CAPITULO 7
(CAPITULO FINAL)
Era ensordecedor escucharla, desde luego que no podía negar que había pasado tiempo con Inuyasha, porque gritaba igual que él cuando se lanzaba contra el enemigo con su espada… Y ojala fuera él, porque estaba muerto de miedo con Kagome, si al menos no pareciese que le doliera tanto, él dejaría de llorar y de arrinconarse en el tronco tirado que había frente a ella.
¿Por qué tardaba tanto en llegar Kirara con el idiota ese? Mira que dejarlo solo con una parturienta… ni que fuera curandero o partero. Los gritos se oían tan fuertes que no le extrañaría que hasta los chicos los oyeran allá donde estaban. (Que seguro era mejor sitio que este, al menos ellos no tenían que asistir un parto… ¡Pero por todos los diablos! ¿A qué idiota se le ocurre mandarlo de vuelta a la aldea con una mujer a punto de parir?... Ah, claro… a Inuyasha… ¿No había dicho ya antes que era un idiota?
Él no sabía qué tenía que hacer, y lo que mas le preocupaba era que ella tampoco supiera, ¿entonces qué pasaría, se morirían su amiga y el bebé?... ¿o sería tan fácil como con los animales?, aunque no veía que ella preparara ningún nido para su cachorro. Tenía que hacer algo cuanto antes, llamar la atención de cualquier pasante que estuviera cerca, y rezar a los dioses para que no atrajera a ningún demonio, porque entonces iban a ser un buen plato del día, zorrito tierno de primero y pavo relleno de segundo.
Kagome lo sintió venir otra vez y empujó la espalda contra el tronco en el que estaba apoyada, tensó los pies hasta creer hundirlos en la tierra y contrarrestó el dolor con la fuerza, era la única forma de soportar las contracciones, y aunque no sabía si hacía bien empujando tanto, al menos el dolor no era tan intenso. Cuando volvió a ceder respiró hondo y luchó porque los ojos no se le cerraran, no sabía cuanto tiempo llevaban allí, pero ya era de día, y ella se dormía cada vez que la contracción se iba, por lo que había perdido la noción del tiempo.
Vio a Shippo agazapado en el suelo y sintió pena por él, podía ser muy valiente, e inteligente también, pero no dejaba de ser un crío y era lógico que estuviese asustado, si al menos ella estuviese en condiciones de poder calmarlo, pero no podía evitar estar también asustada, no sabía si todo estaba bien en ella, si conseguiría salir de esta, porque se sentía tan cansada que ya no se veía capaz de continuar luchando contra el dolor, ni siquiera podía incorporarse para quitarse la ropa, ¡Por Dios, pero si ya no podía ni cerrar las piernas y levantarse para quitarse los pantalones! Necesitaba ayuda y no tenía con quien contar.
Volvió a cerrar los ojos en la siguiente contracción y se tensó todo lo que pudo. El resplandor de una luz entre azulada y verdosa captó su atención, Shippo había lanzado un fuego fatuo que ascendió hacia el cielo como una bengala. Tal vez fuese buena idea, alguien se acercaría atraído por lo que parecían fuegos artificiales, y ya le daba igual quién fuera, pero por Dios que primero le ayudasen a sacarse el niño. Que si hubiese sabido que iba a doler tanto hubiera hecho lo que fuera, hasta sacrificar a un niño, (miró a Shippo entonces), para que fuera el padre el que se pusiera de parto y no ella.
Desde las alturas pudieron ver las luces, Miroku fue el primero en señalar, e Inuyasha reconoció rápidamente el poder de Shippo y saltó de Kirara pensando que llegaría antes a ella si se movía por su propio pie.
Cuando llego al lugar donde se encontraban los dos, vio a Shippo correr hacia él llorando, con los brazos abiertos y con los ojos desencajados de alivio. Kagome no parecía después de todo estar tan mal, dormitaba echada en el árbol, con su enorme barriga. Pensó que no era para tanto las prisas de Kirara, ni la desesperación de Shippo… Hasta que ella empezó a respirar hondo y rugió como si tuviese que levantar ciento cincuenta kilos ella sola. Entonces dejó que Shippo se encontrara abrazando el aire y se acercó a ella.
Se acuclilló a su lado y le apartó los mechones de la cara, fue entonces cuando ella notó que no era Shippo quien la acariciaba, sino Inuyasha. Luchó contra el mareo que le provocaban los dolores, entrecerró los ojos con todo el odio que fue capaz de concentrar y escupió las palabras.
- Mas vale que te apartes de mí si no quieres que te arranque las orejas, mira lo que estoy pasando por tu culpa. Si no te hubiera dado por plantar la puñetera semilla yo estaría ahora tan tranquilamente, la próxima vez búscate un jardín para ti solo y planta lo que te de la gana allí, pero a mí me dejas en paz.
Inuyasha sonrió, pensando que esta no era Kagome… y tampoco era la Kagome que había conocido durante los nueve meses del embarazo, había evolucionado a una tercera que, entre que lo miraba (con sus preciosos ojos marrones, que tenía que reconocer que después de todo era bonita) como si se hubiera bebido cinco botellas de sake, y hablaba tan grave como un hombre, parecía un híbrido entre la tennio del castillo del espejo, y el borracho que le curaba la mano a Miroku. Casi era preferible no tener orejas a tener que escuchar los graznidos de un demonio cuervo, que era lo que parecía sus quejidos. Y como apretaba la muchacha, se había agarrado de repente a su hombro y clavaba los dedos y empujaba con tanta fuerza que casi lo tira al suelo y lo deja lisiado al mismo tiempo. Esperó a que la contracción cediera un poco y puso la mano en el vientre de Kagome, la barriga estaba tan dura como una piedra, y juraría que estaba demasiado alta para estar pariendo, posiblemente la postura estaba complicando la salida del bebé, si conseguía acomodarla de otro modo Kagome podría hacer más fuerza para empujar. Necesitaba algo que fuera más fuerte que ella, algo que pudiera sostener su agarre para que ella pudiera valerse de eso para hacer más fuerzas, estaba cansada, lo veía en las sombras que tenía en el contorno de los ojos, en la caída de las comisuras de la boca y en la incapacidad de poder mantener los párpados levantados cuando dejaba de dolerle.
- ¿Cuánto tiempo llevas así?
- No sé ¿nueve meses? – Él la miró con cara de decir que no era momento de bromas – Creo que estaba amaneciendo, ya no me acuerdo. Una eternidad. Quiero que pare… - El dolor regresó y apretó la mano de Inuyasha tanto que le pareció oírle quejarse.
- Yo también…
Buscó a su alrededor y encontró a Kirara aterrizando, Sango corría hacia ellos, pero ella no era una buena opción para ayudar a Kagome cuando casi estuvo a punto de derrumbarlo a él en el suelo, además que no sabía de donde sacaba tanta fuerza, estaba seguro que otro apretón como ese y le rompía los dedos. Decididamente necesitaba una palanca más fuerte, y ese era Miroku.
Después de hacerlo venir hasta ellos, y de que Sango buscase lo necesario para la llegada del bebé, acomodaron a Kagome en el regazo de Miroku, e Inuyasha le quitó los pantalones para poder tener acceso al bebé cuando fuera saliendo. En una ocasión tuvo que ayudar a una yegua salvaje a tener su potrillo y no fue tan difícil, esperaba que esto fuera lo mismo.
Cuando Kagome supo que iba a quitarle la ropa empezó a quejarse y a mirar directamente a Miroku, pero sorprendentemente el monje estuvo muy correcto, concentrado en mantenerse lo mas rígido posible para que ella pudiese ayudarse de sus brazos para levantarse y empujar cuando le venía otra contracción. E Inuyasha intentó hacerle ver que no era momento de vergüenzas y que necesitaba la ayuda de los dos.
En el primer empujón, Inuyasha vio airoso que el vientre bajaba, en la segunda bajó otro poco, y en la tercera vio la corona del bebé, entonces rió y animó, olvidándose de que contagiaba el entusiasmo a Miroku y Sango… sostuvo la cabeza del bebé cuando salió y ayudó a buscar la forma de que también pudieran salir los hombros, entonces tiró de él con cuidado y consiguió sacarlo de la madre.
Sango lo cogió de sus brazos rápidamente y empezó a limpiarlo, a anudar el cordón y cortar el resto. Pero había algo extraño, el bebé no lloraba. Inuyasha no se atrevía a contestar cada vez que Kagome le preguntaba. También él estaba asustado, quizás habían llegado demasiado tarde, quizás el bebé se había agotado tanto que ya no tuvo fuerzas para continuar con vida. Sango lo miró con las lágrimas saltadas, sin saber que más hacer, no quería mirar a su amiga y tener que enfrentarse a algo que no se atrevía, ¿cómo decirle a una madre que su bebé no respondía?
- ¿Para que espabile no habría que ponerlo bocabajo y darle unos cates?
Los cuatro adultos miraron a Shippo con expectación, como si hubiese sido una piedra la que había hablado. Miroku fue el primero en reaccionar, le quitó a Sango el bebé y lo sujetó por los tobillos, al levantar la mano, todos cerraron los ojos como un acto reflejo, incluso él, pero el cate no fue tan fuerte, ni el bebé pareció notarlo. El segundo fue más fuerte, pero tampoco pasó nada, Kagome volvió a preguntar por qué no lloraba, y Miroku cogió al bebé y lo puso bocarriba, lo zarandeó sujetándole la cabeza y se escuchó un llanto afónico, entonces todos respiraron, y acompañaron emocionados el llanto del bebé.
Horas más tarde, la madre y el recién nacido iban en el globo en el que se había transformado Shippo, Inuyasha iba sentado detrás de ella; y aunque comprendía que ella quería tener a su hijo en brazos, también era consciente de su agotamiento, y que pasaría el resto del viaje hasta la aldea dormida, por lo que la llevaba rodeada con los brazos y de camino sosteniendo el cuerpecito del niño.
- Se parece a ti…
Inuyasha miró por encima del hombro de Kagome la carita arrugada o rosada del pequeño.
- No sé, tiene más cosas tuyas que mías, el corte de la boca es el de su madre.
- Bueno, tal vez, pero tiene tus ojos.
Inuyasha gimió como si hubiera algo que le molestara, aunque no demasiado.
- Sí, pero tiene una media luna en la frente ¿y dónde están las orejas?
- Donde tienen que estar.
- Yo creo que se parece a Sesshomaru
- Bueno es razonable, es tu hermano.
- Sí, pero no me agrada la idea de que mi hijo me lo recuerde constantemente.
- Piensa que en realidad se parece a tu padre.
Inuyasha sonrió y acercó a madre e hijo más a su regazo.
- Esa idea me gusta más... Gracias por esto.
- ¿Por qué?…
- Por darme una familia, ahora sé que nunca más me sentiré solo, tengo una mujer, que aunque nunca lo diga, es maravillosa, y un hijo que estoy deseando se haga lo suficientemente mayor para enseñarle a usar la colmillo.
- De eso nada, él no va a necesitar saber usar una espada.
- Ojala tengas razón. En ese caso ya buscaré otra cosa que enseñarle.
- Eso me parece mejor… pero creo que en vez de mí, deberías agradecerles a Miroku y Sango.
Inuyasha levantó la mirada de su hijo para ver la sonrisa traviesa en la comisura de los labios de Kagome, que se torcían hacia arriba formando esas graciosas arruguitas en sus mejillas.
- ¿Y eso?
- Bueno… si tenemos un hijo es porque ellos hicieron algo que no debían. Pienso que lo provocaron con algún tipo de conjuro o hechizo de Miroku.
Inuyasha miró rápidamente en la dirección que se encontraban los susodichos y entrecerró los ojos, debería ir hasta ellos y tirarlos de la gata para que aprendieran que no tenían que jugar con él de ese modo, pero un estornudo hizo que volviera a prestar atención al bebé, y sonrió pensando que esta vez lo dejaría pasar, porque hubiera estado mal o no lo que hicieron el resultado había sido bueno después de todo.
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En la cocina se mezclaban los olores del estofado y las especias con que se condimentaron las patatas. El vapor del arroz cociéndose concentraba aún más el aroma, tanto que quien entrase en la casa en ese momento sería capaz de ser arrastrado por una mano de humo, que con un dedo lo atraería flotando por el pasillo hasta la comida.
Había sentada en una trona una niña de dos años, que miraba con sus ojitos ámbar cómo su abuela movía el estofado con un cazo y retiraba un poco de caldo. Tenía el cabello tan blanco que con el reflejo del sol se veían destellos plateados, y el flequillo tapaba la media luna azul que tenía en la frente.
- Bela… ¿Qué ta shienno?
- La comida para cuando lleguen tus padres, sé buena y deja que la abuela se concentre, cariño.
- ¿Mida…?
- Eso es…
- ¿Qué ta shienno, Bela?
La señora Higurashi suspiró y se masajeó el cuello, era la quinta o sexta vez consecutiva que iba a responderle lo mismo, había olvidado la paciencia que se tenía que tener con los niños, y eso que aún no había llegado la etapa del por qué. A veces le gustaría ser como su hijo Sota, que cuando se hartaba le soltaba algo como "buscar una mágnum del 45 para pegarme un tiro y no escuchar otra vez esa pregunta". Era lo malo de los abuelos, que se volvían tan tiernos con los nietos que hacían con ellos lo que les daba la gana. Y es que con solo mirarles esa carita de ángel ya te habían ganado y tenía que perdonarles todo. Como el destrozo que había hecho con la cuchara de palo que tenía en las manos, las babas le chorreaban por el bracito, el palo estaba totalmente deshilachado a causa de los caninos, que le estaban desarrollando ahora.
Corrió a quitarle lo que quedaba de la cuchara y con pesar comprobó que estaba inservible, la tiró a la basura y le secó las babas del brazo.
- Niña mala, cualquier día te clavaras una astilla. ¿Cuándo vas a terminar con esto?
Ya estaba cansada de tener que estar encima de ella, si se descuidaba le mordía cualquier cosa dura, había tenido que poner fundas a las sillas porque no dejaba de roer las patas, los cepillos del pelo no había por donde cogerlos, y habían aprendido a subir las estatuillas a una repisa más alta para que no alcanzara a tocarlas. El problema era que de unos días a hoy había aprendido a transformarse en un perro de lanas enorme, que a dos patas alcanzaba la altura del padre, y si de humana era revoltosa, como cachorro de perro era un caso. Lo tiraba todo a su paso, muebles, objetos, lámparas… todo lo que pillaba, y con la cola esparcía los rotos a todas partes. Y el problema era que por mucho que le riñera, no entendía qué hacía mal, o no quería entenderlo.
Oyó de fondo que la puerta de la calle se abría y respiró aliviada, por fin venían sus padres a controlarla. A ver si así podía cocinar tranquila.
En cuanto se dio la vuelta volvió a escuchar la famosa pregunta.
- ¿Qué ta shienno, Bela?
- Oh señor… La comida…
- ¿Mida…?
- Sí…
- ¿Qué ta shienno, Bela? - ¿Pero qué estaban haciendo esos dos que no terminaban de entrar de una vez por todas?
El abuelo Higurashi se había quedado dormido en una mecedora, bajo el árbol milenario mientras vigilaba a una pequeña de cuatro años, tenía los ojos negros, y los cabellos le caían por la espalda como una cortina de hebras castañas. Permanecía sentada en su mantita, concentrada en las hormigas que empezaban a explorar su terreno. Con curiosidad se fijó en ellas y tomó una con los dedos, la sujetaba con delicadeza, hasta que le dio por purificarla y la hormiguita se hizo humo. Miró los dedos con que la había sujetado y se preguntó dónde habría ido, y si sería capaz de hacerlo otra vez… miró a su abuelo con intriga, y se acercó sigilosa hasta tenerlo a menos de un metro, extendió la mano y se estiró, había que permanecer distante no fuera que el abuelo se enfadase después de lo que intentaba hacer, sacó la lengua para concentrarse y se estiró un poco más… otro poco más… ya casi estaba…
- ¡Eh, te he visto! ¡Ni lo intentes o se lo diré a madre! – Kikyo… la mediana de los tres hermanos, miró a Hiroshi, el muchachito de siete años que la observaba con su mirada ambarina entrecerrada y los brazos en jarra… y un semblante carente de expresión
- A mamá no le importaría porque me quiere, y al abuelo tampoco.
Hiroshi miró de reojo al anciano que dormitaba bajo el árbol.
- Desde luego que al viejo no iba a darle tiempo de enfadarse, y tampoco es que me importe mucho si lo purificas o no, pero me fastidiaría que no me diese más dinero cuando se me cae un diente o en mi cumpleaños. Así que no lo hagas o se lo diré a madre.
Kikyo se cruzó de brazos e hizo un puchero, respiró hondo y soltó el aire en un suspiro de resignación
- De acuerdo… Aguafiestas…
- Ah, y… devuélvele el mordedor a Haruko, porque a este paso deja a la abuela sin cucharas para cocinar. – El viento sopló en ese momento y los flequillos plateados de Hiroshi se movieron dejándole despejada la frente, la media luna azul quedó descubierta por unos segundos y volvió a esconderse. Extendió la mano con la palma hacia arriba y esperó a que Kikyo se sacara el mordedor del bolsillo trasero del pantalón y se lo espantara contra la mano… y miró a su hermano fijamente, retándolo con toda su rabia – Atrévete y te echaré mi gas venenoso.
- No serías capaz
- ¿Ah, no?
La sonrisa de medio lado de Hiroshi hizo que Kikyo se echase atrás y reprimiera su poder, lo maldijo cuando oyó el típico sonido de su hermano cuando había ganado otra batalla contra ella y lo maldijo cuando le dio la espalda y se fue rodeando la casa para entrar por la puerta trasera de la cocina.
- Es el mejor…
- No parecías estar muy orgulloso de él cuando empezó a comportarse como su tío.
Inuyasha soltó un gruñido. Recordaba la vez que Sesshomaru se cruzó con ellos cuando Hiroshi los acompañaba; el muchacho solo tenía cuatro años entonces, pero sintió una afinidad instantánea con su tío y viceversa, solo se sonrieron levemente, y ese encuentro quedó marcada en la vida de todos… Sesshomaru e Hiroshi se habían agradado mutuamente.
- Ni tampoco lo estoy ahora sabiendo que dentro de unos años viajará por el pozo para reunirse con él y aprender a dirigir sus condominios. Esto de que sea el heredero que ha escogido mi hermano… A veces pienso que se cree que es hijo suyo.
Kagome miró a otro lado y carraspeó, Inuyasha frunció el ceño y ella sonrió maliciosamente.
Alargó la mano hasta su cadera y la acercó a él hasta tenerla donde quería, pegada a su pecho y atrapada en sus brazos.
- Malvada… intentas confundirme, deja de jugar a eso conmigo. No me provoques o tendré que demostrarte quién es el hombre aquí.
- No hace falta, ya sabemos que el hombre aquí es mi abuelo…
Hubo unas risitas entre los dos y sus labios se unieron en un largo beso.
Una especie de bobtail se lanzó sobre ellos y casi los derrumbó, Inuyasha logró controlar a Haruko antes de que realmente tirara a su madre al suelo, y logró persuadirla para que volviese a su forma humana, aunque no por eso la pequeña iba dejar de lamerle la cara a su padre… ni dejar de menear esa pequeña estola doble de pelo que tenía por cola. Era la que más se parecía al comandante, al legendario Inu No Taisho, y la que más fuerza concentraba de todos ellos. A su edad tan corta había descubierto sus poderes, y los empleaba con la misma naturalidad que babeaba… o al menos eso había pensado el padre mientras se secaba la cara con la manga del haori.
- Creo que no sería mala idea llevar unos días a esta babosa de pelos a la abuela Kaede para que se familiarice con ella. Y de paso podríamos dejarle los otros dos.
- Ah ah… la última vez dejo bien claro que no los quería ver hasta que se le olvidase el destrozo que hicieron con la estantería donde guardaba las hierbas medicinales.
- Sí… lo había olvidado. – Inuyasha olfateó el aire. – Eh, huele a ramen
- Entremos, mi madre se alegrará de vernos de vuelta… - Tomó a la pequeña en brazos y le puso la mano en la boca para evitar que le diese un lametazo a ella, aunque no pudo controlar los latigazos de las colas. Se preguntó cómo habría pasado su madre con los tres durante los dos días que habían estado en la otra época, seguramente habría envejecido unos cuantos años… Pobre madre, debería ser más complaciente con ella y no endosarle los tres energúmenos que tenía por hijos día sí y día no – O al menos se sentirá aliviada.
Inuyasha le puso la palma en la cintura y entró con madre e hija en la casa. La chica saltó de los brazos de Kagome y corrió con su forma de perro a la cocina, no pasaron más de dos segundos para oírse un ruido estrepitoso de platos rotos y a la señora Higurashi gritándole a la niña para que se estuviera quieta antes de que echase abajo la cocina, Hiroshi quejándose de lo incompetente que era esta familia y diciéndole calmadamente a Haruko que se detuviese. Mientras, Kikyo, desde el jardín, aprovechaba para intentar purificar al abuelo ahora que nadie la vigilaba.
Inuyasha reía y Kagome negaba con la cabeza. Uno pensaba que tenía tres demonios por hijos que no serían fácil de vencer el día de mañana, y la otra suplicaba en silencio que ojala el tiempo pasase rápido para que los tres creciesen lo suficiente como para comportarse como tres personas, antes de que se cargasen al resto de la familia.
FIN
NN/AA: Queríamos agradecer a aquellos que han seguido esta historia, y esperamos que también quieran leer las siguientes.
Y gracias por vuestros rewiews ;)
