Los dos se levantaron de un salto cuando algo empezó a golpear los muebles que Cat Noir había apoyado contra las ventanas para bloquearlas.

–Está intentando entrar –murmuró Marinette, alarmada.

Cat Noir desplegó su bastón y volvió a llamar a Ladybug, sin resultado. Sacudió la cabeza.

–No es solo que no responda, es que su teléfono ni siquiera está activo. ¿Dónde se ha metido?

Marinette lo contempló un momento con aire desconcertado, como si no tuviese del todo claro dónde estaba o qué debía hacer. Después frunció el ceño, decidida, y cogió a su compañero por el brazo.

–Tenemos que marcharnos de aquí –le recordó.

Cat Noir asintió. Localizó una trampilla en el suelo y la abrió sin dificultad. Los dos escaparon por ella momentos antes de que uno de los tentáculos de tela irrumpiese en el desván, haciendo saltar la estantería por los aires.

Cat Noir y Marinette se encontraron en el salón de una casa antigua. Pasaron frente a un desconcertado anciano en pijama, que los observó con la boca abierta mientras se disculpaban apresuradamente, y corrieron hacia el balcón más cercano. Una vez allí, el superhéroe tomó a Marinette en brazos y saltó con ella fuera del edificio.

Aracne los vio, pero los apéndices de su vestido estaban tan enredados en el interior de la casa que tardó un rato en liberarlos. Cat Noir extendió su bastón todo lo que pudo, lo plantó en el suelo y se impulsó lejos de allí, llevando consigo a Marinette.

Como no sabía dónde ocultarla, la condujo hasta el colegio, que estaba vacío a aquellas horas de la noche. Si la llevaba a casa, caviló, pondría en peligro a sus padres.

Se escondió con ella en un armario de la limpieza. Sabía que no iba a ser un gran escondite, porque Aracne los encontraría de todos modos, pero quizá ganaría algo de tiempo.

Aún con Marinette acurrucada entre sus brazos, llamó de nuevo a Ladybug.

–Sigue sin dar señales de vida –murmuró.

Empezaba a preocuparse. ¿Y si le había pasado algo malo? No era propio de su dama desaparecer sin avisar cuando un akuma amenazaba París.

Pero no quiso expresar sus miedos en voz alta para no inquietar a Marinette. Ya estaba demasiado alterada como para que él la asustara todavía más.

–Tendremos que arreglárnoslas solos –concluyó, con una sonrisa–. Y no se nos da mal, ¿verdad? ¿Recuerdas cuando nos enfrentamos juntos a Evilustrator?

Pretendía animarla, o al menos arrancarle una sonrisa. Pero Marinette no respondió, y Cat Noir se dio cuenta de que llevaba un buen rato callada.

Bajó la mirada. El interior del armario estaba completamente a oscuras, pero su visión nocturna le permitió observarla con atención, y descubrió con sorpresa que se había quedado dormida.

–Marinette... –musitó, conmovido.

La estrechó con cuidado contra su pecho y bajó la cabeza para besarla en la frente, tras apartarle un poco el cabello, suelto y todavía húmedo. Se moría de ganas de llevarla a su casa, con su familia, de dejarla tendida en su cama, cubierta con una manta suave y caliente, para que durmiera y descansara todo el tiempo que hiciese falta. Ya lidiaría más adelante con el hecho de que su querida amiga estaba enamorada de él... otra vez. Y decidiría qué hacer al respecto, si es que podía hacer algo.

Pero primero tenía que defenderla de Aracne. Y necesitaba a Ladybug.

La llamó por cuarta vez. Sin respuesta.

Ahora sí que empezaba a estar preocupado de verdad.

–Sé que estáis por aquí –oyó de pronto la voz de la villana desde el patio–. Me estoy cansando de este juego, minino. Entrégame a Marinette y tu prodigio, y a lo mejor te dejo marchar sin arrancarte las uñas. ¿Qué te parece?

En otras circunstancias, Cat Noir habría respondido a la provocación. Habría plantado cara y acudido a luchar con entusiasmo, un par de chistes malos y una sonrisa llena de dientes.

Pero ahora se mantenía en silencio y extraordinariamente serio, y no era solo porque Ladybug estuviese ausente. Después de todo, no habría sido la primera vez que el superhéroe debía comenzar una pelea sin ella.

Se debía a que, en aquellos momentos, lo único que le importaba era poner a salvo a Marinette. Y descubrió de pronto que, cuando su amiga estaba en peligro, luchar contra los supervillanos dejaba de ser divertido.

La voz de Aracne sonaba cada vez más cerca, y Cat Noir comprendió que no tardaría en encontrarlos. Si los descubría en aquel armario, no tendrían forma de escapar.

Echó un vistazo a su teléfono y suspiró para sus adentros. Tendría que arreglárselas sin Ladybug.

Salió del armario con precaución, aún cargando con Marinette, que seguía profundamente dormida entre sus brazos. «Está agotada», pensó, contemplándola con ternura. Aun así le resultaba extraño que se hubiese quedado dormida en aquella situación, perseguida por un akuma y en brazos de un superhéroe al que apenas conocía. El corazón le latió un poco más deprisa. «Seré digno de tu confianza», le prometió en silencio.

Recorrió el colegio, escogiendo las zonas que aún no habían sido invadidas por el laberinto de tela de Aracne. Subió por las escaleras hasta llegar a la azotea. Desde allí podría escapar con facilidad...

...O, al menos, eso pensaba, hasta que miró a su alrededor y tuvo que reprimir una exclamación de asombro y horror.

Las telas de Aracne estaban por todas partes. Cubrían buena parte de la ciudad, se enredaban en las farolas, colgaban de los edificios y tendían puentes entre los balcones. No eran pegajosas, como las de Anansi, pero tenían vida propia y los atraparían en cuanto lograran detectarlos.

Cat Noir se ocultó tras un muro y respiró hondo. Volvió a sacar el bastón para llamar a Ladybug, pero el movimiento despertó a Marinette.

–¿Qué pasa? –murmuró ella, medio dormida–. ¿Cat... Noir?

–Siento interrumpir tu siesta, bella durmiente, pero estamos en medio de una situación... un poco enmarañada.

–¿Enmarañada? –repitió ella.

Miró a su alrededor, estirando el cuello para intentar entender lo que estaba pasando. Parecía más espabilada, de modo que Cat Noir la dejó en el suelo.

–Oh, no..., Aracne –musitó ella, recordándolo todo–. Pero... ¿qué ha pasado exactamente? ¿Dónde estamos?

–En el colegio Françoise Dupont –informó él–. Te he traído hasta aquí intentando darle esquinazo. Ladybug no ha llegado todavía, pero no tardará.

Marinette bajo la cabeza con expresión culpable.

–¿Me he... me he dormido? ¿En medio del ataque de un akuma?

–Estabas muy cansada –la justificó Cat Noir, con amabilidad.

Pero ella sacudió la cabeza.

–No, no, no, esto es un desastre. ¿Cuánto tiempo he estado fuera de combate?

–Han sido solo unos minutos.

Marinette se miró a sí misma, mordiéndose el labio inferior, pensativa. Aún llevaba la chaqueta de Adrián por encima de su vestido roto.

–Me está... me está siguiendo a mí, ¿verdad? Y dijo algo sobre mi vestido...

–Dijo que puede localizarte porque tiene un trozo de tu vestido, sí. Puede que sea verdad.

–Entonces, me lo quitaré –dijo ella, decidida.

Cat Noir se ruborizó.

–¿Que te quitarás... el vestido?

–Seguirá encontrándome mientras lo lleve puesto. Pero si me cambio de ropa no tendrá modo de rastrearme, ¿verdad?

–Supongo que no –murmuró Cat Noir, y ella lo miró de soslayo.

–¿No se te había ocurrido hasta ahora? –le preguntó–. Lo del vestido, quiero decir.

Él se puso todavía más rojo.

–¡Claro que no! Soy un caballero, y lo de desvestir a las damas ni se me pasa por la cabeza.

Marinette le devolvió una sonrisa pícara.

–Es bueno saberlo –comentó–. Pero quizá no haga falta –murmuró de pronto, pensativa. A lo mejor, lo que necesitamos para despistarla no es un señuelo, sino dos.

Cat Noir la miró, intrigado.

–¿Qué quieres decir?

Marinette sonreía, con una expresión traviesa que el superhéroe encontró extrañamente familiar. Parecía que la siesta le había sentado bien. Se mostraba animada y alerta, y sus ojos habían perdido todo rastro de miedo, dolor y decepción.

Pero ella no pudo responder a su pregunta, porque, de nuevo, las telas los rodearon.

–¡Os encontré otra vez, mis escurridizos ratoncillos! ¡Y me estoy cansando de jugar!

Cat Noir enarboló el bastón, dispuesto a defenderse; pero Marinette lo cogió de la mano y echó a correr, arrastrándolo tras ella.

–¡Eh! –protestó él–. ¿Qué haces?

–¡Tú sígueme!

Esquivaron un tentáculo de tela y bajaron a toda velocidad por las escaleras, desde la azotea hasta el piso superior del edificio. Encontraron un aula vacía; Marinette entró en el interior, seguida de Cat Noir, y cerró la puerta tras ellos.

–No vamos a poder seguir huyendo para siempre –advirtió el superhéroe.

–No vamos a hacerlo –le aseguró ella.

Ante la perplejidad de Cat Noir, comenzó a arrancar tiras de la falda de su vestido.

–¿Qué estás haciendo? –preguntó él, horrorizado.

–Ya estaba roto –replicó ella con indiferencia–. Y, de todos modos, Ladybug lo arreglará después, ¿no?

Cat Noir se sintió conmovido ante su entereza, a pesar de que seguía sin comprender qué estaba planeando. Aquella sensación le resultó familiar.

Cuando Marinette se acercó a él con una sonrisa en los labios y las manos repletas de retales de su precioso vestido, el héroe no pudo evitar preguntarse si no habría perdido la cabeza en realidad.

–¿Qué estás haciendo? –repitió, mirándola con suspicacia.

–Tú vas a ser mi señuelo –respondió ella, aún sonriendo.

Cat Noir frunció el ceño, no muy convencido.

–Confía en mí –suplicó ella, más seria. Y él suspiró y asintió.

Permitió, pues, que Marinette atara los trozos de tela rosa a su cinturón hasta componer una especie de falda en torno a su traje de superhéroe. La observó mientras lo hacía, concentrada y decidida, y la recordó apenas unos instantes antes, hundida y agotada, llorando entre sus brazos. Decidió que le gustaba el cambio.

Y sintió de pronto la imperiosa necesidad de hacerla sonreír a cualquier precio. De modo que le quitó de las manos el último retal y él mismo se lo ató en el extremo de su cola-cinturón.

–¿Qué tal me queda? –le preguntó, moviendo la cola para ondear el lazo improvisado.

Ella se rió, y su risa fue como música celestial en los oídos del superhéroe.

–Estás muy guapo, minino.

–Yo siempre estoy muy guapo –replicó él, fingiéndose ofendido–. Pero ahora, además, parezco más refelinado, ¿no crees? –preguntó, guiñándole un ojo.

Marinette rió de nuevo, y Cat Noir sonrió ampliamente, sintiendo una agradable calidez en el pecho.

Presumiaudo, más bien –respondió con picardía–. Pero ahora no estás en un pase de modelos, así que céntrate, ¿vale? –añadió, más seria–. Con un poco de suerte, y si sus poderes funcionan como creo, te perseguirá a ti, al menos hasta que se dé cuenta de que tú no eres yo.

–No sé cómo nadie podría confundirnos, la verdad –murmuró él, no muy convencido.

–Nadie que tenga ojos en la cara –coincidió Marinette–. Pero el vestido embrujado de Aracne no los tiene, ¿verdad? Es como un sabueso siguiendo un rastro.

–Entiendo la teoría, aunque no sé si funcionará.

Ella frunció el ceño con decisión.

–Tenemos que intentarlo. Necesitamos ganar algo de tiempo antes de que llegue Ladybug.

–Está bien –se rindió Cat Noir–. ¿Qué hacemos ahora, entonces?

Marinette se acercó a la ventana, y él la siguió. La observó, inquieto, mientras se encaramaba al alféizar.

–¿Qué estás haciendo? –preguntó por tercera vez.

Ella se volvió para mirarlo. Aún llevaba puesta la chaqueta de Adrián sobre lo que quedaba de su vestido destrozado, y el cabello suelto le caía sobre los hombros. Pero a ella no parecía importarle. Sus ojos irradiaban energía y seguridad, y Cat Noir, sin saber por qué, se quedó un momento sin aliento.

–Recuerda: tienes que alejarla de mí.

–¿Cómo dices?

–Cuento contigo, Cat Noir –concluyó ella... y se arrojó al vacío.

Cat Noir ahogó un grito y se asomó a la ventana. Vio caer a Marinette, y su corazón volvió a latir cuando la vio aterrizar sobre una tela tendida entre la escuela y el edificio de enfrente. La tela recogió a la muchacha y la atrapó antes de que pudiese deslizarse hasta el suelo.

–¡Marinette! –gritó Cat Noir.

–¡Cat Noir! –respondió ella–. ¡Recuerda, es un sabueso siguiendo un rastro!

El superhéroe había saltado al alféizar de la ventana, dispuesto a acudir en su rescate. Pero entonces se dio cuenta de que el tentáculo de tela parecía vacilar. Su extremo se elevó en el aire y se aproximó a Cat Noir, casi como si tratara de olisquearlo.

Él lo comprendió. Dio un golpe de cadera, ondeando la «falda» que Marinette había atado a su cintura, y la tela diabólica de Aracne se estremeció de anticipación.

–Es a mí a quien buscas, ¿verdad? –la provocó Cat Noir–. ¡Pues adelante, atrápame si puedes!

Con un soberano esfuerzo de voluntad, dio la espalda a Marinette y trepó hasta el tejado, agitando la cola tras él, con la cinta en el extremo.

El tentáculo de tela soltó a Marinette y se abalanzó sobre él.

La muchacha respiró hondo y corrió a ocultarse en un callejón, lejos de todas las miradas. Se asomó un momento para observar a Cat Noir, que corría por la azotea, aún con los restos de su vestido colgando de su cintura, perseguido por los apéndices de tela de Aracne. Respiró hondo. No tenía mucho tiempo; la villana no tardaría en darse cuenta de que su ropa estaba persiguiendo a la presa equivocada, y entonces volvería a rastrearla.

Tikki voló fuera de su bolso.

–¿Cómo estás, Marinette? –preguntó con precaución.

–Mucho mejor ahora –le aseguró ella; titubeó un instante antes de añadir–. Lo siento mucho, Tikki. He tardado mucho en entrar en acción.

Pero el kwami negó con la cabeza.

–Has tenido un momento de tensión, nada más. Eres humana, es normal. Lo importante es que te has recuperado.

Ella sonrió.

–Sí. Y vamos a derrotar a Aracne y a devolver a Sophie a su estado normal. Y con un poco de suerte –añadió, esperanzada–, volveremos a la fiesta a tiempo de bailar con Adrián.

–¡Dalo por hecho! –respondió Tikki, sonriendo.

Marinette se irguió y pronunció las palabras que la convertirían en Ladybug.

–¡Tikki, puntos fuera!


Cuando Ladybug llegó al lugar de la batalla, Cat Noir ya estaba atrapado entre las telas de Aracne y luchaba por liberarse.

–¿Qué has hecho con Marinette, gato apestoso? –rugió la villana.

–¡No es de tu incumbencia! –replicó él.

Ladybug aterrizó cerca de ellos, haciendo girar su yoyó con maestría.

–¿Me echabais de menos? –saludó con una sonrisa.

–¡Milady! –casi gritó Cat Noir, muy aliviado–. ¿Por qué has tardado tanto? ¡Llevo tela de rato esperándote!

–Un asunto importante me ha entretejido por el camino –replicó ella, y Cat Noir le dedicó una deslumbrante sonrisa.

–Me alegro de que hayas llegado. La fiesta no podía empezar sin ti. ¡Cataclysm! –gritó.

Utilizó su poder destructor para liberarse y se dejó caer junto a Ladybug con agilidad y elegancia.

–¿Listo para la acción, minino? –empezó ella, pero Cat Noir la detuvo, inquieto.

–¡Espera! El akuma está persiguiendo a Marinette, y la he perdido de vista.

–No te preocupes –lo tranquilizó ella–, Marinette está a salvo. Se ha cambiado de ropa y va de camino a la casa de sus padres.

Cat Noir respiró, aliviado, y sus hombros se enderezaron, como si se hubiese quitado un gran peso de encima.

–Muchas gracias, Ladybug –le dijo con fervor.

Ella se quedó un poco sorprendida, pero no tuvo tiempo de preguntarle más: Aracne volvía a arrojar contra ellos los apéndices de su vestido para arrebatarles sus prodigios.


Un rato después, los dos superhéroes habían derrotado por fin a la villana, y Ladybug había purificado su akuma, devolviendo a Sophie a su aspecto habitual. Arrojó al aire su lucky charm e invocó su poder sanador, y las mariquitas mágicas recorrieron París, eliminando las siniestras telas que lo envolvían. Los restos del vestido de Marinette, que seguían atados al cinturón de Cat Noir, desaparecieron también, y el chico reprimió el impulso de aferrar alguno de ellos antes de que se desvaneciera entre sus dedos. Cerró los ojos un momento y se esforzó por recordar que la magia de Ladybug funcionaba siempre, y que Marinette debía de estar ya a salvo y con su vestido intacto de nuevo.

Sophie miró a su alrededor, muy desconcertada.

–¿Qué... qué estoy haciendo aquí? Ladybug... Cat Noir... oh, no, ¿qué he hecho?

Cat Noir respiró hondo, tratando de pasar por alto la forma en que aquella chica había hecho llorar a Marinette.

–Nada que no puedas solucionar con una disculpa –dijo, con algo más de dureza de la que había pretendido.

Ladybug le dirigió una mirada de reproche y se inclinó junto a Sophie.

–Estabas muy disgustada y lo has pagado con la persona equivocada. Es lo que pasa cuando se da crédito a rumores sin fundamento. Pero, si hablas con ella, seguro que lo entenderá.

–Oh, no, Marinette –murmuró Sophie, horrorizada.

Cat Noir desvió la mirada. Normalmente solía ser muy comprensivo con las personas akumatizadas, pero en aquel caso le estaba costando mucho trabajo. De modo que guardó silencio y dejó que Ladybug siguiera hablando.

–Te llevaré de vuelta a la fiesta para que podáis hablar. ¿Te parece bien?

Ella bajó la cabeza, muy avergonzada.

–Sí... gracias, Ladybug.

La heroína asintió sonriendo y se volvió hacia su compañero.

–¿Cat Noir? ¿Está todo bien?

Él respiró hondo.

–Sí. Sí, no te preocupes.

Ladybug vaciló un instante.

–Escucha, Cat Noir, yo... –empezó, pero el prodigio de él emitió su último pitido de aviso.

–Tengo que marcharme, bichito. Nos veremos en otra ocasión.

–¡Espera, Cat Noir! –lo llamó ella; el chico se volvió, interrogante–. Gracias –concluyó Ladybug.

Él la miró, sorprendido.

–¿Gracias? ¿Por qué?

–Por todo –respondió ella sin más.

Cat Noir no supo muy bien qué decir. Se despidió con una inclinación de cabeza, dio un poderoso salto y desapareció en la noche.

Ladybug se reunió de nuevo con Sophie.

–¿Estás lista? Te llevaré de vuelta al hotel. –Sonrió un poco y añadió–. Después de todo, la fiesta aún no ha terminado.