antídoto fuese efectivamente aquel. Otra opción era que, en medio de una oleada de ira, Kabuto intentara acriminarse contra él. Bastante factible dada la situación. También cabía la posibilidad de que en realidad no hubiese antídoto… lo cual sin duda podía ser lo peor que podría suceder.
Pero había un antídoto, y lo confirmó cuando Kabuto se fue contra él, como había previsto.
—¡No moriré de esta forma vulgar! —exclamó, asqueado ante la simple idea —. ¡La luz de Madara es mi única forma de entrar a su reino!
—¿La Luz de Madara…? ¿Qué es eso? —preguntó, pero Kabuto ni se molestó en escucharlo debido a su naciente ira.
El golpe que recibió Itachi en la mandíbula fue certero y doloroso, además de imprevisto. Kabuto sobre él intentó ahorcarlo, pero no tenía la suficiente fuerza para someterlo. El oficial consiguió hacerlo rodar hasta sucumbirlo bajó él, pero nuevamente los golpes en el abdomen lo hicieron flaquear. Pensó en intentar hacer uso de su revólver, pero éste yacía demasiado lejos de él, a una distancia en el que ni él ni Kabuto podrían alcanzarlo. Y no es que por la fuerza no pudiera noquearlo… es que no quería. Si lo hacía Sakura sería la más perjudicada.
Toda la rabia contenida se concentró en una sola idea en la cabeza de Kabuto. Apenas consiguió tener una mano libre enfocó toda su fuerza en darle a Itachi en a cara, pero no en el mentón ni la nariz… sino en el ojo derecho. Y le dio.
Itachi no consiguió ahogar el grito de sufrimiento en sus labios, debilitándose debido al dolor. Kabuto se separó de él, fatigado y quejumbroso, abandonándolo en ese cuarto. El oficial reconoció el sonido de la puerta siendo abierta, e intentó seguirlo pese a su temporal ceguera. Tomó su arma y cruzó al cuarto octagonal, no viéndolo en ninguna parte, sin embargo, el sonido de frascos quebrándose en la habitación siguiente le dieron su ubicación inmediata. Para cuando Itachi lo visualizó, Kabuto tenía en manos una jeringa y parecía apresurado en anexar la aguja al instrumento.
—Baja eso y ponlo en el mesón —le ordenó Itachi, recién percatándose del sudor en el rostro del asesino.
Los ojos de Kabuto estaban brillantes, no de lágrimas, sino de enfermedad. Su cuerpo empezó a reconocer el veneno, y con la dosis que le había administrado el detective (mayor de la que él le había dosificado a Sakura) no era sorpresa que los síntomas se acentuaran. Ya le empezaban a temblar las manos, y el sudor no era una buena señal.
—Atrás, detective —contestó él, negándose a entregarle la jeringa.
—Está claro que es el antídoto. Entrégame esa dosis, así podrás usar tú la otra.
Kabuto apretó los labios.
—Usaré esta dosis yo… le daré una a Sakura después.
Itachi quitó el seguro del arma. Hablaba en serio.
—Sakura primero. Después tú.
El dilema de Kabuto se resumía a que la dosis que el detective Uchiha quería era la única existente. Había otros tubos, claro, pero distribuidos en distintas áreas las cuales Kabuto dudaba poder alcanzar a tiempo. Quizás sí, quizás no, pero era un riesgo que no podía correr. Si se inyectaba el antídoto le iban a disparar, y nuevamente caería preso de un destino que no deseaba. Si le dejaba la jeringa al detective entonces el veneno acabaría con él.
¿Se atrevía a jugarse la vida al inyectarse el antídoto? Con algo de suerte el detective Uchiha le disparaba en una extremidad o en una zona no vital, consiguiendo así por último el tiempo suficiente para encender su camino hacia Madara… pero, ¿Y si moría por el disparo? ¿Qué si no conseguía a tiempo encender su luz? No podría purificarse… No podría regresar con él.
Itachi vio la duda en su rostro, y repentinamente el mirarlo hizo que le dolieran los ojos nuevamente. Algo se sentía extraño… Algo le estaba pasando.
—Te diré dónde está la siguiente dosis —intentó nuevamente, acercando la aguja a su antebrazo. Las piernas empezaron a flaquearle.
—¡No…!
Itachi vio como Kabuto introducía la aguja a su brazo y comenzaba a administrarse la cura, y un segundo después él le disparó.
El tiro le dio en el hombro a Kabuto, quien en respuesta soltó la aguja y la dejó caer al suelo, cayendo él poco después debido al terrible dolor. Itachi corrió hasta la jeringa, pero Kabuto luchó contra él, sujetándolo de la pierna y haciendo uso hasta de sus dientes para detenerlo. El detective se sacudió la pierna y se soltó de su agarre, alcanzando al fin el antídoto.
—¡REGRESAMELO!
Itachi detuvo su brazo antes de que lo golpeara, y se miraron una vez más a los ojos.
—Voy a quitarte esto —Itachi lo miró con severidad, aferrando la jeringa en su mano izquierda.
—¡No queda otro frasco!
—Hm, y aun así te atreviste a inyectártelo a sabiendas de esto.
—¿Inyectarlo…? ¿De qué estás hablando?
Itachi hizo rechinar los dientes de rabia, no seguro si por la mentira descarada de Kabuto, o por la fidedigna incertidumbre que él tenía en la mirada. Tiró del brazo del hombre, ahí dónde él debió haberse hecho la punción para acabar con esa farsa, pero sus ojos se abrieron al no hallar la dichosa prueba.
Su antebrazo estaba impoluto.
—Tu usaste la dosis. Yo lo vi.
—D-Debes estar bromeando…
Kabuto no necesitó mirar al detective para saber lo que había pasado. Ya lo había visto antes. La habilidad para anticipar eventos. Una risa ahogada empezó a salir de sus labios, acompañada por una tos ronca y sangre. Itachi le exigió saber qué había pasado, pero Kabuto parecía ligeramente delirante.
—D-Dígame oficial Uchiha… ¿Usted cree en leyendas? —preguntó aun en medio de risas débiles —. ¿Será que usted… cree en Dioses? Porque debería hacerlo…
Un escalofrío recorrió a espalda de Itachi. Algo no estaba por salir bien.
Sentía como sus ojos ardían, para luego sangrar.
¿Qué le estaba pasado?
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Ya, si llegaron hasta aquí significa que no tengo todo perdido, aunque sé que no me lo merezco.
Iba a subir un sólo capítulo final, pero anoche ya iba en un capítulo de 12 mil palabras, y eso en serio es demasiado, sin mencionar que aún no lo terminaba. Era demasiado extenso, así que preferí cortarlo. Bien podríamos decir que este es el capítulo 7A y el siguiente el 7B. Aparte del capítulo siguiente estoy pensando seriamente en poner epílogo, y tengo demasiadas ideas en la cabeza... estoy pensando bien esto, en especial la parte del romance, por si ambos quedan juntos o no. Ay no lo sé hahaha Por un segundo quise meter a Sarada, pero ay... no puedo, es que no. Ya. Olviden esto. ITASAKU for me plis
Bueno, lo más importante es darles las gracias. Yo siempre seguí leyendo los reviews, y así fue que dije "Niña, haz justicia. Haz lo que te gusta". Al Diablo la Universidad (No, en realidad voy a volver a estudiar después de subir esto). Eso, así que voy a terminar este proyecto, cueste lo que cueste. Espero subir el siguiente pronto, ya lo tengo algo avanzado.
Sin más, me despido! Besotes.
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24 junio 2018
9:22 am
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