CAPITULO 7
Mientras se maldecía por haberlo echado todo a perder, Ishida se quedó allí, mirando cómo ella se alejaba, sin saber con certeza qué hacer a continuación. Sin embargo, estaba molesto por haber sido rechazado de nuevo por aquella condenada mujer. Observó cómo ella avanzaba con paso vacilante por el sendero iluminado por la luna, balanceando su cabello castaño y haciendo ondear su falda de gasa alrededor de las piernas. Subió corriendo los escalones bajos que conducían a la terraza y desapareció en el interior del edificio.
Él espiró profundamente y se pasó la mano por el pelo, y al recordar que lo habían obligado a cortárselo frunció el entrecejo.
«¿Drummond? —pensó—. ¿Quién demonios es ese tipo?»
Tras tirar de su corbata almidonada con un gruñido, regresó a la mansión de Devonshire con paso airado y pisó el clavel rojo al pasar. Se detuvo con cautela en el umbral de las contraventanas; se sentía otra vez fuera de lugar y frustrado debido a su ignorancia respecto a aquel mundo y todos sus sutiles peligros.
Mientras escudriñaba el salón de baile en busca de su presa, su mirada pensativa regresó al lugar donde antes se encontraba la familia de ella. Decidido a echar un vistazo a aquel pretendiente ideal al que ella consideraba digno de su mano, avanzó con recelo entre la multitud hasta que vio al anfitrión de la fiesta hablando con un grupo de invitados. Devonshire le diría quién era el tal Drummond. Se situó al lado del joven duque; tuvo que soportar otra ronda de presentaciones, y decir que estaba encantado de conocer a todas aquellas mujeres, cargadas de diamantes. Todos le lanzaban la misma mirada especulativa y mencionaban a sus hijas y sobrinas, pero él ya había escogido en secreto a su futura novia, tanto si a ella le gustaba como si no.
Tras la absurda cháchara de los invitados, llevó aparte a Devonshire con discreción y le formuló la decisiva pregunta. Cuando el duque le dijo lo que quería saber, señalando con la cabeza en dirección al otro lado del salón de baile, donde todavía se hallaba la familia Tachikawa, Ishida no dio crédito a lo que veían sus ojos.
—Está bromeando —dijo, mirando de nuevo a su anfitrión.
Devonshire negó con la cabeza, muy serio.
—¿Es... el mismo Drummond del Ministerio del Interior? —preguntó, para asegurarse.
—Sí —le dijo el duque, asintiendo con la cabeza.
No se le había pasado por la mente aquel nombre hasta que vio al caballero. No parecía posible. «¿Qué demonios está tramando esa chica?» Ishida entornó los ojos.
Mimi , la joven radiante a la que había llegado a considerar suya, se agarraba con desespero al brazo de un hombre que debía de tener setenta años como mínimo. Un hombre conocido como uno de los opresores más infames del gobierno en Liverpool. Estaba coqueteando descaradamente con el viejo tirano. Él lo advirtió en su risa alegre, el movimiento de sus pestañas, la elegante inclinación de su cabeza. No podía creer lo que estaba viendo.
«Se ha vuelto loca —pensó—. ¿Ese vejestorio... por encima de mí?»
Bueno, no sería difícil arrebatársela a aquel viejo. Con su constitución robusta y su mandíbula cuadrada, Drummond no era un anciano de aspecto frágil, pero su piel curtida estaba surcada de arrugas, y su pelo lucía el mismo color gris apagado que su frac. Sus gafas redondas centelleaban a la luz de las velas, como si incluso entonces estuviera tramando una intriga o una nueva forma de pisotear a los pobres.
Cuando Ishida miró con asombro a Mimi, recordó la apasionada determinación con la que ella habló de sus ansias de ser libre aquella noche en su habitación; recordó que él le tomó el pelo ante la idea de que se casara con un viejo. Poco a poco comprendió lo que ocurría.
«Vaya con la astuta señorita. Estás hecha una arpía y una maquinadora, querida.» La miró asombrado desde el otro lado del salón de baile. «Al final has encontrado las llaves de tu jaula.»
El único marido que no le causaría molestias era un marido muerto.
Ishida se quedó de piedra. Se habría echado a reír abiertamente de la arriesgada estrategia de la joven, pero de repente se dio cuenta de que aquello significaba que el viejo era un rival más serio de lo que en un principio había pensado. La amenaza no era el propio Drummond, sino lo que podía darle a Mimi.
Libertad.
Lo mismo que él le había arrebatado la noche que la entregó de nuevo a su familia.
Su leve sonrisa sarcástica se desvaneció mientras intentaba orientarse en medio de aquellas nuevas y confusas circunstancias. Como si hubiera notado su mirada, ella echó un vistazo y lo miró furtivamente por encima del hombro; sus miradas coincidieron a través de la multitud. Cuando se vio atrapado por el fuego de aquellos ojos almendrados y sensuales, Ishida se quedó sin respiración por un instante.
Mientras le dedicaba una sonrisa sardónica a modo de reproche, le hizo una pequeña señal con la cabeza. «No funcionará. Me deseas demasiado.»
Ella agitó la cabeza en señal de altivo desdén y apartó la vista; pero sus mejillas se ruborizaron. A continuación su maduro pretendiente se la llevó de allí para que se mezclara con los dignatarios extranjeros que habían empezado a llegar de la boda real.
Con una ira cada vez mayor y una incertidumbre creciente, Ishida observó a la desigual pareja mientras pudo contener su genio —aproximadamente nueve segundos— y luego salió decidido del baile como un huracán, sin despedirse de nadie.
Ya estaba harto de aquella maldita cortesía.
Había llegado el momento de dar caza a los Chacales.
Al tiempo que se desanudaba la corbata de un tirón, salió del edificio con paso airado en dirección al automovil nuevo y absurdamente caro que su padre le había comprado; un lamentable intento, sospechaba, de tranquilizar su conciencia por haberle golpeado en tantas ocasiones.
Cuando Ishida empezó a conducir el coche impetuosamente por las calles, el mozo de cuadra se agarró como si le fuera la vida en ello. El coche superaba hasta tal punto en ligereza y rapidez a los carros que él estaba acostumbrado a llevar, que casi lo volcó al doblar a toda velocidad la esquina de Piccadilly con St. James´s Street. Oyó, que el mozo tragaba saliva sonoramente y se dio cuenta de que estaba a punto de desahogar su ira con el pobre auto. Él no era su padre.
Tras refrenar al auto, condujo el resto de trayecto hasta la majestuosa y sombría mansión de Lincoln's Inn Fields a un paso más razonable, sin dejar de cavilar. ¡Dios, aquella muchacha era una testaruda! Pero, aunque quisiera, no podía permanecer indiferente ante ella. Era una locura desear a una mujer como aquella. Incluso Lucien había dicho que la chica era astuta. Perplejo y furioso, hizo que el carro se detuviera delante de la casa alta de ladrillo construida ochenta años atrás.
Salió del auto de un salto y lo dejó en manos del mozo de cuadra. Mientras el criado se llevaba el llamativo vehículo por el estrecho pasaje, Ishida subió la escalera de la parte delantera, mirando en todo momento por encima del hombro. Detrás de él, la plaza del jardín, que antaño había sido escenario de ejecuciones públicas, se hallaba a oscuras y en silencio; las otras grandes casas que había alrededor conservaban su antigua respetabilidad como viudas que recordasen sus días de debutantes. Los edificios se mantenían en buen estado, pero el barrio había dejado atrás sus días de gloria. Incluso el hermoso teatro situado cerca de Portugal Street había perdido a su público, y ahora se usaba como almacén de artículos de porcelana. El mundo elegante se había desplazado en dirección al este, hacia Mayfair; de hecho, desde la ventana del piso superior de su casa, casi podía ver el límite de su antiguo territorio.
No quería pararse a pensar si existía algún motivo por el que hubiera escogido un territorio tan próximo a la residencia de su padre. De todas formas; el viejo desgraciado pasaba la mayor parte del tiempo en Nagashima, emborrachándose, y ni siquiera se molestaba en asistir a la ceremonia de apertura anual del Parlamento. Ishida lo sabía ya que había seguido las actividades de su familia con amargura desde la distancia.
Continuó subiendo la escalera y se sorprendió cuando Gerald, el mayordomo de noche, le abrió la puerta dedicándole una reverencia cordial.
—Señor Ishida.
—Buenas noches, Gerald. ¿Está mi padre en casa?
—No, señor, su señoría está en el club. ¿Le mando subir algo de comida?
Él rechazó la oferta con la mano.
—No, ya he tenido suficiente.
Todavía no estaba acostumbrado a tener personas que lo hacían todo por él. De hecho, le resultaba imposible tratar a los criados como lo que se suponía que eran.
—Gracias, amigo —dijo, y dio al hombre una afectuosa palmadita en el hombro al pasar junto a él.
—Cla... claro, señor—contestó el criado, sorprendido mientras Ishida abandonaba el vestíbulo y subía la amplia escalera de caoba en dirección a su recamara.
Acababa de pasar por el descansillo del primer piso y se disponía a subir al segundo cuando una voz débil y tenue lo llamó desde detrás.
—Yamato.
Inmediatamente reconoció aquel tono desvalido; tuvo que reprimir el amargo y largamente alimentado rencor que recorrió su cuerpo al instante. Se detuvo en la escalera y se giró cansinamente mientras su madre salía del salón situado debajo, silenciosa como una sombra.
A sus cincuenta años, la delgada y antaño elegante marquesa era una mujer endeble de belleza menguante y una constante expresión de angustia. Cuando era un muchacho, en las calles de Odaiba, en ocasiones había sentido nostalgia al recordar el olor de su madre o, más exactamente, el olor de sus cosméticos: el compuesto negro de incienso con el que teñía los párpados y las pestañas, y el broche de carmín que a veces le había visto ponerse en el cabello. Incapaz de evitar que su marido pegase a su hijo mayor, la marquesa se había evadido de la realidad de su maltrecha familia y había hallado una vía de escape en el esmerado cuidado de su apariencia.
Ishida no creía que pudiera llegar a perdonarla, pero no se atrevía a expresar la ira que sentía por ella por miedo a que aquella frágil criatura se desplomase y se convirtiera en un montón de polvo.
Le hizo una reverencia.
—Buenas noches, señora.
—Has vuelto a casa pronto.
«¿Casa? —se preguntó él, con cansancio y hastío—. ¿Es ahí donde estoy?»
Ella salió al pasillo, donde las luces de la pared proyectaban sombras cadavéricas en los huecos situados bajo sus altos pómulos.
—¿No ha sido de tu agrado el baile de Devonshire?
Él se la quedó mirando mordiéndose la lengua. Tenía ganas de decirle que lo dejara en paz de una maldita vez, que era demasiado tarde para que intentara hacerse amiga de él, pero en lugar de ello se limitó a encogerse de hombros.
—Me duele un poco la cabeza.
No pudo evitar un ligero tono de ironía, pero de todas formas ella no lo captó.
La mujer arqueó las cejas con interés al oír que mencionaba una dolencia física, pues las enfermedades eran su segunda afición. Los terribles dolores de cabeza habían sido su excusa preferida para poder encerrarse en su habitación cada vez que intuía que se avecinaba una tormenta, abandonándolo cuando más necesitaba un aliado adulto. Ella solía decir que sus nervios no podían soportar los gritos, pero ahora que era adulto, Ishida entendía su razonamiento. Si no veía lo que estaba sucediendo, era como si no existiera.
—Llamaré para que te traigan alguna pastilla para el dolor de cabeza...
—No, gracias, señora. Lo único que necesito es un poco de reposo.
—Ah. —Los delicados hombros de la mujer se encorvaron ante su negativa a dejar qué su madre le ofreciera ayuda—. Como desees, Yamato.
—Buenas noches, señora.
—Buenas... noches —contestó ella débilmente, mientras él se apartaba y se apresuraba a subir el resto de escalones.
Tras quitarse de encima la persistente sensación de desamparo que le inspiraba su madre, llegó a sus opulentas habitaciones del segundo piso y entró sin hacer ruido. En el oscuro cuarto de estar, sobre el par de mesas de pie de madera con mosaico.
Cerró la puerta tras él, atravesó la habitación y tocó la campanilla. Filbert, su ayuda de cámara, estaría esperando la llamada e informaría a la marquesa. Debía parecer que no ocurría nada extraño.
El eficíente hombrecillo llegó inmediatamente para atenderle. Encendió las luces y guardó todos los lujosos artículos de ropa de etiqueta que Yamato se quitó. Cuando se despojó de sus prendas de vestir blancos y sus calcetines de lana, Filbert le tendió su exquisito camisón de satén azul. Yamato introdujo los brazos en las mangas y se lo colocó moviendo los hombros. Una vez con los hombros cubiertos por la prenda voluminosa y holgada, cogió uno de los libros sobre la India que estaba leyendo para poder hacer creer a la alta sociedad que había estado allí todos aquellos años y atravesó tranquilamente la gran estancia, con el libro en una mano.
Distraído, pidió un coñac a Filbert, y el criado se lo sirvió inmediatamente.
—No necesitaré nada más —dijo con tranquilidad.
—Muy bien, señor. —Filbert hizo una reverencia, se retiró hacia la puerta y salió sin hacer ruido.
Yamato levantó la cabeza y escuchó atentamente, esperando oír las pisadas del sirviente alejándose por el pasillo, pero Filbert permaneció un instante al otro lado de la puerta, escuchando sin duda.
Plenamente consciente de que estaba siendo vigilado, Yamato se limitó a beber un sorbo de coñac, pasó las páginas del libro y siguió paseándose lentamente de un lado a otro de la habitación. Finalmente, el ayuda de cámara se convenció de que su amo no estaba tramando nada que pudiera ser del interés de su padre. En cuanto el sonido de las pisadas del criado se apagó por el pasillo, Yamato cerró el libro, lo dejó rápidamente sobre la mesa y fue a cerrar la puerta con llave. Atravesó el dormitorio caminando a grandes zancadas en dirección al vestídor, con el camisón ondeando detrás de él.
Al cabo de un par de minutos, estaba vestido con unos pantalones lisos y unas botas, una camisa sencilla y una chaqueta negra holgada; se dirigió a hurtadillas hacia la mesa, donde sacó la daga que había escondido en uno de los compartimientos secretos. Se detuvo un momento para apartar la gruesa cortina de terciopelo y escrutó la calle para ver si los policías encargados de vigilarlo estaban de servicio.
Comprobó con satisfacción que debía de haberlos perdido en alguna parte de Devonshire House. Su salida repentina del baile había tenido inesperadas ventajas. Probablemente todavía estarían apostados en el exterior de la mansión del duque. Con los ojos entrecerrados y la boca formando una línea adusta, miró el horizonte negro de la ciudad en dirección a Bainbridge Street.
Soltó la cortina y apagó las luces de su habitacion.
Momentos más tarde, salía de la casa por una puerta lateral, escalaba el muro del jardín y saltaba ágilmente al otro lado
Su corazón latió con fuerza al experimentar de nuevo la libertad. Para un hombre acostumbrado a hacer lo que le venía en gana sin dar cuentas a nadie, el último mes había sido un verdadero infierno: dominado por su padre, espiado por la policía y por su propio ayuda de cámara, expuesto a la constante mirada de la sociedad con su inagotable ansia de habladurías.
Mientras reflexionaba que si iba a matar a los Chacales, y no a confraternizar con ellos, técnicamente no estaba faltando a su palabra con Anthony, se internó en la oscuridad del callejón y caminó hacia St. Giles.
Aproximadamente media hora más tarde, se situó con sigilo en el tejado donde antaño había colocado a sus centinelas.
«Son muchos más que yo», pensó al contar a los quince Chacales que merodeaban por la calle y holgazaneaban en el pórtico delantero de la taberna que había sido el antiguo cuartel general de los Halcones de Fuego.
Su única ventaja era que todos sus enemigos creían que estaba muerto. Miró hacia la calle donde se celebró la fiesta la noche que llevó a Mimi al suburbio. Sus músculos se tensaron cuando reparó en que los Chacales se habían instalado por completo en el nuevo territorio.
Entornó los ojos con una hostilidad llena de rencor al ver que O'Dell se pavoneaba por el edificio con un arma apoyado en el hombro y una botella de licor balanceándose en la otra mano. Parecía ebrio de su recién adquirido poder mientras gritaba improperios a sus hombres. Estaba claro que O'Dell seguía regodeándose del modo en que había entregado a los Halcones de Fuego a la policía, y de cómo se había quitado de encima a sus enemigos y había salvado su situación con las autoridades al mismo tiempo. La policía no iría a por él después de haberles sido de tanta ayuda.
De repente Ishida reparó en los cuatro hombres corpulentos que flanqueaban a O'Dell. Guardaespaldas, pensó. Tal vez O'Dell estaba empezando a percatarse de los constantes peligros que conllevaba ser el líder del suburbio. Entonces paseó la mirada por la plaza desvalijada y su rostro se ensombreció. «Mira lo que han hecho de este lugar.» El almacén había sido saqueado, y el pobre edificio estaba medio abandonado. Las ventanas estaban rotas, la polea colgaba de lado de unas cuerdas enmarañadas, la puerta había sido arrancada, y aquellos hijos de puta ganduleaban por todas partes. La visión lo llenó de dolor y de furia; un angustioso recordatorio de cómo había fallado a sus hombres y a pesar de todo ahora vivía con gran lujo.
Esa noche era su oportunidad de devolver el golpe. Sabía exactamente lo que quería conseguir. Se moría de ganas de lanzar un ataque frontal, pero teniendo en cuenta que se enfrentaba a docenas de hombres, habría sido una locura. Su estrategia era enfrentar entre sí a los Chacales para que se rompiera la unidad del grupo e iniciaran una guerra todos contra todos. La banda se auto destruiría, y cuando emprendiesen caminos separados, él podría acabar con ellos de uno en uno.
Miró hacia donde O'Dell estaba dando órdenes a algunos de sus subordinados, en la vieja fábrica de carruajes abandonada contigua al cuartel general de la banda. Lo que O'Dell no sabía era que la fábrica conectaba con el edificio por medio de una trampilla como las que había en todos los suburbios de Odaiba.
De niño había memorizado la localización de todas las que había podido descubrir. No tardó en aprender que, en contra de la creencia popular, los ladrones eran cualquier cosa menos vagos. A lo largo de generaciones, las clases criminales de Odaiba habían construido todo un laberinto de túneles claustrofóbicos entre edificios, escaleras escondidas y agujeros abiertos en los muros de ladrillo que resultaban lo bastante grandes para dar cabida a un hombre; luego los habían ocultado con letreros publicitarios que giraban sobre bisagras para ofrecer vías de escape. Había sótanos secretos y espacios entre las plantas de los edificios, falsos fondos de armarios y escondites situados bajo el suelo que daban a callejuelas; todo ello construido con el fin de dar esquinazo a los policías.
Gracias a esos conocimientos, Ishida sabía cómo entrar y salir en su antiguo cuartel general sin que ningún chacal reparara en su presencia.
Tras desenvainar su daga, desapareció entre las sombras.
Minutos más tarde avanzaba a hurtadillas en medio del silencioso hueco de la fábrica de carruajes abandonada. La luz de la luna apenas entraba por las altas y estrechas ventanas, pero él conocía el camino. El aire estaba lleno de polvo. En la siniestra oscuridad de los recónditos rincones de la fábrica, se oía cómo correteaban las ratas.
Sujetando, la daga entre los dientes, Yamato subió por una escalera de mano hacia el desván. Al llegar a lo alto, se deslizó hasta la trampilla y entró sin hacer ruido en lo que ahora era la fortaleza de los Chacales.
La elección de sus víctimas fue una combinación de estrategia y azar. Tenía que escoger habitaciones de fácil acceso, pero únicamente entró en acción cuando halló estancias ocupadas por miembros fuertes de los Chacales.
El primer individuo al que atacó fue a Flash, el «guapo» de la banda. El joven moreno de ojos azules estaba cantando una canción subida de tono de un espectáculo de variedades delante del espejo, mientras se peinaba con cuidado y se arreglaba las patillas. Matt estiró el brazo desde el espacio del techo situado entre las dos plantas y cogió el reloj de bolsillo grande y reluciente que había sobre la cómoda. El joven dejó de cantar para examinar el vello de sus orificios nasales y luego continuó alegremente con el siguiente verso. Matt volvió a esconderse en el espacio del techo, con el corazón acelerado. Sabía que aquello estaba mal, pero le resultaba divertido.
En otro rincón del edificio se hallaba el infame ogro de Baumer, el segundo miembro de los Chacales que fue atrapado en su tela de araña. Matt pilló al imponente bruto, con su nariz bulbosa y su maraña de pelo moreno, en plena acción con una fornida fulana capacitada físicamente para soportar el asedio. Mientras ambos actuaban como gigantes en celo, no se percataron de que él estaba entrando sigilosamente por el otro extremo de la habitación, tenuemente iluminada.
Se acercó de puntillas al montón de ropa tirada, cogió el pequeño monedero de piel de Baumer y dejó el reloj de Flash en su lugar. Al darse cuenta de que los gemidos obscenos de los gigantes se estaban volviendo más intensos, miró rápidamente por encima del hombro. Salió sin ser visto; le habría gustado presenciar el momento en que Baumer iría a coger el monedero para pagar a su amiguita.
Por último, se dirigió a la solitaria habitación del piso superior donde se encontraba el miembro más raro de todos, Bloody Fred. Incluso O'Dell temía a Fred, que había estado ingresado en el manicomio en repetidas ocasiones. El pasillo estaba vacío, pues el resto de la banda evitaba el encuentro con el pequeño Freddie.
Cuando Matt olió el humo de opio que salía por la rendija de debajo de la puerta de Fred, supo que tenía que arriesgarse. El gran Baumer contra Bloody Fred. Era perfecto.
Un momento después, abría la puerta y entraba tranquilamente.
El hombrecillo enjuto y fuerte con una mata de cabello pelirrojo y barba de chivo estaba sentado en el suelo, mirando al vacío. Su pipa se hallaba tirada junto a él. Fred alzó la vista lentamente haciendo lo que parecía un enorme esfuerzo, prácticamente incapaz de mantener abiertos sus ojos inyectados en sangre.
—Hola, Fred —dijo Matt en voz baja y tono afable, procurando no hacer ningún movimiento brusco.
—¿Matt? —Una vaga sorpresa se reflejó en el rostro pálido y puntiagudo de Fred—. Creía que estabas muerto.
—Lo estoy —contestó—. Por eso estoy aquí.
—¿Un... un fantasma? —El hombre drogado retrocedió con dificultad hasta su cama—. ¡No te acerques!
—No tengas miedo, Freddie. He venido a darte un regalo —dijo él en tono tranquilizador.
—¿A mí? ¿Por... porqué?
—Porque tú y yo tenemos el mismo enemigo.
—¿A... a qué te refieres?
—Lo descubrirás dentro de poco. Ten. Toma esto como prueba de buena voluntad.
Balanceó suavemente el monedero de Baumer ante los ojos vidriosos del hombre y a continuación se lo arrojó. El monedero cayó en el suelo entre Fred y su pipa emitiendo un tenue sonido metálico.
—¿Es para mí? ¡Gracias, Matt! ¿Por qué me das dinero? —Fred se giró y se esforzó por dar con el monedero, murmurando—. Nadie me da nada.
—Créeme, lo mereces.
—¡Caramba! —exclamó el hombre en voz baja, observando la lluvia de monedas mientras las arrojaba al suelo entre sus piernas extendidas.
Mientras Fred estaba distraído, Matt le robó con destreza la cajita de madera con opio turco de primera calidad.
Salió lentamente y sin hacer ruido de la habitación y fue a depositar la droga en la habitación más grande del edificio: la que antes era suya y ahora pertenecía a Cullen O'Dell.
Al poco rato, Matt estaba fuera del lugar, avanzando calle abajo a grandes zancadas, eufórico con el éxito de su empresa. Dentro de poco se descubriría a los ladrones y los Chacales se atacarían unos a otros.
Si Bloody Fred decía a los demás que había visto al fantasma de Matt, pensarían que se trataba de la alucinación de un adicto al opio.
Orgulloso y libre por un momento, Yamato se sentía como el de antes, pero de repente echó terriblemente de menos a sus amigos. Sobre todo a Tai. Él aliviaba su dolor. No podía permitirse sentir aquello. Había hecho todo lo que había podido por ellos. Sin embargo, al darse cuenta de que se encontraba totalmente solo, aislado de todas las personas en quienes confiaba, la sensación de victoria se desvaneció.
Saltó a la parte trasera de un pesado carro que pasaba por delante y realizó el viaje de vuelta, como solía hacer cuando era un muchacho. Al cabo de veinte minutos estaba delante de la casa de su padre. Saltó otra vez por encima del muro del jardín y regresó a su jaula de oro.
A la mañana siguiente, justo después de desayunar, Mimi fue a la biblioteca privada para investigar sobre Yamato Ishida de Rackford consultando el auténtico libro de la alta sociedad: el Debrett's Peerage. Todas las jóvenes inteligentes sabían que si querían descubrir su linaje y origen debían buscar a sus pretendientes y a otras personas de interés en aquella respetada publicación. Hojeó las delicadas páginas del enorme tomo, con la decisión de una mujer enfrascada en una misión.
Mientras Lucien seguía en el West Country, el influyente libro le pareció la mejor opción para confirmar la historia de Matt. Entretanto, detrás de ella, los demás lectores se movían sin hacer ruido por el suelo de madera noble, llevando los libros que habían elegido al gran escritorio circular del bibliotecario. La señorita Hood estaba leyendo un artículo del último ejemplar de La Belle Assemblée, con el sombrero bien atado bajo la barbilla y su sombrilla plegada colgada del antebrazo. Lizzie, por su parte, se había separado de Alec el tiempo suficiente para acompañarla, pues nunca perdía la oportunidad de entrar un momento en el templo de los libros.
Lizzie estaba examinando los estantes en busca de los últimos volúmenes de los filósofos alemanes de moda, con los ojos entornados tras sus gafas de leer. Cuando vio la obra más reciente de Goethe, emitió un gritito de regocijo que resonó por la silenciosa biblioteca.
—¡Sshshss! —dijo el bibliotecario para que se callase.
—Perdón —se excusó Lizzie, distraída, al tiempo que se sonrojaba.
Mimi le lanzó una mirada risueña. Lizzie le enseñó el libro de Goethe y lo señaló entusiasmada. Mimi movió la cabeza con gesto de diversión. «Es una intelectual incorregible», pensó, y sonrió a su amiga. Después de haberse confiado a Lizzie, por fin las cosas estaban volviendo a la normalidad entre ellas.
La noche anterior, en el coche, durante el trayecto a casa desde el baile de Devonshire, Alec no había parado de incordiar a Mimi con chistes sobre el vals que había compartido con Ishida, que al parecer había provocado algunos arqueamientos de cejas, por no hablar del enfado de Joe.
Después de que Bel aliviara el disgusto del duque, Mimi creyó que se encontraba libre de peligro, pero más tarde, cuando se estaba preparando para meterse en cama, Lizzie entró en su habitación de puntillas vestida con su camisón y empezó a hacer preguntas.
Mimi acabó contándoselo todo a su mejor amiga. Bueno, casi todo. Le contó toda la historia de su encuentro con Matt en el suburbio e incluso reconoció que le había dejado besarla, pero después de sonrojarse, no se sintió con valor de contar a Lizzie lo lejos que había dejado llegar a aquel salvaje tatuado. Las chicas se quedaron sentadas en la cama bebiendo chocolate y hablando hasta altas horas de la noche.
Después de compartir toda la historia con su mejor amiga, Mimi se sintió mucho mejor. Tenía que haberlo hecho antes, lo sabía, pero Lizzie se tomó su intento de huir de casa como algo personal y se mostró disgustada con ella, de modo que Mimi no sabía cómo recibiría la noticia de su visita al suburbio. Además, Lizzie definió a Matt como un «hombre desagradable» el día que se presentó en Tachikawa House para proporcionar información a los gemelos. Lizzie seguía tan escéptica con respecto a Matt como ella misma, pero como había evitado que Mimi huyese y la había entregado sana y salva a su familia, estaba dispuesta a darle una oportunidad. Ante todo, Mimi sabía que podía confiar en que Lizzie guardaría el secreto del pasado de él. Incluso en el caso de que Matt estuviera mintiendo, no quería que se metiera en líos con la policía.
En ese momento estaba pasando las páginas del Debrett's dedicadas a la familia Ishida. Su corazón empezó a latir a toda velocidad al recorrer la estrecha columna de texto con la punta de su dedo enguantado.
Ishida. Yamato Spencer. Nacido en 1989 en Shibuya, Japon; primer hijo del marqués de Hiroaki Ishida y Natsuko Takaishi. Educado en Eton. Desaparecido en 2002 . Supuestamente fallecido.
—¿Y bien?
Alzó la vista. Lizzie estaba a su lado mirándola con expectación, Mimi dio unos golpecitos sobre el párrafo con perplejidad.
Lizzie lo leyó con ojos de miope y se volvió hacia ella al tiempo que se quitaba las gafas. Lanzó una mirada por encima del hombro en dirección a la señorita Hood y a continuación volvió a mirar a Mimi.
—A lo mejor dice la verdad.
Mimi se mordió el labio, pensativa. Sentía una gran curiosidad, y aunque no sabía qué creer, tenía que reconocer que la entrada de Yamato en sociedad había dado a la temporada que tenían por delante una innegable emoción.
¿Era posible que aquella historia fuera cierta? Docenas de preguntas sobre su pasado se agolpaban en su cabeza. Si realmente era el hijo de un marqués, ¿cómo había ido a parar con los ladrones? ¿De verdad nunca había querido reclamar su puesto legítimo solo para vengarse de su padre?
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Lizzie, mientras Mimi cerraba el libro de golpe con determinación.
—Voy a hacerle hablar —declaró, luciendo un brillo de decisión en los ojos—. Tengo que saberlo todo.
—En mi opinión, es muy poco caballeroso que alguien se niegue a decir dónde ha estado durante la última década y media —se quejó George Winthrop esa misma noche, frunciendo el ceño mientras bebía su copita de oporto.
—Tonterías, George —dijo Acer Loring alargando las palabras, girado hacia él para dedicarle una sonrisa de superioridad—. Si Ishida prefiere hacerse el misterioso, está en su derecho. Me atrevería a decir que al guardar silencio ha proporcionado a la sociedad más diversión de la que tenía desde... bueno, el pasado mes.
Los dandis se rieron disimuladamente.
—Aunque debo admitir —prosiguió Acer, mientras se rascaba lisa mandíbula— que uno se pregunta si nuestro nuevo amigo tendrá algo que realmente merezca la pena esconder. ¿Tú qué dices Ishida?
El elegante grupo de jóvenes dandis aguardó con expectación su respuesta.
Yamato tenía ganas de matarlos. Sin embargo, consiguió controlar su genio, consciente de que tenía suerte de que ninguno de ellos se hubiera percatado de que era el mismo bárbaro del que se habían burlado en Hyde Park. Sonriendo de forma insulsa, evitó morder el anzuelo.
«No cometas ningún error», se advirtió a sí mismo, al tiempo que su ira aumentaba. Allí, en la sala de estar de Sudeby, se hallaba asediado. A diferencia de Cullen O'Dell y sus Chacales, el elocuente Acer Loring y sus amigotes eran expertos en el ataque por sorpresa. Siendo como era alguien nuevo en la alta sociedad, no sabía cómo se suponía que debía reaccionar, ni cómo debía defenderse de aquellas insinuaciones y aquellos comentarios insultantes. En el suburbio, donde el respeto lo era todo, había llegado a matar hombres por menos. Al ver que se volvía hacia uno de los imprudentes petimetres gruñendo, Acer se rió de su incapacidad para encajar una broma. Entonces se dio cuenta de que estaban intentando provocarle para ver si se ponía en ridículo.
No se atrevían a desafiarlo abiertamente. Le tenían miedo. Podía olerlo. Lo único que los envalentonaba era que lo superaban en número. No tenía más remedio que aguantar y esperar a que llegara el resto de invitados a la cena de Sudeby.
Había acudido únicamente con la esperanza de encontrar a Mimi y poder hablar de nuevo con ella después de haber metido la pata la noche anterior. Sin embargo, ahora tenía miedo de verla, porque sabía que aquellos cabrones consentidos iban a humillarlo delante de ella como habían hecho aquel día en el parque.
Acer empezó a fanfarronear otra vez sobre la carrera de caballos. Yamato miró de nuevo hacia la puerta. La posibilidad de ver a Mimi era lo único qué lo disuadía de salir de allí como un huracán, como había hecho la noche anterior. Algunas mujeres ya lo habían regañado por haberse marchado del baile de Devonshire tan pronto.
Luego de unos minutos, los dandis comenzaron a rememorar sus días en Oxford, perfectamente conscientes de que él no había estudiado con ellos. Se quedó un tanto perplejo con tantas referencias clásicas y máximas latinas, pero se sintió perdido cuando Acer y George intercambiaron unas frases en francés, mirando por el rabillo del ojo para ver si él los había entendido. Yamato se limitó a permanecer allí, sintiéndose como un idiota. Era evidente que estaban insinuando que era un ignorante.
Pues muy bien.
Entonces pasaron a hablar del divertido tema de quién le había confeccionado la ropa.
—Esto... Stultz, creo —dijo él, con poca fortuna.
—¿Lo crees? ¿No lo sabes? —exclamó George, horrorizado.
Acer se rió distraídamente mientras lo miraba.
—Pero bueno, Yamato, ¿un chaleco morado? Deberías azotar a tu ayuda de cámara por haberte dejado salir de casa. Por la noche hay que llevarlo blanco o negro, hombre. ¿Es que no te enteras de nada?
—Ah.
Él fingió tomárselo todo con buen humor, pero, mientras esperaba que Mimi llegase en cualquier momento, sintió herido su orgullo. Le daba pánico verla, convencido de que en cuanto ella le lanzase una mirada se pondría a reír; sin embargo, al echar un vistazo alrededor del salón, creyó sinceramente que iba tan bien vestido como cualquiera de los hombres presentes. Después de todo, su padre encargaba la ropa a Stultz. La chaqueta recta y los pantalones de Yamato eran de seda negra de estilo conservador, y su corbata era impecable. Sus condenados zapatos habían sido pulidos. Así pues, ¿qué había de malo en que un hombre quisiera poner una nota dé color? ¿Por qué tenía que parecerse exactamente al resto del mundo?
Se preguntó qué opinarían aquellos jóvenes de sus tatuajes.
—Un caballero solo confía en el señor Weston, de Conduit Street, para conseguir el corte perfecto de su ropa —le estaba informando Acer—. Las botas, de Hoby's. Cualquier otra cosa es de bárbaros.
—Bueno, tal vez yo sea un poco bárbaro —advirtió él, con una sonrisa peligrosa, notando que se le agotaba la paciencia.
—Así es —asintió Acer.
El resto de los presentes, que parecían ansiosos por presenciar una buena discusión, prorrumpieron en exclamaciones. Acer sonrió de satisfacción, sin saber lo poco que le faltaba para ser estampado contra la pared más cercana.
En ese momento, como un ángel de la guarda, Mimi entró en la habitación.
Yamato notó su corazón en la garganta al ver su encantadora sonrisa mientras saludaba a los anfitriones. Sus largos cabellos castaños estaban estudiadamente despeinados, recogidos en lo alto con una cinta atada en un lazo por encima de su ojo izquierdo. Su vestido de noche era de seda de color mandarina claro, con mangas cortas. Lucía un modesto collar de perlas alrededor del cuello y unos guantes blancos de satén. Sobre los brazos llevaba echado un chal de seda con dibujos de intenso tono dorado, ámbar y morado, que caía a lo largo de su esbelta figura.
Entonces se giró para saludar a otra persona, y Yamato se quedó sin aliento al ver el corte bajo de la espalda del vestido. La miró fijamente, fascinado por su piel blanca, la curva flexible de su columna y la delicada estructura de sus omóplatos. Los suaves pliegues de su chal de seda rozaban la parte posterior de su cintura. Poseído por visiones en las que besaba cada centímetro de su cuerpo, Yamato no recobró el aliento hasta que ella siguió avanzando y entró en el salón.
Saludó a los individuos aquí y allá con una cordialidad y un refinamiento más arraigados en su persona que todas las rebeldes protestas contra la alta sociedad, que había manifestado la noche que apareció en el suburbio, cuando estaba furiosa con el mundo.
Mientras Yamato se recuperaba de su inicial arrebato de deseo, la simple visión de Mimi consiguió aliviar parte de su tensión, aunque sabía que ella lo despreciaba. Se irguió ligeramente, empezó a respirar con mayor facilidad y la observó con un brillo posesivo en los ojos. Ella resplandecía como una joya rara y encarnaba la máxima exquisitez que podía ofrecer la aristocracia. Yamato suponía que cualquier hombre con sentido común se habría olvidado de ella después del rotundo desplante de la noche anterior, pero de algún modo el desafío que suponía cada uno de sus rechazos solo lograba que la deseara todavía más.
Su corazón empezó a latir más deprisa cuando el grupo de invitados de Tachikawa House atravesó la estancia. Su anciano pretendiente, Drummond, no se veía por ninguna parte.
Tras lo que le pareció una eternidad, Mimi se acercó de forma tranquila y despreocupada al grupo donde él se encontraba acompañada de otra joven dama, pero Yamato no tardó en darse cuenta con disgusto de que le estaba haciendo el vacío. Sí, notaba una clara frialdad hacia él. Mientras tanto, los estúpidos dandis la acosaron con cumplidos. Mimi se tomó a risa sus piropos, dijo que eran ridículos y maltrató a sus admiradores alegremente con su ingenio.
—Meems—dijo Acer—, ¿qué opinas del chaleco de Yamato?
Los otros se rieron.
Ella lanzó una mirada de aburrimiento a Yamato.
Él miró al cabecilla de los dandis frunciendo el ceño de forma feroz, con el corazón palpitando de violencia reprimida. Sabía que el momento de la humillación acabaría llegando, pero había sido tan estúpido que no había escapado mientras había tenido la ocasión.
Mimi se volvió otra vez hacia Acer y se encogió de hombros con indiferencia.
—¿Qué le pasa?
—Es morado.
—Ya lo veo —dijo ella.
—El morado es de mal gusto —dijo Acer con desdén.
Mimi examinó a Yamato un largo rato. Él casi no tenía valor para mirarla a los ojos, muerto de vergüenza, pero entonces algo, tal vez lástima, brilló fugazmente en los ojos soñadores de ella.
—Eso no es lo que dice Alec —comunicó ella a Acer en tono calmado, señalando con la cabeza a un joven con muletas.
Los dandis soltaron un grito ahogado de sorpresa.
—¿Alec lleva ropa morada? —preguntó George alarmado.
—En este momento no, bobo, pero de camino aquí nos ha estado hablando de un chaleco morado que encargó la semana pasada. Se enfadará con usted, Yamato. —Lo obsequió con una sonrisa rápida y fría, aunque sus ojos desprendían chispas—. A mi hermano siempre le gusta ser el primero en marcar una nueva tendencia. Es el árbitro de la moda.
Él no dijo nada y le sostuvo la mirada. Sabía que ella estaba mintiendo para defenderlo, que había acudido en su rescate cuando podría haber asestado el golpe de gracia a su orgullo. Yamato no podía evitar mirarla prendado con absoluta adoración.
Tras lanzarle una atrevida mirada en señal de íntimo reproche, Mimi se giró y siguió avanzando con su amiga. «Piensa rápido.»
—Mimi —dijo Yamato, y ella se detuvo—. ¿Ha visto el Canaletto de Sudeby? —Señaló el cuadro que colgaba sobre la chimenea.
Mimi arqueó sus cejas. Siguió la mano de él con la mirada. Colgado sobre la repisa de la chimenea, se hallaba el luminoso paisaje del maestro italiano en todo su esplendor.
—Vaya, es precioso —murmuró su acompañante, acercándose un paso.
Mimi se volvió de nuevo hacia él en actitud interrogativa, sin apenas ocultar su confusión.
—Dios mío, tenía entendido que lo habían robado.
Él se encogió de hombros, moviendo los ojos.
—Sudeby nos estaba diciendo hace un momento que un benefactor anónimo lo recuperó y se lo devolvió.
—¿Un benefactor anónimo? —preguntó ella de manera significativa.
—Eso es.
—¡Qué misterioso! Me alegro mucho de que haya sido devuelto a su dueño legítimo. —Hizo una pausa, al tiempo que le lanzaba una mirada astuta—. De hecho, Yamato, no sabía que conociera a Sudeby.
—Es mi tía —dijo él con sequedad—. La hermana gemela de mi madre.
Ella parpadeó con estupefacción y apartó la vista rápidamente, mientras se mordía el labio para contener la diversión que le había provocado su revelación. Se aclaró la garganta.
—Yamato, permítame que le presente a la amiga que más quiero en el mundo, la señorita Elizabeth Carlisle.
Él se inclinó ante su compañera de recatada belleza.
—Señorita Carlisle, es un placer.
—¿Cómo está, señor? —murmuró la chica, que era mayor que Mimi y tenía el cabello castaño.
Yamato se sintió examinado atentamente por la mirada penetrante de la señorita Carlisle mientras se inclinaba sobre su mano. A decir verdad, en aquel momento deseó que la tierra se lo tragase, pues notó que la mejor amiga de Mimi estaba formándose su propio juicio sobre su valía o su falta de ella. Dios sabía lo que Mimi le habría contado a su amiga sobre él; tal vez incluso le había revelado su torpe proposición de la noche anterior.
Condenadas mujeres. Eran incapaces de callar nada, pero aquella en concreto podía ser decisiva para él en su relación con la abeja reina.
Volvió a enderezarse y miró a Mimi, bastante disgustado por sus sospechas. Esperaba que la señorita Carlisle no se fuera de la lengua y contara lo que ella le había dicho.
Cuando poco después se anunció que la cena estaba servida, Mimi consideró oportuno concederle el privilegio de que él la llevara a la mesa. En el comedor lujosamente decorado brillaban, relucían sobre la fina cubertería de plata y la vajilla de porcelana exquisitamente pintada. Yamato acompañó a la dama hasta su sitio, retiró la silla de Mimi y esperó mientras ella se sentaba con delicadeza. Rozó la piel desnuda de su espalda con las puntas de sus dedos enguantados y se fijó en el leve escalofrío que le recorrió la columna ante su ligera caricia accidental.
—Estás deslumbrante —murmuró lo bastante alto para que lo oyera solo ella.
Ella le lanzó una mirada altiva con la que le advirtió que todavía no estaba fuera de peligro. Convenientemente escarmentado, él asintió con la cabeza y fue a buscar su asiento. Pronto descubrió que la chiflada de su tía lo había rodeado de jóvenes damas cuyas madres nunca habían osado infringir las normas de la sociedad.
Mimi se hallaba al otro lado de la mesa, dos sillas más allá. Cuando tomó asiento, Yamato palideció al ver la intimidante colección de cubiertos de plata que tenía ante él, extendidos como si fueran el instrumental de un cirujano. «Maravilloso», pensó con disgusto.
Acer estaba sentado cerca de él y lo observaba con interés, como si sospechara que la mitad de aquellas cucharas de extraña forma y aquellos diminutos tenedores le resultaban totalmente extraños. Yamato bajó la vista y se colocó la servilleta en el regazo.
Cuando se sirvió el primer plato, observó a los demás y vio que correspondía a los caballeros trinchar el plato de carne que casualmente se hallaba delante de ellos.
Miró el de cordero humeante que tenía ante él, cogió el largo cuchillo dentado y lanzó a Acer Loring una mirada dura y elocuente, sin necesidad de pronunciar ninguna palabra para dejar clara su amenaza con concisión.
La altanería y la petulancia de Acer desaparecieron cuando vio cómo Yamato cortaba en tajadas los más de tres kilos de humeante carne roja. Cuando acabó, confió en que el dandi hubiera captado el mensaje.
Una vez cortada la carne, clavó el cuchillo en el cuarto de cordero con una floritura y ofreció el plato a las debutantes sentadas a su alrededor.
Se fijó en que Mimi le lanzaba una mirada exasperada. La miró encogiéndose de hombros ligeramente. Ella apartó la vista, moviendo la cabeza con gesto de incredulidad.
Sin embargo, cuando llegó el momento de empezar a comer, vaciló, tan inseguro como la víctima inocente de un trilero, mientras su mano temblaba sobre el surtido de cubiertos. Recorrió con la mirada a los demás comensales con desesperación hasta que vio a Mimi mirándolo fijamente.
La persona que ella tenía al lado le hizo una pregunta, y Mimi se reincorporó a la conversación con una sonrisa, pero él vio cómo cogía lentamente el segundo tenedor por la izquierda y lo hacía girar de forma juguetona entre sus dedos.
Yamato escogió el cubierto con alivio. Un instante después, ella lo miró brevemente para asegurarse de que no había cometido otra metedura de pata.
De algún modo, ella consiguió que superara con éxito la cena de tres horas de duración. Las damas se retiraron, mientras los hombres se quedaban en la mesa un poco más, bebiendo oporto y jerez. Yamato conoció al vividor Alec, que era de su misma edad, e inmediatamente le cayó bien.
Finalmente, hombres y mujeres se reunieron en el salón, donde habían sido dispuestas unas mesas de cartas para jugar unas partidas de whist. Sin embargo, las debutantes parecían más interesadas en hacer alarde de sus dotes musicales con el piano, ya fuera tocándolo para un grupo de invitados o cantando el acompañamiento. Yamato se quedó en el fondo de la habitación, apoyado contra la pared y bebiendo a sorbos otra copa del denso vino. Prefería esperar a que llegara la interpretación de Mimi, pero en lugar de dirigirse al piano, ella empezó a deambular lentamente por el concurrido salón.
La miró a los ojos mientras ella andaba distraídamente hacia él. Entre ellos saltaron auténticas chispas, pero ella apartó la vista con recato y se apoyó junto a él contra la pared, dando sorbos a su vino. Él fingió estar disfrutando con la música, pero todos sus sentidos estaban centrados en ella.
Yamato también advirtió qué intensamente consciente era ella de su presencia. No poder tocarla era una tortura.
—Gracias por ayudarme allí dentro —dijo entre dientes.
Ella agitó su abanico de seda distraídamente, evitando su mirada.
—Sé que piensas que soy un adorno inútil, pero a veces mi experiencia sirve de algo.
—Nunca he dicho que seas inútil. —Se le ocurrían varios usos que darle, pero todos le habrían hecho merecedor de una bofetada—. ¿Significa tu amabilidad que has decidido creerme?
—No.
—Entonces, ¿por qué me has ayudado?
—He decidido no emitir juicios hasta que Lucien vuelva a casa. Eso es todo.
—Muy bien.
—Hasta entonces... —Ella suspiró. Mientras fingía que seguía la interpretación de una debutante al piano, le lanzó una mirada recelosa de soslayo—. No tengo mucho tiempo, y no quiero que lo interpretes como una muestra de ánimo, pero... Yamato, resultas patético. No sobrevivirás en la alta sociedad tú solo; por motivos que no deseo plantearme, estoy dispuesta a ayudarte. Ven a verme mañana a la una. No llegues tarde.
Sorprendido, Yamato no tuvo tiempo para reaccionar cuando ella le lanzó una mirada alentadora y siguió vagando entre la multitud, charlando con la gente aquí y allá.
Él la observó mientras la esperanza brotaba en lo más profundo de su ser.
¿Patético?, se preguntó, divertido. ¿Cómo podía alguien interpretar aquello como una muestra de ánimo? Pero disimuló su amplia sonrisa y bebió un sorbo de jerez; se sentía demasiado feliz para preocuparse.
A la una menos cinco del día siguiente, un magnífico auto con el escudo de los Ishida cruzó las altas puertas de hierro forjado de Tachikawa House. Mimi lo observó desde una ventana superior y con los ojos brillantes de emoción, la joven se fue corriendo al salón para recibir a su visita.
Dudaba que él estuviera lo bastante familiarizado con las costumbres de la sociedad para darse cuenta de que había sido invitado a una hora absolutamente informal, reservada a las visitas de los amigos más íntimos; las citas sociales se volvían más ceremoniosas a medida que avanzaba la tarde. Era evidente que quizá necesitaría el día entero para ponerlo a punto. Como hacía una tarde soleada y agradable, había decidido que Yamato y ella darían un paseo por Green Park, donde podrían hablar en privado. Al saber con antelación que él iba a acudir, había enviado a la señorita Hood a hacer un recado inútil. Con ellos iría Lizzie, una acompañante mucho más agradable que la institutriz con ojos de lince.
Oyó que el señor Walsh abría la puerta en el piso de abajo. Entró con sigilo en la sala de estar, donde Bel y Lizzie estaban cosiendo, y se apresuró a colocarse en una postura elegante sobre uno de los sofás, alisando bien la falda a su alrededor. Lizzie, que estaba al corriente de todo, le lanzó una mirada jovial, pero Bel se hallaba absorta en su labor, enhebrando una aguja. Por suerte, Joe no se encontraba en casa, aunque su presencia tampoco habría disuadido a El gran Matt.
Su corazón empezó a latir más deprisa al oír los pasos seguros y sonoros de Yamato mientras subía la escalera de mármol detrás del señor Walsh. Un momento después, el mayordomo llamó a la puerta de la sala de estar y la abrió tras contestar la duquesa.
El señor Walsh entró en la habitación, se colocó a un lado de la puerta e hizo una reverencia a Bel, la señora de la casa.
—Señora, el conde de Ishida.
A Mimi le dio un vuelco el corazón cuando su visita apareció en la puerta de la sala de estar.
A pesar suyo, una oleada de placer inundó sus venas.
Tal vez no estuviese todo perdido, pensó con ironía mientras recorría su cuerpo con una mirada de aprobación. Iba vestido con relajada elegancia; llevaba una chaqueta recta de un intenso azul, un inmaculado chaleco blanco, una bonita corbata y unos pantalones blancos de dril.
Él se quitó el sombrero de copa, entró en la estancia con paso decidido y saludó a las damas por orden de importancia. En una mano llevaba un bastón con el puño de plata, y en la otra, un enorme ramo que ofreció a Mimi haciendo una reverencia.
—Qué detalle —exclamó Bel, mientras Lizzie los miraba con regocijo.
Mimi se sonrojó y aspiró la deliciosa mezcla de fragancias de los lirios, tulipanes y las rosas. Mientras los demás intercambiaban cumplidos, ella llamó a un criado para que pusiera las flores en un jarrón. Al poco rato había obtenido el permiso de Bel para ir a pasear al parque con Yamato, acompañados de Lizzie. Su mejor amiga se sumió en la lectura de su libro con aire de complicidad y caminó varios pasos por detrás de ellos, demasiado discreta para dedicarse a escuchar a escondidas.
—¿Tienes intención de volverme loco, Mimi, o simplemente lo haces de forma natural? —inquirió Yamato en un murmullo pícaro, lanzando una mirada de admiración al vestido de paseo escogido con primor que ella lucía, con su corpiño rosa pequeño, prieto y claramente escotado y su larga falda blanca.
Como el vestido tenía las mangas cortas, llevaba unos largos guantes blancos. El borde ondeante del vestido rozaba a Yamato con provocación.
—Yamato—le advirtió ella, empleando osadamente su nombre de pila a la vez que lo miraba por debajo del ala de su sombrero redondo, adornado con narcisos de seda y atado con una cinta rosa.
Él sonrió en muestra de arrepentimiento.
—De acuerdo. Me portaré bien.
Él hacía que se le acelerase el corazón, pero Mimi se esforzó por mantener al menos una apariencia exterior serena. Pasearon despació al mismo paso por el ancho y silencioso camino bordeado de árboles. Yamato medía sus pasos con el bastón mientras que Mimi hacía otro tanto con el extremo de su sombrilla.
—Gracias por las flores.
—Es lo mínimo que puedo hacer después de que me rescatases anoche. No lo esperaba, la verdad.
—Bueno, es lógico. Puesto que soy una dama, mi deber es ayudar a aquellos que son menos afortunados que yo, y, perdona que te lo diga, pero está muy claro que sin mi orientación te comerían vivo. Por lo tanto, he decidido ayudarte, Yamato. Por eso te he pedido que vengas hoy aquí.
—¿Ayudarme? ¿Cómo?
—Educándote.
—Entiendo. —Una sonrisa radiante cruzó su atractivo rostro—. Una proposición interesante.
—Creo que puede resultar una tarea divertida, sí.
—Pues aquí tienes a tu entusiasta alumno. Soy arcilla en tus manos. Moldéame como desees —dijo él, en un perezoso ronroneo.
Ella lo miró escéptica, pues cada palabra que brotaba de sus labios parecía cargada de insinuaciones maliciosas... o tal vez era solo fruto de su viva imaginación. Se aclaró la garganta tosiendo ligeramente y optó por hacer caso omiso de su comentario.
—Antes de empezar, debo saberlo todo.
—¿A qué te refieres?
—A tu pasado.
—Ya lo conoces.
—No todo. Dices que empezaste siendo el hijo mayor de Hiroaki, y he visto con mis propios ojos que acabaste siendo el líder de los Halcones de Fuego. Lo que quiero saber es qué pasó entre medias: cómo fuiste de una posición a la otra.
Él le lanzó una mirada recelosa de reojo.
—¿Y todo eso forma parte de mi proceso de educación?
—No —contestó ella con una sonrisa tímida—. Simplemente es el pago que exijo por mis servicios.
—¿Tus servicios? No sabía que fuese a recibir algún tipo de servicio, señorita.
—¡Oh, vamos, Matt, tienes que contármelo! ¡O moriré de curiosidad!
—Está bien, está bien, si tanto te empeñas en conocer mi triste historia. Pero antes quiero hacerte una pequeña pregunta inofensiva.
—¿De qué sé trata? —preguntó Mimi con cautela.
Él se detuvo y se volvió hacia ella.
—¿No te parece un poco cruel la forma en que estás utilizando a ese viejo?
Su directa acusación la sorprendió, pero sabía que se refería a Drummond.
—No lo estoy utilizando.
—Sí que lo estás haciendo.
—¡No lo estoy utilizando!
—No te molestes en decirme que estás enamorada de él. Los dos sabemos lo que de verdad andas buscando. Tu libertad.
Ella se lo quedó mirando con inquietud.
—Tú... ¿has descubierto mi intención?
Él asintió con la cabeza.
—Es arriesgado, ¿sabes? ¿Y si él se da cuenta de cuáles son tus verdaderos motivos?
Ella se apartó bruscamente, con el ceño fruncido.
—No se trata de eso. Entre nosotros no hay sentimentalismos. Drummond no es bobo. Simplemente le hago compañía. En el pasado él fue un admirador de mi madre; ahora es un anciano solitario sin nadie que cuide de él. Yo le hago feliz.
—¿Él te hace feliz a ti?
—No necesito que un hombre me haga feliz, Yamato.
—¿Y el amor?
—¿Amor? —Ella soltó una risa breve e irónica—. Bueno, parece un lujo que no me puedo permitir.
—Vaya, vaya —dijo él en voz baja, lanzándole una mirada pesarosa—, ¿qué ha sido de mi pequeña romántica?
—Oh, por favor —replicó ella—. Ya conoces el dicho, Matt. «Más vale ser la querida de un viejo que la criada de un joven.» —Citó el proverbio con los ojos brillantes.
Yamato resopló.
—Cásate con él, si es eso lo que quieres: un hombre seco y aburrido que no te hace sentir nada. Pero no entiendo por qué la idea de la libertad es tan condenadamente importante para ti.
—Te diré por qué. Porque no estoy dispuesta a querer a alguien para que luego me abandone —le espetó ella. Al darse cuenta de que había hablado con más vehemencia de lo que pretendía, rápidamente fijó la mirada de nuevo en el camino y siguió avanzando.
Él arqueó las cejas y la siguió.
—¿Abandonarte?
—Sí —contestó ella en tono irritado. Hizo un esfuerzo por quedarse callada, pero le resultó imposible refrenarse—. Sé cómo son los maridos de la alta sociedad, Yamato. De hecho, no se diferencian mucho de los hermanos. Dan a sus mujeres una bonita casa y luego las encierran allí como si fuera una jaula, siempre con la excusa de protegerlas. Mientras tanto, los hombres disfrutan del mundo: tienen aventuras, hacen cosas interesantes, son importantes. En cambio, a las mujeres no les queda otra cosa que las partidas de cartas, las visitas sociales y los chismorreos a la hora del té. No, gracias. No pienso desperdiciar toda mi vida fingiendo que solo me interesa la última moda en sombreros y el escándalo del mes. Voy a trazar mi propio camino, ir a donde me plazca y no dar cuentas a nadie... ¡y si eso significa casarme con un viejo para poder ser libre lo antes posible, que así sea! —Su apasionada voz se quebró de repente; entonces se dio cuenta de que prácticamente había hablado gritando. Su pecho palpitaba debido a la vehemencia de su diatriba; sus mejillas estaban encendidas—. Lo siento —logró decir al tiempo que se apartaba, avergonzada de su arrebato, pero Yamato la cogió del brazo con delicadeza.
—Si fueras mía —dijo en voz baja, con firmeza, mirándola a los ojos—, te llevaría conmigo cuando «disfrutara del mundo».
A Mimi se le encogió el corazón de dolor.
—No, Matt. —Se soltó con una mueca de confusión—. No me mires así. No vuelvas a hablarme de matrimonio, te lo ruego. Únicamente te haría daño. Te he ofrecido mi amistad; tómala o déjala. Si no puedes aceptarla...
—Tranquila, cielo —la calmó él, en un tono de voz suave y profundo, mirándola fijamente a los ojos—. No me tengas miedo. Haré... lo que tú quieras.
Ella lo miró con intensidad, aferrándose a la seguridad que él le ofrecía. Él asintió con la cabeza de forma tranquilizadora y le cogió la mano. A continuación, empezó a caminar, pero ella se quedó inmóvil.
Yamato se volvió hacia ella de nuevo en actitud interrogativa, la miró sin prisas y se le acercó. Llevó la punta de su dedo enguantado a la mejilla de Mimi y le apartó un mechon de cabello de la cara.
Ella se estremeció, cerró los ojos un instante y apoyó su mejilla contra los nudillos de Yamato.
—¿Matt?
—¿Sí, Mimi?
Cuando ella abrió los ojos, se miraron fijamente el uno al otro. La mirada pensativa de Mimi se posó en los labios de él.
No se dio cuenta de que se apoyaba en él embargada por un intenso anhelo hasta que un recatado «¡Ejem!» sonó a varios metros de distancia.
La discreta advertencia de Lizzie los arrancó con brusquedad de su embeleso. Yamato bajó la mano de nuevo hacia su costado. Mimi echó un vistazo avergonzada, pero Lizzie ya había escondido de nuevo la nariz en el libro.
Ruborizada, Mimi toqueteó su chal rosa y se aclaró la garganta.
—Perdóname; no sé cómo hemos acabado hablando de mí. Ibas a contarme cómo llegaste a verte envuelto en la banda.
Él miró a la acompañante y a continuación sonrió irónicamente a Mimi.
—¿Por qué no llamamos a la señorita Carlisle para que lo oiga también? Así te ahorrarás tener que repetirlo todo más tarde.
Al oír aquellas palabras, los labios de coral de Mimi formaron una O de indignación no exenta de culpabilidad, pero para satisfacción de Yamato, la joven no hizo el menor intento por negar su acusación. Tras mirarlo frunciendo el ceño con malicia, llamó impaciente a su amiga.
Lo cierto era que aquellas dos chicas le divertían muchísimo, pensó Yamato, mirándolas en actitud protectora y afectuosa mientras tomaban asiento en un banco situado a la sombra y aguardaban con picara solemnidad a que él comenzase.
Contempló a aquellas adorables criaturas, conmovido por la inocencia de ambas. Por ese motivo decidió ocultar la brutalidad de sus experiencias infantiles con un tono informal, como si estuviera contando una historia divertida que hubiera leído. Pasó por alto la última y terrible paliza de su padre y les contó cómo fue de su casa, alejándose de los caminos principales y viajando tras el ocaso para evitar a los hombres que su padre había enviado en su búsqueda.
Les narró la primera noche que pasó solo: cómo se acurrucó entre las raíces de un antiguo roble, se envolvió en su abrigo y se quedó tumbado con el frío de la noche primaveral, contemplando la luna creciente entre las susurrantes ramas del árbol. Las anchas franjas de nubes azules y añiles que rodeaban la luna le hicieron suspirar por su querido mar, con sus focas, sus sirenas y todas sus antiguas leyendas, pero pese a lo descorazonadora que resultaba su perdida, esa noche juró que no volvería a poner los pies en su casa.
Las chicas escuchaban con miradas cada vez más absortas y embobadas conforme iba transcurriendo la historia.
Durante varios días avanzó hacia el este, viajando lejos de los caminos principales por los campos y los senderos poco frecuentados, y rellenando su cantimplora en los manantiales. Descubrió la bolsita de monedas que la señora Landry, su cocinera, le había metido en la bolsa, probablemente la mitad de los ahorros que había acumulado a lo largo de su vida. Aunque racionó los víveres lo mejor que pudo, el día que llegó a las inmediaciones de Odaiba su estómago rugía. Tenía un aspecto lamentable, empapado por la llovizna de abril y con el ojo todavía morado del puñetazo que le había propinado su padre. Recordó la fascinación morbosa que sintió al ver los cadáveres de unos criminales que habían sido asesinados en la cima de una colina y habían sido dejados allí a modo de advertencia para todo aquel que se plantease cometer fechorías. Observó cómo colgaban de sus sogas y luego les dio la espalda y caminó con determinación, preguntándose qué sería de él.
Sin comida, dinero ni ideas, se guareció de la lluvia en una taberna cuyo amable dueño le habló de la fábrica de ladrillos que había cerca, donde un muchacho podía ganarse el sustento y algunos yens trabajando de cargador. Siguiendo las indicaciones del hombre, halló sin problemas la gran y concurrida fábrica de ladrillos. Sin embargo, duró allí un solo día.
En cuanto vio el lugar y cómo los capataces hacían trabajar a los chicos, tuvo sus dudas, pero como no tenía muchas más opciones, se presentó con el fin de aprender a fabricar ladrillos. El capataz, que no tenía a ningún muchacho tan alto y robusto, accedió rápidamente a darle una oportunidad.
El trabajo de cargador, según explicó a Mimi y a la señorita Carlisle, era sencillo y consistía principalmente en coger con cuidado los ladrillos húmedos y recién formados de manos del maestro ladrillero y transportarlos hasta los campos de secado situados a considerable distancia de allí. Transportaban ladrillos de un lado a otro como hormigas en fila. Era un trabajo sucio y bastante precario para unos desgarbados adolescentes. Aunque a los muchachos no les permitían hablar durante el trabajo, uno de ellos llamó su atención: un huérfano flaco con el cabello alborotado vestido con un uniforme verde del asilo de pobres. El endeble chico parecía incapaz de transportar un ladrillo sin que se le cayera. Cada ladrillo húmedo que le daba el maestro acababa en el suelo, convertido en una bola de barro.
Las chicas rieron mientras escuchaban absortas cómo él describía su creciente dificultad para mantener la boca cerrada cada vez que el capataz corpulento y barrigón intimidaba y regañaba al huérfano por su ineptitud.
—Pero cuando vi que pegaba al chico, algo dentro de mí… estalló.
Las chicas dejaron de reír y su expresión se tornó seria. Él movió la cabeza con gesto de disgusto y les dijo que arrojó el ladrillo húmedo que tenía en la mano al capataz.
—Le dio de lleno en la espalda, hizo que perdiera el equilibrio y le dejó una mancha de barro en la camisa.
El capataz se giró furioso y se irguió por encima de él, pero la expresión ceñuda del hombre no evitó el ataque de Matt. «¡Déjelo en paz!», gritó.
—Estaba tan furioso que casi no veía.
Les dijo que el dueño de la fábrica salió corriendo e intervino en la riña. Los llevó al huérfano y a él a su despacho, los regañó y los despidió sumariamente.
—Y así —dijo— es como conocí a Taichi Yagami, mas conocido como Tai.
Mimi abrió los ojos desorbitadamente al reconocer el nombre, pues había conocido a Tai aquella noche en Bainbridge Street.
—Tai protestó con amargura contra mí por haber hecho que lo despidieran del trabajo —dijo Yamato con una sonrisa—, pero nos juntamos de forma muy natural, ya que él era huérfano y no tenía a nadie, y habría preferido morirse, a volver al asilo de pobres. Al final, el viejo tabernero, Sam Burrroughs, nos contrató de mozos para que le ayudáramos en la taberna. Nos dio alojamiento en un pajar del cobertizo, pero nosotros estábamos encantados porque teníamos un patrón de trato fácil y nunca nos faltaba comida.
Entonces describió cómo llegaron a la taberna de Sam Burroughs tres hombres ataviados con gabanes negros una noche lluviosa.
Matt estaba sacando un escurridor con jarras de cerveza limpias de la parte de atrás cuando los vio. Los reconoció de inmediato como criados de su padre. Estaban preguntando al viejo Sam si había visto a un muchacho rubio con los ojos azules de trece años. Matt se retiró a la parte trasera sin hacer ruido, dejó el escurridor en el suelo, agarró a Tai de la camisa y escapó.
Después de salvarse por los pelos, entraron en el centro de la ciudad y, una vez más, se vieron obligados a conseguir comida sin poder pagar. Al cabo de unos días, Matt consiguió que los contrataran a los dos en un barco de pesca del Támesis, donde les asignaron todas las tareas más desagradables: alquitranar la cubierta, destripar los peces o achicar el agua del pantoque.
—Tai lo odiaba —dijo a las chicas—. El capitán era un buen hombre, pero los tipos de la tripulación eran unos brutos. Les teníamos miedo y no tardamos en descubrir que teníamos buenos motivos para ello.
Después de trabajar como negros durante dos semanas, recibieron su paga y obtuvieron permiso para desembarcar, pero a altas horas de la noche se vieron en un apuro con el primero de a bordo, que estaba borracho. Las chicas se quedaron boquiabiertas cuando les describió cómo el hombre los amenazó y les exigió su paga, armado con un cuchillo.
—No tuvimos otra opción que darle el dinero. Dijo que si se lo contábamos a alguien, nos destriparía, y echaría nuestros cuerpos a los peces.
—¡Qué horror! —exclamó Mimi.
—No nos pareció prudente volver al barco —dijo con aspereza—. Cuando amaneció, tuvimos que enfrentarnos otra vez a la cuestión de cómo íbamos a sobrevivir. Casualmente estábamos sentados en la orilla del río pensando en nuestro destino cuando nos fijamos en una extraña procesión de muchachos cubiertos de barro que estaban metiéndose en el agua con la marea baja.
Aquellos chicos, explicó, eran los más pobres entre los pobres, niños mendigos que registraban el lecho del río a diario cuando la marea estaba baja en busca de monedas, trozos de carbón que hubieran caído de las barcazas que pasaban o cualquier cosa de valor que pudieran vender. Esa mañana, sin saber qué otra cosa hacer, Matt y Tai se remangaron los pantalones y se pusieron a rebuscar en el lodo. Sin embargo, poco después, un fanfarrón y menudo se acercó a ellos a través de la niebla.
—¿Qué estáis haciendo aquí? —preguntó en tono agresivo—. ¡Soy Cullen O'Dell, y esta es mi parte del río!
Desde el primer momento, Tai y Matt se sintieron impresionados por él. Cullen O'Dell era un auténtico cockney, originario de las inmediaciones de la iglesia de St Mary-le-Bow. Habiendo nacido y crecido en la ciudad, sabía cómo arreglárselas por su cuenta. Aunque la primera vez que se lo encontraron lo vieron rebuscando en el lodo, el muchacho dejó claro que aquel sucio trabajo no era más que un pasatiempo para él. Les aseguró que si un chico era listo, podía vivir como un rey en la ciudad. Para sorpresa de ellos, se ofreció a ayudarlos cuando le explicaron lo que les había ocurrido. Les dijo que conocía a un viejo caballero que les ofrecería comida y techo.
Ellos se mostraron escépticos, pero al no tener ninguna otra alternativa en el horizonte, fueron con él. El lugar donde O'Dell les aseguró que podrían hallar cobijo resultó ser una guarida de delincuentes desvencijada y ruinosa, y el negocio del viejo caballero consistía en adiestrar y encargar trabajos a pequeños ladrones. Mientras los niños que se encontraban bajo su dudosa custodia le llevasen carteras, relojes y cosas por el estilo, él les proporcionaba suficiente pan, leche, así como una especie de hogar.
—Dios mío —dijeron en voz baja las chicas.
—De repente pregunté a los chicos por qué tenían que entregar todas sus ganancias al viejo cuando eran ellos los que se arriesgaban —dijo a sus hermosas oyentes—. Ni que decir tiene que la pregunta hizo que se sintieran bastante incómodos, pero yo les demostré que lo que él gastaba en su comida y su alojamiento no era más que una pequeña parte de los beneficios que los niños le proporcionaban.
Analfabetos, sin educación, y totalmente ignorantes de las nociones de matemáticas más elementales, los pequeños ladrones no tenían ni idea del valor de los artículos que robaban; al haber pasado hambre y haber vivido en la más absoluta miseria desde su nacimiento, no sabían que la comida que les daba el anciano era escasa y repugnante.
—Los chicos se enfadaron cuando hice los cálculos. Al enseñarles todas las ganancias que estaban ofreciéndole al viejo y ponerles unos ejemplos de lo que podrían comprar con aquellas sumas, O'Dell dijo que no debíamos volver a la guarida, sino formar nuestra propia banda. Y eso —dijo— es exactamente lo que hicimos.
—¡Santo cielo! —exclamaron las jóvenes damas.
—¿Estuviste en una banda con O'Dell? —preguntó Mimi.
Él asintió con la cabeza.
—Él era el que conocía la calle, mientras que yo era el que tenía educación. Combinadas, esas cualidades nos convirtieron en toda una amenaza. Yo me encargaba de preparar las distintas tretas y los timos para estafar a las víctimas desprevenidas, y O'Dell dirigía a los demás chicos para llevarlos a cabo.
—¿Qué clase de tretas? —preguntó Mimi con una sonrisa picara.
—Veamos. —Él se rascó la barbilla—. Mi preferida consistía en hacernos pasar por una empresa. Entrábamos en grandes casas con el pretexto de limpiar las chimeneas, cuando en realidad nos dedicábamos a estudiar la casa metódicamente de cara a un futuro robo: identificábamos las vías de entrada, averiguábamos dónde se guardaban los objetos de valor, sí había perro o no. Esa clase de cosas.
Las chicas reían, escandalizadas.
—Mientras hubo un equilibrio entre la fuerza de O'Dell y mi cerebro, las cosas fueron sobre ruedas. Pero una noche todo cambió.
—¿Qué pasó? —preguntó Mimi.
Él se quedó en silencio un instante, buscando las palabras con mucho cuidado, pues no deseaba herir la inocencia de las chicas al mencionar a los malvados hombres que había capaces de utilizar a un chico, incluso a un niño, para su propio disfrute.
A decir verdad, ninguno de ellos sabía qué vulnerables eran. Tras dormirse rápidamente en su escondite, un viejo almacén quemado situado junto al río, ninguno de los miembros de su pequeña banda infantil oyó cómo Bastón Amarillo entraba sigilosamente en medio de la noche.
Todos los niños de la calle sabían que no debían acercarse al extraño y rapaz dandi conocido como Bastón Amarillo por el elegante báculo que siempre llevaba. Su uña del dedo meñique, con el que siempre estaba tomando, era larga y estaba pintada. Matt lo había visto a menudo en las calles, en las casas de juego y buscando los burdeles más peculiares.
Esa noche algo lo despertó de su profundo sueño. Con los ojos soñolientos, se horrorizó al ver a Bastón Amarillo apuntando con un cuchillo al cuello de O'Dell, amenazando al chico para que guardara silencio y fuera con él. Todavía recordaba su impresión al ver la cara del duro O'Dell mojada de lágrimas de terror.
Matt se levantó de un salto lanzando un rugido y lo atacó sin pensar. Su reacción podría haber hecho que O'Dell acabara con el cuello rebanado, pero en lugar de ello, sobresaltó a Bastón Amarillo, lo que permitió a O'Dell apartar la mano del hombre en la que tenía el arma. Bastón Amarillo intentó echar a correr, pero Matt se abalanzó sobre él para quitarle el cuchillo. La pelea fue confusa, pues su grito había despertado al resto de chicos. Todos estaban gritando. O'Dell agarró el infame bastón amarillo y empezó a aporrear al hombre con él. Lo siguiente de lo que Matt fue consciente era que tenía el cuchillo de Bastón Amarillo en la mano. Cuando el dandi metió la mano en el bolsillo de su gabán para coger su pistola, Matt le dio una puñalada en el cuello.
—¿Yamato? —La suave caricia de Mimi sobre su antebrazo lo devolvió al presente con un sobresalto.
La miró con brusquedad, mientras las sombras oscuras de su pasado desaparecían de sus ojos.
—¿Qué pasó? —repitió ella con suavidad.
Él forzó una leve sonrisa.
—O'Dell fue atacado una noche, y yo lo salvé.
Los ojos oscuros de Mimi parpadearon, como si intuyera que no le estaba contando la peor parte, pero no insistió.
—A partir de ese momento —continuó—, los demás me consideraron su líder. O'Dell no pudo olvidar la humillación de haber sido rescatado por mí, pues se suponía que era un chico duro. Su vergüenza se convirtió en odio hacia mí. Con el tiempo nos acabó dejando, formó su propia banda y se volvió corrupto, supongo que por los apuros que había pasado toda su vida. El resto —murmuró— ya lo conoces.
Las chicas se miraron entre sí y luego lo miraron a él.
Mimi le acarició el hombro, frunciendo el ceño con preocupación.
—Lamento que hayas tenido una vida tan dura, Matt.
—Yo también —añadió en voz baja la señorita Carlisle.
—Bueno, sin duda mis circunstancias han mejorado —dijo él con una alegría forzada—. Es cierto, estoy dominado por mi padre, pero Tai y los demás están vivos. Eso es lo que cuenta. —Apartó la vista pensativo y se quedó mirando a lo lejos un largo rato, intentando quitarse de encima su persistente sensación de culpabilidad—. He contratado a un hombre de negocios para que me busque una propiedad en Australia. Tengo pensado comprar una plantación allí para que ellos puedan cumplir sus sentencias en un lugar donde al menos sean tratados con humanidad. Por desgracia, debo permanecer en el anonimato como su benefactor. No puedo volver a tener contacto con ninguno de ellos. A todos se les ha dicho que «Matt» ha muerto.
—Qué pena —murmuró Mimi—. Eran como hermanos para ti.
—Por lo menos he conseguido que no los asesinen. Aun así —dijo él meditabundo, inclinando la cabeza hacia atrás para observar las ramas que agitaba el viento encima de ellos—, no parece suficiente. Yo estoy aquí sentado con dos hermosas damas mientras ellos están encadenados a bordo de un barco penitenciario.
—Ha hecho todo lo que ha podido —dijo Lizzie en actitud comprensiva.
—Les has salvado la vida —asintió Mimi.
—¿Sabe qué podría hacer, Yamato? —dijo Lizzie de repente.
—¿Qué? —preguntó él, al tiempo que se volvía afectuosamente hacia la modesta chica.
Lizzie se quedó mirando al vacío, mientras se daba golpecitos en el labio en actitud pensativa.
—Dios mío, Lizzie ha tenido una idea —dijo Mimi en tono exultante—. ¿Te he dicho que la señorita Carlisle es un genio, Yamato?
—No, no lo has mencionado.
—Una vez que tenga su plantación en regla, podría enviar a un maestro de escuela para que los educara —dijo Lizzie—. Y a artesanos para que les enseñaran oficios honrados. De ese modo, cuando hayan cumplido sus sentencias, tendrían los recursos necesarios para adoptar una nueva vida al margen del crimen.
—Hum. Me temo que no querrán tomarse la molestia. Ya no son unos chicos. Hace mucho que dejaron atrás el momento de aprender y, como se suele decir, perro viejo no aprende, gracias.
—Mi querido Yamato, cuando Lizzie tiene una idea, normalmente funciona. Yo estoy de acuerdo con ella —dijo Mimi—. De hecho... se me ocurre un motivo que podría ser justo lo que hace falta para inspirar a tus amigos a cambiar de costumbres.
—¿De qué se trata?
—Esposas —declaró ella—. Consígueles mujeres.
Yamato y Lizzie rompieron a reír.
—¿Esposas, Mimi? —exclamó Lizzie.
—¿Por qué no? Seguro que un hombre con mujer e hijos a los que cuidar se siente menos inclinado a jugarse el pellejo con absurdos proyectos criminales —insistió ella por encima de sus carcajadas—. Si les das algo más que perder, apuesto a que al cabo de pocos años se habrán convertido en ciudadanos honrados.
—¿Sabes? Lo cierto es que podría funcionar—murmuró Yamato. Le llenaba de regocijo pensar en Tai, Sarge, Flaherty, Andrews y el resto como hombres casados con hijos. Miró a Mimi, que se alisó la falda, mostrándose plenamente satisfecha consigo misma—. Creo que las dos son unos genios —dijo.
Las chicas se cruzaron una mirada de diversión al oír su cumplido.
La suya era una amistad teñida de deseo.
Durante las semanas que siguieron, Mimi dedicó todos sus esfuerzos a educar a Yamato, aunque en realidad no quería verlo amansado. No, teniendo en cuenta que disfrutaba de sus peligrosas y excitantes insinuaciones. Él flirteaba abiertamente con ella cuando conseguía salirse con la suya, y aunque ella fingía una divertida irritación, ser el continuo objeto de sus provocativas atenciones resultaba un halago delicioso.
Decidió no tomarse sus picaras insinuaciones muy en serio, pero aquel coqueteo íntimo había introducido en su vida una emoción de la que sin duda había carecido hasta entonces. Cuando se quedaban a solas por un momento, él siempre la tocaba, aunque de forma sutil: una caricia en la mejilla, un pícaro tirón del pelo, un beso galante en la mano. De algún modo, ella nunca encontraba motivos suficientes para protestar, aunque a veces se hacía la enfadada ante sus cumplidos cada vez más subidos de tono. Le parecía importante mantenerlo a raya.
Por suerte, la frecuente presencia de Lizzie ayudaba a disipar la tensión sexual que a veces hacía que el aire entre ellos bajase. Por lo que respectaba a su institutriz, Yamato había cautivado fácilmente a la señorita Hood, pero él era un hombre estimado sobre todo por otros hombres, e incluso sus hermanos le habían tomado un moderado aprecio gracias a Lucien, que había respondido por él.
Poco sabía ella que Yamato ya había dado a conocer sus intenciones a sus hermanos y había obtenido el permiso de Joe para cortejarla...
Lo cierto era que Yamato no tenía alternativa. Ella era menor de veintiún años y no podía casarse sin el consentimiento de su tutor, por no hablar de que sus hermanos podían poner fin al cortejo antes de que este hubiera empezado, si lo consideraban oportuno. Él no quería ganarse su enemistad. Era arriesgado, pero sabía que la única solución consistía en poner las cartas encima de la mesa, demostrar lo que él valía, ganarse su respeto y de ese modo asegurarse un lugar entre ellos desde el principio. A decir verdad, en su vida se había portado mal muchas veces, pero aquello le resultaba lo bastante importante como para que quisiera hacerlo todo bien.
En un gesto audaz, solicitó audiencia al duque de Hawkscliffe un día que sabía que Mimi estaría fuera de compras con sus hermosas cuñadas y la encantadora señorita Carlisle.
Tal vez Hawkscliffe había adivinado el objetivo de su visita, pues cuando Yamato entró en el estudio del duque, halló a cuatro de los cinco hermanos Tachikawa colocados ante él.
Solo Jack Tachiakwa, el segundo, estaba ausente. Yamato se enteraría más tarde de que Jack era la oveja negra... y no se podía contar con su presencia a corto plazo. El resto de hermanos ni siquiera sabía dónde estaba.
Sin embargo, afortunadamente Lucien y Alec se encontraban presentes y ya habían decidido aceptarlo. Hawkscliffe observaba el menor de sus movimientos con sus ojos oscuros teñidos de escepticismo: Yamato fue presentado al hermano que más le preocupaba; el gemelo de Lucien, Damien. El coronel de ojos plateados y curtido a su mujer, Miranda, a la ciudad para que fuera de compras con sus familiares. Damien le estrechó la mano al tiempo que lo miraba; en realidad, lo examinó como si fuera un nuevo recluta del regimiento poco satisfactorio. No obstante, al final el accedió a darle una oportunidad gracias a la ayuda que Matt había prestado hacía tiempo para salvar a la hermosa morena, Miranda.
La agotadora entrevista de dos horas de duración, hizo que las largas sesiones de interrogatorio de Anthony y sus policías parecieran un juego de niños. Sabía que no era el candidato favorito —no era Ryo Akiyama—, pero en todo momento fue sincero con los familiares de Mimi.
Se sometió con incomodidad a su escrutinio y les ofreció un relato realista de su pasado; una versión bastante más minuciosa que la que había brindado a las chicas en el parque. Confesó el verdadero alcance de la violencia de su padre para que comprendieran que tenía motivos para huir de casa. A continuación les dijo cómo había llevado las cosas en St. Giles, cómo había mantenido a cientos de personas con sus ganancias ilícitas, uniendo a varias bandas con el objetivo de poner fin a los asesinatos de jóvenes, y empleando la amenaza de su poder para imponer cierto sentido del orden en el suburbio mientras estuvo bajo su control.
No sabía si sus logros, por poco que valieran, ejercerían alguna influencia en sus hermanos o, incluso, si le creerían; pero cuando Lucien les dijo que había sido Matt quien encontró a Mimi y la llevó de vuelta a casa sana y salva la noche que había intentado escapar, los Tachikawa cruzaron unas miradas perspicaces entre sí.
Entonces Lucien les habló de la ayuda secreta que había prestado a la policía, que contribuyó a llevar a cabo numerosos arrestos. Falsificadores, prestamistas deshonestos, empleados de casas de juego ilegales, ladrones de caballos, una banda de asaltadores de caminos asesinos, comerciantes del mercado negro, un asesino a sueldo, un extorsionista y un par de pirómanos que, a cambio de una cantidad, ayudaban a la gente a quemar sus casas con el fin de cobrar el seguro contra incendios; todos habían ido a la cárcel gracias a su información.
Al oír todo aquello, Hawkscliffe y Damien lo miraron con los ojos llenos de respeto, aunque a regañadientes.
Por último, el abogado de Hiroaki había redactado unos documentos certificados en los que constaban la suma de su fortuna y los terrenos que un día pasarían a ser de Yamato. Los papeles habían sido preparados antes de que su padre le ordenara que empezara a buscar esposa. Mientras Hawkscliffe echaba una ojeada a los documentos, Alec dedicó a Yamato una sonrisa de envidia.
—Ahora ya sé a quién tengo que acudir para pedir un préstamo.
—Alec —le advirtió el duque.
—Lo digo en broma, Joe. Por el amor de Dios —dijo él altivamente.
Mientras hacía tamborilear los dedos sobre el escritorio, Hawkscliffe estudió detenidamente el estado financiero de Yamato, y a continuación echó un vistazo alrededor de la habitación: primero observó a Lucien, que le miró asintiendo con la cabeza discretamente; luego a Damien, que apenas se encogió de hombros y se recostó en su asiento; por último, a Alec, que lanzaba una moneda al aire con cara de aburrimiento.
Hawkscliffe dejó los papeles y entrelazó los dedos, mirando fijamente a Yamato un instante más.
—Muy bien —dijo, asintiendo con la cabeza bruscamente—. Puede cortejarla. Pero le estaremos vigilando. Como dé un mal paso...
—Lo entiendo, señor. Gracias. Señores, les agradezco el tiempo que me han concedido.
Se levantaron; él se preparó para marcharse.
—¿Quiere tomar un coñac con nosotros, Ishida? —lo invitó Joe mientras rodeaba su escritorio.
—Con mucho gusto, señor. Gracias.
—Llámeme Joe.
Todavía estaba asombrado de que hubieran decidido aceptarlo cuando Alec se levantó de su asiento apoyándose en las muletas.
—Estoy deseando bromear sobre ello con esa pequeña granuja.
—¡No! —exclamó Yamato, volviéndose hacia él con excesiva vehemencia. mientras los demás se dirigían sin prisa hacia la puerta—. Disculpe, pero... —Echó un vistazo a los hombres a su alrededor con una expresión desvalida—. Nadie debe mencionar esto a la señorita Mimi. Al menos, todavía no.
—¿Por qué no? —preguntó Lucien lanzándole una mirada de curiosidad.
—Ya saben que es una mujer irritable y caprichosa. Si intentan atraerla hacia mí, solo conseguirán lo contrario. Me temo que no le gusta... que le digan qué tiene que hacer.
Todos pusieron cara de sorpresa y se echaron a reír.
—¿Señores? —preguntó él, frunciendo el ceño.
—Es usted un hombre valiente, Yamato. —Damien le dio una palmada en la espalda—. Que Dios le asista.
Una vez que contó con la aprobación de sus hermanos, Yamatose propuso ganarse el corazón y la confianza de Mimi. Mientras la temporada avanzaba, esperó el momento propicio, dispuesto a jugar según las reglas de ella por el momento. Se desvivía por ella como el más obediente galán: le llevaba copas de ponche o de champán, abría las ventanas cuando tenía calor, le acercaba el chal cuando tenía frío; incluso aguantaba interminables partidas de whist y perdía grandes sumas de dinero por el placer de sentarse frente a ella.
Mimi lo estaba ablandando, incluso respecto a su padre. Cierto día Yamato se disponía a salir de su casa a primera hora de la tarde para hacer la visita diaria a su dama cuando pasó por delante del salón y se fijó en que su padre se hallaba hundido en un sillón vestido con su bata, los pies calzados con sus zapatillas y apoyados en una sillita, y unas rodajas de pepino sobre los ojos. Encima de la mesita que tenía al lado había una taza de café cargado y un frasco de pastillas para el dolor de cabeza. El marqués estaba tan inmóvil que Yamato se sorprendió y se sintió bastante alarmado.
Se dirigió hacia la habitación con cautela y se detuvo en la puerta.
—¿Padre?
—¿Eh? —gruñó bruscamente Hiroaki. Al parecer estaba dormitando y no se molestó en mirar.
—¿Se encuentra bien, señor?
—En mi vida he estado mejor —dijo él con una voz débil.
Yamato sonrió irónicamente a su pesar.
—¿Ha pasado una mala noche?
—Debo de haberla pasado. No me acuerdo.
Apoyado contra la puerta, luchó consigo mismo un instante, mientras se armaba de valor.
—¿Padre? Estaba pensando en ir a Tatt's más tarde a comprar un caballo de montar...
—Gasta lo que quieras, Yamato. Te he dicho que puedes hacerlo.
—Sí... Me preguntaba si querría venir conmigo. —No podía creer que estuviera ofreciéndose, tendiéndole la mano de aquella manera—. Usted siempre ha tenido buen ojo para los caballos.
Durante un largo rato, el marqués permaneció inmóvil.
Yamato, tragó saliva, pendiente de su respuesta como el niño que había sido, muriéndose de ganas de recibir la aprobación de su terrible padre, que para él era como un dios.
—Hoy no, hijo. Estoy agotado.
Yamato agachó la cabeza ante su rechazo, mientras la ira invadía todo su ser.
Hiroaki se quitó las rodajas de pepino de sus ojos inyectados en sangre.
—¿Mañana, tal vez?
Pero la única respuesta que recibió fue el portazo de la puerta principal que se oyó cuando Yamato salió. Poco después llegó a Tachikawa House en su automovil. Aunque todavía estaba dolido por la forma en que su padre lo había rechazado, sabía que la visión del dulce rostro de Mimi lo tranquilizaría.
Bajó de su auto, lo dejó al cuidado del mozo de cuadra y se acercó con paso resuelto a la entrada. Lo cierto es que acudía a aquella casa con demasiada frecuencia, pero después de todo, Mimi lo estaba esperando. El señor Walsh lo hizo pasar sin demora. El mayordomo de aspecto solemne se había convertido en una imagen familiar a lo largo de las últimas semanas.
—Señor—entonó el imponente criado, al tiempo que le abría la puerta de par en par.
Yamato se quitó el sombrero, lo saludó y se dirigió a la sala de estar; por el camino, se detuvo a saludar a la duquesa y le dedicó al pequeño Morley un pellizco cariñoso en la mejilla cuando la niñera se lo llevaba.
Estaba al margen del clan Tachikawa, y lo sabía, pero nunca antes había sabido qué se sentía al formar parte de una familia. Nunca antes le había resultado tan fácil imaginarse pasando el resto de su vida con una mujer.
Cada día sentía que conocía mejor a Mimi, que se entendían de forma un poco más profunda. Le encantaba el caprichoso sentido del humor de ella y sus detalles sutiles y afectuosos, como cuando lo llevó aparte en una velada para arreglarle la corbata.
Desde luego, aquella diosa no sabía lo cerca que él estaba de hacerla caer de su pedestal y seducirla, pero a pesar de todo, accedía con gusto a ser esclavo, atrapado en el magnetismo de su órbita como un planeta ardiente y derretido girando en torno a una estrella brillante.
Mimi era la única que se negaba a ver que su «amigo» Yamato se había propuesto cortejarla.
—No, querido, quédate en el pasillo hasta que él haya dicho tu nombre. Tom, hazlo otra vez —ordenó Jacinda al lacayo.
—Sí, señorita—dijo el sufrido criado.
Hacía una tarde lluviosa y Mimi y Lizzie estaban sentadas en el sofá de la sala de estar, enseñando las normas de protocolo a Yamato entre carcajadas y miradas ceñudas.
—Me siento como un maldito oso de feria —murmuró él, mientras regresaba al pasillo de mármol, dando fuertes zancadas.
El lacayo también ocupó su puesto, retirándose al pasillo para abrir la puerta una vez más. Entró en la habitación, miró a Mimi y anunció:
— El Señor Ishida, señorita.
Yamato, que estaba esperando la indicación, entró en la estancia avanzando con pasos medidos e hizo una reverencia a Mimi.
—No te inclines tanto —lo reprendió ella, tendiéndole la mano con los ojos brillantes de alegría—. Enchantée, monsieur.
—Mademoiselle. —Él se inclinó sobre su mano—. Borra esa sonrisa picara de tu cara o te juro que te daré unos azotes —murmuró él lo bastante alto para que pudiera oírlo.
—¿No es encantador? —Ella se volvió hacia Lizzie con una sonrisa maliciosa y radiante.
—Señorita Carlisle. —Yamato repitió la elegante reverencia a la otra joven.
—Lo está haciendo de maravilla, Yamato.
—¿Le apetece un refrigerio? —Mimi señaló con garbo el té, los sandwiches, las galletas y la fruta que habían sido preparados para sus ejercicios de adiestramiento.
Él observó receloso la mesa puesta con esmero.
Lizzie siguió mirando con una diversión llena de afecto mientras Mimi lo interrogaba sobre el uso y la denominación de los distintos cubiertos que podría encontrar en una mesa bien dispuesta. Entre abundantes carcajadas ante los gruñidos de suplicio de Yamato, el joven acabó dominando poco a poco los aspectos más sutiles de la etiqueta.
En su intento por «educarlo», Mimi también había diseñado un programa de actividades culturales al que ella y Lizzie sometían a su pupilo; incluía visitas a galerías de arte y museos de la ciudad, así como recitales y conciertos de la recién creada Orquesta Filarmónica de Japon. Asistieron a recepciones científicas en Ackermann's, donde escucharon las últimas teorías de economistas políticos, botánicos, lingüistas, arqueólogos que habían visitado las pirámides e incluso naturalistas que hablaban de los fósiles de las rocas. A él le encantaba, aprender. Cuando Mimi pensaba en la temprana edad a la que se había visto obligado a abandonar el colegio y veía cómo asimilaba todos los conocimientos, se le alegraba el corazón.
Sin embargo, pronto llegó a la conclusión de que por mucho que se enriqueciese culturalmente, no dejaría de ser el hombre desagradable que la había fascinado desde el primer momento, pues un día le envió un obsequio envuelto en papel crepé con una pequeña nota que decía: «Lo vi en una tienda y pensé en ti. Que lo disfrutes. Y.».
Cuando lo abrió a solas en su habitación, descubrió que se trataba de uno de esos escandalosos libritos obscenos con dibujos indecentes de amantes en pleno frenesí de la pasión. Maldijo a Yamato entre dientes por ser un sinvergüenza y un auténtico demonio, pero miró cada página con avidez. En los márgenes, aquí y allá, él había escrito picaros comentarios sobre algunas de las diversas posturas. Pero a pesar de las numerosas noches que ella soñaba ardientemente con su cuerpo tatuado entrelazado con el suyo, se negaba a sucumbir a sus delicadas tentaciones.
Su cabeza, si no su corazón, se había centrado en la idea de llegar a ser un día tan libre como la elegante Campion, vencer a la sociedad en su propio juego; era su venganza privada por lo que le habían hecho a su madre.
No estaba dispuesta a dejarse disuadir de su plan. Aunque Matt hacía que su corazón palpitase desbocado y dibujaba una sonrisa —normalmente maliciosa y de desaprobación— en sus labios, continuó con su campaña para cazar a Drummond.
A pesar de que pasaba cada vez más tiempo con Yamato y el grupo de amigos que él estaba reuniendo a su alrededor, ponía empeño en charlar con Drummond en cada evento de la interminable sucesión de bailes, fiestas, veladas y suntuosas recepciones en las casas de los miembros de la alta sociedad.
En junio, Yamato les anunció a ella y a Lízzie que había comprado una plantación en Australia y que había hecho que su agente localizara a cada uno de sus antiguos amigos para asegurarse de que eran llevados allí.
Unos viejos conocidos se lo encontraron una tarde en Hyde Park, mientras Mimi conducía su caballo a toda velocidad alrededor del Ring. Él se hallaba junto a ella, disfrutando del espectáculo de su hermosa y temeraria. Con las mejillas sonrosadas por el viento y la emoción, Mimi detuvo el caballo al ver que dos jóvenes caballeros lo saludaban con la mano llenos de entusiasmo.
—¿Quiénes son? —preguntó, pero él los estaba mirando profundamente, asombrado.
—Dios mío —fue cuanto Yamato murmuró, y a continuación bajó del caballo de un salto y los saludó con una enorme sonrisa.
Uno era moreno y tenía un aspecto bastante anémico, y el otro era pelirrojo. Jacinda se quedó mirando, confundida, mientras los dos le daban palmadas en la espalda, lo abrazaban y hacían grandes aspavientos.
—¡Yamato Ishida, Dios santo! ¡Mírate, hombre! Hemos venido en cuanto nos hemos enterado de que habías vuelto.
—Todo este tiempo hemos sabido que estabas vivo. ¡Te lo aseguro, lo sabíamos!
—¿De verdad has vuelto con tu padre? —preguntó el joven moreno, asombrado.
Yamato asintió con la cabeza muy serio, pero le lanzó una extraña mirada para indicarle que se callara. Se volvió hacia ella y le presentó a sus dos amigos: Reg Bentinck y Justin Church.
Le explicó que eran amigos suyos de su breve estancia en Eton, pero en sus ojos había una mirada de preocupación que ensombrecía su sonrisa afable. Más tarde, ella le preguntó sí ocurría algo, pero él evitó la pregunta intentando robarle un beso.
Al día siguiente, los simpáticos jóvenes los acompañaron en su siguiente salida cultural: Mimi y Lizzie iban a llevar a Yamato a ver los mármoles del Partenón. El afable grupo estaba saliendo de Tachikawa House, bajo la atenta mirada de la señorita Hood, cuando las amigas de Daphne, Helena y Amelia, se presentaron con sus institutrices, comentando que tenían un nuevo rumor que estaban deseosas de compartir con Mimi.
Invitaron a las chicas a visitar las antiguas estatuas griegas con ellos; poco después todos habían pagado la entrada y se internaban en el pabellón. El hombrecillo que hacía de guía explicó al sobrecogido grupo que Elgin y su equipo de trabajadores habían extraído concienzudamente las estatuas de tamaño natural del friso del antiguo Partenón de Atenas una a una. Gastando una gran cantidad de dinero, su señoría había enviado las enormes piezas de mármol a Inglaterra, donde podrían ser debidamente conservadas.
Mimi estaba más interesada en observar cómo los señores Church y Bentinck cortejaban a Lizzie. A los dos jóvenes parecía gustarles mucho la chica, pero de repente Amelia y Hellie se le acercaron y la llevaron a un lado.
—No vas a creer lo que ha hecho Daphne —susurró Amelia—. ¡No debes decírselo a nadie!
—No se lo diré a nadie. ¿Qué ha hecho? —preguntó ella con impaciencia.
La frívola pareja se echó a reír entre dientes.
—Le ha estado coqueteando, a Akiyama... —empezó Amelia.
—¡Y él la ha rechazado! —concluyó Helena.
Mimi se quedó boquiabierta.
—¡Están bromeando!
—No. Lo hizo anoche en el teatro.
«¡Oh, pobre Ryo!»
—Acabamos de dejarla. Está hecha una furia —dijo Amelia con un cruel regocijo—. Quería anunciar el compromiso en el baile que su familia va a celebrar el próximo sábado por la noche. Habrás recibido la invitación, supongo.
Mimi asintió con actitud inocente, regocijándose para sus adentros al recordar la reacción de Yamato al recibir la invitación para el baile de los Taylor. Él le había sonreído con un brillo pícaro en los ojos. «Tú y yo vamos a recuperar tus diamantes», le prometió en un murmullo sensual.
—¿No recuerdas que la pasada temporada intentó cazar a Devonshire? Daphne está decidida a casarse con un marqués como mínimo. Será mejor que le digas a Ishida que se ande con cuidado.
—Lo haré —murmuró ella. Cuando lo miró, de repente se sorprendió al ver que estaba contemplando las estatuas del Partenón con el ceño fruncido y los brazos cruzados. Perpleja, se disculpó ante sus amigas y se acercó a él—. ¿Qué pasa?
Él señaló al guía haciendo un gesto brusco con la barbilla. Mimi centró su atención en lo que estaba diciendo el anciano.
—La colección será trasladada al Museo Británico avanzado el verano, una vez que la venta esté terminada.
Mimi frunció el entrecejo y se volvió hacia él de nuevo.
—¿Me he perdido algo?
—El gobierno ha comprado estas estúpidas estatuas por treinta y cinco mil yens. ¡Treinta y cinco mil! Y eso en un momento en el que la mitad de los hombres de Japoneses ni siquiera pueden dar de comer a sus familias... —Sus palabras se vieron interrumpidas, como si estuviera demasiado furioso para continuar; luego movió la cabeza con gesto de disgusto—. A lo mejor tu querido Drummond puede explicarlo, porque a mí se me escapa la lógica. Disculpa, querida. —Le dedicó una brusca reverencia, se dio la vuelta y salió del pabellón con paso airado.
Mimi se lo quedó mirando confundida y sacudió la cabeza. Era imposible saber los extraños motivos que hacían reaccionar a Yamato de forma tan exagerada.
Lizzie lo siguió un momento después, también con el ceño fruncido, y las mejillas sonrosadas de la ira.
—Santo cielo, ¿adonde van todos? —exclamó Mimi.
—Vamos, señorita. Abandonemos el lugar de este crimen. —dijo Lizzie con amargura, lanzando una última mirada al esplendor destruido de las estatuas—. Elgin no es más que un saqueador.
Mimi era la única que quedaba en el pabellón.
—Pero si son preciosas. Por Dios, somos británicos: no podemos dejarlas allí mientras se estropean, ¿no?
El guía le hizo una reverencia en señal de conformidad; entonces la señorita Hood asomó la cabeza por la puerta.
—No se entretenga, señorita. El coche está esperando.
Ella se encogió de hombros, restando importancia a las extrañas reacciones de sus amigos, y salió dando brincos detrás de ellos.
Yamato se alegraba de que Mimi lo hubiera llevado a ver los mármoles del Partenón, pues esa tarde volvió a casa pensativo, después de tomar conciencia de que su nueva condición lo había situado en una posición de enorme poder con el que podía combatir las mismas injusticias contra las que había luchado en el suburbio, pero de forma legal y a gran escala.
Cuando más tarde le dijo a Mimi que había asistido a un mitin del partido radical, ella criticó su elección. Constantemente le rogaba que se plantease la posibilidad de afiliarse a un partido liberal y al mismo tiempo aristocrático como el whig, pero a los ojos de Yamato, los whigs no llegaban lo bastante lejos en sus deseos de reforma. Sin embargo, las objeciones de Mimi no disuadieron a Yamato de dedicarse a sus recién descubiertos intereses políticos, como tampoco lo disuadía la pareja de policías de Anthony, apostados ante la puerta de su casa de salir furtivamente de noche con bastante asiduidad para causar estragos entre los Chacales.
Tampoco se atrevía a contarle aquello a Mimi, pues sin duda lo habría desaprobado. Sabía que ella suponía que simplemente había delatado a O'Dell, como había hecho con tantos otros de sus antiguos colegas crimínales, pero este caso era distinto. Quería a aquel cabrón para él.
Ella era una chica testaruda, sin duda, pero estaba seguro de que se dejaría convencer cuando él se hubiera ganado plenamente su confianza. Tenía que reconocer que se le estaba agotando la paciencia ante sus continuas negativas a reconocer el deseo que sentían el uno por el otro.
Por supuesto, conocía sus razones. Aquella mujer quería ser libre. Tenía miedo a entregarse a él, pero Yamato sabía que se estaba acercando a ella. Cuando aparecía en Tachikawa House con algún que otro corte y cardenal tras sus peleas, ella lo desarmaba completamente con los mimos que le dedicaba, como si fuera un niño, acariciándolo, besándolo y pidiéndole que le dijera cómo se había hecho daño. Él disfrutaba con sus atenciones —no podía evitarlo— y controlaba a duras penas sus pensamientos libidinosos. Recurría a mentiras inofensivas para justificar sus leves heridas, pues no quería disgustarla ni recordarle lo que él había sido en el pasado.
Cuanto antes se olvidara de ello, mejor.
Finalmente Mimi conoció a los padres de Yamato en la enorme fiesta con baile y banquete que ofrecieron la noche del sábado los padres de Daphne.
El marqués, atractivo pero de aspecto disoluto, y su esposa distante, frágil y meticulosamente vestida, estaban presentes, en una de sus raras incursiones en la alta sociedad. Al verse cara a cara con el hombre que había torturado a Matt de niño, Mimi no pudo evitar atacar abiertamente al marqués. Sentada frente al tiránico padre de Yamato en la suntuosa mesa, lanzó a Hiroaki varias miradas frías y deliberadas que poco a poco parecieron poner nervioso al hombre. Refutó sus opiniones cada vez que él comentaba algo en la mesa, pero parecía que el marqués no se atrevía a reprenderla, al menos en público. El hombre no dejaba de beber y finalmente optó por no mirarla.
Sin duda, pensaba Mimi al final de la cena, Hiroaki el Terrible se había dado cuenta de que ella estaba al tanto de sus crímenes. Por lo que respectaba a la marquesa, Mimi la consideraba despreciable por no haber hecho nada para salvar a su hijo de la violencia ebria de su padre.
Una vez en la sala de estar, después de la cena, se fijó en que Daphne procuraba caer simpática a la marquesa, alabando su vestido blanco con lentejuelas. Amelia y Hellie se lo habían advertido. La táctica de Daphne resultaba bastante evidente: estaba empeñada en impresionar a los padres de Yamato con el fin de que ellos presionaran a su hijo en favor de ella a la hora de escoger novia.
Mimi se quedó escuchando a medias el relato detallado del reciente triunfo de Drummond en el campo de golf, aguardando la señal de Yamato.
—La mejor puntuación que he tenido...
—Qué bien —murmuró ella, mirando al otro lado del salón en dirección al lugar donde Daphne estaba sonriendo a Matt.
Él estaba de espaldas a Mimi, de modo que no podía ver su reacción a los coqueteos de la pelirroja. No sería tan tonto para dejarse deslumbrar por la belleza de Daphne y no darse cuenta de que era una consentida, ¿verdad?
Frunció el ceño ligeramente al ver que Daphne engatusaba a Yamato para que bailara con ella. Vio a Acer Loring a un lado, que también los miraba con mala cara, pues estaba enamorado de Daphne desde siempre. Frunciendo los labios, Mimi observó cómo Yamato hacía una reverencia y Daphne sonreía con afectación.
Si él no estuviera tan condenadamente guapo esa noche... como lo estaba el resto de noches, por otro lado. Las luces que ardían desde las paredes emitían un brillo dorado sobre su cabello castaño y lustroso. Mimi recorrió con la mirada sus anchos hombros enfundados en su ceñido frac negro azulado, y a continuación descendió hasta su cintura esbelta, sus caderas compactas y sus largas piernas, cubiertas con unos pantalones negros. Resultaba irritante que pareciera más atractivo cada día que pasaba; además, ella lo conocía cada vez mejor. Sabía qué significaba cada una de sus sonrisas sardónicas; cada sutil tono de color azul que lucían sus ojos reflejaba una emoción distinta, y las había memorizado todas. Un tono azul claro bajo sus pestañas pardas equivalía a alegría; sus ojos lucían un brillante matiz azul electrico cuando se apasionaba con la política o cualquier otro asunto; el intenso azul marino, como las oscuras aguas del mar significaba que estaba pensativo y que no convenía molestarlo.
Cuando el baile terminó y él se separó de Daphne, Mimi no pudo evitar sonreír de satisfacción al ver que se dirigía inmediatamente hacia ella. Mientras atravesaba la multitud de invitados, Yamato le lanzó una mirada seductora arqueando las cejas con aire pícaro. Él siempre guardaba las distancias cuando Drummond se hallaba cerca, pues temía no ser lo bastante cortés; sin embargo, esa noche los dos tenían una misión especial, y fue hacia ella pese a la presencia del vejestorio.
—Señorita—dijo Yamato a modo de saludo, con una reverencia muy correcta.
Aunque cuando él acudió a su lado se estremeció de placer en lo más profundo de su feminidad, le dedicó una inclinación bastante fría y se volvió hacia su maduro compañero.
—Drummond, creo que no conoce a mi amigo Yamato. Es el hijo del marqués de Hiroaki. Yamato, le presento al conde de Drummond.
Yamato se inclinó ante él con cautela.
—Señor.
El antiguo hombre de Estado alzó la barbilla y lo escrutó, mientras sus gafas lanzaban destellos.
—Así que este es el radical en ciernes del que habla todo Japon.
Yamato miró a Mimi con incomodidad.
—Sí, señor, he quedado muy impresionado por las ideas de Brougham.
—Un terco, muchacho. Ese hombre es un agitador. No me fío de su brillantez. Cuidado con él. Si Brougham consiguiera lo que se propone, a todos nos llamarían «señor».
—Con el debido respeto, señor, prefiero juzgar el valor de un hombre por sus acciones antes que por su origen.
—¿Aprendió en la India esas condenadas ideas exóticas, muchacho? —preguntó Drummond, irritado.
—Señor, le agradecería que no emplease ese lenguaje delante de una joven dama —dijo Yamato con un sorprendente aplomo, alzando la barbilla.
Mimi abrió los ojos como platos. Después de la infinidad de cosas poco caballerosas que «Matt» había hecho delante de ella, estuvo a punto de estallar en carcajadas, pero a ninguno de ellos le convenía que montara una escena. Por lo visto, el adiestramiento al que estaba sometiendo a Yamato estaba resultando mejor de lo que ella había previsto.
—¡Oiga! —dijo Drummond resoplando.
—Disculpe la interrupción —dijo Yamato a Mimi con elocuencia—, pero me preguntaba si le molestaría concederme un momento de su tiempo, señorita.
—Con permiso, Drummond.
Antes de que el anciano pudiera responder, Yamato la cogió de la muñeca de forma posesiva y fue resueltamente hacia un rincón desierto de la extensa terraza iluminada por la luna. El calor húmedo de la noche de junio hacía que a Mimi se le pegase el vestido, lo que aumentaba la turbación por su deseo insatisfecho.
—No hacía falta que fueras grosero con él, Yamato.
—¿Grosero? Tiene suerte de que no le haya dado un puñetazo. —Tal vez el clima estaba haciendo que los dos se sintieran irritados, pues él también parecía estarlo—. No puedo creer que sigas a la caza de ese viejo verdugo. Me atrevería a decir que estoy empezando a tomármelo como algo personal —murmuró, y rápidamente bebió un trago de su copa de vino—. Si Drummond estuviera interesado, ¿no crees que ya habría respondido a las insinuaciones que le has lanzado durante toda la temporada?
—Perdona, pero yo no me he insinuado a ningún hombre —susurró ella con altiva indignación—. ¡La única mujer que se ha insinuado esta noche es Daphne, que no ha parado de echarte el ojo encima!
—Pero ¿qué es esto? —La hermosa boca de Yamato se curvó en una sonrisa provocadora—. ¿Estás celosa, cielo?
—¿Estás listo para recuperar mis diamantes o no?
Él le dedicó una amplia sonrisa y le dio un golpecito cariñoso debajo de la barbilla.
—Esa es mi chica. Te va el juego, Mimi. ¿Recuerdas todo lo que te dije?
Ella asintió con la cabeza.
—Bien. Pues vamos. —Y guiñando el ojo con picardía, señaló con la cabeza en dirección al salón de baile y la majestuosa escalera situada más allá.
—De acuerdo. —Ella se puso derecha, abrió su abanico de un golpe y adoptó una expresión de elegante hastío.
Mientras fruncía los labios para contener la risa, Mimi volvió al salón de baile y lo atravesó en dirección a la escalera, saludando a conocidos aquí y allá y deseándoles que pasaran una buena velada al tiempo que seguía avanzando. Agitando su abanico distraídamente e intentando parecer despreocupada, salió del salón de baile sin prisa y entró en el vestíbulo, donde siguió alternando con los invitados. Luego empezó a subir con cuidado la amplia escalera doble. Uno de los salones privados situados arriba había sido destinado a las mujeres; fingió que se dirigía hacia allí. Su corazón latía a toda velocidad, pero levantó su mano enfundada en un guante blanco y se alisó el pelo mientras avanzaba lentamente, con elegancia, por la escalera.
¡Tener que robar su propio collar de diamantes!
Cuando estaba en mitad de la escalera vio a su cómplice, que atravesaba tranquilamente la habitación de abajo en el momento justo. Yamato estaba despejando el camino cortésmente al hermano de Mimi, Alec, que lo seguía apoyado en sus muletas. Ayudó a su hermano a entrar en el salón, en el cual, según había dicho, había una puertecita blanca que conducía a la escalera de los criados. Él conocía la distribución de la casa gracias al robo que había perpetrado allí aquella noche. Una vez que accediese a los pasillos del servicio, se reuniría con ella en el tercer piso.
En los pisos superiores no se oía nada excepto algún que otro sirviente que pasaba en silencio para realizar alguna tarea, o de vez en cuando alguna carcajada femenina procedente del salón destinado a las damas. Mientras se movía con tranquilidad por el pasillo, Mimi aguardó su oportunidad; miró a izquierda y derecha, se recogió la falda, atravesó a toda prisa el pasillo que cruzaba sin hacer ruido y dobló la esquina. Sus ojos empezaron a brillar de emoción ante la pequeña aventura. Subió a hurtadillas el siguiente tramo de escalera hasta el tercer piso, e hizo una mueca cuando una de las tablas crujió bajo sus pies. Los sonidos apagados del baile se desvanecieron a medida que recorría el resto de escalera y entraba furtivamente en el pasillo central del ala residencial privada de la familia. Con la falda aún levantada, empezó a buscar el dormitorio del dueño caminando de puntillas.
«No puedo creer que él se ganase la vida haciendo esto.» Le aterraba la idea de que alguien la viera, pero la emoción y la posibilidad de que consiguiera salirse con la suya hacían que sus mejillas ardieran y el corazón le latiera con más fuerza.
Se llevó un susto de muerte cuando se acercó a una esquina con sumo cuidado y Yamato salió de entre las sombras.
Mimi reprimió un grito. Él la cogió del antebrazo y la hizo doblar la esquina tirando de ella.
—¡Shhhshsh! —la reprendió cuando ella tropezó con su cuerpo grande y fuerte.
Mimi tuvo que taparse la boca con la mano para evitar soltar una carcajada. Él se inclinó hasta colocarse a la altura de sus ojos y posó un dedo sobre sus labios, pero sus ojos azules brillaban con una alegría traviesa.
—¡No puedo creer que estemos haciendo esto!
—Son tus diamantes. No es como si los estuviéramos robando.
—Es divertido —susurró ella.
Él le lanzó una mirada irónica.
—Date prisa.
Ella lo siguió de puntillas mientras él rondaba por el pasillo, sin hacer un solo ruido.
—¿Cuál es la pena por robar tu propio collar de diamantes?
—Haz el favor de tomarte esto un poco más en serio, ¿quieres? —dijo él, arrastrando las palabras, y a continuación señaló con la cabeza hacia el pasillo decorado con elegancia de la izquierda—. Buscamos la suite del lado oeste. Vamos. —El pasillo se hallaba tenuemente iluminado. Yamato señaló en dirección a un par de contraventanas situadas al final del pasillo—. Allí está; esa es la habitación donde perdí la libertad.
Ella lo miró y a continuación se quedó inmóvil al oír algo en el siguiente pasillo.
—¡Viene alguien!
—Corre. —Yamato la cogió de la mano con un brillo intenso en sus ojos, mientras las pisadas se oían cada vez más fuerte.
Echaron a correr cogidos de la mano hacia las contraventanas blancas. Sujetándose la falda en torno a las espinillas, Mimi iba mirando frenéticamente por encima del hombro. Un carrito del té apareció al doblar la esquina un instante antes de que lo hiciera el criado que lo empujaba. A Yamato le dio el tiempo justo de abrir la puerta, meterse en la habitación y tirar de Mimi. Cerró la puerta sin hacer ruido detrás de ella.
—¿Qué están haciendo...?
—¡shshhs!
Arrimados a la puerta, ninguno de los dos se atrevió a moverse por miedo a ser oído. Mimi contuvo la respiración con los ojos muy abiertos mientras oía cómo el sirviente empujaba el carrito cada vez más cerca. Cuando su vista se acostumbró a la oscuridad de la habitación de su señoría, el sonido chirriante del otro lado de la puerta, siguió avanzando.
Mimi se llevó la mano al corazón y se apoyó en la puerta, mirando boquiabierta y de forma cómica a su compañero de travesura.
Él movió la cabeza con gesto de incredulidad, y su sonrisa blanca y lobuna brilló brevemente en la oscuridad.
—Casi nos pillan.
—Dios mío, eres una influencia muy mala.
Él sonrió. Mimi lo siguió mientras él se dirigía a un pedestal de caoba situado junto a la ventana. Encima había un impresionante jarrón chino. Yamato cogió el jarrón, le dio la vuelta con una mano y agarró con la otra el collar de diamantes con cuidado.
—Eureka —murmuró—. Salgamos de aquí.
Ella se apresuró a seguirlo mientras él desandaba lo andado y regresaba hacia la puerta.
—Dame mi collar, granuja. —Mimi metió la mano en el bolsillo de la chaqueta de Yamato conteniendo una risita, pero él la cogió de la mano y la hizo girar con delicadeza de modo que quedó apoyada con la espalda contra la puerta. Mimi lo miró con los ojos entornados, reprimiendo una sonrisa—. ¿Qué estás haciendo?
Alto y esbelto, con su cuerpo musculoso cubierto por la ropa de etiqueta blanca y negra, Yamato apoyó una mano en la puerta junto a la cabeza de Mimi y se inclinó hacia ella, dejando colgado su collar ante sus ojos.
—¿Lo quieres? Ven a cogerlo.
Ella intentó arrebatárselo, pero él lo levantó sonriendo de forma burlona. Los diamantes centelleaban y brillaban en la oscuridad.
—¡Matt!
—¿No quieres tu bonito collar?
—Sí —contestó ella, moviendo la barbilla en actitud desafiante. Él acercó su cabeza a la de ella, mientras la luz de la luna que entraba por la ventana emitía un destello plateado a lo largo de su perfil de elegantes facciones y la superficie plana de su mejilla.
—Dame un beso y es tuyo.
Ella retrocedió y respondió a su mirada agresiva con lo que esperaba fuera una expresión severa, pero su vista bajó hacia sus tentadores labios, echando a perder el efecto.
—Ya es mío.
—No, no, señorita, me lo regalaste. —Sus ojos color azul brillaban mientras enrollaba el collar de diamantes alrededor de sus dedos y lo balanceaba ante la cara de Mimi, hipnotizándola—. Pero si me besas, te lo devolveré.
Ella hizo un tímido mohín.
—Pero, Yamato, hemos acordado que solo somos amigos.
—Un beso de amigos —susurró él, mientras se acercaba a ella e inclinaba la cabeza ligeramente.
Ella sintió que desfallecía bajo el poder de su encanto.
—Puede que... uno.
Los labios de él rozaron los suyos de un lado a otro, en una lenta y tentadora caricia que la hizo estremecerse. Pero cuando la besó más profundamente con una pausada destreza, acariciando su cuello de forma seductora, Mimi soltó un débil gemido y dejó que su cuerpo se relajara contra la puerta. Cerró los ojos poco a poco. La cabeza le daba vueltas mientras disfrutaba de su embriagador sabor a hombre. Su beso apasionado, le arrebató los sentidos. Dio gracias por tener detrás de ella la puerta sólida, sujetando su débil cuerpo.
Yamato descendió con la punta del dedo por el cuello de ella hasta el centro del escote de su vestido. El pecho de Mimi palpitaba bajo su roce diestro y temerario. Su mano caliente y hábil se deslizó bajo la parte delantera del corpiño y cogió su pecho. Ella jadeó de placer cuando le acarició el pezón con el pulgar.
Durante un pecaminoso instante, Mimi deseó que le rompiera la ropa y la tomase: que exigiera simple y bruscamente lo que ella no se sentía con el valor de ofrecer por propia voluntad. ¡Él la confundía tanto! Había sucumbido tan fácilmente la noche en el suburbio, cuando creía que no volvería a verlo —cuando no había consecuencias de ningún tipo—, pero ahora abandonarse a aquel peligroso deseo significaba arriesgarse a poner todo su futuro en manos de él. Si reparaban en la ausencia de ambos en el salón de baile —si alguien iba a buscarlos y los encontraba juntos en la oscuridad de aquel dormitorio—, se vería obligada a casarse con él o a hacer frente a la deshonra más absoluta. Su corazón latía alocado, debatiéndose entre el deseo y el rechazo obstinado a correr aquella suerte.
Seguía decidida a ser la dueña de su destino, pero el orgullo también entraba en juego, y complicaba todavía más el asunto. La noche del baile de Devonshire había jurado que jamás permitiría que él la controlase. Una pareja casada se convertía en una sola persona a los ojos de la ley y de Dios... y el hombre era aquella persona. Su madre había clamado contra ello en varios de sus ensayos. Como amiga de Yamato, seguía siendo su igual. Pero en ese mismo momento notó que perdía el control debido a la forma embriagadora en que él le estaba quitando los largos guantes blancos, acariciándole las manos.
Mientras su control se desvanecía, Mimi temió que él perdiera el interés por ella una vez que la hubiera poseído. ¿Y si lo único que le atraía era la emoción de la conquista...? Además, ¿por qué debía dar ella su brazo a torcer?
Si era lista, podría nadar y guardar la ropa, le decía una voz pragmática aunque bastante calculadora en su cabeza. Una vez que hubiera cumplido con su deber respecto al viejo Drummond y fuera una viuda independiente, podría tener a Yamato como amante. Pero eso podría ser dentro de muchos años...
Su cuerpo se estremeció con avidez cuando él deslizó la mano por su vientre acariciándola lentamente.
—¿Te doy placer otra vez? —murmuró él con una voz suave, plenamente dispuesto a satisfacerla.
Ella no tenía fuerzas para protestar, pero lo besó con ardor mientras él ahuecaba la mano con delicadeza sobre el montículo de su sexo. Sus dedos audaces presionaron la muselina vaporosa de la falda entre las piernas de Mimi. Ella lanzó un gemido tenue como un susurro contra los labios de él; Yamato no necesitó más muestras de consentimiento. Dios, hacía tanto que ella deseaba aquello.
Él se arrodilló despacio, siguiendo las curvas del cuerpo de Mimi con las manos. Le acarició las caderas y los muslos de forma posesiva y descendió hasta sus tobillos; a continuación deslizó las manos bajo su falda. Con la cabeza apoyada contra la puerta, y la visión borrosa del deseo, ella pasó sus manos por el cabello dorado mientras él le besaba el vientre a través del vestido y le levantaba suavemente la falda con sus hábiles manos.
Cuando él inclinó la cabeza hacia atrás y la miró ardientemente a los ojos, el corazón de Mimi le golpeó con fuerza contra el pecho. Ella acarició su rostro duro y aguileño; a continuación, él bajó las pestañas y agachó la cabeza, acercándose a ella. Y lo que le hizo entonces... Ah, lo que le hizo. Ella nunca había experimentado aquel deleite; intensas sensaciones estallaron en su interior cuando él besó su sexo virginal, rindiendo tributo a su más íntima feminidad. Mimi había visto aquel acto amoroso en el librito inmoral de dibujos lascivos, pero jamás había imaginado un placer semejante. No pudo hacer otra cosa que dejarse llevar por la excitación y disfrutar lujuriosamente de la desinteresada entrega amorosa de Yamato mientras acariciaba con maestría el sensible centro de su placer. Le había introducido los dedos y la estaba tocando con un diligente cuidado.
Oh, qué deliciosamente perverso era, pensó Mimi, jadeando y aferrándose al pomo de la puerta para no caer.
No supo cuánto tiempo pasó, pero él no tardó mucho en llevarla a un poderoso e intenso clímax. Ella soltó unos gemidos suaves y apasionados: «Matt, Matt... Oh, Dios mío, Matt». Se agarró a él, subyugada, febril, embelesada y salvaje. Toda preocupación, todo temor y todo control desaparecieron en el torbellino de aquella gozosa sensación.
Él se levantó y la cogió en brazos con delicadeza. Se apoyaron contra la puerta, aferrándose el uno al otro hasta que finalmente ella se recuperó. Yamato le besó el pelo y acto seguido la agarró con suavidad de los hombros, le hizo darse la vuelta y le puso el collar de diamantes. Ella se quedó temblando ante su proximidad mientras él deslizaba las puntas de los dedos por su nuca para abrochar el cierre. Nunca se había sentido tan próxima a alguien, tan electrizada por la presencia de otra persona.
Con un deseo más intenso de lo que revelaba su aire travieso y juguetón, Mimi rozó con la mano su miembro duro y palpitante, que le presionaba el trasero mientras él forcejeaba con el cierre del collar detrás de ella. Yamato jadeó bruscamente al notar su ligero roce. Ella alzó la vista hacia él por encima del hombro, fascinada.
Sin apartar la mano, Mimi se giró y exploró su cuerpo a través del pantalón.
—¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó él con voz ronca, mirándola fijamente como si fuera a devorarla.
Ella no respondió, absorta por sus descubrimientos. Notaba cómo el cuerpo de él cambiaba al contacto de cada caricia, hinchándose hasta adquirir proporciones cada vez más grandes, pero él la detuvo y le cogió las manos. Mimi se sorprendió de lo grandes y fuertes que eran sus manos comparadas con sus delicadas manitas cuando él entrelazó sus dedos con los de ella, agachó la cabeza y la besó de nuevo largamente.
Cuando Yamato volvió a hablar, rozando con sus labios los de ella, su voz sonó en un susurro aterciopelado.
—¿Sabes que haría cualquier cosa por ti?
—Matt—dijo ella en voz baja, rodeando la esbelta cintura de él con los brazos. Posó la cabeza en su torso, cautivada por la dicha de su abrazo, pero no sabía qué contestar.
Él la atrajo hacia sí, le besó el pelo y se detuvo un instante.
—Nadie me había hecho sentir así, Mimi. —Hablaba con una voz muy suave y cautelosa—. Solo... quería que lo supieras.
Ella se apartó un poco e inclinó la cabeza hacia atrás, temblorosa y asombrada, para mirarlo a los ojos. Él la miró con seriedad pero también con recelo mientras esperaba su reacción. Mimi levantó la mano despacio y acarició su mejilla rasurada. Él cerró los ojos, apoyándose en la mano que le acariciaba con tanta suavidad. Ella lo observó como si lo estuviera descubriendo por primera vez, mientras un inesperado asombro se abría paso en su interior al darse cuenta de que era el primer y el único hombre que la había tratado como a un igual. Después de Lizzie, lo consideraba su amigo más íntimo. Pero si era sincera consigo misma, debía reconocer que era más que un simple amigo.
Mucho más.
De repente él giró la cabeza y le besó la mano con una sonrisa sardónica.
—Ya ha sido suficiente tortura —murmuró—. Larguémonos de aquí.
Incapaz de encontrar palabras con que expresarse, Mimi se limitó a asentir con la cabeza y lo siguió mientras él abría la puerta, miraba a un lado y al otro y le hacía señas para que saliera al pasillo. Una vez más, recorrieron juntos los pasillos a toda prisa.
Ella empezó a preocuparse por si alguien había reparado en su ausencia. Sin duda Drummond debía de estar preguntándose dónde se habían metido ella y Yamato.
Momentos más tarde se separaron; Mimi regresó por el camino por el que había venido, y Yamato enfiló una vez más los pasillos del servicio. Él le robó un rápido beso de despedida antes de abrir la puerta blanca por la que había venido.
—Eh, preciosa —la llamó Yamato en voz baja al ver que ella se detenía a mirarse en uno de los espejos situados encima en el pasillo.
—¿Sí?
—Estás para comerte —murmuró él con picardía, lanzándole un beso.
Mimi soltó un jadeo virginal, pero antes de que pudiera contestar él ya había desaparecido entre las sombras. Tan solo oyó el tenue ritmo de sus pisadas, que se iba desvaneciendo por la escalera oculta del servicio. Esbozando una tímida sonrisa, volvió a mirarse en el espejo y contempló con un placer íntimo y secreto el collar de diamantes, que descansaba sobre su piel encendida y sonrosada. Movió la cabeza con gesto de incredulidad al ver su reflejo y suspiró al comprobar que aquel granuja la había dejado desaliñada, con las mejillas sonrojadas y aspecto de haber sido besada apasionadamente, que era exactamente como ella se sentía. Se alisó el pelo con un rápido ademán, se arregló el vestido y volvió precipitadamente al salón de baile sin que sus pies tocaran apenas el suelo.
«Es mía.» Oh, sí. Tanto si aquella preciosidad descarriada y llena de vida quería reconocerlo como si no, por fin estaba empezando a sentir la misma atracción que él llevaba semanas experimentando. Estaba seguro de ello. Sonriendo para sí en la oscuridad, subió la escalera de la parte delantera de la casa de su padre.
Era tarde. Acababa de llegar a casa del baile de los Taylor. Como siempre, Gerald, el mayordomo de noche, abrió la puerta antes de que a él le diera tiempo a llamar. Yamato tiró la ceniza de su cigarro antes de entrar en la casa. Su madre consideraba su afición al tabaco «un hábito desagradable», pero un hombre tenía que tener sus vicios.
Dios, qué ganas tenía de poder trasladarse a una elegante habitación de soltero, preferiblemente al otro lado de la ciudad, pero Anthony y los agentes de Bow Street que se encargaban de su caso querían que siguiera allí, donde les resultaba más fácil vigilarlo; no por comodidad, sino por la propia seguridad de Yamato, ahora que había enviado a tantos criminales a la cárcel de Newgate. Según ellos, en aquellos hoteles para solteros siempre había demasiada gente entrando y saliendo.
Mientras cruzaba el vestíbulo y subía sin prisa la escalera que conducía al piso principal, sus pensamientos volvieron rápidamente a la exasperante e irresistible Mimi, como le ocurría a menudo.
Esa noche había corrido un gran riesgo, pero se alegraba enormemente de haberlo hecho. Aquel era el problema de todas las reglas de la alta sociedad, pensó. Prácticamente era imposible conseguir estar a solas un momento con una chica. En el suburbio, la mayoría de mujeres tenían libertad para pasar un rato con quien ellas decidiesen, y si les gustaba un muchacho, no escatimaban sus favores. Él no estaba acostumbrado a todos aquellos obstáculos que un hombre tenía que escalar como si se tratase de las almenas de una ciudadela: las acompañantes de ella, su institutriz, sus hermanos, las matronas con ojos de lince de la sociedad. Pero esperaba haber dado a Mimi una adecuada dosis de persuasión esa noche. Ahora ella debería saber lo bien que irían las cosas entre ellos.
Sí, ya era hora. Dios sabía que él necesitaba aliviarse. Había impedido a Mimi que siguiera tocándolo porque sabía que no quedaría satisfecho con nada que no fuera su virginidad, y su futura mujer no iba a ser desflorada en la cama de otro hombre. Aun así, tenía que hacerla suya pronto o iba a volverse loco. Últimamente pasaba demasiado tiempo fantaseando que la desvestía, desatando cada uno de sus elegantes lazos, quitándole sus ligeras y delicadas prendas una a una...
—¡Yamato! —gritó una voz áspera, interrumpiendo sus agradables pensamientos.
Se giró, arrancado de sus incontrolables fantasías, y vio a su padre que caminaba hacia él por el pasillo, con la corbata desatada colgándole de los hombros y la cara roja a causa del alcohol. Estuvo a punto de sonreír con humor irreverente al verlo, recordando las miradas ceñudas que Mimi había dedicado a Hiroaki el Terrible durante la cena.
Sin embargo, al ver la luz agresiva que brillaba en los ojos vidriosos de su padre, la sonrisa de Yamato se desvaneció y su humor se ensombreció al instante. Conocía aquella mirada, aunque hacía años que no la veía.
Instintivamente se puso en guardia y observó cómo su padre se dirigía hacia él tambaleándose ligeramente.
—Apaga eso, malnacido insolente —farfulló el marqués—. Sabes de sobra que tu madre ha prohibido fumar en casa. ¡Mientras estés bajo mi techo, juro por Dios que obedecerás mis normas!
Yamato se lo quedó mirando un instante. Al parecer, su padre no se daba cuenta de que ahora medía algunos centímetros más y que tenía más de diez kilos de puro músculo, por no hablar de los quince años que había pasado luchando por su vida.
Tal vez los esfuerzos de Mimi por educarlo estaban surtiendo efecto, pensó, pues pese a tener todos los músculos del cuerpo tensos, consiguió responder como un auténtico caballero. En el pasillo había un pequeño limonero dentro de una maceta. Yamato se acercó a él despacio y apagó el cigarro en la tierra. A continuación volvió a erguirse lentamente.
—Discúlpeme. No pensaba que fuera a molestar a nadie.
—¡Pues a mí me molesta, maldita sea!
«Menudo patán estás hecho», pensó, mirando al hombre.
—Y por si te interesa, te diré otra cosa que también me molesta —continuó el marqués borracho, con sus ojos febriles que brillaban cada vez más—. La zorrita de Tachikawa a la que siempre andas siguiendo.
A Yamato se le encendieron los ojos de la ira, y clavó la mirada en la cara de su padre.
—Señor—le advirtió—, no tolero que se insulte a esa dama en mi presencia.
—¿Dama? —dijo él en tono de mofa—. Olvídate de ella. Me diste tu palabra de que te casarías inmediatamente, y ya han pasado casi dos meses. Ha llegado el momento de que plantes tu semilla, muchacho. He hablado con Erhard sobre su hija, la pelirroja de las tetas grandes, y hemos decidido que tú y ella deberíais casaros...
—¿Daphne Taylor? —exclamó él, con desdén.
—Sí, esa. Daphne—dijo su padre, con una sonrisa lasciva.
—Padre, esa chica es una arpía. Me voy a casar con Mimi. —«Si entra en razón.»
—Ni lo sueñes.
Su sentido de la desobediencia a la autoridad se puso en estado de alerta ante aquella orden.
—¿Por qué no? Mimi procede de una excelente familia. —se recordó con cinismo—. Es hermosa, saludable y tiene una dote de cien mil libras. —Aquello debería complacer al hombre.
—Me da igual los miles de libras que tenga —masculló Hiroaki—. Es una zorra arrogante y no me gusta.
«Tú tampoco le gustas mucho a ella.» Yamato hizo un esfuerzo por dominar su ira creciente.
—Pues a mí sí.
—¿No te das cuenta de la clase de putita que es, idiota? ¡Es igual que su madre! Ningún hijo mío va a terminar casado con una furcia ligera de cascos...
—¡Basta! —rugió Yamato a su padre en la cara, perdiendo los estribos.
Hiroaki intentó darle un puñetazo tras lanzar un gruñido; Yamato atrapó el puño del hombre con la mano derecha. Su reacción defensiva fue automática; con un movimiento perfeccionado en incontables peleas callejeras, su padre salió volando y cayó de espaldas en el pasillo de mármol, sin aliento.
Yamato se irguió por encima de él con una mirada asesina y puso un pie en el cuello de su padre. Miles de recuerdos de su sufrimiento acudieron a su cabeza y empezaron a correr como veneno por su flujo sanguíneo.
—¿Sabe cuan fácilmente podría matarlo? —susurró apretando los dientes, mientras el corazón le golpeaba con fuerza contra el pecho.
Su padre clavó los ojos en él con un miedo absoluto. A Yamato aquello le dio una satisfacción intensa pero fugaz.
—¿Por qué...? —empezó a decir Hiroaki, pero su voz se apagó en su garganta.
Su orgullo se negaba a permitir que hiciera las dolorosas preguntas que después de todos aquellos años seguían llenando su corazón de pesar. «¿Por qué me odias tanto? ¿Qué he hecho para merecer el trato que me has dado? ¿En qué te he defraudado?»
El momento de debilidad pasó.
—Diga lo que quiera sobre mí, pero si vuelvo a oír que pronuncia otra palabra despectiva sobre mi futura mujer, le juro que le daré una paliza que no olvidará nunca. —Quitó el pie de encima de la garganta de su padre, se puso derecho y se marchó.
Su padre se levantó y gritó toda clase de improperios detrás de él por el pasillo, recordándole, por si lo había olvidado, que era un desecho, que era tonto y débil y que no servía más que para hacer las obras del demonio.
—Debería haber dejado que te pudrieras en la cárcel. ¡Prefiero que el linaje desaparezca a dejar una excusa lamentable como tú para que me suceda.
Yamato se rió de la crueldad pura y desquiciada de las palabras de su padre, pero cuando llegó a su habitación estaba temblando; la felicidad que había sentido de camino a casa desde el baile había desaparecido.
Una vez en su habitación, miró a su alrededor, sin saber qué estaba haciendo allí. Cerró la puerta tras él y, sin encender ninguna luz, se dirigió fatigosamente a su cama; cuando se tumbó en ella, la pesada carga del pasado pareció oprimirle. Durante un largo rato, se quedó inmóvil mirando el techo. Cerró los ojos a medida que el antiguo y medio olvidado dolor emergía y lo envolvía; a partir de entonces ya no hubo escapatoria. Llevaba dentro de él el fracaso y la imperfección. «¿Es que nadie va a quererme nunca?»
En la oscuridad, su corazón comenzó a avanzar a tientas en dirección a la única luz que había encontrado, la luz de Mimi, pero al pensar en ella el dolor se multiplicó por dos, por tres. Era tan fácil temer que todo lo que su padre decía fuera cierto... ¿Y cómo iba a querer ella a alguien como él? ¿A quién quería engañar?
Podía proporcionarle placer, pero en el fondo él no valía nada y sin duda no merecía el amor de ella. La angustia se agitaba en su interior tan abruptamente que unas ardientes lágrimas de furia empezaron a escocerle en los ojos. Se incorporó con rapidez y las desechó frunciendo el ceño. Se puso en pie, se pasó la mano por el pelo e hizo retroceder a los demonios; logró recordar las numerosas atenciones que ella le había deparado, sus compasivas preguntas... y la forma en que lo miraba. Ella nunca miraba así a nadie.
Y también, cómo no, estaba el tema del collar de diamantes. Ella se lo había dejado semanas atrás, un regalo ofrecido libremente porque había visto algo bueno en él.
«Ella estaba equivocada —dijo la voz insidiosa de su cabeza—. Eres un inútil. No eres nada.»
No sabía qué parte creer. Se levantó lanzando un gruñido grave y furibundo y se tiró nerviosamente de la corbata. Se paseó por la habitación a oscuras y se dirigió hacia la ventana. Tras apartar las cortinas, miró la calle, donde estaban apostados sus centinelas. Sus ojos parpadearon con una siniestra violencia.
Dejó caer la cortina y fue a cambiarse de ropa.
Minutos más tarde, un vengativo susurro de metal sonó débilmente en la oscuridad cuando sacó su puñal favorito del compartimiento secreto del cajón. Miró el contorno negro de la ciudad situado al otro lado de la ventana.
Era el momento de ir a cazar a los Chacales.
