Primero que nada:

Guest: You are my destiny es una hermosa canción, y tiene mucho que ver con nuestros protagonistas. Me alegra que te guste y te haga rememorar la serie original con la bellísima Ana Paula Arósio (mi actriz brasileña favorita, lamento que se haya retirado de la actuación). Y por ser algo distinto, elegí adaptar esta historia: conflictos sociales (en Japón el comunismo no estuvo tan arraigado como en otros países, pero tuvo sus fuertes brotes), que los personajes principales sean tan distintos entre sí (invirtiendo los roles Battousai/Kaoru), y no sólo eso, algo que siempre quise hacer desde que entré a esta página, salvo traducciones, fue darle a Kaoru personajes fuera de lo común y muy difíciles. Espero que sigas disfrutándola y gracias por el apoyo.

Taishou: Gracias por tu comentario! Me pone muy contenta que te guste! Lo del ooc debo darte la razón. Pero al ser una adaptación de otra historia, y al escribir los capítulos, tengo el libro y la serie al lado para guiarme, así que llega un punto en que es inevitable que los personajes de la serie original absorban un poco a los de RK. Y realmente te agradezco la observación, para estar más atenta a la hora de escribir y no descuidarme con esos detalles. Aprecio un montón tu apoyo y espero que disfrutes lo que viene.

Espero que hayan pasado unas muy Felices Fiestas!


Dejemos a nuestro Santo degustando la jalea de ciruela y apresurémonos a ver los acontecimientos de aquellos días, mientras se aproximaba la noche en que la Cámara Municipal iba a votar la creación de la Ciudad de las Camelias y acabar con la Zona Bohemia de Kioto; las marchas organizadas por Akane Yukishiro, por razones obvias, atraían más y más mujeres (y raros, rarísimos hombres), y, entre los consejales, los debates se encarnizaban. Desde la Noche del Exorcismo, la prensa venía siendo simpática con Harikēn Kaoru, los periódicos daban cualquier primicia que tuviera que ver con el zapato de la Cenicienta, y la Ciudad de las Camelias perdía adeptos.

Seamos picantes: los diarios sólo hablaban del Mal de Kaoru, un mal que no tenía cura, un mal desgraciado y al mismo tiempo bendito y sin remedio; según los testimonios recolectados por este narrador y publicados en la Gaceta de Kioto, como ya lo he dicho antes, el Mal de Kaoru comenzaba a contagiar a todos, y se había originado a partir del célebre beso por el cual un noble emparentado a la familia imperial prometió a Harikēn Kaoru un título nobiliario y tierras (literalmente trepó por las paredes por ese beso); ya en la fila, que se formaba todas las noches en la Rotonda Kasshin, y que recorría todo el Hotel Aoiya hasta llegar a la puerta del cuarto más famoso de la ciudad, el 304, cada uno experimentaba una sensación inolvidable.

A medida que la fila avanzaba por la Rotonda Kasshin, nuevos efectos del Mal de Kaoru se manifestaban; se veían en quienes descendían de cuarto 304, como quien vuelve del paraíso, los afortunados que habían amado a Harikēn Kaoru.

— Ella me hace subir por las paredes — contaban. – Nunca olvidaré que subí por las paredes.

Algunos, los más ricos, repetían la experiencia y y entraban nuevamente en la fila, queriendo repetir aquellos dos minutos mágicos, cronometrados por el leal Hannya quien golpeaba la puerta del cuarto 304 para avisar que el tiempo se estaba agotando. ¿Pero cuáles eran los síntomas del Mal de Kaoru, que se manifestaban a medida que la fila avanzaba? Respondo: un escalofrío que subía por las piernas y una alegría infantil; alegría de un niño al que le regalan el juguete tan soñado o la bicicleta siempre tan añorada; y alguna cosa próxima al delirio, un no sé qué político, por más extraño que pudiera parecer.

La foto de Harikēn Kaoru que más éxito tenía la mostraba desnuda, sentada en la cama, con los senos empinados, una media sonrisa prometiendo locuras, y mucho más: prometía felicidad; puesto que el Mal de Kaoru tenía como consecuencia una total y absoluta perdición por la Chica del Bañador Dorado, ya en la escalera, mirando las fotografías, los hombres, de todas las edades, se sentían febrilmente enamorados.

Habían tres momentos particularmente aguardados por quienes esperaban en la fila de la Rotonda Kasshin: la hora de entrar al cuarto 304: Harikēn Kaoru recibía a todos como si estuviese lista para sus paseos de alta sociedad por el Club de la ciudad, justamente eran los vestidos que en ese tiempo ella usaba; y acostumbraba a decir:

— No puedo decepcionar a nadie.

Después, cerrada la puerta del cuarto 304, venía el momento en que daba sus célebres besos a aquellos hombres afligidos y los dejaba atacados para siempre con el Mal de Kaoru; por fin, el ritual de su desnudo: se desvestía lentamente, una pieza por vez, hasta quedar apenas cubierta por un calzón negro, que merecía un poema de Kaneko Mitsuharu; el cronometraje sólo empezaba cuando la lámpara roja se encendía en el cuarto 304 y llegaba entonces la hora más esperada: la hora de hacer el amor con Harikēn Kaoru y subir por las paredes.

Nadie escapaba; quien salía del cuarto 304 llevando en la piel el perfume de jazmín usado por la Chica del Bañador Dorado estaba incurablemente contaminado por el Mal de Kaoru.

Aunque mucho de esto ya lo he descrito anteriormente, vale la pena recordarlo teniendo en cuenta que la locura por Harikēn Kaoru aumentaba así como la incertidumbre de nuestro querido Santo. Eran días que prometían muchas cosas.


Durante esos días, Sanosuke fue visto por Daigoro entrar en el Hotel Financial de manera sospechosa y muy bien vestido. Fue a encontrarse con Hiko Seijuro para finiquitar las condiciones de su nuevo trabajo. Llegó en el momento en que el afamado y mujeriego banquero daba una entrevista exclusiva a varios periodistas provenientes de Tokio.

-¡No tengo nada que ver con esa manifestación! – voriferaba contento - ¡Son ustedes los que quieren meterme en esa pelea por la Usina del Pecado! ¡Cosa de político! ¡La política es algo a lo que no me dedico!

En el momento en que entró, Sanosuke fue visto por Wu Heixing, quien inmediatamente fue a dar aviso a su amo.

-Hiko-sama, el muchacho llegó. – le susurró al oído. Hiko se apresuró entonces en dar por terminada la conferencia de prensa en su lujosa sala.

-¡Con permiso! – bramó levantándose - ¡Y para cerrar la entrevista déjenme decir que más que político prefiero ser amigo de los políticos! – y les ofreció un refrigerio a los periodistas presentes, mientras se encaminaba con Sanosuke y su secretario a su despacho para sellar su pacto laboral.


En Otsu, la extrañeza de Kenshin aumentaba cada vez más: el gran consumo de jalea de ciruela, que Sakura-san mantenía en stock, pero, preocupada con la posibilidad de que faltase, preguntaba a todos si no sabían de ciruelas de temporada para hacer jalea ante esa emergencia; en ese punto, ella misma concluyó: Kenshin estaba en crisis y sufriendo mucho.

Una noche, al escuchar a su hijo merodeando a altas horas por toda la casa, se levantó de la cama y fue a encontrarlo parado en medio del pequeño patio que daba a la cocina, pensativo y angustiado.

-¿Qué pasa, hijo? – le preguntó preocupada - Escucho tus pasos por toda la casa, no puedes dormir. ¿Hay alguna cosa que te esté inquietando?

Él simplemente se dio la vuelta y la miró, con expresión torturada que a Sakura-san le rompió el corazón. Después de un rato de silencio, le pidió:

-¿Me cuentas de nuevo sobre esa visión que tuviste cuando nací? ¿La del ángel?

-La visión del ángel fue antes de que nacieras, cuando te estaba esperando. – le explicó ella dulcemente - Después de que nacieras vi a Nuestra Señora.

-Cuéntame.

-Yo estaba haciendo jalea de ciruelas y entonces percibí un fuerte olor a flores, pero no tenía flores dentro de casa. – procedió a narrar con ojos brillantes - Y entonces la escuché, hijo mío. Escuché una dulce voz diciéndome: Sakura, tu hijo es un Santo. Cuídalo bien, que en un futuro se dedicará a Nuestro Señor.

-¿Y cómo se puede saber que en efecto alguien nació santo? – le preguntó Kenshin, con un tono de duda que a su madre no le gustó nada.

-Siempre fuiste un niño tranquilo, amable y obediente. - le dijo - Todas las personas que te conocieron decían que eras un ángel caído del cielo. Tú dices que no hiciste ningún milagro, pero lo hiciste. Un día me enfermé tanto que no podía levantarme de la cama, tú eras muy pequeño y te pedí que hablaras con Dios y que le pidieras que no me llevara, y lo hiciste. Al día siguiente, desperté como si no hubiera estado enferma. – terminó de contarle para que se convenciera y no dudara más de su santidad. En el fondo, Kenshin no sabía qué pensar: no recordaba el episodio milagroso relatado por su madre. Volvió a mirarla en silencio.

-¡Jalea! – pidió de repente.

-La jalea de ciruela se acabó, te comiste tres potes enteros. – le dijo Sakura-san preocupada - Pero mañana te hare más.

-Tengo que irme. – volvió a decir súbitamente dirigiéndose a la puerta. Necesitaba ver al padre Anji y al mismo tiempo quería alejarse de su madre por un rato.

Se quedó dormido en la puerta de la iglesia el resto de la noche hasta que muy temprano en la mañana, el padre Anji lo encontró, al abrir la iglesia como todos los días.

-¡Kenshin! – exclamó preocupado, haciéndolo entrar - No sabía que estabas en Otsu, ¿llegaste hoy?

-No, llegué anteayer. – dijo Kenshin - Quise volver a mi tierra, padre. Necesitaba huir de la maldad que reina en Kioto. No sé cuánto tiempo me quedaré.

Y el padre notó algo extraño en el Santo. Era como si no fuera él mismo, como si hubiese sido contaminado por algo. E iba a ir al fondo de ese asunto.

-El tiempo no existe cuando el hombre sabe lo que quiere. – empezó a decirle - De niño nunca tuviste la necesidad de confesar ningún pecado. ¿Sigue siendo así?

-¿Está desconfiando de mí, padre?

-No es desconfianza. – explicó el padre tranquilamente - Es que cuando nacemos, nacemos con el pecado; y aún llamados a la santidad, en algún momento ese pecado se manifiesta.

Dejó que Kenshin se debatiera consigo mismo y decidiera qué hacer. Después de un rato, y ocultando su avergonzada mirada tras el flequillo rojo como el fuego, el joven Santo dijo:

-Padre, tengo una confesión que hacer.

El padre Anji suspiró, aliviado de poder ayudar al joven, pero al mismo tiempo alarmado ante lo que podría escuchar.

-Entonces habla. – le instó, sentándose ambos cerca del altar.

-Encontré el zapato de la pecadora. – confesó Kenshin con un hilo de voz, sin mirar al padre.

El padre quedó extrañado ante esa confesión tan peculiar.

-¿El zapato? – luego recordó - ¡Ah, el zapato del que se habla todo el día en la radio! ¿Ese que ella perdió y pidió que le devolvieran?

-Sí. Vi cuando estaba tirado en la calle y lo llevé conmigo.

-¿Por qué?

-No sé.

-¿Y qué hiciste con el zapato?

-Lo guardé.

-¿Lo guardaste? ¿Y para qué?

-No entiendo, padre.

-¿No entiendes?

-Lo encontré y pensé que tendría un sentido guardarlo conmigo. – dijo Kenshin, angustiado, tomándose la cabeza con las dos manos - ¿Cómo es que puede llegar a mí un zapato en medio de la tempestad, padre? Era una correría, gente gritando por todos lados. ¡Nadie prestaba atención a una tontería como esa, un zapato perdido! ¡Sólo puede tener un sentido, padre!

-Eso es lo preocupante, el sentido. ¿Dónde está ese zapato?

-Está escondido en casa.

El padre Anji se aterró.

-¿Aquí? – exclamó con terror - ¿Trajiste ese zapato a Otsu?

-Pensé en tirarlo o pedirle a Akira que lo devolviera. – se explicó Kenshin al borde de la desesperación - Después pensé que yo tendría que ir a devolverlo personalmente, porque Dios quiere que pase por esa prueba. Estoy huyendo, cuando debería buscar a la pecadora y llevarle la palabra de Cristo. Y estoy aquí porque tengo miedo, padre. Tengo miedo de no conseguir vencer al demonio y no poder hacer un milagro.

El padre estaba escandalizado ante lo dicho por el Santo.

-¿Llegaste a pensar en ir, tú Kenshin, un futuro padre, un santo, en un prostíbulo? – lo reprendió - ¿Mezclándote con depravados de todo tipo, en medio de todo el pecado que la imaginación del diablo fue capaz de crear? ¿Y todo para qué? ¿Para llevarle de regalo un zapato a una Salomé? ¿Te paraste a pensar en las consecuencias de una cosa de esas?

-Padre…

-Pienso en ti, Kenshin. – le dijo gentilmente - Una criatura sin experiencia y virtuosa, ofreciéndose en bandeja a las garras del demonio. ¿O acaso quieres la recompensa que ella ofrece?

-¡No, padre, no! – chilló Kenshin horrorizado - Quiero llevar mi cruz y mis oraciones a ella, y hablarle sobre el arrepentimiento y el perdón.

-Tú eres para ella como el pájaro para la serpiente. – le dijo el sacerdote con preocupación - No vas a poder escapar. El demonio siempre tuvo preferencia por los puros.

Y en ese momento, por una décima de segundo, la imaginación de Kenshin se echó a volar:

Estaba en ese antro de perdición para devolver el zapato a la pecadora, y armado con su rosario, su cruz, su biblia y sus plegarias para encaminarla a la senda de la luz. Estaba esperando impaciente en una habitación a oscuras, iluminada tenuemente por un farol rojo que dejaba adivinar formas extrañas y sugerentes alrededor. Tragó saliva.

De repente, como de la nada, apareció ella. Harikēn Kaoru. Vestida sólo con lencería negra y sensual, prácticamente transparentes. Colorado de pies a cabeza, Kenshin podía ver claramente lo que se escondía detrás de esa ropa pecaminosa. Con una sonrisa en los labios, ella se acercaba a él, rodeándolo como a una presa.

Nuestro Santo ya se había olvidado de su biblia, de su rosario, de su cruz y de sus oraciones, y lo único que atinó a hacer fue entregarle el zapato del mal para poder irse de allí de una vez. Ella tomó el zapato con alegría, pero no le permitió salir.

-Ahora tu recompensa. – le ronroneó.

-¡No es necesario! – exclamó Kenshin horrorizado - ¡Ya me voy!

Pero ella lo tomó del brazo y lo arrastró hasta la cama desarreglada, a donde lo empujó, para luego sentarse encima de él. Empezó a acariciarlo y a besarlo sin darle espacio a respirar, y cuando el pobre muchacho sintió que iba a morir ahogado, algo despertó en su interior. Ahora era él quien le correspondía con sus caricias y besaba todo su cuerpo, extasiado ante la visión de semejante afrodita sólo para él. Ella le quitó los hábitos y él hizo lo mismo con la ropa interior de ella, quedando ambos desnudos, para continuar con la danza lujuriosa que ella había empezado.

Esa visión infernal hizo que nuestro Santo diera un respingo ante la mirada preocupada del padre Anji. Sudado y colorado hasta confundir su rostro con su pelo, empezó a llorar. El buen sacerdote se apenó al ver al joven derrotado y en ese estado de desesperación.

-Ayúdeme, padre. – sollozó el chico.

El padre Anji entonces se dio cuenta de que él tenía que proteger al Santo de las garras de Harikēn Kaoru. Esa batalla se había convertido también en la suya.

-Tira ese zapato. – le ordenó decidido - Quémalo, porque a través de él el demonio te domina. Porque si no, en vez de adorar a Cristo, estarás adorando a un zapato. ¡Vamos a buscar ese zapato ahora! Y lo quemaremos juntos delante del altar.

Kenshin lo miró con agradecimiento y asintió. Por primera vez desde que había llegado, se miraron a los ojos. Y los del pobre jesuita estaban rojos y descarnados de la angustia. El joven salió como tiro hacia su casa, y una vez allí, le pidió a su madre que le alcanzara un costal o una tela para envolver un objeto poseído por el diablo que tenía. La preocupación de Sakura-san por no haber visto a su hijo el resto de la noche se transformó en terror y se persignó asustada, luego procedió a buscar lo que le pedía el Santo. Pero momentos después, con el zapato envuelto en sus manos, Kenshin decidió encerrarse a su habitación y a rezar durante todo el día. Más tarde iría a quemarlo.

-Dios, ayúdame a entender. – farfulló llorando - ¿Qué está sucediendo conmigo? ¿No sería mejor tirar ese zapato? ¿Olvidar a esa pecadora y no pensar más en eso?


-¿Ya pensaron en eso? – exclamaba Cho en su programa radial de la noche - Ese zapato es mágico. Y la Cenicienta es el hada de nuestros sueños y que cada uno de nosotros trae dentro de su corazón… - Kaoru apagó la radio para proceder a hacer su trabajo de dar felicidad a loa habitantes masculinos de Kioto. En ese momento tocó a la puerta el primer cliente.

-Adelante. – indicó ella suavemente.

La puerta se abrió para dar paso a un hombre de unos cuarenta años, alto, de cabellos oscuros y sumamente atractivo. Era Kogoro Katsura, un profesor universitario de gran reputación que al mismo tiempo ejercía de escritor comunista desde el anonimato. Muy pocos sabían de esa doble vida. Él le dirigió una gran sonrisa.

-Conocer a Harikēn Kaoru es algo que un viejo bohemio como yo no podía dejar de hacer. – le dijo y de repente se quedó helado ante la visión que tenía ante él. Una muñeca de porcelana vestida sólo con un batón de varios colores y brillos parada frente a él. Ella también lo miraba sorprendida y de repente, Katsura empezó a aplaudirla - ¡Bravo! ¡Toda mujer bonita merece una salva de aplausos!

Recuperando la compostura, Kaoru lo guió hasta uno de los asientos junto a la mesa.

-Acomódese. – le dijo dulcemente.

Y frente a él, se dispuso a quitarse el batón. Él se incorporó y la detuvo.

-Deja, lo haré yo. – y él mismo abrió el batón, descubriendo un delicado y sensual cuerpo sólo vestido con lencería blanca, cual novia en la noche de bodas.

Kogoro Katsura, obnubilado ante lo que presenciaban sus ojos, empezó a dar vueltas a su alrededor, examinándola detenidamente, a la vez que pronunciaba solemnemente:

¡Quisiera ser enredadera

cuando observo tu belleza!

De la raíz a las ramas, abrasándolo todo,

cortar y picar a mi deseo,

mi karma reclama de ti

que no he de ser separado.

Bien, volvamos a dormir.

¡Y no importe la campana del amanecer!

Con nuestro amor, ¿qué haremos

si no conoce la hartura

aún después de una larga noche juntos?

-Canción de Ryojin Hisho. – terminó de decir el hombre.

-Disculpe, ¿quién es usted? – preguntó Kaoru maravillada.

Katsura se dio un golpe suave en la cabeza, a modo de auto reproche.

-Discúlpame tú, que no me presenté al entrar. – se excusó - Me llamo Kogoro Katsura.

-¿Y a qué se dedica el señor?

-Yo vivo. – le dijo él, alegre - Mi profesión es vivir.

-Es que usted es tan diferente de todo el mundo. – susurró Kaoru, aún extasiada con el hombre.

-Me gusta ver a las personas y a estudiarlas. – hizo un ademán de verla a través de sus dedos pulgar e índice que se unían en un círculo - ¿Y sabes lo que veo?

-¿Qué? – le preguntó ella con una sonrisa.

Una tormenta viene desde lejos,
Limpia el calor que resta del verano.
Un azul celestial llena la atmósfera
Y nosotros
Nos preparamos para el nuevo espíritu.

(Shigeji Tsuboi)

Ella rio con él y se quedaron casi toda la noche juntos, entre charlas y coqueteo poético, pese a las impacientes protestas de los demás clientes.


Antes de ir al trabajo en el periódico, decidí pasar por casa de la tía Akane para hacerle una visita a Tomoe. Para mi desgracia, ella había ido a Nagoya a pasar unos días con sus padres; como nunca me decidí a cortejarla formalmente, a lo mejor se habría cansado de mi indecisión, por lo que no me dejó nada dicho. Y para que mi desgracia sea mayor, la tía Akane, feliz, me invitó a tomar el té.

-¡Akira-kun! – me recibió - ¡Qué lástima que no te pudiste encontrar con Tomoe-chan antes de su viaje! ¿Cómo estás?

-Muy bien. – respondí amablemente - ¿Y la señora?

-¡En una guerra! – se quejaba mientras servía el té - ¡No sé cómo los comunistas lograron invadir Kioto! Pero qué bueno que viniste, porque quería hablarte de algo. Nos estamos organizando para la campaña de la Ciudad de las Camelias, y estaba pensando en ti para ir al frente de la Comunidad Juvenil que tenemos pensado formar.

-¿Yo? – pregunté atónito mientras tomaba la taza que ella me alcanzaba.

-Sí; tú, Tomoe-chan, sus amigos. – decía ella con ojos soñadores - ¡Sería tan bonito! Los jóvenes de las más tradicionales familias de Kansai, defendiendo la moral y las buenas costumbres. ¡Llevaré hoy mismo esa idea al padre Hoji! – luego se acordó de algo - ¡Ahhh! ¿Sabes quién viene para participar de la campaña? ¡Tu tía Sae! Y se va a hospedar aquí.

Me atraganté con el té.

-¿La tía Sae? – farfullé entre tos y tos - ¿Aquí?

Una vez recuperado y habiendo sido informado de los detalles de la llegada de mi tía y su militancia con la tía Akane, decidí que era hora de irme a mi trabajo. Agradecí la hospitalidad y me fui corriendo de allí. Estaba algo consternado de que mi tía Sae no me haya escrito sobre eso, pero teniendo un sobrino comunista, y ella viniendo a unirse a la Liga de la Defensa de la Moral y las Buenas Costumbres, seguramente pensaba que no venía al caso informarlo.


Llegué al edificio, pero como había llegado mucho antes de mi turno en mi huida de la casa de los Yukishiro, decidí pasar por la Radio En Confidencia a hacerle una visita también a Cho. Estos días lo tenían muy ocupado con todo el asunto de Harikēn Kaoru, además nos habíamos hecho muy buenos amigos. En unos minutos empezaba su programa, por lo que mientras él preparaba todos sus papeles, este servidor fisgoneaba el correo. Hasta que vi una misiva para él de una dama; sin vergüenza alguna, la abrí y también se abrieron mis ojos de par en par.

-¡Escucha! – le dije a Cho y empecé a leerle - Querido Cho Sawajego: No me pierdo tu programa ni un solo día. Por tu culpa no consigo enamorado; te veo en cualquier hombre guapo con el que me encuentro, y cuando me doy cuenta de que no eres tú, pierdo el interés en ellos. Pienso en ti todas las noches. Tu enamorada admiradora, Megumi Takani.

Cho se quedó pensativo, me di cuenta de que algo no andaba bien con él, pero rápidamente se puso a bromear.

-Me pregunto qué hago en sus sueños. – rio el locutor.

-Tendrás que preguntárselo. – le dije, luego cambié de tema - A propósito, supe que Enishi Yukishiro vive en Tokio pero está en una ciudad cerca de aquí por unos días.

-¿Aceptó tener una entrevista contigo?

-Le dije que era para La Gaceta de Kioto sobre política y leyes. – expliqué - Creo que cuando estemos cara a cara lo podré convencer de hablar de Kaoru.

El programa de Cho estaba a punto de comenzar y mi turno también, así que me fui a las corridas a mi piso. Cho se quedó mirando la carta de la tal Megumi, la tomó y la volvió a leer.

-Megumi Takani. – susurró con una sonrisa.

Sus crónicas en la Radio En Confidencia, con el tiempo, lo hicieron famoso y blanco del interés de las mujeres, que le enviaban cartas apasionadas; si hasta pedidos de casamiento recibía. Pero sufría terriblemente: imaginaba que las fans le escribían a él porque, siendo un hombre de radio, y no de televisión, no conocían su imagen lánguida, poco atractiva, y por eso soñaban con un príncipe encantado.


Ya de noche, de regreso a casa, encontré a Sanosuke ensayando un beso de amor frente al espejo. Su amada era su mano, a la cual besaba mientras miraba fijamente su imagen en el espejo y cambiaba el ángulo de su rostro, como si estuviera en una sesión fotográfica.

-¿Qué haces, Sano? – le pregunté divertido.

-No molestes, Akira. – me dijo animado - Estoy ensayando para mis grandes películas. Desbancaré a todos los galanes de Hollywood, y me lloverán dólares encima.

-¿Dólares que ya te está pagando Hiko Seijuro? – le pregunté directamente, serio. En la editorial, Daigoro me había informado de ello, y me empecé a preocupar terriblemente por mi amigo. Hiko Seijuro no era alguien con quien uno debiera meterse sin pensárselo un poco.

A Sanosuke no le gustó nada el tono interrogante que usé, así que se volvió para enfrentarme y defenderse.

-¿Ahora me estás persiguiendo? – inquirió - ¿Vas a ser un Hajime Saito en mi vida?

-Es hora de colocar las cartas sobre la mesa, ¿no te parece? – le dije, decidido.

-Sí. – respondió con amargura - ¿Sabes lo que me pasa, Akira? Que estoy harto de ser pobre.

-Sano…

-¡Estoy harto! – exclamó él - ¡Hago trabajos aquí y allá para mi pasaje! ¡Y no he llegado ni a la mitad! ¡Ni a la mitad!

-Lo sé, Sano…

-¿Qué es lo que sabes? – bramó - ¡No sabes nada! Naciste rico, y te gusta vivir como pobre. Yo nací pobre, y no me conformo.

Dicho esto, se dio la vuelta bruscamente, tomando su chaqueta y sus llaves, y se dispuso a salir.

-Ya están las cartas colocadas sobre la mesa. – me dijo antes de dar un portazo y desaparecer.


Ya se estaba haciendo de noche, y la preocupación del padre Anji se incrementaba al no ver a Kenshin regresar a la iglesia para quemar el zapato del mal. Su conversación había sido en la mañana y desde ese entonces no había vuelto. Por la tarde, mandó a uno de los monaguillos hasta su casa para averiguar si le había sucedido algo, y el niño volvió con un mensaje del Santo: que se había tomado el día para meditar y rezar, pero que volvería a la iglesia de un momento a otro, que lo esperara.

Y el padre Anji se asustó. Por primera vez en su vida temió por la santidad del muchacho. Así que se dispuso también a rezar, pero por él, seguramente volvería antes del anochecer. Pero había llegado la medianoche y no había señales del Santo. Preocupado, decidió encaminarse hasta la casa de los Himura, y casi saliendo de la iglesia, se encontró con el vendedor ambulante de golosinas del pueblo; pensó que tal vez se habría cruzado con Kenshin y le preguntó.

Para su terror, el hombre le informó que había visto al joven seminarista en la estación tomando el último tren a Kioto una hora atrás. No llevaba nada más que un costal con un objeto pequeño dentro. Debe ser algo valioso, dijo el vendedor, porque el Santo lo cuidaba mucho y miraba para todos lados, por las dudas de que no le robasen. Dicho esto, se despidió del sacerdote y siguió su camino a casa.

El padre Anji ni atinó en despedirlo. Había quedado paralizado del miedo y la angustia. Ahora entendía todo.

-El Santo huyó.