Dissclaimer: Card Captor Sakura le pertenece a CLAMP.

La historia si es mía, por favor NO LA COPIEN.

Por amor

Emiko hime-sama

Dejó que las doncellas le quitaran el kimono y le lavaran su cuerpo y sus cabellos.

Dejó que la vistieran con un nuevo kimono y después ordenó que se fueran.

Se quedó mirando su imagen fijamente en aquel gran espejo que tenía en su habitación. Se acercó a él.

El kimono era de colores brillantes y alegres. Tan diferente ha como realmente se sentía…

Se cepilló su cabello lentamente y lo recogió en un peinado alto dejando solo dos mechones de cabellos enmarcando su rostro.

Cogió la rosa roja escarlata que le había dado su madre para que se la pusiera en el pelo, y así lo hizo.

Se pinte lentamente sus labios de color carmesí, como el color de la sangre. Se pinté mis ojos de negro, su cara de blanco. Cada cosa lo hizo lentamente, como si estuviera sufriendo un martirio.

Tomo su abanico, lo extendió y luego lo volvió a juntar.

Caminó lentamente hacía donde se encontraba su madre y los padres de Tamaki.

Ese día firmaría y aceptaría su compromiso, no había vuelta atrás.

Cuando se lo confirmó a su madre, esta había saltado de emoción y la había abrazado orgullosa. No se había atrevido a mirar a Tamaki desde ese día, no soportaba mirar esa mirada llena de culpabilidad. Llena de dolor.

Las doncellas le abrieron amablemente la puerta de la habitación.

Levantó su vista.

La madre de Tamaki poseía tal belleza que por unos segundos la abrumó. Sus cabellos eran largos, rubios y ondulados. Le caían por los hombros delicada y frágilmente. Su piel era pálida y sus ojos grises. Poseía la misma elegancia que Tamaki y los mismos dedos largos y finos. Sus pestañas eran largas y ligeramente onduladas. Llevaba un vestido de mangas largas de color azul y unos guantes blancos sobre los que brillaban grandes anillos de joyas preciosas.

Le sonrió. Su sonrisa…

Se parecía tanto a la de Tamaki… tan amable, tan hermosa, tan pura…

Se apresuró hacer una reverencia.

Cuando hubo levantado la vista, observó al padre de Tamaki quien hablaba con su madre.

Su padre era alto aun a pesar de estar sentado. Tenía los mismos ojos azules de Tamaki, pero sus cabellos eran negros. Vestía un traje occidental de color negro y unos zapatos de igual color. Tenía una mirada tan amable y profunda que mi madre a su lado parecía una bruja…

Su madre vestía como siempre, un kimono de color rojo y blanco. Se acercó a ella con mirada aparentemente amable cuando en realidad era….

Hizo una reverencia y tomó asiento en frente de Tamaki a quien no se atrevió a mirar.

Sintió su mirada suplicante pero no se atrevió a mirarlo, no podía.

Bajo la vista.

Las gotas de lluvia golpeaban la ventana torturándola más a cada gota que caía.

A lo lejos se escuchaban los llantos de los pequeños infantes que no habían podido escapar de la guerra.

-¿Podemos comenzar…?

-Por supuesto.

Suspiró, y se llevó una mano a su pecho como si se quisiera arrancar el corazón para no sufrir más por lo que estaba a punto de hacer.

-¡Luna! –gritó y golpeó la puerta una y otra vez. -¡Ábreme, Luna!

Escuchó la voz de su querido caballero inglés pero no le abrió.

Se apoyó en la puerta abrazándose a sí misma con una almohada cubriendo sus oídos.

Tenía los pies descalzos y llevaba tan solo una fina bata de seda blanca.

Lágrimas corrían por sus mejillas como la lluvia corría por la ventana.

Eriol se apoyó en la puerta y bajó la vista.

Había pasado una semana desde aquello. Luna no había querido mirarle, ni siquiera dirigirle una palabra.

-Luna… Luna… ¿por qué me das la espalda?

Se tapó los oídos con más fuerza.

No quería escuchar, no quería… no quería… ¡no quería!

-¡Joven príncipe, señor…! –Eriol levantó la vista para mirar a quien le llamaba.

Era uno de sus soldados… ¿Cómo se llamaba? Satoshi… le parecía que ese era su nombre…

Le extendió le periódico que traía entre manos, ¿todavía quería arruinarle el día con las noticas que escribían en esos pedazos de papel?

Lo cogió sin ganas.

"SU MAJESTAD, SONOMI DAIDOUJI AFIRMA QUE INGLATERRA CAIRA EN POCOS DIAS"

Ayer por la tarde, la Reina Sonomi Daidouji declaró que su hija ha aceptado el compromiso con el príncipe francés Tamaki Lincourt, por lo tanto, Japón recibirá un importante apoyo de parte de Nicolas Lincourt, actual rey de Francia y padre de Tamaki Lincourt quien será el futuro esposo de la princesa Tomoyo Daidouji.

Tamaki Lincourt, hijo de Nicolas y Lydia Lincourt, príncipe de Francia ha mostrado ser bastante inteligente y según unos testigos, este daría su vida con tal de sacarle una sonrisa a la princesa Daidouji. "El joven es un encanto," declaró una de las sirvientas del imperio Lincourt.

Hasta poco antes de comenzar la revolución, se había presumido que el príncipe inglés del bando enemigo, Eriol Hiraguizawa tenía un romance por la princesa japonesa, a lo cual su majestad, la reina Sonomi Daidouji declaró "mi hija no tiene ningún interés en un tipo de persona que pronto no será más que un cadáver, Inglaterra pronto caerá y los días de paz volverán a reinar como desde que comenzó el reinado Daidouji"

No se ha visto a la princesa ni al príncipe en largo tiempo. Aun que algunos afirman que han visto al príncipe inglés en algunas cantinas totalmente encapuchado e irreconocible, y a la princesa vagando sin rumbo por las noches, cuando la mayoría de los soldados deciden rezar por sus compañeros caídos.

Y hablando de afirmaciones, cierto testigo afirmó que vio al mismo hijo de Hien Li, Syaoran Li vestido en ropas de gala, botas de pieles finas y capa de terciopelo ondeando al aire caminando con tal ego y orgullo como su majestad, Hien Li, que en paz descanse. Se rumorea que este ha demostrado ser buen estratega y que en sus ojos se ve tal deseo de venganza que quienes lo rodean huyen temerosos de que les de muerte sin razón alguna. "Su mirada ahora es fría cuando de niño era tan pura…, aun recuerdo al príncipe en tiempos de el reinado Li, ¡ah! Aquellos tiempos…" –informó un anciano cuyo nombre no se revelará por obvias razones.

Volviendo a Sonomi Daidouji, muchos miembros de la Corte Real ha declarado y considerado que las decisiones de la Reina han sido "terriblemente crueles, pues parece que está vendiendo a su hija por un poco más del oro que tanto ama," pero también hay otros que han declarado firmemente sin titubeos… "adoro a mi Reina y confió en sus decisiones, la Princesa acepto casarse y confiamos que el joven príncipe Tamaki Lincourt es un buen chico y tratara bien a nuestra princesa, nuestro país está en buenas manos"

Sin embargo, quienes han redactado este periódico no cree que la batalla está ganada por el Santo Imperio Daidouji sino que solo se ha puesto al mismo nivel de el Divino Imperio Hiraguizawa ya que posee el mismo apoyo por parte de el último miembro de la familia Li, la Gran Dinastía Li, quien ha probado ser un miembro orgulloso de nuestro eterno Rey Hien Li y nuestra hermosa y adorada Reina Ieran Li, así como hermano de nuestras cuatro hermosas y adoradas gobernantes y princesas Fanren Li, Shiefa Li, Feimei Li y Futtie Li, quienes fueron quemadas cruelmente y sin razón alguna en la hoguera a manos de Sonomi Daidouji.

El aparentemente inocente papel resbaló de sus manos.

Se acercó a una pared y se apoyó en ella, se revolvió sus cabellos y guió sus manos hacia sus sienes.

-¿Qué…cuá-cuáles son sus ordenes, señor?

Eriol lo miró irritado haciendo que el chico temblara un poco, tragó fuertemente.

Eriol suspiró irritado y trabajosamente.

-Busca a Syaoran e infórmale lo ocurrido si es que no lo sabe aún, llama a Mitsuki…. Y…. pide apoyo.

-Pero Señor eso es…

-¡Solo haga lo que le ordeno!

-S-Si señor. –dijo el pobre soldado asustado haciendo una reverencia y alejándose rápidamente a cumplir las órdenes de su señor.

-Milord… -dijo una doncella haciendo una reverencia, saliendo de la habitación de Luna.

-Maria… -dijo haciendo un gesto cansino. -¿Necesita algo?

-La señorita Luna… -suspiró, Eriol la miró interesado. –La señorita Luna desea hablar con usted sobre…

-Entiendo, iré en seguida.

-¿Desea…?

-Sí, dos tazas de té. Gracias. –dijo sin mirarla y dando vuelta hacia la puerta de Luna.

Apenas se dio cuenta cuando Maria se fue. Suspiró.

Tocó dos veces.

No recibió respuesta.

-Luna….

-¿Qué ha pasado?

-Luna… déjame entrar.

-Responde a mi pregunta.

Eriol suspiró por enésima vez cansinamente.

Se cubrió el rostro con ambas manos y abrió la puerta.

-¿Por qué entraste?

-Maria me dijo que…

-Dije que quería hablar, no que quería verte. –respondió secamente.

Eriol la miró.

Se encontraba descalza en su cama con una fina bata de seda.

Tenía sus rubios cabellos sueltos y caían sobre sus hombros como cascadas.

Estaba abrazada a sí misma y tenía la cabeza apoyada sobre sus piernas.

Su voz se oía cansina, sufrida, fría.

-Luna… -dijo acercándose. Se sentó a su lado y trató de tocarla pero se detuvo.

-Te das cuenta, ¿no? –le preguntó. –Que tus manos están manchadas de sangre… -dijo mirando sus manos. –Igual que las mías…

Eriol cerró sus puños fuertemente.

-Tus manos no…

-¡Pero todo esto es por Tomoyo, no! Todo es por ella… todo…

-No sé de qué…

-¡Por supuesto que sabes de que hablo! ¡Pudiste haber dejado la guerra, con Syaoran era suficiente!, ¡tú mismo padre lo dijo! Pero…pero… no querías dejar a Tomoyo sola… ¿no?

-No es así…

-¡Claro que es así! Ya no te reconozco… ya no…

-Luna…

-¡Pasas la noche deambulando como fantasma encapuchado contemplando los cadáveres y ahogándote en alcohol en tu propia locura y amargura, pasas el día ordenando, matando… ASESINANDO vidas humanas con tus simples palabras bajo una máscara de seriedad e indiferencia! ¡Te estás volviendo loco y ya… ya no sé quién eres! Y ya no quiero… ¡Ya no quiero mirar tus ojos llenos de dolor y amargura!

-Luna…

-¡Deja de decir mi nombre con la misma voz que usaste para matar!

-¿Dónde quedó la dulce y amable voz con la que pronunciabas mi nombre, los ojos llenos de esperanza, sueños y dulzura? ¿Aun estas allí, Eriol, mi príncipe?

Luna poso una mano temblorosa a su mejilla y miró directamente a sus ojos. Esos ojos azules, tan amargados, al borde de la locura. Los ojos de un asesino.

Estaba asustada, pero confiaba… quería confiar y quería creer en que muy dentro de esos ojos, existían los ojos de su príncipe inglés.

Eriol contempló el rostro de Luna, de su querido ángel de la guarda.

Estaba marcado por una terrible preocupación y tristeza. Sus ojos estaban rodeados por sombras negras y sus labios resecos. Por sus mejillas había rastro de lágrimas y su rostro estaba tan pálido que casi parecía un fantasma.

Su corazón se contrajo y le paso un brazo por sus hombros.

-Lo siento… -le murmuro. –Luna, mi ángel… no hagas esa cara… no me des esa mirada…

Luna sollozó pasándole ambos brazos por el cuello.

Después de un rato, Luna decidió que ya era hora.

Sonrió tristemente y miró sus ojos por última vez antes de decir su propia sentencia de muerte.

Se puso de pie y tomó la taza de té y se volvió a sentar.

La miró fijamente tan solo para perder tiempo.

Le dio vueltas a la taza pensativa, estaba segura que el té estaría frío, pero se lo llevo a sus labios.

Tomó un sorbo. Estaba frío. Igual que su corazón.

Suspiró.

-Tomoyo… aceptó el compromiso con Tamaki. –no era un pregunta, era un afirmación.

-¿Cómo lo sabes? –preguntó Eriol con mirada sombría incapaz de decir otra cosa.

No respondió.

No podía.

Simplemente lo sabía.

Atino a sonreír. Luchó y respiro hondo para reprimir sus lágrimas.

-Ve.

-¿Eh?

-Ve con Tomoyo, no dejes que lo haga.

-Ya… ya es tarde, además Tomoyo…

-Tomoyo aún te ama…

Eriol le miró sorprendido.

¿Aun lo amaba?

Lanzó aquella risa que había aprendido no hace mucho tiempo.

Miró a Luna.

Parecía hablar en serio, pero… ¿Cómo era posible?

Tomoyo… ¿amarle?

Si había abrazado a al tal Tamaki y le había dicho que le amaba….

Pero Luna no jugaría con eso.

Luna no lo haría…

Y aun así no lo quería creer.

-Ve. –repitió.

Notó que luchaba por reprimir las lágrimas. Entonces estaba hablando en serio, más de lo que quería.

Se llevó una mano a la frente.

Negó con un leve movimiento. Su mirada era sombría y su sonrisa tenía un dejo de tristeza que le rompió el corazón a Luna.

-No iré.

Luna no quiso insistir y desvió su vista hacia sus pies.

Miró sus uñas y quiso encontrar la respuesta a la vida allí.

Se llevó de nuevo la taza a sus labios. No tomó, solo la mantuvo allí, aspirando el aroma del té.

-Milord, el joven… el joven Li quiere verlo. –entró una apresurada sirvienta seguida de el joven de cabellos castaños.

Eriol le miró indiferente.

Syaoran Li había sufrido un gran cambio desde la muerta de sus hermanas.

Llevaba unas brillantes botas de las mejores pieles y una capa roja como la sangre de terciopelo, llevaba su misma espada de siempre pero esta había sido pulida y mejorada. Sus manos estaban cubiertas por unos guantes blancos y debajo de ellos, Eriol podía deducir que había millones de anillos, tal como los suyos en su propia mano. Sus uñas estarían tan pulidas como las suyas. Ese era Syaoran Li. Digno heredero de la sangre Li.

El cambio aturdió a Luna un poco y apretó las sabanas fuertemente.

La guerra podía cambiar hasta unos ojos tan amables como los de Syaoran.

-¡¿Qué crees que haces?! ¿Qué significa "pedir ayuda a Mitsuki"? esa familia es JAPONESA, es del país ENEMIGO. –dijo haciendo bastante énfasis en la palabra japonesa y enemigo.

Syaoran Li se acercó furioso y lo zarandeó.

Sentía furia. ¿Qué le estaba pasando a Eriol Hiraguizawa pidiendo ayuda a una familia que era conocida precisamente por ser tradicionalista y más que todo, japonesa?

-¡De ninguna manera dejare que MIS tropas reciban ayuda de el país de esa mujer…!

-¡Esa mujer se casó con tu padre y es la madre de tu hermana! -¿por qué había dicho eso? ¿Por qué tenía que recordar a esa persona incluso en estos momentos de guerra? –Mitsuki está en contra de Daidouji.

-¡Eso no cambia que sean…!

-¡Qué sean del mismo país no significa nada! Luna es japonesa y…

-Luna es tu prometida, es de un rango diferente.

-¡Y los Mitsuki también!

-¡Me niego a aceptar…!

Eriol le miró irritado.

-Son mis órdenes como el heredero directo al trono Eriol Hiraguizawa.

-Y mi decisión como último descendiente de la Dinastía Li, es no.

-Esta guerra es Hiraguizawa contra Daidouji. No te debiste haber entrometido desde el principio, Syaoran Li.

Las últimas palabras las había dicho entre dientes, amargamente.

A pesar de todo, el hombre que tenía en frente, era su mejor amigo.

A pesar de todo…

Y como su mejor amigo, sabía que a Syaoran Li nadie lo contradecía.

Pero correría ese riesgo.

Li se sentó en una silla que había cerca agitando su costosa capa de terciopelo. Se quitó un guante y sus numerosos anillos de oro y plata, zafiros y rubíes, brillaron por toda la habitación. Se llevó la misma mano a la frente, apoyó el codo en la mesa y se revolvió los cabellos.

Luna abrió los labios, pero los cerró, incapaz de entrometer entre esos dos hombres.

-Pediremos ayuda a Mitsuki. –fueron las últimas palabras de Eriol Hiraguizawa al salir por la puerta.

Syaoran no respondió. No pudo.

La última palabra siempre la tendría Eriol. Porqué era un Hiraguizawa.

Había estado bastante irritado, había entrado en los campos de batalla.

Sangre, muerte, cadáveres, llantos, sollozos, ruegos, rezos, lágrimas, gritos.

Cerró los ojos, más fuerte recordando las madres llorando abrazando a sus hijos. "El es inocente… este niño no…" –eran las últimas palabras odas las madres antes de ser asesinadas por un disparo.

Un disparo.

Era fácil matar con un solo disparo. No sentías. Solo apretabas el gatillo, si cerrabas los ojos, prácticamente no habías hecho nada malo más que mover un dedo como cuando espantas una mosca.

En cambio, la espada era diferente.

Cuando te dabas cuenta, tu espada estaba manchada de sangre y tus manos también, si no llegaban a estarlo las sentías manchadas y tu vista se nublaba de ese color, tus ropas se llenaban del olor a muerte.

No había salido el sol ni una sola vez desde que había comenzado aquel tormento.

Suspiró cansinamente.

-Tu hermana… se va a comprometer con Lincourt.

No respondió.

Ya lo sabía.

Esa era una de las otras cosas que le irritaban.

Pero había jurado darle la espalda a esa mujer y eso incluía a TODO absolutamente todo lo que tuviera que ver con ella. Incluyendo a su propia e inocente hermana que ahora estaría sufriendo como Magdalena.

Furioso consigo mismo se levantó.

-¿Irás a impedirlo?

-Iré a ver como Hiraguizawa lo hace.

Luna le miró y asintió.

-¿Puedo…?

Syaoran Li asintió y salió de la habitación.

-Sakura… ¿Qué voy a hacer ahora? –preguntó en un susurró ya fuera del castillo. Se llevó la mano inconscientemente a la cruz que antes le había colgado a Luna y esta se la había regresado. –Sakura…

Luna se quedó sentada unos momentos, contemplando el suelo.

¿Qué iba a hacer ahora? Si iba de seguro sería masoquista… pero… en cambio, quería contemplarlo. Quería ver como Eriol evitaba el compromiso a pesar de su orgullo. Y quería también, consolar un poco a al joven Tamaki después de que todo pasará.

Le había tomado bastante cariño a ese joven, ¿por qué? Porque sentía que ambos eran iguales. Ambos eran ángeles caídos a su manera.

Se levantó y puso la taza delicadamente en la mesa de cristal.

Se encaminó al espejo y contemplo su reflejo en él como hace mucho no lo hacía.

Cabellos y ojos dorados como el color de la miel. Piel blanca y labios de coral.

Tomó el cepillo y se empezó a cepillar sus largos cabellos. Tan dorados y delgados que parecían hilos de oro.

Sacó un vestido verde, quitándole importancia al porqué de la elección de ese color.

Se cubrió sus pies con unas zapatillas del mismo color del vestido y rebuscó entre sus armarios un paraguas que pudiera protegerle de la lluvia.

Colgó el paraguas en la perilla de la puerta y se encaminó otra vez a contemplar su reflejo.

Algo estaba mal en él. Sus ojos… algo había cambiado en ellos.

Esa mirada era la misma mirada que le había visto a Tomoyo Daidouji aquel día. La misma mirada de Syaoran Li y Eriol Hiraguizawa.

La mirada de quien siente la culpa persiguiendo, y consumiéndole día a día.

Moriría joven… de eso estaba segura.

Tomo el paraguas y lo abrió para salir a la tormenta.

-Su hija es todo un encanto…

Tomoyo se sonrojó por el cumplido de Lydia, la madre de Tamaki.

Tamaki esta sudando frío.

Sabía que Tomoyo no quería comprometerse y mucho menos casarse. Al menos, no con él. Apretó su camisa de seda fina fuertemente por debajo de su capa de terciopelo azul.

Tal vez Tomoyo no lo notaba, pero ella misma estaba sudando por el esfuerzo que ni ella misma parecía notar. El esfuerzo por no derrumbarse y el esfuerzo de tratar de atrasar al menos unos segundos el compromiso entre ella y Tamaki.

Tenía los labios apretados en una línea y también, al igual que Tamaki, tenía sus delicadas manos cerradas en puños.

En cambio, Sonomi Daidouji estaba encantada.

Tomoyo miró de reojo a su madre quien estaba hablando amenamente con los Lincourt.

Se atrevió a echar una mirada a Tamaki, al ver que la miraba la desvió rápidamente hacia los padres de este.

-Sonomi. –habló por primera vez Nicolas Lincourt. –Escuche, nosotros sabemos los beneficios que trae consigo este matrimonio sin embargo….

-Sonomi, Tamaki es nuestro único hijo, y sabemos, al menos yo como madre sé, que ama a su hija.

Tamaki desvió la vista, sonrojado por las palabras de su madre.

Siempre había tenido una relación muy cercana a su madre, ambos se comprendían. En cambio, a su padre, jamás lo había conocido tanto como a su madre y tampoco podía decir que le profesaba el mismo amor que a su madre, pero lo quería, era su padre y le admiraba y le guardaba un profundo orgullo.

-Sin embargo su hija no parece estar…

-Se equivoca. Tomoyo está de acuerdo, ella misma tomó la decisión.

-De eso no dudamos, Sonomi, -le dijo suavemente Lydia suavizando ligeramente sus facciones. Su hijo le miró atento.

A pesar de desear casarse con Tomoyo, si Tomoyo no lo quería… él nunca sería capaz de obligarla.

Se sintió más que orgullo en ese momento por su madre, por haberse dado cuenta de los sentimientos de Tomoyo y por poder pintarle esa sonrisa nerviosa a Sonomi Daidouji. Quiso estrechar y gritarle lo mucho que quería y le agradecía a su madre, en cambio, solo sonrió a Tomoyo quien le miró por primera vez.

Tomoyo sintió que el corazón le palpitaba fuertemente en su pecho, casi queriéndose salir de él.

Lo admitía, estaba nerviosa.

Esa mujer, Lydia Lincourt, la madre de Tamaki era increíble. No solo era hermosa, refinada y bella como las hadas. Si no que era inteligente, y era una de las pocas personas que podían poner así de nerviosa a su madre.

Se llevó una mano al pechó mirando los ojos azules de Tamaki mientras este le sonreía.

Aunque era una sonrisa tranquila, sus ojos tenían una terrible mancha de dolor.

No podía hacerle eso a Tamaki… no a él… no a su ángel…

¿Para qué se engañaba?

Amaba a Eriol.

A Eriol Hiraguizawa. Y no quería. No quería, no amaba y no quería comprometerse con Tamaki. No quería, no quería y no quería.

Pero… Tamaki era su ángel.

-No haremos nada que ellos no quieran. –dijo decididamente el padre de Tamaki, con los mismos ojos de su hijo brillando y dando la impresión de que si alguien lo contradecía lo mataría al instante en un abrir y cerrar de ojos.

Tomoyo sintió su cabeza dar vueltas.

Tenía que tomar una decisión ahora. Tamaki le sonreía, le estaba diciendo sin palabras que él estaría bien incluso si ella no decidía casarse con él. Aparentemente, no le importaba tanto…. Cuando la verdad era otra; su mirada se lo decía.

-Yo…

-¿Tomoyo? –preguntó su madre ansiosa.

Sintió que las palabras se le atoraban en la garganta en un nudo incapaz de desatarse. Sintió que las lágrimas le inundaban sus ojos y le bajaban por sus mejillas.

-Tomoyo… -murmuró Tamaki sintiendo que su alma se rompía en aquel mismo instante.

No sólo las lágrimas de Tomoyo sino también las de Tamaki bajaron por sus mejillas lentamente como las gotas bajan por el cristal de la ventana.

Tamaki se dio media vuelta y su padre le pasó el brazo por los hombros, Tamaki lo alejó, pero lo que no pudo alejar fue la firme mano de su madre en la suya.

Se acurrucó en su cuello como cuando era niño, no sollozó, era un llanto silencioso, solo necesitaba el consuelo.

Sonomi miró a su hija furiosa, levantó la mano con intención de darle un golpe cuando una mano le detuvo.

-¡Pero qué…!

-Syaoran nii-sama…

-Creo que Eriol no llegó a tiempo…

La figura de Syaoran Li desvainó la espada y la apunto hacia la Reina Sonomi Daidouji.

Esta retrocedió.

-Tomoyo, vete.

-Pero…

-Eriol te espera.

Tomoyo dudó y miró la figura de su medio hermano.

En realidad no se parecían en nada y aún así lo quería tanto. ¿Era por la sangre que corría por sus venas?

-Tamaki… yo…

-Yo me quedaré aquí… Eriol la necesita. –dijo Luna entrando lentamente con pasos de ninfa mientras que sus cabellos dorados se movían con ella silenciosamente.

Tomoyo le miró por unos segundos, Luna era tan hermosa e irradiaba tal luz que…

-¡VE ANTES DE QUE ERIOL COMETA UNA TONTERIA! –le gritó Syaoran.

Su voz fue tan aguda que asustó a Tomoyo quien tras echar una última mirada a la escena se fue corriendo.

Ya no había nada que pudiera hacer… lo había intentado. De verdad lo había hecho.

Había intentado estar con Tamaki… de verdad lo había hecho. Ya no quedaba más. Y ella lo sabía.

Estaba enamorada de Eriol Hiraguizawa.

Llovía tan fuerte como siempre, y por primera vez, a Tomoyo no le importó. Corrió rápidamente en busca de Eriol con el corazón latiéndole en el pecho.

-¡No! ¡Aléjese! –gritaba una mujer asustada mientras un soldado le apuntaba con una espada, Tomoyo se detuvo con la respiración entrecortada. -¡Princesa, Princesa Tomoyo! –le gritó alargando una mano para tocarla. Tomoyo se acercó dudosa cuando una espada mató a la mujer. Tomoyo cerró sus puños con fuerza viendo como la lluvia se mezclaba con la sangre. Escarlata, carmesí…

Retrocedió un paso, y tropezó.

Sintió como su mano tocaba la sangre mezclada con lluvia. Se miró las manos.

Lanzó un grito.

-Princesa… por Japón… por la esperanza… Princesa…

Tomoyo miró fijamente como la mujer caía a su lado. Se alejó asustada, miró a su alrededor.

Niños, mujeres, ancianas, jóvenes. Todos cruelmente asesinados. Se miró una vez más las manos. Era una asesina. Ella los había matado.

Gritó otra vez, se abrazó a sí misma mientras se tapaba los oídos. Tenía que encontrar fuerza.

-Tamaki, ángel mío… Eriol, príncipe mío… Dios mío, dame valor… dame valor para poder soportar este infierno…

Luna le dirigió una mirada amable y comprensiva. Se acercó con el corazón latiendo a mil por hora hacia Tamaki. Jamás hubiera imaginado que Tamaki pudiera amar tanto a Tomoyo como para llorar de esa forma.

Hizo una leve reverencia hacia la madre del joven a quien reconoció en seguida, ella no era Tomoyo, no era una niña inocente que nada sabía.

Su belleza no la abrumó como lo hizo con Tomoyo, le sonrió levemente no despegando su mirada dorada de la grisácea de Lydia.

Su mirada se suavizó y le tocó un hombro a Tamaki lentamente, amablemente con su mano enguantada.

-Tamaki, ambos sabemos que, así como Tomoyo jamás te amará, Eriol jamás me amara. Ambos lo sabemos, y ambos los amamos por igual, ambos estamos dispuestos a matar y a manchar nuestras manos con sangre y sin embargo jamás nos verán como las personas que aman. –se detuvo un momento sintiendo sus propias palabras clavarse en su pecho causando dolorosas heridas. –Ángel mío…… -dijo tomando sus manos en las suyas, haciendo que se diera vuelta. –¿me dejarías consolarte? Ángel mío… -susurró al tiempo que lágrimas cristalinas bajaban por sus blancas mejillas.

Tamaki la miró limpiándole las lágrimas.

Lydia miró a la joven que había podido calmar el llanto de su hijo.

Sintió un profundo cariño hacia esa joven aunque… ella era… la prometida del hijo de Hiraguizawa.

Miró a su esposo quien parecía mirarlos también. Se acercó angustiada sin echar una mirada siquiera a la escena donde patéticamente Sonomi Daidouji rogaba por su vida al príncipe Syaoran Li.

-¿Cuándo fue la última vez que conocimos a una persona capaz de calmar el llanto de este niño? –pregunto Lydia tapándose la boca con ambas manos para retener su llanto. -¿Qué han hecho estos jóvenes para merecer esto?

El Rey la miró con la misma angustia brillando en sus ojos azules.

-No lo sé, Lydia… no lo sé… -dijo acercándola a su pecho donde la reina pudo llorar silenciosamente por su hijo.

Tamaki siempre había ocultado su dolor ante ella, su esposo siempre estaba tan ocupado que Tamaki sinceramente, no le tenía suficiente confianza, pero ella era su madre. Ella sabía cuando le decía mentiras, cuando le ocultaba las cosas, cuando se guardaba sus sentimientos y… cuando se escondía en su habitación abrazándose a sí mismo rompiendo en llanto. Y a pesar de todo, el siguiente día saludaba a su madre con una gran sonrisa y alegría timbrando en su voz. Era un ángel.

El simple recuerdo de su hijo llorando le traía lágrimas, porque lloraba con tal angustia que parecía un ángel. Y ella no había soportado verlo solo allí en el rincón de su habitación, las pocas veces que lo había visto llorar había olvidado el orgullo que tenía el menor y había entrado a abrazarlo y consolarlo, llorando con él.

Pero ni siquiera ella podía hacer lo que esa joven estaba haciendo. Esa joven… Luna, podía comprender a su hijo y sabía cómo calmar su dolor, no curarlo… pero calmarlo. Y eso era suficiente, porqué su hijo era caprichoso y difícil de complacer de verdad… y nadie había podido sacarle una sonrisa tan pura y verdadera como la que tenía pintada en sus bellas facciones en esos momentos.

-¿Qué pasa Sonomi? –dijo Syaoran Li mirándola con una mirada que asustaría hasta al más valiente.

-Sya-Syaoran…

-Creo que olvidaste el "Príncipe" o tal vez, "Su majestad", "Milord", ¿"Li-sama"? –Sonomi le miró ofendida, una Reina como ella jamás se rebajaría a ese nivel. Pero en esos momentos quería más a su vida que a su orgullo.

Entreabrió los labios y en seguida los cerró. Sudaba y estaba muy nerviosa. Tragó fuertemente cuando el filo de la espada le tocó su garganta.

-¡Detén la guerra! –le espetó Li haciendo que Nicolas volteara por primera vez para ver la escena.

-N-No puedo hacer algo como eso… el pueblo quiere… p-paz. –le dijo nerviosamente apretando sus manos fuertemente.

-¡Haz entrado tan siquiera una vez a esa guerra, ¿no?! –le preguntó sarcásticamente.

-P-Por supuesto soy la Reina después de todo…

-Entonces, te das cuenta, ¡MILLONES DE CUERPOS ESTAN ESPARCIDOS POR TODO EL CAMPO DE BATALLA Y LA SANGRE CORRE COMO RÍOS!

-La sangre purificara toda violencia y…

-¡Si te mató aquí… todo terminara…!

-¡Soy la esposa de tu padre!

-¡Mi padre está muerto, y tu… asesinaste a mis hermanas! –alzó la espada con claras intenciones de matarla.

Sonomi Daidouji retrocedió asustada.

-Milord… Inglaterra… triunfará…

-Espere… no… -las palabras se le quedaron atoradas en un nudo en la garganta al tiempo que apretaba los dientes con fuerza y dejaba el cuerpo sin vida del hombre que antes le había asegurado la victoria de su país.

¿Qué estaba haciendo?

¿Qué hacía en la mitad de un campo de batalla rodeado de cadáveres, sangre y sobre todo, olor a muerte?

¿Qué era lo que estaba buscando?

¿Qué era lo que le había impulsado caminar hacia allí, hacia ese lugar tan carente de alegría y tan lleno de esperanza… una esperanza que él no podía dar?

Se quitó la capucha para ver mejor.

Miró a su alrededor y cerró los ojos escuchando. Los llantos, los gritos, los sollozos, los ruegos, los rezos…

Dios. Y allí iba otra vez.

Dirigiendo la vista al cielo como si un Dios verdaderamente existiera… o tal vez lo hiciera, quien sabe… a estas alturas ya no sabía nada.

Se incorporó lentamente buscando con la mirada a algún ser humano que aun viviera…

Escuchó un llanto silencioso.

-Tomoyo… -fue un murmullo, algo dicho casi en silencio, algo que la princesa escuchó.

Tenía que correr, salir de allí. Sin embargo, no pudo.

Se acercó lentamente y se inclinó a un lado.

-¿Qué haces aquí? –le preguntó pasando un brazo por sus hombros. Se sentía tan aliviado de que ella siguiera allí con él y no en los brazos de Tamaki Lincourt que se olvido de todo el odio que había fingido y que se suponía que debía seguir fingiendo hacia ella. Se veía tan lastimada que simplemente… -¿Por qué no estás con Lincourt?

-Eriol… Tamaki… Tamaki estaba llorando…. Por… mí…

"Por amor. Un ángel lloraba por mí por amor, y sin embargo yo salí de allí, por amor, simplemente por amor"

-¿Cómo un ángel puede llorar de esa forma por una humana? Dios… por favor…. Se lo ruego…. Acepte nuestro amor, detenga esta guerra…

-Dios no te escuchara Tomoyo… Dios nos dio la espalda… lo hemos desobedecido y este es nuestro castigo…

Tomoyo negó.

-Dios me escuchara… Dios nos escuchara…

Eriol no contestó. El no pensaba lo mismo, Dios lo había abandonado. Eso era lo único que sabía. Lincourt había llorado por Tomoyo y estaba seguro que Luna también lo había hecho por él.

Dejó que la lluvia se llevara sus lágrimas, dejó que Tomoyo se aferrara a su pecho y gritara su nombre, el de Lincourt.

-Te amo Eriol… ¿es eso algo malo? ¿Acaso hemos hecho algo malo para que Dios nos abandone de esta forma?

Eriol la abrazó más contra sí mientras reflexionaba que era lo que tenía que hacer ahora.

Le besó sus cabellos, sus lágrimas, sus manos.

-Te amo Tomoyo. Mi vida es tuya… siempre lo fue.

Tomoyo le miró y asintió. No dijo nada, sus lágrimas se lo impedían. Siguió llorando. ¿Qué había hecho para provocar la furia de Dios de esta forma?

¿Qué había hecho Tamaki para merecer esta vida?

Se aferró más a Eriol, incapaz de soltarse, no siguió su conciencia. Se dejó llevar por su corazón.

-¿Vendrías conmigo, ángel mío? ¿Me amarías como la amas a ella?

-¿Qué hay de ti, Luna mía, princesa y ángel mía?

Estaban en la habitación de Tamaki, Luna sentada en la cama y Tamaki en el marco de la ventana.

Tamaki se la había llevado casi sin darse cuenta, en un movimiento inconsciente.

-Mi vida es tuya, ángel mío y lo sabes.

-Y tu corazón es de Hiraguizawa, ¿o no?

No respondió.

Tamaki suspiró fuertemente.

Tamaki se acercó a ella y acercó su rostro al de Luna.

Luna no se movió.

No pudo moverse.

Notas de autora:

¡Reviví!

Lo siento, lo sé… tarde mucho esta vez… ¡es culpa de la escuela!

Les prometo que tratare de actualizar más pronto la próxima vez, tengo clases de francés y eso me quita aun más tiempo… pero les prometo que lo haré… actualizare pronto…

¡Muchas gracias por sus reviews! Sus reviews –por más cortos que sean- siempre me animan y me inspiran a seguir adelante, los adoro y ojalá me sigan leyendo.

¡Arigatou!

Con cariño:

Emi.