Un nuevo mundo
-Vale. ¿Dónde carajos me he metido ahora?
Había mirado por toda la habitación, pero no tenía ni idea de por donde salir. La puerta estaba cerrada con una cadena y, aunque era corredera, era muy resistente y no se podía echar abajo. Revisó todos los rincones por si acaso, pero no había nada. Por la ratonera que habían puesto como ventana no podría colarse ni una conejo y menos el.
Lo único bueno era que tenía su espada a mano, así que se la puso en el cinturón. Sin embargo, cuando tocó la empuñadura… notó algo muy raro. Siempre había tenido unas sensaciones muy extrañas cuando tocaba su arma, pero esta vez notó algo más. Si tuviera que ponerlo en palabras lo definiría como inquietud y expectación.
Akio se recostó contra una pared, nervioso, nerviosismo que se fue incrementando con el tiempo. Pasaron horas y horas y no ocurría nada y su nerviosismo y su furia se incrementaban. Era un tipo paciente, pero la situación pondría nervioso hasta al tipo mas frío del mundo.
Al fin abrieron la puerta. Una mujer entró y le lanzó una mirada de desprecio, como si se estuviese pensando si darle a Akio o no la dignidad de considerarlo un poco por encima del polvo de la alfombra en la escala social. Obviamente, la mirada que le lanzó el chico de vuelta no era nada amistosa.
-Ven conmigo.
-¿Comorl?- La agresividad de la voz de la mujer era alarmante. Con esas dos palabras se podía deducir que si de ella dependiera, le ataría de la pierna a la parte trasera de una moto a doscientos por hora en un criadero de cactus, después le echaría sal en las heridas y polvos de pica-pica y por último lo tiraría por un barranco.
-El Señor quiere verte.
Y acto seguido la mujer se dio la vuelta y salió de la habitación. Akio corrió tras ella a toda prisa. No tenía ganas de quedarse solo en ese cuarto, aunque la alternativa fuera la compañía de Doña Mala Gaita.
Cinco minutos después le hizo entrar en una habitación. Era grande, con un par de tapices y un enorme ventanal al fondo. En una silla se encontraba un hombre. Era bastante mayor, pero la arrogancia se marcaba en todos y cada uno de los rasgos de su cara. La mujer cerró la puerta y escuchó sus pasos a la carrera, huyendo.
-Así que tú eres el chaval…
-¿Eh?
-No se que te habrá visto, porque no me pareces mas que otra basura cualquiera. Pero bueno, para que quede claro, ahora me perteneces. Eres un esclavo más.
-¿Pero que te crees que estás diciendo?- Akio había llevado la mano a su espada.- ¿Te crees que me voy a quedar quieto?
-¿Eh? ¿Es que pretendes llevarme la contraria? Tendré que enseñarte algunos modales.-Desenfundó lentamente la espada que tenía a un lado y apuntó con ella al joven.- Tienes que aprender cual es tu lugar. Muéstrale su fin, Gigasto.
Akio ya había desenvainado su arma, pero se le pusieron todos los pelos de punta. La espada del viejo había cambiado. Tenía la empuñadura redondeada y la parte de la hoja más cercana a la empuñadura, estaba recubierta por lo que parecían unos dedos con garras, que formaban una especie de abrazaderas a la hoja. De todas formas, lo que mas espantaba era la sensación de que detrás del tipo ese se encontraba algo enorme, que podía aplastarlo como a un gusano.
El hombre movió la espada bruscamente hacia delante. Estaban muy separados el uno del otro, como a unos 7 u 8 metros y era imposible que le golpeara. Sin embargo, una enorme masa de aire se dirigió contra el a una gran velocidad. Parecía tener la misma forma que una katana pero en tamaño XXL y lanzó al chico por los aires, haciéndole abrir una puerta nueva en la pared. Además, la fuerza del golpe le hizo atravesar la otra pared, donde quedó totalmente grogui. No podía ni moverse, y estaba mas asustado de lo que lo había estado en toda su vida.
-Mecagüen la pena de un grillo. Ahora entiendo porque Miros quería saber el nombre de la espada…
La consciencia se le escapaba rápidamente, pero sintió como alguien le sacaba del cinturón la funda de su arma y lo levantaban.
-Llevároslo y ponerlo a trabajar.
-Como ordenéis, Kenso-sama.
Y las tinieblas se cerraron sobre el.
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Una tremenda sensación de frío fue lo siguiente que notó el chaval. Abrió los ojos y notó humedad en la cara. Parecía que alguien había decidido despertarle echándole un cubo de agua en la cara.
-Arriba, chaval.
-Ugh.- Akio empezó a buscar sus gafas, que no sabía donde estaban.
-Aquí las tienes. No se como, pero están enteras.
-Gracias…- El mundo volvía a verse bien. Un hombre joven lo miraba con cara de preocupación.
-¿Estas bien?
-Ugh. ¿Alguien ha cogido la matrícula de ese Trailer?
-¿Eh? ¿De que hablas?- Akio tuvo que rebajar unas cuantas marchas mentales. A veces no se acordaba de que mucha gente no sabía nada del mundo real.
-Nada, que parece que me ha pasado por encima un caballo.
-Normal. Te ha atacado el jefe, después de todo. Y puedes dar gracias de que aún estas entero.- El chaval le acercó una escoba.- Venga, será mejor que te pongas a trabajar como los demás. O si no, el jefe o… la otra… se encargarán de ti. Ve a barrer y no provoques a nadie, es mi consejo.
El chaval llevó a Akio a un pasillo y le dijo que lo barriera. No pensaba discutir, así que se puso a hacerlo mientras el joven se iba. Cuando desapareció de su vista, Akio se recostó en una pared, temblando. No le importaba admitirlo. Estaba muerto de miedo. Cada vez que cerraba los ojos veía el momento en que el viejo usó su tremenda fuerza para lanzarlo por los aires como si no fuera más que un papelito tirado por el suelo. Sus escalofríos eran cada vez mayores.
De pronto escuchó un sonido que le dejó de piedra. Un latigazo. Y siguieron tres más. Akio , con cuidado, se asomó por una puerta entreabierta y vio a una mujer morena azotando a otra mientras decía cosas como que aprendería a respetar a las tradiciones a palos y que la basura era basura y había que tratarla como tal. Lo peor era la sonrisa con que lo hacía. Al final, harta, dejó caer el látigo al suelo. Akio salió corriendo y cogió la escoba, fingiendo que estaba barriendo el suelo. Y tuvo suerte. La mujer solo le echó una mirada de desprecio y se marchó, haciendo tintinear la espada que llevaba.
Cuando estuvo bien seguro de que la tipa esa se había largado, miró de nuevo por la puerta con cuidado. La chica a la que había estado azotando estaba encima de la cama del cuarto, semiinconsciente. La habían desnudado para darle la paliza y, a pesar de las heridas, se podía ver que era una muchacha preciosa. Pero lo primero era lo primero. Tenía toda la espalda cruzada por heridas. Y muchas de ellas no eran recientes. No era la primera vez que la golpeaban. Miró alrededor para ver si podía encontrar algo con lo que curarla.
La habitación era muy lujosa, con muchos mas muebles de los que el chico había visto en todos los años que llevaba muerto. No se fijó mucho en los detalles, porque buscaba otra cosa. Y la encontró unos momentos después. Unas vendas al lado de un cuenco. Echó un vistazo al cuenco y olió su contenido.
-Perfecto… Esto es un desinfectante. Y las heridas son superficiales. Por lo que es todo lo que necesito.
Cogió un trozo de venda y lo mojó con el desinfectante y empezó a limpiar las heridas. Todavía se acordaba de la medicina que había aprendido cuando estaba vivo. En el momento en que el desinfectante tocó la primera herida, la joven recuperó la consciencia de golpe y abrió la boca para gritar. Pero Akio le puso la mano en la boca antes de que pudiera decir nada.
-Calla, por amor de dios. Como me pillen aquí me va a caer una peor que la tuya.-Los ojos de la chica le miraron agresivamente.- Antes de que me sigas asesinando mentalmente, que conste que te estoy curando las heridas de la espalda.-La cara de la chica se suavizó al ver las vendas.- Se que te va a doler, pero te ruego que no grites, ¿de acuerdo?-La chica asintió, por lo que Akio se sintió lo bastante seguro como para quitarle la mano de la boca. La chica no dijo nada, se limitó a mirarle con dureza, aunque apartó la vista de nuevo y apretó los labios para no gritar cuando Akio reanudó la limpieza de las heridas.
La limpieza le llevó un rato, pero la hizo meticulosamente, aunque intentando no causar daño innecesariamente. Cuando terminó, empezó a vendarla (mantuvo los ojos cerrados por si acaso). Cuando terminó, cogió una bata que había a un lado y se la pasó a la chica.
-Aquí tienes.-Se dio la vuelta para irse.-Ya he terminado con tus curas así que no te molestaré mas…
-¿Cómo te llamas?- La chica habló por primera vez, interrumpiéndolo. Akio se giró hacia ella, sorprendido. La chica tenía una mirada incendiaria con esos ojos. Eran azules, pero tendían un poco al morado. Su pelo era oscuro, negro, aunque con brillos azulados.
-Esto… Shitotsu Akio.
-Yo soy Ayame. Mucho gusto.
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Así se conocieron ambos jóvenes. Ayame y Akio hicieron migas bastante pronto. Akio no había hablado con nadie en casi un año, mientras que la misma Ayame no le gustaba hablar con los que tenía cerca, por lo que era un alivio para ambos tener a alguien con quien desfogarse. Ella era la hija de Kenso, el jefe del clan, el mismo tipo que le había dado la tunda el primer día. Ella estaba en profundo desacuerdo con todas las actuaciones de su familia, que la conformaban su padre y su hermano. No quiso explicar el porqué, pero esa fue la razón de que la azotaran de esa manera.
Por lo demás, la vida era bastante tranquila. Akio tenía que encargarse de pocas tareas, pero estas fueron aumentando cuando los demás sirvientes supieron que había entablado amistad con uno de los odiados nobles de la casa. Además, el chico todavía no había olvidado su principal intención: escaparse de allí.
Por lo demás, Akio, aprovechándose de los cada vez más pesados trabajos que le mandaban, acabó conociendo toda la mansión, salvo una sala. La Sala de Armas. Tardó cerca de un mes en conocerla y pudo entrar porque Ayame había acabado por convertirlo en su criado personal para librarlo del acoso de los demás. Ella se emperró en entrar para así poder coger su espada para practicar, pero como tenía prohibido usarla, decidió enseñársela al chico por lo menos.
La puerta de la sala se abrió mientras que Ayame entraba, aunque tuvo que pegarle un tirón a Akio para que entrara.
La habitación era espaciosa, con varias mesas para colocar espadas diseminadas por el cuarto. Varias de esas mesas estaban desocupadas, pero había tres que si que tenía un arma. Ayame se acercó a una de ellas.
-Esta es la mía.- Akio se acercó con curiosidad, aunque su objetivo era otro. La espada de Ayame era una preciosidad. La empuñadura era distinta a la de una katana normal. La guarda era dorada, mientras que la parte de la empuñadura cercana a ella era metálica y con hendeduras para los dedos. El resto de la empuñadura era de madera oscura, bien barnizada.
Unos instantes después, Akio miró a las otras dos mesas… Bingo. Se acercó a una de ellas.
-Akio… ¿Qué ocurre?
-Nada. Simplemente que esta es mi espada.
-¿Eh?
Comparada con la espada que acababa de ver, la de Akio parecía un trasto viejo. La empuñadura era blanca, pero estaba manchada por el uso, y la guarda tenía numerosos arañazos.
-¿A si? Te creo. Esta espada es la primera vez que la veo.
-No es tan bonita como la tuya, pero me ha sido muy útil estos años.
Akio alargó la mano para tocar la espada. Echaba de menos su tacto. Pero en el momento en que la tocó, sintió una extrañísima sensación. Sintió como… fuese absorbido, y la oscuridad le rodeó.
Solo le pareció escuchar un susurro antes de caer en las sombras.
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-¿Donde estoy?
Esto le sonaba. Se había sentido exactamente igual cuando le transportaron al nuevo mundo tras su muerte. Y ahora había pasado algo similar. Estaba delante de un inmenso edificio, de que no se veía los límites. Era antiguo, pero muy hermoso, con numerosos estilos de construcción. En la fachada se veían cristaleras de numerosos colores. Alrededor del edificio se veían unos jardines, aunque no estaban demasiado cuidados. Algunos árboles estaban secos y los setos estaban mal cortados. Además, el cielo esta bastante nublado.
-¿Dónde he ido a parar esta vez?
No las tenía todas consigo, pero entró en el edificio, que no tenía puertas. Cuando entró, se encontró en un gran vestíbulo. El suelo era de madera y tenía una gran escalera de piedra pulida, mientras que las paredes estaban forradas con estanterías y rellenas de libros. De todas formas, no estaba solo. Había alguien sentado en la escalera.
Estaba totalmente vestido de negro, y no se le veían ni los ojos, aunque el peligro emanaba de el.
-El cobardica ha llegado.-La voz daba miedo. No tenía ningún armónico. Solo el sonido de las palabras. No se podía identificar.-Siento ¿miedo? Me alegro.
El tipo dio un salto tremendo hasta aterrizar delante de Akio y acto seguido le arreó un tremendo puñetazo que lo lanzó por los aires. Volvió a golpear, pero Akio lo esquivó rodando por el suelo.
-Rápido… Pfff. Da igual.
Akio continuó esquivando los golpes, mientras que su rival se burlaba de el. Estaba desarmado, pero poco a poco se iba centrando. Sentía un escalofrío de temor cuando el tío se le acercaba, pero eso no le había detenido nunca. Esquivó un puñetazo y sonrió.
-Te pillé.
Y le agarró de la ropa y pegó un tirón haca abajo, desequilibrando a su adversario. El hombre de negro cayó al suelo, y Akio empezó a golpearlo de todas las formas posibles. Puñetazos, paradas, incluso le arreó una patada en los cataplines. En ese momento, de las ropas del hombre empezaron a surgir una especie de tentáculos, pero Akio continuó golpeando. No era por crueldad, sino porque era su mejor baza para sobrevivir.
Al final, el bicho logró quitárselo de encima de un golpe. Cuando se irguió, ya no parecía humano. Los "tentáculos" negros, por llamarlos de alguna forma, se habían expandido hasta abarcar casi todo el vestíbulo.
-¿No tienes miedo? ¿Eh, cobarde?
Akio sonrió.
-Estoy cagado de miedo, pero no voy a dejas que me domine.
-¿Eh? ¿Co-como? ¿No te impresiona mi poder? ¿No quieres salir corriendo?
-… Cabrón. La respuesta es si y si. Me dan ganas de tomar las de Villadiego y no volverte a ver el pelo. Pero estoy seguro de que te puedo vencer. Porque si no, no intentarías impresionarme. Ya me habrías matado.
-¡ARRRRRRRRRRRRG! ¡Te voy a matar!
Todos los filamentos negros se dirigieron hacia el chico y varios de ellos amarraron a Akio. Pero el amarre no parecía ser muy resistente, ya que cuando movió un poco la muñeca, el filamento se rajó. Dejó que le acercaran al cuerpo del monstruo y en ese momento, aprovechando la fragilidad de las ataduras, las rompió y le atizó un tremendo puñetazo en toda la jeta. Los filamentos se deshicieron, y el monstruo cayó gritando al suelo, donde se desvaneció. Akio estaba flipando por el espectáculo, cuando escuchó una voz femenina.
-Vaya, ya era hora de que limpiaras la porquería que había en el vestíbulo. Te ha costado ¿eh?
Akio se giró hacia la voz. Era una mujer, vestida con un traje de guerrera, pero, a pesar de que el traje era distinto, la reconoció enseguida.
-Tu… ¡Tu eres la que vi cuando conseguí mi espada!
-Es un alivio que me recuerdes, jefe.
-¿Jefe? Pero ¿De que va todo este lío? ¿Dónde estoy? ¿Qué era el bicho ese? ¿Y tu quien carajos eres?
-Vaya… Menuda retahíla de preguntas que me has hecho en un momento. A ver… Primero. Este lugar es tu mundo interior. Segundo. Ese bicho era una manifestación empática del pavor que has ido arrastrando constantemente durante estas semanas. Y yo soy tu espíritu interno protector. ¿Te vale así?
La cara de Akio era un poema. Por la boca le podría haber pasado un tren de lo abierta que la tenía.
-He ido demasiado deprisa ¿no?
-Eh… Más bien.
-De acuerdo…
De pronto, estaban en otro lugar totalmente distinto. Era un aula y Akio estaba sentado en la primera fila, mientras que la chica, con un traje de profesora, estaba delante de la pizarra. Akio estaba alucinando.
-¿Pero que co…?
La chica golpeó con una regla sobre la mesa, cortando la frase del chaval.
-Silencio por favor.-Se había metido en el papel de profesora de tal forma que Akio se echó a reír a carcajadas.- Parece que te gusta la decoración ¿eh? Pregúntame lo que quieras, jefe.
-Bueno… lo primero que quiero saber es que es este sitio y quien eres tú.
-Es un poco complicado de explicar. –La cara de gamberra que tenía hasta ese momento desapareció.- Este lugar es tu mundo interior. Tu santuario. El templo donde es encuentra tu poder. Y yo… soy la manifestación física de ese poder. El núcleo de tu poder.-Miró a la cara de Akio.- ¿No me crees?
-No se…- La expresión de Akio era un poco dubitativa.- Si tú lo dices, te creo. Pero es muy increíble, incluso para mí.
-¿Entonces como puedes explicar que estés aquí? ¿Y que vinieras cuando tocaste la espada?
-Ah ¿Y por que?
-Muy fácil. La espada es un canalizador de nuestra fuerza, tanto como tu cuerpo.
-¿Fuerza? ¿De que hablas?
-Ya te lo explicaré más adelante. Por lo demás, este mundo se ve afectado por ti. Después de todo, es tu mundo. El bicho de la entrada era la manifestación del miedo que tenías. Para mí no era más que un incordio, pero te agradecería que dejaras de meter basura aquí dentro.
-Ah…lo siento. Otra cosa. ¿Cómo te llamas?
-Tcht. ¿De verdad no lo sabes? Tú eres la única persona que lo conoce realmente.
-¿Eh?
La chica se le acercó y le susurró algo al oído.
-Recuérdalo. Y si necesitas ayuda… dilo. Te será de mucha ayuda.
Akio no pudo decir nada más, ya que todo se oscureció de golpe y se sintió caer al vacío.
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-Que quieres que te diga. Parece más real que las otras.
Akio estaba totalmente patidifuso. No había pasado más que un instante en su charla. ¿Había sido real? ¿O una alucinación?
-¿Estás bien Akio? Te has quedado callado de golpe.
-Nada, nada. Perdón.-Separó la mano del arma, con un nudo en el estómago. ¿Qué le había pasado?
-Será mejor que nos vayamos, Akio. La última espada es la de mi hermano, así que como la toquemos, nos cuelgan de un pino.
-Si, vale.
Ambos salieron por la puerta, pero antes de salir de la habitación, a Akio le pareció escuchar un susurro.
"Si necesitas ayuda, di mi nombre. Entonces verás que esto no ha sido una alucinación."
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