6
AL día siguiente llegaron a la carretera que conducía a Tokaido. Bella, que antes se quedaba siempre retrasada, estaba consiguiendo seguir el ritmo de los otros. Vestía un hábito de monja y todos ellos tenían ahora la impresión de poder caminar por aquella importante carretera a pesar del poco japonés que ella conocía.
Llegaron a la calzada principal procedentes de un camino que discurría a lo largo del terraplén de un canal. A ambos lacios se extendían pequeñas parcelas de terreno, limitadas por pequeños diques. La carretera estaba sin asfaltar pero era lo suficientemente amplia como para que pudieran discurrir por ella cuatro carretas de bueyes una al lado de la otra. Había un trasiego constante de personas que en su mayoría iban a pie, y ellos, entre aquella multitud, pasaron desapercibidos. Ocasionalmente, la carretera atravesaba o pasaba junto a alguna aldea o pueblecito donde destacaban letreros verticales situados a ambos lados de la calzada, en donde se anunciaban posadas, baños públicos, casas de té o cuadras.
Emmett, como correspondía a un samurái partidario de la casa de , iba delante con arrogancia, y la visión de sus dos espadas y de su porte erecto era suficiente para abrirles paso por entre el tráfico. Edward caminaba a su lado con su atuendo propio de doctor, y sus educados modales contrastaban con la imagen ruda de su compañero. Era evidente que la monja, con la mirada baja, y su acompañante Rosalie, que se había cambiado de ropa y ya no llevaba el vestido de bailarina, formaban parte del mismo grupo al que nadie se atrevía a estorbar.
La región que atravesaban estaba muy poblada. La planicie campestre, que se extendía entre altozanos cubiertos de árboles, se dividía en campos de arroz, algunos grandes, otros muy pequeños, delimitados por diques. En las laderas de los montículos proliferaban pequeños villorrios de casas con paredes de madera y bonitos techos de paja. Los campesinos, que llevaban amplios sombreros, trabajaban en los campos ininterrumpidamente. Por delante del grupo se vislumbraba una cadena montañosa a la que se iban acercando a medida que caminaban.
Por la noche se hospedaron en una pequeña posada que había junto a la carretera. Bella pronto se habituó a aquellas comidas japonesas, tan extrañas para ella: pescado crudo, arroz hervido, surtidos de escabeche de extraño sabor, y sopas. Se acostumbró con inusitada facilidad a utilizar los palillos para comer, pero el postre que más le agradaba era succionar el pene de Emmett hasta la extenuación.
De esta manera viajaron durante cuatro días, alojándose en pequeñas posadas. Dejaron atrás la enorme fortaleza de Odawara y los baños termales de Atami. Rodearon un montículo y Bella no pudo evitar el contener la respiración, sorprendida, ante la imagen de algo que sólo había visto en dibujos o grabados. Ante ellos, detrás de una gris llanura de roca volcánica, se alzaba una imponente montaña de forma cónica. Sus tres amigos japoneses la miraron y sonrieron.
—Es el monte Fuji. Le llamamos Fuji-san —le dijo Emmett con orgullo, como si la montaña fuera suya.
La nieve que había en la cima truncada del monte brillaba bajo un cielo limpio y cristalino.
—Es maravilloso, ¿no crees? —Añadió Rosalie—. Es una de las imágenes más maravillosas que se pueden contemplar en el mundo. Siempre cambia y aparece diferente según el ángulo desde el que la miras.
Cerca había un pequeño santuario dedicado a Fuji-san, formado apenas por una estela de piedra adornada con flores que crecían delante. Se acercaron a él, hicieron una reverencia y juntaron las manos en señal de respeto por la sagrada montaña. Bella los imitó, recordando las lecciones que le habían enseñado.
Detrás de ellos, un pequeño grupo de personas salía de una casa de té. Llevaban dos palanquines que sostenían los brazos de un pequeño templo. El grupo estaba compuesto por varios monjes, uno de los cuales vestía una estola de color púrpura y un alto sombrero de abad. Éste era un hombre robusto de mediana edad y se mostraba distinguido, con unos hombros corpulentos que sugerían que en el pasado se había empleado en algo que requería mayor fuerza que la de sostener simplemente un libro de oraciones.
El abad dirigió una mirada casual hacia el otro lado de la carretera y observó al grupo de cuatro personas que estaba de pie ante el santuario de Fuji-san. En el momento en que se disponía a entrar en su palanquín, Bella se volvió y miró a su alrededor. El abad, al percibir la imagen de la monja, aguzó la mirada. Ella llevaba la vestimenta propia de una monja Zen, pero en un instante decidió que era una mujer hermosa. Se pasó la lengua por los labios al tiempo que le comenzaba a sudar el cuello. Estaba insólitamente maquillada con polvos blancos, lo que no era corriente en una monjil, y la estructura de su cara, con los ojos redondeados, le pareció extraña, por lo que el abad se decidió rápidamente.
Llamó a uno de sus acólitos y le dijo: —Mike, cruza rápidamente la calzada y pregúntale a aquella monja si acepta pasar la noche en el templo.
Emmett, que vio cómo se aproximaba el monje, se interpuso entre él y el resto del grupo.
—¿Qué es lo que deseas? —le preguntó bruscamente antes de que pudiera acercarse más.
El monje inclinó la cabeza.
—Mi señor, el abad Jasper del templo de Fuji desea invitar a la honorable monja que viaja en vuestra compañía a que pernocte esta noche en nuestro templo.
Emmett rechazó educadamente el ofrecimiento. Sabía que la naturaleza extranjera de Bella no tardaría en ponerse de manifiesto en el interior de la pequeña comunidad monástica; aún no hablaba correctamente la lengua y no sabía nada de la vida clerical. El monje volvió a insistir pero, ante la negativa de Emmett, retrocedió corriendo hacia su superior.
El abad avanzó majestuosamente hacia donde se encontraba el grupo y se inclinó amablemente ante Emmett, que había vuelto a interponerse entre el extraño y sus amigos.
—Ruego que se me permita invitar al grupo de esta mujer ilustre a permanecer en el monasterio. Soy consciente de que la insigne señora desea mantener su intimidad y le puedo ofrecer un alojamiento sin duda mejor de los que pueda encontrar junto a la carretera.
Edward, que estaba un poco apartado de ellos, de pie junto a Bella y Rosalie, susurró con un tono apremiante a la oreja de Bella: —Llama a Emmett, ¡rápido!
—Emmett —repitió la muchacha en voz baja.
Emmett se inclinó brevemente ante el prelado y retrocedió hacia donde se encontraban sus amigos, acercando la oreja a la boca de Bella como si estuviera recibiendo sus instrucciones, al tiempo que Edward le murmuraba apremiante: — Acepta su oferta. Reconozco esa cara. Ha sido un noble y, por su buen corazón, nos puede ser de gran ayuda. En cualquier caso, dile que la monja desea preservar la más absoluta intimidad y que apreciaría que se le proporcionara un medio de transporte para mañana por la mañana.
Emmett se inclinó, asintiendo, y le transmitió el mensaje al abad. Rápidamente llevaron el palanquín extra hacia donde estaba Bella, que se acomodó como pudo en su interior, sintiéndose un tanto incómoda. Rosalie cerró las puertas con presteza mientras Emmett se quedaba haciendo guardia, con los hombros muy erguidos.
El abad se instaló en su palanquín particular y, en la intimidad de su vehículo, sonrió feliz ame la expectativa de lo que iba a suceder.
Viajaron con rapidez, atravesando una planicie de tierra volcánica, que se alzaba en un suave montículo hacia el pie de la montaña. Emmett caminaba preocupado a un lado del palanquín, mientras Rosalie y Edward iban al otro lado.
El monasterio tenía una estructura laberíntica, con muchos edificios de madera conectados entre sí. A las dos mujeres se les asignó un edificio que daba a un jardín muy bien cuidado. Las estancias del abad se hallaban situadas en un edificio que se levantaba al otro extremo del jardín por lo que, según les explicó un sacristán, su señor no podría molestar a las dos jóvenes. El sacristán era un jovencito, y en seguida fijó la mirada en la cara de Bella dando muestras de agrado.
El abad, preocupado por el bienestar de sus invitados, le envió unos aperitivos típicos, unos bollitos dulces, que los cuatro engulleron rápidamente después de la sencilla cena que habían tomado. Bella contempló admirada los platos, ya que nunca había visto unos similares. El suyo era un elaborado plato de vidrio barnizado con forma y filigranas similares a la de una cesta. Los de sus protectores eran más sencillos, ya que se trataba de platos octogonales, decorados con llores campestres pintadas a pincel.
Desempeñando el papel que de ellas se esperaba, las mujeres se retiraron a su aposento, en el que había dos grandes jergones extendidos sobre el suelo, que habían sido dispuestos por los sirvientes del templo. Edward disponía de un jergón habilitado en una pequeña estancia, cercana a la de las mujeres, mientras que Emmett, como correspondía a la posición que había asumido, se había apostado ante la puerta corredera, que era la única salida de que disponía la habitación.
Al poco tiempo, Bella, que se había estado consolando con la boca y las manos de Rosalie, se dio cuenta de que era la única que permanecía despierta. Rosalie había quedado encogida como una pelota sobre el jergón y roncaba apaciblemente, lo mismo que sus otros dos compañeros, fuera de la habitación. En seguida fueron cesando los ruidos provocados por la actividad del templo. Bella se sentía lánguida y pesada, aunque incapaz de dormir.
Se produjo un sonido curioso que procedía de la pared enyesada de la habitación, y entonces un panel oculto se abrió ante Bella. El abad, vestido con ligero atuendo, entró en la habitación, arrodillándose ante el cuerpo de Bella. Ella esperó expectante, preguntándose qué iba a suceder, aunque en algún lugar recóndito de su cabeza sintió grandes deseos de ponerse a gritar aterrorizada. Ella recordó agradecida que, conforme a las instrucciones recibidas de Rosalie, llevaba un pañuelo en el cabello que le recogía la melena.
El prelado contempló todo su cuerpo bajo la tenue luz que emitía la vela que sostenía en una mano, mientras ella yacía allí, inmóvil, con las piernas ligeramente separadas, como si estuviera sumida en un sueño, y aquellos pechos perfectos ligeramente aplanados debido al peso de la gravedad. El abad se puso de pie y su ropa cayó al suelo. Tenía un cuerpo fornido y musculoso y, en la juntura de sus robustas piernas se alzaba una verga delgada y alargada, recubierta por una mata de pelo áspero. Flexionó los músculos del vientre y el pene, que dio una sacudida en el aire y en cuya punta apareció una gota diamantina.
Bella, que lo había estado observando con los ojos entrecerrados, emitió un suspiro instintivo de deseo, al tiempo que él se arrodillaba apresuradamente y le separaba las piernas aún más.
—Sé que no estás dormida —murmuró en la oscuridad—. No tengas miedo; tus compañeros no se despertarán, y el efecto de las drogas que les he administrado se les pasará mañana por la mañana. Debes concederme lo que deseo. Al verte en la carretera no me ha quedado más opción que poseerte.
Se inclinó hacia adelante y, sin preámbulo alguno, le introdujo el miembro. Sorprendentemente, acertó en el centro del orificio con una limpia embestida. Los jugos de Bella ya habían empezado a correr antes de que él la tocara. Le metió todo el tallo del pene manteniéndose en cuclillas sobre los talones, haciéndola suspirar de placer. Durante unos instantes dejó que su verga se empapara dentro de aquella gruta, al tiempo que la examinaba minuciosamente con la mirada.
Era una mujer alta, lo cual le agradaba, de cara ovalada y labios ligeramente separados, pero lo que mayor excitación le provocó fueron los pechos, de unas dimensiones que no había visto nunca anteriormente. Todavía en cuclillas, deslizó las manos hacia adelante y le palpó los senos con cada una de ellas, sintiendo aquellos pezones erectos, que ardían a su tacto. Los retorció ligeramente para hacerlo luego con mayor vigor al tiempo que ella agitaba las manos. Bella arqueó el cuerpo y, ante aquella señal, él retiró toda la longitud del mástil, dejando dentro únicamente la punta del prepucio, que tocaba los voluminosos labios de su gruta. Se detuvo un momento y luego se la volvió a clavar ferozmente, metiéndole toda la longitud del tallo. Bella arqueó las caderas anhelante y él repitió nuevamente el movimiento. Utilizando sus pechos como si fueran una palanca, tiró de ellos, acercándoselos al cuerpo al tiempo que la arremetía una y otra vez, haciéndola gritar levemente de dolor y de placer. Se separó los labios aún más y él supo todo aquello que podría hacerle a aquella deliciosa mujer. Las paredes del coño se agarraron a su verga, separándose de mala gana ante cada nueva embestida y succionándole el miembro cada vez que lo retiraba. Se movían cada vez más rápido a medida que se acercaba el clímax.
Con rudeza, tironeó de sus pechos y los agitó de un lado a otro; los hombros y el busto le caían por el peso de aquel par de grandes manzanas. Bella sintió un dolor en los senos, combinado con el placer que le producía el ardor que emitían las manos del abad, que te introdujo nuevamente la verga en toda su longitud.
Ella intentó sujetarle el cuerpo con sus piernas pero se sentía demasiado agotada y se dejó hacer puesto que ya notaba como se iba acercando al clímax, al mismo tiempo que experimentaba deliciosas oleadas de dolor.
Incapaz de soportar aquel placer por más tiempo, se mordió los labios y gritó de nuevo. Empujó las caderas contra él y sus jugos se esparcieron por todo el miembro viril del abad. Bella llegó al clímax sacudida por una corriente intermitente de placer que alcanzó la máxima intensidad, y luego fue disminuyendo poco a poco mientras él le sacudía bruscamente el cuerpo con el movimiento de sus caderas y los meneos que imprimía a sus senos. Tras un estremecimiento convulsivo, Bella cayó de espaldas a la cama, relajada y abandonada.
El abad retiró el miembro, que tenía todavía tieso. Brillaba a la luz de la luna como el filo de una espada. Con la mirada entornada. Bella vio aquel sable que asomaba su punta al tiempo que él andaba de rodillas hacía ella.
—Ahora me toca a mí —le murmuró en una oreja.
Con delicadeza, la puso de lado y le colocó la cabeza sobre una alta y dura almohada mientras ella, relajada, le esperaba indolente. Sabía que él no la dañaría, le hiciera lo que le hiciese. El abad se puso en cuclillas ante su cabeza y ella percibió el olor a incienso de su lujuria masculina mezclado con sus propios jugos.
El abad se inclinó ligeramente hacia adelante, empujando el glande contra los labios de Bella y situando todo el tallo del mástil sobre la lengua de la joven, que cerró los labios con suavidad, retirando los dientes para no dañar aquel instrumento que tenía dentro de la boca.
Empezó a succionar, pero el abad, colocándole las manos sobre los hombros, la obligó a quedarse quieta. Luego empujó de nuevo la verga hacia adelante, metiéndola dentro de su boca hasta tocarle la garganta. Con el pelo le hacía cosquillas en las ventanas de la nariz al mismo tiempo que le deslizaba la verga hacia el fondo de la garganta, cuyos músculos aprovecharon la oportunidad para familiarizarse con aquel extraño intruso, que luego se fue retirando lentamente hasta dejar tan sólo el prepucio entre los labios. Bella relamió suavemente la punta del glande, probando la gota de licor que éste había emitido, lo que provocó que el abad se estremeciera y nuevamente introdujera su mástil en la boca de la joven.
—Te voy a follar la boca —murmuró por encima de ella—. Eres realmente muy buena al meterte en la boca toda la longitud de mi verga como lo haces.
Fiel a su palabra, empezó a follarle la boca. Introdujo la totalidad del tallo y acto seguido lo volvió a retirar, al tiempo que posaba las manos suavemente sobre los senos y su respiración se tornaba áspera y desapacible a medida que aumentaba el placer provocado por esta inusual penetración.
Bella se deslizó una mano por entre las piernas y agarró el prominente clítoris, retorciéndoselo al ritmo que marcaban los movimientos del abad dentro de su boca que, completamente relajada, acogió aquel instrumento en su interior sin la menor queja. Los meneos de aquella vara, que se movía a lo largo de su lengua, la llenaron de placer.
Al retirarse, ella trató de lamerle el inquieto glande, pero el abad, molesto por aquella interferencia, le dio un suave golpecito en una de las tetas. Bella sonrió en su interior por el placer añadido que ese palmoteo le había reportado y chupó de nuevo la punta del prepucio cuando éste se retiraba. El abad volvió a golpearle un pecho aunque esta vez con mayor virulencia. Ella le relamió de nuevo la verga y el abad, creyendo que no había captado su mensaje, le pellizcó con fuerza uno de los pezones. Bella emitió un ligero gemido de dolor y, sabiendo que su acción aumentaría las sensaciones, volvió a pasarle la lengua sobre el prepucio.
El ritmo de la intensidad de los golpes que le propinaba en los pechos fue en creciente aumento, al igual que los movimientos que imprimía a su pene en el interior de aquella garganta.
Bella siguió relamiéndole el miembro, ahora de un modo convulsivo, al mismo tiempo que se acariciaba y retorcía el clítoris y se introducía los ansiosos dedos en el interior de la vagina, empapada de jugos. Él le abofeteó violentamente los pechos con la intención de causarte dolor y retomar el control de la situación, pero los continuos chupeteos de aquella lengua y la actividad de aquella boca y garganta inquietas fue más de lo que él pudo soportar.
Con la verga aprisionada en lo más profundo de aquel orificio, el abad sintió que estallaba al derramar convulsivamente intermitentes flujos de un dulce licor, que se desparramó por la garganta de Bella. Ésta, por su parte, también alcanzó el clímax y sujetó entre sus labios el palpitante miembro al tiempo que juntaba las piernas, oprimiendo sus ansiosos dedos y unas oleadas de placer le sacudían todo el cuerpo.
El abad separó de la boca de Bella la fláccida verga, que ella siguió relamiéndole en toda su longitud, limpiándole, con sus lamidas, cada gota de semen. Él descansó junto a ella durante unos momentos.
—Te estoy muy agradecido —suspiró—. Siento mucho que tengas que irte mañana y me veo en la obligación de recompensarte por tu buena obra. Por tanto, si así lo deseas, no dudes en solicitar cualquier cosa que necesites a la casa de Newton, en donde se me conocía con el nombre de Jasper.
Y diciendo esto le puso un pequeño objeto sobre la palma de la mano y se marchó.
A la mañana siguiente nadie se dio cuenta de la ligera ronquera que afectaba a Bella. Examinó disimuladamente el obsequio con que la había agasajado el abad antes de esconderlo entre sus ropas. Era una pequeña cajita, exquisitamente lacada, sobre la que habían tallado el símbolo de seis monedas, dispuestas en dos filas. La caja disponía de dos lazos para poder atársela al cinturón. Dentro de la caja había un pequeño rollo que contenía unos caracteres que no pudo leer. Escondió cuidadosamente el regalo entre la ropa pues, por algún oscuro motivo, se mostró reacia a hacer cualquier comentario sobre el obsequio o la procedencia de éste.
