Caroline se mantuvo lo más alejada de él como le fue posible. Si se movía un milímetro más a la izquierda se caería de la cama.

Klaus rió por lo bajo, antes de deslizarse hasta ella y rodearla con los brazos, atrayéndola a su cuerpo.

Ella abrió los ojos de golpe y se revolvió frenéticamente.

– ¡Suéltame, maldito bastardo!

Klaus rió y sujetó sus muñecas por encima de la cabeza, inmovilizándola.

Era tan brava… Le encantaba su fuerte temperamento. Pocas mujeres se atrevían a mirarlo y a hablarle como hacía ella, y eso le fascinaba. Caroline era una mujer ardiente.

Dios. Sería tan fácil poseerla justo ahora…

Pero fue entonces cuando vio el pánico en sus ojos. Lo miraban temerosos.

Tenía miedo de él.

Al instante la soltó. Caroline empezó a golpear su pecho con sus pequeñas manos para alejarlo, por lo que Klaus tuvo que volver sujetar sus muñecas. Ella respiraba agitadamente.

– ¡Aléjate de mi! – Gritó desesperada.

– Caroline. No voy a hacerte nada. Sabes que nunca te haría daño.

– ¡NO! ¡no lo sé! me has arrancado de mi vida, has matado a mi mejor amiga y ahora mismo ibas a…

– ¿A qué? – la desafió a continuar.

– A… – Klaus sintió su corazón romperse en mil pedazos cuando vio su mirada.

– ¿Acaso piensas tan bajo de mi?

Ella no lo pensó dos veces.

– Sí.

Él suspiró y se dejó caer a un lado de ella. Caroline se dio la vuelta, dándole la espalda.

– Puedo ser un monstruo, Caroline. – Susurró mirando al techo – Pero nunca te pondría una mano encima sin tu consentimiento.

El cuerpo de Caroline nuevamente se tensó al notar como el híbrido volvía a acercarse. Sobretodo cuando sintió sus labios helados rozar su mejilla, pero después se separó, y durante el resto de la noche no volvió a moverse.