*voz de Penélope Cruz*. And the award for "el día escogido para actualizar este fic" goes to... Wednesday! Olvidad eso...
¡Muy buenas! Si desencriptáis las primeras líneas, lol, veréis que *básicamente porque a vosotras os parece bien*, actualizaré capítulo los miércoles *FIESTAAAA no*. Y hoy es miércoles, aunque en verano todos los días sean iguales (? Eeeeeeeen fin, os agradezco los comentarios del capítulo anterior, muy mucho mucho mucho, porque escribir para lectoras fantasmas desmotiva lo que no está escrito, y ver más de 70 visitas en el cap y 3 comentarios sólo mucho más. Así que grasias *sonríe como tonta*. Y espero que os guste este cruel y algo despiadado capítulo :3 *se esconde en el búnker con Eva Braun*.
Parte VI.
La puerta se cierra tras su espalda con un golpe sordo, haciendo temblar ligeramente el marco de madera y anunciando su llegada. No está enfadado, ni dolido, decepcionado o preocupado. No se trata de nada de eso, ninguna de esas emociones tan comunes. Ni siquiera tiene ganas de volver a caminar otra media hora y regresar a casa de los Jones suplicando por cobijo indefinido. Lo que Dougie tiene es miedo.
La puerta resuena porque es pesada, blindada o algo similar, no lo sabe, pero un par de segundos después de que encaje en el marco, puede oír movimiento en su casa, señal de que, desgraciadamente, no está solo. Ha intentado hacer el menor ruido posible, intentar subir a su cuarto sin que nadie se diera cuenta y meterse en la cama como si llevara allí desde la tarde anterior, fingir de nuevo que no está, que no existe, para ver si de esa manera los demás fingen lo mismo, pero no lo consigue.
- ¿Dougie?
La grave voz de su padre le llega procedente del salón. El rubio cierra los ojos con fuerza, haciendo que sus casi albinas pestañas desaparezcan bajo los párpados y pequeñas lucecitas aparezcan en su mente, tras la capa de piel, como si fueran estrellas, y aprieta los dientes, un "mierda" correteando por su cabecita. De todas las voces que pudiera haber querido escuchar en ese momento, esa es, sin lugar a dudas, la última.
- ¿Eres tú?
- S-sí, soy yo- musita, sintiendo cómo su ritmo cardíaco aumenta en pocos segundos y su torrente sanguíneo se llena de fuego, por lo que echa a correr hacia las escaleras para poder acceder a su cuarto sin tener que enfrentarse a su padre y todo lo que eso conlleva, pero sabe que no llegará muy lejos.
- Ven aquí un momento.
Ahí lo tiene, justo lo que estaba evitando. Deja caer los brazos y un sudor frío comienza a cubrir su cuerpo, mezclándose con el sudor propio de la caminata que ha realizado para volver a casa. Permanece un segundo más en el enorme recibidor de su casa, con uno de sus sucios zapatos en el primer escalón y las uñas tamborileando en la madera de la balaustrada, en un gesto nervioso, y respira hondo para armarse de valor. Se mira los pantalones, ennegrecidos por la tierra, y mentalmente se va preparando para lo que le espera. Ojalá esté Jazzie por ahí y la bronca no sea tan espinosa...
Pasito a pasito, asoma su rubia cabeza por el quicio de la puerta, viendo a su padre sentado en uno de los sillones individuales, leyendo el periódico. Está de espaldas a él, y todo cuanto puede ver es su oscuro pelo cortado al ras a la perfección, y la noticia que en ese momento está abierta ante sus ojos. En una foto en blanco y negro, aparece Hitler asomado al balcón de algún ayuntamiento o ministerio, con el brazo derecho extendido hacia el cielo y los dedos de esa mano también estirados, un semblante orgulloso, mezquino y demencial en su rostro.
Su mirada se ancla a aquel personaje al que todos sus conocidos adoran y siguen, ensalzándolo como si fuera un nuevo dios y su palabra fueran las Sagradas Escrituras sobre las que edificar sus vidas, por eso no advierte cómo su padre gira un tanto la cabeza para mirarle. Una mirada fría y lo que es peor, tranquila.
- Vaya, si estás ahí- musita con cierta ironía, plegando el periódico y depositándolo sobre la mesita del té con sonoridad, como la fina llovizna de una tormenta antes de estallar. Se levanta y se yergue cual alto es, haciendo al sillón parecer de juguete a su lado. Dougie contempla la figura rotunda de su padre y evita mirarle a los ojos, como si fuera Medusa y fuera a convertirle en piedra con el más mínimo contacto.- ¿Se puede saber dónde cojones andas desde ayer por la tarde?
- Por ahí...- responde Dougie. Ha tenido que hacer un esfuerzo por ocultar la sorpresa que siente al saber que su padre notó su ausencia. Era algo con lo que no contaba.
El padre de Dougie es un hombre importante, es algo que salta a la vista incluso sin saber su nombre y apellidos. Es alto, bastante más que su hijo, su pelo es castaño oscuro y su mirada verde, un verde calculador e impasible; el uniforme que viste del ejército alemán está decorado con varias estrellas y banderitas que Dougie nunca ha comprendido pero que sabe que significan algo. Su madre siempre le recuerda que son las batallas en las que sirvió, pero para él no son más que condecoraciones por haberle arrebatado la vida a personas inocentes. Y eso le asquea, porque sabe que, aunque sea su padre, es un asesino. Y lo peor, lo peor de todo, es que es su trabajo, que la gente confía en él para cometer actos atroces y por si con eso no fuera suficiente, se le condecora.
- ¿Por ahí?- repite su padre, alzando las cejas e inclinando un poco la cabeza, como si no hubiera oído bien. Y Dougie debería saber que hace bien teniendo miedo, que hace bien estando alerta y que hizo bien al abandonar su casa, aunque haya tenido que volver a pesar de todo. Gary, que es como se llama su padre, da un paso adelante, alejándose del sofá y acercándose amenazadoramente a su hijo, el cuál tiembla imperceptiblemente.
- Me... me perdí- miente, y su padre ríe.
Dougie levanta la mirada del suelo para posarla en él, el cuál tiene justo delante, y no le da tiempo a entender sus carcajadas por que la mano derecha de su progenitor sale volando y se estampa contra la mejilla izquierda de su hijo menor. El impacto es tan brutal que incluso tira al suelo al enclenque de Dougie, y son sus rodillas las que amortiguan el impacto. Su mano viaja veloz a la mejilla malherida y trata de evitar el escozor frotándola, sintiendo al mismo tiempo cómo sus lacrimales saltan y empiezan a producir unas lágrimas que su padre no puede ver. No puede llorar delante de él, sabe lo que opina él sobre los hombres que lloran.
- Levántate de ahí- le ordena, recolocándose la manga del uniforme, que se ha movido un tanto por la fuerza impresa en el golpe, y se pasa ambas manos por el pelo, viendo a su hijo obedecer.- Te vas a dar una ducha, vas a tirar esa ropa que huele a cuadra, y vas a venir conmigo a la oficina ya que ayer decidiste tomarte el día libre, ¿te ha quedado claro?
Dougie no responde, tan sólo asiente. Su padre inspira con fuerza, y se aleja de allí, saliendo del salón con sus elegantes, caros y relucientes zapatos resonando contra el parqué del pasillo y haciendo lo posible por no rozar a su hijo, no vaya a ser que su uniforme termine también cubierto de una mísera mota de barro.
Un segundo después, el rubio corre escaleras arriba, con los labios y dientes apretados, matando un llanto que sabe va a terminar brotando en cuanto se vea a solas en su cuarto. Y no se equivoca.
La puerta se cierra y él se rompe un poco más, una vez más. No recuerda la última vez que su padre y él no arreglaron sus desavenencias a golpes, o más bien, no recuerda el tiempo en que su padre era una persona amable, cariñosa y cálida con él. Casi no tiene recuerdos de un padre como dios manda, sólo aquél sargento de hierro que es ahora, al cuál todos admiran y temen por igual. ¿Dónde está la línea entre la obediencia y el temor?
Agarra el cuello de la camisa que Danny le ha prestado para poder regresar a su casa y tira de ella con fuerza, sacándosela por la cabeza y desprendiéndola de su cuerpo con una rabia irrefrenable, casi como si odiara ese trozo de tela. Ni siquiera se ha parado a desabrochar los botones, y la tira sobre la cama. A la camisa le siguen los pantalones, zapatos y calcetines, que van directamente a la papelera, confundiéndose con marañas de dibujos que empieza y nunca termina, dejando a medias las historias que se esconden entre dichos trazos. Cuando está en calzoncillos, entra al baño de su dormitorio y abre el grifo de la bañera, dejándole correr un par de minutos para que el agua se calibre y adopte una temperatura adecuada. Se sienta en el borde de mármol y mira las ondas que se dibujan en la superficie del agua al caer del grifo, casi como si estuviera hipnotizado, y se acuerda del día anterior, de lo que le llevó a lanzarse a aquel lago sin saber nadar. Por que sí, mintió, no sabe nadar.
Jazzie y Egbert habían anunciado su matrimonio la noche anterior en una cena en la que todo eran sonrisas. Jazzie parecía realmente feliz, su futuro marido era alto, guapo y, aunque fuera un enchufado en la oficina, era inteligente. Según su padre, su valentía era envidiable y las decisiones que tomaba siempre eran beneficiosas, así que habría que añadir sádico y oportunista a la descripción, motivos por los que el trabajo era algo que tenía asegurado. Sólo tenía que mantener contenta a la hija del jefe durante el resto de su vida y no les faltaría de nada. Sam, la madre de Dougie, no podía creer que su hija mayor fuera a casarse, y derramó algunas lágrimas. Y su padre... Su padre estaba orgulloso, su pecho se henchía en cada respiración, y su piel brillaba diferente. Su única hija casada con uno de sus más fieles y efectivos soldados. No cabía en sí mismo de dicha.
Y entre toda esa parafernalia de familia feliz, con platos rebosantes de una comida que prácticamente ni tocaron, con vasos llenos de cava, y un mantel caro, sus mejores vestidos y trajes, estaba Dougie, sentado en frente de su única hermana, su único apoyo. Y ahora se le iba. Se casaría, se mudaría, y le dejaría allí sólo con el mandamás de su padre y su madre florero.
Se acostó ese día con ganas de llorar, aunque no era algo nuevo en su vida. Oía cómo gente gritaba; su habitación tenía ventana directa a la calle y podía oír gritos y alaridos de personas que rogaban por sus vidas, lo que su padre llamaba "escoria", aquellos judíos que no tenían cabida en la Alemania que Hitler pretendía. Y tuvo que colocarse la almohada sobre los oídos para no oír los disparos que se colaban a través de sus visillos.
Al día siguiente, el día anterior, decidió que no quería seguir viviendo en esa casa, que ni tan siquiera quería nada que hubiera en ella, por lo que se vistió, se aseguró de que nadie le viera, y desapareció calle abajo, ni rastro de los cuerpos fusilados la noche anterior. Finalmente, llegó ante aquel lago, y la idea de zambullirse en él y probar cómo sería la libertad de sentirte ingrávido le conquistó. Nunca había ido de campamento, y en su casa no tenían piscina, y por el hecho de haber estudiado toda su vida con profesores particulares, no tenía ningún amigo con el que poder ir a la piscina municipal de Munich, la cual ahora estaba cerrada ya que se había convertido en un nuevo centro de concentración.
Y ahí apareció Danny. Y el resto ya lo sabéis.
Sale de su ensimismamiento y mete una mano en el agua, comprobando la temperatura. Se quita la última prenda que cubre su cuerpo y se zambulle en la bañera, cubriéndose hasta la cabeza, haciendo que las lágrimas se confundan con el agua, como si no existieran. Permanece en esa posición hasta que sus pulmones escuecen por la falta de aire, y se aferra a los bordes de la bañera, obligándose a sí mismo a no salir. Ojalá Danny nunca le hubiera encontrado. Ojalá se hubiera ahogado en aquel lago, ojalá hubiera muerto. Esos escasos instantes en que sintió su cuerpo hundirse en las frías aguas de lago fueron los más asfixiantes, angustiosos y largos de sus casi diecisiete años de vida. El agua no dejaba de entrar por todos lados, por sus labios morados, por las aletas abiertas de su nariz en busca de aire, incluso por sus oídos. Cuando su cuerpo estaba sumergido, todo cuanto veía era el azul oscuro del interior del lago, la nada más absoluta. Era un infierno, y sin embargo, a pesar de la ansiedad, habría preferido quedarse allí, así no tendría que volver con su padre cada día a la oficina, o a los campos, y vestir aquél uniforme verde que le oprime, le viste de algo que no es, y le señala. ¿Cómo puedes intentar convencer al mundo de lo que eres, si aparentas lo contrario? En verdad, Dougie no sabe a ciencia cierta lo que es, pero si algo tiene claro, es que no es un asesino.
- ¡¿Dougie?!- la voz de su hermana le llega amortiguada por el agua, y le hace abrir los ojos súbitamente.
Sale a la superficie, boqueando y respirando grandes y profundas bocanadas de aire y agudiza el oído; al parecer está en su cuarto. Se aparta el pelo de la cara, ya que ha quedado pegado contra su frente, y extiende una mano para alcanzar la toalla. Sale de la bañera, se la enrolla alrededor de la cintura y un instante después, la puerta del baño se abre violentamente, dejando ver a una chica que parece haberle robado el rostro, porque son como dos gotas de agua, con su pelo rubio y rizado recogido en un moño, y sus ojos verdes abiertos y preocupados.
Jazzie le contempla un segundo desde la puerta y, sin siquiera sentirse cohibida porque esté desnudo, atraviesa el baño para llegar hasta él y le abraza con fuerza, con toda la fuerza que su cuerpecillo alberga, sin importarle que pueda mojarse. Dougie rodea su cintura y posa su mejilla en el hombro de su hermana, reprimiendo otra vez las lágrimas.
- ¡¿Dónde te habías metido?!- le insta al separarse de él.- No sabes lo preocupados que nos tenías a todos.
- ¿A todos?- chista y sale del baño para buscar en su armario el uniforme perfectamente lavado y planchado.
- ¿Qué te ocurre, Doug?- Jazzie se sienta en la cama y le mira con la misma preocupación. -¿Estás enfadado conmigo por lo de la boda?
- ¿Acaso debería? ¿Debería estar enfadado porque te vas a casar con un gilipollas que no te quiere? ¿O porque te vas y me dejas aquí solo?
Suspira, cuando está enfadado no sabe controlarse, y se sienta junto a su hermana en la cama, tomando la mano que ésta le tiende y la mira a los ojos. Tienen el mismo verde en la mirada.
- Doug... – musita ella, acariciando la maraña rubia que tiene su hermano por cabello, tratando de peinarle con los dedos.- Ya sé que Egbert no es santo de tu devoción, pero eres un chico y no entiendes de estas cosas. Es un buen partido...
- ¡Pero no le quieres!- exclama.- ¿Qué ha pasado con Hahn? ¡El verano pasado...!
- ¡El verano pasado es historia, Dougs!- baja el tono de voz y suspira, mirándose sus propias manos, dándole vueltas al anillo de diamantes- Que me case no significa que deje de ser tu hermana. Cuando tengamos nuestra casa, podrás venir siempre que quieras.
- No es lo mismo- refunfuña, y se pone en pie.
Coge una muda de ropa limpia y la deja a la vista de Jazzie, para que ésta deduzca que se va a vestir y necesita privacidad. Su hermana suspira de nuevo, se pone en pie y se planta delante de él.
- Me acuerdo de cuando tenías siete años- le dice con la dulzura envolviendo su voz.- Tenías miedo a... a todo, la verdad. Venías corriendo a mi habitación y te metías conmigo en la cama para que te contara "aquellas mentiras que hacen el mundo mejor", ¿te acuerdas? – su hermano no responde, sólo la mira ceñudo, y ella acaricia su mejilla con cariño para luego depositar un sentido beso en ella.- Aunque ya tengas dieciséis años, jamás dejaré de contarte cuentos, Dougs.
Un instante después sale de su cuarto, cerrando la puerta, y el rubio se deja caer sobre la cama. ¿Por qué tiene que casarse? ¿Por qué si no le quiere? ¿Qué más dará que sea un buen partido si a ella no le hace falta dinero? Su padre gana bien, les mantiene a los dos, les da una generosa paga, les agasaja con regalos, van de vacaciones todos los veranos... ¿Se trata acaso de sexo? ¿Lo que su hermana quiere es alguien con quien hacer cosas de mayores? No le cabe en la cabeza. Él sería incapaz de atarse a alguien para siempre sin amor de por medio.
Se pone la ropa interior, consciente de que su padre no va a tardar mucho en subir a su cuarto a buscarle si no baja él antes, y recoge del armario la percha que contiene el uniforme. El suyo no es más que un pantalón negro, una camisa blanca, corbata también negra y chaqueta, sin banderas o estrellas, sin vidas en su conciencia. "Ya empezarás a cosecharlas", le dice siempre su padre, "y serás el orgullo de esta familia".
Se viste y se mira en el espejo. Su pelo húmedo y perfectamente repeinado, como a su padre le gusta, la raya a un lado y el resto echado al lado contrario, como un niño bueno. El cuello de la camisa oprimiendo el suyo, el nudo de la corbata perfectamente definido y una expresión de valentía y arrojo en su cara. La expresión más falsa de su vida. Y de verdad, cuando se mira, ve a un militar, ve un proyecto de soldado. Ve lo que su padre ha hecho con él, ve a un Dougie frío, desalmado y dispuesto a la batalla, aunque el Dougie real sea el que ha dejado salir mínimamente en casa de Danny, el Dougie miedica, asustadizo, curioso y, por qué no, divertido.
Pero ese Dougie no le interesa a nadie. El único que interesa es el que se refleja en el espejo. Y eso es lo que es.
Spoiler: se va a liar la de Dios. *Muahahahahaha* Y-y-y-y sed majosas y decidme qué opináis sobre la vida de Dougie o qué esperáis que ocurra o qué tal tiempo hace en vuestras ciudades (? Lo que sea. ¡Feliz semana!
