Recordatorio: Xenoblade Chronicles no me pertenece.
VII
Iba lo más rápido que podía, por un momento sintiéndome desvanecer por la batalla que habíamos luchado. Detrás, explosiones me quemaban la piel. Alcé la cabeza, viendo como Shulk iba a la vanguardia, arrastrando consigo a una Fiora débil. Melia iba más atrás con dificultad, sus alas éntidas moviéndose frenéticamente-supuse que eran lo que la mantenían de pié. Dunban iba cerca, con pesadez tirando su espada por una herida que había sufrido antes de nuestro escape. Riki se perdía como una bola amarilla que rodaba. Miré hacia un lado, notado que Sharla perdía su mirada en el fuego que se extendía detrás de nosotros.
-¡Gadolt! –le escuché gritar antes de detenerse, sus ojos marrones buscando al huma convertido en mekon.
-¡Sharla! –grité de igual manera, buscándola ahora en el humo que se había formado-. ¿¡Donde estás?
Pude hacer su forma entre la bruma densa, corriendo en dirección contraria hacía la plataforma en donde habíamos dejado el cuerpo de Gadolt. Me apresuré detrás de ella como pude, flexionando cada músculo de mi cuerpo para alcanzarla y halarla de nuevo hacia el camino de escape.
¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué está…?
Cuando conocimos a Sharla y su historia—la Colonia 6, Otharon, Juju y Gadolt, no pude evitar sentirme mal por ella. También había perdido a mis padres cuando era muy pequeño; esa fue una de las principales razones por las cuales me uní a la Milicia de la Colonia 9. Pensé que seria mucho más útil utilizando mi fuerza protegiendo a Shulk y Fiora y así evitar perder de nuevo a las personas que amaba.
El destino de Gadolt como Cara Mekon fue una jugada amarga del destino. Ni si quiera Shulk y sus visiones pudieron predecirlo. De sólo recordar la cara de Sharla me hacía apretar mis manos en puños y presionar mis labios fuertemente. Sentía rabia—si bien ella había llegado a término con sus sentimientos acerca de su prometido, él ahora había vuelto y en la peor de las maneras: en las manos del enemigo. Que Gadolt hubiese recuperado sus memorias era un milagro… una muestra de su, supongo, amor.
Lo cual me llevaba a acelerar el paso, a estirar mi brazo para atrapar a Sharla, protegerla de aquella bola de luz que se aproximaba a nosotros.
¿Cuál es tu nombre, chico?
Reyn.
Reyn… cuida de ella, ¿quieres?
¡Por supuesto!
-¡Sharla! –mi voz se quebró con el impacto de la energía en mi cuerpo desgastado.
Envolví mis brazos alrededor del cuerpo su delgado y delicado que muchas veces había tendido las heridas del grupo. Presioné mi frente en su hombro, y mis manos sostuvieron su cabeza. Podía escuchar su respiración acelerada, así como también los clamores de terror de los demás. No veía nada… pero me reconfortaba saber que había puesto hasta la última gota de mi vida por protegerla.
Siempre lo supe… Gadolt iba a ser muy difícil de superar.
