Hola a todos. Espero se la hayan pasado bien en la semana. Yo aquí he estado algo ocupado, pero eso no me ha impedido ponerme a escribir para todos ustedes. Creo que esta es la vez que actualizo más pronto


7. En busca de pistas

Abe Prong y Cornus Vitelius se encontraban en un pequeño restaurante ubicado en la capital Suiza, donde había muy pocos comensales. Habían llegado a aquel lugar mediante la aparición conjunta, cosa que a Abe puso extremadamente nervioso.

Ambos hombres eligieron una mesa un poco alejada de las demás personas presentes. Cornus tomó la carta y empezó a leerla.

—Este lugar me gusta mucho —expresó el rubio—. Además, es el único restaurante mágico en Berna. De hecho, es el único lugar exclusivamente mágico en toda Berna, aparte del Ministerio de Magia.

—Lo sé —comentó Abe Prong—. La mayor parte de las instituciones suizas mágicas se encuentran en Zurich y Ginebra. El Ministerio solo se encuentra aquí debido a que es la capital del país.

—Parece ser usted un experto en Suiza —dijo Cornus Vitelius sorprendido.

—Solo conozco algunos aspectos del país —replicó Abe—. Mi verdadera pasión son los Alpes.

—Suiza se encuentra en los Alpes —comentó en tono irónico Cornus.

—Sí. Precisamente por eso sé lo que sé sobre Suiza —contestó el joven Prong.

En aquel momento llegó el mesero y Cornus hizo su orden.

—¿Y para usted? —preguntó el mesero a Abe.

—Yo así estoy bien, gracias —respondió el joven.

—No bromees por favor —le pidió Cornus—. Tráigale lo mismo que a mí.

—No, gracias. De verdad no quiero nada —replicó Abe.

—Sé que la comida te encantará —le dijo Cornus—, así que no digas no. Además, no tienes que preocuparte por el dinero, porque después de todo yo fui el que te invitó a comer.

—De acuerdo —aceptó Abe, incapaz de encontrar una objeción.

El mesero se retiró.

—Ahora háblame del equipo que ha mandado el Ministerio Inglés en nuestra ayuda —dijo el señor Vitelius—. ¿Quiénes son?

—Kay Spears, Robert Snug y Harry Potter. Los mejores tres aurores del Ministerio de Magia de Inglaterra —respondió Prong.

—¿En serio? —inquirió Cornus.

—Sin ninguna duda —contestó muy seguro Abe, algo raro en él.

El mesero regresó con los dos platos, y se los dejó para que pudieran comer.

—Harry Potter… Ese nombre me suena —comentó Vitelius.

—Hace veinte años derrotó a Lord Voldemort —expresó Abe mientras cortaba su guisado.

—¡Oh, por supuesto! —exclamó Cornus mientras se daba una palmada en la frente—. ¿Realmente es buen auror?

—Uno de los mejores que tenemos —dijo Prong mientras comía—. Nunca se da por vencido, aun cuando el caso sea de lo más complicado y el enemigo sea poderoso. Y por si eso fuera poco, conoce más hechizos defensivos que la mayoría de sus compañeros, y no solo hechizos defensivos individuales, sino también algunos que permiten proteger a una gran cantidad de personas. Además, goza de muy buena fama dentro del Ministerio porque prefiere atrapar a los perseguidos en lugar de matarlos, como otros de sus compañeros.

—¿Sus aurores tienen permiso para matar? —inquirió escéptico Cornus.

—Sí, así es —respondió Abe—. Me parece que es resultado de una antigua ley creada durante el reinado de terror de Voldemort, ley que el Ministro no se han encargado de revisar.

—Tal vez sea eso lo que necesitamos aquí en Suiza —opinó Vitelius—. Nosotros tenemos que atraparlos sea como sea, y antes dejarlos ir que matarlos, porque nos mandan directo a la prisión. Si pudiéramos matarlos no tendríamos tantos problemas. Bueno, ¿y qué tal son los otros dos aurores?

—La señorita Spears es muy buena en lo que se refiere a seguir a los sospechosos —contestó Abe—. Tiene una habilidad especial para predecir cual será el siguiente paso del enemigo, y es la mejor para descubrir cual será el próximo blanco de los magos oscuros. El señor Potter también es bueno en ese ramo, pero la mejor es Spears. Sin embargo, también es algo quejumbrosa, está acostumbrada a los lujos y odia abandonarlos. En cuanto al señor Snug, es un experto en el trato con muggles y en los interrogatorios. Siempre encuentra la manera de hacer hablar a los sospechosos. Pero a muchos no les cae bien, ya que posee algunas costumbres extrañas.

—¿Costumbres extrañas? ¿Cómo cuáles? —inquirió Cornus.

—Bueno, siempre que puede prefiere evitar el uso de la magia —contestó Abe—. Le gusta hacer las cosas a la manera muggle. Comprenderá lo que piensan de él muchos magos en Inglaterra.

—Lo supongo —dijo cansinamente Cornus—. Nuestra sociedad ha avanzado enormemente, pero desgraciadamente aún existe prejuicios sobre nuestras formas de vida.

Los dos magos siguieron platicando hasta que fue hora de regresar al Ministerio.

Al llegar al Ministerio, el equipo francés ya había hecho su aparición.

—Déjenme presentarles a uno de nuestros aurores más queridos —presentó Jean Pascot—. El señor Cornus Vitelius.

—¡Es todo un placer! —exclamó adelantándose la única mujer del equipo francés—. Je suis Hélène Bonamitié. Je suis du Ministère de la Coopération Internationale Français. Y mis compañeros son del Departamento de aurores.

A Abe Prong aquello le sorprendió. Esa manera de hablar bilingüe era una manera de presentación en la que se le permitía al interlocutor escoger el idioma en que la charla se desarrollaría. Era obvio que no quería dejar fuera al enviado inglés. Prong miró con atención a Hélène, y se dio cuenta que era bonita. Su largo cabello era rubio y ligeramente rizado, su nariz era delgada y respingada, mientras que sus labios eran un poco carnosos. Sus ojos eran de color azul, pero no un azul cielo, sino un azul más fuerte, y parecían llenos de vida y entusiasmo. No tendría más de treinta y cinco años.

—¡Mucho gusto! —respondió Cornus—. Es muy bueno que hayan llegado finalmente. A mí ya me han presentado, y mi acompañante es su homólogo inglés, Abe Prong.

Enchantée —dijo la señorita Bonamitié.

—El encanto es mío, creo —respondió no muy seguro de sí Abe.

—¿Y cuál es el nombre de sus compañeros? —preguntó Vitelius.

Ils sont Hervé Léger, Julius Joncoeur et Roméo Bienchaud —contestó la mujer mientras iba señalando a todos sus compañeros.

Abe observó a los tres hombres, los tres de fuerte musculatura. Hervé tenía el pelo color castaño medio, Julius de color paja y Roméo de color negro. Aparte de eso, ninguno tenía algún rasgo que lo hiciera especial.

"Espero que entre los aurores italianos haya mujeres" pensó Abe, imaginando como se pondría Spears si le tocaba trabajar exclusivamente con hombres. La señorita siempre se había quejado del extremo machismo presente en el Ministerio de Magia, aun cuando su propia jefa era mujer, y ocupaba una de las posiciones más privilegiadas dentro del Ministerio.

—¿Falta mucho para la llegada de los aurores italianos? —inquirió Cornus.

En aquel momento un joven entró por la puerta.

—Señor —dijo dirigiéndose hacia Eros Glob—. Los funcionarios italianos ya están aquí.

—Hágalos pasar —dijo Eros.

Cuatro personas entraron por la puerta, primero una mujer alta y de angulosas facciones, con el cabello negro recogido detrás de la cabeza. En seguida entró un hombre de cabello entrecano, pero que a pesar de verse entrado en años se veía bastante bien conservado, seguido por otra bruja de aspecto despreocupado y con una sonrisa esplendorosa, casi tanto como su cabello de color rojizo. Y finalmente entró otro mago bajito y un poco barrigón que estaba pelón.

Benvenuti, i miei cari amici —los saludó animadamente Eros Glob—. ¿Cómo han estado?

—De maravilla —le contestó la bruja que entró primero.

—Les presentamos al equipo de aurores francés —anunció Jean Pascot—, y a los funcionarios del Departamento de Cooperación Mágica Internacional francés e inglés, respectivamente.

Un piacere —expresó la bruja dándoles la mano a Hélène y a Abe—. Yo soy Filippa Bonasera, su homóloga italiana. Y mis compañeros son Luigi Veritus, Vito Canto e Anna Cara.

—¡Mucho gusto!

—¿Entonces ya podemos marcharnos? —inquirió Vitelius.

—Creo que sí —contestó Pascot—. En el vestíbulo debe estar Louis esperándolos para guiarlos hacia la mansión.

—De acuerdo.


Harry suspiró cansado. En aquel lugar no había ningún indicio sobre la falta de un objeto, y ni siquiera de que alguien hubiera estado ahí.

Aunque Kay Spears parecía disfrutar todo aquello.

—¡No lo puedo creer! —exclamó extasiada la mujer—. ¡Esto es la espada de Salomón! ¡Y por allá está su alfombra mágica! ¡Y el caldero de Morgana! ¡Y el anillo de Viviana! ¡Y un bastón druida!

—¿Quieres calmarte Spears? —inquirió Snug—. Estamos buscando un objeto faltante, no lo que sí se encuentra aquí.

—Creo que su compañera simplemente está admirando todos estos tesoros —comentó sonriente Lombargini—. Y no es para menos. Está mansión tiene tantos tesoros en su interior como algunos de los más renombrados museos muggles. Ahora que lo pienso, nos hace falta un museo mágico. Tal vez el Ministerio debería plantearse convertir está mansión en tal, ahora que se ha quedado sin dueño.

—¿El señor Famont no dejó un testamento? —inquirió Harry.

—No lo sé —dijo Mario Lombargini—. Si lo dejó debe estar en algún lugar de la mansión. De lo contrario, y dado que el señor Famont no tenía parientes directos, la mansión pasaría a ser propiedad del Ministerio, así como todos sus tesoros.

—¿Sabe que eso originaría que el Ministerio Suizo fuera sospechoso de la muerte del señor Famont? —inquirió Robert Snug alzando una ceja.

—Sí, lo sé —respondió Mario—. Precisamente esa es una de las razones por las que pedimos ayuda extranjera. De esa manera podremos garantizar la inocencia del Ministerio. De lo contrario cualquiera nos podría culpar de borrar evidencia.

—¿Mario, dónde estás? —se escuchó una voz gritando.

—Proviene del vestíbulo —dijo Lombargini—. Iré a ver.

Y dejó a Harry, Kay y Robert solos en aquella habitación.

—¿Qué les parece? —preguntó Robert.

—Fascinante —dijo muy emocionada Spears—. Cada tesoro que veo es mejor que el anterior. No cabe duda que la familia Famont tenía un gusto exquisito.

—No hablaba de eso —dijo Snug.

—¿Hablas de Lombargini? —cuestionó Harry.

—Exacto —contestó Robert.

—No parece ser una mala persona —opinó Potter—. Y no creo que el Ministerio haya hecho esto. Se hubieran preocupado por encontrar una manera más fácil de entrar.

—¿Y si solo lo hicieran para despistarnos? —inquirió Snug.

—Sospechas demasiado mi querido Snug —le dijo Harry.

—Es mi trabajo, ¿no? —preguntó Robert.

En aquel momento regresó el señor Lombargini acompañado por otros cinco hombres y una mujer.

—Permítanme presentarles a los aurores ingleses Kay Spears, Robert Snug y Harry Potter —anunció el señor Lombargini.

—¿"Hagui" "Potteg"? —inquirió un mago con el cabello color paja, en un acento bastante francés—. C'est lui qui a battée Voldemort?

—Disculpe —dijo Harry, quien no hablaba francés.

—Lo que él ha dicho es si usted es quien derrotó a Voldemort —tradujo encantado el señor Lombargini—. Estos son los aurores franceses Hervé Léger, Julius Joncoeur y Roméo Bienchaud; y los italianos Luigi Veritus, Vito Canto e Anna Cara. Y acompañándolos tenemos al mejor auror que ha conocido el Ministerio de Magia Suizo: Cornus Vitelius.

—No es para tanto Mario —expresó algo apenado Cornus—. Bueno, hemos venido a ayudarles a buscar pistas sobre el asesino del señor Famont.

Hanno cercato nel salone principale? —inquirió la única mujer del grupo, que obviamente era italiana, con su hermoso cabello de color rojizo cortado en capas.

Sí, Anna, in questi momenti Adulio si trova cercando lì —le contestó Lombargini.

—Algunos deberíamos ir a ayudarle —sugirió Vitelius.

—De acuerdo —dijo Mario—. Y para mostrar pluralidad propongo que vayas tú Cornus, acompañado por el señor Potter y el señor Joncoeur.

—¿Vienen señores? —inquirió Cornus adelantándose a los demás.

Harry se encogió de hombros antes de seguir a Vitelius acompañado por el hombre de cabello color paja, quien había preguntado si él era el que había derrotado a Voldemort.

Los tres hombres llegaron al salón principal, el cual tenía enormes proporciones y albergaba más tesoros que cualquier otro lugar de la casa. Dentro se encontraba un solo mago, que estaba bastante calvo y barrigón, usaba lentes de fondo de botella y tenía una expresión de extraviado permanente.

—¿Cómo estás Adulio? —inquirió Cornus.

—¿Cornus? —preguntó el mago entrecerrando los ojos—. ¿Eres tú?

—Sí, soy yo —contestó Vitelius.

—¿Qué haces aquí? —cuestionó Adulio—. ¿No estabas de vacaciones?

—Decidí regresar para ayudar en este caso —respondió tranquilamente Cornus—. Te presento a Harry Potter, auror inglés, y a Julius Joncoeur, auror francés. Señores, les presento a Adulio Loa, al igual que nosotros auror.

Je vous en prie! —exclamó Julius.

—¡Es un placer conocerlo! —dijo por su parte Harry.

Aussi —respondió Adulio sin poder enfocar bien a sus interlocutores.

Harry se quedó en ascuas.

—Ha dicho que él también —tradujo amablemente Cornus—. ¿Has encontrado algo aquí? —preguntó dirigiéndose a Loa.

—Nada hasta el momento —contestó Adulio—. Los objetos más valiosos no han sido tocados.

—¿Y qué pasa de los objetos no valiosos? —inquirió Julius.

—¡Usted habla inglés! —exclamó sorprendido Harry.

—No muy bueno —objetó Joncoeur—. "Pego" es "mejog" que su "fgancés", monsieur Harry.

Harry no pudo evitar sentirse como todo un idiota. Pensó que en cuanto tuviera la oportunidad debería tomar algunos cursos de idiomas, por mucho que el inglés fuera el idioma más expandido en el mundo.

—No creo que un mago oscuro se haya preocupado por los objetos sin valor —refutó Adulio.

Toujours c'est possible tout!—fue la opinión de Julius mientras se acercaba a una mesa en medio de la habitación.

—¿Qué fue lo que dijo? —inquirió Harry a Vitelius.

—Que siempre es posible todo —respondió Cornus—. Pero honestamente no creo que podamos encontrar nada en los objetos sin valor.

De repente, Julius Joncoeur soltó una exclamación de triunfo.

—¿Ha encontrado algo? —inquirió incrédulo Cornus.

Bien sûr! —respondió sonriente Julius.

—¿Qué? —inquirió Harry.

—"Pog" supuesto —tradujo esta vez el mismo Joncoeur—. "Obsegven" la "supegficie" de esta mesa.

Los otros tres aurores prestaron atención, mas ninguno notó nada.

—¿Nos está tomando el pelo? —inquirió Loa.

—"Clago" que no —respondió ofendido Joncoeur—. ¿Acaso están ciegos? Revelio fulla.

El encantamiento provocó un cambio en la superficie de la mesa, donde claramente resaltaba lo que parecía ser una marca dejada por un puño sobre la mesa.

—¡Vaya! —exclamó sorprendido Loa.

—¿Están seguros que eso es del asesino? Por que bien podría ser del mismo señor Famont —sugirió Vitelius como si tuviera la boca seca.

—"Paguece" "negvioso", monsieur Vitelius —dijo Joncoeur irguiéndose por completo.

—Por supuesto que estoy nervioso —repuso Cornus acaloradamente—. Si resulta ser una pista falsa habremos solo perdido el tiempo. Si eso es lo que se acostumbra hacer en Francia, permítame decirle que aquí en Suiza nos gusta a hacer las cosas después de estar completamente seguros.

Harry observó con atención a Vitelius. Julius tenía razón, lucía extrañamente nervioso. Pero ¿sería por lo que decía, o había otra razón de por medio?

—Bueno, no "podgemos" "estag" "segugos" si no seguimos esta pista —repuso Joncoeur mientras sacaba una cámara fotográfica y le tomaba una foto a la huella—. "Segá" bueno que esto lo "guevise" los demás.

—Por supuesto —dijo Vitelius recuperando un poco el aplomo—. Ahora si no les molesta debo ir al servicio.

Y dicho eso se retiró.

—¿Me acompaña a "mostgagles" esto a los demás, monsieur Potter? —preguntó Julius.

—Por supuesto —aceptó de inmediato Harry—. Si nos disculpa, señor Loa.

—Claro, claro —dijo el señor Adulio—. Ustedes vayan y yo seguiré buscando más pistas aquí.

Julius y Harry dejaron la habitación y se encaminaron por el pasillo por el cual habían llegado.

—¿Se fijó en la "gueacción" de monsieur Vitelius? —le preguntó Joncoeur.

—Claro —respondió Harry—. ¿Cree que él haya tenido algo que ver? Porque es curioso, antes de que ustedes llegaran Lombargini nos comentaba que si no aparecía testamento del señor Famont la mansión pasaría a ser propiedad del Ministerio de Magia Suizo.

—Es posible que todo sea un "tguco" del "Ministeguio" "paga" "quedagse" con la mansión, "pog" supuesto —opinó Julius—. Mas no podemos "asegugaglo" con "figmeza" hasta no "teneg" más "pgüebas".

De repente Harry se detuvo abruptamente.

—¿Qué pasa, monsieur Potter? —inquirió Julius.

—Esta pared, no es una pared —respondió Harry.

—¿Qué "quiegue" "decig" con eso? —cuestionó Joncoeur.

—Si no me equivoco es una puerta —respondió Harry mientras examinaba la pared—. Me encontré con algo muy parecido alguna vez en un edificio de Inglaterra, y la entrada al callejón Diagon también es muy parecida. Si usted se fija, parece ser el mismo tipo de construcción que el resto de la pared, pero en realidad los ladrillos usados aquí son ligeramente más cortos que en el resto de la pared. ¡Lo sabía!

Harry había pegado con la varita en el ladrillo correcto, y el muro se estaba haciendo a un lado para dejar un hueco que conducía a otro pasillo.

—¡Es usted "asombgoso"! —exclamó maravillado Joncoeur.

—No tanto como usted —repuso Harry—. Usted fue el que me hizo darme cuenta de que en este caso tendríamos que revisar hasta el más mínimo detalle, así que solo hice lo mismo que usted.

—¡Aun así es "magavilloso"! Y "migue", "tgues" "pagues" de huellas que "paguecen" "guecientes". Trois? ¿No "ega" un asesino "solitaguio"?

—Pues me parece que no —contestó Harry mientras avanzaba por el corredor lleno de polvo, seguido por Julius.


—¡Demonios! —exclamó Cornus furioso.

Se encontraba frente al lavabo, y miraba su reflejo como si él mismo se repugnara. Si hubiera sido más cuidadoso, un poco más inteligente. Pero ahora ya no valía la pena llorar.

—Intentaré buscar una solución, y si no se puede… —se dijo a sí mismo.

Si no se podía aquello solo podía significar una cosa, tendría que afrontar la muerte con valor y en solitario.


Harry y Julius llegaron al final del pasillo, frente a una pequeña puerta de roble.

—Había muchas "tgampas" desactivadas "pog" el camino —comentó Joncoeur—. Me "pguegunto" pourquoi los asesinos no las "activagon" nuevamente.

—Probablemente no contaban con que alguien encontraría este pasillo —opinó Harry—. Creían que solo buscaríamos en el resto de la mansión, y que jamás daríamos con este pasillo secreto. Pero para su desgracia…

Harry empujo la puerta. La habitación se encontraba vacía, a excepción de…

Un miroir? —inquirió Julius extrañado.

A Harry aquel objeto le parecía horriblemente familiar. Julius le pasó una mano por encima, y una figura apareció en espejo.

A Harry se le cayó el alma a los pies en cuanto reconoció aquella figura. Dado que no había empezado a soltar de insultos era obvio que aquel espejo era solo una copia, pero aquello explicaba a qué habían entrado los asesinos del señor Famont a la mansión. Harry recordó las palabras de Laura Helio como si se las hubiera dicho aquella misma mañana:

Del Espejo Maldito. Verá, de acuerdo a la leyenda el Señor de las Tinieblas fue encerrado dentro de un espejo (…) Sin embargo, el espejo fue escondido por los fundadores de Hogwarts, poniéndolo lejos del alcance de los seguidores del Señor de las Tinieblas (…) Aquellos que buscan el espejo aprenden hechizos con los que otros magos jamás llegarían a soñar.

Aquello explicaba todo. Aquello explicaba porqué los magos que habían entrado a la mansión eran tan poderosos en el uso de la magia oscura. A Harry le temblaron las piernas al pensar en que tendría que enfrentarse a otro mago con la fuerza de Robustus Baster, a un mago capaz de hacer desaparecer un fantasma y matar un maestro de Defensa Contra las Artes Oscuras.


¡Oh no! Al parecer nuevos problemas han ronndando en los alrededores. ¿Por qué es Señor de las Tinieblas no puede quedarse tranquilamente encerrado en su espejo?