Ehh bueno, he aquí un bonus track jajajajjajajajjajajjajajjajajajjajajaja hell habla señores! A ver que fue lo q pasop:

Realmente no me agradaba estar echado en el suelo, por lo menos no por tanto tiempo. Simulaba estar dormido, para engañar a algún pobre incauto que le agradaran los gatos. Era como ir de pesca, lanzado el anzuelo a la espera de un pez.

No era buen lugar para ir de caza, era el lugar más opulento de la ciudad. Era gente adinerada y famosa que sin duda extrañarían si muriera; pero eso me hizo emocionar más, que mejor que arrebatarle la vida a un humano idiota y famoso.

Sabía que me iba a meter en problemas si lo hacía –sin duda Christian me regañaría- pero era divertido romper las reglas. Además, se lo merecía por mandarme a matar a ese insecto, habiendo tantos cazadores disponibles ¿por qué carajos me había mandado a mí?

No había nada que más me enojara que encargarme de los recién nacidos era algo terriblemente aburrido. Era sencillo matarlos; no duraba mucho la pelea y eso me frustraba.

Por eso decidí cazar en esta zona, para desquitarme; necesitaba ver el miedo los sus ojos de mi victima, chuparle la vida hasta que estuviera agonizante. Siempre era satisfactorio hasta el final, dejándolo frío y hueco.

Este país realmente me había gustado, la gente podía desaparecer, morir y a nadie le importaba; se culpaban entre ellos. Era realmente divertido, la variedad de sabores era excelente porque era un país ubicado en el trópico, su sangre sabía mucho mejor porque su dieta era más saludable.

Seguí esperando en la acera, esperando un bocadillo antes de irme a casa. Ahora que lo pensaba, era mejor que me quedara una semana más, para disfrutar de la comida y para hacer rabiar a Christian.

Mis sentidos se alarmaron al escuchar unos pasos, aun estaban lejos pero me hizo sentir bien, había llegado la cena.

Los latidos de un corazón me llamaban. Mi nariz se llenó de un aroma cautivador, era una mujer. Sentí palpitar con más fuerza las ansias dentro de mí, clamaban por ser atendidas. El olor de mi victima era más atrayente de lo normal, no era ese apetitoso olor a sangre que me hacía querer matarla, más bien me hacía desear olerlo de más cerca, olerlo para siempre…

Siseé por lo bajo enojado, ¡Maldita sea!, ¿quién diablos será esa mujer?

La velocidad de su caminar se redujo, lo pude notar por las vibraciones del suelo. Se acercó lentamente a mí, su maldito olor me hacía desconcentrar, me ponía nervioso; era el efecto contrario de lo que me causaría el olor de un humano corriente, por lo general su olor a sangre y a vida efímera me hacía estar más alerta, más ansioso por tomar su insignificante vida.

A medida que la mujer se acercaba me sentía más nervioso, mis sentidos estaban dispersos. Me sentí enojado, siempre había sido un excelente cazador y ahora estaba temblando ante mi presa.

En mi cabeza empecé a imaginar la mejor manera de matarla, tenía que hacerla sufrir y agonizar; o eliminarla rápidamente para quitar el pequeño impase. Maldije con más fuerza para 

mis adentros, no podía tolerar esa pequeña muestra de debilidad, aunque sabía que cuando la matara nadie sabría nada sobre el improvisto, no podría perdonarme nunca por haber sentido eso.

Los nervios eran algo humano, no era permitido para un depredador sentirlos; no, tenía que pensar con cabeza fría.

Antes de que pudiera darme cuenta ella estaba a mi lado, su olor se hizo más fuerte, estaba muy cerca de mí. Me tocó, sus sanguíneos dedos me quemaron la piel. Su tacto me hizo estremecer hasta la medula, ella retiró los dedos rápidamente.

No supe porqué lo hizo, pero me hizo ansiar que me tocara de nuevo. Me maldije a mi mismo; es comida, simple y descerebrada comida.

Quedé sin aliento cuando me volvió a tocar, su ardiente piel era una delicia.

-pobrecito- murmuró la mujer.

Su voz, me hizo sentir cálido por primera vez en muchos siglos; me hizo sentir cosas ya olvidadas…

Ella me rodeó con sus delicados brazos, tembló al cogerme, su aroma ahora me rodeaba. Quería rendirme en sus brazos, pero mi enojo brotó de nuevo con más fuerza.

Me resistí, abrí los ojos.

Ella se asustó. Me puse de pie, mis garras salieron de mis patas.

Ella se quedó mirándome de la misma manera que yo la miraba a ella. Se puso de pie lentamente.

Era joven, una adolecente; sus rasgos eran finos, su cara era delgada y la piel se le pegaba un poco a los huesos de su rostro, pero no al extremo de ser esquelética; si no a la medida justa para resaltar sus pómulos.

Su lozana piel era pálida, pero no por la falta de sol, era una palidez enfermiza, aunque no era amarillenta, era como de un color crema. Supuse que tal vez no comía bien.

Sus labios carnosos y suaves como un botón de manzano, rojos como la sangre que fluía por sus venas.

Su cara inocente y pura en el fondo había dolor, melancolía, mostraba perplejidad; aún así era muy hermosa. Sus ojos eran color miel, su cabello largo y castaño le llegaba un poco más debajo de los hombros, le caía alrededor del cuello.

Su dulce y tentador cuello.

Posé mis ojos en su esbelta figura, llevaba un pantalón pesquero negro de mezclilla ajustado, sus piernas eran largas y delgadas, sus caderas denotaban lo joven que era, su cintura estaba delineada por la camisa roja cereza que llevaba puesta. Su busto, ¡ah! Me hacía desearla. La camisa se le ceñía a los senos resaltaba lo voluptuosa que era.

Ella dio un paso hacía mí, acortando la distancia que nos separaba. Su dulce aliento me hizo reaccionar.

Soy un depredador, ella es mi comida.

Abrí mi mandíbula y mostré mis colmillos.

Ella se quedo pensando, debatiéndose. Quería usar mis poderes sobre ella, pero me detuve al imaginarla con el rostro en blanco, la mirada perdida y sin brillo. Con mucha rabia, me contuve.



Con una mueca de desgano, ella extendió su mano hacía mí; soltó una risita que no hubiera escuchado de ser un humano.

No quería rendirme ente ella, pero su aroma me estaba volviendo loco. Intenté resistirme, intenté recordar las ansias de sangre, de muerte; pero esa maldita chica me tenía embobado.

Matarla, tenía que matarla; de una forma sádica, tenía que desangrarla y hacerla sufrir…

No -gritó una voz en mi interior que en mucho tiempo no había escuchado- no te atrevas a hacerle eso, ¿acaso no la deseas tener cerca? ¿No deseas aspirar profundamente su aroma? ¿No deseas rozar sus rojos labios?

Mi furia acrecentaba cada vez más, y la chica seguía ahí; inmóvil ofreciéndome su cuerpo, su vida. Incapaz de resistirme más, fui hacía ella y me sobé contra su pierna. No puede evitar ronronear, la cercanía me agradaba.

Su encanto y olor eran más fuertes que mi odio, irrisible odio ante la necesidad de estar a su lado.

Ella me iluminó con su sonrisa, solo eso bastó para derretir el frio hielo dentro de mí. Años y años de carnicería y gusto por la sangre se esfumaron; ya no era Hell el sanguinario, era Friedrich de nuevo, el mismo de hace 300 años.

-¿puedo llevarte a mi casa?- preguntó la chica amablemente mientras extendía sus brazos hacía mí.

Asentí con la cabeza, expectante. Sabía que un gato normal no se comportaría así, pero necesitaba estar cerca de ella no me importaba nada, solamente ella.

Me alzó en sus brazos, me rendí ante ella. Nunca me había negado el placer de matar, no iba a negarme el placer de estar a su lado.

Su calidez era un deleite, estaba tan cerca de sus pechos tibios y blandos. Me quedé mirándola fijamente fascinado de lo hermosa que era de cerca. Ella me observó con curiosidad, escrutándome con su mirada.

No supe cuando comenzó a moverse, no me importó; nada me importó.

Ese viaje me pareció increíblemente largo. Quería tomar mi verdadera forma y llevarme a la chica; aunque ella no quisiera ir conmigo, la raptaría. Me agradaba la idea de encadenarla a mí, para que nunca pudiera huir; tenerla solo para mí, poder explorar sus curvas femeninas cada vez que quisiera.

Que dulce sonaba esa idea.

Podría descubrir las inexploradas delicias de la carne a su lado; amándola todas las noches, todo el día, a todo momento.

Reí para mis adentros ante el pensamiento, todos los años que habían pasado y era la primera vez que una mujer despertaba esa clase de sentimientos en mí. Ni siquiera en mi vida humana había experimentado esa clase de cosas.

Sin darme cuenta llegamos a su casa, dentro de un conjunto cerrado de casas. No pude evitar juguetear con su cabello, mientras intentaba reprimir los deseos de tocar sus senos.

Sentí sus ojos sobre mí, y la contemplé consciente de que mis ojos reflejaban lo ávido que me sentía por ella.



Ella tocó una puerta hecha de metal negro retorcido, sin duda ella venía del seno de una familia rica.

La puerta se abrió de inmediato, una mujer de unos cuarenta años estaba en el umbral de la puerta. Tenía rasgos similares a la chica pero no era tan hermosa, se veía más adulta y preocupada; llevaba una chaqueta de paño azul y una falda que hacía juego, su cuello estaba adornado por un collar de perlas blancas. El aroma a perfume caro me quemó la nariz. Mis sospechas eran ciertas; esta chica era adinerada.

-Hola- saludó la chica con voz tímida.

-¿quién es este amiguito tan simpático?- exclamó la mujer con la mirada fija en mí.

-lo encontré en la calle, parece que esta herido.- respondió la chica con pesar en la voz.

No me agradaba que pensara eso, siendo yo indestructible. Temía que esa señora me alejara de mi nueva "dueña", miré a la chica y luego miré a la mujer.

-¿será que…? –Ella dudó un momento- ¿se puede quedar aquí?

La mujer frunció el ceño.

-no se- respondió.

El odio volvió a cobrar fuerza dentro de mí, pero esta vez no era por la chica, era por esa absurda humana que se iba a interponer.

-bueno, puedes quedártelo- dijo la mujer.

Ella sonrió ampliamente. Sentí una mezcla de emociones, por un lado felicidad porque ella parecía feliz por quedarse conmigo, por otro lado odio por darle tanta importancia a ese hecho.

Me llevó dentro de la casa, la entrada llevaba a un recibidor, y conducía a una sala bien decorada con muebles blancos y piso de baldosas negras perfectamente limpias y brilladas. Había un tabique que separaba la sala del comedor.

La chica subió rápidamente por unas escaleras de caracol hasta el segundo piso, y se metió en la primera habitación de la derecha; cerró la puerta y me puso sobre su cama.

Toda su habitación olía a ella. Tres de las paredes estaban pintadas de lila, y la otra tenía un gran ventanal que daba a un balcón; desde allí se veía la sabana cubierta de pinos y eucaliptos. Su cama estaba en la mitad del cuarto con la cabecera recostada contra la pared que quedaba al frente del ventanal; tenía unas sabanas color rosa.

No pude evitar sentirme excitado al imaginarla en la cama dormida, inconsciente; lista para que la tomara.

Cuando esa chica se quedó mirándome fijamente, los deseos de mostrarme tal cual era se aguzaban en mi interior, la miré fijamente deseando que ella supiera quien soy, deseando que se me acercara.

Ella desvió la mirada, intuí que era que la fuerza de mis ojos la había intimidado.

Después se sentó a mi lado.

-eres un gato raro.- señaló la chica.

¿Raro? Chiquilla estúpida, no ha visto nada. Si la hiciera sentir mis colmillos en su cuello, entonces sabría que en realidad si soy raro.

De improvisto, ella se abalanzó sobre mí, la esquivé; aún guardaba la esperanza de poder matarla así que no podía dejarme seducir por su cálido abrazo.

-Que gracioso eres- exclamó ella con marcada acritud en la voz.



Antes de poder si quiera notarlo estaba echado en su regazo. Maldije de nuevo, esa chica tenía mucho poder sobre mí, me hacía sentir terriblemente débil. Las ganas de matarla vinieron de nuevo, y las alimenté gustoso. Pero fue en vano, la sonrisa de la chica me había vuelto gelatina.

-Eres muy tierno como para enojarme contigo.

Me pregunté si ella seguiría pensando así al verme con los colmillos afuera, ronroneé burlonamente ante el pensamiento.

Ella puso una mueca de incomprensión y se acercó a mí. Su proximidad me llenaba la nariz de su esencia, a carne cálida y viva de mujer.

-No eres un gato común, por lo general todos los animales huelen a… a animal, tú hueles muy bien para ser un gato callejero.

Me sentí orgulloso, la chica era más perceptiva de lo que hubiera imaginado. Sin lugar a dudas era una chica especial.

Escuché una voz que provenía del primer piso, aproveché para escabullirme; la chica se puso de pie y fue a la puerta, mantuvo una conversación a gritos con la mujer que estaba abajo, le dijo buenas noches y cerró la puerta; esta vez con seguro.

Sonreí para mis adentros, sin duda ella podría gritar y nadie podría abrir la puerta para ayudarla.

Ella empezó a quitarse la camisa, pero antes de que llegara a ver sus pechos, ella me puso una sabana encima.

-Es para que no me veas mientras me visto- dijo ella con sarcasmo.

¿Cómo supo que yo podría interesarme en verla desnuda?

-Ella lo sospecha- dije para mi fuero interno.

Ese pensamiento avivó mis ganas de poseerla.

A través de la sábana pude ver la silueta de su cuerpo desnudo, la curva de su cintura, la montaña de sus senos. Solo con esto me conformaba, ya habría tiempo para verla desnuda.

Cuando hubo terminado me quitó la sábana de encima, me contempló con interés y luego se acercó y acarició mi cabeza. De nuevo el ardor en mi piel, su caricia me dejaba extasiado, proferí un ronroneo.

Aún no estaba seguro de que hacer con ella, me debatía entre matarla o dejarla vivir. Si la mataba, no estaba seguro de cómo me sentiría y si la dejaba vivir seguro tendría que quedarme con ella, no podría dejarla escapar después de haber sido ella la que me había desconcentrado.

Con despreocupación, empecé a limpiarme la sangre del dorso con la lengua. La sangre de vampiro, pero tenía que limpiarla porque apestaba a demonios.

Mientras me limpiaba empecé a recordar el encuentro con el recién nacido. Vivía en un lugar marginado de la cuidad, y planeaba formar un ejercito de vampiros. Pero no representó una gran amenaza, en realidad fue muy sencillo matarlo; con una estocada directa en el corazón. Había sido una apuñalada prolija y limpia, pero no pude evitar descuartizarlo; era un placer encantador y sabía que podía hacerlo porque, cuando el sol destronara a la reina luna, sus pedazos quedarían reducidos a carne seca e irreconocible y finalmente, cuando su cuerpo no tuviera humedad, se prendería en llamas; borrando así, toda evidencia siniestra.

Lo único malo era que me había impregnado de su asqueroso hedor, era un pequeño precio que había que pagar por algo de sana diversión.

Lleno de expectación me recosté en la cama de la chica; no sabía que hacer, así que esperé a ver como avanzaban las cosas.



Ella se puso de pie y apagó la luz, la penumbra se apoderó de la habitación. Así era mejor, la oscuridad me permitía moverme a mi antojo.

Ella se acostó boca arriba y cerró los ojos.

El sonido de su cadenciosa respiración me avisaba que todavía no estaba dormida, aproveché para pensar que hacer. Estaba confundido y enojado; y su olor no ayudaba a aclarar mis ideas.

Tenía que decidirme rápido, irme o quedarme.

Después de debatirme decidí hacer lo que se me viniera en gana, ella era una simple humana; así que decidí improvisar.

Me bajé de la cama y volví a tomar forma humana, ¡ah! de nuevo era yo. Hice tronar mis dedos, preparándome para mi entrada triunfal.

Me coloqué encima de ella, sin dejarla sentir mi cuerpo contra el suyo. Empecé a jadear, la cercanía con ella me estaba exacerbando, y más ahora que era un hombre de nuevo.

Tenía su rostro frente al mío, estaba terriblemente tentado a rozar sus labios con mi lengua; solo sería un poquito, para probar si eran tan dulces como parecían.

De repente, ella abrió sus ojos. No me asusté, me emocioné más; ella recorrió mi rostro con la mirada lleno de ganas de saber cual era su impresión leí sus pensamientos.

¿Quién es?

Miedo… a pesar de que sea tan hermoso.

No me impresioné, todas las mujeres con las que alguna vez me había cruzado decían eso; pero, en el fondo, me llené de un extraño gozo.

-Hola- exclamé consciente de que mi voz revelaba lo ansioso y deseoso que me sentía.

Un débil sonido emergió de su garganta, era… algo así como un grito.

No había nada más agradable que ver a la presa temblar de miedo.

Tapé su boca con mi mano, sintiendo de nuevo ese dulce escozor. Sentí la piel de sus labios arder debajo de mi mano.

-Bueno, tenías razón de que era un gato muy extraño –sonreí - la verdad es que no soy un gato.

El miedo destelló en sus ojos color miel.

Ella hizo un gesto de comprensión.

-se me hizo extraño que alguien cayera en mi trampa, puesto que ya llevaba varias horas esperando y parecía que nadie me notaba ahí echado –esbocé una sonrisa malévola, dejando salir levemente la bestia en mi interior- pero luego apareciste tú, quien cortésmente me invito a su casa.

El miedo dejo de brillar en sus ojos, esto, en vez de enojarme, me agradó.

-bueno, no le demos más vueltas al asunto- exclamé.

No sabía que hacer, estaba muy confundido con esa chica a mi merced; no importaba después iba a decidir que hacer, por ahora tenía que probar su sangre, a ver si me quitaba las ganas de besar sus labios.

Ella cerró los ojos con fuerza. Me sentí desconcertado; no entendía su reacción.

-¿por qué cierras los ojos?- le pregunté.

Ella pareció relajar los parpados, pero aún los tenía cerrados.

No podía soportar que no me mirara, ella tenía que mirarme, tenía que ver las ansias en mis ojos.

-mírame por favor- le pedí.

Me sentí insignificante.

Ella abrió los ojos de nuevo, me observó como si fuera algo comestible, Reí para mis adentros ¿quién era la comida? ¿Ella o yo?



-gracias- de dije agradecido.

-ahora que ya estamos listos prométeme una cosa, prométeme que cuando destape tu boca no vas a gritar- pedí cortésmente.

Sabía que lo iba a hacer, pero eso me agradó aún más.

Ella asintió con la cabeza. Levanté mi mano de su cara lentamente, esperé impaciente que gritara, pero no lo hizo.

-Bien hecho- la felicité, no sabía si debería alegrarme o entristecerme de que no lo hubiera hecho.

Me quedé mirándola fijamente, no supe si estaba usando mis poderes sobre ella o no; realmente no me interesaba, solo podía pensar en la proximidad de sus labios con los míos. Lentamente me fui acercando a ella, ansioso, excitado por el contacto; ella no temía, tenía su rostro calmo y sereno.

-¿qué eres tú?- me preguntó ella con un débil susurro.

Su voz no tenía miedo, mostraba otro tipo de sentimiento…

-solo digamos que soy… ¿cómo lo llamarías tú? Un vampiro.- le dije suavemente.

Sus labios me llamaban al igual que su sangre, aunque el llamado de su carne era más fuerte decidí corresponder al de la sangre, para descifrar si era eso lo que me atraía de ella.

Agaché la cabeza cerca de su cuello.

-ah… es bueno saberlo- murmuró.

Los latidos de su corazón se volvieron lentos y acompasados; se había quedado dormida. Presioné mis labios contra su cuello, el olor de su piel era más intenso.

La mordí suavemente, no le saqué mucha sangre; apenas unas gotas, no quería sumirme en el sueño oscuro; por lo menos no hasta que hablara con la chica. Deslicé la sangre de su cuello a mi boca, era más dulce que sangre común, sin duda; pero su sangre le hacía falta algo, probablemente la chica no ingería proteína animal.

Aún así no me sentí satisfecho, no era eso lo que anhelaba de ella, aunque fuera realmente delicioso. Era otra cosa ¿pero qué?

Me levanté confundido, contraje de nuevo mis colmillos. Empecé a husmear la habitación con más detenimiento, al lado derecho había un tocador, me miré en el espejo seguía siendo el mismo de siempre. No pude evitar abrir los cajones, quería saber que guardaba una mujer; era una curiosidad morbosa ya que llevaba mucho tiempo sin estar en los aposentos de una.

Abrí los cajones, guardaba ropa allí; en uno había pantalones, en otro había blusas y camisas, en otro había faldas. Toda su ropa era de color negro, morado o rojo; eso me agradó casi tanto como los afiches que decoraban su habitación.

Luego abrí el primer cajón del lado derecho, allí guardaba la ropa interior.

Su ropa interior.

Me sentí como si fuera algún tipo de criminal pedófilo. Que irónico, mataba y descuartizaba y no me sentía así, y ahora que esculcaba la ropa interior de una mujer –en realidad de una jovencita- me sentía culpable.

Con una sonrisa en los labios hundí mi mano entre la ropa, saqué unas pantaletas negras con calaveras.

¿Podría llegar tan bajo?- me pregunté mientras me debatía entre oler o no la prenda.

No importaba ya, la acerqué a mi nariz y la olfateé; no cabía duda que era de ella, aunque olía a jabón fino de ropa aún quedaba una nota de su olor. Me pregunté que diría mi hermano si me viera, sin duda se reiría de mí. Estuve realmente tentado a guardarme esa prenda para mí, la olí un poco más –casi drogándome con ese dulce aroma a… ¿feromonas?-.



¿Quién lo diría?, el famoso Hell oliendo ropa interior de mujer. Todo lo que alguna vez repudié y rechacé se hallaba representado en esa chica de cabellos castaños.

Extraño, era extraño que después de tres siglos de odio por la naturaleza humana terminara así, rendido ante el aroma de esa chiquilla.

¿Y que derecho tenía ella de hacerme esto? Era una simple humana, tonta e insignificante humana.

Y si era insignificante ¿por qué seguía aquí a su lado oliendo su ropa?

Solté una maldición soez en voz baja, nunca me habían agradado las sorpresas, lo improvisto, los errores; y esa chica cuyo nombre me era desconocido, era tan solo eso, un error.

Dejé su ropa en su lugar, estaba tentado de coger uno de sus sostenes; eran de colores vivos y otros oscuros, era inevitable imaginarla con eso puesto; se vería aún más deliciosa.

Metí la mano de nuevo en el cajón, mientras me mordía el labio tratando de controlar la ira asesina que sentía. La hundí hasta el fondo y me encontré con algo rectangular.

Lo saqué, la curiosidad podía más que mi enojo. Era un cuaderno rosado.

-patético –murmuré para mis adentros.

Lo abrí, era un diario; lo supuse porque cada hoja llevaba una fecha distinta. La letra era confusa y difícil de leer, solo podía distinguir fragmentos de frases y palabras que por si solas carecían de sentido. Pasé las hojas del diario, hasta llegar hasta la última hoja escrita; tenía la fecha de hace varios meses atrás. Me pregunté por qué habría dejado de escribirlo, seguí pasando paginas para mirar que más tenía. Justo en la mitad del cuaderno, había un papel doblado. Dejé el cuaderno en su lugar y desdoblé el papel.

Lo leí, era la descripción de síntomas de un paciente, era del consultorio de un psiquiatra; no supe quien era el paciente porque el lugar donde estaba escrito el nombre estaba tachado con tinta negra. Decía que el paciente presentaba un trastorno antisocial, sufría de ansiedad y depresiones severas, sin mencionar las conductas obsesivas que podría presentar y se le recomendaba recibir atención constante.

-¿Sería esto de la chica?- me pregunté mientras guardaba el papel.

No importaba, era una pequeñez.

Centré mi atención en una repisa que había en el cuarto, encima de ella había muñequitos perfectamente ordenados, eran figuras que tenían proporciones humanas había pequeños hombres con espadas y mujeres con atuendos extraños.

Me reí mientras cogía un muñeco de pelo rubio cogido en una trenza, sin duda la chica era una niña todavía; aunque su figura fuera la de una mujer.

Dejé el muñeco en su lugar, me dirigí a la mesa de noche; encima había un reloj de bolsillo, era de plata; lo cogí de la cadena, estaba consciente que si ésta llegaba a cortarme me heriría.

El reloj tenía un extraño relieve, era un león. Hace tiempo que no veía un reloj de bolsillo; la gente ya no los usaba. Era algo más de mi época, de la época que viví como un humano.

Puse el reloj en su lugar y contemplé a la chica, dormida se veía más indefensa; y pensar que en menos de un segundo podría morir. Sin duda era un pensamiento reconfortante.

Cerré los ojos e intenté concentrarme, quería poner claras mis ideas; había pasado varias horas desde que había visto a esa chica y todo razonamiento que había hecho en ese tiempo carecía de sentido, ni siquiera mis pensamientos eran congruentes; iba de un extremo a otro, queriendo estar con ella y ansiando matarla al mismo tiempo.

La chica se veía tan apacible, eso hizo que la bestia en mi interior quisiera salir; por lo general la hubiera dejado hacer de las suyas, pero hoy no podía, no iba a arriesgarme.



Husmeé un poco más su habitación, descubrí el uniforme de su colegio y su carnet; ella estudiaba en un colegio campestre que no quedaba muy lejos de aquí. Me pregunté como sería ella, que clase de amigos tendría; si compartiría los mismos gustos que sus amigos, y aunque me dolía pensar en eso, en su novio; ella siendo tan apetitosa probablemente tendría un sucio humano al lado, un humano que besaría sus labios, un humano que tocaría sus dulces senos…

Me encolericé al darme cuenta del extraño curso de mis pensamientos, no conocía a esa chica y me sentía celoso al pensar que tuviera novio; de repente, recordé las odiosas palabras de Christian.

«No hay placer que se compare con el gozo de encontrar a tu doncella, es como si fuera tu otra mitad, te sientes a gusto con ella…»

«…como si lazos invisibles los unieran…»

¿Y si el idiota de Christian tuviera razón? ¿Si en realidad existe en este planeta una doncella para mí? ¿Qué tal que esta chica…? ¿Sería eso?

No, Christian era un idiota; un vil idiota que creía en los cuentos de hadas que le narraba Caterina.

Y si fuera cierto, dudo mucho que ella se enamorara de mí; ni siquiera las hembras de mi especie querían involucrarse conmigo, me temen.

Con esos pensamientos en mi cabeza fui a la ventana, corrí las pesadas cortinas purpuras abrí la ventana que era corrediza.

Era media noche, la luna estaba en lo alto; en la cumbre, dominando la oscuridad.

Mis sentidos me alertaron que la chica se había despertado, había intentado gritar, pero solo había lanzado un bufido.

Cerré la ventana, me volteé para contemplarla. Estaba totalmente inmóvil; sus ojos chispeaban de ira.

-¡tú!- gimió.

Ese gemido se me había antojado muy sensual, no pude evitar sonreír.

-veo que ya estas despierta- comenté amablemente.

-¿qué me has hecho? ¿Estoy muerta?-preguntó con voz ronca. Estaba completamente inmóvil.

-Shhh… calla, es mejor que te quedes quieta.

Me acerqué a ella, me senté en el borde de su cama. Ya había tomado la decisión, definitivamente me iba a quedar con ella; aunque ella no quisiera.

Ya me había encaprichado con ella, como si fuera un niño pequeño con un juguete nuevo. Pero ella era más que un juguete, era mi chica, mía; solo mía.

No pude contenerme más y acaricié su rostro con mis dedos, era tan blanda y suave, con cualquier cosa podría romperse. Deslicé mis dedos hasta sus labios, ella tembló levemente; pero no pareció darse cuenta.

Ella me observaba fijamente, no se veía asustada, estaba tranquila; me empecé a preguntar si ella podría sentir el peligro que corría estando a mi lado.

-Si ves, es mejor que te tranquilices.- la apremié.

Ella me observaba ávidamente.

La piel de su cuello palpitaba delicadamente, su vena yugular era muy atrayente; corrí mis dedos por su cuello, tocando la marca que mis dientes habían dejado en su nuca, lo que mostraba que ella era de mi propiedad.

-Hm- murmuré con gesto dubitativo- Parece que no va a quedar más que un moretón.

Aunque solo fuera un moretón, aunque aparentemente se borrara; iba a quedar en su piel para siempre.

-¿a qué te refieres?- preguntó ella, pude notar que estaba molesta.



Eso me hacía ansiarla más, el olor de su enojo mezclado con su aroma natural era el afrodisíaco más potente que pudiera existir.

-a la mordida, por supuesto.- le respondí

-¿mordida?- preguntó inquieta.

Me sorprendí.

-¿es que no te acuerdas?

-pensé que solo había sido un sueño.- murmuró confundida.

-¡Un sueño! -exclamé divertido. Intenté reprimir la risa- nunca habrías podido imaginar algo así, mírame ¿te parezco un sueño?

-No- espetó, pude notar que intentaba reprimir una sonrisa.

Me sentí complacido, ella sentía algo por mí.

-ah… bueno. Esto es real, muy real.-dije mientras acariciaba su nuca.

Su piel, como siempre, quemando mis dedos. Noté que se estremeció, apenas lo hizo me impelí sobre ella, sujetando sus muñecas a los costados de su cabeza; para que no se moviera.

Ella quedó tan cerca de mí, sentí mis colmillos punzar mi lengua; la bestia clamaba por salir, quería tocarla, rasgar su piel, lamerla; sentir la sangre, oírla gritar mi nombre…

Tuve que utilizar toda mi fuerza sobre humana para contenerme, para encadenar a la salvaje bestia jamás domada.

-No vayas a hacer ninguna tontería- le advertí- agradece que te he dejado viva, por favor no causes molestias y seré bueno contigo.

-Bueno, no voy hacer nada malo- respondió.

La miré con cautela, lo de menos era que ella se moviera, yo podía detenerla; lo que temía es que ella se acercara a mí, tanto que no pudiera contenerme. Lentamente la solté.

Ella se incorporó y suspiró, su aliento me tenía embelesado.

-así esta bien- contesté con una sonrisa en los labios.

-Explícame una cosa ¿por qué estas aquí?- Me preguntó con gesto curioso.

-Tú me invitaste a entrar.

-¿yo?- preguntó la chica con incredulidad.

-si, tú- espeté.

Ella me miró confundida.

-¿recuerdas? Yo era un gato, tú me invitaste a tu casa y… bueno, el resto ya lo sabes.- le dije como quien no quiere la cosa.

Ella guardó silencio, los latidos de su corazón me zumbaban en los oídos.

-Bueno, tienes razón- habló al fin- pero esta vez tendrías la amabilidad de decirme ¿quien eres tú?

Eso era buena señal, mi bestia interior se calmó.

-Bueno, mi nombre es Hell.

Ella torció el gesto.

-Ah… claro, mucho gusto "Hell"- Espetó con sarcasmo.

A pesar haberlo dicho de esa manera, ella había dicho mi nombre. Una agradable y desconcertante sensación me recorrió todo el cuerpo.

Era hora de que ella me dijera su nombre, hora de saber de una vez por todas el nombre de esa chiquilla.

-¿y cómo es el tuyo?

-Mi nombre no es tan elegante como el tuyo.- comentó avergonzada.

-¡Ah! Vamos dímelo, además yo te dije mi nombre- insistí.

Ella se veía derrotada.

-Mi nombre es Agatha- dijo con desgano.



Su nombre, se iba a quedar por siempre en mi mente.

-No es tan malo como lo hacías parecer.

-Es horrible- discrepó.

-No, no es desagradable; es un nombre normal.

No era horrible, por lo menos no para mí. Hubiera deseado decirle mi nombre de verdad, el nombre que me pusieron mis padres al nacer como humano; pero no quería compartirlo, era algo que me recordaba lo débil de la esencia humana, y lo que no podía hacer ahora es sentirme más débil.

-¿puedo preguntarte algo?- pidió ella, interrumpiendo mis pensamientos.

Las preguntas abiertas, no eran algo bueno. Pero tenía que darle algo para confiara en mí, compartirle algo; era inaceptable, pero había que hacerlo.

-si, claro- dije mientras desviaba la mirada.

-¿Puedes explicarme como es que te conviertes en gato?

¿De todo lo que podría causarle curiosidad, preguntó eso?

Sonreí, estar con ella era cada vez más fácil.

- En realidad puedo convertirme en cualquier animal, es una habilidad bastante conveniente. Puedo hacerlo simplemente con pensar en que cualidad tiene ese animal, transformando cada molécula de mi cuerpo y a veces hasta las cosas que tengo a mí alrededor.

Volví a posar los ojos en ella, me causo gracia que ella se comportara como si estuviera con un amigo.

-Bueno,-se llevó la mano a la nuca. Me causó mucha gracia, como si eso ayudara- ¿por qué me has mordido?

Todos los humanos, sabían por películas o libros que los vampiros bebían sangre para alimentarse.

-¿No es obvio?- le pregunté.

-Eh… no

-Porque tenía hambre, -reí entre dientes, hambre sería si comiera algo solido- más bien sed.

-ah… que cosa tan evidente- señaló con acritud- pero yo pensé que los vampiros mataban gente… -calló un momento, su expresión se veía pensativa- … ¿por qué no me has matado?

Esa era una mala pregunta, ni yo sabía por qué seguía viva.

-No se- respondí mientras sacudí la cabeza.

-Como si fuera mi culpa que oliera tan bien, ridícula niña; si no fuera por eso, ya estaría muerta- refunfuñé por lo bajo.

-Ah… gracias de todos modos.- agradeció tímidamente.

Ella se fijó en mí, la miré fijamente. Era tan extraño, ella parecía no importarle que yo sea un vampiro, ni siquiera le importaba que me hubiera metido en su casa, no tenía miedo de que estuviera a solas conmigo; sin duda era una chica extraña.

Ella se puso de pie, lo noté por el movimiento de la cama. Agatha. Con solo pensar en su nombre me sacudía por dentro.

-Me voy a quedar con ella, -pensé- es mi derecho; me pertenece.

-así que…- comenzó ella cortando mis meditaciones.

-¿así que…?- la afané.

-… ¿te vas a quedar aquí o te vas a ir?- su cautivadora voz se quebró, sin duda le dolía decirlo.

¿Por qué le dolía?

-¿Quieres que me vaya?- pregunté, incapaz de esconder mi desconcierto.

-Bueno, la verdad es que…



No quería saber la respuesta, probablemente me pediría que me fuera. Incapaz de contenerme utilicé la fuerza de mi mirada sobre ella, llamándola, jalándola hacía mí. Pero, no quería que ella lo hiciera contra su voluntad; así que rompí el embrujo.

Para mi sorpresa, ella se lanzó sobre mí; fue ella, por su propia voluntad, había venido a mí.

Me tumbó en la cama, podía olerla de cerca; la deseaba y era incapaz de resistirme. Ella buscó mis labios, y yo la acerqué a mí; la rodeé con mis brazos para que no escapara. Apresé sus labios con los míos, ella no se opuso, me devolvió el beso. Su saliva era el néctar más dulce, más dulce que su sangre; su aliento cálido y vivo quemaba mi boca, mis labios.

Era mi primer beso; el primero en mi vida mortal al igual que en la inmortal.

Toda duda, todo enojo, toda idea de matarla; se disolvieron con ese beso.

Su frágil piel, sabía que con un movimiento precipitado podría romperla; y la sangre brotaría de sus labios. Ese pensamiento me excitó aún más, quería devorarla con mis besos. Ella era un poco torpe, sus labios no sabían que hacer, yo tampoco era muy habilidoso pero, ella me enseñaba el camino. Los latidos de su corazón me decía que lo disfrutaba.

Así que poco a poco, pude mover mis labios con fluidez besándola profundamente; así aprendí a besarla, supe que le agradaba.

Embriagado por el momento, deslicé mi lengua, acariciando la de ella, cálida y húmeda.

Ahora podía entender por qué los humanos hacían esto, era algo encantador; casi comparable con el placer de matar.

Dejé caer mis brazos, para dejarla moverse; para que hiciera lo que se le antojara conmigo.

Temí que ella se detuviera, pero me controlé para no aferrarla.

Después de un tiempo inmensurable, ella se desasió de mí. Su corazón latía erráticamente, estaba emocionada.

Se puso de pie, no sin cierta dificultad. Me observó confundida, yo quería tenerla cerca de nuevo; y morder sus labios, pero no podía hacerla caer de nuevo.