Hola chicas, vengo con nueva historia. Espero que les guste ;)
Los personajes son propiedad de S. Meyer. La historia original es de Debbie Macomber y tiene el mismo nombre.
Azúcar y pimienta
Debbie Macomber
Capítulo 6
Ahora comprendía al fin por qué Bella había estado evitándole. ¿Cómo podía explicárselo?
—¿Me viste? —le preguntó, con un dolor agudo en la garganta.
—A los dos —susurró Bella, y le miró pidiéndole con los ojos que le dijese que no era verdad, que estaba equivocada, que simplemente era alguien que se le parecía.
Y Edward se planteó la posibilidad de mentirle. Seguramente ella habría aceptado la mentira, pero no podía hacerle algo así.
—No estaba allí por lo que tú crees.
—¿Y qué otra razón podría haber? Puede que sea inexperta, pero no estúpida.
—Somos amigos.
Decir que era amigo de aquella mujer era una tremenda exageración, pero no sería prudente decirle nada más. Podía poner en peligro su seguridad. Vulturi le había presentado a la rubia y después él había utilizado su influencia para librarla de varios cargos que pesaban contra ella por prostitución; a cambio, había obtenido de ella información muy importante, pero no podía revelarle nada de todo aquello a Bella. Podría ponerla en peligro inútilmente.
—Sí... muy buenos amigos —Bella se maldijo cuando la voz le falló, pero siguió hablando—. ¿Cómo pudiste acudir a... después de la mañana tan maravillosa que habíamos compartido? Eso es lo que más me duele de todo, saber que...
—Bella, te juro por lo más sagrado que no la toqué.
Su voz profunda revelaba una determinación que no le había oído jamás.
Bella quería creerle, lo deseaba con todo su corazón, pero no sabía si atreverse a hacerlo. Edward Cullen podía hacerle más daño que ninguna otra persona en el mundo, y confiar ahora en él podía ser un error mayúsculo más tarde.
—Entonces, ¿por qué estabas con ella?
—Ya te lo he dicho: somos amigos —repitió, mirándola a los ojos sin pestañear.
Bella fue quien primero apartó la mirada.
—¿Qué tiene ella que no tenga yo?
—Bella...
—Pasaste de mis brazos a los suyos en tan sólo unos minutos. Dímelo. Quiero saberlo. ¿Qué te hizo acudir a esa amiga en concreto este sábado en concreto?
Edward dudó un instante.
—Ya habíamos quedado de antemano. Me habría encontrado con ella de todas formas, aunque no hubiera estado contigo por la mañana.
—Ya.
—Sinceramente sé que no podría culparte si no me creyeras, pero te pido que confíes en mí.
Edward maldijo su mala suerte. Si tenía que enamorarse, ¿por qué tenía que ser en aquel momento? Se sentía partido en dos.
—Quiero confiar en ti —dijo.
—¿Me crees cuando te digo que no la he tocado? — le preguntó, suplicándole que lo hiciera con la mirada.
—Te creo —murmuró ella un instante después. Tenía que confiar en él, o volverse loca imaginándoselo en los brazos de otra mujer.
—Sólo hay una mujer que me interese.
—¿Ah, sí?
—Una mujer adorable de ojos del color de la miel y un corazón tan lleno de amor que no puede por más que darlo.
En ese momento se le apareció ante los ojos su imagen con los niños en la biblioteca y sintió un deseo tan grande de ella que casi se quedó sin respiración, y se la imaginó con su hijo en los brazos. Hasta hacía bien poco, nunca se había planteado tener una familia. Con su trabajo, era muy arriesgado tener mujer e hijos. Había visto ya a otros hombres intentando compaginar ambas cosas con resultados desastrosos, y él había conseguido apartar por completo esa posibilidad de su cabeza hasta conocer a Bella. Pero ahora el deseo de poseerla a ella y todo lo que la vida podía ofrecerles estando juntos era tan fuerte que casi no podía soportarlo.
—Vamos —dijo, poniéndose de pie—. Salgamos de aquí.
Dejó unos cuantos billetes sobre la mesa y le hizo una seña a alguien en la cocina antes de salir.
Bella hizo ademán de caminar hacia su coche, pero él la cogió de la mano y la condujo a una calle lateral.
—Sé que este no es ni el momento ni el lugar adecuados —le dijo, apoyándola contra la pared del edificio—, pero necesito hacerlo.
La besó con desesperación, como si sus labios fuesen el bálsamo de un oasis en mitad del desierto.
Las dudas de Bella se disolvieron instantáneamente, y con ellas el dolor de aquellos dos últimos días.
—Mi dulce Bella —musitó él, con la voz llena de emoción—. Confía en mí, amor mío. Sólo un poco más.
—Siempre confiaré en ti— susurró ella—. Siempre.
Edward cerró los ojos. Con la investigación que tenía entre manos, iba a tener que pedirle toda su confianza. Quería protegerla a ella y a sí mismo y dejar aquella vida para iniciar una nueva. Aquel iba a ser el fin de su carrera. Por el bien de ambos, tenía que ser así.
Cuando Bella volvió a la biblioteca, eran diez minutos más tarde de la hora, el carmín de sus labios había desaparecido y tenía el pelo revuelto.
—Siento llegar tarde —dijo, evitando la mirada de Alice.
—¿Dónde habéis ido?
—No... no me he fijado cómo se llamaba el restaurante, pero es de comida criolla. Está en la Cuarta Avenida.
—Debía estar lleno, ¿no?
—¿Por qué?
—Pues porque has venido tarde.
—La verdad es que hemos tenido suerte de poder conseguir una mesa —el ojo derecho empezó a temblarle y rápidamente cambió de tema—. ¿Has sabido algo de Jasper?
—Ya te he dicho que vamos a salir esta noche.
—Ah, sí —murmuró. —Lo había olvidado.
—Es maravilloso.
—Me alegro muchísimo por ti. ¿Quién hubiera podido imaginar que después de tantos meses de búsqueda iba a encontrar a su hombre en la sección de congelados?
—No te des tanta prisa en felicitarme —le contradijo Alice—. Es demasiado pronto para decir nada. Me gusta bastante, y parece que tenemos intereses comunes, pero eso no siempre funciona.
—¿Por qué no?
Cuanto más estaba con Edward, más se daba cuenta de que disfrutaban con las mismas cosas. Eran parecidos y al mismo tiempo, completamente distintos.
—Por el aburrimiento.
—¿Cómo dices?
Alice cogió una silla y se sentó al lado de su amiga.
—A veces dos personas son tan parecidas que terminan aburriéndose la una de la otra. —Eso no podía ocurrirles a Edward y a ella.
—No creo que a Edward y a mí pueda ocurrirnos eso. Es más, estaba pensando que aunque nos parecemos en algunas cosas, somos bastante distintos en otras. ¿Tú crees que eso puede causarnos problemas?
—Podría ser, pero a veces en una pareja de personalidades opuestas los dos se complementan. El tiempo lo dirá, ¿no crees?
—Sí.
La verdad es que era una posibilidad que no le inquietaba demasiado. Edward la había conocido en sus peores momentos y aún así, parecía gustarle. Al menos no tenía que interpretar la comedia que ponía en escena con Jake. No necesitaba llevar lista de ideas de las que hablar porque se sentían cómodos el uno con el otro sin necesidad de tener que estar hablando continuamente, y en su opinión, esa clase de comunicación era difícil de encontrar.
—Me gusta mucho, ¿sabes? —comentó, volviéndose a mirar a Alice—. Puede que hasta le quiera.
—Lo sé —contestó su amiga, y sonrió.
—Estoy probando una nueva receta de espaguetis. ¿Te gustaría venir a cenar?
Era viernes por la mañana, y los dos iban en el coche de camino al centro. Edward la llevaba casi todos los días, y si no iba a poder, la llamaba por teléfono. Por las tardes, ella terminaba de trabajar antes que él, así que Bella cogía el autobús para volver, y como era la primera en llegar a casa, empezaba a preparar la cena, deleitándose en preparar los platos más deliciosos para tener una excusa e invitar a Edward.
—Yo llevaré el vino.
—De acuerdo —contestó, sonriéndole sin timidez.
—Bella... —dijo él, cogiéndole una mano—, no tienes por qué preparar cenas maravillosas para invitarme.
Bella clavó los ojos en el suelo del coche. No se había imaginado que sus métodos fuesen tan transparentes.
—Me gusta cocinar —dijo.
—No quiero que te tomes tantas molestias por mí. Me gusta estar contigo tanto si me das de comer como si no. Eres tú lo que me atrae, no la comida.
—A mí también me gusta estar contigo —dijo, y tragó saliva con dificultad.
Desde su cita para comer el lunes por la mañana, habían pasado juntos todo su tiempo libre. Muchas veces no hacían nada más que ver la televisión. Una noche se habían sentado los dos juntos en el sofá, cada uno con un buen libro y compartiendo una botella de vino. No habían hablado más que una docena de veces en toda la noche, pero Bella jamás se había sentido tan cerca de otra persona.
Edward la besaba y la acariciaba a menudo, pero nunca había dejado que las cosas se escapasen a su control. Para Bella, sentir las caricias del hombre al que quería era tan excitante y nuevo que le fastidiaba enormemente tener que parar. Era como si algo maravilloso estuviera esperándola y sólo Edward pudiese llevarla hasta ese paraíso. Pero él parecía no querer hacerlo, aunque su deseo parecía tan abrasador como el de ella, y ese deseo de esperar le hacía quererle aún más.
Aquella noche Bella tenía la salsa preparada y estaba a punto de añadir los espaguetti al agua hirviendo cuando sonó el teléfono.
—¿Hola? —respondió alegremente.
—Soy Edward —contestó él—. Voy a llegar tarde.
—No importa. Puedo terminar de preparar la cena un poco más tarde.
—Creo que no deberías esperarme —dijo con una voz algo tensa—. Será mejor que cenes sin mí.
—No quiero hacerlo.
Llevaba la mayor parte de su vida adulta comiendo sola, y de pronto esa perspectiva no tenía atractivo alguno para ella.
—No voy a poder arreglarlo, Bella.
Los inspectores trabajaban demasiado en opinión de Bella.
—Lo comprendo.
No es que de verdad lo comprendiese, pero hacerle una sarta de preguntas no iba a solucionar nada.
—Hablaremos mañana por la mañana —dijo él, y Bella tuvo la impresión de escuchar el chirrido de unos neumáticos al fondo.
—Claro. Te guardaré un poco para que te lo puedas comer mañana. Los espaguetti siempre están mejor al día siguiente.
—Estupendo —entonces se oyó gritar a alguien—. Tengo que irme —añadió apresuradamente. —Te veré mañana.
—De acuerdo. Hasta mañana.
Bella se quedó con el auricular en la mano y cuando por fin colgó, un miedo frío se le agarró en la boca del estómago como una bola de plomo. Edward no la había llamado desde una oficina. Los ruidos que se oían al fondo eran ruidos de la calle, y además, estaba con alguien. Un hombre. Algo estaba pasando. Lo sentía en los huesos. Algo no iba bien, nada bien.
Bella no durmió bien aquella noche. La conversación que había tenido con Edward le daba vueltas en la cabeza una y otra vez. Le había parecido que estaba impaciente, como enfadado, casi como las primeras veces que había hablado con ella.
Cuando por fin consiguió quedarse dormida, empezó a soñar. Edward con la mujer del Soft Sam's apareció otra vez ante sus ojos hasta que se despertó. El sueño había sido tan real que abrió los ojos con la carne de gallina y se arrebujó entre las sábanas.
A la mañana siguiente, Edward llamó temprano a su puerta. Apenas se había vestido y acababa de fregar los platos cuando abrió la puerta.
—Buenos días —le saludó sonriendo, sin atreverse a mirarle a los ojos.
—Buenos días —contestó, y se inclinó para besarla—. Siento lo de anoche.
—No pasa nada. Lo comprendo. Yo también hay veces que tengo que quedarme a trabajar hasta tarde.
Todos sus temores de la noche anterior le parecieron triviales. Era inspector, y los inspectores no se pasaban todo el tiempo sentados en su despacho. Todas sus dudas se desvanecieron al calor de su mirada.
—Esta semana que viene la voy a tener bastante ocupada —dijo—. Será mejor que no hagamos planes para las cenas.
—Si eso es lo que quieres...
—No lo es.
Lo dijo con tanta sinceridad que Bella no sintió ninguna duda.
Después de tomar juntos una taza de café, salieron hacia Riverside Park a hacer la compra, y cuando volvieron a casa, los dos iban cargados de paquetes.
—Quiero hablar un momento con el casero —dijo Edward cuando entraban en el ascensor.
—Yo iré subiendo para dejar todo esto.
No quería que se le descongelase el helado mientras Edward pagaba su alquiler.
—Enseguida estoy contigo.
Las puertas del ascensor se cerraron y Bella sonrió a Edward al recordar el miedo que en el pasado había tenido a encontrarse a solas con él en el ascensor.
—¿Qué estás pensando? —preguntó él.
Habían pasado una mañana maravillosa, haciendo la compra juntos como si fuesen una pareja casada y al mirar a Bella, la sonrió con una ternura. Llevaba años esperando a aquella mujer, casi toda la vida. Después de las investigaciones en las que había estado metido en los últimos años, necesitaba una bocanada de aire fresco. Le encantaba su genio y su humor.
—¿Qué es lo que te parece tan divertido? —le preguntó ella al verle sonreír.
—Nada. Sólo estaba pensando en ti.
—Así que te hago reír, ¿eh?
—Ven aquí —dijo, y le quitó las bolsas de las manos, las dejó en el suelo y antes de que ella pudiera darse cuenta de lo que estaba haciendo, la cogió entre sus brazos y la arrinconó en la esquina—. Eres la mujer más hermosa que he conocido en toda mi vida, Bella Swan.
—Edward...
Bella miró al suelo. No sabía qué decir. Nunca le habían dicho algo tan bonito.
—No me crees, ¿verdad?
—Tengo espejos en casa y sé muy bien cómo soy.
—Eres un ángel puro, bueno e inocente.
Con cada palabra fue acercándose más a ella y se inclinó para besarla suavemente en el cuello. Cuando sus labios fueron ascendiendo, Bella sintió que sus rodillas empezaban a flaquear y se apoyó contra la pared del ascensor hasta que al final alcanzó su boca en un beso lento y medido.
—¿Te gusta? —le preguntó él con voz perezosa.
—Sí, Edward, sí...
Tenía que controlar el deseo que le arrastraba como una corriente poderosa, y volvió a besarla hasta que el ascensor se detuvo y pulsó uno de los botones para volver a ponerlo en marcha.
—Edward, ese era nuestro piso.
—Lo sé —susurró, antes de volver a besarla.
Bella se colgó de él, maravillada porque un hombre como él pudiera sentirse atraído por ella.
—No puedo creérmelo —musitó, con las lágrimas atenazándole la garganta.
—¿El qué? ¿Que nos estemos besando en un ascensor?
—No. Que me estés abrazando de esta forma. Me siento tan bien... Sé que es una tontería, pero tengo miedo de despertarme y descubrir que todo esto no ha sido más que un sueño.
—Pues iba a costarte un triunfo convencerme de que esto no es real. Me gusta demasiado abrazarte.
—A mí también me gusta hacerlo.
Edward volvió a besarla.
—Nunca he estado con una mujer como estoy contigo.
—¿Qué quieres decir?
Bella se puso un poco nerviosa. Debía estar haciendo algo mal.
—Tranquilízate —le dijo él, acariciándole la espalda—. Estas semanas que hemos pasado juntos han estado llenas de ternura. Cuando lleguemos a hacer el amor, todo será perfecto.
—Pero Edward, puede que yo no sepa hacerlo bien.
Deseaba con todo su ser, ser una buena amante para él.
—Créeme, Bella: tal y como van las cosas entre nosotros, no creo que tengamos ningún problema a ese respecto.
—Pero...
—Shh...
El corazón se le llenó de amor. Edward no le había dicho que la quisiera, pero no tenía necesidad de hacerlo. Lo estaba haciendo con cada una de sus acciones y de sus comentarios. Ella tampoco había necesitado expresarlo con palabras. No era necesario.
—Vuelvo enseguida —dijo Edward, y apretó el botón del ascensor.
—Empezaré con los spaguetti.
—No serán más que un par de minutos —añadió, acariciándole la barbilla.
—De acuerdo.
Bella salió del ascensor. Un poco más allá, en el pasillo, había un joven al que ella no conocía. Iba vestido con pantalones y cazadora de cuero y lleno de pulseras de cuero y tachuelas. Parecía uno de esos motoristas de una banda, e instintivamente se volvió a mirar a Edward, pero las puertas del ascensor se estaban cerrando y él no pudo verla.
Entonces recordó un libro que había leído sobre defensa personal y sacó las llaves del bolso para llevarlas en la mano, cogidas con fuerza. Si aquel ángel del infierno pensaba atacarla, estaría preparada. Echó a andar hacia su apartamento que quedaba en la mitad de aquel largo corredor conteniendo la respiración. El joven avanzó también hacia ella.
Tenía los ojos oscuros y las pupilas dilatadas, y Bella comenzó a sentir miedo. Parecía estar con el mono, y en el último instante se decidió a dar la vuelta y volver al ascensor.
—No pensarás salir corriendo, ¿verdad? —masculló él.
Bella volvió a pulsar el ascensor, pero las puertas no se abrieron. Estaba tan cerca, que cogió uno de sus mechones de pelo y le dio un tirón, echándose a reír al verle hacer una pequeña mueca de dolor.
—¿Qué quieres? —le preguntó, retrocediendo más y más.
—Dame todo lo que tengas.
Bella no tenía intención de discutir con él, así que se quitó el bolso del hombro y se lo dio.
—No llevo mucho.
Él le arrebató el bolso y comenzó a revolver en su interior. Cuando descubriese que lo que le había dicho era verdad, se pondría furioso y quién sabe lo que podría hacer. Si pensaba huir de él, aquella era la mejor oportunidad.
Le estampó en el pecho la bolsa de la compra con todas sus fuerzas y salió corriendo. La escalera estaba al otro lado del pasillo y salió corriendo con toda la energía de un atleta olímpico. El miedo y la adrenalina volaban por sus venas, pero aún así, el joven avanzaba más rápido que ella y llegó antes a la puerta de las escaleras, bloqueándola.
Bella se paró en seco y retrocedió algunos pasos.
De pronto, oyó el sonido de las puertas del ascensor al abrirse y se dio la vuelta.
—¡Edward! —gritó, e inmediatamente el joven se volvió también hacia el ascensor.
Con tan sólo mirarla, el pánico era tan evidente en sus facciones que en una décima de segundo Edward llegó a su lado.
—Dame todo el dinero que lleves encima —dijo el joven, acercándose a Edward, pero Edward no contestó.
Bella se apoyó en la pared porque sintió que las piernas iban a fallarle, y sin poder evitarlo, se escurrió hasta quedar sentada en el suelo.
La expresión de Edward era tan dura como el granito y tan intensa que no parecía el mismo hombre que la había besado en el ascensor. Aquel Edward era un extraño.
—Eh, tío, que sólo era una broma —dijo el joven, y cogió el pomo de la puerta.
Bella nunca había visto a Edward así. Recordó una de las primeras veces que le había visto y que le había descrito como un perro de presa. Esa mirada era la que volvía a tener ahora en los ojos. A partir de ese momento, todo pareció ocurrir a cámara lenta. Edward se acercó al joven y de un puñetazo lo tiró al suelo. El chico gritó, pero Edward volvió a levantar el puño y le golpeó en la mandíbula.
—¡Edward, ya basta! ¡Basta! —gritó Bella.
Como si se hubiera olvidado de que estaba allí, se volvió hacia ella, casi extrañado. El chico aprovechó la oportunidad y salió a todo correr escaleras abajo.
Bella se acercó a Edward y se aferró llorando a él.
Edward siguió tenso unos instantes, pero enseguida la abrazó.
—Dios mío, ¿te ha hecho daño?
—No —gimió—. Sólo quería el dinero, pero casi no me quedaba nada.
Edward la abrazó con más fuerza.
—Si te hubiera hecho daño...
—No, no.
Bella no pudo decir nada más, y no era ya el temor lo que le había colapsado la garganta, sino saber que Edward era capaz de desarrollar tanta violencia. Sólo Dios sabía qué habría ocurrido si no le hubiese detenido.
—Cuéntame cómo ha sido —dijo, cuando iban ya de camino a su apartamento.
—Pues que quería mi dinero.
—Y no habrás hecho algo tan estúpido como intentar impedírselo, ¿verdad?
—No... He leído en un libro de defensa personal que...
—Tú y tus condenados libros.
Bella intentó reírse y casi lo consiguió.
—Gracias a Dios que llegaste a tiempo —dijo—. Nunca he visto a nadie hacer lo que has hecho tú — añadió mientras recogía las latas y los paquetes que habían caído desparramados por el suelo.
—Lo aprendí cuando estuve haciendo el servicio militar —dijo. No quería inventarse historias que pudiesen alimentar la curiosidad de Bella.
—Deben entrenar a los soldados de otra forma últimamente.
—Cierto. ¿Estás segura de que estás bien? —insistió él al verle temblar las manos.
—Sí. Sobre todo ha sido el susto.
—Y no te culpo.
—Me he sorprendido a mí misma con lo rápido que puedo moverme.
Edward se incorporó y cogió la bolsa.
—Vamos a colocar todo esto. Me parece que el helado se está empezando a derretir.
Bella se adelantó para abrir la puerta del apartamento y la del congelador después para que pudiese meter directamente el helado.
—¿Crees que debería llamar a la policía? —le preguntó.
—No. No creo que vuelva.
—¿Cómo lo sabes?
Tanta confianza empezaba a irritarla.
—Lo sé. Pero si con eso te sientes mejor, llámalos.
—Puede que lo haga.
Bella esperó ver su reacción, pero no hubo ninguna. Quizás fuese su imaginación, pero tenía la impresión de que Edward no quería que se pusiera en contacto con las autoridades.
—Bella, escucha. Tengo algo que decirte.
—¿Sí?
—Voy a marcharme durante una temporada.
—¿A marcharte?
—De vacaciones. A pescar.
Espero que disfruten de ella, no olviden pasar por mi perfil de facebook ya que allá es donde soy cualquier noticia :)
Besos: K. O'Shea
