6. Tú no te mereces esto
Cerca del mediodía, Lincoln estaba nuevamente a media cuadra de la casa de Linka.
Extremaba precauciones para no ser detectado. Incluso cambió por completo su vestimenta, y cubrió su cabello blanco con una red y una gorra de deportista. Había pasado por el centro comercial para equiparse y cambiar su imagen, al menos parcialmente. Sin su cabello blanco, era tan solo un niño común y corriente, sin gran cosa que lo distinguiera de tantos otros.
Estaba hecho un manojo de nervios, pero iba bien atento al medio y a los detalles del camino. Ubicó a la perfección el sitio donde aparecería el portal. Para su gran suerte, había dos macizos de arbustos frondosos y grandes, tras los cuales era sencillo ocultarse y correr directamente hacia el portal casi sin ser visto. Era increíble cómo se olvidaban las cosas cuando las veías todos los días, sin prestarles la debida atención.
No sabía bien lo que iba a ocurrir, pero presentía que ninguna precaución estaba de más. Si Linka había convencido a su familia de que debían levantarle el castigo y tratarla bien, ya no tendría nada de qué preocuparse. Pero en el fondo, sabía que eso no iba a ocurrir. Aunque no sabía por qué.
Por desgracia, su boca fue de profeta. Después de explorar muy bien el terreno se acercó a la casa, extremando precauciones. Otra vez, Vanzilla no estaba; no había indicios de nadie. Como era domingo a mediodía, no sería nada raro que toda la familia hubiera ido a apoyar a Lynn en alguno de sus partidos.
No se oía rastro de nada. Ya se disponía a rodear la casa para buscar a Linka en alguno de los patios, cuando el sonido de un lamento de dolor lo obligó a voltear. La niña lo había visto llegar, y se dirigió a su encuentro sin vacilar. Se había quitado el traje de ardilla y venía sosteniéndose el brazo izquierdo. Incluso desde varios metros de distancia, Lincoln pudo distinguir el rojo cardenal con marcas de sangre sobre la blanca piel de la chica. La inflamación era distinguible a simple vista, y el niño llegó a temer que el brazo de su amiguita estuviera roto.
- ¡Lincoln! gimió la niña, y soltó su brazo para aferrarse a él.
El chico la abrazó, y la niña prorrumpió en sollozos de dolor y desdicha. Estuvo llorando en sus brazos durante casi un minuto, hasta que reunió fuerza suficiente para hablar.
- No me escucharon... Me volvieron a pegar...
Lincoln la apartó suavemente. Creyó que ya estaba enojado con la familia de Linka. Pero cuando vio su brazo lesionado, una cortina de furia encegueció su mirada.
- ¡Demonios, Linka! -gritó, mientras revisaba el brazo lastimado de la niña.
Se la llevó de ahí, simplemente. Y ella estaba tan dolida y apenada que no opuso mucha resistencia.
La llevó caminando a calles aledañas, en las que había muy pocas casas. Así podría examinarla y curarle el brazo sin que hubiera ojos curiosos alrededor. Por fortuna, había asistido varias veces a Lisa mientras ayudaba a su hermana Lynn con alguna de sus lesiones deportivas. Sabía lo que tenía que hacer, y contaba con vendas, analgésicos, antinflamatorios y apósitos rígidos.
Atendió la herida lo mejor que pudo. La niña tuvo que soportar otra vez el dolor del agua oxigenada en sus heridas. El vendaje no había quedado mal, pero Lincoln no se sentía satisfecho. Sospechaba que el brazo estaba fracturado; pero Linka se espantó ante la sola idea de ir a consultar a un médico.
- ¡No, Lincoln! Es seguro que el médico se sentiría en obligación de llamar a mis padres. Recuerda que mamá es asistente dental. La conocen muchos médicos aquí ,en Royal Woods.
- Bien, pero no te puedes quedar así Linka -dijo Lincoln con severidad-. ¿Sabes que estoy a punto de llamar a la policía y denunciar este caso de abuso infantil?
- ¡No, Lincoln! -exclamó la niña, aterrorizada-. ¡Por favor...
- ¿Y entonces qué, Linka? ¡¿Debo dejar que te maten esas bestias?! ¡Porque eso es exactamente lo que van a hacer! ¿Sabes? Si no son capaces de respetar y cuidar a su única niña, ¿quién sabe qué otra cosa podrían hacer? ¡Vives con una familia de criminales!
- Lincoln... -dijo ella en voz baja. Extendió su brazo sano para tocar a Lincoln. Pero él tomó su mano y la retuvo entre las suyas.
- Linka, por favor. ¡Reacciona! ¿Sabes que eres como mi hermanita perdida? -dijo Lincoln, emocionado- ¿Sabes que eras la chica más increíble que he conocido? ¡No te quiero dejar a merced de estos bastardos! Prefiero que estés segura, en un lugar con gente especializada que te puede cuidar. ¡Ellos no merecen que los consideres tu familia!
La niña se quebró y rompió a llorar. Sentía la razón en cada una de las palabras de Lincoln. Pero no era tan sencillo. ¡Había tantas cosas en juego!
Lincoln la abrazó y suspiró. Eso lo decidía todo. Quizá Linka lo odiaría para siempre por lo que iba a hacer, pero era necesario.
Sin embargo, no debía perder de vista lo importante.
- Linka, en Hazeltucky hay un consultorio de emergencias médicas en donde te pueden atender. Si no hacemos nada con tu brazo y está roto, vas a tener dolores de por vida. Sé que hoy está abierto y que no cobran caro. Yo tengo dinero. Vamos para que te atiendan, por favor.
La niña estuvo a punto de decir que no. Pero la mirada de Lincoln le dio a entender que no podía decir eso. El chico se veía realmente decidido a enfrentar lo que fuera por ayudarla, y Linka sintió una punzada de dolor en su corazón. ¿Cómo era posible que un perfecto desconocido estuviera dispuesto a correr cualquier riesgo por ella, cuando su propia familia la trataba tan mal?
Le dolía en el alma. La hacía llorar. Le hacía pensar en el absurdo de la vida y la situación que estaba viviendo. Quizá ella no se merecía todo aquel dolor y maltrato.
Lincoln sintió el terrible debate interno de la chica, así que la abrazó con fuerza y le susurró al oído.
- Linka, tú no te mereces esto. Te lo juro. No importa cuál haya sido tu error, ninguna niña merece ser tratada de esta forma por aquellos que dicen amarla.
Por toda respuesta, ella lo estrechó tan fuerte como pudo. Susurró su nombre, y dio rienda suelta a su llanto.
Lincoln esperó a que el llanto de la chica disminuyera para apartarse. La tomó de las manos, y la miró a los ojos.
Por lo menos, ven conmigo a Hazeltucky. Vamos a que te curen, ¿sí? Tu brazo tiene que quedar bien.
La niña asintió. Lincoln la tomó de la mano y la niña se dejó llevar. En ese momento no lo sabía, pero fueron sus primeros pasos para alejarse del infierno.
- ¿Y dices que tu hermanita se cayó, Lincoln? -dijo el médico, mientras examinaba la placa. Suspiró por lo bajo. Si no hubiera sido por sus sospechas, hubiera sonreído satisfecho.
- Sí, doctor. Se tropezó y cayó sobre una piedra. Como no había nadie para atenderla, pues hice lo mejor que pude. Y la traje aquí.
- Qué raro... Con la fuerza de este golpe, una piedra hubiera producido heridas considerables en la piel. Laceraciones y raspones bien visibles, pero yo no veo nada de eso. En cambio, los músculos y el tejido conectivo están magullados, macerados. Esto tiene el aspecto de un golpe con un objeto contundente. Algo como un bate, o una tranca.
Los niños palidecieron y se quedaron callados. El médico se dio cuenta enseguida, y lo tomó como una confirmación de sus sospechas.
- Mmm... ya veo. Ustedes se parecen muchísimo, niños. ¿Son mellizos?
- Sí doctor -respondió Lincoln, con cautela.
- Pero no viven en la misma casa, ¿cierto? Me atrevo a decir que viven separados desde hace tiempo.
- Sí... podría decirse eso -comentó Lincoln.
- Es evidente. ¿Te gusta mucho correr y jugar al aire libre, Linka?
- Eh... No -respondió Linka, desconcertada-. ¿Por qué?
- Porque tienes muchas cortadas y escoriaciones en la piel. Y la mayoría son bastante recientes. Yo diría que de unos dos meses a la fecha. Si no te gusta jugar al aire libre, hay muy pocas explicaciones posibles. ¿Por qué trajiste tú a tu hermana con el doctor Lincoln, y no tus padres?
- Ya le dije, doctor... Ellos están ocupados. Trabajan.
- ¿También los domingos?
- Sí... También.
Los niños sentían que sus nervios estaban a punto de explotar. El médico casi había descubierto su secreto, pero no les quedaba más remedio que permanecer firmes.
- Bueno. Voy a hacer como que les creo, niños. Pero de ninguna manera voy a olvidar esto, ¿saben? Esto me huele a abuso infantil a tres kilómetros de distancia.
El médico les dirigió una severa mirada, y ellos a duras penas lograron mantener la compostura.
- Por fortuna no hay fractura; ni fisura. Pero estuvo muy cerca. La piel y los músculos están dañados. Aparte de los antinflamatorios y analgésicos, tu brazo necesita descanso y hielo, pequeña. Y ten mucho cuidado. No olviden que hay instancias y personas que los pueden ayudar... Solo en caso de que algún día sus familias no los traten como ustedes merecen, ¿de acuerdo?
- Sí, doctor -dijo Lincoln, intentando por todos los medios que su voz sonara firme. - ¿Cuánto le debo?
- Hablen con mi secretaria. No se preocupen por eso -dijo el médico, sonriendo por primera vez desde que los vio.
- Gracias -dijeron los niños al mismo tiempo, y salieron del consultorio.
El médico aún estaba en un terrible dilema. Estaba seguro de que no se equivocaba. Aquella pequeña era sistemáticamente abusada y maltratada por su familia, y el valiente caballerito que la acompañaba estaba ansioso de hacer algo más por ella. Pero por algún motivo, no lo hacía.
Se sentía en obligación de denunciar. Pero había algo en toda la situación que lo hacía detenerse. No sabía exactamente qué. Una corazonada, y él estaba acostumbrado a hacerle caso a sus corazonadas.
Nunca se había equivocado, y estaba seguro de que no se equivocaba ahora. Tenía que dejar pasar aquello por el momento. Pero recordaría aquellos nombres y aquellas caritas tan parecidas. Probablemente los volvería a ver muy pronto.
Y no. Nunca más los volvió a ver. Pero en unos pocos días, fue llamado a testificar en uno de los casos de abuso infantil más denigrantes y sensacionales de la historia del estado de Michigan.
