6. Tormenta.

-¿Bells?- preguntó Charlie en el umbral.

-Estoy aquí, papá- dijo ella desde la parte de arriba de la escalera.

Charlie encendió la luz desde el hall y su cara se cayó por completo. No-había-salido. Allí estaba con su cara de fantasma, con su cuerpo de fantasma y con su ropa de fantasma. Se había sentido feliz cuando detuvo su coche al ver la casa a oscuras pero esa felicidad se había esfumado al ver a su única hija allí.

-¿En qué habíamos quedado, Isabella?

Vaya, Isabella, la cosa se ponía tensa… Como tenso estaba él. Además de fruncir el ceño y apretar los labios, a Charlie le había pasado algo. ¿Era posible que hubiera envejecido en los últimos tres meses? Había hasta adelgazado. ¿Desde cuándo no le miraba como lo estaba haciendo ahora? Recordaba que las noches siguientes a las que Edward se marchó, cuando ella no se quería mover del sofá en su estado catatónico, él tampoco se había movido de su lado, y la cogía de la mano, le acariciaba la cara y el pelo como si se tratara de un bebé.

Se sintió mal y egoísta por haberle echo pasar eso a Charlie. Pero peor se sintió porque él no se sentía tan feliz como ella lo estaba ahora mismo.

-¿Sobre qué?- preguntó inocente.

-Maldita sea- apoyó sus cañas de pescar con un estruendo importante contra la pared del recibidor- Dijiste que ibas a salir. Que irías a ver a Jacob. Y te has quedado en casa, sola, a oscuras. ¡Ya está bien! Si no te mando a Florida con tu madre, irás a ver a un médico, porque esto nos va volver loco a los dos, si es que no lo estamos ya. Así que…

-No grites- le interrumpió- Sé lo que dije, pero sabes muy bien que desde que empecé a salir con Edw…- dejó el nombre porque seguro que Charlie estaba a punto de vomitar al oír su nombre- no soy muy bien recibida en La Push. Iba a salir a pasear pero como hacía tan buena tarde he estado fuera, en el jardín, disfrutando del sol. Antes también me gustaba estar sola, papá, no es nada malo.

-¿No es malo? ¿Tú te has visto, hija? Cuántos kilos has adelgazado. Tus ojos ni siquiera brillan. Es como si estuvieran vacíos. ¡Es como si estuviera hablando con un fantasma, Bella! Con tu fantasma. Y no quiero eso para ti.

-Papá, ya sé que han sido unos meses muy duros y siento haberte entristecido, pero ahora todo se va a arreglar. Ahora todo va a ser diferente.

-¿Diferente, en qué?- inquirió

Su cerebro trabajaba a toda velocidad buscando una excusa. Una excusa donde el nombre de Edward – o mejor ese capullo – no estuviera en la primera frase para que no se desatara la tormenta. Una excusa donde no estuvieran las palabras vampiro o ahora humano si no quería que a su padre le diera ese ataque anunciado, del que parecía muy cerca porque tenía la frente perlada de sudor y su labio inferior temblaba.

-En…

Y como si de una señal divina, el timbre sonó. Juraría que había escuchado que su monótona melodía había sido una trompeta celestial que hizo que Charlie resoplara y se volviera para girar el pomo de la puerta.

Desde la parte alta de la escalera Bella no pudo ver quien había aparecido en el momento más preciso, pero era alguien que Charlie no se esperaba ver porque retrocedió y le hizo flaquear las rodillas. Tuvo que descender unos cuantos escalones y moverse para que entre la silueta de su padre apareciera la pequeña figura de una sonriente Alice delante de un cabizbajo Edward.

-Hola, jefe Swan. Perdón por presentarnos así, sin avisar y tan tarde. Pero esta mañana hablamos con Bella por teléfono y teníamos tantas ganas de verla y de abrazarla que no pudimos esperar más. ¿Podemos pasar?- dijo la voz de Alice, esa campanilla que salía de su pequeño pecho sin cesar de sonreír.