Te has vuelto mi esperanza.
Nuestro amor es único.
Veo en tu mirada la felicidad que al cielo le rogué.
Nuestro amor es único.
Haces de mis sueños esa realidad que siempre imagine.
Pon tu mano aquí sobre la mía,
nos esperan mil momentos llenos de alegría.
Il Volo, Nuestro Amor
(¡Gracias, GabitaRP por la sugerencia!)
¡Estoy de pasada, chicas!
Capítulo sin betear
Capítulo 7
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A los dieciséis años, Renée Swan le obsequió a su hija un libro por su cumpleaños luego de que ella sufrió su primer desamor con Jason Sparks, un compañero de clase, el primer chico en el que se había fijado. Bella lo recibió reticente por su típica portada de libro de autoayuda. Cómo saber si estás realmente enamorada, rezaba el título y constaba de nada más y nada menos que de tres míseros y cortos capítulos.
Isabella sabía perfectamente que no estaba enamorada de Jason, de hecho, ella había sido quien puso punto final a la relación. Él no muy diferente al resto de los inútiles de sus compañeros y cuando lo descubrió no tardó en sacarlo de su vida. Por ese motivo, no había sentido deseos de leerlo, aunque le había dado las gracias a su madre y dicho que era un libro genial.
No se había acordado de él en años, creyó que aún se encontraba en algún lugar de su antigua habitación en casa de sus padres. De ahí su sorpresa al verlo mientras husmeaba entre las cajas que jamás se había dignado a desempacar.
Había regresado a su departamento y luego de enviarle un mensaje a Edward asegurándole que estaba perfectamente se tiró en su cama para conseguir algunas horas más de sueño pero no logró conciliar el sueño. Entonces recordó las olvidadas cajas y decidió echarles un vistazo para ocupar su mente en algo para no ponerse a analizar lo acontecido con el catedrático.
Observaba el ejemplar en sus manos, de color fucsia chillón repleto de florcillas azules y las letras de la portada en amarillo. Se mordió el labio, tentada de leerlo después de casi seis años.
El amor es algo hermoso. Una experiencia única y fascinante.
Pero, ¿cómo distinguimos entre este y una mera atracción?
¡Descúbrelo!
Isabella bufó ante la descripción y lo cerró tirándolo nuevamente dentro de la caja. Su deseo de darle un vistazo olvidado. Odiaba esos libros, tendían a generalizar y era algo que le molestaba y creía que el objetivo del autor era implantarte su pensamiento como si fuese lo correcto o fuera la única verdad dejando de lado los propios. Prefería descubrir las cosas por su cuenta.
No estaba segura de qué era el amor pero sí podía saber que el día en que el hombre correcto para ella llegara, simplemente lo sabría de alguna manera u otra. A pesar de las malas experiencias en las relaciones que había tenido aún creía que existía alguien para ella.
Tal vez está frente a ti y no quieres verlo. Le susurró su subconsciente al que decidió ignorar.
Aunque las cosas ya no eran iguales, habían cambiado y por primera vez fue consciente de que sus prioridades cambiaron. El deseo de encontrar un compañero para el resto de su vida que la amara tanto como ella a él estaba ahí pero carecía de importancia frente a su nueva prioridad, el bienestar y la felicidad de su futuro hijo.
Las prioridades de Edward no pueden ser muy diferentes a las tuyas. Aquella molesta vocecita volvió a entrometerse. No quería ir allí en ese momento, estaba algo aturdida por lo que sucedió y porque sabía que todo había cambiado. Eso no había sido un encuentro esporádico y el casto beso de despedida por parte del cobrizo lo confirmaba. Necesitaba tomarse su tiempo para procesarlo todo, especialmente la forma en la que se sentía al recordar la noche anterior.
—Estás a millas de aquí, B —. La voz de Rosalie la sobresaltó. Parpadeó sorprendida en dirección a la rubia que estaba recostada contra el marco de la puerta observándola interrogante y se encogió de hombros sin saber que decir. — ¿Qué tal tu noche con Masen? Tengo que admitir que cuando llegué aquí y vi tu nota estuve a punto de caerme de espaldas.
—Bien. —se limitó a responder esquivando su inquisitoria mirada.
— ¿A qué te refieres con "bien"? ¿Ustedes…? — insinuó a lo que la aludida asintió sonrojada. — Eso los deja en…
—No lo sé —, respondió con sinceridad. — Ay, Rose. Creo que estoy sintiendo cosas por él, — reconoció en voz alta sintiendo como un peso la abandonaba al poder expresarlo en voz alta. — No entiendo cómo puede ser posible, apenas lo conozco, — continuó en un susurro.
— ¿Cuál es el problema con eso, Bella? No hay un periodo de tiempo predeterminado para enamorarse de alguien.
La aludida se encogió de hombros. Su problema era que estaba atemorizada de que él no sintiera lo mismo, de que –a pesar de que Edward le había asegurado que se comportaba bien con ella porque lo deseaba – solo lo hiciera por el bebé. Se sentía débil y no era algo que le gustara, él la debilitaba. Traía a la vieja e insegura Bella de vuelta arrasando con la tan elaborada fachada de mujer fuerte que le había costado construir.
Entonces lo supo. Estaba realmente enamorada. No le importaría mostrarle a su verdadera yo ni bajar un poco sus barreras por él. Era buena leyendo a las personas y podía asegurar - además porque se lo había mostrado diferentes veces- que detrás del rostro del frío e impasible profesor, Edward era un gran hombre que al igual que ella, intentaba protegerse.
Admitirlo se sentía bien.
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Edward y su padre, estaban sentados enfrentados en la sala del departamento del catedrático en un incómodo silencio.
Edward Padre moría de curiosidad por la castaña y la clase de relación que la unía con su hijo. Especialmente por el brillo en los ojos del profesor al mirar a la joven, nunca había creído verlo así de embobado por alguien luego de su ex nuera.
Por su parte, Masen hijo no sabía qué decir o cómo comenzar a explicarle su extraña reciente relación con Isabella. Se removió incómodo ante la mirada interrogante de su padre siendo transportado en el tiempo a cuando era niño y este lo regañaba.
—Pregunta de una vez, — masculló haciendo reír a su progenitor.
—Siempre tan gruñón, — comentó entre risas. —Lamento haberlos incomodado a ti y a tu chica, te llamé varias veces antes de tomar el avión pero parece que estabas algo ocupado anoche.
—No te preocupes por eso, papá, — le restó importancia. — ¿Cómo has estado? —, inquirió tratando de desviar la atención de él.
El aludido se encogió de hombros.
—Como una persona que pierde a la persona que más ama, supongo.
—Tal vez si te mudaras… — sugirió.
—Jamás, — espetó. — Sería como si quisiera negar que alguna vez existió, hijo. Voy a estar bien, solo es cuestión de tiempo —, concluyó encogiéndose de hombros. —Ahora quiero saber más de esa bella joven que te tiene con esa cara de tonto. Estoy algo decepcionado de que no me hayas dicho de que al fin tienes una mujer como la gente en tu vida.
—No sé por dónde comenzar… — masculló sorprendido por el comentario final de su padre. — Isabella es una de mis alumnas, — el viejo Masen abrió la boca sorprendido. — Ella, yo… solo pasó.
— Así que tu repentina renuncia era por ella, — afirmó. — Supongo que el que desearas volver también.
El cobrizo asintió.
—Hay algo en ella que me impide alejarme.
— Parece algo joven, — comentó.
—Lo es, pero la edad es solo un número, papá. Es fascinante oírla hablar, tan madura y responsable. — Una involuntaria sonrisa adornó el rostro del cobrizo.
—Parece que esa muchacha ha calado hondo en ti.
Más de lo que piensas. Se dijo para sí mismo. Más de lo que me atrevo a admitir.
— Apenas la conozco pero atrevo a decir que es una gran mujer y será una gran madre para…— se detuvo imposibilitado de concluir la oración al darse cuenta de que estaba contando más de lo debido. Su padre enarcó una ceja en su dirección.
— ¿Una gran madre para quién? — preguntó perspicaz. El catedrático abrió y cerró su boca varias veces sin saber realmente que debería decir. — ¿Cuándo pensabas decírmelo?
— ¿Cómo…? — Fue lo único capaz de modular. — Alice no sabe mantener la boca cerrada.
—Hijo, tienes una ecografía pegada en tu refrigerador, tu hermana no tiene nada que ver en esto, — señaló divertido.
— Mierda, —siseó para sí había olvidado que había pegado allí una de las copias que la obstetra le había dado.
—Estoy muy contento por ti. — El viejo Masen palmeó la espalda de su hijo con una sonrisa. Edward, atónito por la palpable emoción de su padre, susurró un -apenas-perceptible- gracias. —Aunque estoy un poco herido porque no me lo has dicho antes.
— Queríamos esperar un tiempo antes de decirlo, — explicó. —Alice lo sabe porque estaba desesperado por hablar con alguien en cuanto lo supe… Llegó en el momento justo cuando estaba por enloquecer, solo hace unos días.
— ¿Por qué habrías de enloquecer? Es una noticia maravillosa.
El viejo Masen estaba más allá de eufórico, creyó que el tener un nieto por parte de su hijo mayor sería algo imposible dado a su divorcio y renuencia a las relaciones luego del mismo así que la noticia lo ponía más feliz de lo que se atrevía a demostrar. Deseaba que su esposa estuviera viva para compartir su dicha. Los pensamientos de Edward hijo en cuanto a su madre no eran distintos.
—Ahora lo sé, — se limitó a responder.
—Entonces… ¿vas a casarte? — inquirió su progenitor dejándolo completamente helado.
Se percató que, dentro de los planes de formar una familia junto con Isabella, la palabra matrimonio no era una de ellos… ¿Se atrevería nuevamente a aventurarse en un matrimonio después de su fiasco con Emma?, ¿Estaba listo para dar ese paso nuevamente? No aún, pensó. Ni siquiera sabía si algún día lo estaría. También dudaba seriamente que, llegado el momento, la joven accediera si no procuraba asegurarle que deseaba estar con ella más allá de su hijo. Paso a paso, Masen. Se dijo.
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Oficialmente era el final del semestre y la emoción por tener un periodo de descanso se podía sentir en el aire. No había persona en el campus que no tuviera una enorme sonrisa plasmada en el rostro e Isabella no era la excepción. Aunque su buen estado de ánimo no se debía solo a las vacaciones, sino a que por fin podría ver a Edward fuera del campus y esperaba poder aclarar su situación de una vez por todas. Los días anteriores, debido a la visita del viejo Masen, solo se habían cruzado unas cuantas veces en los pasillos y en la clase del cobrizo. Habían intercambiado algunos mensajes cordiales, de pocas palabras, que alarmaron al catedrático ya que su parte desconfiada le hacía pensar que ella estaba arrepentida de lo sucedido noches atrás.
Luego de dejar a su padre en el aeropuerto la noche anterior con la promesa de que lo visitaría pronto y llevaría a Bella con él, decidió llamarla. La llamada fue corta y él había ido al meollo de la cuestión diciéndole que debían verse para poder hablar no dándole lugar a negarse. Isabella, un ser rebelde por naturaleza, se preguntaba por qué demonios le gustaba tanto el lado dominante del cobrizo.
El día pasó como un borrón frente a los ojos de ambos, tal vez había sido igual para todo el mundo o simplemente fue diferente para ellos a causa de la ansiedad por verse.
—La clase está terminada —, declaró impasible. — Señorita Swan, a mi oficina, — sentenció antes de salir disparado del aula. Una sensación de deja vú atravesó el cuerpo de la joven y tuvo que contener una sonrisa. El resto de los estudiantes estaban demasiado ocupados planeando sus vacaciones como para preguntarse de qué iba todo. La castaña recogió rápidamente sus escasas cosas y se encaminó hacia el despacho del profesor, la anticipación e incertidumbre creciendo en ella.
La puerta estaba abierta. Ingresó vacilante y frunció el ceño al no ver rastros de Edward en el interior. El sonido de la puerta cerrarse a sus espaldas junto al clic de una cerradura la sobresaltó, quiso girarse para comprobar de qué se trataba pero dos fuertes brazos se lo impidieron.
—No sabes cuánto te he echado de menos estos, Isabella — susurró en su oído haciéndola estremecer antes de girarla entre sus brazos y colisionar sus labios con los de la joven.
El alivio recorrió los cuerpos de ambos. La castaña, al igual que él, había llegado a pensar que Masen estaba arrepentido de lo que había sucedido entre ellos. Intentaban transmitir en aquel beso aquello que sentían y no se animaban a decir pero que tanto les estaba costando callar.
— ¿Cómo has estado? — inquirió separándose de ella con voz suave sonando para nada como él mismo.
—Bien, — respondió jadeante contra el cuello del cobrizo. — Tenemos que hablar — señaló.
—Lo sé — contestó sin señales de querer romper el abrazo en el que estaban unidos.
—Entonces… — insinuó apartándose de él solo un poco para poder mirarlo a los ojos. — ¿Qué está sucediéndonos? — instó con un hilo de voz perdida en la profundidad de los oscuros orbes azules del catedrático.
—Lo mismo me pregunto, — se limitó a contestar. — No sé qué has hecho conmigo, me tienes completamente hechizado, Bella. No soy capaz de siquiera pensar en alejarme de ti.
— Edward, yo… — intentó encontrar las palabras justas pero el cobrizo, atemorizado por lo que ella podría decir, le impidió que continuara uniendo sus labios nuevamente. Asió las caderas de la joven y caminó hacia atrás hasta dejarla caer en el sofá colocándose sobre ella. —Creí que íbamos a hablar, — planteó jadeante cuando Edward abandonó su boca para dedicarse a succionar su cuello.
—Después, — determinó con un tono que no daba lugar a discusión.
—Bien, — estuvo de acuerdo. Obviamente, sus hormonas estaban fuera de control. — Pero creo que te he cedido demasiado poder — comentó sagaz removiéndose hasta lograr quedar a ahorcajadas de él.
— ¿Qué va a hacer conmigo, señorita Swan? — inquirió con fingida desconfianza ya que la diversión era evidente en sus ojos.
Isabella se relamió los labios antes de inclinarse hacia el cuello de Edward y rastrillar sus dientes por este haciendo sisear al catedrático.
—Ya lo verá, profesor. — ronroneó en su oído antes de morder el lóbulo de su oreja y mover su cadera restregándose contra el semi-erecto miembro de Edward. Ambos gimieron ante el contacto. — ¿Me deseas, Edward? — inquirió coqueta a la vez que desabrochaba tortuosamente lento los botones de la camisa del cobrizo.
— Demasiado, — respondió entrecortadamente a causa de los húmedos besos que la joven repartía en su pecho. La audacia de Isabella no hacía más que aumentar su deseo hacia ella. Las manos del profesor volaron a los muslos de la castaña acariciando la piel que la falda no cubría. — Esto apenas cubre nada, — comentó con voz ronca.
— ¿Eso te molesta? — preguntó mirándolo a los ojos.
—Bueno, no me gustaría que por error otros vean lo que es mío. — la intensidad en su mirada no dejaba lugar a dudas.
— ¿Tuyo? — el entusiasmo en su voz era evidente e hizo sonreír al cobrizo.
—Mío. — declaró solemne, haciendo énfasis apretando el trasero de la joven.
—Mío, — repitió Isabella llevando su mano hacia el bulto en los pantalones de Edward y apretando suavemente robándole un gruñido.
—Me parece justo, — reconoció antes de, una vez más, unir sus bocas en un beso voraz.
Las ropas no tardaron en desaparecer ni los toques en volverse cada vez menos inocentes y desesperados. Ambos sabían cómo moverse, dónde rozar, tocar y besar para hacer que el otro gimiera, se arqueara de placer y enloqueciera.
Tiempo después, la joven caía satisfecha contra el cuerpo saciado del catedrático. Este acariciaba de arriba abajo la espalda de su amante, porque eso es lo que era, mientras ambos intentaban controlar sus respiraciones.
—Creo que te amo, Isabella. — Las palabras escaparon de su boca antes de poder detenerlas. Sorprendida por la confesión del cobrizo, Isabella inhaló bruscamente y se heló en su lugar. Edward sintió la tensión que ella emanaba y quiso golpearse por haberlo dicho. La joven se removió entre sus brazos para poder observarlo con el ceño fruncido. — Sé que es demasiado pronto pero ya está dicho. Es lo que siento, Bella. En un principio creí que solo era lujuria, intenté convencerme de que así era para dejarte libre pero no puedo, lo lamento pero esa es la verdad. Sé que te mereces a alguien más, alguien de tu edad y que lo correcto sería alejarme sin embargo la idea de verte con otra persona realmente me desagrada y mis deseos de estar contigo, ahora sabiendo que esperamos un hijo juntos, son aún más grandes de los que eran en un principio y me negaba a reconocer.
Isabella abrió y cerró su boca varias veces sin saber bien qué decir. Sus ojos estaban obnubilados por las lágrimas que las palabras de Edward habían provocado. No creía que fuera real que él sintiera lo mismo, después de tantas cosas que había oído sobre El Profesor, pero ella lo sabía mejor que nadie. Las apariencias engañan, las personas no siempre son como se muestran y nunca terminamos de conocerla completamente si no nos lo permite.
Una lágrima se desbordó del ojo de la castaña haciendo su camino por su sonrosada mejilla.
—No llores, — pidió en un susurro limpiando la solitaria gota con su pulgar. — Perdón si te asusté, esa no era mi intención. Tenía planeado decírtelo algún día, cuando fuera correcto, que nos hayamos conocido mejor de una gran manera que vaya contra todos mis instintos de anti romance… no luego de, ya sabes… — divagó haciéndola soltar una risita. No pudo reprimir la sonrisa que se formó en sus labios al oírla reír. — Me estoy enamorando de ti, Isabella Swan y decirlo se siente malditamente bien.
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¡Nos leemos!
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