Nota de la autora: Muchas gracias a xsusanstorm, Rebe Marauder y Daia Black por leer y tomarse un minuto para contarme qué les pareció; de verdad, muchachas, aprecio eso como no se imaginan. Por eso me he dado prisa en actualizar :) Espero que les guste. También agradezco a quienes han leído y han puesto el fic en sus Favs y Follows.
.~.
Momentos
.~.
VI. La partida de Sirius
El día siguiente amaneció bastante frío y nublado.
Después de que ambos compartieron una ducha cálida entre caricias de espalda y besos húmedos, Remus se ocupó en preparar el desayuno para los dos mientras Sirius estaba afuera empacando algunos ratones muertos y unos cuantos hurones para Buckbeak.
Luego de desayunar, Remus subió rápidamente al desván mientras Sirius atizaba un poco más el fuego de la chimenea para contrarrestar el frío que había invadido la casa.
No le gustaba el frío. Lo odiaba porque le traía memorias de Azkaban y de los dementores, pero lo disimuló bastante bien delante de Remus mientras se ponía la ropa de "presidiario fugitivo" (una gastada camiseta azul oscuro, unos pantalones viejos y deslavados que en sus mejores tiempos debieron haber sido de un bonito tono gris oxford, y una larga gabardina negra con rotos y remiendos por todos lados) que él le había traído para reemplazar los harapos que había usado en la prisión, mismos que Remus había vuelto cenizas.
—Estoy listo, Moony —dijo Sirius frente al espejo de la pequeña salita, mesándose la barba y el bigote con las manos manchadas del hollín de la chimenea para darle los toques finales a su apariencia de preso fugado. Había hecho lo mismo también con su rostro para que luciera sucio.
Y ahora, atándose rápidamente la larga cabellera negra a modo de cola de caballo para evitar que le molestara durante el vuelo, se giró hacia Remus para que le diera el visto bueno mientras guardaba su varita y la carta que había escrito para Harry en el bolsillo que él mismo había cosido para ese propósito en el interior de la vieja gabardina.
—Muy bien —aprobó Remus—, luces casi tan mal como en el anuncio que publicó El Profeta el año pasado. Quien te vea en Wicklow no tendrá problema para saber quién eres. Será un viaje largo hasta allí… —añadió, conteniendo un suspiro que habría delatado la preocupación que estaba sintiendo.
—Sí, pero es el plan más seguro, Rem —respondió Sirius, justo cuando ambos salían de la casa—. A estas alturas ya debe haber anuncios de mi nueva huida en toda Inglaterra, Escocia e Irlanda y por toda Francia. Wicklow, en Irlanda, está lo bastante lejos de aquí y de Hogwarts como para despistar lo suficiente al Ministerio y a los dementores… Siento frío —añadió, ajustándose más la vieja gabardina y llevándose las manos a la boca en un intento de calentarlas con su aliento.
Enseguida, Remus se quitó la gastada bufanda que llevaba y se la puso a Sirius, quien susurró un Gracias y aspiró con anhelo el suave y masculino aroma guardado en ella mientras Remus se aproximaba más a él y le pasaba un brazo sobre los hombros para transmitirle calor.
—¿Mejor?
—Mucho mejor, Moony. Gracias —respondió Sirius, apartando su nariz de la bufanda para darle un beso en la mejilla.
Remus sonrió.
—El frío se siente más intenso ahora que la magia de la barrera es menos vibrante —dijo, estrechando aún más a Sirius contra su costado al tiempo que miraba a su alrededor—. Será peor cuando lleguemos al claro porque para entonces seguramente la fuerza de los hechizos se habrá perdido por completo.
Siguieron caminando a lo largo del borde del río y, en efecto, aún no habían alcanzado el claro cuando unos metros más adelante notaron que la ya muy debilitada barrera de protección vibró emitiendo un zumbido largo y, luego de brillar intensamente durante un par de segundos, se escindió y desapareció totalmente. En ese momento el frío se sintió con más ímpetu.
—Bueno, ya no está —dijo Remus soltando un ligero suspiro que, esperaba, no hubiera sonado desalentado. Luego, saliéndose del sendero que conducía al claro, agregó:— Ahora ya podemos buscar una lechuza para enviar la carta a Harry antes de que te marches. Vamos, Padfoot…
Sirius asintió.
Se internaron en la espesura del bosque, buscando entre las ramas bajas de los árboles más frondosos y en los huecos oscuros que se abrían en sus troncos anchos pero parecía que, de las pocas lechuzas que lograron ver, no había una sola dispuesta a sacar la cabeza debajo de su ala protectora.
—El repentino cambio de clima debió caerles mal. Normalmente no son tan indiferentes cuando se les necesita —dijo Remus mientras Sirius trataba de hacer que un búho, que al fin había sacado su gran cabeza marrón de debajo de su ala para mirarlos, sujetara el sobre grande que él tenía en la mano.
De pronto, una lechuza diminuta llegó zumbando desde lo alto de un agujero ubicado en el árbol junto al que Sirius estaba de pie y comenzó a volar en círculos alrededor de él sin dejar de emitir pequeños grititos.
—Parece que al fin tenemos un voluntario —dijo Remus contento, sonriendo ante la cara de estupefacción de Sirius.
—¿Te refieres a esta pequeña bola de plumas? Debes estar bromeando, Rem... Es demasiado pequeña.
—Es la única lo suficientemente entusiasmada. Además, no es tan pequeña. Y creo que le gustas.
La pequeña lechuza gris se había detenido justo a un lado del búho grande y picoteaba suavemente el dedo de Sirius tratando de hacer que él le atara el sobre a su patita. Sirius se inclinó y la miró por un par de segundos, como evaluándola. Los diminutos y brillantes ojos oscuros de la lechuza le devolvieron la mirada con intensidad.
—No lo sé, Rem... ¿Crees de verdad que pueda hacerlo? Será un viaje muy largo, el clima es malo, y ella sí es muy pequeña… No quisiera que extraviara la carta.
—Vamos, Sirius, dale un poco de crédito. Ella lo logrará, estoy seguro. Solo ve cómo te mira…—Sirius se volvió a mirarla y la pequeña lechuza volvió a ofrecerle la patita mientras lo miraba con los ojitos oscuros llenos de anhelo—. Ella está deseando que le confíes esta misión.
—De acuerdo, pequeña— dijo al fin Sirius, acariciándole la cabecita con el dedo índice mientras la lechuza ululaba contenta—. Esta carta es para mi ahijado, Harry Potter, y es una carta muy importante, ¿entiendes?…
—Espera, Padfoot —dijo Remus, sacando su varita—, quizás sea mejor si hacemos que el sobre sea más liviano para ella, ¿no crees?
—Tienes razón…, pero antes déjame añadirle un par de líneas más a la carta.
Rápidamente, Sirius sacó su varita y también uno de los dos pergaminos del sobre, el más grande. Le dio un suave golpecito al pergamino con la varita y los párrafos ya escritos en él se reacomodaron dejando un espacio en blanco entre ellos en el que, después de la línea en la que le explicaba a Harry que Buckbeak y él estaban escondidos y que no le diría dónde por si la carta caía en malas manos, Sirius escribió:
Tengo dudas acerca de la fiabilidad de la lechuza, pero es la mejor que pude hallar, y parecía deseosa de acometer esta misión.
Luego, también, al final del pergamino, añadió la siguiente postdata:
He pensado que a tu amigo Ron tal vez le guste esta lechuza, ya que por mi culpa se ha quedado sin rata.
Al terminar, volvió a cerrarlo, y dijo:
—Listo. Ahora, hazlo, Moony.
Remus asintió y blandió suavemente su varita. El sobre grande y pesado se volvió ligero como una pluma, y entonces Sirius lo colocó con cuidado en el pico de la diminuta lechuza gris.
—Buen viaje, pequeña —susurró Sirius cuando, después de acariciarle la mano con su cabecita, la lechuza extendió sus alitas moteadas de diferentes tonos de gris y emprendió el vuelo hacia el cielo encapotado.
—Bien… Tú también tienes que irte, Sirius —susurró Remus suavemente, acercándose a él y tomándolo de la mano—. Vamos…
Sirius asintió y, juntos, volvieron de nuevo al sendero.
Caminaron en silencio hasta que al fin alcanzaron el claro donde Buckbeak estaba oculto. Remus se quedó de pie en la orilla para que el hipogrifo no se alterara al sentir su presencia. Y Sirius se quedó ahí también, junto a él; con el cuerpo, el alma y el corazón resistiéndose completamente a apartarse de su agradable calor.
—Espero que el clima en Wicklow sea mucho mejor que este —dijo Sirius, girándose para mirarlo.
—No, llévala contigo —pidió Remus cuando Sirius estaba por quitarse la bufanda para devolvérsela—. Te protegerá si el clima es malo también allá. Además, es tan vieja que no creo que te delate —añadió, mirándolo a los ojos con una pequeña sonrisa.
Sirius volvió a envolver su cuello con la gastada bufanda, luego suspiró con fuerza y fijó su mirada gris en los ojos de miel de Remus sin decir nada. Se quedó mirándolo largamente hasta que, de repente, le tomó el rostro con ambas manos y lo besó en los labios, así, impulsiva y apasionadamente, porque no sabía de qué otra manera despedirse de él. Luego, cuando al fin tuvo la fuerza de voluntad suficiente para dejar de besarlo, lo abrazó muy fuerte y con anhelo mientras le hablaba al oído susurrando: No te preocupes por nada, Moony… Cumpliré mi promesa; seré cuidadoso y estaré de vuelta esta misma noche, y entonces ya no podrás deshacerte de mí, lobito.
Entonces, tan impulsiva y rápidamente como se había acercado, Sirius se apartó de él sin volver a mirarlo a los ojos y se adentró en el claro obligándose a no mirar atrás porque, si se volvía a mirarlo, si no se alejaba pronto de él, las ganas por quedarse a su lado le ganarían.
Remus, por otra parte, se quedó ahí; mirándolo marchar, con el sabor y la sensación de sus labios cálidos palpitando aún en su boca mientras su alma entera clamaba por seguirlo igual que lo clamaba el lobo en lo más profundo de su ser.
Apretó los puños con fuerza para contenerse e hizo un gran esfuerzo para quedarse en su sitio y no echar a andar tras él, al tiempo que intentaba respirar con toda la calma de la que era capaz en ese momento; tratando con todas sus fuerzas de serenar sus sentimientos y también al lobo en su interior que, sintiéndose apasionado y triste y salvaje, se agitaba furiosamente deseando (rogando) la cercanía de su pareja.
Remus, aunque también sufría por la partida de Sirius con la misma intensidad que el lobo, se concentró a echar mano de todo su raciocinio —como siempre había hecho— para no perder el dominio de sí mismo y lograr apaciguar el ansia, el dolor y la tristeza de su lado animal (susurrándole "Padfoot bien", "Pareja volver pronto" una y otra vez en el fondo de su mente) al tiempo que él mismo se obligaba con toda su alma a confiar en que así sería.
Tenía que confiar en que todo iría bien.
Rogaba por ello con todo su corazón mientras, minutos después, veía cómo Sirius y Buckbeak se elevaban por encima de las copas de los árboles y se perdían juntos en el cielo gris cargado de niebla.
Acepto reviews :-)
