Algo corto para que los que mantienen las esperanzas con esta historia no las pierdan. El próximo será largo. Lo prometo.


Traicionada

-¿Richard?

Una voz femenina nos devolvió la cordura justo antes de que él me quitase la ropa interior. Traté de decir algo pero él me hizo callar con dos dedos en mis labios.

-Mierda –murmuró antes de separarse de mí y darme la ropa. Me vestí apresuradamente, sintiendo como mis latidos aceleraban a medida que se acercaban los pasos. Mis manos aún abrochaban el botón de los vaqueros cuando una mujer rubia y alta se asomó por la cocina. Él la miró con expresión culpable, más aún cuando se le acercó y lo besó. Miré al suelo, parpadeando. Ella dijo algo en francés que entendí como un "¿no nos presentas?". Rick asintió, con la voz grave. –Gina, ella es Kate, es la crít…

-Nadie –le interrumpí -. No soy nadie… y ya me iba.

-Kate –. Lo ignoré, ladeé la cabeza en dirección a la recién llegada y me marché, preguntándome como había podido ser tan estúpida. Lo sé, no tenía derecho a odiarlo, no cuando yo estaba haciendo lo mismo con mi marido, no cuando entre él y yo no había nada. Pero lo odiaba. Me sentía humillada. Traicionada. Herida.

Paseé por París, sin rumbo fijo, hasta llegar a una callejuela llena de restaurantes de cocina casera, de esos destinados a timar a los turistas con precios abusivos. Aún era demasiado temprano para que me invadiera el olor a carne asada y sopa de cebolla, aunque ya en la puerta de un local un hombre insertaba un conejo en un asador; me miró, evidentemente creyendo que era una turista en busca de un sitio barato para comer y me señaló la pizarra con el menú. Negué y continué, hasta llegar a una pequeña iglesia. Iba a pasar de largo cuando unas gotas de agua fría me mojaron la nariz y las mejillas. Miré hacia arriba, maldiciendo en voz baja. Suspiré, al menos en la iglesia estaría resguardada de la lluvia.

La iglesia de Saint-Séverin es un pequeño templo gótico, oscuro y tranquilo, ajeno al bullicio típico de las grandes iglesias parisinas. Sólo una pareja, una anciana y un par de jóvenes con una cámara de fotos me hacían compañía. Me senté en uno de los bancos principales, bueno, en una de las sillas que unidas a otras sillas formaban un banco y cerré los ojos, apreciando el silencio. Supongo que pensará que debería darme vergüenza entrar en una iglesia unos minutos después de haber estado a punto de follar con mi ex, teniendo a mi marido al otro lado del océano, pero ya lo he dicho varias veces, soy tan egoísta que no pensé en asuntos morales ni cosas así. Sólo podía pensar en cómo aquel pequeño refugio casaba tan bien con mi estado de ánimo. Oscuridad y soledad. Perfecto para una adúltera traicionada. Para una adultera traicionada por un maldito recuerdo que se hizo presente.

Ni si quiera sé cuánto tiempo estuve en ese banco, digo silla. Sé que cuando empezó a dolerme el trasero, ¿sabe lo incómodas que son los asientos de las iglesias en París?, me levanté y empecé a deambular, girando una y otra alrededor, se me han quedado grabadas las vidrieras: una era de cristales fucsias, blancos, verdes y anaranjados; otra, más clásica era un Nacimiento. Se preguntará que hago hablándole de vidrieras de colores, pero la verdad es que ni yo misma lo sé. Supongo que quiero que esta historia sea algo más que él típico romance entre amantes. Quizás si la lleno de belleza lo convenza de que fue mucho más y así justifique lo injustificable. Así que aquí estoy, hablando de iglesias y vidrieras.

No voy a torturarle más sobre el encanto de Saint-Séverin. Mejor le sigo contando sobre ese día. Como le decía, no sé cuánto tiempo estuve allí, pero cuando salí ya era hora de almorzar, mi estómago gruñía y yo no sabía dónde ir. Se supone que tenía que comer en el restaurante, pero obviamente ese era el último lugar que quería pisar. Una es adúltera, pero digna. Así pues, empecé a caminar hasta llegar a una gran avenida donde me encontré un lugar que ningún crítico gastronómico pisaría: un McDonald's. Claro que una mujer casada tampoco dejaría que otro hombre le lamiera todo el cuerpo. Y puestos a seguir pecando…

Me senté junto a la ventana, desde donde tenía una estupenda vista del Museo de la Edad Media, una enorme mansión medieval que en un día nublado como era aquel tenía un aspecto casi tétrico. Abrí el paquete que envolvía mi McPollo y unté las patatas fritas en la salsa barbacoa. Comí con entusiasmo, como si quisiera borrar de mi boca el sabor a rosas que aún permanecía en ella. Pero ni toda la comida rápida del mundo podría borrar algo tan delicioso. Con amargura dejé la servilleta a un lado y me recliné sobre el sillón, mirando a mi alrededor. En la mesa de al lado una familia hablaba alegremente de lo que supongo eran temas familiares; sentí una punzada de tristeza cuando la niña se levantó para ir al regazo de su padre, quien empezó a hacerle cosquillas. Los vi a ellos. A mi marido y mi hija y se me encogió el corazón. Luego me dije, vamos Kate, no los conoces, no sabes si cuando salgan de aquí y acuesten a los niños se irán a dormir sin mirarse si quiera a la cara. Yo siempre miraba a la cara a Tom antes de dormir. Siempre me despedía de él con un beso de buenas noches o con… bueno, usted ya me entiende. Sí, lo sé, le he contado como mi amante me ponía hielo entre las piernas para quitármelo con la lengua, pero eso es diferente… no quiero hablarle de mi vida sexual con Tom. Esa vida sexual, esa increíble vida sexual con mi marido no tiene cabida en esta historia. ¿Qué por qué le doy todo tipo de detalles sobre el sexo con Richard Castle? Porque es lo mejor de esta historia. Tampoco es tan raro. En una relación con segundas personas el sexo siempre es lo mejor. Bueno y los sabores. Los sabores de esas cenas que compartes en las que te olvidas de todo lo demás, en las que sólo piensas en él y en lo deliciosa que está la comida. Y si la cena la prepara el mismo que te hace el amor después sobre la mesa del restaurante… ¿Entiende ya por qué esto va de sexo y comida?