-Capítulo Sexto-

El amor iba a por mí

No hacía falta que te quedaras, Toris. —Amelia había sonado hasta algo molesta, en el fondo, con una arruguita delicada en el entrecejo que estropeaba un poco el maquillaje de fiesta. Se había esforzado en sonreírle como siempre, y estaba muy guapa bajo la luz cálida del speak-easy—. ¿No tienes a tu amigo aún en casa?

A Toris se le había torcido un poco el gesto, y había aceptado la media tarta que le ofrecía sin mirarla del todo a los ojos.

No sabía si recordar que Feliks existía, y existía como algo frecuente entre las paredes de su casa, y en ese momento probablemente existía como alguien que se había ofendido porque Toris había decidido escaparse, lo asustaba o lo calentaba por dentro como la taza de café de cada mañana. Al menos, se había dado cuenta de que evitándolo de esa forma se le hacía un nudo horroroso en el estómago que le marcaba el rostro.

("Ah, qué mala cara tienes, Toris, cielo, ¿estás enfermo?"

Yekaterina le había puesto la mano en la mejilla cuando había llegado a la cafetería esa mañana y la había apartado enseguida cuando él se había quedado como si le hubiese dado un bofetón.)

—Feliks llega tarde —le había dicho, porque era cierto—. No me esperará mucho rato. No pasa nada.

Recordaba haberle sonreído con calma luego, y recordaba haber dejado que lo abrazase al desearle feliz Navidad. Recordaba haber tenido que hacer malabarismos con la media tarta y el saxofón para no estropear ninguna de las dos cosas ante la efusividad de Alfred.

En ese momento, Toris recuerda las medias oscuras y el maquillaje delicado de la chica del speak-easy, de su pelo limpio y recto y de cómo no lo miraba a los ojos, apoyando la cabeza en la palma de sus manos. Recuerda todas las cosas que le faltan, y los pensamientos, en imágenes y en palabras, se le atascan con la forma del cuerpo de Feliks, con las piernas desnudas de Feliks y el espacio entre la tela del vestido y el pecho de Feliks, que hacen que su cerebro haga chispas.

Cuando esas chispas están a punto de escapársele entre los labios, en esa fracción de segundo entre que abre la puerta y lo asume todo, Feliks le tapa la boca con una mano tan fría como las suyas que vienen de la calle.


Feliks está muerto de miedo.

Toris tiene los labios helados y los ojos tan abiertos que hace que le tiemblen los dedos un poco, pero lo peor es que está, sencillamente que está; le da una sensación parecida a tragar pedazos de hielo y aprieta la otra mano con fuerza. Los dedos de los pies se le encojen sobre el suelo familiar de esa casa que no es suya y que de repente es tan hostil que siente la madera y todos los materiales de construcción raspándole la piel, todos los ojos de la ciudad fijos sobre él.

Como los de Toris.

Verde frío, verde agua sucia, verdes como los suyos, verde opaco que no consigue leer bien.

Aparta la mano de su boca, despacio, cuando los talones vuelven a bajarle al suelo, haciendo un clic de tacones que contrasta con el sonido apagado de sus pies desnudos antes. Toris estaba de puntillas, y al bajar le calma un poco el estómago.


¿Qué estás...?

Los dedos finos de Feliks vuelven a cerrársele contra la voz, que esta vez le ha salido algo estridente y más alarmada que cualquier otra cosa.

Toris no sabe muy bien qué hacer o qué pensar, su cerebro está bloqueado en una especie de garabato de color dorado, pero cuando agarra la muñeca de Feliks lo hace con cierta seguridad que lo pilla desprevenido.

—¿Qué haces?

Los dedos de Feliks (y otras cosas, quizá debería confesar, pero las palabras de su mente se enredan más aún ante esa fugaz idea) le han cortado el aliento unos instantes y la pregunta le sale en medio de algo que no llega a ser del todo un jadeo.

Y Feliks lo está mirando como si hubiese visto un fantasma. Y le tiembla un poco la mano que tiene cogida por la muñeca; la suelta enseguida, como si le quemase, y Feliks parece encogerse sobre sí mismo por la forma en la que atrae su brazo contra su pecho, por cómo aparta la mirada y por la forma de su boca, una línea estrecha y cerrada muy poco dispuesta a contestar las dos preguntas de antes.

A Toris el silencio se lo come por dentro.

—¿Esto... esto lo haces muy a menudo o...? —La voz no le sale demasiado recta, y a mitad de la frase se le hace más aguda. Feliks lo mira—. ¿Es algo de... de vosotros que os pasáis el día en casa? ¿Dibujando? P-porque últimamente no hacías nada más que eso y-y no puedo permitirme tener en casa a una especie de... de bohemio barato que se viste de mujer cuando no estoy y... y...

—¡Acabas de venir de un bar ilegal! —Es la primera vez que Feliks le cierra la boca así, y Toris frunce el ceño y está a punto de rebatirle cuando el pánico, el lo sabe lo sabelosabe que tendría que haberle entrado al darse cuenta de que Feliks era la chica del speak-easy le atenaza la faringe y le blanquea la cara—. ¡Acabas de venir de un bar ilegal en la víspera de Navidad y... y te enfadas conmigo por un vestido!

Lo que pasa luego es bastante raro. A Feliks aún le tiembla un poco el brazo con el que está apuntándole, a medias, y su resolución y su voz levantada duran tan poco que Toris casi puede oír cómo se caen, crujientes, entre sus dientes.

Oye cómo se levantan, cuando Feliks se abraza el estómago, como un tintineo débil al principio que llega a una carcajada que por algún motivo hace que se ruborice, con su abrigo viejo y su media tarta en la mano, delante de ese chico raro del vestido dorado.


Feliks no sabe muy bien por qué se está riendo, aunque quizá es por la cara divertida de Toris que va cambiando de color de una forma increíblemente graciosa; cuando pensaba en él como en esa persona que encajaba perfectamente en su cajita de "camarero" no lo hacía tan expresivo (esas caras son mejores que su sonrisa de cartón). No sabe por qué se está riendo a pesar de que aún tenga el miedo el cuerpo y sea incapaz de mirarlo a los ojos.

Oye a Toris dejar la caja que llevaba sobre la mesita, y cuando se le acerca vuelve a hacérsele un vacío desagradable en el estómago, pero se le pasa al mirarlo.

Tiene una cara que hace que le sepa algo mal el temblor de las comisuras de su sonrisa. Sus rasgos dulces, de acuarela, y lo que se imagina que es el calor de sus manos (el pensamiento es rarísimo e incómodo).

—No... no puedes decirle eso a nadie, ¿eh? —le dice, con unas manos que parecen ir a cerrarse alrededor de sus muñecas de nuevo. Luego parpadea y se le escapa una risa nerviosa—. Aunque s-supongo que ya lo sabías y no...

Toris suspira y se pasa la mano por la cara.


Muy bien, Toris, cálmate.

Lleva varios días con el estómago revuelto y ahora mismo se nota lo poco que ha cenado en la garganta, y necesita sentarse un momento frente a su mesita, con las flores, mustias, de las que se había olvidado completamente.

Tenía su huequito en el mundo y siente que se le está cayendo, que aquello de ser un buen chico y acoger a un desconocido en su casa durante unos días ha sido la peor decisión de su vida, que ahora no puede dar marcha atrás y echarlo y esperar hasta que se vaya por su propio pie es una idea demasiado difusa y, y, y, y el chico en cuestión está tendiéndole un cigarrillo con una sombra de la sonrisa de antes.

—¿Lo quieres?

Toris asiente con la cabeza y mastica un "gracias" mientras enciende una cerilla, y al exhalar el humo recuerda que se había prohibido fumar en casa y de que ya no tiene nada parecido a un cenicero.

—No se lo voy a decir a nadie —dice Feliks, que se sienta delante suyo—. No sé qué quieres que haga diciéndoselo a nadie. Bueno, ¡podría sacarme un dinero importante! —Se corrige enseguida, antes de que a Toris, que ha estado a punto de dejar caer el cigarrillo de la sensación horrorosa que le atenaza por dentro ante esa broma, le de tiempo de hacer nada—. ¡Vale, vale, no! No es... supongo que no es momento para bromas.

Toris sigue en silencio, porque aún hay una parte de él que quiere una respuesta a su primera pregunta. Feliks, con la cabeza apoyada en la mano, toquetea un poco la caja de la tarta y luego mueve la mano hacia la tela brillante del vestido.

—Y esto, bueno, esto es... —No lo está mirando a los ojos, y levanta una ceja—. Un... ¿hobby? Es... es ropa bonita, me gusta.

La voz le suena algo diferente, difícil de definir.

Se traga el "Pero no es normal" porque se fija en la forma en la que Feliks parpadea, aprovechando el momento en el que sus pestañas suben para mirarlo un momento y volver a apartar la vista. Tiene las pestañas largas como una cinta dorada que se le cierra alrededor del cuello.

Es todo tan raro y tan fuera de lugar que le pica notar que se ha acostumbrado un poco a todo, que ahora anda de puntillas sobre un suelo que antes no llegaba ni a alcanzar. La tercera calada a ese cigarrillo que no sabe de dónde ha salido le calienta los pulmones y le relaja el alma.

Sobre todo, está cansado. Y, cuando asiente, despacio, cree que se le nota (casi le da la sensación de escuchar el crujido de sus huesos).

—Antes... había pensado por un momento que ibas a pegarme o algo. —La voz de Feliks lo coge algo desprevenido, y resuena un momento en su casa antes de volver a apagarse, las palabras pesadas y algo temerosas—. Pero eres un buen chico.

Un buen chico.

Toris sonríe un poco y abre la caja de la tarta, esto es por el cigarrillo, y ve que a Feliks vuelve a iluminársele la expresión.

Le desea Feliz Navidad y el torbellino que tiene dentro no se le calma hasta que se duerme, derrotado, en una cama llena de bolitas de goma de borrar.


La casa de Toris es diminuta y huele a comida pesada, a papel y a desorden. Alfred reconoce un par de cosas que fueron suyas (libros de inglés, una manta con uno de los bordes remendados tres veces) y se queda algo chocado por ese chico rubio y bajito dibujando en la cama deshecha. Él lo mira un momento y parece querer esconderse detrás de la carpeta, y esa cosa tan pequeñita lo distrae lo suficiente como para olvidarse de su entrada festiva.

Se supone que él va a hacer de amigo alegre que llega con un regalo de Navidad, a pesar de que Toris solo haya podido darle una libretita con las solapas de cartón y una sonrisa algo apurada.

—¿Jones? —dice Toris entonces, los ojos yéndole de la caja que lleva en brazos a su cara—. Eso no será...

—¡Feliz Navidad!

El chico de la cama levanta un poco la cabeza, y Alfred decide que no mirar a Toris a la cara es de mala educación.

—Esto es para ti —le dice, tendiéndole la caja. La cinta de colores que le ha puesto Amelia se ha arrugado un poco, pero es lo suficientemente listo como para entender que Toris no ha arrugado las cejas y la sonrisa por eso.

Se le ven apenas los dientes, cerrados.

—Podrías... ¡podrías abrirlo!

También es la primera vez que entra en casa de Toris, y al pasar del portal y escucharlo cerrar la puerta se pregunta dónde puede dejar su paquete, porque no hay mucho espacio. Quizá los ojos de Toris tenían razón cuando le decían que no debería haber buscado algo así para él, que era demasiado, pero a Amelia también le había parecido una buena idea, a pesar de que seguía algo molesta por lo del colchón que Toris no había querido aceptar.

Y cuando lo abre, sonríe, sonríe que parece de verdad por un momento antes de reírse flojito y pasarse una mano por el pelo. El chico rubio, que supone que es a quien acoge Toris según su hermana, ha dejado la carpeta a un lado y abre la boca un momento.

Él y Toris hablan a la vez.

—¿Eso es una radio?

—Jones, esto... yo no puedo quedarme algo así y...

—¡Claro que puedes!

Toris pone una sonrisa de esas que son más de dientes y levanta las cejas, y el chico rubio parece ir a decir algo pero aprieta los labios cuando nota que lo está mirando. En el fondo le suena de algo, pero tiene una voz de esas de fuera y asume que es por eso, por el acento que le ha llamado la atención en esas pocas palabras, porque no vuelve a hablar.

Toris termina quedándose la radio después de ofrecerle un café que le sabe fuerte y amargo, con una expresión aún algo incómoda que le pica a lo largo de toda la conversación que mantiene con él (sobre un futuro que Toris hace sonar muy inestable con palabras muy pequeñas, sobre el presente agradable y sobre sus tonterías que acaban haciendo reír al chico rubio que se había escondido detrás de su carpeta).

Cuando lo despide, Toris le da la mano y le desea felices fiestas, y le da las gracias con una chispa de torpeza en la lengua. Toris siempre ha sido de esas personas raras que Alfred no consigue entender, de esas que le hacen pensar que no solo las chicas con las que no habla son un misterio complicado, y últimamente las señales que manda son cada vez más borrosas, como si el inglés que va aprendiendo hiciese que su lenguaje corporal se volviese, por contraste, más y más extranjero.


Son siempre así, ¿o qué?

A Feliks siempre le da la sensación de que Toris se encoge delante de según qué gente, que se le relaja el cuerpo y parece más bajito y manejable (que últimamente es más manejable, con sus rasgos de acuarela). Ahora se ríe un poco de mentira y se pasa una mano por el pelo antes de mirarlo a los ojos con una sonrisita.

—No... no, bueno, a veces sí —dice, sentándose frente a la radio y toqueteándola un poco, con los ojos brillantes de curiosidad—. Pero no puedes enfadarte con ellos. Quiero decir, todos estos trastos, pues... al final acaban sirviéndome.

A Toris, que vive en una casa llena de cosas de segunda mano, parece haberle hecho una ilusión extraña aquel regalo, y Feliks aún no ha aprendido a leerle las expresiones bien (Feliciano le ha dicho un par de veces que "el chico ese que vive contigo" tiene una cara rara, difícil. Interesante).

—Lo que no sé —Toris está bastante gracioso con la radio en las manos, dándole vueltas e inspeccionándola como si fuese a abrirla— es cómo funciona esto...

Parece un niño con un juguete nuevo, le recuerda a Feliciano cuando conseguía ahorrar lo suficiente para comprarse instrumentos de cocina de mejor calidad que esas sartenes medio carcomidas. Feliks se ríe un poco desde detrás de su carpeta y piensa, como siempre, que cómo Toris ha podido darle miedo, si en realidad ahora que está definido y metido en su cajita de significados propia es un chico dulce y fácil de gestionar.

Camarero-músico-compañero-de-habitación-cocinero-a migo.

¿Amigo?

Amigo, amigo. A veces Toris hace cosas que no encajan en su definición, como cuando le calienta la comida cuando llega tarde o cuando le pregunta si ha tenido frío por la noche, o cuando le deja camisas limpias porque Feliks se ha olvidado de ir planchando las suyas.

Pero de momento, amigo. Es práctico, cómodo como las mantas en las que duerme, Feliks no quiere darle muchas vueltas.

Al final, Toris consigue encender la radio, y es tan repentino, y el volumen está tan alto, que la voz de esa cantante queda cristalizada en una línea brusca y gruesa de lápiz que sale de unos árboles como un relámpago en medio de su paisaje soleado. Feliks frunce el ceño y no, no, ¡no!

—¡Toris!


Es algo de la expresión de Feliks, no sabe exactamente qué, si las arrugas finas del entrecejo o las del punte de la nariz, o la forma en la que sus párpados se entrecierran, o cómo se le ha quedado la boca, que ha pasado de una sonrisita divertida a una mueca disgustada. Es un algo que consigue sacarle de la cabeza los bordes dorados de un vestido que se le había quedado en las retinas y los sustituye con los mechones enfurruñados que enmarcan las mejillas de Feliks.

Y lo más divertido es que soluciona el enigma que le ha estado dando vueltas en la cabeza durante horas, el por qué, por qué se rió Feliks anoche, como en una especie de crisis nerviosa que le salió por la boca en forma de tintineo de cuerdas vocales.

Porque Toris, por encima de la voz de una cantante dulce y americana, Toris se ríe hasta que necesita taparse la cara con las manos y pedir disculpas.

El primer "Lo siento" le sale tan natural que ni siquiera está en inglés.


Feliks cree que, desde que está viviendo con él, es la primera vez que oye a Toris reírse así, a cascadas de carcajadas que resuenan por encima de la música. No puede verle la cara, y decide esconder la suya también cuando se da cuenta de que está pensando que, oh, eso es una lástima (porque seguro que le queda un gesto agradable de esos que quiere dibujar). Le pide disculpas, y los hombros le tiemblan en una especie de terremoto alegre que de vez en cuando da una sacudida brusca por el hipo que le ha salido del fondo de la garganta.

Desde detrás de su carpeta, desde detrás de su dibujo arruinado, Feliks acaba riéndose también, avergonzado, con los sonidos de Toris pegados a la lengua.


Es como intentar explicarle el color rojo a alguien que nunca lo ha visto: Feliks no puede dormirse porque la definición de lo que es Toris sube y baja como su pecho al respirar.

Camarero-músico-compañero-de-habitación-cocinero-a migo.

¿Amigo?

Amigo.

Aunque la idea repentina y pegadiza de que se ducha desnudo le mordisquea el pecho desde dentro.


Este es el capítulo que más me costó escribir. Otros me los pensé más, otros me dan más miedo porque pasan más cosas que igual no sé escribir pero, ¿este?

No vuelvo a escribir cliff-hangers nunca más. ¡Son complicados de manejar y resolver! Además que no sé si lo que pasa es creíble o IC o si le gustará a mis lectores y es más sencillo mantener un ritmo sin sobresaltos.

Bueno. Por lo demás, las escenas de luego me gustaron mucho. Quizá porque no las recuerdo particularmente complicadas.

No creo que tenga nada más que añadir. ¡Hasta la semana que viene!