LOS ANDRANIS
Capítulo 7: Prisionera.
-Apuesto mis cuernos a que su sangre no es azul.
-Es del clan Kuchiki, eso es equivalente a la realeza en la Sociedad de Almas.
-¿Realeza? Yo sólo reconozco a un príncipe.
-Deberíamos cortarla para asegurarnos.
-Sería una lástima dañar esa hermosa piel de porcelana.
-No la toques.
-¿Por qué no?
-Ella ya está reservada para el Maestro.
-Shhh, escuchen.
-¿Qué?
-Su respiración se detuvo. Está despierta.
Rukia abrió lentamente los ojos y lo primero que vio fue el techo de piedra iluminado pobremente con las antorchas de la habitación. Parpadeó varias veces para acostumbrarse a la penumbra y se enderezó poco a poco hasta quedar sentada. Le dolía todo el cuerpo por estar en la misma postura sobre aquel lecho de piedra. Sentía un extraño hormigueo en sus extremidades que tardó unos segundos en pasar.
Recordaba haber estado entrenando su bankai en la Colina del Sokyoku, luego Byakuya se había ido y...
Una voz, una extraña voz que arrastraba las palabras le había hablado, le había susurrado algo. ¿Qué era? No podía recordarlo. Luego un agudo dolor en el cuello. Era una pluma negra, un dardo. ¿Se había desmayado? No recordaba haber llegado al suelo, sólo se había sumido en una oscuridad absoluta.
-Parece desconcertada.
-Shhh, no la interrumpas.
Rukia giró la cabeza hacia la esquina de donde provenían las voces y su cuerpo entero se tensó. Había cuatro hombres recargados en la pared, todos vestidos de trajes negros con corbata y con miradas extrañas que Rukia no supo descifrar. Lo único que sabía con certeza era que aquel lugar no era la Sociedad de Almas, sino el mundo humano. La densidad del aire lo confirmaba. Trató de concentrarse en sentir algún reiatsu en la cercanía, pero ni siquiera percibía el propio.
-¿Quiénes son ustedes?
Ni bien terminó la pregunta, uno de ellos, el de cabello azul celeste, se acercó a ella y le dio un beso en la mano que le causó escalofríos.
-Mi nombre es Narem.
Rukia retiró la mano bruscamente y retrocedió unos centímetros. La cercanía de aquel sujeto y las confianzas que se estaba tomando no le daban buena espina. Se levantó lentamente y se tambaleó un poco por sus piernas entumecidas. En un abrir y cerrar de ojos otro de ellos estaba a su lado sosteniéndola con una mano alrededor de su cintura.
-Ten cuidado, linda, no querrás hacerte daño.
-No me toques –exclamó Rukia dándole un empujón. Palpó en el cinturón de su uniforme en busca de su zanpakutou y entró en pánico cuando no la encontró.
-¿Buscabas esto? –uno de ellos, el de cabello plateado, tenía a su Sode no Shirayuki en la mano y lo sostenía sobre su hombro como si se tratara de un palo de golf.
Rukia no sabía por qué aquel sujeto la tenía, pero debía recuperarla antes de que las cosas se pusieran feas.
-Devuélvemela –demandó con firmeza.
-Uy, no tienes modales. Creí que eras una princesa.
-¿Una prince...? ¿Qué? No. Soy una shinigami y esa es mi zanpakutou. Devuélvemela, por favor.
-De acuerdo, toma.
Rukia se acercó al tipo que tenía su espada y justo antes de que la agarrara la quitó de su alcance y se la arrojó a uno de sus compañeros al otro lado de la habitación. Luego soltó una carcajada.
-¿Por qué trajiste la espada? –preguntó con una sonrisa el que la había atrapado-. Creí que Arioch había ordenado que no la sacaras de la vitrina.
-Que se joda Arioch. Yo no sigo sus órdenes.
-Sí saben que si la shinigami recupera su espada estamos perdidos, ¿verdad? –preguntó el de cabello negro.
-No seas aguafiestas, Serel. Somos cuatro y ella es una. Somos hombres y ella es mujer. Somos altos y fuertes y ella es pequeña y delgada.
-Somos Onis y ella es una shinigami –completó el de cabello azul con voz cantarina.
-¿Onis? –repitió Rukia. La única vez que había escuchado sobre los Onis fue en la Academia, y lo único que se hablaba de ellos era que se trataba de criaturas mitológicas. O sea, que no existían, no eran reales más que en la imaginación colectiva y ancestral de Japón.
El de cabello castaño suspiró y le pasó una mano por los hombros.
-Déjame adivinar, hasta este momento creías que los Onis no existían.
-Estoy harto de que nos consideren una estúpida leyenda –exclamó el de cabello plateado.
-Cuando el Maestro despierte eso cambiará. El mundo entero sabrá que somos tan reales como los shinigamis.
-Somos mejores que los shinigamis.
-Ya es suficiente de esta maldita broma –dijo Rukia zafándose del agarre del castaño y retrocediendo unos pasos-. Primero que nada quiero saber quién rayos son ustedes, por qué tienen mi zanpakutou y en dónde estoy.
-Mi nombre es Narem –repitió el que le había besado la mano-, el emo de la esquina es Serel, este energúmeno de cabello castaño es Doran y el de cara de coladera es Raamad. Somos Onis, es un placer conocerte, shinigami Rukia.
-No olvides que es del clan Kuchiki –dijo Doran con una sonrisa.
-Shinigami Rukia del honorable clan Kuchiki.
-Y es teniente de su escuadrón –añadió Raamad.
-¿Teniente? Creí que ya era capitana –observó Serel.
-No, no, Arioch dijo que todavía es teniente.
-Yo creí que era una princesa.
-Lo de la realeza es en sentido figurado, idiota.
-Ah, cierto, corrijo: Es un placer conocerte, shinigami Rukia del honorable clan Kuchiki y teniente del Treceavo Escuadrón. ¿Olvidé algún título importante?
-Esto me recuerda a Juego de Tronos –exclamó Raamad-. Ya saben, por eso de Daenerys de la Tormenta, de la Casa...
-Deja de hablar por un rato de tu estúpida serie –lo interrumpió Narem.
Rukia los veía como si se hubieran vuelto locos de repente. Al parecer sabían exactamente quién era y su posición en la Sociedad de Almas. Cada vez entendía menos lo que estaba pasando, pues ninguno de ellos le era familiar, ni siquiera creía haber visto al que le disparó el dardo en la Colina del Sokyoku. Esos ojos gélidos eran inconfundibles. En ese momento lo único que le importaba era salir de ese lugar y recuperar su zanpakutou de manos de esos chiflados.
-Un placer conocerlos, pero ya tengo que irme. Si me devuelven mi zanpakutou...
-No podemos hacer eso. Se supone que eres nuestra prisionera –dijo Serel.
-¿Prisionera? ¿Cómo que su prisionera? –una alarma se encendió en el cerebro de Rukia, pues hasta entonces no había considerado la posibilidad de que estaba en peligro.
-Pues...Arioch te secuestró –dijo Narem como si fuera lo más obvio del mundo.
-Sí, además no tienes permitido salir de esta habitación. Tenemos tu zanpakutou y el castillo bloquea tus poderes shinigami. ¿Cómo los llaman? Artes demoniacas.
-¿Por qué están haciendo esto?
-Nuestro Maestro está...
-Cállate, Narem –exclamó Doran con un tono de voz severo que Rukia no había escuchado hasta ese momento. Sin saber por qué un escalofrío recorrió su espina dorsal-. Todavía no hay que decirle nada. Vinimos aquí para divertirnos, pero esto se convirtió en una larga introducción. Propongo que empecemos el juego.
Continuará...
