Nuevo capitulo, les pido por favor que lo lean con especial atención ya que será uno de los mas cruciales y densos dentro de la historia. Por ser además hoy 29 de marzo, dia del joven combatiente aquí en mi país, me parecio que este debería ser especial y reflejar un poco mas los aspectos de la guerra para que se parecieran mas a los de la vida real. Disfruten y por favor anímense a comentar, muchas gracias :)
Diez de la mañana y el combate del día estaba en su punto más crítico, los disparos iban y venían en todas direcciones y los soldados de ambos bandos iban cayendo, ya fuera por heridas mortales, severas o sólo leves. Los enfermeros iban de un lado a otro con camillas y equipos de emergencia para atenderlos a todos, las carpas destinadas a enfermerías estaban a reventar de soldados lastimados y los enfermeros y el equipamiento ya no daban abasto para tanta gente, por lo que se decidió trasladar a los heridos de mayor gravedad a centros hospitalarios cercanos. Las cosas se complicaron especialmente cuando el sargento Iwao se enteró de la invasión por parte de soldados del sur a territorio civil, tomando rehenes en cada ciudad a la cual iban, sin importarles quiénes fueran o dónde estuvieran. En las noches entraban a las casas y se llevaban gente de sus camas y aún en pijama, mientras que en el día podían entrar a escuelas, edificios de oficinas, restaurantes, bibliotecas, bares, incluso hospitales, lo que fuera, a llevarse a la gente por la fuerza, para después comenzar a bombardear los lugares, causando así millones y millones de yenes en daños materiales y gente herida, mutilada o muerta. Era un verdadero infierno, tanto, que se debió declarar estado de sitio en todas y cada una de las ciudades, regiones y prefecturas que comprendieran el norte de Japón. Las autoridades hacían lo más que podían por enfrentar a los invasores y tratar de persuadirlos de ya no llevarse a más gente, pero era inútil, era una pelea entre militares y oficiales de policía, la cual por cierto estaba muy dispareja.
Las cosas en la universidad de Mitsuhashi no eran diferentes. Durante una clase de literatura, impartida por el reemplazo de Hiroki, los alumnos tomaban apuntes necesarios para su siguiente examen tal como siempre, cuando el director alertó a todos los estudiantes de todos los departamentos de una horda de soldados sureños que se aproximaban a las inmediaciones del campus, amenazando con tomar rehenes entre el alumnado y el cuerpo docente, por lo cual pidió que todos salieran en orden de sus salones y se reunieran en el gimnasio, donde se darían instrucciones para enfrentar esa invasión… lamentablemente quien dio esa orden no fue el director. Para cuando todos los estudiantes llegaron al sitio de reunión, dos soldados armados cerraron las puertas con candados, para luego dejar salir a más como ellos de cada rincón del enorme gimnasio, apuntando con armas totalmente cargadas a los espantados chicos.
El soldado que había sido el responsable de suplantar al director lo había atado y amordazado en su propia oficina, apuntándolo con un enorme rifle de asalto y amenazando con dispararle al primer movimiento. Tomó nuevamente el micrófono, y ahora usando su voz normal y un tono de burla, hizo un nuevo anuncio.
Soldado: Esto es una invasión a los amigos norteños de parte del sur. Más les vale acatar todas nuestras órdenes, de lo contrario, de los más de dos mil mocosos que tenemos aquí hoy, sólo el diez por ciento saldrá de aquí con vida, y créanme, para cuando se enteren de la clase de vida que llevarán luego de eso… envidiarán a sus amigos muertos -sonríe perversamente-
Todo el mundo se espantó horriblemente, nadie sabía qué hacer. Las chicas amenazaban con ponerse histéricas y entrar en pánico, mientras que los chicos a su lado trataban de calmarlas abrazándolas, otros, trataban de aparentar que no sentían miedo, cuando en el fondo sólo querían salir de ahí y volver a casa lo antes posible. Pensaban en sus padres, abuelos, abuelas, tíos, amigos en otras escuelas, todo eso pasaba por las mentes de los aterrorizados universitarios mientras los soldados los apuntaban a cada momento. Takahashi Misaki, quien se encontraba entre ellos, sólo pensaba en su hermano, su cuñada, su pequeño sobrino, y en su amado esposo, quien seguramente podría también ser tomado como rehén si la invasión llegaba hasta el barrio donde se encontraba el pent-house de ambos. Ni siquiera lo pensó dos veces, simplemente tomó su celular y trató de llamar a casa, al menos… al menos para despedirse de él, que en esos momentos era lo más seguro.
Misaki (oculto en un rincón): Vamos… por favor Usagi-san… responde…
Akihiko, quien se encontraba en medio de una reunión con Aikawa, escuchó el teléfono en medio de la voz de su editora. No supo porqué, pero algo le decía que era una llamada muy urgente, así que corrió a contestarlo, incluso a pesar de que la chica le decía que estaban a mitad de algo importante. Apenas el escritor contestó, lo primero que escuchó fueron gritos de fondo, gritos de miedo y pavor, sonidos que hicieron que su sangre se helara. Cuando estaba por decir algo, una voz frágil pero ya conocida lo hizo antes que él.
Misaki: Usagi-san… gracias al cielo…
Akihiko (asustado): ¡Misaki! ¿Qué ocurre? ¿Dónde estás?
Misaki (casi llorando): Usagi-san… no tengo mucho tiempo… sólo… sólo quería decirte que te amo. Es probable que esta noche no llegue a casa, así que quería decírtelo mientras aún podía
Akihiko: Misaki, por favor, me estás asustando, ¿Qué está pasando?
Misaki: Probablemente ya esté en las noticias. Enciende la televisión, puede que digan algo
El escritor le hizo una seña a su editora, pidiéndole que encendiera el enorme televisor de la sala de estar. En el canal de noticias, una joven periodista mostraba una apariencia serena y profesional mientras que detrás de ella había un caos horrible. Soldados y policías peleando entre sí para contener el ataque de los primeros, tanques yendo en todas direcciones, gente siendo arrastrada, niños llorando, un verdadero infierno que jamás creyó volver a ver, al menos no en esa magnitud. Era horrible, y tanto Akihiko como Aikawa creyeron sentir su sangre congelarse al ver las imágenes, pero para el autor fue más duro todavía, al ver escenas ya conocidas de violencia, destrucción y caos que pensó haber dejado atrás.
Periodista: Me encuentro aquí, en la universidad Mitsuhashi, reportando lo que puede ser el evento más catastrófico que se haya podido ver en estos meses desde que la guerra civil en nuestro país dio inicio. Soldados del sur, armados con rifles de asalto, AK-47, bombas, granadas, tanques blindados y otros armamentos más, se las arreglaron para infiltrarse en el enorme edificio, secuestrando a cerca del noventa por ciento de sus alumnos y profesores en lo que parece ser una estrategia militar ideada por el sargento Ichikawa, líder del ejército sureño, para que el norte finalmente se rinda y acepte las demandas del sur. Uno de ellos, quien tiene como rehén al decano Takatsuki, exige el cese del ataque del norte, rendición absoluta y que se acaten en todo el país las políticas de gobierno implementadas por las prefecturas del sur. Los mantendremos informados de esta noticia en proceso
Misaki: ¿Usagi-san? ¿Sigues ahí?
Akihiko: Si, aquí estoy… Misaki, por favor dime que estás bien
Misaki: -derrama una lágrima- Estoy bien, no ocurre nada malo, pero si ocurre, por favor no quiero que hagas ninguna locura, huye del país y llévate contigo a mi hermano y a su familia… no quiero que pasen por lo mismo
Akihiko estaba por responderle al chico cuando una tercera voz apareció en la conversación. Era la de un soldado que había sorprendido a Misaki con su teléfono. Unos segundos después de escuchar esa voz, se pudo oír un sonido muy fuerte y la comunicación se cortó.
Akihiko: ¡Misaki! ¡Misaki! -cuelga muy fuerte- ¡Maldición! -va hacia la puerta-
Aikawa: -se levanta- Sensei, ¿adónde va?
Akihiko: Aikawa, no tengo tiempo para hablar del libro, Misaki me necesita, podría estar en peligro y debo ir a ayudarlo
Aikawa: No sensei, no me refiero a eso, es muy peligroso allá afuera, podrían tomarlo de rehén a usted también
Akihiko: No me importa, debo ayudar a Misaki -se va corriendo-
De vuelta en Mitsuhashi, lo que Akihiko había escuchado del otro lado de la línea había sido el soldado pisando fuertemente el celular de Misaki, cortando la comunicación de inmediato. Después de eso, tomó muy bruscamente al chico, amenazando con matarlo si lo sorprendía de nuevo en algo similar y llevándolo a punta de rifle con varios de sus compañeros. Todos los otros soldados decidieron que no podían correr el mismo riesgo otra vez, por lo que decidieron dejar totalmente incomunicados a los rehenes, quitándoles sus celulares a cada uno de ellos y rompiéndolos de inmediato para evitar que trataran de recuperarlos. Ya nadie podría llamar a casa, estaban completamente aislados hasta que sus captores lo quisieran. Nadie sabía lo que pasaría después.
En la enfermería del campo de batalla, en donde Nowaki descansaba tras su lesión, los doctores y enfermeros ya le habían dicho, tras despertar, que no era una herida lo suficientemente seria como para ser enviado a casa, por lo que, tras uno o dos días de descanso, debería regresar a seguir luchando con sus compañeros. El pobre pediatra no estaba preocupado por la guerra en sí, sino por Hiroki. Su carta lo había dejado muy asustado, preocupado y confundido, necesitaba hablar con él lo antes posible para aclarar las cosas, pero al tener que seguir combatiendo lo encontraba muy difícil y eso lo angustiaba. No había podido comer, no sentía apetito, y de no ser por los medicamentos que le suministraban, seguramente tampoco hubiera podido dormir.
Miyagi: -toca a la puerta y entra- Kusama, ¿cómo te sientes?
Nowaki (sentado en la cama): No muy bien, mi herida ya está casi recuperada y me dijeron que no era muy grave, pero estoy preocupado por Hiro-san, necesito verlo, si tan sólo pudiera ir a Hasuda y decirle lo mucho que lo amo, podría quitarme este peso de encima
Miyagi: Quiere decir entonces que no te enteraste…
Nowaki (con los ojos muy abiertos): -lo mira- ¿Enterarme de qué?
Miyagi: Los del sur invadieron por completo las ciudades del norte, es un caos allá afuera. Gente secuestrada, casas y edificios destruidos, hospitales abarrotados de gente, las escuelas que no fueron invadidas están siendo usadas como albergues para las personas que perdieron sus hogares
Nowaki: ¿Y qué hay de Hiro-san? ¿La ciudad de Hasuda también fue invadida?
Miyagi: Todas las ciudades del norte de Japón están siendo invadidas en este instante, lo más probable es que Kamijou también sea uno de los rehenes
Nowaki entonces entró en pánico total, como pudo trató de salir de la habitación, a pesar de que Miyagi intentó contenerlo, lo único que quería era asegurarse de que Hiroki estaba bien, no le importaba si seguía enojado con él, sólo quería salvarlo, llevarlo a casa y que ambos se alejaran de esa horrenda barbarie. Su mente no estaba concentrada en nada más que en eso, por eso luchaba contra el agarre del otro hombre, para poder salir de allí y tratar de hacer algo. Los enfermeros fueron alertados por el escándalo y ayudaron a Miyagi a calmar a Nowaki, quien, no importaba lo que ellos hicieran, simplemente no iba a permanecer en la cama, sólo gritaba y pedía que lo dejaran ir, repitiendo el apodo que le había dado a Hiroki una y otra, y otra vez. Finalmente no hubo de otra más que darle un calmante, estaba demasiado alterado y su herida podría abrirse. Al colega de Takechi que había ayudado a colocarle la inyección luego le aparecieron moretones en ambos brazos debido al agarre tan fuerte de Nowaki.
Enfermero (cansado y enojado): -se limpia el sudor y mira a Miyagi- ¿Cómo tuvo la idea tan estúpida de decirle una cosa así a nuestro paciente? En su estado no puede recibir impresiones fuertes, está bajo medicación para calmar el dolor y esa clase de cosas podrían causarle un daño severo
Miyagi: Lo lamento… no debí haberlo hecho…
Enfermero: Le pido que por favor se retire, desde ahora tiene prohibido entrar aquí, no venga a menos que se lastime-lo acompaña a la puerta-
Miyagi no pudo discutir con el enfermero, quien finalmente sólo hacía su trabajo al preocuparse por Nowaki, pero después de todo, él entendía cómo se sentía, con Shinobu en casa y bajo el mismo riesgo de ser secuestrado, sintió de pronto el mismo temor que él de que algo le ocurriera, pero no era mucho lo que podía hacer, sólo dar lo mejor de sí en batalla y esperar porque nada le pasara, pero de todos modos… se sentía como un mal novio y un mal hombre al no expresar su preocupación y su miedo del mismo modo que Nowaki. La única cosa honorable que pudo hacer por el momento fue volver al combate, si se deshacía de varios soldados sureños, quizá podría deshacerse de tipos que podrían hacerle algo a su pequeño novio. Con ese pensamiento en la cabeza tomó su arma y regresó a la trinchera, tratando de no perder más tiempo.
En el combate las cosas sólo empeoraban conforme la mañana siguió avanzando, dando paso a las primeras horas de la tarde. Las granadas volaban, los disparos amenazaban con dejar sordos en el mejor de los casos y con matar en el peor de ellos. La tierra y la pólvora levantadas se metían en los ojos de aquellos que se descubrían los ojos solo un instante, dejándolos casi ciegos y, producto del miedo, haciendo que se alejaran de la seguridad de sus trincheras para empezar a caminar hasta territorio poco seguro, donde recibían un disparo de parte de soldados cobardes y violentos que los veían como un blanco fácil. Era un espectáculo horrible que todos allí no veían la hora de dejar por fin, pero por más horrible que fuera no podían dejar de abrir fuego contra los enemigos, era eso o ver morir a sus compañeros frente a ellos, por lo que no tenían más opción.
Albertino, Miyagi y Haruhiko se alinearon al frente de la trinchera, donde disparaban con potentes rifles de asalto y fuertes aunque algo pesadas MP40, mientras que Kaoru e Isaka-san se encargaban de las granadas, lanzándolas lo más lejos que fuera posible, cuidándoles las espaldas a sus compañeros cuando alguno necesitaba darse un momento para recargar su arma. Cascos, gafas y ropa protectora los ayudaban a no herirse mientras abrían fuego una y otra vez contra los soldados del lado contrario, pero el calor que extrañamente siguió a la interminable lluvia comenzaba a pasarles la cuenta. Dentro de toda esa ropa sus cuerpos se sentían empapados, pero como si eso no fuera lo peor, sus gafas se empañaban, cortándoles la visibilidad y debiendo limpiarlas, cosa que los hacía vulnerables por interminables y tensos segundos.
A pesar de que las cosas estaban más difíciles que nunca y se necesitaban mutuamente, Albertino repentinamente dejó de disparar, salió de su lugar y luego de la trinchera, ganándose miradas enojadas y confundidas por parte de sus compañeros.
Isaka: ¡Oye! ¿Adónde crees que vas? ¡Te necesitamos cuidando el frente!
Albertino (corriendo): -los mira- ¡Tengo algo que hacer, no tardo!
No había tiempo de seguir gritándole, aunque no quisieran debieron dejarlo ir y tratar de compensar de algún modo el hueco que había dejado en el grupo. Era una pesadilla, con dos hombres menos y uno con una mano todavía lastimada su trinchera era una de las más expuestas, por lo que tenían que esforzarse todavía más para compensar sus pérdidas. Mientras el fuego continuaba, Albertino se las arregló para salir del campo y dirigirse a la enfermería donde descansaba Nowaki. Evadió la seguridad que rodeaba su habitación. Debido al problema que Miyagi había provocado fue que decidieron poner un par de enfermeros a custodiar su puerta en caso de que alguien más tratara de entrar. Albertino los vio y se dio cuenta de que no podría convencerlos muy fácil. Trató de pensar en algo para poder sacarlos de allí, y fue ahí que vio abierta una de las oficinas que estaban cerca de la enfermería. Entró rápido y sacó una de las hojas de papel del escritorio, la cual tenía el logo del ejército del norte y la firma del sargento. Vigilando que nadie lo fuera a ver sacó un lápiz y anotó algo muy rápido, e igual de rápido salió de allí, tratando de aparentar normalidad, y se acercó a los enfermeros con una sonrisa muy serena.
Enfermero 1: -lo detiene- Lo siento, no puede entrar, si tiene algún problema deberá ir a la habitación del fondo
Albertino: No, no tengo ningún problema, sólo vine a entregarles este mensaje urgente del sargento, soy su nuevo mensajero y me dijo que era muy importante -les muestra el papel-
Enfermero 2: -lo toma y lo lee-
Al personal médico de nuestro ejército:
Los heridos en las trincheras del lado suroeste de nuestro campo están presentando gangrena en sus extremidades y fiebre elevada, se necesita con urgencia tratamiento médico para ellos y que se los deriven a centros hospitalarios más equipados para enfrentar tales eventos. Por favor no se demoren.
Atte.:
Sargento Iwao Kyoji
Enfermero 1: -lo mira- Gracias por informarnos, por favor cuide al paciente de esta habitación mientras volvemos
Albertino: -sonríe- No se preocupe, estará en buenas manos
Ambos enfermeros tomaron sus cosas y fueron de inmediato para responder al mensaje que Albertino les había dado. Él sabía que no demorarían mucho en descubrir su engaño, así que tendría que darse prisa. Con mucho cuidado para no despertar a Nowaki, entró a la habitación, poniéndole seguro por dentro. Lentamente se acercó a su cama, notando que estaba bajo el efecto de sedantes, así que estaba claro que no se despertaría hasta que éste pasara.
Albertino: -se sienta a su lado y le acaricia la cara- Me apena mucho lo que te pasó Nowaki, y también lamento que tu querido Hiro-san te haya abandonado, pero me encargaré de que te olvides de él -lo besa en los labios-
Debido a una rápida ida hacia su compañía un rato antes de llegar a la enfermería, Albertino había sacado una cámara de video que tenía escondida entre sus cosas. No había sido fácil que no la encontraran, y de hecho no esperaba usarla tan pronto, pero tenía bastante película, pensaba usarla para divertirse mientras llegaba el momento de necesitarla en serio.
La sonrisa en el rostro del soldado de cabello rubio nunca había sido ni más grande ni más escalofriante, era una experiencia nueva, muy emocionante y que sin duda había estado queriendo hacer desde que empezó a hacerse amigo del pediatra. Sabía muy bien que su corazón le pertenecía a otro hombre y que jamás tendría la oportunidad de hacer algo así con él, pero nada perdía con intentarlo aunque fuera por un momento.
La cámara grabó cada segundo, sin perder un solo detalle.
En el lado sur, los soldados iban de un lado a otro con armas y preparando sus naves para ir a invadir las ciudades del norte y tomar más rehenes todavía. Habían adecuado muchos sitios para poder tener allí a los civiles secuestrados mientras el otro lado acataba sus órdenes. La gente desde adentro de sus celdas no podía ver mucho, cada celda sobresalía apenas un poco del suelo, teniendo una sola y pequeña ventana que daba al exterior. La vista no era muy agradable, mucho menos alentadora, hombres uniformados cargando poderosos rifles y fusiles subiéndose en tanques y en aviones de combate. Grupos especiales eran enviados a las ciudades para traer a los rehenes, otros grupos, más pequeños, los custodiaban, mientras que una última cantidad de soldados permanecían en el campo para seguir enfrentándose al norte.
Era un infierno, en las celdas las mujeres y los niños lloraban mientras que los hombres hacían todo lo que podían por calmarlos, ya que no era buena idea enfurecer a los soldados que los vigilaban. Los ancianos y las personas más débiles de salud amenazaban con enfermarse seriamente, y si ya estaban enfermos, les negaban medicamentos y ayuda de cualquier clase, y los demás rehenes tenían prohibido ayudarlos o podían morir, ya que sabían que si tenían rehenes enfermos era más probable que los del otro lado acataran sus peticiones con tal de poder salvar las vidas de sus compañeros. La familia Kamijou no escapaba de todo eso, si bien ni Hiroki ni sus padres sufrían de ningún problema de salud de todos modos no era sencillo estar tan hacinados, rodeados de gente que si estaba enferma y que quizá pudiera tener algo contagioso, sin mencionar la falta de alimento y agua que los habían obligado a enfrentar. Todo se veía terrible, nada parecía querer mejorar pronto.
Madre (atada junto a su familia): Esto es horrible, ¿Qué tal si morimos aquí? No quiero seguir aquí más tiempo y tampoco quiero perderlos a ustedes -empieza a llorar-
Hiroki (tenso pero con tono amable): Mamá, por favor no llores, las cosas van a mejorar, podremos salir de aquí, te lo prometo
Madre (llorando): Hiro-chan… si uno de esos hombres intenta hacerte daño, tomaré tu lugar, prefiero morir yo con tal de que tú estés a salvo. Tú todavía eres joven y tienes mucho por delante, yo ya soy vieja
Hiroki: ¡Mamá, basta! Nadie aquí va a morir, saldremos de aquí con vida, estos tipos sólo quieren asustarnos, no son más que unos cobardes que tratan de llamar la atención, para ellos es mejor matarnos de miedo que asesinarnos, confía en mi
Padre: -la mira- Escuchemos a Hiroki cariño, todo saldrá bien, recuerda que él fue soldado, sabe de estas cosas
Ambos se hubieran abrazado si no estuvieran atados. Hiroki deseaba poder creer en sus palabras, ya que no eran completamente mentira, pero en buena parte habían sido para calmar a su espantada madre, ya bastante malo era estar ahí encerrados como para además ver a su madre sufriendo por culpa de unos bastardos cobardes y sin honor.
A pesar de que no era el momento, el profesor de literatura pensaba en Nowaki, si bien prometió no volver a hacerlo no podía evitar visualizar su cara, recordar su voz, el toque de sus manos, de sus besos… en esos momento necesitaba con desesperación el abrazo de alguien que lo amara, necesitaba a alguien a su lado… necesitaba a Nowaki. Una lágrima cayó por su mejilla al recordar que todo había acabado entre ellos y que jamás volverían a estar juntos, se sentía miserable y sin esperanzas, de no ser por su familia que estaba con él en ese momento seguramente hubiera enloquecido por el miedo y la incertidumbre de lo que pasaría después.
Hiroki (en voz muy baja): Nowaki, idiota… si no estuviera atado, iría de inmediato a golpearte por dejarme solo en una situación así. Si vuelvo a verte, no dejaré un solo hueso sano en tu cuerpo… -empieza a llorar también-
En la enfermería, mientras la cámara continuaba grabando cada cosa que ocurría en esa cama, la cual se movía sonoramente de arriba abajo, los sedantes que mantenían inconsciente a Nowaki comenzaron a desaparecer poco a poco. Sus ojos se abrieron, pudiendo apenas distinguir una figura borrosa que al parecer se encontraba sentada en su regazo yendo muy rápido de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo. Un calor en su vientre, ya muy conocido, le decía que un líquido ardiente estaba por salir de su cuerpo, y cuando lo hizo fue dentro de un interior todavía más ardiente, pero no el que ya conocía, aquel que pertenecía a la persona que amaba.
No estaba seguro si se trataba de un sueño o si era verdad, todo lo que supo después de terminado el acto fue que la oscuridad no tardó en volver a su mente. La cámara se apagó y Albertino se fue de la enfermería tras dejar a Nowaki tal como lo había encontrado, pero dándole antes un suave beso en la frente y cerrando la puerta luego de salir. Su sonrisa perversa ahora acompañada por un brillo de satisfacción en sus ojos.
CONTINUARÁ…
