Ya digo desde un principio porque después me olvido, InuYasha no me pertenece (por desgracia), lo que sí es mío es esta historia que espero sea de vuestro agrado.

Para aclarar usare:

La cursiva para los pensamientos.

"Las comillas" y supongo que para lo obvio, no sé cómo explicar, uhm ¿inca pie? Así se dice, ¿No?

() cuando yo intervenga.

-para los diálogos en los pensamientos, después verán a lo que trato de referirme.

-.-.-.- cambio de escenario.

Esta es mi versión de lo que hubiera pasado en InuYasha Kanketsu- Hen a partir de la "muerte" de Kikyo.

Sin más, os dejo leer.


Acompañada del espíritu caminaba entre los árboles, perdiéndose en el bosque, debía mantenerse cerca de la aldea para que cuando muriera su cuerpo no se descompusiera, soltó un suspiro, sonriendo con tristeza. Llegó hasta un lugar determinado junto con Seika, y allí se despidió de él, viéndole irse por una rasgadura espacio/tiempo hecha por Hato-sama, sin dudas ese sería su fin.


Abrió lentamente sus ojos, siendo segado por los rayos del sol, al mirar hacia un lado se encontró con que Seiga estaba sentado junto a él e inmediatamente su cerebro reacciono, sentándose de golpe, mirando para todas partes, se entristeció al no ver a la miko por allí. El segundo ángel de guerra sólo observaba en silencio, se sentía culpable, él no quería dejar a la musume abandonada a su suerte, esperando a que la mataran, eso no era nada digno de hacer, menos con un amigo.

-Llevas dormido cerca de dos horas.-anunció el pelinegro.

-¿Cómo dormí tanto?-cuestiono el zorrito.

-Entre las plantas que te dio Nyusatsu, digo, Kagome, había una que te deja inconsciente si la tienes cerca de ti por unos minutos.-dijo tal cual la musume había explicado.

-No me di cuenta.-dijo al tener la plantas medicinales entre sus manos.

-Me lo imagino pero ahora camina que ha habido una buena pelea con tus amigos.-dijo con entusiasmo.

-¿Eh?-

La confusión llegó rápidamente sobre el zorrito que caminada junto al segundo ángel de guerra, algo le decía que nada en absoluto andaba bien, soltó un pesado suspiro, tan sólo esperaba que su "madre sustituta" estuviese bien, la tristeza se podía notar escrita con letras gigantes en sus verdes orbes.

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Corrió con más fuerza, tropezando cada tanto con alguna que otra raíz que sobre salía del suelo por donde se iba, escapando de aquellos demonios que la perseguían, maldecía interiormente por no haber previsto bien la cantidad de demonios que había antes de disparar su no tan certera flecha. Miró hacia atrás mientras avanzaba, dio un saltito en su lugar al notar que el número de espíritus había aumentado, ¿Es que acaso era un imán atrae demonios? Suspiró, cansada, en toda la noche no había dormido, ni un poco. Bufó. Sonrió al encontrar un árbol con el tronco lo suficientemente ancho como para esconderla por unos momentos mientras preparaba su arco y flecha, tomo una bocanada de aire, y cuando reunió la energía suficiente salió de su escondiste, encarando a la orbe furiosa de demonios que la perseguía, y con el rostro endurecido disparo, dando en el blanco y finalmente acabando con todos esos espíritus malvados.

Paso la manga de su remera escolar por su frente, secándose el sudor. Soltó un cansino suspiro. Comenzó a caminar nuevamente al notarse, momentáneamente, a salvo de esos malditos demonios enviados por el odioso de Naraku, suspiró nuevamente, sonriendo de una manera extraña, nostálgica tal vez, al encontrar una cueva en aquel gran bosque, entrando en ella para luego de asegurarse de que no hubiese peligro alguno, acomodarse en su "refugió". Cansancio, dolor y hambre. Esas simples palabras eran la que definían en ese preciso momento el estado de la azabache musume. Se acomodó mejor en su lugar, apoyando su espalda contra la fría pared de piedra, sintiendo como sus parpadeos le pesaban y lentamente caía bajo el hechizo de Morfeo, ignorado el hecho de que lentamente su alma nuevamente abandonaba su contenedor.

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Realmente no entendía esto, no era normal, por lo menos no para lo que ella se había venido preparando desde que era una niña, ¿Cómo es que podía volver al paraíso cuando dentro de prácticamente dos horas moriría al fin? Suspiró, bueno, seguramente esa malvada de Maya estaba metida en todo ese asunto. Paso sus manos por su largo vestido, alisándolo – como si fuese a tener alguna arruga o algo así – mientras enfocaba sus ojos de color chocolate en la cascada de agua cristalina y transparente que se encontraba enfrente de ella, que formaba un pequeño lago bajo sus pies, ¿Qué era eso? Y más importante aún.

¿Qué hacia ella allí?

Nyusatsu.-escuchó a su lado, provocando que diera un pequeño saltito en su lugar, salpicando algunas gotas de la cristalina agua – la cual desapareció antes de volver a caer en ese estanque gigante – al tiempo que llevaba una de sus pequeñas manos hacía la parte izquierda de su pecho, en el lugar donde se suponía estaba su corazón - al fin de cuentas su reflejos estaban casi intactos – al tiempo que fijaba su mirada en la persona parada a su lado sorprendiéndose de encontrar a la mujer de cabellera zafiro allí.- Me alegra poder verte antes de iniciar con mi ciclo de desarrollo nuevamente.-comento la musume mayor, mientras una pequeña sonrisa, imperceptible prácticamente, aparecía en su inexpresivo rostro.

¡¿Ha…Hato-sama?!-dijo la aún atónita azabache.-¿Dónde estamos?-cuestiono un poco más calmada.

¿No recuerdas este lugar?-pregunto la mujer de orbes violetas, que dejaba ver claramente la incredulidad pintada en sus ojos-no-muy-expresivos.-Estamos en "La Cascada del Observador", la cascada que normalmente es utilizada por los ancianos del consejo, es bastante útil cuando quieres vigilar a un mortal para enfrentarle en el tan famoso "Juicio Final" pero quitando eso hoy estamos aquí para darte un gran poder.- explico brevemente la seria mujer de como veinticinco años.

¿Un gran poder?¿A qué te refieres, Musume?-dijo con curiosidad la chica de vestido verde.

La actual guardiana tan solo golpeo dos veces su báculo dorado contra el agua que estaba esparcida bajo sus pies, la cual comenzó a brillar, y cuando finalmente aquella luz desapareció se podía ver como aquella laguna, al igual que la cascada, mostraba lo que sucedía en el Sengoku-Jidai en esos momentos.

¿Qu…Qué?-fue lo único que logro balbucear la chica de ojos color chocolate al ver incrédula lo que sucedía en la aldea.

Hoy, mi querida Musume, tendrás el poder de elegir si esta persona merece una segunda oportunidad, tendrás poder sobre la vida y la muerte.-anuncio con toda la seriedad posible la mujer de cabellos zafiros con mechones plateados.

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El pequeño kitsune se encontraba con los nervios a flor de piel, hacía prácticamente media hora había vuelto a la aldea de la anciana Kaede, y ella le había cuestionado en donde se había ido a meter ya que aparentemente hacía prácticamente casi veinticuatro horas que se había ido con Kagome a recoger las hiervas medicinales, además también le había preguntado el paradero de la chica de cabellera azabache.

Ya se fue.-fue lo único que había dicho antes de encaminarse hacia la cabaña de la envejecida sacerdotisa para ver el estado de Kohaku, notando que aún seguía inconsciente y que además el tonto de Inuyasha se había ido para alguna parte de la aldea acompañado por Kikyo, ¡Por Kikyo, por Kami!

Y ahora para mal de males, como cereza en su pastel de mala suerte, eran atacados por una horda de furiosos demonios, claro que los que combatían a los malignos espíritus no eran nada más que sus cuatros amigos restantes y Kikyo, él en cambio había recibido órdenes de Kaede-sama para que llevase a los aldeanos a un lugar seguro mientras que la batallaba terminaba. Arrugó la nariz a cada paso que daba al acercase más y más a la ya destrozada casa de la anciana mujer, sintiendo el olor de la sangre de Miroku y Sango, mientras veía a Kohaku alejarse en los aires montando un demonio y con el olor del maldito de Magatsuhi saliendo de su cuerpo, mientras que Inuyasha llegaba, seguido de la miko no muerta, para luego de fijarse en el estado de Miroku se puso a gritarle lo muy idiota que había sido al no tener el más mínimo cuidado pero al mismo tiempo la mujer de cabellos negros ayudaba a Sango a mantenerse de pie, fijándose en su herida.

Dio un respingo, incomodo, toda esa escena se le hacía extraña, inconclusa de alguna forma, lo pensó solo un segundos ante de entender la razón, echó un suspiro, con tristeza comenzó a dar pasos lentos, desanimados, acercándose hacía Jaken y Rin, escuchando en primera fila los chillidos del viejo – y pequeño – demonio verde ante el temor de lo que le haría su Amo Bonito en cuanto se enterara que Rin se encontraba inconsciente en el suelo a causa de la parte oscura de Shikon no Tama. Volvió a suspirar, allí faltaba Kagome.

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Mientras tanto en otro parte cerca del pozo devora-huesos se podía apreciar como dos chicos exactamente iguales con la única diferencia de que uno tenía cabellos verdes y ojos negros, y el otro cabellos negros y ojos verdes, vestidos con armaduras, y con espadas en las manos luchaban ágilmente contra una horda de espíritus malignos, ambos hermanos con una gran sonrisa sellada en sus rostros.

-¿Feliz, Seiga?- cuestiono el ángel de guerra al degollar a una de las alimañas.

-Eso quisiera, ¿Y tú, Seika?-dijo el peli-negro al atravesar al enemigo con su espada.

-Digo lo mismo, hermano.-respondió el oji-negro.

Y en un parpadeo, ambos espíritus acabaron con todos los demonios para poder seguir con su plática.

Sigo sin comprender por qué no nos podemos quedar con Nyusatsu.-dijo con molestia el segundo ángel de guerra.

Te lo he explicado diez veces.-bufo irritado.-No nos dejan quedarnos con Musume porque la protegeríamos, y no dejaríamos que cumpliera su destino, nunca dejaríamos que su alma abandone su contenedor.-finalizó, explicando todo lentamente.

El menor de los muchachos hiso un mohín en señal de disgusto, arrugando la nariz.-Está bien, ya entendí.-replico de forma fría.-Y además no hacía falta que usaras ese tono otra vez, no soy retrasado, Seika.-dijo enojado.

El nombrado soltó una risita, contento y nostálgico a la vez, esa pelea que comenzaba a tener con su pequeño hermanito le recordaba que cuando ambos estaban vivos el mundo mortal, en su tiempo, siempre tenían esas discusiones tontas y siempre terminaban riéndose a carcajadas, suspiró, seguramente hubiesen seguido así de no ser por la guerra.

De todas formas.-dijo con simpleza.- No te metas en problemas, yo ya me voy.-aviso al tomar su forma intangible nuevamente, abriendo un portal con su espejo de los sueños.

Oh, saluda a la princesa Aiko de mi parte.-dijo maliciosamente el oji-verde al sonreír con suficiencia al ver el sonrojo de su hermano.

-Por cierto, Kagome está en La Cascada del Observador junto con Hato.-dijo al cruzar el portal.

-¿Qué hace ahí?-inquirió el segundo ángel de guerra.

-Va a tomar una importante decisión.-fue lo único que dijo.

El joven de cabellos negros, sólo suspiro ante de comenzar él también a caminar hacía cierta dirección, ya en su forma de espíritu.

Bueno por lo menos puedo ayudar a Nyusatsu acabando con esos demonios que la persiguen y no la deja descansar, ¿No?-pensó antes de desaparecer.

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Miraba todo con asombro, ¿Qué diantres era eso? ¡Ella no sabía! Sus premoniciones no le habían avisado de eso, bufo, desesperada, detestaba el ser privada de sus visiones después de tantos años acostumbrada a ellas, y todo por la "muerte de su contenedor". Observo con suma atención las distintas imágenes "salpicadas" en el lago, por un lado podía ver un lugar como montañoso, con un abismo, que, si te llegabas a caer en él, si no morías de mínimo quedarías cuadripléjico, y justo en ese lugar se encontraban Sango montada en Kirara sobre los cielos, Inuyasha y Kikyo, que se encontraban discutiendo con Magatsuhi el cual había poseído el cuerpo de Kohaku para lleva el último fragmento restante con Naraku para completar la oscura Shikon; al mismo tiempo podía notar a un castaño sumergido en la oscuridad de su inconsciencia, aterrado, ante aquella vista unas ganas irremediables de tocar la cristalina agua sagrada le agarraron de la nada, como si de esa forma pudiese comprobar que aquello si estaba sucediendo en esos instantes.

Lentamente se fue agachando hasta quedar lo suficiente cerca como para no tener la necesidad de estirar mucho su mano, ignorando –o mejor dicho – quitándole importancia al hecho de que su hermoso vestido de princesa estuviese completamente empapado en la parte inferior. Cuando la punta de sus dedos estaban a milímetros de la superficie del transparente líquido la potente voz de su Sensei la hiso detenerse abruptamente.

¡No lo hagas!-exclamo inexpresivamente.-¡No toques el agua!-advirtió.

Volteó su rostro, fijando su mirada confundida en la musume mayor, aun estando de cuclillas, haciendo una muda pregunta. La guardiana suspiró, antes de acomodarse en su lugar, apoyando un poco de su peso en su bastón sagrado.

Sólo deberás tocarla cuando estés completamente segura que ese niño merece otra oportunidad.-contesto a la silenciosa interrogante.

La azabache frunció el ceño.-¿Por qué no merecería otra oportunidad para vivir?-cuestionó con enojo.

Sus pecados son imperdonables.-argumento con frialdad.

Cerró sus ojos por unos momentos, escondiendo sus furiosas orbes del color del chocolate atrás de sus parpados, giro su rostro otra vez en dirección al estanque, abriendo nuevamente sus ojos, fijando su vista en la salpicadura corrompida de oscuridad y dolor.

Fue manipulado, fue cruelmente utilizado por un demonio que sin escrúpulos le obligo a hacer algo semejante, estando sumergido en la inconsciencia y cuando finalmente despertó y se dio cuenta de lo que hiso, se arrepintió, se odió, y tuvo miedo, su alma se corrompió.-dijo con seriedad.-Su alma fue dañada, y mi deber además de ser una Musume Jikan es ser una Protectora de Almas, mi deber es cuidar, curar y proteger almas como la suya.-añadió con seguridad y firmeza.- Almas que se arrepienten verdaderamente de sus errores, por muy malos que sean, merecen una segunda oportunidad.-finalizó usando un tono al que no se le podía replicar nada.

Una sonrisa apareció fugazmente en el rostro de la mujer de ojos amatistas, orgullosa, sin lugar a dudas lo que Seika decía era cierto, su sucesora, sería una gran guardiana, y seguramente lograría lo que ninguna Musume había logrado antes, conseguir sus propias alas.

Entonces supongo ya no hay nada más por decir.- afirmo la mujer blanquecina.

Desde hoy el alma de Kohaku está bajo mi entera protección, Hato-sama.-confirmo la chica del vestido verde, antes de tocar la superficie del sagrado líquido con sus dedos. El estanque brillo por un leve momento, y el kanji de Hikari apareció enfrente de ambas musumes.

Porque si dudas la menor de las Musume Jikan sería la luz que salvaría al castaño de su oscuridad.

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Sentía miedo, no le gustaba ese lugar, todo era oscuro y estaba atrapado, pero sobre todo una y otra vez se repetía esa horrenda escena, podía ver claramente el cuerpo de su padre y de sus compañeros tirados en el suelo, sin una gota de vida y a su hermana mayor, mirándolo con miedo y confusión, podía notar su propia arma clavada en la espalda de la castaña.

¿Por qué, Kohaku…?-inquirió Sango.

Sus ojos castaños se abrieron grandemente, mostrando todo el miedo que un niño podía experimentar en una situación así, quería escapar pero no podía, era su culpa.

Ayuda.-imploró.-Que alguien me ayude.-rogó con voz temblorosa.

Una luz comenzó a brillar detrás de él, llamando su atención. Eran pétalos blancos. Los pétalos brillaban rodeados por una luz, empujados por un viento inexistente lo rodearon antes de seguir con su camino, desapareciendo al entrar en una gran puerta, llenándola de luz. Como hipnotizado por aquella visión el niño se puso de pie comenzado a caminar e dirección a la gigante entrada, sumergiéndose en la brillante luz.

Se encontraba en una bodega, allí donde se encontraba algunas reservas de paja, inmediatamente notó a dos personas más además de él dentro de ese lugar, su querida hermana y el monje, el cual se encontraba inconsciente mientras que la exterminado se encontraba arrodillada a su lado; bajó la mirada, otra vez había lastimado a su hermana, y en el proceso a Miroku, quien también había intentado salvarlo.

Ayúdame, Kohaku…-dijo suavemente la mayor.- Y ayuda a Houshi-sama.-agregó al mirar fijamente al niño exterminador.- Ayúdame.-pidió.

¿Ayudarle? ¿Puedo ayudar?-pensó sorprendido.

La potente luz purificadora los envolvió a ambos.

Claro que puedes ayudar.-dijo con una sonrisa sincera.-Después de todo eres mi pequeño hermanito.-afirmo antes de desaparecer.

Y la luz lo atrapó por completo, salvándolo.

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¡Kohaku!-exclamo la exterminadora al seguir montada en el lomo de Kirara, con su Hiraikotsu en mano.

Parpadeo, confundido, sintiendo como algo caliente bajaba por sus mejillas desde sus ojos, se pasó su brazo por la cara eliminando cualquier rastro del carmín líquido, mirando a su hermana desde su lugar, no entendía lo que sucedía pero se sentía un poco más aliviado.

¡Hermana!-grito.

Y de allí todo lo que sucedió fue tan rápido como para que sólo recordara con facilidad el momento en el que salto al gran abismo, decidido a expulsar al lado oscuro de la esfera de su cuerpo, siendo seguido por su hermana e Inuyasha, mientras que la señorita Kikyo miraba todo desde su lugar, ya con arco y flecha preparados entre sus manos, a la espera de cualquier imprevisto. No supo como pero finalmente Magatsuhi salió de su cuerpo, mientras que él era ayudado por su hermana para no terminar haciendo añicos su cuerpo al tiempo que el medio-demonio gritaba un potente "¡Meido Zangetsuha!" destruyendo tentáculos que salían de una gran nube oscura, mientras que la miko no muerta dispara sus potentes flechas, aquella era una clara señal de que Naraku se encontraba escondido en ese lugar.

De un momento a otro era una inminente batalla, Sesshomaru – quien había aparecido de la nada – se había logrado destruir una gran parte de Magatsuhi pero sin eliminarlo por completo, y ahora cortaba algunas partes de Naraku, al igual que Inuyasha y la pelinegra, mientras que Sango se encontraba protegiéndolo. En un parpadeo las cosas habían cambiado precipitadamente, el demonio completo se había ido, dirigiéndose a gran velocidad hacía la aldea de la anciana Kaede por causa de una advertencia hecha por la castaña exterminadora, y ahora para colmo de un momento a otro el maldito de Naraku había atrapado a Kikyo y a pesar de los intentos de su hermana y del ambarino por rescatar a la mujer – descubriendo que el desgraciado protegía la esfera de Shikon con la armadura del demonio Meioju – no habían logrado rescatar a la miko, y por lo tanto sólo quedaba una salida.

Si me das tu fragmento, no lastimare a Kikyo, Kohaku.-dijo el hibrido con una asquerosa sonrisa en el rostro, mientras recibía una mirada llena de desprecio por parte de la sacerdotisa.

¡No lo hagas, huye, niño!-escucho decir al peli-plateado.

¡No creas en sus mentiras!-dijo su hermana.

Pero ya era tarde…

Naraku, si te doy mi fragmento, dejaras a la señorita Kikyo.-dijo seriamente el castaño al estar del otro lado del acantilado.

La sonrisa del nombrado se agrando, mientras que unos tentáculos envolvían al chico del último fragmento purificado.

¡Kohaku, no!-exclamo una desesperada Sango.

¡No te preocupes hermana, déjamelo a mí!-fue lo único que dijo.

¿Kohaku?-susurro confundida.

La decisión nuevamente se apoderó de su mirada castaña, mientras que de entre sus ropas sacaba una de las flechas que habían sido tiradas por Kikyo, al momento que clavaba la flecha en el lugar exacto donde se encontraba la Shikon no Tama, rompiendo la armadura.

¡No moriré, Naraku!-exclamo con seguridad.

Y lo siguiente que supo fue que el hombre de la araña lo había soltado dejando caer y que su querida Onee-chan lo había atrapado con Kirara, que Inuyasha había soltado otro ataque con su espada golpeando a Naraku y salvando a la sacerdotisa.

Y se sentía feliz….

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Observo con una mirada seria como Sango lloraba amargamente, abrazando el cuerpo sin vida de Kohaku, mientras Kikyo miraba hacia otro lado e Inuyasha maldecía, impotente y no necesito nada más, ni siquiera escuchar a su predecesora, para comenzar a caminar sobre el agua, provocando pequeñas hondas en ella, para llegar hasta la gran cascada, acomodándose debajo de ella, mojándose por completo. Todo se llenó de luz.

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Otra vez estaba en la oscuridad, pero en una vacía, recordaba el encontrarse feliz al lado de su hermana y sus otros dos compañeros pero de repente sintió como algo atravesaba su cuello, justo cuando había decidido seguir viviendo, sumergiéndolo en esa oscuridad, pero de repente nuevamente una luz apareció enfrente de él.

-Kohaku.-dijo una suave voz, haciendo que levantara su rostro, sus ojos se abrieron de la sorpresa.

Era Kagome…

-¿Kagome-sama?-cuestiono incrédulo.

La chica siguió con una sonrisa dibujada en su tranquilo rostro, asintiendo levemente al tiempo que el agua comenzaba a aparecer.

-¿Quieres vivir, Kohaku?-interrogo con suavidad.

Aquello le extraño-¿Qué?-preguntó.

-Naraku te ha quitado su fragmento de la Shikon.-aviso.-Ahora estas aquí por ello.-explico.

-¿M…morí?-pregunto temeroso.

-Sí, pero puedes volver al mundo mortal si lo deseas.-le comunico.-Yo puedo cumplirte ese deseo.-añadió.

-¿De verdad?-dijo con miedo.

-Claro.-aseguro.-¿Te arrepientes de tus pecados?-cuestiono.

-Desde siempre, desde el primer momento.-confeso con lágrimas en los ojos al bajar la cabeza.

-¿Deseas vivir?-interrogo nuevamente, el niño asintió.-Si te doy una segunda oportunidad, ¿La aprovecharas de la mejor manera?-añadió, el exterminador volvió a asentir.-¿Lo prometes?-finalizo.

-Lo prometo, Kagome.-dijo con firmeza al mirar a los ojos a la muchacha.

-Entonces dame tu mano.-pidió sin dejar de sonreír.

Y de repente se sintió mojado, notan que se encontraba bajo una cascada, al lado de la chica azabache que vestía un lindo atuendo.

-Desde ahora estarás bajo la protección de Nyusatsu, aprovecha la segunda oportunidad que te dio.-escucho la voz de otra mujer.

Nuevamente la luz lo atrapó, salvándolo nuevamente.

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Tres pares de ojos miraban todo con sorpresa, una genuina, de repente Kohaku había sido rodeada por una luz y luego abrió lentamente los ojos, mirando todo con lentitud.

¿Hermana?-dijo suavemente.

La castaña tan sólo soltó una exclamación de felicidad, abrazando fuertemente al niño, mientras una sonrisa aparecía en el rostro del "joven" hibrido, y la duda en los ojos marrones de la miko.

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Soltó u suspiro, agotada, parándose enfrente de Hato-sama, con la tranquilidad pintada en sus facciones.

Es momento de que te vallas, musume.-dijo con calma la guardiana actual.

Si, Hato-sama.-respondió de la misma forma.

Esta será la última vez que nos veremos, la próxima vez que pises el cielo mi alma estará renaciendo.-confirmo la amatista.

Y yo te cuidare, musume.-dijo con una sonrisa antes de desaparecer.

Una última sonrisa apareció en el rostro blanquecino.-Y yo a ti, Kagome.-susurro.

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Una sonrisa maliciosa apareció en el rostro de un chico albino propietario de grandes alas blancas.-Dentro de poco nos adueñaremos del alma de la futura guardiana de la puertas del tiempo y el espacio.-dijo con maldad.

Y el paraíso nos perecerá al igual que el mundo mortal, Yuu.-dijo una chica de cabellos negros.

Así es, Maya.-afirmo ante de reír maniáticamente.

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Siguió corriendo en el bosque, acercándose lo más que podía hacía el circulo de árboles de vitalidad, escuchando las risas perturbadoras del desgraciado de Naraku a sus espaldas, estaba llena de raspones, cortes y heridas, no podía morir ahí, no podía porque si lo hacía su contenedor no sería cuidado. Sonrió al sentir la barrera golpear su piel para luego ser remplazada su sonrisa por una mueca de dolor al sentir como su cuerpo era atravesado sin compasión, justo en la boca del estómago, e inmediatamente caía en el césped, desangrándose mientras el maldito sueño de la oscura Shikon desaparecía en una nube negra. ¿Cómo había terminado así?

Horas después un soldado de grandes alas apareció enfrente del lastimado contenedor, agachándose a su lado para luego tomar de forma nupcial, en vez del cuerpo, el espíritu que se encontraba allí adentro, una sonrisa triste se formó en el rostro del ángel de guerra.

Pobre de ti, Kagome.-susurro Seika.

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Abrió sus grandes ojos color chocolate, encontrándose de pie en el paraíso nuevamente, enfrente de una interminable fila de ancianos sentados en escritorios de madera: Eran el consejo del cielo. Soltó un suspiro ante lo dicho a coro por todos los ángeles superiores

Bienvenida al cielo, Nyusatsu.-dijeron con neutralidad.


Tan…Tan…Tan…

¡Hola, ¡¿Cómo están?! ¡Al fin actualice xD! Y aquí-ta el séptimo capítulo. ¿Cómo me quedo? ¡Personen la falta de ortografía! Por cierto la parte donde Naraku "mata" a Kagome en el próximo capítulo la explicare mejor pero ahora estoy apurada y la dejaré así…¡Un poco de suspenso siempre es bueno! (¿?) En fin finalmente estamos llegando al final – por cierto antes del octavo capítulo tal vez publique un extra, no prometo nada- y aunque aún falta un poco para terminar, quiero agradecer por todos los reviews que este fic ha recibido, ¡En serio! Cuando lo comencé nunca pensé que sería tan bien recibido, (con el primer comentario ya me puse como una loca a causa de mi ataque de euforia) asique con 19 reviews casi muero de la alegría *w*

Pero bueno ya me voy despidiendo, ya que la razón porque finalmente me he quitado el jodido bloqueo mental que tengo desde la última vez que actualice (no lograba desarrollar el capítulo de la forma que a mí me gusta) es que el 6 de este décimo mes es mi dulce cumpleaños *w* ¡Wiiiiiiiiiiii!

Pero en fin, hasta la próxima y ya saben, comentarios, criticas consejos y demás, mientras sean de buena manera, bienvenidos sean.

¡Sayonara minna-san!