Draco Malfoy

La noche era fría, dominada por un viento fuerte que golpeaba las ventanas del castillo, incluida aquella del despacho en el que Harry aún descansaba sobre el cuerpo de Hermione. En otra parte del castillo, en el lugar que Draco había elegido para esconderse y llevar a cabo su plan, los altos ventanales estaban tenebrosamente negros y sus duras superficies no cedían demasiado al poder del tiempo exterior. El muchacho de cabello rubio y lacio, cuyo rostro estaba más pálido y maduro que nunca, se encontraba en una inmensa habitación plagada de pilas y pilas de objetos extraños y curiosos, probablemente la habitación más extraña y secreta del castillo, si dejamos de lado la Cámara de los Secretos.

¿A quién habían pertenecido todos aquellos objetos que lo rodeaban? ¿Habría algo allí de verdadero valor, algo escondido por algún ex alumno años atrás, cuyo valor actual fuera incalculable? Esta clase de preguntas podría haber cruzado por la mente de mucha gente que viera la sala, puesto que resultaba evidente que era una sala destinada a ocultar cosas. Pero Draco no se sentía muy atrapado por aquel misterio, en realidad. Se había enterado de la existencia de aquella sala debido a Harry Potter, y pese a lo mucho que despreciaba esconderse en el mismo lugar que aquella escoria que apenas merecía ser llamado mago, él había podido encontrarle un mejor uso. ¿Con todas las posibilidades que prestaba un recinto que se convierte en lo que sea que uno quiera, por qué Potter se limitaba a transformarlo en un salón de clases, habiendo cientos a su alrededor? No, Draco no era tan estúpido. Aquel lugar en que lo había convertido era perfecto.

Estos pensamientos volvieron a su cabeza mientras paseaba solitariamente por entre las filas de objetos. Quizás necesitó pensar en las buenas ideas que había tenido en el pasado, como una manera de tentar a las nuevas. Porque el tiempo corría, y el Señor de las Tinieblas no aceptaba extensiones de fechas límite. Sabía que no tenía mucho más que unas semanas para resolver cómo hacer funcionar al armario evanescente. Pero por más que lo intentara tanto, por más conjuros que utilizara, no conseguía hacerlo. Aún no estaba listo, y la frustración crecía dentro de él.

Mientras caminaba cada vez más rápido y enojado, le dio una patada a la pata de una silla con todas sus fuerzas: la misma se quebró con un chasquido hueco que resonó por las altísimas paredes que lo rodeaban, y una alta pila de objetos que descansaban sobre la silla se inclinaron a un lado peligrosamente, pero no llegaron a caer.

-¡Vamos! –gritó Malfoy, que sentía como la ira empezaba a apoderarse de él, lentamente. Tomó un libro enorme y pesadísimo y lo lanzó lo más fuerte que pudo esperando verlo golpear algo, o caer detrás de la siguiente hilera de cosas, pero el libro era tan grueso que sólo pudo lanzarlo a dos metros de distancia. De pronto le vino a la mente la risa que habría lanzado Harry Potter si hubiera visto aquella patética escena. -¡AHHHHHHHHGG! –Bramó, fuera de sí. Sacó su varita y apuntó directamente a la pila de objetos que estaban tras el libro. Su encantamiento repelente mudo funcionó a la perfección, y la pila se desmoronó con un gran alboroto. Sin embargo, en aquella enorme inmensidad, se sintió sólo como si hubiese sido el pasar de una mosca.

Malfoy rompió en lágrimas y se dejó caer sobre el frío suelo. Se tapó la cara con ambas manos y lloró cada vez más y más, desconsolado. No podía soportar más nada de todo aquello. No podía seguir fingiendo que estaba encantado de trabajar para Lord Voldemort, que convertirse en Mortífago era lo más a lo que podía aspirar ningún ser humano. Todas esas máscaras se sentían correctas al ser utilizadas frente a los demás, se sentía que era lo que se suponía que tenía que hacer, decir y creer; el ejemplo de su padre, los ideales de su familia, de sus compañeros de Slytherin… Pero nadie estaba allí con él. Todas esas palabras eran basura, mierda, puras palabras e ideas de las artes oscuras que sólo escondían el egoísmo, la escoria de los demás, de su padre...

No. No podía pensar así, ¿verdad? Pero eso era lo que pensaba, en el fondo, lo que sentía. Por más que le dijeran lo que le dijeran, nadie más estaba encerrado en aquella enorme habitación vacía, fría, cuyos gruesos muros hacían eco de cada puta pisada de sus zapatos en el suelo. Nadie estaba allí sufriendo con él todas las noches, las tardes, todos los malditos momentos que le dedicaba a aquella inútil tarea. Inútil…

Draco lloró más y más, no podía frenarse. Se sentía terriblemente solo y deprimido. Los pensamientos lo amargaban cada vez con mayor intensidad, y las lágrimas caían sobre el suelo, para no ser vistas nunca en la vida por nadie.

El muchacho empezó a revolver en su túnica con una mano que temblaba. Como siempre, sintió el dulce tacto del papel en el fondo. Lo tocó, lo apretó fuerte con dos dedos, tratando de no dañarlo. Lo quitó del bolsillo, sin poder ver nada a causa de las lágrimas que le empañaban y desfiguraban la visión. Tratando de controlarse, el chico se limpió la cara con una manga rápidamente y miró la foto, mientras nuevas lágrimas brotaban de sus ojos y se resbalaban por sus mejillas. Hermione Granger sonreía en la fotografía; iba vestida de muggle, con una chaqueta rosada y pantalones de jean. Detrás de ella se veía el Callejón Diagon, atestado de gente sin importancia. Lo que más le gustaba de aquella foto era la sonrisa que tenía la chica. Se la veía increíblemente feliz, sin dejar de relucir sus perfectos dientes. Seguramente estaba teniendo un verano maravilloso, rodeado de amigos y personas que le importaban, haciendo cosas divertidísimas, seguramente… Draco acarició una vez más aquella sonrisa con la punta de un dedo, y cerró los ojos un instante, provocando con esto que más lágrimas escaparan de ellos. Respiraba agitado, y el esfuerzo por no perder el control, por no perder la cabeza, era exhaustivo. Pero mirar la foto lo tranquilizaba un poco.

Abrió los ojos nuevamente y Hermione lo miró con una enorme sonrisa. Draco la examinó más de cerca, serio y húmedo por las lágrimas. No sabía quién había tomado la foto, pero calculaba que debía ser de dos veranos atrás, antes de entrar a quinto. Un día había visto a la chica en Las Tres Escobas, con Potter y Rita Skeeter. Lo recordaba bien porque había sido el 14 de febrero, el día de los enamorados. Estaban haciéndole una entrevista a Potter (justo lo que le faltaba al imbécil, más publicidad), y a Hermione se le había caído al suelo, sin que la chica se diera cuenta, mientras ella sacaba varias fotos y buscaba una con la imagen de Harry para darle a Rita. Draco se había quedado esperando a que desocuparan la mesa, un rato después, y (luego de asegurarse de que se hubieran ido, y nadie alrededor lo mirara) había tenido que distraer a Crabbe y Goyle para sacar su varita sin que se dieran cuenta y convocar la foto en un susurro.

-¿De qué sirve? –dijo Draco en voz alta, mirando la foto fijamente. Su hilo de voz, ahogado en lágrimas, resonó suavemente todo a su alrededor-. ¿Para qué quiero una estúpida foto? ¿Para qué quiero verte todos los días? ¿De qué me sirve a mí todo eso? –empezó a perder el control de nuevo-. ¿De qué me sirve poder verte reír, si no puedo hacerte reír yo…? ¿Si ni siquiera me miras, si de hecho me odias, me desprecias… si te parezco un pedazo de…? –las lágrimas caían de nuevo-. ¿…una… rata… despreciable?

Antes de que se diera cuenta estaba caminando con pasos rápidos hacia el armario evanescente. Lo golpeó con ambas manos, furioso. Le empezó a dar patadas y a gritar. Luego tomó una cabeza de porcelana que había a un lado y la lanzó contra el mismo, haciéndola estallar en mil pedazos. Luego dio la vuelta y salió de la sala multipropósito dando un portazo, sin que le importara que lo vieran, sin que le importara nada, y caminó hecho una furia por el pasillo del séptimo piso.

Mientras caminaba, se enjugó las lágrimas con la manga de la túnica, pero esta ya estaba demasiado húmeda, así que sacó la varita del bolsillo y se secó la cara con ella. Entonces giró un recodo del oscuro y desierto pasillo, y frenó en seco. Alarmado, buscó refugio y encontró una gárgola tras la cual pudo ocultarse. Delante de él, Harry Potter se alejaba de espaldas hacia el otro extremo del mismo pasillo. Hermione estaba con él, e iban abrazados.

Draco frunció el entrecejo y se quedó allí, detrás de la gárgola. Luego volvió sobre sus pasos y se alejó por una escalera oculta por un retrato, hacia los pisos inferiores del castillo.

-¿Dónde demonios estabas? –era Ron, que estaba despierto y se sentó de un salto en su cama al ver a Harry entrar a la habitación. Los otros tres dormían profundamente, y Neville roncaba, como de costumbre.

-Bueno, eh… yo… -Harry se sentía algo incómodo. No le parecía que estuviera mal lo que había estado haciendo con Hermione, pero Ron tenía un lindo historial de ofenderse cuando lo dejaban de lado.

-¿Estabas con Hermione? –dijo él, leyéndole la mente-. Vamos, cuéntame. ¿Estuvo bueno?

Si bien las palabras de Ron podían interpretarse de una forma no irónica, y Harry deseaba con todas sus fuerzas que ese fuera el caso, sintió cierto resentimiento en su voz. Se sentó y le contó brevemente lo que había ocurrido, sin incurrir en detalles.

-Así que eso es todo –dijo Ron, y Harry percibió claramente la molestia en su cara, no había dudas esta vez-. Sólo fueron al despacho de Dumbledore… y lo hicieron. Nada más que contar.

-No sé qué más quieres que te cuente –saltó Harry, un poco harto de las reacciones de Ron-. ¿Quieres que te de detalles?

-Claro que no –contestó Ron rápidamente, pero su mirada seguía fría como el hielo.

-¡Está bien! –Harry trató de mantener la voz en un tono que no despertara a los demás-. ¡Vamos, si eso es lo que quieres sólo pídelo! ¿Quieres qué te explique exactamente en qué posiciones estuvimos, o que lo hicimos sobre el escritorio de Dumbledore?

Ron abrió la boca para contestar, luego la cerró, y finalmente dijo, simplemente:

-Ah -Su voz estaba cargada de resentimiento, y tenía el temple sombrío-. El escritorio de Dumbledore… Qué interesante.

Ron cerró las cortinas de su cama y Harry escuchó cómo se recostaba de vuelta en ella. Pero no iba a terminar la discusión ahí, no iba a dejarlo escapar tan rápido esta vez.

-¿Se puede saber cuál es tu puto problema? –siguió diciéndole, enojado, mirando hacia la parte de la cama de Ron donde debía estar su cabeza-. ¿Estás enamorado? ¿La quieres sólo para ti? Porque si es así mejor déjamelo bien en claro ahora, en vez de andar ofendién…

Entonces Harry se sobresaltó y no pudo terminar la frase, porque Ron había arrancado las cortinas a un lado y se había incorporado tan rápidamente que Harry saltó hacia atrás, contra la pared.

-¡¿Por qué no te vas a dormir con ella y dejas de molestarme, quieres?! –le espetó, señalándolo con el dedo, con la cara roja de la furia-. Yo estaré aquí, igual que como estaba hace un rato, cumpliendo un estúpido castigo, mientras ustedes lo pasaban tan bien juntos. O mejor me iré a dormir a otro lado… -hizo una pausa-. No necesito más ser el estúpido que escuche todo el día tus increíbles anécdotas sobre cómo vas quedándote con todas las cosas que más quiero y me importan.

Dicho esto, Ron se dio la vuelta y abandonó la habitación.

Harry había quedado boquiabierto contra la pared, con el corazón latiéndole a mil por hora. Escuchó un silencio en la cama más allá de la de él que no era normal; quería decir que Neville había despertado.