Les doy las gracias a todos por sus reviews. ( Amia Snape, Aide, Cani HP, Megumisakura, Kismet, Sasamii, MissLuppi, Ysabel Granger, Ayra 16, Lobo moon, IgnaHP, Lyla) y a los que han añadido esta pequeña locura a favoritos. Son los mejores, ^^ los quiero)

Y seguimos con nuestra sección de supervivencia para magos desorientados:

Manual del perfecto naufrago:

6- Otro tema chungo es la climatología. No te creas ni por un momento que una isla desierta esta en perpetuo estado de foto de propaganda turística. Las tormentas tropicales son una cosa impredecible y devastadora. No porque creas que hace calor te vas a librar de una pulmonía del carajo, sin contar con que por causa del viento algún cocotero te puede acabar dando en la cabeza. Así que es muy importante tener donde refugiarte de las inclemencias de los elementos.

La calma en la tempestad.

Comenzaba a atardecer, cuando apareció de nuevo. Hermione se tapo la boca con las dos manos, sus ojos melados se abrieron como los de un elfo domestico. - P…pro…fesor. - Su sexto sentido le decía que era mejor no preguntar, su aspecto era más demacrado de lo que podía recordar.

Él solo dio un gruñido, sus ojos negros relampaguearon con odio, la comisura de los labios le temblaba, su negro cabello estaba empapado y se pegaba a su rostro. Llevaba la cara y el cuello hasta donde la camisa dejaba ver, lleno de unos horribles bultos rojos, seguramente picaduras de algo. Sin decir ni palabra llegó hasta el riachuelo, y remojo su pañuelo para empaparse las picaduras. También llevaba la ropa mojada. A la castaña casi le daba lástima ver así a su siempre imponente profesor de pociones.

Resoplo y siguió a lo suyo, sin intentar hacerle mucho caso. Terminó de atravesar el segundo pescado en una rama. Tomó los dos y los clavó en el suelo, sobre la hoguera. Pronto el aroma a pescado asado llegó hasta el malhumorado profesor.

Miró hacia la chica que vigilaba la cena. Sus tripas protestaban de nuevo, ya estaba un poco harto de cocos y bananas. Venciendo a su orgullo se acercó hasta ella. - Granger…- Murmuró, la chica ni lo miró. - ¿Qué hace?

- Nada de importancia. - Espetó. -La torpe e inútil Gryffindor fue capaz de pescar algo.- Volvía a estar vestida, su pelo alborotado atado en su nuca.

Resoplo, fastidiado. Tanto que se había reído de ella, y allí estaba asándose aquellos hermosos peces. Después de todo no esperaba que fuera a compartirlos. -"¡Ale Severus!, por gilipollas, otra noche a base de cocos." – Pensó con resignación, se sentó cabizbajo bajo su cocotero. La situación era desesperante, y por primera vez en su vida su brillante mente estaba bloqueada. Trabajosamente comenzó a sacarse las botas, las heridas habían empeorado al llevarlas mojadas por dentro, al menos durante la noche y cerca del fuego podrían secarse.

-Granger…- La chica alzó la vista hacia él, debía decirle lo que había averiguado, no había esperanza. - …Granger, llegue hasta la cima…- La expresión de la castaña se tornó grave.

- Estamos solos…¿verdad? - Murmuró la chica.

El hombre asintió. - Es una isla, sin rastro de población. - Suspiró cansadamente. - Y no he divisado tierra cercana, solo ese maldito e interminable mar, es peor que de lo que pensaba.

La chica tomó aire un par de veces. – Entonces… estamos perdidos de verdad.

Asintió, no tenía más remedio que darle la razón. Recostó la espalda contra el tronco, necesitaba pensar, idear algo. Alguna forma de comunicarse con el exterior, tal vez tratar de construir una balsa…pero sin saber donde estaban, era poco menos que un suicidio. Se rascó el cuello, los picores no le dejaban vivir. Sintió alguien parado frente a él y abrió los ojos.

La leona le tendía una de las ramas con un apetitoso pescado asado. – Tenga profesor, pensará mejor con el estomago lleno. – Su mirada seguía siendo de preocupación.

Vaciló un instante. – Puedo confiar que no me envenenará con eso. – La chica bufó a punto de mandarlo a la mierda, pero él le sonrió levemente. – Gracias Granger.

Aquello le sorprendió más que el hecho de estar atrapados en aquel lugar. ¿Snape dándole las gracias a ella? – No hay de que profesor. Llámelo estúpida generosidad Gryffindor. – Hizo una mueca mientras volvía a su sitio a disfrutar de su cena. – Además de que me serviría muerto de hambre. – Comentó con ironía devolviéndole la jugada de la mañana.

-¿Cómo lo hizo? – Preguntó Snape extrañado, al terminar de masticar un bocado. - ¿Cómo los consiguió?

La chica le señaló orgullosa la especie de red que colgaba de una rama. – Tejí una red. Use fibra de rama de palmera. No es muy buena, se me escabulleron muchos, pero al final lo conseguí. – De hecho había pasado varias horas de pie en aquel arrecife, lazando la red una y otra vez hasta que descubrió la forma correcta, y consiguió su premio.

Un viento comenzaba a soplar, agitando las palmeras.

-Ingenioso. – Murmuró casi para sí el profesor. - ¿Otro invento muggle?

Hermione asintió. –Algo primitivo, pero sí. Además, bien mirado ahora somos muggles.

-Muggles y perdidos. – Gruñó asqueado.

La chica terminó su pescado y volvió a mirar al enfadado profesor. Seguía frotándose las picaduras con desesperación, debían de dolerle mucho. Se recordó a sí misma con 9 años, le había picado una avispa en el jardín de sus abuelos, ella lloraba, y su abuela había usado con ella algo muy rudimentario. Suspiró, se levantó y se dirigió al arroyo. Lavó sus manos, y comenzó a hurgar en el fondo. Con expresión pensativa extrajo un gran puñado de barro y se acercó al malhumorado Snape, tan concentrado en el fuego que ni notó que la chica se arrodillaba a su lado.

Se giró a ella frunciendo el ceño. - ¿Qué quiere ahora? – Escupió enojado. –Ahórreme sus burlas, no se las tolerare.

La chica negó con la cabeza y sonrió vagamente. – No pretendía burlarme. Solo que conozco uno de esos "inventos muggles" que podría ayudarle.

Miró el puñado de fango que la chica llevaba en la mano, con profundo asco, sus cejas se arquearon. - ¿Qué pretende hacer con esa porquería? – Gruño. - ¿No pretenderá…?

-Sea bueno, cierre los ojos y estese quietecito. – Dijo la castaña con el mismo tono de voz con el que hablaría a un niño pequeño. – Por una vez confié en mí. Es lo que se llama un remedio casero, mi abuela lo usaba con las picaduras de avispa.

-No fueron avispas, perseguía una suculenta cena y caí en un hormiguero. – Gruñó cruzándose de brazos sobre el pecho.

-Es un insecto ¿No? – Sonrió la otra, comenzando a untar el barro en pequeños toques sobre su cara. – Confié en mí, no sea cabezota.

-Qué otra me queda. – Suspiró él, cerrando los ojos. – Remedios muggles…quién lo diría.

El viento seguía arreciando, unas nubes amenazadoras comenzaban a tapar el cielo estrellado.

-No ha pensado que en algunas cosas no son tan terribles. – Susurró comenzando a untar la improvisada cataplasma en los picotazos el cuello. – Lo que ellos no han logrado con la magia, muchas veces lo han suplido con su ingenio. – Observaba su rostro con detenimiento, pese a sus duras facciones y su nariz prominente, bien mirado no era un hombre para nada feo, al contrario había algo atractivo en él, si al menos no tuviera esa eterna expresión de enfado…

Suspiró, tenía que reconocer que la chica tenía razón, el frio del barro estaba aliviando notablemente el dolor y la picazón. Además el tacto suave y delicado de sus dedos se sentía maravilloso, casi como una caricia. ¿Cuántos años hacia que nadie le tocaba así? – Déjelo ya señorita. – Gruñó bruscamente, asustando a la chica. – Puedo yo solo, no necesito sus caritativos cuidados. – Se levantó de golpe y fue hasta el riachuelo, para comenzar a ponerse el barro él mismo.

La cara de ella se tornó en un gesto de hastió. – ¡No tiene remedio! – Espetó levantándose enojada. – Desagradable hasta la muerte.

Un relámpago cruzó el cielo seguido de un potente trueno.

-Mierda. – Bufó la castaña, mirando la tormenta que se les venía encima. Sobre él mar el cielo se abría amenazadoramente. –El fuego.

Snape se irguió, grandes gotas de lluvia comenzaban a caer sobre ellos. – No podemos quedarnos aquí, estamos demasiado expuestos. – Rápidamente se calzó de nuevo las botas, tomo la capa y la levita de donde estaban dobladas.

Casi no dio aviso, la lluvia comenzó a azotarles con violencia, el fuerte viento hacia crujir las altas palmeras desprendiendo peligrosamente ramas y frutos. Ella apenas pudo recoger sus cosas antes de que el viento se las arrancara. Los dos corrieron hacia la selva, iluminados por los continuos rayos.

La chica cayó a tierra, el viento era tan violento que no la dejaba avanzar entre la vegetación, asustada trató de cubrirse la cabeza con la chaqueta.

Snape se percató de que no lo seguía y volvió sobre sus pasos. Ella seguía agazapada en el suelo, tratando inútilmente de cubrirse. Llegó hasta ella y la tomó fuertemente del brazo levantándola. – No se quede aquí, estúpida. Cualquier cosa podría caerle en la cabeza. – Gritó para hacerse oír sobre el rugido de la tormenta.

Hermione se levantó torpemente y se aferró a él que los cubría a ambos con su gran capa negra. A trompicones, casi a ciegas consiguieron llegar hasta un saliente de roca, apenas les protegía del agua que les azotaba por todas partes, pero al menos allí no les caería ningún coco encima.

Sin pensarlo siquiera los dos se acurrucaron contra la fría roca tapándose con la capa, de poco servía que esta fuera de un tejido casi impermeable, ambos estaban calados hasta los huesos.

Ella temblaba de frio. Severus hizo una mueca de hastío y la acercó contra él. –Niña tonta, no me servirá de nada con una neumonía. – Gruñó de mala gana. – Pero no piense que le voy a permitir invadir de normal mi espacio personal.

La castaña resopló. ¿Es que siempre tenía que encontrar una forma ofensiva de decir las cosas? De buena gana le hubiera mandado al carajo y habría buscado otro refugio, pero tenía tanto frio. Se sentía cohibida por el contacto tan estrecho con su repelente profesor, pero en aquel momento era la única forma de recuperar algo de calor. Cerró los ojos, en ese momento se dio cuenta de que no era tan terrible como ella pensaba, es más, el calor de su cuerpo le resultaba agradable. Y al menos no estaban peleando e insultándose.

Snape por su parte suspiró, aquella experiencia le traía recuerdos muy duros. En su cabeza recordaba a un niño de ocho años, de cabellos y ojos negros, con un viejo pijama acurrucado bajo la fría lluvia de noviembre en el patio de su casa. Se había jurado que no lloraría, no le daría ese gusto al bastardo de su padre. Dentro de casa aun podía oír a su pobre madre, suplicando por él. Aquella noche había vuelto borracho, como siempre. Sin ningún motivo comenzó a golpearla, y él como tantas otras veces se había puesto por en medio. Después de pegarle lo había sacado fuera, como un perro. Recordaba que cuando su madre había podido salir a buscarlo, tenía los dedos y los labios amoratados por el frio.

Sacudió la cabeza tratando de alejar sus fantasmas, y miró a la chica de reojo. Abrazada a sí misma, acurrucada contra su pecho. Frunció el ceño. ¿Quién se lo hubiera dicho? De espía entre los mortifagos, jugándose el pellejo a cada momento a niñera de la sabelotodo de Gryffindor. De ser uno de los mejores magos, temido profesor de Hogwarts, y uno de los pocionistas mas destacados de Europa, a depender de rudimentarios conocimientos muggles. La situación era ciertamente irónica. – "Si Lucius me viera se caería de la risa." – Pensó con resignación. – "Y qué decir del maldito niñato de Potter, o el viejo tarado, sin duda la situación les perecería muy cómica." – Pero para él la cosa no tenía ninguna gracia.

Seguía lloviendo con fuerza, pero al menos el viento les había dado una tregua, los truenos resonaban cada vez más lejos, señal de que el grueso de la tormenta se alejaba. Por la vegetación que les rodeaba el clima era claramente tropical, pero sin duda en medio del océano la isla debía ser azotada con tormentas como esa o peores, incluso debía existir una temporada de lluvias en la que estas fueran la tónica. No le gustaba reconocerlo, pero en verdad no sabía cuánto tiempo tendrían que permanecer allí, lo único que esperaba es que no fueran los veintiocho años del muggle que contó Granger. Pero por si la cosa se dilataba debía de pensar algo para poder protegerse de los elementos, y las posibilidades eran escasas. Para empezar buscar un lugar más resguardado de los temporales, o una cueva segura… pero eso implicaría alejarse demasiado de la playa y necesitaban estar atentos a cualquier posibilidad de rescate. Apenas se dio cuenta cuando cerró los ojos y vencido por el cansancio de la caminata se quedó profundamente dormido.

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Hasta acá otro capitulo.

Por fin Severus es consciente de la situación real, ¿será capaz de tratar de tolerar a nuestra leona favorita?

Un beso muy fuerte