EL DESTINO
Capitulo: 7
Admes decía que era pura coincidencia, nada más. Meg insistía en que era su culpa. Debería haber escuchado más atentamente cuando el tribuno le dijo que estaba llevando hombres al muro. Eryx decía que los tribunos militares no llevaban a su caballería a cualquier parte a no ser que fuera para presumir o para luchar.
En cualquier caso, Meg estaba segura de que, si no hubiera malinterpretado lo que él había dicho, nada de eso habría ocurrido. No se atrevía a poner como excusa la hora de la noche a la que había tenido lugar la conversación, ni el hecho de que había prestado más atención a cómo lo decía que a lo que decía. Envió a Telémaco a Tebas inmediatamente para averiguar si su hermano seguía vivo.
Menestre sospechaba que Meg había intentado demasiado duramente encontrar algo de lo que mereciese la pena informar. Eryx se preguntaba por qué pensaría que se necesitaba una unidad de infantería y quinientos hombres a caballo para reparar un muro, pero, si quería culparse a sí misma, sería su privilegio. Por otra parte, dudaba de que ese maldito tribuno hiciera algo sin una buena razón.
De modo que Meg pasó el día entero dudando entre renunciar a su papel de informadora y descargara toda su cólera sobre la persona que le había pasado la información. Mientras discutía sobre lo que había ocurrido y se encargaba de las hierbas que había recolectado.
Meg atendió a la fila de mujeres y niños que fueron a su consulta en una de las calles antes de llegar al Ágora, lo cual reafirmó la idea de que jamás podría abandonar Atenas y regresar bajo la protección de su hermano. Aquellas mujeres la necesitaban. No tenían a nadie más a quien recurrir. ¿Y por cuánto tiempo permanecería a salvo Tebas?
El trabajo con las mujeres ayudó a que se olvidara de los problemas durante un tiempo y, tras bañarse y tumbarse en el mismo lugar en el que el tribuno Hércules lo había hecho la noche anterior, recibió aliviada a los invitados de la noche en la Casa de mujeres.
Sin embargo, el hecho de que Telémaco no hubiera regresado le produjo cierta inquietud.
Meg no se tranquilizó después de aquello. Las noticias de que el emperador Severus y su hijo estaban en camino se extendieron por el mercado a primera hora de la mañana siguiente. Alcina entró enseguida en la sastrería de Meg mientras ésta examinaba un lote de capas de mujer con bordados. Pero, en vez de sufrir los habituales intentos de su amiga por conseguir un regalo, Meg la sacó a la calle.
El habitual tráfico inundaba la calle a través del centro de la ciudad, con caras más curiosas que entusiastas. Los emperadores en esas provincias eran algo muy extraño, y aquello sería algo que contar a los nietos. Según Alcina le contó a Meg, Severus tenía intención de visitar primero los santuarios y luego ir a inspeccionar el cuartel general y los barracones. Después daría un banquete en su nueva casa.
¿Cómo lo sabía ella?
—Pues gracias a Flavio, claro —dijo—. ¿Quién si no? —como la amante de un centurión, había esperado una invitación, pero no se había producido—. Es sólo para hombres. La emperatriz se ha quedado en Roma con su hijo pequeño, así que Severus no tendrá a su mujer. Es una pena. Me hubiera gustado tener oportunidad de volver a ver a ese guapo tribuno. Espera a verlo, Meg. Aunque espero que prefiera a las rubias. Suele ser así, ya sabes.
—Sí —dijo Meg—. Seguro que tienes razón. ¿Cómo es?
—¿El tribuno Hércules creo?
—No, el emperador. ¿Te lo dijo Flavio?
—Flavio nunca lo ha visto —dijo su amiga—, pero sabe que es africano y de piel oscura. Es raro que haya un emperador romano de piel oscura. También ha oído hablar de su reputación.
—¿Qué reputación?
—Es cruel. Aparentemente no tiene piedad con los cautivos. Cometió grandes atrocidades con aquéllos a los que conquistó en la Galia. Incluso algunos de los romanos se quejaron, y eso es importante. Y su hijo no es mucho mejor. Lo llaman Kaeso, y le encantan las capas. Tal vez deberías mandarle una de las tuyas —le dijo a Meg con una sonrisa, sabiendo que no haría tal cosa—. Ya sabes, igual que llamaron a Calígula por las botas que llevaba.
Pero las palabras de Alcina habían producido un tremendo escalofrío en Meg, a pesar del sol de mayo. Habría preferido no saber aquellos detalles. Adonis era un poco arrogante y presumido, pero ningún hombre merecía una muerte indigna. Seguramente habría algo que podría hacer para liberarlo, algo para hacer que el tribuno olvidase su lealtad, que actuase en contra de sus principios.
En cuanto Alcina encontró a un grupo de mujeres a las que conocía, Meg se excusó y regresó a la tienda con el pretexto de que se había olvidado de decirle algo importante al sastre. No podía decirle a Alcina que temía y deseaba ver al hombre cuyo cuerpo conocía tan bien y cuyo tacto aún le provocaba vuelcos en el corazón, después de dos días.
Pero esa noche él estaría con el emperador, y no tendría ocasión de convencerlo de nada.
Cuando cayó la oscuridad, Telémaco regresó por fin y dijo que Hemón estaba vivo, pero muy furioso. Era una respuesta previsible.
La Casa de mujeres estuvo ocupada aquella noche con oficiales e invitados influyentes que habían vuelto del banquete del emperador con la lengua suelta y noticias frescas Por fin, cuando los cotilleos se volvieron detallados, Meg llamó a Eneas para que lo escribiera todo en sus tablillas de cera y así evitar más errores desastrosos.
Mientras los invitados iban y venían durante la noche, hubo poca oportunidad de sucumbir a las preocupaciones que se aferraban a su mente. Los clientes habituales llevaban a conocidos del emperador, el dinero entraba, la risa y la música inundaban la casa. Meg lo lamentó cuando los hombres comenzaron a pedir su calzado, porque entonces sus preocupaciones regresarían y tendría que encontrar la manera de resolverlas.
Tras la partida de los invitados, su última actividad de la noche fue visitar cada uno de los santuarios del recibidor, haciendo ofrendas a las deidades en función de sus capacidades. A cada una le pedía una cosa.
En ese momento Achilles se aproximó.
—¿Sí, Achilles?
—El tribuno Hércules está aquí, señora. Pregunta si puede recibirlo —la sorpresa en los ojos de Meg demostró que aquello era inesperado—. Si quiere, puedo decirle que ya se ha retirado.
Era, por supuesto, una formalidad. Los santuarios podían verse desde la entrada. No podía negarse.
—Déjale pasar —dijo.
—¿Necesitará comida, señora?
—No, gracias. Hazle pasar y luego déjanos solos.
Achilles hizo una reverencia y fue a recoger la capa roja del tribuno, aunque, como de costumbre. Hércules ya estaba aproximándose y el criado tuvo que echarse a un lado.
—Señorita Megara —dijo el tribuno—. Siento venir tan tarde… —observó la estatua de la diosa—… y además a interrumpirla.
Cada vez que lo veía, iba vestido de una forma distinta. En esa ocasión llevaba la toga formal que el emperador prefería para los eventos; larga, blanca y voluminosa, con los bordes púrpuras.
—No esperaba verlo —dijo ella—. ¿No era hoy el banquete del emperador?
—Sí. Así es —dijo él—. No he podido escaparme antes. El emperador deseaba hablar —volvió a mirar al santuario—. ¿Conozco a esa dama?
—Panacea. Diosa de la terapia y la curación. De la inspiración. Pero tengo otra más a la que atender, si no le importa esperar un momento. Por aquí —había estado reservando a Venus para el final para tener con ella un diálogo sobre la diferencia entre el deseo y el amor, esperando aclarar algo.
La estatuilla de bronce era increíblemente sensual, desnuda salvo por una pequeña túnica que no cubría mucho. Tenía una manzana en la mano y los rizos de su melena le caían sobre los pequeños pechos.
Hércules se colocó tras ella para examinar la figura.
—En lo esencial —le susurró al oído—, salvo quizá por los pechos pequeños, diría que se parece mucho a otra diosa que conozco. Claro que tendría que hacer una comparación más detallada. Parece que le falta el ombligo, para empezar. ¿Las diosas no tienen ombligo?
—Esta conversación es muy poco delicada, Tribuno —dijo ella tratando de disimular una sonrisa—. No querría ofender a la diosa.
Hércules se aferró más y Meg sintió su calor mientras le colocaba las manos en la cintura, estirando los dedos para cubrirle las costillas. Sabía que notaría sus temblores, aunque hubiera decidido no temblar; el viaje ya había empezado. Meg colocó las manos sobre las suyas, pero él orientó su miedo hacia la figura.
—Esbelta, pero no tan esbelta como esto —susurró Hércules deslizando las manos hacia abajo—, ni con tantas curvas aquí. Ni posee la misma gracilidad lánguida… —añadió mientras deslizaba las manos por su estómago y hacia arriba —… ni sus pechos son tan hermosos —tenía la boca en su cuello mientras hablaba —. Y probablemente piense, como yo, que ya es hora de que le rindamos un homenaje en privado. Vamos, es hora de dejar los miedos a un lado. ¿Es eso lo que la preocupa?
Meg suspiró al sentir sus manos en los pechos, notando cómo algo en su interior se derretía. Negó con la cabeza.
—¿Entonces qué es? ¿No es usted virgen?
—No —susurró ella estirando el cuello.
—¿Cuál es su habitación?
"Hazlo", se dijo a sí misma. "Obedece a Hemón. Necesitamos más información".
—No puedo —dijo dándose la vuelta entre sus brazos.
—¿Cuál es? —insistió él mientras la levantaba del suelo.
—Cruzando el comedor… a la izquierda… aquella puerta —no había más que decir. Sus brazos eran como grilletes de hierro, y Hércules supo cómo abrir su puerta sin apenas aminorar el paso.
Bajo la luz de una lámpara, Eneas estaba sentado a su mesa haciendo copias de las listas que había copiado en cera. Se puso en pie cuando Hércules entró con Meg, recogiendo sus cosas inmediatamente antes de desaparecer y cerrar la puerta tras él.
El pánico de Meg comenzó a disminuir antes de la invasión de su cuerpo, olvidando los miedos relacionados con la mentira y orientando sus sentidos hacia otros senderos. Hércules tenía razón con respecto a la curiosidad, pero sólo ella sabía cómo eso estaba convirtiéndose en deseo, y algo de rabia al pensar que era el hombre equivocado, el único al que no podía permitirse desear. El enemigo.
Pero sus manos habilidosas eran increíblemente sensibles, para ser un soldado, y, en vez de decirle lo que deseaba, le dijo lo que ella deseaba oír, sospechando que no lo habría dicho en mucho tiempo. No tenía manera de saber que Meg no había oído esas cosas nunca, ni tampoco le habían hecho el amor.
Adonis nunca tenía tiempo para los preliminares.
—Eres una criatura salvaje —susurró él acariciándole el cuello con la mano—, una criatura extraña y exquisita que no deja que ningún hombre se acerque. ¿Por qué, querida? ¿Por qué?¿Nadie te enseñó? Deja que yo te enseñe. ¿Estás tranquila, hermosa mía? —su voz sonaba profunda—. Eres una diosa, Megara.
Se tomó su tiempo para besarla y para que Meg pudiera sentir su deseo con las caricias de sus labios, cosa que nunca antes había experimentado. Al ver que Hércules perseveraba, ella respondió, saboreando su boca con pequeños mordiscos que pronto descubrió desencadenaban besos más profundos y llenos de deseo.
—Quédate donde estás —susurró él.
Se apartó de ella ligeramente y se quitó la toga, lanzando la prenda al otro extremo de la cama. Después se agachó para quitarse la ropa interior, y entonces lo vio como ya lo había visto antes, esbelto, con las piernas largas; ancho y con brazos robustos. Pero había además una señal más que le hizo pensar una vez más en el terrible peligro que corría.
Anticipando su último intento por escapar, la capturó de nuevo antes de que pudiera darse cuenta.
—¡No, querida! ¡No! —dijo él—. No puedes escapar eternamente. He prometido que no te haré daño —arrodillándose frente a ella, comenzó a desatarle el pañuelo que llevaba alrededor de la cintura, haciendo que se deslizara por sus piernas como una cuerda—. Ya está. Es un comienzo. Ahora debemos hacer lo que hace tu adorada Venus —añadió mientras comenzaba a deslizarle la túnica por un hombro. Pero, de nuevo, Meg sintió el peligro.
Durante seis años había mantenido el secreto; no podía revelarlo en ese momento. Le agarró las manos con fuerza.
—¡NO! —exclamó ella—. ¡No debes! ¡No puedo hacer esto!
Hércules se detuvo.
— Voy demasiado deprisa. Debería haberlo sabido —susurró él—. No pasa nada. Lo haremos despacio… Tenemos toda la noche —pacientemente, la tomó entre sus brazos y Meg se sintió aliviada, aunque confusa.
—¿Pararás si te lo pido? —preguntó ella.
—Puedo parar siempre que tú quieras que pare. Al menos, hasta el amanecer.
—No me refería a eso.
—Claro que pararé, cariño. Tras haber llegado tan lejos contigo, no voy a hacer nada que no quieras que haga. Sólo dame la oportunidad de demostrártelo. De convencerte. Puedo hacerlo.
Fue más persuasivo de lo que Meg habría podido imaginar, y experimentado en el arte de la seducción. Se mostró tierno y cuidadoso y, cuando ella levantó los brazos para acariciarle el cuello, se aprovechó de eso para explorar sus pechos.
Eran firmes y tersos, y Hércules no encontró resistencia cuando le bajó la túnica para que ella pudiera sentir su mano sobre su piel desnuda y sus dedos jugueteando.
Encontró los pequeños nudos que mantenían unidos los extremos de sus mangas y los desató lentamente mientras la besaba, para que no se diera cuenta. Enseguida quedó desnuda de cintura para arriba. Siguió deslizando la mano hacia abajo, arrastrando la túnica con ella, y sin encontrar resistencia mientras exploraba.
Meg enredó los dedos en su pelo y sintió un vuelco en el estómago al notar cómo Hércules le besaba el vientre, separando las piernas, dispuesta a recibirlo tumbada en la cama. Perversamente, como para ofrecerle una última oportunidad de entrar en razón, en su mente apareció la imagen de un penacho con rayas blancas y negras sobre un casco brillante. Alertada por el mensaje, se retorció, mordiéndole el brazo.
Estaba duro y fuerte, y no haría más que asustarlo, pero fue suficiente para iniciar un forcejeo entre ellos que duró sólo unos segundos y que Meg no estaba en disposición de ganar. Cuando acabó, era demasiado tarde para recordar la profecía, y estaba situada debajo de él. Lo deseaba.
—Tranquila, cariño —susurró él—. ¿Te estoy haciendo daño?
—No —dijo ella—. No puedo creérmelo.
—Pues créelo. Está sucediendo.
—No es como…
—¿Como qué?
—Como había imaginado.
—¿Qué habías imaginado?
—No sentir nada. Pero lo siento todo… siento cada parte de ti en cada parte de mí.
Hércules sonrió, deleitándola con todas sus habilidades, capaz de entender al menos una de las razones por las que Meg rechazaba la idea al principio. Al parecer, para lo que sabía de sexo, habría dado igual que fuera virgen.
—Dime si quieres que pare.
—No… no. Sigue —dijo ella agarrándose a sus brazos—. Por favor, sigue —oyó su risa de alivio mientras se inclinaba para besarla, y supo entonces con total claridad que, aunque para ella hubiese un motivo secreto para aquella capitulación, su corazón no era tan inmune como debía ser. Y supo también que, de haber estado en igualdad de condiciones, aquel entregado amante habría sido un gran premio.
Le envió otro mensaje a Venus, pidiéndole que su corazón estuviese a salvo de aquel hombre, sospechando que ya era demasiado tarde. Durante un buen rato, el éxtasis inundó su mundo más allá de las barreras de su experiencia, conduciéndola a través de una gran variedad de pasos completamente nuevos y diseñados para excitarla. Con su ex marido, Adonis, sólo había habido un paso, y jamás requería compromiso por su parte.
Aquella vez, sin embargo, su cuerpo se dejó llevar como por una música distante de su mente, excitando más a Hércules. Desde el principio, habían sido la pareja perfecta. Él, el maestro; ella, la alumna ansiosa que aprendía rápido.
Por fin, generando nuevas sensaciones, el ritmo de Hércules aumentó, convirtiéndose en una intensa corriente de energía que hizo que gritara y se dejara llevar por las olas de placer. Él la siguió, abrazándola con fuerza y quejándose sin aliento. Emitió un gemido contra su cuello y entonces se detuvo. Exhausta y asombrada.
—¡Venus! —susurró.
—¿Qué es lo que le has dicho? —preguntó él.
—Preguntas… nada de preguntas —contestó Meg con una sonrisa. Medio cubiertos por un tumulto de pieles y tejidos, se recostaron sobre una pila de cojines y, a la luz de una lámpara, bebieron de un tazón de cerveza que preparaba uno de los clientes. Al principio no hablaron, pues ambos estaban intentando asimilar lo que acababa de pasar, deseando saber más el uno del otro, pero temiendo romper el hechizo, y sin estar seguros de si sería una buena idea saber cosas.
Acurrucada entre su brazo, Meg le pasó el tazón y comenzó a acariciarle el vello del pecho, deslizando la mano por debajo de la sábana de lino.
Dando un respingo, Hércules dejó el tazón en una mesilla y le agarró la mano.
—Hacerle eso a un hombre cuando está bebiendo es de lo más injusto —dijo riéndose.
Meg hizo una pequeña carcajada. Hércules se puso encima de ella y dijo:
—Me ha llevado mucho tiempo hacerte el amor. No puedo ni imaginar cómo serás cuando tengas más experiencia. Yo querré estar ahí. Así que dime. ¿A qué venía tanto miedo?
—No lo estropees, por favor —dijo ella—. Ya no importa. Háblame del emperador. ¿Se ha quedado impresionado?
Hércules la incorporó, acariciándole el pelo.
—¿Severus? Creo que sí ha quedado impresionado, pero no ha dicho mucho. No es un hombre fácil de complacer.
—¿Y tú tienes maneras de conseguirlo? —preguntó ella.
—Ya he trabajado con él antes —dijo—. Conozco sus maneras. Sé lo que le gusta.
—¿Y qué le gusta? ¿Las mujeres?
—No. Lleva mucho tiempo felizmente casado con su segunda esposa.
—¿Entonces qué? Los banquetes, claro.
—Eso y los deportes. Los deportes de lucha, quiero decir. Deportes sangrientos.
—Así que no es un intelectual.
—Ni él ni Kaeso, su hijo mayor. Sólo les gustan los combates hombre a hombre. Cuanta más sangre, mejor. Estamos preparando algunos juegos para mañana, antes de ponernos con el trabajo serio. Los hombres también lo merecen.
—¿En público?
—Oh, sí. Todos querrán ver la diversión. Utilizaremos la zona de los desfiles como estadio. Severus y Kaeso quieren que los prisioneros se enfrenten entre sí hasta morir. Personalmente, creo que podríamos usarlos para algo mejor, pero no es mi decisión. Cree que eso aumentará su popularidad. Yo tengo mis reservas.
Meg sintió el miedo aferrándose a su pecho. ¿Su gente luchando a muerte para divertimento de un emperador romano?
—¿Y tú no tienes nada que decir? —preguntó ella—. ¿Todos tienen que morir así?
—Bueno, no serán igual de buenos que los gladiadores entrenados, claro, pero, si es lo que el emperador quiere, es lo que tendrá. A mí me parece un desperdicio. Hay un prisionero entre ellos que podría dar un buen espectáculo. Es de Tracia, creo. Lo capturamos la noche de tu fiesta. ¿Recuerdas? —la estrechó con fuerza entre sus brazos, dirigiéndole una sonrisa, pero incapaz de ver el terror en sus ojos violetas.
—¿Cómo se llama…? —preguntó Meg con un susurro.
—Ni idea. Ahora, ¿por qué no centramos nuestra atención en asuntos más… interesantes?
—¿Como hasta dónde llega el vello de tu estómago?
—Es un comienzo.
—¿Y cuál es el final?
—¿Quién sabe? —dijo él—. Probablemente no esté muy lejos del comienzo.
—Esto es muy confuso.
—Entonces deja que te lo explique.
Meg lo hizo, pero, por mucho que intentó borrar de su mente las terribles noticias que había recibido.
—¿Quieres que pare? —preguntó Hércules mientras hacían el amor de nuevo.
—Sí… lo siento. Ha sido un día muy largo.
—Sss… no tienes por qué sentirlo. Necesitas dormir. Lo comprendo.
—Sí. Sólo abrázame. No te vayas.
Tiernamente, Hércules la tuvo entre sus brazos hasta que se quedó dormida.
El clamor de los sonidos de primera hora de la mañana junto con el estruendo de las trompetas de los barracones hizo que Meg se despertara. Se dio la vuelta y contempló su ropa arrugada, las sabanas revueltas y los cojines por el suelo, recordando los acontecimientos de la noche anterior, que probablemente hubieran cambiado su vida para siempre.
La vida estaba cambiando. "¿Venus, qué has hecho?". Aunque lo importante era lo que no había hecho. Se quitó las sábanas de encima como si le quemaran, salió de la cama y se dirigió apresuradamente a la pila de agua que había junto a la pared para ejecutar el primer, y probablemente el más inútil, intento para evitar la concepción.
Había roto la regla más importante de las mujeres sobre la seguridad. Ella, la señora de la casa, era una auténtica principiante. Había roto la regla, y su castigo sería pasar varias semanas con una tremenda ansiedad, como poco.
Tratando de combatir sus emociones y su creciente preocupación, se sentó en la cama y colocó la mano en la almohada donde él había apoyado su cabeza. La agarró y se la llevó a la nariz, aspirando su aroma y bajándola después poco a poco hasta su vientre, para mantener su calor pegado a su cuerpo, balanceándose suavemente mientras las lágrimas se acumulaban en sus pestañas.
—Venus, ayúdame —susurró—. Esto es por tu culpa.
Se secó las lágrimas en la almohada, pensando en la información que había recibido de boca de Hércules, preguntándose si su sacrificio habría merecido la pena. Tenía que hacer algo. Si aquél iba a ser el último día de Adonis y los demás cautivos sobre la tierra, dependía de ella hacer algo para salvar su dignidad. Aparte de Eryx, el único que sabría algo de eso sería Admes. Se dirigió a abrir las cortinas, dejando que la luz entrara en la habitación.
Admes y Eryx se reunieron con ella en el jardín de la parte trasera de la casa. Admes ya estaba vestido, listo para su visita matutina a los barracones, con los brazos y las piernas protegidos con armadura de bronce. Aunque con cierto aire de amargura, siempre cuidaba su apariencia, y aquel día su túnica corta estaba impoluta, y el casco que llevaba bajo el brazo, brillante.
Una espada corta colgaba de una de sus caderas; de la otra, una daga. Su sesión diaria con los soldados era un arma de doble filo, aumentando su orgullo al poder enseñar, pero recordándole todo lo que había perdido y quiénes eran los causantes de esas pérdidas.
Con Meg, su cortesía era infalible, y su cara ajada por las batallas mostraba el dolor y la rabia. Para ella, sus ojos azules le decían más cosas que a la mayoría, y en ese momento le hicieron sospechar que la noticia del destino de Adonis no era nueva para él. Incluso se lo había dicho a Eryx.
A Meg le había costado mucho obtener esa reformación, y se sintió decepcionada.
—¿Qué pasa? —dijo—. Se supone que tengo que enterarme de esas cosas.
—No queríamos que lo supiera —dijo Eryx—. No le hace bien, señora.
—Menestre me dijo que Adonis fue una vez su marido. Seguro que se disgustaría. Admes y yo estuvimos de acuerdo en que no debía saberlo.
—¿Así que Menestre también sabía esto? —preguntó ella.
—No, señora. Ella no. Sólo nosotros, y usted. ¿Cómo lo ha sabido? ¿Ha sido el tribuno? —los dos habían visto cómo entraba por la noche y salía al amanecer.
—Se lo pregunté —dijo ella—. Y no me ha costado barato. No me culpéis. Es una oportunidad de averiguar lo que está pasando. No podía desaprovecharla. Conozco los riesgos.
—Nadie la culpa, señora —dijo Admes—. Pero no subestime a ese hombre. No es tonto. Si le da información, es porque quiere que usted la sepa. No debe confiar en él. Los hombres de los barracones están asombrados con él, y sus propios hombres piensan que es un dios. Tenga cuidado.
Meg se sentía segura.
—Oh, sé lo que quiere —dijo ella—. Sólo desea lo que todos, y naturalmente desea lo que le dije que no podría tener, eso es todo. ¿Qué razón iba a tener para hablarme del terrible destino de Adonis? ¿Cree que Adonis es un caso especial? ¿Cree que el emperador está reservando algo especialmente brutal para él? No, no creo. No haría eso —le colocó una mano a Admes en el brazo, y supo por las miradas entre los dos hombres que sabían más de lo que habían dicho
—. ¿Qué más sabéis?
Fue Admes quien habló.
—Los hombres con los que he estado trabajando estas últimas mañanas han pedido que sea yo quien luche contra él, señora. A modo de exhibición.
—¿Tú? ¿Tú luchar con él? ¿Quieres decir matarlo?
—Puede que no me niegue, señora. Creen que ahora estoy de su parte, y no les he dado razón para pensar lo contrario. Yo no dejaré que sufra, como haría otro hombre. Cuando vea que ya no puede más, lo mataré rápidamente, con piedad. Él no me conoce, así que no me delatará. Será mejor así.
Salvo por los ojos, llenos de horror, la cara de Meg estaba oculta entre sus manos.
—¿Y si te mata, Admes? —preguntó ella.
—No lo hará.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Él sólo tendrá su espada. Nada más. Nada de protección. No está acostumbrado a llevar armadura, de todas formas. Sería un estorbo para él.
—¿Ni siquiera un escudo?
—No.
Meg había comenzado a temblar incontroladamente, pero ante aquella revelación se sintió mareada.
—¡Eso es inhumano! ¡Una barbaridad! —exclamó—. No quieren que gane, ¿verdad? No tendrá ninguna posibilidad.
—Los juegos empiezan dentro de poco, señora. Nuestro combate será el último. Debo irme.
—Oh, Admes, ¿qué puedo decirte? ¿No se puede sobornar a nadie?
—Es demasiado tarde. El emperador ya ha accedido. Además, preferirían ver el combate y ganar sus apuestas antes que aceptar sobornos —Admes supo lo que Meg iba a hacer sin necesidad de que se lo dijeran, de modo que abrió los brazos para abrazarla con fuerza contra su armadura de bronce, sobre la que pronto caería la sangre de Adonis.
—Hazlo rápido, Admes —le rogó ella—. No dejes que sufra. Que los dioses os acompañen —vacilante, dejó que se fuera, aunque mantuvo sus manos agarradas hasta el último momento—. ¿Tú iras con él, Eryx?
—Iré —contestó él—. No se preocupe, Admes le dará una muerte limpia y morirá con la espada en la mano. Entre, señora. Está temblando.
—Sé que debes ir, pero regresa en cuanto te sea posible. Trae a Admes de vuelta, Eryx. Tendrá heridas y tendré que curarlo. No dejes que… —su voz desapareció mientras se secaba una lágrima—. Marchaos, los dos. Que los dioses os acompañen.
Menestre se aproximaba por el camino cuando los hombres se marchaban. Se detuvo para abrazarlos y luego corrió a tomar a su señora entre sus brazos para que dejara de temblar.
—Tome, aquí tiene mi capa —dijo echándosela a Meg sobre los hombros—. Dígame qué ocurre. ¿Sucede algo? —a pesar de ser una mujer fuerte y dura, ni siquiera ella pudo evitar estremecerse ante la terrible tarea de Admes—. Ha sido entrenado en ambos estilos. Tribal y romano. Admes sabe lo que hará Adonis. Ya sabe, los típicos insultos, los saltos y gritos para asustar al oponente, las caras. No durará mucho. No puede durar mucho —concluyó tristemente—. ¿Quiere hablar de lo de ¿noche?
—Necesito tu consejo, Men. Hay un problema —dijo Meg.
Oyeron el comienzo de la batalla mientras atendían a las mujeres, que dejaron de hablar para escuchar con evidente resentimiento. Las noticias se habían extendido con rapidez, y sus maridos habían ido a presenciar el combate, para vitorear a aquéllos con los que muchos estaban emparentados, de un modo u otro. No estaban de tan buen humor como los militares creían ante la tortura de sus compatriotas para diversión del emperador, y muchos de ellos estaban furiosos y dispuestos a dar problemas.
Ninguna de las mujeres que fueron a ver a Meg pasó por alto la palidez de su rostro ni cómo le temblaba el pulso. Era mediodía cuando se marchó la última, dándole a Meg una palmadita en el hombro antes de irse, como todas las demás habían hecho.
Meg y Menestre regresaron corriendo a la Casa de mujeres, desesperadas por recibir noticias de los barracones. Por encima de los tejados, cada vez se oían más gritos provenientes de los combates. Meg se estremecía sin parar al pensar en la sed de sangre de los hombres, y sabía que, aunque debía estar acostumbrada a ello, no lo estaba y nunca lo estaría.
Poco después, Eryx condujo a una multitud de soldados por el patio de la Casa de mujeres, transportando una camilla entre ellos y con caras de agotamiento. Vinieron después más para ocuparse de la pesada carga. Eryx miró a Meg y negó con la cabeza.
Entonces vio la sábana cubierta de sangre y la cara sudorosa de Admes, su palidez mortecina y sus ojos cerrados.
—No…no… —gritó, incapaz de creer lo que estaba viendo—. ¡No puede ser! En nombre de los dioses, ¿qué ha ocurrido?
Los hombres dejaron la camilla sobre la mesa del comedor, donde ya habían preparado agua, esponjas y todo tipo de objetos de primeros auxilios. Fue Eryx quien retiró la sábana para mostrarle a Meg la terrible herida realizada por la espada de Adonis, y que sabía que Admes podría haber evitado si hubiera querido.
Agotado, se arrodilló para colocarle el pañuelo del cuello, empapado en sangre; como si aquello importara.
—No pasa nada, mi buen amigo. Estamos orgullosos de ti. Has hecho bien — dijo él.
Admes abrió los ojos lentamente, buscando a alguien en particular con la mirada.
Estoy aquí —dijo Meg estrechándole la mano—. Estás en casa, Admes. Mi héroe —se obligó a sonreír, dejando caer lágrimas sobre su mano.
El susurro del gladiador apenas fue audible en la sala.
—¿Dónde está él? —preguntó—. ¿Ha…?
—Ha escapado —dijo Eryx, a punto de echarse a llorar—. La multitud lo acogió. Se escapó —con tantos oídos romanos escuchando, lo que podían decir estaba muy limitado.
Pero Admes lo comprendió, y procuró no mostrar alivio ni placer antes de que el último brillo desapareciera de sus ojos, llevándose con él la mirada de gratitud de Meg. Fue Eryx quien le bajó los párpados.
—Admes, no te vayas. Por favor, no te vayas —dijo Meg en un último esfuerzo por mantenerlo con vida.
—Ha vuelto a casa, señora —dijo Eryx, y ni Menestre ni ella supieron si se refería a Admes o a Adonis. O a los dos.
Aquella noche, la Casa de mujeres permaneció cerrada para todo el mundo.
