La alegre vida en la realeza, Capítulo 2.

El príncipe del mal.

Parte segunda.

Vocaloid no me pertenece.

Notas iniciales: Y bueno, aquí está el segundo capítulo, lamento la mala calidad el anterior —_—. Y una noticia, si les gustó el LilyxArthas, lastima, que ya no habrá tiempo para ellos dos en el fic, por ahora serán Len y Rin ^^.


Era la tarde en el intranquilo y atemorizado reino amarillo, en donde el ocaso comenzaba a mostrarse desde su respectiva posición mientras una pocas aves empezaban avanzar a sus nidos en medio de los bosques que rodeaban los caminos y las ciudades el oeste del reino amarillo.

Poco se alcanzaba a ver en el triste provenir de los habitantes de aquellas ciudades en crisis, que se encontraban a merced del ejército enemigo del reino verde, desahuciados de las demás partes de país en donde se vivía con el temor de un ataque repentino desde las propias puertas de sus casas.

Era un temor generalizado, no ante la incompetencia del propio ejército del país amarillo, pues este realizaba su trabajo con eficacia en la frontera, sino por el deseo espontaneo que había surgido de los verdes por posesionar sus tierras a causa de una rivalidad que llevaría cientos de años incubándose en ambas sociedades.

Pero tal vez no era necesario viajar cientos de años al pasado para averiguar el porqué del inicio de esta guerra, sino solamente regresar unos cuantos pares de meses al pasado, el momento en el que se rechazó el último ofrecimiento de una tregua que pudiera haber acabado en una alianza y el final de una paz armada que de más de cinco años.

Fue después de que la reina Liliane hubiera rechazado el convenio o el "compromiso" mutuo que tendrían sus dos hijos con los dos hijos mayores del rey verde, lo que sería equivalente a un intercambio de príncipes en ambos casos.

De haberse dado una respuesta positiva a este ofrecimiento, ambas naciones habrían olvidado cualquier percance ocurrido en el campo de batalla que hubieran podido provocar problemas políticos.

Pero al no ser aceptado, fue una aceptación de una guerra por parte del rey de verde, a la que el rey amarillo tendría que responder.

Así, por el mero deseo egoísta de conquistar por parte del rey de verde, tres ciudades grandes estaban a punto de ser tomadas dentro del país amarillo mientras que en el otro país se intentaba tomar revancha de estos ataques, en donde también los deseos del rey amarillo se veían involucrados en el curso de las acciones que definirían aquella violenta era de ambos países.

Para unas cuantas personas, para aquellos más inteligentes analistas, eruditos y gobernantes sabios, la decidió de la reina podría haber sido la mayor tontería del mundo, o la acción más incoherente de todas, considerando que su país había sido el que había cometido más falto a las pocas políticas internacionales que debían de seguirse.

Pero viéndolo desde un punto más humanista, mas "común", sería imposible el poder juzgar a una madre por querer proteger a sus hijos.

Aunque quizá lo más curioso de todo, es que la pareja de príncipes, Rilliane y Allen, quienes se habían convertido en el centro de asunto desde su nacimiento simultaneo, no tenían ni la más mínima idea de lo que estaba pasando en sus alrededores.

Pero ahora mismo, los niños estaban encerrados en el cuarto de ambos a causa de cierto "crimen" cometido por los dos.

Ocurre que el par de rubios infantes habían encontrado un gran platón de metal enterrado cerca de su área de juegos durante una de sus exploraciones por la zona, y pasa y resulta que les pareció buena idea ir juntando a escondidas los alimentos que no les gustaban durante las horas de la hora del desayuno, comida y cena, para después ponerlos en ese platón y guardarlos durante un par de semanas, así crearon un caldo de bacterias con los alimentos podridos como verduras o pedazos de cartílago de la carne.

Tan solo, para que cuando se llenara ese platón hasta el punto de derramarse, lo colocaran sobre la parte superior del inicio de unas escaleras poco concurridas del castillo, siendo a que en cuanto la primera persona pasara el caldo de suciedad le cayera encima. Y por desgracia, esta persona no fue otro más que el comandante de la primera división, Salta, quien estaba en el castillo por orden del rey debido a una importante reunión militar.

Al final su padre decidió enviarlos a su cuarto como penitencia, aunque sabían que la causa era de hecho para evitar que el comandante los desollara vivos.

Fuera como fuera, la decisión había sido tomada por el padre, pero la madre de los dos no se había enterado del asunto, debido a que había requerido salir de viaje para discutir acerca de las circunstancias en las que se encontraba una posible alianza con el reino gris de donde ella provenía.

Así, sabiendo de la muy posible elección que habría tomado la madre de los niños, una de las principales sirvientas, Miriam, habían encontrado apropiado el llevarles a los niños unos cuantos bocadillos, en realidad un poco de fruta. Algo de naranja partida en gagos para Rilliane, salida del más limpio campo del reino y un poco de banana pelada y en trocitos, traída de las tierras del oriente lejano en donde se daba las más deliciosas de estas frutas, con toda esta fruta en bandeja de plata.

La sirvienta caminaba con tranquilidad en dirección del cuarto, con una perfecta muestra de equilibrio con la que mantenía la bandeja sin que siquiera se inclinara por un solo grado. Llegó hasta la puerta y con una pequeña llave que poseía ella como muestra especial por su fidelidad, abrió la pesada puerta, ayudándose con un ligero empujón.

—Niños, les traje algo para comer— les anunció a los pequeños mientras levantaba la bandeja un poco para que lo fuera golpeada por el movimiento de la puerta. Fue grande su sorpresa al ver que en la habitación no había una sola alma. No al menos en la cama, en donde los gemelos solían perder el tiempo leyendo u oliendo florecitas, así que la sirvienta supuso que se encontraban debajo de esta, o quizá dentro del armario, o detrás del librero, cualquiera de sus habituales escondites.

Dejó la bandeja sobre la cama, y comenzó a buscar por todo el enorme espacio del cuarto, empezando por debajo de la cama, pero encontrados solo algunas prendas olvidadas de esa misma mañana por los niños. Después de eso, se movió a observar por detrás del librero, pero solo encontró pelusas viejas y unos cuantos pedazos de cascara de fruta, tal vez de algunas otras meriendas. Y finalmente buscó dentro del armario, pero al solo ver los abrigos y camisas de los gemelos colgados, la sirvienta supo que algo estaba mal.

— ¡Niños, en donde están!— gritó algo alarmada solo esperando, o deseando a que la única posible reacción a eso fuera recibir una respuesta positiva a la situación. Pero nada, los hijos del rey de de la reina no estaban por ningún lugar, y ninguna explicación podía lograr satisfacer las dudas que le surgían a la sirvienta.

Por último, decidió mirar por la ventana que había en el cuarto, pero no vio nada por los lados, en una pequeña cornisa que había de lado a lado, ni por debajo, en caso de que los niños se hubieran caído, pero sin rastro alguno de los gemelos.

Alarmada, la mujer dejó de mirar por la ventana, con su respiración comenzando a alterarse del temor de que algo malo les hubiera pasado a los dos, decidió dejarse inutilidades y salir corriendo del cuarto en busca de ayuda de algún soldado que no se hubiera ido en misión desde allí mismo, todo con tal de que pudieran dar con los gemelos lo más pronto posible, no importaba si tenía que correr el riesgo de que el rey se enfadara con ella por su incompetencia y le amenazara con cortarle la cabeza.

Pero la verdad era que los pequeños Kagamine estaban más seguros de lo que parecía. Y es que a Miriam no se le ocurrió, que la pequeña y angosta cornisa que estaba un poco por debajo de la ventana, continuaba hasta doblar la pared de la habitación de los niños, y que de hecho seguía hasta conectar con otra de las ventanas de una habitación de servicio en otra de las alas de castillo.

Y de esta habitación de servicio para el uso de las sirvientas era mucho más fácil salir que del cuarto de los jóvenes príncipes. De tal manera, que teniendo en cuenta que de la cama de Rilliane y Allen existía una distancia razonable con la ventana como para alcanzarla sin caerse, era también posible que un par de niños de cuatro años pudieran caminar por la cornisa sin mucho problema, considerando sus pequeños tamaños y que por lo tanto pudieran haber llegado hasta la habitación de servicio y de esta haber salido en libertad para poder recorrer el castillo. Un simple juego de niños

Los dos pequeños niños rubios estaban en una muy curiosa parte del castillo, era un domo, hecho de una gran cantidad de cristal de color amarillo, que había sido construido aparte del resto del castillo y colocado por partes después en este durante el reinado del último rey que había adquirido el trono a causa de su casamiento con la reina y que claro, debido a la estricta estética simétrica del castillo, este domo se hallaba en la exacta mitad.

Era un espacio amplio, con tan solo unos cuantos muebles ordenados de manera simétrica uno frente a otro, un par de enormes muebles tapizados incluso una cama de tamaño doble para que quien lo desease se pudiera ir a recostar durante algún día en donde la presencia del sol fuera opacada por las nubes.

En uno de esos enormes sillones, los hermanos Kagamine se encontraban sentados con tranquilidad.

Rilliane con un pequeño vestido de lino de color naranja que le llegaba hasta las rodillas y con un lazo algo más fuerte que le anudaba por su cintura sin ejercerle fuerza y Allen con un pequeño pantalón de algodón y una camisa blanca de lino con un par de tirantes.

Y pese a todo el sufrimiento gratuito que le habían dado a su sirvienta principal que se encargaba de protegerlos y cuidarlos, los dos niños se estaban riendo de manera escandalosa por haber consumado su escape de manera exitosa, por segunda vez. No fue hasta que los dos terminaron caídos sobre el sofá elegante, que se percataron de todo lo que podrían hacer con la libertad que se habían ganado, pero ahora el asunto era decidir qué es lo que harían con esta.

—Bueno Rinny— se levantó un poco Len una vez que terminó con sus risas incontrolables — ¿Qué tal si vamos al jardín y nos escondemos de papi hasta que mami regrese?— preguntó con tranquilidad mientras se ponía de pie sobre el mueble y luego daba un pequeño brinco para caer seguro en el suelo.

Rin tardó un poco en contestarle tras permanecer pensando un poco acerca del lugar al que quería ir mientras observaba la gran cúpula bajo la que estaban, principalmente porque al principio no le parecía una buena idea, pero al fin y al cabo era su deseo y eso era todo lo que quería.

— ¡Quiero que vayamos a la iglesia!— gritó alegre la pequeña princesa mientras levantaba las manos en el aire, tomando de sorpresa a su hermano.

— ¿Qué?— preguntó extrañado Allen mientras volteaba a ver a su gemela con algo de susto, pero esta solo continuaba sonriendo.

—Sí, vamos a la iglesia a comprometernos— le propuso saltando y tomándole de la mano para comenzar a correr en dirección de la salida, pero no pudo ni dar un par de pasos debido a que su hermano se mantuvo estático en su lugar.

— ¿Para qué?—preguntó extrañado el niño al jalar un poco la mano de su gemela, provocando que se cayera a sus pies.

—¿Cómo que para qué?— preguntó aparentemente ofendida Rilliane mientras volteaba a ver a su hermano desde abajo, para después levantarse mientras se apoyaba con una sola de sus manos, pues de la otra aún seguía tomando a Len.

—Sí, ¿Comprometernos para qué?— Volvió a preguntar el niño sin inmutarse por la mirada molesta de su gemela.

—Pues para que nos casemos cuando seamos grades, tonto— le respondió dándole un pequeño golpe en la cabeza, provocando que Allen tuviera que cubrirse.

La verdad era que Len apenas y entendía el concepto de "casarse", en realidad, para él solo significaba que dos personas que se querían, se iban a vivir juntos a quererse más, y ahora que su gemela se lo presentaba tan prontamente, no comprendía como poder interconectar su relación con su hermana con la definición de casarse.

— ¡No es cierto! Eres mi hermanita, no me voy a casar contigo — lo negó Len inmediatamente, mostrando un cierto repudio innato por el incesto.

— ¡Si es cierto!— le contestó Rin con una voz de protesta similar —Mami dijo que tu y yo nos tendríamos que casar— le informó de repente con el corto recuerdo que guardaba de la plática que su madre había tenido con Ruko hacía unos meses.

—Pero somos hermanos, no nos podemos casar— le protestó de nuevo el chico aún sin comprender la obstinación de su gemela.

— ¿Que no sabes nada?— le preguntó con enojo —Tu eres un príncipe y yo soy una princesa, nos vamos a casar para que cuando seamos grandes podamos gobernar el reino entero juntos— pudiera ser que Rin no entendiera ni una pizca de política, pero en realidad sus palabras no eran tan incorrectas con respecto a la situación real que estaba ocurriendo.

Rin únicamente se basaba en el poco conocimiento que tenía de una pequeña historia que su madre les había leído en donde un príncipe y una princesa, que no eran hermanos, se casaban. Y ahora tenía que aplicar ese conocimiento en su hermano. Eso y sumando que en una ocasión habían tenido que acompañar a sus padres a ver una boda de un par de nobles, la cual había sido del encanto de Rin, pues había adorado el vestido blanco de la novia, junto a todas las decoraciones de la iglesia.

—Pero…— se quedó sin palabras Len al pensar en cómo sería casarse con Rilliane, pues para él la boda le había aburrido bastante más de lo que podía recordar, hasta el punto en el que cayó dormido en medio de la celebración.

Simplemente no entendía el cómo podría casarse con ella, menos a esa edad.

—Somos muy jóvenes para casarnos— le recordó elevando la voz un poco más de lo que debía, tapándose la boca rápidamente para evitar ser escuchado por algún guardia.

—Por eso dije que solo nos vayamos a comprometer— insistió Rin, comenzando a hartarse de su hermano.

—Pues no— le contestó en definitiva el príncipe —La iglesia está muy lejos y no quiero ir, es muy peligroso— le sentenció de manera definitiva, cerrándose a cualquier posible reclamo de su gemela.

Rilliane lo miró con enojo unos segundos, con los ojos a punto de llorarle por la terquedad de su hermano, comprendiendo que solo había una manera de lograr lo que quería.

— ¡Quiero ir a la iglesia, Quiero ir a la iglesia, Quiero ir a la iglesia, Quiero ir a la iglesia, Quiero ir a la iglesia, Quiero ir a la iglesia!— se puso a gritar con todas sus fuerzas como si no hubiera un mañana, cerrando sus ojos con fuerza y apretando la mano de su hermano con fuerza.

Allen apenas y alcanzó a tapar su oído de del fuerte ruido que soltaba su hermana, usando toda la fuerza de sus pulmones y desgastando sus cuerdas bucales para gritar cada vez más fuerte. Sin poder soportarlo más, se dio cuenta de que si su hermana seguía lloriqueando de esa manera, terminaría alertando a todos en el castillo de su ubicación, lo que provocaría que su libertad se viera limitada de nuevo.

— ¡De acuerdo, de acuerdo, de acuerdo!— le detuvo con fuerza a la rubia mientras le ponía la mano en la boca — ¡Vamos a la iglesia pero deja ya de gritar!— respirando con fuerza, permaneció mirando a su hermana un rato mientras esta solo se tranquilizaba y sonreía.

—Bueno, vamos— le dijo con toda la euforia del mundo mientras se ponía a caminar a la salida de la cúpula, arrastrando de manera forzada a su hermanito, quien se quedaba desconcertado por el tan repentino cambio de actitud de su gemela, percatándose que había caído en uno de sus tantos berrinches con los que conseguía lo que quería cuando quería. Los dos comenzaron a caminar en dirección de la salida, y con mucho cuidado, la chica comenzó a mover la puerta con ambas manos, provocando el menor ruido posible, logrando de esta manera su escape de la sala tan curiosa del castillo.

Caminaron por todos los largos pasillos del castillo que los llevaran a la sala principal, siendo Rin la guía en todo momento, pues ella tenía un asombroso sentido de la orientación en comparación a su gemelo.

Transportarse por el castillo no fue muy difícil, debido a que gran parte de los soldados que se encargaban de hacer guardia, eran enviados a hacer misiones suicidas de recuperación de posiciones de combate especificas, o misiones de protección, o en el caso del comandante Salta, ser enviado a recuperar una ciudad, por orden absoluta del rey.

Se sentía una prominente agitación en todo el castillo, debido a que se había alertado de la desaparición de los chicos a toda la masa de guardias de élite, que habían empezado a buscar por entre los jardines del castillo, con la esperanza de encontrar un mínimo rastro de los inocentes gemelos rubios.

Pero por más que buscaron, a los gemelos les bastó con esconderse en algún a esquina oscura o en alguna habitación que no estaba ocupada para poder huir de la vista de los guardias del castillo, después de todo eran un par de pequeños que ni siquiera superaban el metro de altura.

De alguna forma o de otra, los niños lograron salir de la guardia, hasta llegar a la enorme entrada del castillo, por donde había al menos diez guardias mas cuidando las puertas. Viendo que no había posibilidad de salir sin que se pudieran delatar a sí mismos, Rilliane decidió girar por el enorme vestíbulo hasta llegar a una puerta de lado derecho, que daba paso a un pequeño pórtico en el cual las carretas llegaban y dejaban las provisiones para el castillo.

Observaron como una de las carretas llevaba unas cuantas cajas y barriles vacíos, y que de la misma manera, estaba siendo muy poco cuidada por el conductor y un asistente sentado a su lado. Avanzando a gatas, lograron llegar a la carreta y ayudarse a subir para esconderse en un espacio vacío que quedaba para ir de polizones, justo antes de que el conductor diera un golpe a la mula y esta comenzara a avanzar, logrando de esta manera su escape del castillo.

Continuaron en la carreta, pasando por la enorme entrada de metal del castillo, que delimitaba con una plaza y la calle principal de la ciudad que la atravesaba. Debido a que la carreta ya había sido revisada por los guardias antes de que saliera del espacio del castillo, no hubo necesidad de repetir este protocolo en el momento en el que saliera del territorio total y se adentrara en la ciudad.

Una vez la carreta andando por la ciudad, solo era cuestión de que se detuviera la carreta para que bajaran. En el momento en el que se transportaban por la ciudad, Rilliane no pudo evitar levantar la cabeza para observar un poco, viendo apenas lo mismo que en algún momento habría alcanzado a ver en uno de los paseos que realizaban en el carruaje real con sus padres. Entonces fue cuando la pequeña princesa logró divisar las torres de una gran iglesia, para ser más exactos, de la catedral de la ciudad, provocando que se formara una sonrisa en sus labios.

—Lenny, allí está la iglesia— le llamó a su hermano, el que apenas y estaba a punto de dormirse de el aburrimiento del viaje, para después levantarse y mirar en dirección de la torre que sobresalía entre el resto de los edificios, la mayoría de ellos con de diseño cuadrado, al estar cerca del centro.

Finalmente, después de unos quince minutos, la carreta se detuvo en una zona de mercado, en donde el rápido movimiento de los pasos de la gente les permitió salir sin ser percibidos por los conductores de la carreta.

Una vez estando en el suelo, Rilliane volteó hacia arriba para intentar ver alguna de las torres, y de manera efectiva, encontró una de las enormes torres sobresaliendo de uno de los edificios más grandes, lo que parecía ser una especie de mercado, por la gran cantidad de personas que estaban saliendo y entrando con distintos tipos de sacos, recipientes y animales de distinto valor monetario.

Ahora bien, cabía aclarar que aún siendo esa una ciudad capital, contaba también con distintos tipos de distritos, y en el caso del lugar en donde ellos se encontraban, era el distrito del mercado medio, en donde las personas que no eran necesariamente pobres, pero que tampoco eran ricos, podían ir a obtener tratos y trueques, y por supuesto, zonas como estas, eran evitadas por los nobles de la ciudad a toda costa.

Sin perder el tiempo, movió la mano de su hermano y le indicó el camino por el cual ir avanzando, observando las calles, se dio cuenta de que la mejor opción sería irse por uno de los callejones aledaños al edificio, sin darse cuenta de que la distancia que los separaba de la iglesia era un poco más grande de lo que pensaba.

Pero una de las cosas de las que no se dieron cuenta, fue el hecho de que un par de niños, con ropas caras y limpias como esas, serían fáciles de detectar para cualquier persona con dos dedos de frente, no cabía duda de que tarde o temprano llamarían la atención de alguna persona indebida.

Ahora los niños daban ruidosos pasos por un callejón empedrado, solo por completo, por lo que les resultaba más fácil poder caminar sin necesidad de que tuvieran que cuidarse de pisotones de las personas. Por desgracia, las piedras, o algunas de ellas, eran bastante irregulares, por lo que los pequeños pies del pequeño Allen no tardaron en fallar el paso y provocar que el pequeño cayera al suelo, colocando sus manos para evitar el dolor del impacto.

— ¡Rin!— gritó el pequeño mientras intentaba ponerse de pie, soltando un par de pequeñas lagrimas por culpa de los raspones de sus rodillas.

Su hermana acudió en su auxilio rápidamente, ayudándolo a ponerse de pie con rapidez, acariciando sus codos que también se habían golpeado, solo para que al momento de darse la vuelta, lograra ver a un trió de sujetos caminando en su dirección, de vestimentas simples, con capuchas de tela verde y ropas simples de tela barata.

Por supuesto que su reacción inicial fue de temor, por lo que le indicó con la mirada a su gemelo que debían moverse con más rapidez. Los dos empezaron a caminar con algo más de velocidad, aunque en ese momento Len desconocía la razón de su repentino incremento de velocidad.

Finalmente, casi terminando de recorrer la longitud del callejón hasta llegar a otra de las calles principales, un poco más poblada, un hombre de enorme figura los interceptó, saliendo por entre uno de los lados del mercado.

Los dos gritaron asustados al ver al sujeto, de gran altura, con una capucha de color café puesta y un traje que de color verde con algunos botones de metal, su cara se veía demacrada, siendo alguien de edad avanzada, sin ningún rasgo distintivo más que un par de de cicatrices en los labios.

El sujeto gritó algo en un lenguaje inentendible para los gemelos, justo antes de que ambos fueran sujetados por los sujetos que les perseguían. Los pequeños comenzaron a soltar gritos como locos mientras se movían asustados en los brazos del más grande de sus perseguidores.

Pero no importaba que tan fuerte gritaran, pues al final las voces del mercado evitaban que cualquier ruido externo se escuchara.

— ¡Suéltennos!— gritó el niño asustado mientras intentaba sujetar la mano de su gemela, la cual comenzaba a derramar lagrimas del miedo.

Sin mucho esfuerzo, el sujeto que los sostenía los levantó a ambos, mientras otro de los perseguidores traía consigo un enorme cajón de madera con un cerrojo, en donde los dos pequeños fueron arrojados sin ninguna delicadeza, saliendo de la vista de cualquiera de las personas que estuvieran cerca.

El sujeto que los había interceptado parecía agradecer a los sujetos que habían capturado a los chicos, sujetándolos de los hombros, y finalmente entregándoles un par de bolsas a cada uno, recibiendo una reverencia por parte de los tres.

Por último, el trió de captores salió de la vista, mientras el sujeto seguía únicamente salió por la calle principal, con el enorme baúl en las manos, como si llevara cualquier clase de objetos dentro, sin importarle la seguridad de los príncipes.

Una extraña voz ronca de un hombre mayor sonaba en todo momento mientras los gemelos intentaban salir con toda desesperación de aquel oscuro cajón en el que habían sido encerrados. No entendían que demonios les había pasado, ni tenían idea de conde carajos estaban, solo era todo oscuridad, y la voz del hombre sonando y sonando una y otra vez, diciendo cosas en un idioma que no podían comprender.

Se escuchaba el sonido de pezuñas de caballo golpeando contra un camino de piedras, al igual que el sonido de un par de ruedas girando, por lo que era seguro que estaban en una carreta, aleándose cada vez mas de su hogar, lo que provocaba que Len y Rin comenzaran a entrar en pánico.

Los dos continuaban golpeando con sus pequeñas manos, usando todas sus fuerzas combinadas la parte superior de ese extraño cofre enorme en el que estaban atrapados. Solamente un muy reducido orificio en la parte del frente del cajón les permitía respirar un poco, a la vez que con este podían apreciar un poco de luz que lograba filtrarse.

Cuando finalmente los dos se cansaron demasiado, cayendo uno sobre otro, debido al agotamiento de los constantes golpeteos, y a la falta de aire que casi provocaba que se asfixiaran, el cajón finalmente se abrió, siendo esto precedido por el sonido de una llave entrando en la cerradora y girando para abrir el candado interno del cofre.

En cuanto la luz entro más plenamente en el interior del cajón, Rilliane y Allen levantaron sus vistas para ver a ese quien les había otorgado algo de aire, para encontrarse con un feo hombre viejo, de cara completamente arrugada y barbilla partida, con una capucha de color café claro puesta encima, con lo que apenas se alcanzaba a ver la raíz de su canoso cabello.

Debido a la falta de luz y al temor inicial que les trajo encontrarse con este sujeto de frente por primera vez, lo alcanzaron a notar en qué lugar se encontraban después del largo viaje en carreta, pero sabían que debían de estar lejos de su castillo y de sus padres.

— ¡Que sorpresa que me haya encontrado con este par de querubines vagando solos por un callejón!— exclamó el sujeto mientras acercaba su mano a la cabeza de ambos para acariciarlos un poco, sin ninguna case de sensibilidad, jalándoles el pelo con los dedos, provocando unos pequeños lamentos a los dos —No se preocupen, que por ahora nos los mataré— les anunció mientras los dejaba de tocar con sus ásperas manos, provocando que la sangre de ambos se congelara al instante.

Y tras decir esto, tomó el enorme cajón con ambas manos, dejando la abertura de la tapa abierta al exterior, tan solo para que los niños pudieran ver una ciudad destruida casi por completo. La calle en la que se encontraba estacionada la carreta de aquél hombre, estaba completamente bloqueada por un viejo edificio que había sucumbido por el fuego que aún seguía incinerando los pocos restos que se mantenían en pie por sobre los escombros. El resto de la calle se encontraba en un estado similar, pues por todas partes se alcanzaban a ver pedazos de roca, que demostraban la gran destrucción que se había hecho con aquél derrumbe. De entre las pocas casas que aun quedaban en pie, la mayoría tenía muros derribados, o pisos enteros caídos, pero la constante de esta destrucción, era el fuego que continuaba propagándose por los débiles muros de madera de esos edificios.

Lo que más costó trabajo de identificar a los niños, en el corto momento que tuvieron para observar aquella ciudad, fueron los cadáveres de varias decenas, tal vez hasta centenares de soldados de amarillo y de rojo que se encontraban agrupados en una gran pila incendiándose, siendo estos el fruto del último contraataque enviado por su padre, que obviamente había resultado en un fallo. En un principio, ambos pensaron que solo eran un montón de piedras mas, pero las cientos de siluetas de hombres muertos no se disimulaban por si solas. Esa es una de las imágenes que más han quedado marcadas por años en las memorias de esos dos infantes.

Pero tan pronto como aquella imagen panorámica de destrucción se había hecho presente, desapareció de un momento a otro, siendo solamente el ruido de una pesada puerta de madera abriéndose la advertencia de esto.

El hombre mayor les llevó al interior de un edificio enorme, de paredes bastante altas hasta un gran techo puntiagudo, con un pasillo central bastante largo, hasta un enorme centro desde donde se alcanzaba a ver un enorme vitral ennegrecido por las llamas. Todo lo demás en ese interior estaba gris, o al menos esa era la apariencia que daba debido a la oscuridad y a la gran cantidad de tierra que flotaba en el aire.

El cajón fue puesto en una de las esquinas que se formaba con la pared lateral y con un pilar medio destrozado de la base, justo al lado de una ventana que había colapsado por los escombros y que ahora solo dejaba entrar una gran montaña de más escombros.

Entre las pocas cosas que los gemelos alcanzaron a visualizar fueron una banca, el pilar y la ventana, ambos en estado deplorable, una antorcha apagada, un candelabro caído en medio del pasillo central, y una abertura circular que servía como tragaluz en el fondo del pasillo, que era la fuente de su única iluminación.

Después de esto, el sujeto de la capa café claro, tomó al par de gemelos de los cuellos de sus prendas de vestir y los levantó con fuerza, ahorcándolos a ambos durante unos instantes, para después mantenerlos suspendidos encima de la banca medio quemada que estaba frente a ellos.

—Ya veremos quién me dará más por sus cabezas— dijo el sujeto mientras aún los sujetaba de sus prendas de vestir, mirándolos con ojos, no de odio, sino de avaricia, como si se trataran de un par de piedras preciosas —Apuesto a que serían un buen botín de guerra para el buitre de verde, —Se refirió al rey de reino verde —aunque creo que el lobo amarillo, que los quiere tanto, seguramente también dará bastante por ustedes dos, todo depende del mejor postor, pero lo importante es que ustedes son mis pequeños tesoros por ahora— dijo con una voz seca y macabra, como si se tratase de un ser de las tinieblas, que no era lo menos que imaginaban los niños.

Los dejó caer con fuerza sobre la banca para después darles un par de fuertes palmadas en las partes de arriba de sus cabezas, los chicos solamente se pusieron a respirar con fuerza en cuanto fueron liberados, pues sus propias ropas los ahorcaban.

Después de eso, el captor se dirigió a la salida, y con un gran empujón, logró mover la pesada puerta de madera por la cual había entrado antes. Los últimos rayos de sol se lograron asomar por la puerta entreabierta, siendo la última luz que los gemelos verían por ahora, para luego dar paso a una oscuridad parcial en toda aquella gran sala.

Tan solo unos segundos después de que el sujeto salió, el fuerte sonido de una madera golpeando la puerta, les indicó que esta había sido trabada por fuera. Sin una salida alterna visible, más que la del tragaluz, en un lugar desconocido, en donde la risa de la inocencia se había perdido desde hace mucho, y lo único que rondaba bajo la luz del sol era la misma personificación de la maldad y de la avaricia, los niños pronto cedieron sus esperanzas de cualquier tipo.

Sin hacerse esperar a que algo mas ocurriera, Rilliane comenzó a llorar, iniciando con un largo y agudo sollozo que se fue propagando por todo el edificio, para después descender en un fuerte llanto al cual rápidamente se le unió su hermano. Como su fuera instinto, los dos se abrazaron de manera inconsciente el uno al otro, tomándose de las manos y hundiendo sus cabezas en el hombro del otro. Sentían que ya casi todo estaba acabado y que lo único que les quedaba, eran ellos mismos, a ella solo le quedaba él y a él solo le quedaba ella y nada más.

Pasaron unas cuantas horas, finalmente los niños se habían tranquilizado aunque fuera en lo más mínimo. El sol se había ocultado por completo y ahora solo se alcanzaba a iluminar un poco por la luz de la luna que entraba por el tragaluz y que iluminaba el suelo del fondo de la instancia, justo por encima de un batiente, formando tan solo un círculo de unos dos metros de diámetro.

En cuanto la noche se había hecho presente, Rilliane bajó del lugar en el que estaba, y se encaminó a sentarse en el centro de ese círculo de luz de luna, debido a que aún temía bastante quedarse en medio de la oscuridad, se fue tomada de la mano con su hermanito, hasta llegar a la mitad del circulo, pero su hermano se limitó a quedarse sentado en un pequeño batiente.

Y una vez sentada en el centro de ese círculo, la pequeña princesa comenzó retomar su llanto desconsolado, pero esta vez sin ser acompañada por su hermano, pues este solo se limitaba a sentirse consternado. Era más la fuerte culpa que la niña sentía lo que la hacía llorar que el sentirse abandonada, desolada o temerosa de una muerte muy próxima.

Sabía que era su culpa el que ellos dos hubieran sido raptados, todo porque a ella, y solo a ella, le había dado el capricho de tener un pequeño "compromiso" con su hermano, porque aunque lo que le había dicho Allen, acerca de que les faltaba edad para casarse, era completamente cierto, ella quería saber lo sintió esa princesa del cuento que su madre les había contado, saber lo que era tener un compromiso con el hombre que más amaba, que no era otro más que Len, aunque fuera solamente como su hermano, al menos en ese entonces.

Por eso lloraba, por la culpabilidad de que su hermano fuera lastimado o apartado de su lado solo por su tonto capricho.

Y Allen, el pequeño príncipe solamente se quedaba sentado lejos de su hermana, pues se sentía inútil e impotente ante lo que le mostraban sus ojos: su querida hermanita llorando desconsolada.

No era una mentira el hecho de que Len se consideraba a sí mismo como un caballero, muy dentro de su mente, y sin ninguna cualidad en especial, ni siquiera un titulo o una victoria que presumir, pero el mismo se consideraba como un caballero, al menos en entrenamiento, menos que un príncipe encantador, pero más que un vulgar bárbaro.

Esa era la razón por la cual había accedido a ir con su hermana a la catedral, para arreglar el supuesto compromiso, porque sentía que era su deber como príncipe, el cuidar y proteger a su princesa, quien era también su predeterminada esposa, se supone que ese era su deber, y lo había fallado.

El dejar que su pequeña princesa, su adorada y amada hermana, llorara de manera incontrolable, sin poder hacer nada más que mirar, era todo lo contrario a su propósito, a su "misión". Ni siquiera podía acercársele a intentar consolarla un poco, sentía que ni una sola de sus palabras ayudaría a que su estado de ánimo mejorara. Después de todo, ambos estaban condenados a morir.

Así que el chico solamente hundió su cabeza entre sus piernas a manera de decepción, sollozando solo un poco mientras comenzaba a cerrar sus ojos, con el llanto de su hermana como única serenata para lo que quedaba de la noche.

Pero al inclinarse para intentar cerrar sus ojos, notó un pequeño brillo que resultaba del relejo de la luz sobre la roca que resultaba ligeramente blanquecina, que lograba indicarle que entre sus pies había una pequeña pieza de metal. Alargando un poco su brazo, logro tomar esa pequeña pieza de metal entre sus dedos, sintiendo inmediatamente el frio que se transmitía, a la vez que notaba las pequeñas esquinas puntiagudas que tenía.

Era una cruz, hecha de oro, que estaba tirada de manera casual en medio de aquella instancia, el pequeño Len pudo notar como esta tenía ciertas incrustaciones de piedras, muy probablemente de piedras preciosas. Y entonces se percató de una de las cosas más obvias de todas, y es que el lugar en donde estaban era en realidad una iglesia, una muy destruida, torturada y demacrada iglesia, irreconocible para un par de niños que estaba acostumbrados a asistir a la catedral más grande del reino.

Volteó a ver al resto del lugar, en dirección de donde estaba sentada su hermana, para notar que la luz de la luna se había movido lo suficiente para iluminar el altar que estaba a la espada de su gemela, en el cual estaba posado el Santísimo de esa capilla.

No le llamó mucho la atención este hecho en realidad, aunque ciertamente era interesante, mas le hecho de que no se hubiera dado cuenta de ello, pues a decir verdad, era un niño un tanto escéptico acerca de la idead de que Dios pudiera usar todo su poder para salvarlos, solo porque le rindieran alabanza.

Pero una idea cruzó por su mente, una idea muy simple, quizá extremadamente infantil y hasta algo absurda, pero que sin duda le ayudaría a tranquilizar a Rilliane.

—Oye Rinny— le llamó a la niña desde su espalda, aún sin voltear a verla directamente, — ¿Podemos comprometernos ahora?— le propuso repentinamente, volteando su cabeza de manera lenta, para encontrarse con la mirada sorprendida de su hermana que apenas y lograba notar por lo enrojecido de sus ojos.

Rilliane solamente giró su cabeza un poco a manera de confusión, pero aún sin dejar de soltar tantas lagrimas.

—Sí, ya estamos en una iglesia, podemos hacer la ceremonia de compromiso aquí— Le alentó un poco mientras que se levantaba y empezaba a dar pequeños pasos hacía ella —mira— le enseñó la pequeña cruz de metal que se había encontrado en el suelo, mostrando un perfecto color dorado relucir con el brillo de la luna sobre ellos. Rin admiró unos instantes la pequeña cruz, sin tomarla de las manos de su hermano, olvidando durante esos pequeños instantes, el asunto de su encierro definitivo y de su remordimiento.

— ¿Me lo quieres dar?— preguntó la niña, aún algo sollozante en el suelo y con la garganta irritada por el llanto.

—Sí, así es, te lo quiero dar para que siempre que lo veas, sepas que nos vamos a casar— y luego de decir aquello, el pequeño colocó la cruz en la palma de la princesita. Rilliane apenas y asimilaba aquello que le acababa de ocurrir. ¿De verdad su hermano le había declarado matrimonio con un compromiso tan solo unos instantes atrás?

De pronto la mirada de Allen se alegró un poco más de lo normal al tener una idea brillante para reforzar su pequeña ceremonia de compromiso. Avanzó frente a su pequeña hermana, pasándola de largo para después inclinarse en el suelo y tomar un pedazo de tela de seda de color blanco tirado en medio del suelo, quizá la parte de alguna vestimenta sacerdotal, luego de eso volteó a ver al gran pasillo central de la iglesia, en donde la vista no alcanzaba a visualizar objeto alguno a más de diez metros, y esto solo gracias al reflejo que se producía con la luz de la luna al chocar con la piedra del altar.

Len caminó en dirección de la oscuridad profunda, dejando sola a su hermana durante unos segundos, realizando solo unos cuantos movimientos que parecieron indistinguibles para esta. Unos segundos después, regresó al lado de su gemela, sosteniendo en sus manos un pequeño aro de metal que parecía ser parte del candelabro que estaba tirado al lado de la banca sobre la cual estaban sentados unos momentos atrás, en el cual había enrollado la tela blanca, dejándola colgada de uno de los lados de este.

Se acercó a Rilliane con una sonrisa, y con mucho cuidado, colocó el pequeño aro sobre la cabeza de la niña, dejando que la sucia y algo ennegrecida tela colgara frente a su cara, simulando esta ser una especie de velo de novia.

La niña parpadeó un poco antes de darse cuenta lo que suponía ser eso. Ya tenía todo lo que necesitaba para realizar su pequeño compromiso.

— ¿Entonces nos casaremos cuando seamos grandes?— preguntó Rin para salir de cualquier clase de duda que le quedara aún.

—Así es mi pequeña princesa— le contestó con alegría, de esa manera en la que ni siquiera tenía que referirse a ella —Es una promesa que te hago para siempre— le aclaró levantando las manos al aire —Y como estamos aquí, Diosito ya vio que tu y nos queremos y que vamos a estar juntos para siempre— señaló la cruz que reposaba sobre el altar.

Rin comenzó a sonreír un poco a la vez que asentía —Si me quiero casar contigo— le dijo finalmente feliz y alegre, avanzando para abrazar por el cuello a su gemelo, lo cual fue correspondido al instante, para después darle un pequeño beso en los labios, a lo que provocó que el chico se aturdiera un poco, solo para sonreír y volver a abrazar a su hermana, dejando que ese pequeño incidente pasara de largo.

Los dos se sentaron de nuevo mientras seguían abrazados, frotando sus mejillas mutuamente y diciéndose cariños como "te quiero mucho" o incluso varios "Te amo" pero dirigidos mas con una intención fraternal que incestuosa.

Se quedaron los dos un momento más sentados mientras disfrutaban de los abrazos y del calor corporal, el uno del otro. Pero había algo de lo que no se percataron, y es que los las paredes que les rodeaban eran tan grandes, que en ningún momento pudieron percatarse de los gritos y sonidos de metales golpeándose que comenzaban a escucharse del otro lado del pueblo en donde estaban.

No fue hasta que pasaron unos minutos más, que la luz blanca de la luna que se filtraba por el tragaluz comenzó a tornarse rojiza, y fue entonces que los gemelos se vieron forzados a voltea la vista, para percatarse de las enormes llamas que alcanzaban a llegar hasta el vitral roto de la iglesia, al igual que algunas cuantas cenizas que volaban al interior del recinto.

Len abrazó de manera protectora a su gemela, sosteniendo su pequeña cabecita contra su pecho, esperando lo peor de todo. Y fue en ese momento que los gritos de personas muriendo se hacían al fin, evidentes para ambos.

De pronto la puerta de enfrente se comenzó a mover, tras múltiples sonidos y golpeteos de madera, esta se abrió, dejando ver al sujeto que los había capturado y encerrado en ese lugar con una antorcha en las manos, pero ahora se le notaba cansado y fatigado, además de que en la frente se le podía ver una gran herida que provocaba que la sangre le llenara ambos ojos. Respiraba con fuerza, se tambaleaba un poco conforme ponía un pie frente al otro para tratar de avanzar aunque fuera unos metros, evitando que la antorcha se le cayera de las manos.

— ¡Ustedes dos!— les grito a los niños con un tono iracundo mientras los observaba con una visión, mientras buscaba el baúl en donde los había tenido cautivos — ¡Vienen ahora conmigo!— les ordenó mientras levantaba el enorme baúl con ambas manos — ¿Qué no me oyeron?— volvió a gritar mas fuerte mientras se les acercaba.

Pero los gemelos no se movieron, al contrario, el niño solamente permaneció tomando a su hermana y sosteniéndola con un abrazo mientras que ella asomaba so ojo izquierdo por entre la camisa de su hermano y le correspondía el abrazo con fuerza.

Con enojo, el sujeto tiró el baúl de sus manos y sacó de su saco una enorme daga de filo recto de su saco, y con paso más decidido y firme que antes, comenzó a cerrar la distancia entre él y los niños, mientras que estos cerraban los ojos del miedo al ver aquella figura tapar el resto de la luz de la luna en su camino.

— ¡Con fuerza!— se escuchó gritar por la parte de afuera de la iglesia, para que después una de las paredes del recinto recibiera un fuerte golpe que hizo retumbar los suelos, sacando todo el polvo que quedaban entre las grietas. Y el sujeto por supuesto se alarmó colocándose de frente a aquella pared con la daga en mano, mientras que los gemelos solo se abrazaban con más fuerza mientras observaban aterrados como algunas piedras comenzaban a caerse de sus lugares en la estructura.

— ¡Más fuerte!— se volvió a escuchar por fuera, y entonces el fuerte golpe se repitió, tan solo que en esta ocasión, fue tan fuerte que la pared entera se vino abajo junto a uno de los pilares que estaban del lado del bandido.

Toda la instancia se llenó de polvo que ni siquiera permitía mirar a más de medio metro de largo. Solo hasta después de que unos cuantos bloques de piedras dejaran de caer y que el polvo se disipara un poco en el aire, que se pudo comenzar a visualizar un enorme ariete del otro lado del agujero en la pared, al lado de un trió de hombre altos con espadas en las manos a punto de entrar por este.

El sujeto con la daga se arrojó con toda la carga posible en dirección de los tres intrusos, a punto de apuñalar a uno de ellos, pero bastó con un simple movimiento y un esquive por parte de él que encabezaba el trió para eludir el ataque, solo para agitar su espada con fuerza desde abajo hacia arriba y cortar al bandido desde el torso hasta el cuello, provocándole una muerte instantánea.

Len y Rin se aterraron al ver la muerte de su captor, pues ahora estaba frente a un grupo de soldados más peligrosos aún. Los dos se abrazaron con fuerza mientras comenzaban a llorar, escuchando los pesados pasos metálicos de los soldados en dirección a ellos.

— ¡Les voy a arrancar la piel a los dos!— escucharon una voz ronca y áspera desde donde los pasos se habían detenido, pero que extrañamente les sonaba conocida. Faltaba poco para que los atraparan a los dos, y aunque fuera en esos últimos instantes de vida, en el fondo se sentían agradecidos de poder estar juntos hasta el final.

De pronto, ambos fueron levantados de los cuellos de sus prendas por un par de manos cubiertas de piel oscura. Fue hasta entones que decidieron abrir sus húmedos y llorosos ojos para encontrarse con nada más ni nada menos que no el comandante Salta con su típica mirada condescendiente al par de lastimosos gemelos que sostenía, con su enorme armadura de metal grisáceo.

— ¿Cómo carajo llegaron ustedes dos aquí?— preguntó con una de sus cejas levantadas, aún sosteniéndolos a los dos con un alto riesgo de asfixia.

—Señor, ha encontrado a los hijos del Rey— exclamó impresionado uno de los soldados que le acompañaba, quien se había acercado hasta él.

—Tal parece que si— dijo mientras los colocaba en el suelo de nuevo —Ocúpate de ellos dos— le ordenó a ese soldado que lo acompañaba, el cual solo permaneció viendo a los inconsolables niños rubios, entados en el balcón de nuevo, aun confundidos de si deberían de alegrarse o mortificarse más por haber sido encontrados por ese extraño hombre gritón que siempre hablaba con su padre.

Mientras que los gemelos seguían de esta manera, el tercer soldado se inclinaba sobre el cuerpo del bandido quien había secuestrado a los pequeños príncipes.

— ¿Qué has encontrado?— preguntó el comandante mientras se le acercaba por un lado y miraba el cuerpo inmóvil del viejo encapuchado.

—No lo va a creer comandante— le anunció el soldado —Este es el legendario zorro de los bosques— dijo quintándole la capucha y mostrando el pelo corto y mal cortado, de un color cenizo por completo. El comandante se acercó al cuerpo para contemplarlo mejor.

—Así que no era tan inmortal como decían las leyendas— Salta rió un poco al decir aquello, —Pero lo que me interesa, es saber cómo demonios se metió hasta el castillo y se llevó a los hijos del rey— se intrigó un poco mientras rodaba la cabeza de su última víctima por el suelo.

—Este es uno de los humanos más sigilosos del reino— dijo mirando con detenimiento el soldado —Quizá fue una clase de envió por parte del buitre de verde— mencionó sin mucha importancia, provocando una sonrisa de medio lado en el rostro de su superior inmediato.

—Si es así, puede que esto le dé un giro a la guerra el día de mañana— y tras decir esto, el comandante ordenó al segundo soldado que se encargara de llevar a los gemelos rubios en sus manos, de la manera más segura posible, hasta llegar al próximo asentamiento de combate, en donde los llevarían de nuevo al castillo.

El viaje de regreso no fue un problema, pese a las batallas que se suscitaban en ese pueblo abandonado en donde habían sido llevados por el bandido, simplemente Salta ordenó que se rodeara los más posible cualquier foco de violencia. El resto fue historia olvidada, ya que los niños se durmieron tan pronto como llegaron al cojín del carruaje en el que fueron llevados de nuevo al castillo, en donde su padre decidió no despertarlos hasta el día siguiente, ni tampoco hacer preguntas acerca de lo que para él había sido una clara infiltración el castillo, seguida de un secuestro furtivo.

Solo quedaba decidir, como se regresaría el golpe al rey de verde, un golpe tan bajo y Ruin como invadir el espacio de tranquilidad de sus hijos y llevarlos a formar parte de una guerra que nos les concernía. Ya afortunadamente, Salta tenía una idea, algo difícil, y quizá innecesariamente complicada, pero cuyo mensaje sería más que claro para la familia de peli verdes.

Sería el giro decisivo dentro de la guerra entre ambos países, eso que marcaría el inicio de una nueva era de libertar para el reino amarillo. Pero lo cierto es, que aun cuando las acciones de Rilliane y de Allen habrían repercutido fuertemente en la situación política del país, la verdad era que ellos no les interesaba eso en lo más minio, y aun sin poder enterrar por completo el suceso, pero intentando ignorarlo lo más posible para intentar no volver a sentir miedo de la oscuridad.

Y más que nada, aquello que habían obtenido de aquella experiencia y que perduraría por muchos años más, era el hecho de que ahora se sentirían mucho más unidos que antes, como si ahora el separase les pudiera regresa aquella iglesia abandonada, en donde estaban destinados a ser vendidos como animales a una persona cruel que jamás los hubiera tratado como sus padres lo habrían hecho.

Y lo más curioso de todo, es que en ningún momento pusieron el compromiso como excusa para esta unión tan importante.


Fin del capítulo 2.


Notas finales: Si lo sé, fue un capítulo algo de relleno, con lo cual se mostraba de la infancia de los pequeños, y del compromiso que se hicieron el uno al otro cuando apenas eran unos niños (Me gustó esa parte), me pareció los suficientemente relevante para colocarlo, además de que la idea de que fueran raptados no salía de mi mente, y gracias al comandante Saltan, la acción de la captura tendrá repercusiones en la historia.

Así que si, un capítulo que espero no les haya aburrido, aunque sé que no hubo mucha acción emocionante en este, pero no teman, en poco empezará a verse el entrenamiento de Rilliane y de Allen, así como la manera en la que conocieron a Michaella y a su hermano, así que prepárense par un poco más de Miku :D

Así que si, perdón también por haber tardado, me retrasé un poco más de lo que debía por culpa de que quise hacerle un regalo a mi querida amiga Liliam, un Lemmon, un poco explicito (pasen a leerlo si les gusta la pareja de Len y Rin lo suficiente) lo que me recuerda, que en este fic si habrá Lemmon n.n

Agradezco también a las personas que dejaron reviews en el capítulo pasado:

Lilliam (siempre me alegran tus mensajes ^^)

amy salas (Gracias mamá Mr. Amy xD)

dekki yorokobi (lo siento, creo que seguirás teniendo algunas dudas —3—)

shina—19 (Lee cuantas veces quieras, para mí es un placer)

Violet (Espero que te haya gustado)

Jo, solo cinco reviews, fueron la mitad que en el anterior fic, siento que he decepcionado a algunas personas orz, no importa, igual seguiré escribiendo

Bueno, eso ha sido todo, gracias por leer, dejen reviews por favor, me ayuda a mantener la inspiración y me demuestran que no he decepcionado a ninguna lectora ^p^

Eso es todo, me despido…

BYE_.—

P.D.: Se que tal vez esto no lo lea ella, pero aún así lo dejo:

¡Feliz cumpleaños Iora, espero que te la pases bien \(^p^)/ ! Aunque no leas esto, te deseo feliz cumpleaños atrasado (iba a ponerlo el miércoles, pero por culpa de ciertas circunstancias ¬¬ me retrase)