Capítulo 7

.

.

.

.

Efectivamente, toda la torre del ala derecha del castillo estaba hecha escombros.

El castaño se había dado una vuelta por el lugar antes de empezar propiamente su jornada de limpieza, encontrándose con un enorme hueco acompañado de una montaña de piedras de todos los tamaños esparramadas en una amplia zona alrededor y mucho polvo en el aire. Un completo desastre. De hecho no sabía cómo es que al heichou no le había dado un ataque al ver semejante suciedad.

Suspiró entre resignado y decepcionado de sí mismo y se dispuso a adecentar siquiera esa área cuando Petra apareció para detenerlo.

- ¡Eren! – le nombró la rubia – ¿Qué estás haciendo?

- ¿Limpiando? – contestó el ojiverde mientras empezaba a acomodar las rocas en un solo rincón.

- ¡No! – chilló escandalizada la ojimiel mientras lo tomaba del brazo – Déjalo, no vale la pena.

- ¿Eh? Pero si el heichou ve esto se va a…

- Tranquilo – lo cortó la mujer – él sabe muy bien que es un caso perdido, tomaría días y esfuerzo en vano hacerse cargo de esto…

- Pero fue mi culpa… yo puedo…

- No, Eren, en serio – siguió persuadiéndolo dulcemente, como una madre a su hijo – mejor ve a hacer tus labores, ignora esta ala del castillo y ya, de todas formas nadie la usaba.

- Pero…

- ¡Eren! – alzó el tono de voz – Ve ahora o te acusaré con el sargento.

- ¡V-voy! – tartamudeó realmente asustado. No quería toparse de nuevo con Rivaille.

- Buen chico – le palmeó la espalda mientras se encaminaba junto a él de vuelta al interior del castillo.

Una vez dentro, cada cual se fue por su lado, Eren exhalando más relajado y destensando sus músculos una vez que la rubia se perdió de vista. No es que Petra le cayera mal, muy al contrario, era un amor de persona, siempre amable y generosa… sólo que él no se sentía con el humor suficiente como para tratar con ella en esos momentos. Le estresaba verla tan relajada, como si nada pasara mientras él… se ahogaba en un vaso de agua.

Se palmeó ambas mejillas fuertemente y ahuyentó cualquier remembranza o pensamiento relacionado a sus, nuevamente confusos, sentimientos para con el heichou.

Se dirigió hasta el almacén donde guardaban los utensilios de limpieza y cogió lo necesario para limpiar todas las habitaciones del castillo.

Suspiró cansinamente con antelación. Aquel día iba a ser muy pesado.


Rondaban las tres de la tarde y tras toda una mañana de aseo y apenas un almuerzo ligero, el castaño se encontraba exhausto. Y todavía no llevaba ni la mitad del trabajo realizado.

Tras haber terminado de dejar, a su parecer, reluciente los primeros tres cuartos, un sigiloso pelinegro había irrumpido en su camino haciendo la respectiva revisión y le había dicho que volviera a empezar pues encontraba su definición de limpieza muy vaga y polvo (prácticamente inexistente) aún recubría algunos estantes y ventanas.

Con mucha pereza y rabia contenida, Eren acató callado la orden de su superior y procedió re-limpiar el trío de habitaciones, recibiendo esta vez la aprobación del sargento y el "permiso" para continuar con el resto del castillo.

Tras aquel pequeño incidente, un mal sabor de boca desembocó en el ojiverde, quien dando rienda suelta a su mal humor y encaprichamiento, acabó saltándose el desayuno para trabajar con todas sus fuerzas y entregar su total dedicación, todo con tal de dejar impresionado al quisquilloso de Rivaille y obligarlo a darle, al menos, un cumplido por su excelente labor.

Claro que era muy improbable que cualquier alabo saliera de la boca, peculiarmente sucia, de aquel hombre, pero nada perdía con soñar.

Por allá a media mañana lamentó su estúpida decisión, pues su estómago no lo dejaba barrer en paz. Gruñía a intervalos y reclamaba por alimento, drenando la concentración del castaño y haciéndolo removerse incómodo y ansioso cada cinco minutos, en busca de alguna señal que indicara que el almuerzo estaba listo o en camino.

Haciendo uso de todo su orgullo y fuerza de voluntad, aguantó hasta el mediodía, donde, lamentablemente para él, Rivaille lo regañó por su ausencia en la mañana en el desayuno y como castigo, redujo su porción de comida.

"Porque aquí respetamos los horarios y el sacrificio de los encargados de turno, mocoso insolente" había dicho, y no valieron ni los ruegos de Petra ni la increíble perspicacia y poder de convencimiento de Hanji para hacerle cambiar de opinión.

Por eso, en esos momentos, a las tres de la tarde, se encontraba totalmente cansado y hambriento.

Con parsimonia arrastró los pies hasta el siguiente cuarto a asear, topándose con que se trataba ni más ni menos que la habitación del sargento.

Algo atemorizado, miró a ambos lados del pasillo. No había ni un alma. Estaba solo.

Como si de un niño a punto de cometer una travesura se tratase, llevó una mano temblorosa al pomo de aquella puerta y lo giró. Estaba abierta.

Entró dudoso, alerta, siempre a la espera de ser descubierto, pero… ¿Por qué estaba tan nervioso? El heichou le había dado la orden de limpiar TODO el castillo, TODAS las habitaciones… eso, por supuesto, debía incluir la de él ¿verdad?

No le había puesto seguro, eso era una obvia señal de que también debía hacerse propio cargo de dejarla reluciente… o al menos así lo tomó.

Sacudió la cabeza tratando de espantar aquellas dudas. Ya había pasado con su escoba mágica por donde Petra, Erd, Gunter e incluso Auruo (y vaya que esa era un chiquero, le costó una vida quitar toda esa mugre), era obvio que seguían los dormitorios de la mayor Hanji y el sargento Rivaille, pero iba tan sumido en sí mismo que no fue plenamente consciente de ello hasta que ya era demasiado tarde.

Como fuera, al mal paso darle prisa… o algo así.

Una vez totalmente adentro, se dio un momento para inspirar profundamente y reunir valor. El cuarto del pelinegro era bastante básico pero muy pulcro y bien ordenado. Contaba con una cama, algo más amplia que las anteriores, pegada a la pared, un escritorio mediano a un costado con unos cuantos papeles en pila encima de él, una segunda puerta que daba, probablemente a un baño personal, y un modesto armario frente a la misma. Las paredes estaban pintadas de un blanco puro, sin ningún rastro de suciedad o mancha y una ventana un poco más arriba del respaldar de la cama, con una vista bastante privilegiada.

Dio unos cuantos pasos, maravillado, tanto como por lo diferente, limpio, reluciente, que lucía aquel lugar, como por el hecho de que estaba perpetrando en un mundo que jamás creyó que podría pisar siquiera: la habitación de Rivaille.

Dejó de lado la escoba y los estropajos, realmente no creía que aquel sitio necesitara una limpieza.

Caminó hasta el armario, que era lo que tenía más cerca y lo abrió de golpe. Dentro, colgados, estaban unas cuantas camisas blancas, algunos pantalones, un par de chaquetas negras y la capa que utilizaban en invierno en la legión. Aunque pensó que quizás, Rivaille al ser sargento pudiera tener un amplio repertorio de prendas para toda ocasión, entendió que era un hombre sensato que no se gastaba más de lo estrictamente necesario. Se reprendió mentalmente por pensar que sería alguien derrochador siendo que siempre le había demostrado ser serio y de buen criterio.

Pasó a continuación al escritorio. Tomó un par de documentos y los ojeó sin entender qué decían ni prestando atención realmente. Visualizó la firma del pelinegro al final del papel y sonrió bobamente. Eran una secuencia de líneas entrecruzadas bastante simple pero a la vez estéticamente refinadas.

Dejó el escritorio de lado y se acercó a la cama. Primero echó un vistazo por la ventana, se podía ver el bosque que rodeaba el castillo, el cielo claro y soleado y allá en la lejanía, las murallas. Sin pensarlo realmente acabó apoyado contra la cabecera del lecho y se percató que las sábanas estaban algo desordenadas, como si hubieran sido puestas al apuro.

Pensó que no le vendría mal un cambio.

Cuando hurgueteaba en el ropero, había descubierto que uno de los cajones bajos habían un par de sábanas limpias, por lo que decidió llevar a cabo sus pensamientos.

Como se encontraba los suficientemente cerca, y más en un acto reflejo que a consciencia, acabó reposando totalmente su rodilla derecha en el lecho, sintiendo la suavidad del colchón hundirse con su peso.

Se alarmó en un principio, estaba cometiendo una falta y si alguien lo encontrara en esa situación, tan confianzudo en el cuarto de un superior, podía darse por muerto.

Pero una vez más, nadie estaba allí ni en los alrededores para descubrirlo.

Una sonrisa entre inocente y traviesa surcó sus labios.

Usando como excusa el hecho de que planeaba retirar el edredón primero, subió la otra pierna, quedando sentado sobre sus rodillas en el borde de la cama y se estiró en toda su extensión, agarrando los bordes inferiores de la tela y jalándola para hacerla un ovillo a su lado.

Al realizar esta acción, teniendo tan cerca su cara, logró captar aquel aroma, esa esencia que ya había definido como propia de Rivaille. Se dio un momento, embriagado por el olor y sin poder evitarlo, llevó aquel edredón a la altura de su nariz y aspiró profundamente.

Olía a lavanda, madera y algo que parecía menta. Le pareció el perfume más erótico y provocador de la vida.

Sin planearlo, se arrastró más al medio del colchón y se giró, dejándose caer de espalda y procurando mantener sus pies en alto, para que sus botas no manchasen ni las almohadas ni las sábanas.

Miró el techo y volvió a sonreír con picardía. Un pequeño descanso no le vendría mal.

Con rapidez y experiencia se quitó de dos jalones ambas botas y las lanzó casualmente al piso. Ya con los pies libres, se enrolló como una oruga con la tela, dejando sólo libre su torso, de la altura de las costillas para arriba.

Se contrajo, arrastrándose viperinamente en círculo hasta quedar como correspondía, con la cabeza en el cabezal. Agarró una almohada y la alzó, descubriendo una camisa, al parecer usada; sin embargo Eren la ignoró y se conformó con hundir el rostro en aquel mullido artículo.

Era lo más atrevido y peligroso que alguna vez había hecho… y se sentía tan bien.

Rayos de cordura alumbraban con el pasar de los minutos su cerebro, gritando a los cuatro vientos que se apurara a colocar todo en su lugar, que dejara de jugar con fuego y mantuviera su palabra, pero todas estas advertencias eran vilmente opacadas por la esencia del heichou ingresando como droga por las fosas nasales del ojiverde.

Realmente era un aroma muy, muy delicioso.

Una punzada algo incómoda a la altura de su entrepierna logró despejar la nublada mente del castaño y fue una llamada de alerta.

Rápidamente Eren deshizo su oruga y se sentó. Su cara se tiñó de rojo cuando al bajar la mirada, descubrió una pequeña sorpresa en sus pantalones: una erección.

Ahogó un grito avergonzado en su garganta y cubrió con ambas manos aquel punto. Miró hacia todos lados, corroborando que aún se encontraba en soledad. Suspiró al comprobar que era cierto.

Volviendo la atención a su problema, tragó seco. En su interior estaba teniendo lugar una muy reñida lucha, su sentido común versus su libido.

Por un lado, estaba esa necesidad hormonal y adolescente de masturbarse en la cama de su sargento, bañarse en su olor y manchar el lugar donde dormía todas las noches, siendo ese su pequeño, oscuro, sucio y excitante secreto. Y por otra parte estaba su moral e instinto de supervivencia que gritaban que eso era una locura y sólo serviría para ganarse un pase directo al calabozo.

Claro que… él YA vivía en un calabozo.

Mandando a la mierda su sentido común, el ojiverde se apresuró a sacar su aprisionado miembro, abriendo lo suficiente el pantalón y bajando su bóxer, apenas lo esencial para dejar al descubierto su casi totalmente duro falo, pues si se ponía a desvestirse tardaría una eternidad; aún calzaba las correas alrededor de todo su cuerpo. Siempre listo para cualquier inconveniente o emergencia no podía darse el lujo de pasar un solo día sin "amarrarse", cosa que nunca le había molestado en verdad… hasta ahora.

Se recorrió a un costado hasta que su espalda chocó contra la pared, abrió sus piernas, las correas tensándose alrededor de las plantas de sus pies con la acción y ocasionando que doblara los dedos exquisitamente. Gimió quedito con la sensación.

Respiró profundamente, autoinfundiéndose valor y cerró los ojos. Llevó lentamente una mano, desde su pecho descendiendo como una serpiente hasta atrapar su miembro en un fuerte agarre. Descendió y ascendió un par de veces sobre el mismo, acostumbrándose a la sensación, trabajándose con paciencia y sensualidad. Jadeó ligeramente.

En su mente se arremolinaban infinita cantidad de pensamientos, sentimientos y sensaciones. Iban desde por qué hacía lo que hacía si había decidido olvidarse del heichou, por qué lo había cuidado estuvo inconsciente tras perder el control, por qué lo trataba bien a veces y a ratos como un perro entre otras mil cosas hasta el qué sentía exactamente por aquel hombre, si admiración, atracción o algo más fuerte, por qué había desarrollado sentimientos para con él y no para con alguna mujer, por qué no podía controlar su corazón cuando estaba cerca de él y… y… lo bien que se sentía el contacto de su mano jalando su pene.

Volvió a jadear, esta vez más fuerte.

Decidió dejar de pensar y dejarse llevar por la lascivia y morbo del momento.

Separó un poco más sus piernas y entretuvo su mano con el glande, jugando con aquella cabecita, más específicamente, pasando su pulgar repetidas veces, presionando con suavidad y trazando círculos.

Un exquisito escalofrío recorrió su espina dorsal.

Algo tembloroso, llevó su izquierda a la altura de sus testículos, masajeándolos con delicadeza a intervalos.

Volvió a abrir su boca, esta vez un sonoro gemido escapando desde lo más profundo de su garganta.

Su otra mano volvió subir de arriba abajo sobre su, ahora, totalmente erecto falo, manteniendo un ritmo constante y marcado. Deslizándose con relativa facilidad por toda su extensión.

Visualizó a Rivaille, la escena que apenas un par de días atrás tuvo lugar en el calabozo, el miembro del mayor penetrando su boca, su expresión de éxtasis al alcanzar el orgasmo, el sabor de su semen, sus ojos acuosos llenos de morbo, la sensación de los dedos ajenos contra su próstata, todo.

Un tibio y transparente líquido comenzó a brotar de la punta de su pene.

Acercó su palma, cerrándola sobre aquella cabecita, embadurnándose los dedos de aquel fluido y esparciéndolo posteriormente hasta la base de su falo, continuando el compás, sólo que esta vez más rápido, el efecto húmedo y resbaloso del presemen ayudando a la labor.

Echó levemente la cabeza para atrás, chocando suavemente contra la fría pared.

Abandonó sus testículos y con la izquierda tanteó la superficie de la cama como buscando algo. Cuando dio con la punta de lo que era la camisa, la jaló y elevó hasta su rostro; aspirando el aroma a lavanda, sudor y menta. Aquello no hizo más que ponerlo más cachondo.

Apretó sus entrecerrados ojos, frunciendo el entrecejo y desfigurando su rostro en una mueca de placer y éxtasis. Aquel olor no sirvió más que para dar rienda suelta a su imaginación, creando y reproduciendo una película erótica en su mente, una en la que Rivaille y él hacían las cosas más sucias que nadie jamás hubiera visto.

Volvió a gemir con ganas.

El ritmo que mantenía en su falo, su mano subiendo y bajando con pericia y capacidad se descontroló, volviéndose totalmente errático y aumentando el doble la velocidad.

La prenda seguía siendo presionada contra sus fosas nasales, la palma que la agarraba afianzándose más y más fuerte sobre la misma, como el único retén que mantenía al castaño en este mundo.

Las sacudidas en su miembro eran casi violentas, deteniéndose a ratos para dar pequeñas caricias a aquel sensible glande y posteriormente volver a cerrarse desde la base hasta la punta, con una rapidez y desesperación propias de quien está por alcanzar el orgasmo.

La espalda se le curvó y un gemido agudo salió desde lo más profundo de su ser. Cayó hacia delante, doblándose, tensando las piernas y curvando los dedos de los pies; sufriendo múltiples espasmos a lo largo de todo el cuerpo conforme largos chorros de semen salían propulsados, manchándole la cara, ropa y sábanas.

Eren no pudo evitar gemir el nombre de Rivaille, alto y claro.

Los últimos temblores post orgasmo fueron menguando conforme pasaban los minutos, pero su mente seguía nublada y él atolondrado, totalmente consumido por el placer.

A su alrededor, la cama era un remolino de arrugas. Todo estaba en desorden, las sábanas y edredón salidos, arropados a su alrededor o incluso en parte del suelo. La camisa de Rivaille había sido salpicada con el espeso y blanco líquido también.

El ojiverde jadeaba aún cuando se irguió de vuelta sobre el lecho, destensándose y sintiendo aquel bienestar que le sigue al clímax.

Y tan sumido estaba en sí mismo que no se percató del sonido de pasos acercándose.

Y no lo hizo hasta que fue demasiado tarde.

Con un golpe, la puerta fue abierta abruptamente, revelando a un malhumorado pelinegro.

.

.

.

Más de un mes, señoritas :D

Ódienme.

Buano, no hay mucha excusa, la falta de inspireichon, la pereza, LA UNIVERSIDAD Y SU PAPELEO.

Juro que estoy a un paso de hacer un blog con todos los pasos correctos para inscribirse en esa maldita U estatal, porque en serio hay mucha desinformación y mierda y te hacen ir de un lado del campus al otro en vano :c y es triste porque acá hace un calor comparable a la calentura de Eren y una suda como cerdo.

Anyway, debo informarles señoritas, que, primero que nada, las hamo por seguirme a pesar de que actualizo cada diez mil años. Segundo, que espero, POR FIN, acabar este fic en el próx capítulo… así que prepárense para sepso salvaje owo.

Meh, hoy se supone que iba a actualizar también Mi inocente redtuber, pero saben qué? SABEN QUÉ? ACTUALIZARON. Y DE LOS FICS BUENORROS! Bfaghafsghafga (Al límite, De sangre, Nuestras vidas no nos pertenecen) y yo, pss debo leerlo y llorar porque son TAN BUENOS y afaghsrtarsajhjga

Espero tardar menos de un mes para darles su porno final eweU

Loviu. Taus taus,