7. Luces y sombras
Al ver la mansión en persona, el primer pensamiento de Sugawara fue: Esto… no… no puede ser que… así… de…
Y, justo después, su primer pensamiento «coherente» fue: Esto es enorme.
Ichigo no le había mentido al describir el tamaño de aquel palacio. Con adornos de escayola y plata, era un edificio que se erguía a unos treinta metros del suelo, con sus cinco plantas muy bien distribuidas a lo largo de cincuenta metros de ventanales ojivales y con una pequeña escalinata que culminaba en una doble puerta chapada en oro. Rodeada por hectáreas y más hectáreas de arrozales y limoneros en flor, la casa parecía un pequeño monumento del siglo XIX recién restaurado, listo para recibir invitados de la nobleza en cualquier momento.
—¿Vivís aquí? —preguntó Sugawara sintiéndose intimidado por la majestuosidad del sitio y, al mismo tiempo, encantado de poder entrar a una mansión tan espléndida.
—Mi padre no quiere vivir aquí. Es demasiado grande para nosotros dos —le explicó él abriendo la puerta y dejando que pasara Suga primero—. Es solo parte de una herencia con la que no sabemos qué hacer.
El sitio olía a nogal y a limpio. Los techos enyesados eran tan altos que parecían sujetos por las nubes y hacía la temperatura perfecta sin necesitar de ningún termostato. Pero Sugawara solo pudo apreciar las paredes de madera oscura y los antiguos muebles tallados rodeando una chimenea de piedra antes de procesar lo que había dicho Ichigo.
—¿Has dicho «parte» de una herencia? —se sorprendió él dejando caer los adornos que guardaba en bolsas para la fiesta de aquella noche—. ¿Y cuál es la otra parte? ¿Medio Japón?
—Para qué querríamos nosotros tener media isla llena de edificios grises y personas corriendo de un lado para el otro sin tiempo para jugar en un parque —se quejó Ichigo cogiendo una foto de la repisa de la chimenea—. No. Hicimos algo mucho mejor con la otra mitad de la herencia.
En la foto aparecían dos hombres. Uno era claramente el padre de Ichigo vestido con un esmoquin violeta y azul marino en medio de una fiesta de negocios pintada en gris y blanco. El otro era un hombre altísimo, con el pelo rapado, la piel oscura y vestido con un traje tradicional africano de alegres colores.
—Es Daren —le explicó cogiendo otra foto mucho más grande en la que aparecía únicamente el hombre negro vestido con traje y corbata—. Mi padre y él fueron amantes durante casi diez años.
—Parecen muy felices —afirmó Suga recorriendo los retratos que se esparcían por aquel gigantesco comedor—. Él es quien os dejó todo esto, ¿no?
—Sí. Dinero y esta inmensa mansión; la empresa farmacéutica y el resto de sus propiedades pasó a su mujer.
—¿Estaba casado? —se escandalizó él dejando de observar los libros que adornaban las estanterías de ébano.
—¿Cómo iba a ser de otra forma? —repuso Ichigo dejando las fotos en donde estaban—. Solo se separó de ella cuando descubrieron que tenía leucemia. Vivió con nosotros un par de años hasta que… ya no pudo más.
El aire se enrareció de repente. El instinto de Suga, que jamás le había fallado, le indicó que estaba a punto de pasar algo. Algo que no tenía nada que ver con la triste historia que le estaba contando y mucho que ver con el hecho de estar solos en una casa vacía.
—¿Qué hicisteis con el dinero? —preguntó él para cambiar de tema y no continuar por el camino de no retorno que ya estaban tomando. Incluso empezó a sacar las guirnaldas de las bolsas para organizarlas por tamaños.
—Nos aseguramos que la historia que hubo entre mi padre y Daren no volviera a pasar —le comunicó él ayudándole con las cajas más pesadas—. Y construimos un sitio en donde nadie juzgara a nadie por querer a una persona.
Sugawara casi dejó caer la caja de vodka azul por la impresión. Le costó un poco más procesarlo y atar cabos pero cuando lo hizo, estuvo más claro que el agua.
—¿Sois los propietarios de Tanshima? —preguntó él con la voz queda—. ¿De todo el Distrito?
—Solo de los edificios más céntricos. —Ichigo le quitó importancia con una falsa modestia que suplicaba por una pequeña bofetada en su cara perfecta—. El resto fueron construidos unos años después de empezar el proyecto por empresas privadas y a través de donaciones anónimas para que no las vincularan con «el Distrito gay de Japón».
—Entonces… Amarantine III… ¿Mi edificio?
—De ese sí que somos propietarios —le aseguró Ichigo con una sonrisa espectacular—. Espero que estéis cómodos allí. Los muebles de los pisos pequeños los elegí yo, la cocina la intentó diseñar mi padre pero no se le dio muy bien que digamos y tuvimos que recurrir a un decorador profesional.
—Sí… claro —afirmó Sugawara reponiéndose de la sorpresa—. Entonces eres nuestro casero, ¿verdad?
—Así es.
—Pues encantado de conocerte por fin —rio Suga cogiendo una nueva bolsa.
La mano de Ichigo le apartó de su trayectoria. Le acarició los dedos con suavidad, uno a uno, hasta que estuvieron a menos de dos centímetros de distancia. Sugawara sintió el corazón a punto de explotar en su pecho.
—Sugar, yo no quiero perder el tiempo como hicieron Daren y mi padre. Encontrándose en moteles en países extranjeros para que no los reconozcan, dándose la mano debajo de la mesa de conferencias y ocultando a todo el mundo que se querían. —La mano de Ichigo ascendió muy lentamente por su brazo hasta acariciar el lateral de su cuello y poco después el pelo de la nuca—. Así que, ¿por favor…?
La cara de Ichigo se acercó con precaución, con cuidado, con miedo de asustarlo y dispuesto a apartarse en cualquier momento. Sugawara suspiró con el corazón en un puño y se dejó hacer tratando de no pensar qué estaba ocurriendo. Fue un beso cauteloso, algo desapasionado pero muy tierno, Sugawara se sintió en las nubes durante unos instantes antes de bajar a la tierra y ver a Ichigo delante de él.
—No está mal para un primer beso —bromeó Ichigo acariciándole las mejillas.
—¿Cómo has sabido que era el primero?
—Lo tienes escrito en la cara, Sugar.
Sugawara sonrió y se lamió los labios con la punta de la lengua. Había soñado tantas veces con su primer beso que le parecía casi un recuerdo. Cerraba los ojos y escuchaba los pasos de su equipo alejándose del campo; olía el sudor y la goma gastada de las zapatillas de deporte en el pabellón; veía la luz anaranjada atenuándose en el Oeste; podía oír las risas de Noya y los gruñidos de Tsukishima alejándose cada vez más. Y estaban en la cancha de volley, Suga y él (No pienses en él, no pienses en él de esa forma nunca más), recogiendo las redes para doblarlas y guardarlas en el almacén. Ambos se acercarían muy lentamente para juntar el pliegue y ocurriría sin pensarlo, como si fuera un pacto sin palabras al que ambos habían accedido. Sería como respirar pero mejor, porque el aliento no tendría nada que ver con aquello. Sería lento y dulce, torpe y con la boca cerrada hasta alguno de los dos tuviera el valor de jugar con la lengua del otro.
«Quedémonos aquí un rato», habría sugerido Daichi entre beso y beso y Sugawara solo habría podido asentir mientras le acariciaba la parte de atrás de las orejas con la punta de los dedos, sin atreverse a tocar mucho más aunque cada parte de su cuerpo lo deseara.
—¿Empezamos llenando las neveras de hielo? —sugirió Ichigo llevando las bebidas a la cocina.
—Pon los aperitivos en platos y ya me ocupo yo de las bebidas —contravino Suga volviendo a la realidad de un guantazo—. Pero me tienes que ayudar con las guirnaldas y las velas.
—Eso está hecho, Sugar.
Al pasar por su lado, Ichigo le dejó un pequeño beso en la frente. Sugawara sonrió y trató de contener toda la angustia que tenía para enfrentarse a las decisiones que estaba haciendo.
oooooooo
—Por última vez —gruñó Noya recorriendo las calles de Tanshima con paso muy acelerado—, no soy una puta medusa.
—Pero yo no digo una medusa de las que pican, tío —se quejó Tanaka colocando correctamente su máscara del Fantasma de la Ópera y tratando de hacer que su capa se balanceara en el aire con elegancia (sin conseguir ningún avance)—. Digo Medusa, la tía esta que convertía a las personas en piedra.
—No pasa nada si estás vestido de Medusa —lo tranquilizó Yachi tratando de seguir el ritmo de los otros dos—. Yo también me he comprado un disfraz porque estaba más barato que los otros y si ni siquiera me sienta bien este traje de abeja.
—¡Pero que yo no soy Medusa! —se sulfuró Noya tratando de contenerse y no lanzar el móvil de Tanaka hasta donde le llegaran las fuerzas. Solo se dominó porque el dichoso móvil le indicaba que la casa de Asahi estaba a trescientos metros delante de él.
Trescientos metros. No doscientos y pico kilómetros. No tres horas de tren y cuatro trasbordos horrorosos en los que casi pierden el equipaje por el camino. Asahi vivía allí y Noya estaba deseando verlo. Así que no se iba a poner a discutir con estos dos idiotas que él iba vestido de Eddie, la mascota de Iron Maiden, y que el traje fluorescente que compró hacía más de un año solo para ver la cara que ponía Asahi al verle.
No iba a hablar de todo eso. Solo podía pensar en Asa, en verle y tocarle y abrazarle hasta que se pusiera rojo e incómodo y eso solo hiciera que Noya quisiera estar más cerca de él. Verle sonreír. Por favor, necesitaba tanto ver su sonrisa que hasta le dolía el pecho de pensar en ella. Jugar con Conejo un rato hasta que se hartase de él y se fuera a dormir en su cueva. Y que Asahi le dijera lo delgado que está y Noya se metiera con él porque se había dejado otra vez tres pelitos en la barbilla, esos que tanto le gustaban.
Necesitaba pasar las manos por su cara y sentir que era real, que no era una voz enmudecida en el auricular en su teléfono ni un corto mensaje deseándole suerte con el próximo partido. Sentir que estaba ahí mismo para decirle que se había vuelto a morder las uñas de la mano izquierda y escuchar los mismos consejos de siempre: Asahi intentando convencerle para que se pusiera el puto pintauñas con sabor a mierda.
Y en ese momento, Noya se lo pondría sin problemas si así pudiera verle unos segundos antes.
Al llegar al edificio Amarantine III, no se entretuvo en observar los jardines ni las luces ni los bancos de piedra ni la escalinata de mármol. Pulsó el botón del 5º C insistentemente hasta que escuchó el descolgar del telefonillo al otro lado.
—Déjame adivinar —canturreó la voz de Daichi. Noya intentó sin éxito no sentirse decepcionado al escuchar el tono profundo de Daichi y no los susurros pausados de Asahi. Se acarició las uñas mordisqueadas para no ceder a la tentación una vez más—. Sois los dos de siempre que vienen tarde a todas las fiestas, ¿no es así?
—Pues no, so listo —se quejó Noya empujando a Yachi hasta el telefonillo—. También tenemos a la mánager del equipo así que un poco de respeto por tus superiores.
—Hola, Daichi —rio ella saludando a la cámara—. Muchas gracias por invitarme.
—Un placer tenerte con nosotros.
La puerta se abrió con un zumbido y al instante hubo un señor de unos mil años esperándolos en la entrada. Se abrió pasó entre ellos con un par de codazos y se fue refunfuñando.
—Más mariquitas en el edificio. Una vergüenza, una verdadera vergüenza.
—¡Eh, que es una abeja no una mariquita! —gritó Noya abrazando a Yachi por los hombros—. No te preocupes, tu disfraz no está tan mal para confundirse con una mariquita, es que el abuelo tiene que operarse de cataratas.
Tocó el botón del ascensor y esperó con toda la paciencia que pudo reunir cinco segundos enteros antes de sentir ganas de subir corriendo por las escaleras. Pero las puertas se abrieron antes de que Noya pusiera el pie en el primer escalón.
—¿Este cacharro no puede ir más rápido? —se enervó Noya tocando repetidamente el botón del quinto piso.
—Noya —lo reprendió con suavidad Yachi colocando la mano contra la suya.
—Ya. Vale. —Él intentó calmarse y se ajustó su peluca verde encima de la cabeza—. Estoy tranquilo.
—No, no lo estás —sonrió ella apartando la mano—. Pero me vale.
Nada más salir del ascensor, Noya se encontró una máscara horrorosa de aquel tipo americano con el que internet se había llenado de memes. Ese que decía cosas como fake news y murallas para los Mexicanos y otras cosas sin gracia ninguna (así que debía ser un humorista muy malo o un tío con mucha pasta para que todo el mundo le riera esas gilipolleces).
—Let's make Japan great again! —exclamó Daichi quitándose la máscara con una risa espantosa y arreglándose el traje azulón—. ¿Os gusta mi disfraz?
—Jamás he entendido tu sentido del humor, Daichi —afirmó Noya apartándolo casi con brusquedad.
—Hola a ti también, simpático —se quejó él dejándole pasar—. Pero a vosotros sí que os ha gustado, ¿eh?
—Es… muy original —comentó Yachi saliendo del ascensor con precaución.
—Tío, ¿Trump, en serio? —le soltó Tanaka cuando recuperó el habla—. ¿Es lo mejor que se te ha ocurrido?
—Vi la máscara en la tienda de disfraces y pensé que…
—¿Dónde está Asahi? —atajó Noya entrando a trompicones en el piso abierto.
Allí solo había un espacio vacío con un par de personas poco importantes charlando en voz baja. Una chica le saludó alzando la mano pero él se limitó a hacer un corto asentimiento para devolverle el saludo.
—Está en su habitación —le contestó un chico sentándose en el sofá—. Terminando su disfraz.
—¿Asa? —se sorprendió él avanzando hasta ellos. Asahi jamás se había preocupado por el aspecto que tenía, era muy extraño que todavía estuviera arreglándose sobre todo sabiendo que Noya venía a verle.
—Yo qué sé, no parecía muy convencido del traje que le habíamos escogido —rio la primera chica—. Aunque te aseguro que es bastante intenso, no sé si me entiendes.
Oh, no.
Noya no necesitó más. Seguro que a Asahi le había entrado la vergüenza suprema al verse con un taparrabos cortísimo o con unas patitas de gato enganchadas en sus manos. Abrió sin decencia ninguna las puertas del piso y al ver que no pudo franquear el umbral de la izquierda, supo que aquel era su escondite.
—Asa —llamó golpeando la puerta con ambos nudillos—. Me abres o me abres.
—¿Noya?
—No. El fantasma de las Navidades pasadas —ironizó Noya poniendo los ojos en blanco—. Si no me abres empiezo a cantar el himno del Karasuno. Primer aviso y no va a haber un segundo.
—¡No!
—¡CON NUESTRAS ALAS TE CRUZARÁS! ¡Y NO PODRÁS VOLVERTE ATRÁS! ¡SOMOS UN GRUPO! ¡SOMOS LEYENDA! Y ahora, solo de pandereta. —Noya golpeó de madera con más insistencia hasta que escuchó su carrera acelerada hasta la puerta.
Asahi descorrió el pestillo y Noya no dejó pasar ningún instante antes de meterse con él en la habitación.
Fue entonces cuando se quedó sin habla.
En aquel punto de su mutua amistad, Noya ya era consciente de que tenía una pequeña obsesión con Asahi. Vale. Eso estaba más que claro. Por un lado, tenía a sus amigos, unos cuantos colegas, gente con la que se iba de parranda, un par de chicas con las que hacía carreras de bici por el barrio, su equipo de volley que eran más tontos que un ladrillo pero que se les cogía cariño al final del día. Por otro, tenía a Asahi. Y con él era distinto. Más fácil de alguna manera. Más emocionante de todas las formas posibles. Y por eso, en el ranking de Noya de las personas con las que quería pasar el rato estaba primero Asahi Azumane, luego Asa, después el ex-As del Karasuno (compartiendo podio con Tanaka) y ya el resto del mundo.
Sin embargo, aquello era otro nivel en su pequeña escala de obsesión personal. Aquel hormigueo debajo de las uñas rotas y ese pequeño temblor en el labio inferior era algo distinto a lo que estaba acostumbrado.
—¿Te has disfrazado de Eddie otra vez, Noya? —rio Asahi todavía con el descaro de pasarse la toalla por su cuerpo desnudo y lleno de aceite—. No puedes utilizar el mismo disfraz para Halloween y para la fiesta de Daichi.
—¿Y quién dice que no? —tartamudeó él intentando mover la lengua por su boca repentinamente seca. Tiene el cuerpo lleno de aceite, todo lleno de aceite. Está pringoso y lleno de aceite. Pero por qué—. ¿Tú puedes ir en pelotas y yo no puedo ir como me salga de los cojones?
En pelotas, lo que se dice en pelotas no iba. Solo tenía el pelo desteñido bajo un casco con un par de alas diminutas y unos calzones negros con botas. Y el pecho desnudo. Cubierto de aceite, además (ya se había dado cuenta de este hecho pero Noya se veía en la obligación de recalcarlo). Aceite que le daba a su piel una tonalidad más oscura y un aspecto más salvaje.
—Voy de Thor —susurró él pasándose la toalla por el torso.
—Juraría que Thor tiene armadura.
—Sí pero los millenials han pensado que quedaría mejor si me quitaban la parte de arriba del disfraz y me han llenado de aceite entre los cuatro. "Seguro que nadie nota la diferencia, Asahi" —se quejó tirando la toalla al suelo.
—Espera que te ayudo.
Noya salió para ir al baño y cogió cuantas toallas vio además de varios rollos de papel higiénico de color azulado. Luego se giró hacia el grupito de niñatos y recogió el peto de plástico del suelo. Estaba a punto de cantarles las cuarenta cuando la misma chica que le había saludado le regaló una sonrisa felina.
—¿Qué tal? —sonrió ella estirándose en el sofá—. ¿A que está mucho más apetecible?
—Te callas —gruñó Noya tratando de agarrar todos los enseres al mismo tiempo—. Y no os vais a acercar a Asahi en toda la noche, si no os las veréis conmigo.
—Uh, la pequeña fiera saca sus uñas. Méale encima, si ves que tal...
Noya se limitó a volver a la habitación y se concentró en quitarle con saña todo el aceite del cuerpo. Y, ya que estaba, se concentró en no mirar. Se concentró en no pensar. Se concentró en no recordar la palabra que había dicho aquella chica. Apetecible.
Está apetecible porque parece una ensalada con tanto aceite. Solo le falta sal.
—Ponte esto —le ordenó lanzándole el peto con rapidez—. Venga, que vamos tarde.
—Noya —lo llamó de nuevo Asahi. Y él se quedó parado en el umbral de la puerta, esperando algo que nunca sabría—. Me alegra mucho verte. De verdad.
Noya dejó escapar todo el aire de sus pulmones y le cerró la puerta en las narices.
El líbero del Karasuno cumplió su promesa y no dejó que nadie se acercara a Asahi en todo el camino a la fiesta. Nada más salir del piso empezó a avasallarle a preguntas sobre el barrio, su trabajo y Conejo antes de que nadie más abriera la boca. No quería que ninguno de esos imbéciles (Que por cierto, ¿de dónde habían salido?) se acercara a él y le cubriera el cuerpo de nuevo de a saber qué. Lo estaba protegiendo. Sí, señor. Como compañero del alma que era, su deber radicaba en protegerle de esos gilipollas que se creían con el derecho a hacer con él lo que quisieran.
Qué buen amigo era, joder. Después le pediría a Asahi un regalo por hacerle el favor de su vida.
Al llegar a la fiesta, Noya no perdió el tiempo. Cogió a Asahi de la presilla del pantalón y, como las luciérnagas atraídas por la luz, Noya se vio atrapado en una vorágine de música estrepitosa, patatas fritas pisoteadas, vino barato, dulces cubiertos de azúcar rosa y miles de personas balanceándose a un ritmo que solo podían escuchar ellos. El salón gigantesco estaba cubierto por guirnaldas brillantes y serpentinas rizadas; el ambiente, cargado con aroma a alcohol y refritos varios pero el aire parecía estar cubierto de purpurina y burbujas de arcoíris y Noya se perdió en la multitud.
No tardó en mezclarse entre los conocidos, ayudó a Tanaka a ponerse su capa en forma de túnica romana para que pudiera moverse e invitó a Yachi a bailar Livin' on a prayer. La convenció casi cuando la canción acababa pero mereció la pena cada segundo por verla con la cara del color de las manzanas maduras, tratando de mirar fijamente el suelo y no tropezar al mismo tiempo con la multitud que la rodeaba. De repente Asahi apareció en su campo visual y se propuso sacarlo a bailar a él también con la excusa de comprobar quién era más patoso de los tres.
—Hacía tiempo que no iba a una fiesta con buena música —se entusiasmó Noya saltando de alegría.
—Les he dicho que añadan algo más rockero para ti —le confesó Asahi con un gesto como para no darle importancia—. No ha resultado difícil.
—Eres el mejor, Asa. ¡El mejor!
Asahi sonrió. Y si Noya pensaba que había echado de menos esa sonrisa, ahora era plenamente consciente de esto.
—Quédate con Yachi, yo iré a buscar algo de comer —dijo bajando su peto para poder hablarle en el oído—. ¿Pringles con paprika, verdad?
—Sabes que yo siempre soy fiel a lo que me gusta —rio Asahi apretándole el brazo y estuvo a punto de decirle algo más antes de soltar un simple—: Gracias.
Noya gruñó y el mal humor de nuevo le atenazó el estómago. De pronto ya no tenía hambre (algo muy raro de por sí), pero no podía evitar rumiar la rabia que empezaba a emerger dentro de él. O sea, que Asahi no mantenía esos silencios raros por teléfono sino que además lo hacía cara a cara. Genial. Noya no podía estar más contento. Había viajado hasta el culo del mundo solo para ver a su mejor amigo y él seguía raro con él con esos silencios raros y con esas miradas y sonrisas muy raras que parecían decir algo que Noya no entendía. Y a pesar de que estaba acostumbrado a no comprender la mayor parte de sucesos que ocurrían en su vida (las derivadas y las integrales eran prueba de ello) le tocó los cojones no ser capaz ni de descifrar a su mejor amigo.
—Ey, chaval —rio una chica a su lado (vestida de amazona y con un arco gigantesco a su espalda)—. Relaja la raja que estamos en una fiesta no en un funeral.
—Sí, es verdad —aceptó Noya dejando el plato lleno de doritos y saladitos variados encima de la mesa—. Es verdad. Es verdad. Tienes razón, es verdad.
—¿Estás bien? —preguntó ella con un tono que sonaba más bien preocupado—. ¿Quieres que llame a alguien?
—Sí —gruñó Noya todavía con la rabia consumiéndole desde dentro y escupiendo toda la ira que llevaba guardando todos aquellos meses—. A ese gilipollas que tienes ahí, el rubio con el casco de alas. Para que me diga de una puta vez lo que siempre se calla después de dos minutos hablando conmigo.
—¡Guau! Cuánta violencia contenida en un cuerpo tan pequeño. Eso no puede ser sano, no señor —observó sirviéndole un brebaje rojo en un vaso del tamaño de su cabeza y se lo puso en la mano antes de que él pudiera quejarse—. Aquí tienes. Dáselo a tu dios nórdico y ya verás cómo canta como un pajarito.
—¿Qué es? —inquirió él bebiendo un pequeño sorbo (no iba a dejar que Asahi tomase bebida de una desconocida sin haberlo probado él primero, eso por descontado). El sabor a cereza y a limón concentrado le invadió la boca como un tsunami descontrolado.
—No te preocupes por eso —lo tranquilizó ella dándole un codazo que le dejó marcado en el brazo con un círculo perfecto—. Tú dáselo, ya lo verás. Y cuando termines con tu chico vienes y me lo cuentas.
Y, para su sorpresa, la amazona se despidió dándole una palmada en el trasero. Aquel fue uno de los extrañísimos momentos en la vida de Noya en los que no supo qué decir, así que se despidió con la mano vacía y se alejó de ella pensando en las pocas posibilidades que habría de volvérsela a encontrar voluntariamente.
—Asa, te he traído esto —balbuceó Noya entregándole la pócima de la verdad sin poder evitar mirar a su alrededor para comprobar que efectivamente había gente tomando la extraña bebida y no les salía humo de las orejas ni rabos de cerdo.
—¿Qué es?
—Sabe a cereza —explicó él con unos turbios nervios (incontrolables e incomprensibles) usurpando su cuerpo—. Te gustará.
—Lo que tú digas.
Asahi se llevó el vaso de plástico a la boca y Noya lo miró expectante, a la espera del más mínimo gesto de dolor para llevarlo al hospital más cercano. Aunque no tuviera ni zorra de dónde estuviera, pero tenía que haber alguno cerca, seguro.
—Me gusta mucho —afirmó él dejando la bebida por la mitad. Noya lanzó un suspiro de alivio—. ¿Cómo sabías que tenía sed?
—¿Qué intentabas decirme antes? —preguntó de sopetón tras inspirar profundamente.
—¿Cuándo?
—Antes —tartamudeó Noya sintiéndose muy inseguro de repente—. Cuando… cuando te callas de golpe y hay un silencio y cambias de tema y no sé qué te pasa.
—No es nada, Noya —lo tranquilizó Asahi con una sonrisa burlona—. Es una tontería.
—¿En qué quedamos? ¿No es nada o es una tontería?
Asa bebió otro sorbo y el líquido rojo le pintó los labios cortados de carmesí.
—Es que —comenzó pasándose la punta de la lengua por el labio inferior. Noya sintió que alguien había encendido la calefacción de la sala y sintió la necesidad de quitarse la peluca y secarse el sudor de la frente con ella— a veces… cuando hay mucha gente alrededor me dan ganas de… Aunque sé que tú no estarías bien con eso.
—¿Te dan ganas de qué? —inquirió Noya con la sensación de que se había perdido la parte importante.
—Nada —repitió Asahi dejando el vaso, ya vacío, en una mesa cercana—. Es una tontería, ya te lo dije. Y ahora necesito buscar con urgencia el aseo.
—Pues corre —gruñó Noya sin poder evitar darle un pequeño puñetazo en la parte baja de la barriga.
Noya se separó del grupo de sus conocidos. Ya no le apetecía seguir con la fiesta aunque había estado ahí menos de media hora y ni siquiera había llegado a ver a Suga. Pero daba igual, solo quería jugar un par de partidas al Diablo III y no pensar en la puta distancia que le había separado de su mejor amigo en un sentido más real que físico. Aunque esto pareciera una exageración, Noya era un tío temperamental que solía dejarse llevar por sus emociones, y que si el cuerpo le pedía bailar en medio de la pista, él lo hacía; o que si le apetecía ponerse la corbata en la cabeza durante la graduación de Asahi no se la quitaba de ahí a pesar de las súplicas de sus padres. Y en ese momento, Noya estaba muy cabreado así que no intentó ocultarlo aunque estuviera en una fiesta y no un funeral.
—No me ha dicho nada —comentó sentándose al lado de aquella amazona que le había ayudado un par de minutos antes—. Se ha bebido la cosa esa y me ha dicho que tiene ganas de algo conmigo y luego se ha ido, ¿te parece normal?
—Pues… no —contestó ella alejándose de la Cleopatra que tenía un racimo de uvas entre las manos—. Pero ¿te importaría decírmelo más tarde? Ahora mismo estoy algo ocupada.
—No sé para qué me has dado la pócima esa —gruñó Noya cogiendo un par de uvas para metérselas en la boca y tragárselas casi sin masticar—. Ahora se pondrá más raro aún y no querrá decirme qué pasa. ¿Tienes alguna idea de qué puede ser?
—Lo siento, no nos han presentado —lo interrumpió la chica volviéndose hacia él—. Soy Kahna. ¿Y tú eres…?
—Yuu Nishinoya —contestó él, encantado de hacer nuevos amigos y olvidándose durante unos segundos de Asahi—. Aunque todo el mundo me dice Noya.
—Está bien, Noya. —Kahna le cogió las manos con fuerza y lo acercó a él para que le escuchara con toda la atención (dispersa) que pudo acumular—. Quizás no lo hayas entendido pero estoy ocupada porque mi novia quiere darme las uvas de boca en boca y luego, para agradecerle que se preocupe tanto por darme mi dosis de fruta diaria, pensaba llevármela a la parte de atrás de la casa para meterle la lengua debajo de ese vestido blanco tan bonito que lleva. Así que sí, nos estás interrumpiendo. ¿Me has comprendido ahora?
Noya sintió por segunda vez en la noche que la respuesta desaparecía volando con la siguiente ráfaga de viento venida de la puerta abierta.
—Ah —farfulló juntando las rodillas tratando de pensar en algo que decir—. Pero. O sea. Ella es una chica, ¿no? Y tú. Las dos.
—Pero qué mono es —se rio Cleopatra cruzándose de piernas—. ¿De dónde lo habrá sacado Daichi? Es un caramelito.
—Un caramelito que escoge los momentos menos adecuados —gruñó Kahna soltándole las manos finalmente—. Escucha, Noya. ¿Por qué no le preguntas a tu Dios nórdico cómo funciona esto y nos dejas a solas un rato? Total, él ya está metido en este mundo hasta el fondo.
—¿Qué mundo? —se alteró él resistiendo la necesidad de caminar alrededor del sofá—. ¿En qué está metido?
—Caramelito, es el nuevo camarero de Icarus —le explicó Cleopatra acercándose a él por encima de las pieles de la amazona—. ¿No lo sabías?
—Claro que lo sabía —respondió él empezando a hiperventilar—. ¿Y qué tiene que ver eso con…?
—El Icarus es el sitio en donde se juntan todos los de nuestro lado de la acera —continuó Cleopatra tratándolo con delicadeza—. Creo que deberías ir a hablar con él de esto y que te lo explique. ¿Vale, peque?
—Y cuanto antes —añadió Kahna abrazando a Cleopatra por los hombros.
Noya no perdió un segundo. Buscó al más gigante de todo el salón y fue corriendo hacia él con una velocidad jamás vista en el campo de volley.
—Asa —lo llamó con la boca seca y un escalofrío interminable en la espina dorsal—. ¿Eres gay?
—¡Qué! —se alarmó Asahi con los ojos bien abiertos del susto—. ¿Quién te ha dicho eso?
—¡Estás trabajando en un bar gay! —gritó Noya sin poder contenerse—. ¡Y no me lo habías dicho! ¡No me lo habías dicho, Asa!
—Cálmate, Noya.
—¡Me has contado que el puto bar tiene las paredes rojas y que los vasos de cristal los estáis cambiando por unos de plástico duro! ¡Y no me habías dicho esto! ¡¿Qué quieres que piense?!
—Vamos fuera, Noya.
Asahi lo llevó hasta la entrada de la casa y se alejaron un par de metros de la música hasta poder hablar sin gritarse.
—Es un trabajo, Noya —lo tranquilizó Asahi acariciándole los brazos desnudos—. Solo un trabajo. No te lo había dicho porque no me parecía tan importante.
—¡Estás sirviendo alcohol a hombres que quieren hacer cosas con otros hombres!
—Sí, Noya. Eso estoy haciendo. ¿Hay algún problema con eso, Noya?
—Ah, no; ni se te ocurra —se cabreó él alejándose de su contacto—. Como hagas el truquito ese de repetir muchas veces mi nombre para calmarme, me largo. Te lo digo muy en serio.
—Lo siento —se disculpó Asahi acercándose con lentitud, como quien camina hacia un cervatillo herido—. Pero es la verdad. Es solo un trabajo. Yo les doy de beber, los escucho hablar de sus vidas y no mucho más.
—¿Y si se sobrepasan contigo? —se alteró Noya caminando hacia él.
—Ya les he dejado claro que no estoy interesado.
—¡Así que lo han intentado!
Asahi bufó con burla y le acarició la nuca por debajo de la peluca. El frío de la noche se volvió patente y la piel de todo el cuerpo se erizó con el contacto. Y el cabreo ya no le parecía tan importante de repente. De hecho, Noya no sabía por qué había estado gritando segundos antes.
—Te he echado de menos —admitió Asa con un hilo de voz ínfimo.
—Cállate, gilipollas —le ordenó Noya apoyando la frente en el peto de plástico—. Y ven a casa de vez en cuando.
—Intentaré ir dentro de poco.
—¿Lo prometes? —exigió saber él con la terquedad de siempre y una emoción nueva que emergía de la tranquilidad de una noche de luna llena.
—No necesito prometer nada, ya sabes que lo haré —murmuró Asa apretando el abrazo. Noya cerró los ojos dejándose llevar—. Pero si te quedas más tranquilo, te lo prometo.
—Quedémonos así —balbuceó él metiendo las manos en el espacio que había entre ellos—. Solo un rato.
—El tiempo que quieras.
Noya sonrió en la oscuridad sin poder contenerse. Aquello sí que sonaba a promesa.
oooooooo
—Me encantan las serpentinas —confesó Daichi en la mesa de las golosinas, tratando de controlar a su mejor amigo para que no acabara con toda la fuente de chocolate blanco en una sentada—. Y la mayoría son amarillas, buena elección.
—No como tu disfraz —bromeó Sugawara encontrando un hueco en la defensa de Daichi, consiguiendo así llenar su nubecita de aquel fabuloso chocolate fundido.
—Como que el tuyo es mucho mejor.
—Es más elegante, al menos —replicó Suga colocándose los gemelos dorados de sus mangas.
—Tienes unas orejas de conejo en el sombrero, tío —rio Daichi golpeándolas con los dedos—. Y vas vestido como un psicópata del tiempo. ¿Quién se pone hoy en día un reloj de bolsillo?
—Soy el conejo blanco de Alicia, claro que debo tener un reloj de bolsillo.
—Estás muy guapo en realidad —señaló Daichi para calmar a su mejor amigo. Era imposible que no estuviera guapo, jamás lo había conseguido ni siquiera aquella vez que se cayó en un charco y tuvo barro incrustado en el pelo durante horas, pero había que reconocer que el traje le sentaba bien. Era de color blanco a excepción de la pajarita y el chaleco que eran de un tono violeta muy suave y aunque estuviera ridículo con las orejas saliéndole del sombrero de copa, tenía un aspecto juvenil que a Daichi le encantaba—. ¿Dónde está tu Alicia, por cierto?
—Por ahí andará —contestó Suga buscando al camarero de Icarus con los ojos—. Me ha dicho que tenía que ir a saludar a unos conocidos, vendrá enseguida.
—Me alegra ver que has podido hacer amigos tan rápido —confesó Daichi cogiendo el bol de Doritos para dar cuenta de las migajas que quedaban al fondo (nadie amaba los doritos tanto como él, se los merecía más que nadie)—. Pero la próxima vez prométeme que harás un disfraz en pareja conmigo.
—Ya veremos —sonrió Suga señalando a su espalda—. Parece que tu amiga te está buscando.
—Ah, cierto —dijo él saludando a Kahna en la distancia—. Volveré pronto. Aún me debes un baile, Koushi Sugawara.
—Estaré esperándolo con impaciencia, Daichi Sawamura.
Daichi le sacó la lengua disimuladamente y se volvió para saludar a Kahna que llevaba a su compañera de piso de la mano.
—Esta es Motoko —la presentó Kahna mientras que la chica aleteaba las pestañas larguísimas a modo de saludo.
—Es un placer.
—Gracias por invitarnos a la fiesta, Daichi —le agradeció Motoko ajustándose las mangas de su traje de Cleopatra—. Hacía tiempo que no nos sentíamos tan tranquilas.
—Sin que nadie nos juzgue, ¿sabes? —completó Kahna abrazándola por los hombros.
—Bueno, no a todo el mundo le gusta disfrazarse hoy en día —sonrió Daichi todavía sin entender de qué iba todo eso.
—Por cierto, ¿de dónde has sacado al bebé vestido de Eddie? —rio Motoko.
—¿Noya? Era mi compañero de volley cuando estaba en el instituto.
—Es adorable —rio ella tapándose la boca con la mano—. Muy pequeñito.
—Y muy despistado —completó Kahna—. ¿Es que no sabía que Tanshima estaba lleno de lesbianas además de gays?
Daichi sonrió sin responder, asumiendo que había tenido que escuchar mal, obviamente.
—Adorable, en serio —continuó ella. De repente, la canción de Million Reasons sonó por los altavoces—. Me encanta esta canción. Vamos, amor, que tenemos que enseñarles a estos sosos cómo se baila una lenta.
—Pero no me lleves al centro de la pista.
—Ah, no te escucho, está la música muy alta —bromeó ella arrastrando a Motoko con ella—. Por cierto, Daichi, vigila a tu Conejito Playboy que me da a mí que está a dos chupitos de ponerte los cuernos.
Daichi se giró tan rápido que las cervicales le crujieron como si estuvieran hecha de madera podrida. Pero no le importó en cuanto vio a Sugawara abrazando al tío vestido de Alicia. Bailando. Acercándose. Hablándole al oído. Suga sonrió. Se pegaron más aunque fuera innecesario como poco. Su mejor amigo, su hermano, cerró los ojos y se agarró en la peluca rubia. El gilipollas vestido de Alicia le acarició la espalda. Y no pudo hacer nada más porque Daichi se había interpuesto entre ellos y le había empujado con toda la fuerza que disponía, alejándolo de Suga.
—¡¿Qué coño haces, tío?! —se quejó él intentando mantener el equilibrio sobre sus tacones azules.
—Vámonos. Ahora —ordenó Daichi empujando a Sugawara hacia la salida.
—¿Dai…?
—Que nos vamos de aquí, Suga. No hay más discusión.
—Ahí es donde te equivocas —discutió él caminando a paso rápido hacia la puerta—. Sí que hay una discusión pero vamos a hablar fuera para no dar el espectáculo.
Daichi se calló al ver que decenas de ojos estaban puestos en él. Así que se giró hacia la salida y salió con la sensación de echar humo por las orejas.
—¡Tu amigo quiere ligar contigo! —gritó Daichi en cuanto salieron de la fiesta—. ¡Es de esos!
—Dai, déjame hablar…
—¡Por qué estás tan tranquilo! —preguntó él, conteniéndose para no arrancarle los mechones grisáceos de la cabeza para meterle así la idea de que su amigo era maricón—. ¡Que quiere tocarte, Suga!
—Daichi, no te lo voy a volver a repetir —le advirtió Suga con una calma que no casaba con la crisis en la que se encontraban.
—¡Y encima Tanshima está lleno de ese tipo de gente! —se exaltó para que comprendiera lo urgente que era que empezara a flipar ya—. ¡Desviados, Suga! ¡Hay que mudarse esta misma noche! ¡Antes de que ocurra una desgracia! ¡Y sabes que eso es lo único que trae ese tipo de gente! ¡Desgracia! ¡Tenemos que irnos antes de que ocurra algo malo!
—Daichi —lo llamó Asahi que había salido de la nada. ¿Por qué todo el mundo estaba tan tranquilo? ¿Es que no comprendían en el aprieto en donde estaban?—. Piensa antes de hablar, por favor.
—Ahora no es momento para sermones.
—Está bien, Asahi —susurró Sugawara con los ojos anegados de lágrimas. Fue entonces cuando Daichi cerró la boca y dejó de pensar en los desviados que llenaban el Distrito en el que vivían y miró la expresión dolida de su amigo por primera vez—. No te preocupes.
—Suga, ¿qué pasa?
—Esta noche no duermo en casa, ¿vale? —continuó él empezando a temblar. Daichi quiso reducir la distancia que había entre ellos pero Sugawara lo disuadió poniendo una mano entre ellos. Aquello se sintió como un latigazo desde dentro—. Hablaré contigo en cuanto pueda pero ahora mismo… no.
—Sugawara, hablemos ahora —le suplicó Daichi conteniéndose para quitarle las lágrimas con los pulgares. ¿Qué había pasado para que se mostrara tan dolido? ¿Tanto le había afectado enterarse de que su amigo solo quería hacer cosas con él?
—Ahora no —le pidió girándose hacia la oscuridad—. Necesito estar solo un rato.
—Sugar, voy contigo —comentó el maricón vestido de Alicia (que, como Asahi, había aparecido de la nada). A Daichi no le dio tiempo a procesar que Suga prefiriera la compañía de un desviado antes que la de su mejor amigo, porque antes de acompañar a Sugawara, el tipo se volvió hacia Daichi con el odio pintado en la cara—. ¿Sabes qué, tío? Ahora sí que te veo en el disfraz. En serio, felicidades, clavas a Trump.
Daichi sintió que el mundo se le caía encima y no podía respirar bajo todo su peso.
Oh.
No.
Imposible.
Pero cuando vio al maricón acompañando a Sugawara fue como si una ventana se rompiera en mil pedazos y los cristales le rasgaran la piel antes de caer estrepitosamente al suelo, mostrándole la verdad que había al otro lado sin articular palabra.
Mi Suga es gay. Mi Suga. Y está saliendo con un chico. Mi Suga. Mi Sugawara.
Pasaron varios minutos antes de que Daichi dejara atrás aquel pensamiento en bucle y pudiera volver a la realidad. Y cuando lo hizo, se encontró completamente solo.
Si me preguntáis, la parte más heartbreaking del capítulo para mí es cuando Suga se imagina su primer beso con Daichi. Me puede mucho ese momento aunque sea tan solo un instante.
Y ya tenemos la fiesta en marcha y con ella el punto de inflexión de nuestra historia, espero que os guste la manera en la que va continuando porque desde aquí todo será hacia arriba señoras y señores, así que agárrense a sus asientos y disfruten del viaje.
Duckisses!
KJ*
