Chris: Servido el siguiente capítulo. Qué bueno que mi historia te haya gustado tanto, cosas como esas son las que motivan a escribir.

Haoyoh Asakura: Aquí está la continuación Haoyoh. Gracias por la felicitación, significa mucho para mí. De hecho es lo que me encantan de tus reviews, que son como críticas constructivas.

Masg: Nada de disculpas, que me encantan leer reviews largos. El monstruo de ojos verdes… también me encanta esa metáfora de la envidia. Sobre Richard tienes razón, aunque los problemas también se atraen por ser muy ingenuo y confiado, es triste pero a veces, especialmente cuando vives en un país como México, necesitas tener ojos en la espalda, porque luego puede llegar la puñalada trasera cuando menos te la esperes. Gracias por leer mi lista. De hecho, al principio solo quería hacer el listado sobre el fic Mi Immortal (La cosa más estúpida que se ha escrito en años, aún me sigo riendo xD) pero después comencé a recordar las fallas y logros de otros autores y me sentí inspirada hasta tener toda la lista.


La serie "Teen Titans" y el libro "El Conde de Montecristo" no me pertenecen. Al decir esto no violo ninguna ley de derechos de autor. Este fic está escrito sin fines de lucro.


Cuando piensas que no hay esperanzas, un rayito de luz viene ¡no se sabe de dónde!

Autor desconocido


REVENGE: ARMED WITH WINGS

PARTE II: DESESPERACIÓN

CAPITULO III:

EL RUIDO

—Adiós.

Richard había renunciado definitivamente a la vida. A partir de ese momento dejó de comer, ignorando el plato incluso el mísero vaso de agua, y volvió a permanecer tendido en el suelo, esperando la muerte con impaciencia, temblando y gimiendo.

Por obra de la fiebre sus habituales pesadillas se transformaron ahora en delirios. Si antes podía huir de su tormento despertando a gritos, ahora era al revés: cuando por fin lograba dormir un par de horas generalmente dormía sin sueños, pero cuando estaba despierto, se le aparecían sus fantasmas y demonios.

— ¡Me abandonaste! —gritaba Barbara.

— ¡Me fallaste! —reclamaba Bruce.

— ¡Nos avergonzaste! —lo señalaban los demás héroes.

— ¡Caíste! —se burlaban todos los criminales.

— ¡Déjenme! —lloraba el prisionero.

Su vida de pronto pasaba frente a sus ojos. Su primer salto de trapecista en el circo, su primera vez con el traje de Robin, su primera vez golpeando a un criminal, su primer beso con Barbara, la primera vez con ella…

Todos estos recuerdos se confundían: Le parecía que el salto nunca se detenía, que el cable fallaba, que las balas lo atravesaban, que Barbara se alejaba…

La sed le secaba la lengua, y hacía más áspera su respiración. Pronto también se sumó otro tormento: el dolor punzante que comenzaba a atenazar su estómago, demandando alimento. En sus momentos de flaqueza (cuando veía a un lado la comida, le llegaba el aroma o se retorcía por el dolor) olvidaba el asco que le daba y sentía tentación de probarla, incluso aunque la carne ya estuviera casi podrida y el pan fuera muy duro. Tenía que recordarse que así solo alargaba su sufrimiento. Ya tantas veces había flanqueado, y no había ganado realmente nada. Cerraba fuertemente los ojos y apretaba la nariz, rogando porque pronto terminara.

De la gripe, por la falta de alimento y voluntad de vivir, el resfriado se transformo en pulmonía. Respiraba agitadamente, a pesar de sus pulmones inflamados, y tosía un espeso líquido amarillento. La fiebre con esto no hizo más que aumentar, haciendo aún más terrible su tormento. Jadeaba, moviendo débilmente sus labios, partidos por la falta de hidratación.

Así pasó una semana, hasta que ya no tenía fuerzas para volver la cabeza hacia el plato. No podía ya moverse. Trataba de pensar, pero estaba muy cansado. La cabeza le daba vueltas, sentía un remolino arrastrarlo, se confundían sus pensamientos y volvía a delirar, caer en la inconsciencia o dormir.

Al día siguiente ya estaba ciego del hambre.


Dos días más, o quizá uno, o tres, el tiempo era irreconocible. Ese día, cuando despertó, notó que podía pensar con algo de coherencia. Extraño, se sintió muy ligero, y apenas notaba el piso, como si estuviera flotando. ¿Sería acaso porque estaba en los huesos?

Creyó que aún no había amanecido, por eso no había ninguna, pero en realidad ya era la mitad de la tarde. Extraño, cada vez pasaba más tiempo dormido. También su estómago se había calmado, ya no le dolía, apenas sentía molestia. Tampoco sentía la sed, estaba casi aturdido. Cerró los ojos. Vio puntos brillantes que le parecieron las estrellas, como si la prisión se hubiera derrumbado, o un ángel le hubiera rescatado y lo alzara al cielo, y el firmamento se desplegara ante él. Y no dejaba de subir, cada vez más ligero, ligero y libre como el aire...

Entonces lo supo, supo que por fin iba a morir.

La celda era muy silenciosa, no había casi ningún sonido. En los años anteriores la ausencia de ruido lo había enloquecido, hasta que había acabado por pensar en voz alta. Extrañamente, ahora le parecía un fondo de su vida. El reloj avanzaba lentamente… la vida se escapaba de Richard… su respiración se agotaba… Poco después comenzó a ver una luz brillante. Y le pareció que podía tocarla, que podía sentir el calor del sol y terminar con el dolor.

Estaba ya entrando en la agonía cuando escucho un ruido.

No era nada similar a un animal o rata, empezando porque en el Gulag ni siquiera existían. Este sonido llamó su atención y salió de su trance por unos momentos. Era una especie de rasgueo contra la piedra y el concreto. Por un momento pensó que era parte de la agonía, pero había sido tan repentino… volvió a cerrar los ojos.

Entonces el rasgueo volvió a repetirse. Cada vez más fuerte, más cercano. Aún y cuando su mente estaba muy cansada, tuvo una certeza: eso no era otra alucinación. Era real, y se escuchaba del lado donde él solía dormir. Levantó pesadamente la cabeza para oír mejor. Al hacer esto le volvió la vista, y pudo ver borrosamente el contorno que la escasa luz daba a su celda. Apelando a las pocas fuerzas que le quedaban se arrastro a la pared para escuchar mejor. El rasgueo era fuerte, como provocado por una herramienta, pero arrítmico, porque se repetía frenético para luego aminorar, y volver de nuevo con fuerza.

— ¿Que…?—preguntó casi en un susurro.

El ruido continuó todavía por un largo rato. Richard permaneció acostado, a un lado, escuchándolo como si fuera una canción de cuna. ¿Qué era ese ruido? Si pudiera salir lo averiguaría. La libertad volvió a presentarse en su mente.

La detención del sonido lo sacó de su trance. Melancólico, extrañó el sonido y trató de volver a cerrar los ojos, cuando se abrió la rendija de la puerta y vio que le echaban la comida. A pesar de haber logrado pasar los últimos días sin pensar en la comida, volvió a sentir esa necesidad. Apretó fuertemente los ojos, de nuevo, cuando el rasgueo se reanudó. Qué extraño. ¿Por qué apenas se había ido el gendarme el ruido había vuelto?

Entonces una chispa de su débil imaginación sacó una luz. Eso no era un sonido natural, sin lugar a duda era un sonido provocado por un hombre. ¡Alguien podía estar fugándose! Esa era la hora de repartir la comida, seguro también le llevaron su ración al otro y por eso se había detenido, para que no lo descubrieran, y ahora que volvía a estar solo había vuelto a su trabajo. ¡Otro estaba buscando la libertad! ¡Otro había hallado un camino, aún había esperanza, aún podía salir de allí! Una inesperada sonrisa salió de sus labrios partidos, pero este esfuerzo, aún mínimo, le hizo ver puntos brillantes de nuevo, y esta deducción de su mente agotada lo hizo sentirse mareado.

Esperanza… esa palabra hacía días tan vaga volvía en todo su esplendor, volvía a darle fuerza. Apoyo su delgada mano en la pared. Respiro fuertemente y se concentró en el sonido. Sintió como volvía a fallarle la conciencia y entrar en la negrura…

Richard abrió los ojos de golpe. ¡No, no más vacío! Sacudió la cabeza, respiró lo más profundo que pudo, a pesar de las flemas y la hinchazón de sus pulmones, y se arrastró hacia la comida. Tomo la pasta con sus manos y comenzó a devorarla con los dedos. Richard Grayson ya no quería morir.


Durante los días siguientes el ruido venía, se iba y volvía. Cada vez más fuerte y cercano. Después de comer se había puesto a dormir por más de diez horas seguidas. El sueño fue tan reparador que la neumonía remitió un poco, y gracias a la comida había vuelto la luz a su cerebro y pudo pensar con mayor claridad. Se podía volver a oír el rasgueo aún desde antes de despertar. Volvió a concentrarse en el ruido, y deseó poder reunirse con aquel otro para ayudarlo. Pero a pesar de haber estado tan seguro el otro día de que el rasgueo era otro prisionero, ahora una duda vino a su mente. No soportaría otra decepción, y no pensaba volver a arriesgarse, tenía que averiguar que era realmente ese ruido. Tras unos momentos de reflexiones sacó la siguiente conclusión: Si el ruido venía de un albañil y este se veía descubierto, no le importaría importunar a otros y seguiría rasgando. Pero si era de otro prisionero, este al menor riesgo detendría la obra, para luego continuar cuando estuviera fuera de peligro.

Se volvió a acercar a la pared. Cuando él y Batman estaban haciendo una investigación, pero se quedaban estancados, Bruce solía volver a la escena del crimen. Allí se quedaba por un largo rato, observando, hasta que encontraba algún detalle que no había visto antes, o surgía una inspiración para elaborar un plan. Observó su propia celda, detenidamente. Cerca de la puerta estaba el plato vacío, con la cuchara aún en él. Recordó cuando con una cuchara parecida había rasgado la pared, para anotar los días… ¡Eso era! Richard trató de levantarse, pero todavía estaba débil por lo que avanzó a gatas. Fue hacia la puerta y tomó el plato, para de nuevo volver a acercarse al lado de donde provenía el sonido.

Comenzó a golpear la pared con el traste. El sonido secó retumbó por toda la celda, y seguro también atravesó los muros. Cuando el eco se dispersó el silencio volvió a inundar la celda. Richard contuvo la respiración por unos momentos. Un acceso de tos quiso aclararle la garganta, pero lo reprimió aún y a costa de tragarse la flema. El ruido no volvió, pero en cambio la alegría invadió a Richard. ¡Si era otro preso! ¡Una fuga estaba desarrollándose, a solo unos metros de él!

Por segunda vez, volvió a hacerse cargo de su vida. Comenzó a comer todo lo que se le llevaba a la celda, la cual ahora incluso le parecía magnífica, y trataba de mejorarse como podía, abrazándose a sí mismo para guardar calor y mojando un pedazo de tela que se había arrancado de la ropa para curarse de la fiebre con la escasa agua que le llevaban. Después de que el ruido se fuera, Richard pasó a un estado de euforia que lo llevó al optimismo, que no hizo más que aumentar cuando al tercer día el ruido volvió, más amortiguado pero más fuerte y constante, como si el reo hubiera cambiado de instrumento para rasgar la pared.

Alrededor del quinto día, el ruido se detuvo.

Richard estaba comiendo cuando ocurrió. Tragó todo lo que tenía en la boca y se arrastró hacia la pared. Pegó el oído: nada. Ni siquiera un rasgueo lejano o un sonido amortiguado, nada. Sintió algo parecido al temor, se apoyó contra la pared y rezó porque regresara. Pasaron las horas, sin señales del ruido. ¿El reo había sido descubierto? ¿Había muerto? ¿Se había dejado, acaso, llevar también por la desesperación? Se llevó las manos a la cabeza, y estuvo a punto de perderla, pero hizo un esfuerzo por recuperar el control en sí mismo. No, esta vez no se iba a dejar llevar por la angustia. Miró hacia las paredes: La cantera era conocida por ser dura, más que el cemento, y ser mucho más resistente al mal clima, por eso habían hecho con ella algunos muros del Gulag, pero la humedad y el tiempo habían debilitado las junturas. La cuchara anterior yacía en una esquina. Volvió a gatear hacía la cuchara. Estaba algo oxidada pero aún se veía fuerte. Regresó a la pared, y tomando ambas cucharas comenzó a rasgar.

Con cada movimiento de la cuchara salía un polvo fino. Continuó rasgando por un buen rato, destrozando sus manos y quedando cubierto por el sudor, hasta que la piedra comenzó a ceder y pudo meter más de media cuchara en las junturas. Siguió rasgando por el resto de la tarde y la noche siguientes, hasta que la piedra por fin mostraba movilidad. Usando las cucharas como palancas pudo mover la piedra y sacarla. Era muy delgada, apenas quince centímetros de grosor, y sus dedos quedaron ensangrentados, pero fue tanta su alegría que se echó a reír hasta que lo interrumpió un acceso de tos. ¡Podía mover la piedra! Le había costado mucho esfuerzo, pero en la gloria del momento la tarea parecía insignificante.

Una punzada de remordimiento estropeó su felicidad cuando le llegó el pensamiento de que si en lugar de lamentarse se hubiera dedicado a ese trabajo desde el principio, podría ya haber salido. Se prometió no volver a dejarse vencer, y volvió a la obra.


A lo largo de los días siguientes pudo sacar más. Cada vez la cantera era más gruesa, los bloques ya no eran de quince sino de treinta centímetros, pero después de haber despegado los primeros la piedra estaba cediendo prodigiosamente. Para ocultar lo que estaba haciendo, esparcía el polvo por el suelo, apilaba los bloques que sacaba en la pared donde estaba la puerta donde no los verían si alguien se asomaba, y cada vez que le traían comida se precipitaba al agujero a taparlo con su cuerpo. A pesar del trabajo, o a causa de él, su organismo se restituyó un poco, pudiendo sentirse mejor de la pulmonía, remitir en algo la fiebre y recuperar un poco de musculatura. Lo único era que le dolían los pulmones y el pecho. Después de tres semanas avanzó varios metros, cuatro o cinco, hasta que tropezó con algo. Era una superficie plana, pero de diferente textura a la cantera. No tenía luz, tuvo que adivinar que era con el tacto, y para su horror descubrió que era metal. Además de cantera se había reforzado a la estructura de la prisión con vigas de acero. Las lágrimas invadieron los ojos de Richard, y comenzó a sentir de nuevo la angustia. Era tan lógico… Se mordió los labios para contener un sollozo.

Entonces, de nuevo, escucho el ruido salvador.

Era más compacto, amortiguado, pero podía reconocerlo. Se escuchaba fuerte, muy fuerte, como si el trabajo del otro se estuviera desarrollando al lado de él. No sabía cómo llegar al otro prisionero, pero quizá el si sabría cómo llegar a él. Aferrado a esta nueva esperanza tomó el riesgo. Se aclaró la garganta y se pegó al lado del túnel donde se escuchaba el sonido.

— ¿Quien está allí? —Preguntó lo más claro que pudo. El ruido se detuvo súbitamente. Richard contuvo el aliento hasta que el otro habló.

— ¿Quién es usted? —La voz era fuerte, demandante. Richard habría jurado que se parecía a la de Bruce. Después de semanas sin escuchar una voz real, y casi seis años antes de esas semanas, sintió el corazón saltarle.

—Otro…— Con esfuerzo volvió a sacar la voz, aún ronca. —Otro preso.

La voz volvió a retumbar en medio de la oscuridad.

—Regresa a tu celda.

— ¡No, Espera! —Volvió a hacerse el silencio. Richard temió que el otro pensaba en abandonarlo. Se aclaró la garganta y habló más fuerte.—¡No te vayas, puedo ayudarte!

—No te necesito. —Dijo la otra voz, completamente desinteresada.

La desesperación hizo a Richard sacar toda su voz.

— ¡Yo también hice un túnel, entre los dos podemos trabajar más rápido!

—O podrías delatarme.

—Jamás lo haría—juró Richard—Si tú puedes huir yo también podré. Puedes salir más pronto.

Continuó el silencio. Se pegó al lado del túnel de donde había salido la otra voz.

— ¿No tienes a nadie en el mundo de afuera?

— ¡A nadie!

— ¡Entonces me tendrás a mí!

Esperó una respuesta, pero de nuevo el silencio inundo el túnel. Richard se debatía impaciente entre sí volver a gritar o esperar, cuando…

—Háblame de ti.

—Me llamo Richard Grayson. Estoy preso desde el 94, cuando me detuvieron tenía diecinueve años…

—Tienes veinticinco ahora, ¿verdad?

—Si…

— ¿De dónde eres?

—Gotham

—La ciudad oscura…—hablo el otro con voz más calculadora. El silencio animo a Richard a continuar hablando.

—Era un superhéroe, y descubrí una conspiración, pero algo salió mal y creyeron que yo participaba en ella…

—Un supuesto inocente.

— ¡Soy inocente! —Exclamó Richard, comenzando a desesperarse.

— ¿Cuál es tu celda?

—La treinta y cuatro.

De nuevo volvió el silencio, pareciera que el otro reo estaba reflexionando. Richard contuvo la respiración

— ¿Estás dispuesto a seguirme?

—Lo estoy.

Otra vez silencio. Pero la voz volvió.

— ¿Cumplirás todas mis órdenes?

—Lo haré.

Entonces…

—Necesito un aprendiz. Alguien que siga mis pasos… Si lo haces, si juras servirme…

Algo en Richard se alarmó, y por unos segundos dudó. Su instinto le gritaba que podía estar cometiendo un error… Pero él habría hecho y jurado cualquier cosa, lo que fuera.

—Lo juro.

No había vuelta atrás.


El otro prisionero le ordenó que regresara a su celda, y Richard obedeció. Una vez llegó a ella se sentó en el suelo, recargándose en la pared, preguntándose qué había hecho. En su euforia había olvidado que muchos que estaban metidos en el Gulag eran un peligro a la humanidad. Volteó a una de las paredes. Los grabados de sus días en espera de un juicio seguían allí. Si tenía una esperanza para salir, era ese misterioso hombre.

¿En verdad iría por él?

Entonces rogó de nuevo por sacar fuerzas, por que el hombre llegara y no le abandonara como los otros, que sus ganas de salir fueran más grandes que la incertidumbre… Apretó los dientes y esperó.