PICNIC

Era tradición en Hogwarts que el primer fin de semana del curso la profesora de Herbología, Pomona Sprout, organizara una salida al Bosque Prohibido en busca de hierbas medicinales y de los primeros hongos del otoño. Ese paseo incluía realizar un picnic en las praderas aledañas al lago, y al mismo estaban invitados todos los profesores. Aunque lo promovía Sprout, se sabía que Dumbledore lo aprobaba y a veces asistía, con el objetivo de estrechar lazos entre los compañeros de trabajo, y para dar la bienvenida a los nuevos. Así que ese sábado me puse mi túnica más resistente, cargué de tabaco mi petaca y me coloqué las botas de viaje y bajé al gran comedor para empaquetar algo de comida en una cesta.

Por supuesto, Charity, Séptima y Aurora, que venía con toda su familia, se apuntaron a la salida, y ya estaban allí. Vi también en la puerta, esperando, a Flitwick y Trelawney, a Rolanda Hooch, a Sprout y McGonagall, a Irma Pince y, para mi sorpresa, a Severus Snape.

Salimos por los jardines dirigiéndonos hacia el lindero del bosque, para circunvalarlo. La marcha era lenta, porque a cada rato Sprout se inclinaba para recoger algun hongo, y comentaba con Séptima, que la observaba con mucha atención, sus propiedades y aplicaciones mágicas. Snape, sin participar de la charla, también recogía muestras a cada rato. Charity charlaba con Archie, el marido de Aurora, que por su parte tenía bastante tarea consiguiendo que sus hijas no pelearan ente sí. Los demás caminábamos distraidos, disfrutando en mi caso del tibio sol y de las explicaciones de Sprout.

Para el mediodía, ya llevábamos tres cestas cargadas de muestras levitando a nuestras espaldas, y Aurora decidió que ya era hora de comer. Nos acomodamos en el prado que descendía en suave pendiente hacia el lago, y empezamos a distribuir la empanada, los sándwiches y el jugo de calabaza, en el que Sybill vertió un chorreoncito de algo que llevaba en su petaca. Hice como que no me daba cuenta, y tomé mi propio vaso.

-¿Qué buen día tuvimos, no?- afirmó más que preguntó Flitwick.

-Excelente, sin una brizna de viento. Un día perfecto para el quidditch – y Rolanda comenzó una animada discusión con Aurora y su marido acerca de las posibilidades que tenía Hufflepuff de repetir el segundo puesto de hacía dos años en la copa de quidditch de este curso.

Decidí aprovechar el almuerzo para relacionarme con otros compañeros. Me interesaba y mucho consolidar mi puesto consiguiendo las simpatías de los maestros más influyentes. Y como Minerva y Charity se habían unido a la discusión sobre quidditch para defender a los leones de Gryffindor, yo tomé asiento junto a Severus.

Snape y yo debimos coincidir en el colegio; sin embargo, no lo recordaba en absoluto. Se me hacía difícil pensar que esa cara pálida y circunspecta, carente de cualquier atisbo de alegría o emoción, hubiera podido pertenecer a un adolescente. Aparentaba cualquier edad entre los 25 y los 55 años, y solo su pelo, negrísimo y brillante, y unos sorprendentemente ágiles andares, evitaban que pensara en él como en un anciano con un oscuro estado de ánimo.

El profesor de Pociones comía empanada sin prestarle atención mientras colocaba en cajitas perfectamente etiquetadas las hierbas que había recogido por la mañana.

-El bosque prohibido oculta muchos secretos- afirmé, en un intento de empezar una charla.

Me miró con el mismo interés que a un micropuff, y contestó lacónicamente.

-Sí.

"Venga, Willa, puedes hacerlo mejor. Snape puede ser la llave hacia un puesto fijo en el colegio… tienes que hacerle ver que eres de las suyas".

-Nosotros coincidimos en Hogwarts.-le comuniqué.

-Ajá.- y me miró como si le hubiera ofrecido jugar una partida de snap explosivo.

-Yo también estuve en Slytherin. – creo que soné un poco desesperada, porque Séptima me miró arqueando la ceja.

-No me digas. – pero por una vez, Snape pareció prestarme algo de atención. – No te recuerdo.

-Es que yo entré en primero cuando tú hacías tu último curso. No creo que te fijaras mucho en los de primer año. – intenté justificar su olvido.

-Supongo que sería eso. – aceptó, e hizo un además de volver a sus hierbas. Tenía que mantener su atención.

-Si necesitas alguna ayuda con los pequeños…- dudé-… ya sabes, como soy de tu casa, podría ayudarte con los más revoltosos. Estaría encantada de colaborar en cualquier cosa.

Snape me miró con sus insondables ojos negros, y estoy segura de que se estaba riendo de mí.

-No tengo ningun problema para controlar a los alumnos de mi casa, gracias – pero su tono de voz era cualquier cosa menos agradecido. – En el improbable caso de que hubiera alumnos revoltosos en la noble casa de Salazar Slytherin, te aseguro que no necesito ningun truco (esa obvia referencia a mi necesidad de metamorfosearme para mantener la disciplina me dolió) ni ayuda para que obedezcan mis órdenes. Mis alumnos saben que conmigo no se juega.

Recalcó lo bastante estas últimas palabras para que yo desistiera definitivamente de hacerme la simpática con él. Volví a concentrarme en la comida, bajo las miradas curiosas de Minerva McGonagall y Séptima Vector.