6. La Alondra, Confusiones

El Lord subió la escalera que llevaba a su dormitorio en la Mansión del centro, uno de los antiguos palacios de la familia Meiji. Había devuelto a la alondra herida a su mundo, y ahora él regresaba al suyo.

Y menudo era su mundo: oscuro, violento, destructivo.

Al entrar en su habitación, se vio reflejado en un espejo y se apartó unos mechones de pelo plateado que le caían sobre la frente. No solía pasar demasiado tiempo frente al espejo, a pesar de que su aspecto actual so sufría muchos cambios al pasar el tiempo.

Frunció el entrecejo al recordar una hermosa cara y unos ojos avellanas.

Apartó la imagen de su mente. Había sido muy imprudente al interferir en asuntos humanos. Y todo por un lejano recuerdo. Por el recuerdo de otro hermoso rostro y otros ojos imposibles de olvidar.

Se frotó la cara con las dos manos. Su cuerpo nunca se cansaba, pero necesitaba descansar la mente. Y lo que más le apetecía esa mañana era pasar varias horas meditando tranquilamente. Sin embargo, no iba a poder hacerlo. Había olido el rastro de Satsuki en cuanto había entrado en el palacio. Estaba detrás de él.

-¿Te has estado escondiendo? -preguntó ella en inglés, tuteándolo como siempre que se quedaba a solas con su antiguo amante. Se tumbó de lado en la enorme cama, sin preocuparse por cubrir su cuerpo desnudo.

(Satsuki tenía pocas virtudes, y la modestia no era una de ellas.)

El amanecer empezaba a apuntar por el horizonte. Dentro de unas horas, la alondra, que ya no estaba herida, se despertaría en su apartamento. Pero en ese instante el Lord se obligó a olvidarla y dirigió una mirada hambrienta al cuerpo desnudo de Satsuki. Contempló sus pechos firmes y su tentadora melena pelirroja mientras se pasaba la lengua por los labios.

-Yo también te deseo, buenos días. ¿Cómo sabías que estaría aquí?

-Lo he imaginado. Llevabas días encerrado en esa fortaleza impenetrable. Sabía que tendrías que salir tarde o temprano. Y que luego vendrías aquí.

-Pensaba que había cambiado las cerraduras-comentó él, cerrando las cortinas opacas que no dejaban entrar ni pizca de luz. Lo hizo por Satsuki. A él no le molestaba.

Aunque nadie lo sabía, podía funcionar sin problemas a la luz del sol.

Satsuki apoyó la cabeza en la mano. Parecía un cuadro Japonés Antiguo.

-Lo hiciste. He entrado por el museo y le he pedido a uno de los criados que me dejara subir. Habría ido a visitarte antes, pero, como bien sabes, no puedo cruzar las rejas de la fortaleza.

Sin hacer caso del mohín de Satsuki, el Lord entornó sus ojos dorados antes de preguntar:

-¿Has matado a un criado?

-Por supuesto que no. Sólo está ligeramente... indispuesto. —Satsuki cogió un almohadón de la cama y se lo arrojó-. No se me ocurriría matar a uno de tus humanos. Al menos, sin consultártelo primero.

Él maldijo, lanzando el almohadón al suelo. Recordó a la joven de ojos avellana hecha un ovillo en el callejón mientras Satsuki le pedía que compartiera con ellos una cosecha tan excepcional. El recuerdo y los sentimientos que éste le provocó lo hicieron sentir muy incómodo.

Le dio la espalda.

-Es fácil sustituir a un criado –dijo-, pero es una molestia tener que hacerlo cada vez que un invitado tiene hambre.

Satsuki dudó antes de hablar, ya que se había dado cuenta de la sombra de incomodidad que había cruzado el rostro del Lord antes de darle la espalda.

-En el pasado, nunca te preocupabas por ellos. Aún recuerdo cuando mataste a todos tus criados en un impulso.

El comentario de ella quedó colgando en el aire mientras él se acercaba al armario ropero antiguo que había frente a la cama.

-Yo no me muevo por impulsos, Satsuki. Si los maté fue por una buena razón. Los criados son como la ropa. Los conservo mientras me resultan útiles. Y, cuando ya no me sirven para nada, me deshago de ellos. Para ser sincero, te diré que me duele más separarme de una buena prenda de ropa. ¿De un criado? No tanto.

El Lord se quitó la chaqueta negra y la colgó antes de acercarse a una silla para deshacerse de las botas.

Satsuki no le quitaba ojo.

-Lo que me resulta más curioso de ti es que eres el más humano de todos nosotros para algunas cosas y el menos humano para otras -señaló.

-Estoy seguro de que encontraré un halago en tus palabras si busco bien -replicó él con ironía.

-Eres nuestro Lord, pero nadie sabe cómo proteges la fortaleza ni como obtuviste semejante poder. — Satsuki bajó la voz y añadió—: Ni siquiera yo sé cuándo te llego la maldición de nuestra especie, aunque imagino que fue unos cuantos siglos antes a mi nacimiento.

-¿Me lo estás preguntando? -dijo él con brusquedad mientras dejaba las botas junto al armario, rehuyendo la mirada escrutadora de Satsuki.

-Somos amantes -insistió ella, cuya voz se había convertido en un susurro-. Cuéntame tus secretos.

Él le dirigió una mirada penetrante.

-No somos amantes, Satsuki. Fornicamos de vez en cuando. Eso es todo. -A continuación se levantó de la silla, como si quisiera enfatizar sus palabras.

Ella cerró los ojos e inhaló profundamente el aroma del Lord, que se extendió por la habitación en oleadas.

-Esta noche has matado a un humano, pero no te has alimentado. Huelo una sangre en tu piel y otra distinta en tu interior -apuntó.

-Un imbécil me sorprendió.-no creyó necesario hacerle saber que no necesita ni apetece a los humanos como alimento, a diferencia de los otros que hasta disfrutan la cacería de ellos, el en raras ocasiones degustaba ese tipo de platillos, solo si la sangre de su presa era realmente exquisita.

Satsuki abrió los ojos.

-Y ¿por qué no lo usaste como postre?

-Estás perdiendo el sentido del olfato. Nunca me han gustado los violadores. -Se llevó la mano al bolsillo, sacó un reloj de plata de la marca Baume & Mercier y se lo lanzó.

Ella lo cogió en el aire y admiró la elegancia y la simplicidad de sus líneas a la luz de la lamparita antes de dejarlo sobre la mesilla de noche.

-Qué pena que fueras tú el que acabara con su vida, con lo poco que te importan los asuntos de los humanos. Yo me habría asegurado de que sufriera.

-Sufrió, te lo aseguro. -Los ojos dorados del Lord se iluminaron-. Habrías disfrutado. Me suplicó que no lo matara y confesó sus pecados más secretos. Tenía tanto miedo que se meó encima. -Sonrió, dejando al descubierto una dentadura perfecta-. Dijo que su nombre era profesor Sese.

-¿Un profesor en la familia de los Sese? Me cuesta creerlo.

(Sese compartía nombre con un famoso asesino en serie que había aterrorizado a la ciudad durante décadas. Lo que nadie sabía, por supuesto, era que un buen número de las víctimas habían muerto a manos de la propia Satsuki y de otros de su especie.)

-Has matado a un violador. Y la semana pasada mataste a tres hombres para poder alimentarte de aquella joven. Qué comportamiento tan extraño. ¿A qué viene ese súbito interés por los humanos? Dejaste que un asesino en serie campara a sus anchas por la ciudad durante años.

Él se quitó los calcetines.

-Interfiero en sus asuntos cuando me interesa. -Satsuki se tumbó boca abajo, dejando al descubierto su espalda y su precioso trasero. Luego se retiró el pelo por encima del hombro.

-No veo qué interés podrías tener en despedazar a aquel hombre del callejón y dejar sus restos en la calle para que se pudrieran.

El Lord alzó la vista hacia ella.

-Sato se ocupó de los cadáveres.

-Podrías haberlos asustado o haberlos dominado mediante control mental -replicó ella, observándolo con curiosidad-. Shinkako no es el único a quien tus actos le resultaron peculiares. Ha habido habladurías entre los miembros del Consilium.

La mirada del Lord se tornó fría y amenazadora.

-Si Shikako quiere decirme algo, ya sabe dónde encontrarme. No le gustará el final de la conversación.

Ella se estremeció y apartó la vista.

-Salí en tu defensa, por supuesto. Yo también habría hecho cualquier cosa para no perderme a aquella chica, incluso matar a los tres hombres. Era exquisita. Y ellos iban a desaprovecharla.

El Lord no dijo nada. Se levantó y se quitó el cinturón de piel, que cortó el aire ruidosamente.

Satsuki lo observaba jugueteando con la sábana.

-¿A qué sabía? -preguntó.

El Lord enrolló el cinturón antes de guardarlo cuidadosamente en un estante del armario.

-Mi apetito es insaciable.- Ella se echó a reír una vez más.

-Necesitas una amante. Una mascota humana que esté a tu disposición día y noche, para ocuparse de tus necesidades. El club Teatro está lleno de hombres y mujeres hermosos. Podrías elegir al que quisieras.

Él disimuló una mueca de disgusto volviéndose para cerrar el armario.

Los músculos de su pecho y sus brazos se ondulaban con cada nuevo movimiento. Satsuki admiró el espectáculo humedeciéndose los labios con la lengua.

-Durante todos estos años nunca has mantenido a una mujer a tu lado durante mucho tiempo. ¿Por qué?

El Lord se volvió lentamente y le clavó la mirada.

-Es imposible disfrutar de los humanos durante demasiado tiempo –repuso-. Les falta resistencia. Además, te tenía a ti.

-Nuestros encuentros no son muy frecuentes.

Él apoyó un puño en el armario y apretó los dientes con fuerza.

-Te echaste un nuevo amante humano hace menos de un mes. ¿Dónde está ahora? ¿Limpiando tu palacio de rodillas, desnudo?

Ella se tumbó de espaldas y se quedó mirando el ornamentado dosel de la cama, con los pechos al aire.

-Los amantes humanos no aguantan nada. Al cabo de una semana estaba medio muerto. De vez en cuando necesita dormir.

-Ah, sí. Los humanos necesitan dormir. -El Lord se quitó los pantalones negros y los lanzó sobre la silla-. Así que te has pasado la noche disfrutando de su cuerpo y ahora vienes a disfrutar del mío durante el día. ¡Qué halagador!

Ella se volvió para mirarlo.

-No hay punto de comparación entre hacerlo con un humano y con uno de los nuestros. Además, tú siempre has sido muy... atento. -Los ojos oscuros de Satsuki se pasearon por el cuerpo delgado pero firme del Lord antes de detenerse en su trasero-. Estoy convencida de que nunca te ha faltado compañía femenina. Seguro que has tenido una fila de dulces vírgenes haciendo cola a la puerta de tu casa, rogándote que las sedujeras.

Él se volvió con tanta brusquedad que el movimiento resultó borroso. Sus ojos se oscurecieron y prácticamente la clavó a la cama con ellos.

-Sandeces, Satsuki -le dijo con una voz tan ronca que parecía un gruñido.

Ella levantó las manos en señal de disculpa.

-Perdóname. Olvidaba que detestas o detestabas a los humanos.

-No es de tu incumbencia-refunfuñó él. Cruzó el dormitorio, apoyó los puños en la cama y se inclinó hacia el tema. ¿Piensas pasarte el día charlando o te has metido en mi cama con alguna otra idea?

Satsuki alargó un brazo y le agarró la muñeca con un movimiento lánguido y sensual.

-Llevas bastante más tiempo en Tokio que cualquiera de nosotros y guardas tu pasado con mucho celo. No puedes culparme por este pequeño lapsus. Casi no sé nada sobre ti.

Él le dirigió una mirada ardiente.

-Al parecer, sabes lo suficiente para meterte en mi cama. Has entrado en mi casa, te has quitado la ropa y te has metido entre las sábanas. ¿Empezamos ya?

-Sólo un momento, mi Lord -respondió ella con una sonrisa un hermano que se volvió humano y se casó con una sacerdotisa. Viviste en una época en la que se suponía que las mujeres debían permanecer vírgenes hasta el matrimonio. Tal vez por eso sólo te gustan ese tipo de chicas. Dime, ¿es por eso por lo que no has elegido a una Leidy?

Él se liberó de su mano.

-Yo fui virgen en otros tiempos -replicó ella, casi con melancolía-, antes de que mi padre insultara a un señor inglés. Mi primer amante. A él también le gustaban las vírgenes, pero mi aroma lo confundió.

-Estoy seguro de que tenías otras virtudes que compensaban esa carencia.

Satsuki entornó los ojos tratando de leer qué escondía su expresión, pero se rindió y negó con la cabeza.

-No tienes amantes humanas, ni citas en el Teatro, y ya hemos descartado lo de la Leidy. No me extraña que estés frustrado y de mal humor. No sólo de ambición vive el hombre.

-Si tanto te preocupan mis necesidades, más te vale hacer algo al respecto -replicó él con brusquedad-. Voy a meterte algo en esa boca como no dejes de hablar ahora mismo.

-Sólo trato de ayudarte. Después de tantos años juntos, somos amigos, ¿no? -Satsuki sonrió y se deslizó hacia atrás para dejarle sitio en la cama, a su lado.

Él permaneció de pie, desnudo y orgulloso, con su erección apuntando hacia ella. Apretó los puños con tanta fuerza que se le marcaron los tendones en los brazos.

-¿Amigos? No, aunque sin duda has sido una valiosa aliada. -Su mirada le recorrió el cuerpo hacia abajo y volvió a subir, deteniéndose en sus pechos.

Satsuki suspiró y puso los ojos en blanco.

-Supongo que no se puede esperar más de un daiyōkai de tu categoria. Menos mal que dejé de matar a tus compatriotas en el siglo XIX.

-Ya basta. -El Lord se movió rápidamente y se tumbó sobre la pelirroja.

-Por fin -susurró ella, pegando sus labios rojos al cuello de él.

Las manos del Lord le recorrieron los costados, arriba y abajo, clavándose en su piel perfecta.

Satsuki ronroneó como una gata al notarlo y dirigió uno de sus pechos hacia su boca abierta y ansiosa.

Él lo lamió, rodeando el pezón varias veces con la lengua antes de sujetarlo entre los dientes y tirar de él. Ella arqueó la espalda al notarlo y luego le ofreció el otro pecho.

El Lord repitió el movimiento antes de cerrar la boca y succionar.

Satsuki gimió y movió la cabeza de lado a lado. Agarrándola por el muslo, él le levantó una pierna y se rodeó la cadera con ella antes de penetrarla. Cuando empezó a moverse en su interior, ella jadeó.

Su cópula fue enérgica y frenética, como era habitual en los de su especie. El Lord tenía tanta fuerza que podía sostenerse con un solo brazo mientras se clavaba en ella una y otra vez.

Satsuki alzó las caderas para responder a sus embestidas antes de hacer que se volviera y quedar montada sobre él. Con un grito triunfal, lo cabalgó vigorosamente con la cabeza echada hacia atrás.

El Lord exploró los pechos que rebotaban delante de su cara antes de sentarse y reemplazar las manos con la boca.

Satsuki jadeó de placer y trató de capturar la boca del Lord en un beso, pero él la levantó de la cama y la empotró contra una pared.

Ella insistió, buscándole los labios una vez más, pero él volvió a rechazarla y le recorrió el cuello arriba y abajo con la boca abierta.

Al notar que ella se rendía al orgasmo, el Lord se clavó más profundamente en su interior. Como era habitual en los de su especie, el clímax duró varios minutos.

Cuando Satsuki hubo acabado, tiró de él y lo llevó de vuelta a la cama. Montó de nuevo sobre él y se movió con tanta rapidez que su cuerpo resplandeció en el aire.

Con un grito, él alzó las caderas hacia arriba y se vació en el interior de la pelirroja.

Satsuki gruñó y le mostró los dientes, inclinándose sobre él para clavárselos en el cuello.

Un instante después, estaba tumbada de espaldas sobre la cama. El Lord le había levantado los brazos por encima de la cabeza y los sujetaba con fuerza mientras su cuerpo seguía estremeciéndose a causa del orgasmo.

—No —gruñó con la respiración ligeramente alterada y los ojos dorados brillando de enfado.

Ella no pudo hacer nada más que asentir con la cabeza mientras él seguía moviéndose en su interior. Tenían casi la misma estatura y peso, pero él era más antiguo y mucho más poderoso. Podía acabar con ella sin esfuerzo y sacar su cuerpo de la ciudad para quemarlo hasta dejarlo irreconocible. Y nadie se enteraría.

Satsuki le dirigió una mirada asustada, con los ojos muy abiertos, y contuvo el aliento.

Cuando su orgasmo se consumió del todo, el Lord agachó la cabeza. Unos cuantos mechones de su pelo rozaron el pecho de ella.

-Déjame ser tu Leidy -susurró la pelirroja mientras los placenteros temblores todavía le sacudían el vientre y el placer le recorría el cuerpo entero-. Gobernaremos Japón juntos. Bebe de mí y yo beberé de ti, Márcame.

Satsuki extendió el cuello, mostrándole lo que escondía la superficie de su piel.

El Lord abrió los ojos lentamente, como si fuera un dragón de ojos Dorados, y gruñó.

-Por favor -suplicó ella.

Él se separó de su abrazo y se dirigió desnudo hacia el armario.

Satsuki se sentó y se apoyó una mano abierta y temblorosa en el cuello.

-¿De qué tienes miedo, mi amor? ¿De la conexión que sigue al intercambio de sangre?

Él la fulminó con la mirada.

-No uses expresiones de cariño que no sientes. La honestidad es una de las cosas que siempre he admirado de ti.

Ella apretó los labios y guardó silencio.

El Lord sacó otro conjunto de ropa negra del armario y se dirigió a la cama.

-El palacio está a tu disposición hasta la puesta de sol. Daré instrucciones a los criados. Espero que no falte ninguno cuando vuelva.

Satsuki se lo quedó mirando. Sus rizos pelirrojos formaban una corona alborotada alrededor de su precioso rostro ovalado.

-Pensaba que había progresado un poco durante los últimos siglos. Ya veo que no.

-No me mientas -replicó él-. Todo lo que haces está perfectamente calculado.

-No lo niego, aunque, en este caso, te estaría haciendo un favor. Hemos ganado la guerra con los chinos, pero ¿cuánto durará la paz? Y ¿qué me dices del atentado que sufriste? Aún no sabemos quién ayudó a los chinos a cruzar las fronteras. Debes tener una Leidy, aunque sólo sea para reforzar tu posición. Soy una de tus amigas más antiguas. Soy la elección obvia.

El Lord se volvió hacia ella y examinó su rostro con una hostilidad apenas disimulada.

Tras apartar las sábanas con decisión, Satsuki se levantó y se plantó ante él.

-Debes pensar en el futuro. ¿Cuántos años tienes? ¿Quién sabe cuánto tiempo te queda antes de...?

-¡Basta ya! -la interrumpió él-. Nuestras cópulas no han sido frecuentes, como te has encargado de recordarme, pero eran desinteresadas. Hasta hoy.

El Lord dedicó unos instantes a admirar el cuerpo de Satsuki: la palidez de su piel, sus suaves curvas y largas piernas. A continuación, negó con la cabeza.

-Tu actuación era innecesaria –declaró-. Te habría respondido lo mismo si me lo hubieras propuesto en plena calle. Somos aliados, Satsuki, no amantes. Y desde hoy eso es todo lo que vamos a ser. No vuelvas a mi habitación.

Y, con esas palabras, se marchó.

Cuando Lin se acercó a la galería Taitō-ku, se sorprendió al ver que el edificio estaba acordonado.

Varios agentes de la policía local montaban guardia junto a las vallas mientras los guardias, ataviados con sus característicos uniformes de color azul oscuro, recorrían el patio en forma de U.

Un reducido grupo de hombres vestidos con trajes oscuros charlaban cerca de la entrada de la galería. A lo largo de todo el perímetro vallado se agolpaban periodistas venidos de todo el mundo, que gritaban preguntas a los guardias en inglés y en japonés. Nadie hacía caso de las preguntas, excepto Lin.

Había sucedido algo. Algo terrible.

Las famosas ilustraciones de Hiroshi Yoshida -las copias de sus dibujos basadas en "La Desconocida"- habían desaparecido.

Lin se cubrió la boca con la mano al notar una sensación desagradable que le ascendía por la garganta.

Permiso -dijo una voz masculina junto a su oído mientras alguien trataba de abrirse paso por su lado.

Al volverse reconoció a Patrick Wong, uno de sus amigos de la galería.

-Patrick. -Lin le tocó el brazo.

-¿Nos conocemos? -preguntó él, examinándola con sus ojos oscuros y almendrados.

-Soy yo -le aclaró ella en inglés.

Al ver que él la miraba con sorpresa, recordó que su aspecto había cambiado mucho.

-Soy Lin.

Patrick se soltó sacudiendo el brazo y la miró con los ojos entornados.

-¿Qué sabes de Lin?

-Soy yo, te lo juro. -Buscó su acreditación en la mochila y se la enseñó.

Patrick se la arrebató de las manos y se acercó mucho a su cara para preguntarle:

-¿De dónde has sacado esto? ¿Dónde está Lin?

-Patrick, soy yo. Trabajamos juntos, ¿ya no te acuerdas? Formo parte del equipo de restauración del profesor Kao.

Él apretó la acreditación.

-Todo el mundo conoce el equipo del profesor Kao. Eso no significa nada.

Ella miró a su alrededor con impotencia, tratando de encontrar la manera de demostrar su identidad. Su mirada se detuvo en extremo, concretamente en el tejado, que apenas se veía.

-¿Te acuerdas de que comimos una vez en la azotea? Me hablaste de tu infancia, de que te criaste con tu abuela en Richmond Hill. Me hablaste del restaurante de tu abuela. Me contaste que tenías un perro que se llamaba Magnus y que lo atropellaron cuando tenías diez años.

Patrick abrió mucho los ojos.

-¿Quién te ha contado esas cosas?

-Tú. Tienes intolerancia a la lactosa. Naciste en Toronto y estás enamorado de Koyuki. Soy yo, Patrick, te lo prometo. -Lin alargó el brazo-. Mira mi reloj.

Él bajó la vista hacia su muñeca, donde enseguida reconoció el viejo y gastado Swatch.

Volvió a mirarla fijamente a los ojos y le preguntó:

-¿Cómo sé que no has secuestrado a Lin y le has robado el reloj?

Ella puso los ojos en blanco.

-¿Tú te estás oyendo? No soy nadie importante. ¿Por qué iban a querer secuestrarme?

-Eso no es verdad -respondió él con firmeza-. Lin es alguien muy importante para mí.

Ella hizo una pausa para controlar las emociones. Si se rendía a ellas, no iba a poder pensar en nada que demostrara su identidad.

-¿Te acuerdas de cuando perdiste las copias de las radiografías de la pintura de Hayase? Setsuna Takemaru no paraba de pedírtelas. Fui yo quien las puso en el último cajón de tu escritorio.

Patrick negó con la cabeza.

-Yo no perdí las radiografías.- Ella le dirigió una sonrisa amable.

-Sí que las perdiste. Las dejaste en la sala de lectura del archivo. Las encontré allí y las puse en tu escritorio para que no tuvieras problemas.

Él se la quedó mirando con una mezcla de incredulidad y fascinación.

-Nunca se lo conté a nadie.

-Ya lo sé.

La expresión de Patrick se transformó. De estar sorprendido pasó a estar preocupado.

-¿Lin? -susurró, observándola atentamente.

Ella asintió.

Él le rozó la cara con la mano.

-¿Qué te has hecho?

Ella pestañeó y apartó la cara, incapaz de sostenerle la mirada.

Patrick se apresuró a apartar la mano. Al mirar a su alrededor vio que habían atraído la atención de un agente, que los estaba observando a través de los cristales oscuros de sus gafas de sol.

-Tenemos que salir de aquí. -La agarró del brazo-. ¿Dónde está tu bastón?

-Ya no lo necesito.

-No hagas bromas. No tiene gracia -replicó él con rabia.

Lin levantó la pierna y le demostró todo lo que era capaz de hacer con ella.

-Maldición -murmuró Patrick alzando las cejas-. ¿Qué demonios está pasando?

Antes de que ella pudiera responder, el agente de policía echó a andar en su dirección. Patrick tiró de Lin y la ocultó tras una esquina.

Al ver que se alejaban del edificio, ella se detuvo en seco.

-¿Qué pasa con el trabajo? Vamos a llegar tarde.

Patrick le devolvió la acreditación.

-Hace días que llego tarde por culpa de los controles policiales. Tenemos que pasar un control de seguridad especial para poder entrar.

-¿La policía está aquí por las ilustraciones?- Él la miró con desconfianza.

-Por supuesto.

-¿Cuándo las robaron?

Patrick se la quedó mirando en silencio. Al ver que ella no decía nada más, se frotó los ojos.

-Mierda, Maldición.

-¿Qué pasa?

Él soltó el aire ruidosamente.

-Si estuvieras metida en un lío, me lo contarías, ¿verdad?

-No estoy metida en ningún lío.

-¿Bromeas, cierto? Soy uno de tus mejores amigos y no te he reconocido. -Patrick soltó una maldición-. Ya no necesitas el bastón. Y desapareciste justo después del mayor robo de la historia de Taitō-ku.

-¿Qué? -gritó ella dejando caer su mochila al suelo.

-¡Calla! -Patrick le dirigió una mirada furiosa-. ¿Quieres llamar la atención de media docena de Guardias y de quién sabe cuántos agentes de la Interpol? Baja la voz.

Y, mirando hacia la galería de Taitō-ku por encima del hombro, se alejó de allí rápidamente, arrastrando a Lin y a su mochila tras él.

-¿Cuándo sucedió el robo? -insistió ella, aturdida por la sorpresa.

-La noche de la fiesta de Koyuki.

Lin se llevó una mano a la frente. Se acordaba de la fiesta de Koyuki. Recordaba que Patrick se había ofrecido a llevarla a casa. Pero, después de aquello, sus recuerdos se volvían borrosos.

Entornó los ojos para protegerse de la luz del sol.

-¿Cómo lograron los ladrones cruzar los controles de seguridad?

-Nadie lo sabe. Nadie manipuló las alarmas. Y no han encontrado ni una sola huella digital. La policía cree que debió de ser alguien de dentro. Por eso nos han estado interrogando sin parar. Yo ya llevo tres interrogatorios.

-Pero ¿quién haría algo así? Los expedientes de todos los trabajadores son impecables.

Él la miró con cautela.

-Lin, han estado buscándote. Llevas desaparecida más de una semana. Nadie sabía dónde estabas.

-¿Más de una semana? -exclamó ella con unos ojos como platos.

-La fiesta de Koyuki fue el día 17. Y hoy estamos a 27. No has venido a trabajar desde entonces. Pensábamos que debías de estar enferma. Te envié mensajes y correos electrónicos. El profesor Kao te llamó por teléfono, pero no respondías a nadie. Estaba muy preocupado, así que Koyuki y yo nos pasamos por tu casa el miércoles. Uno de tus vecinos nos dijo que llevaba días sin verte. Denunciamos tu desaparición a la policía y al consulado americano.

Antes de que Lin pudiera decir nada más, el agente apareció, flanqueado por dos compañeros.

-¿Trabaja en el museo? -le preguntó a Patrick, muy serio.

-Sí -respondió él, mirando a Lin de reojo.

-Identificación, por favor. -El agente alargó la mano.

Patrick le entregó la acreditación de Taitō-ku. El agente la examinó cuidadosamente antes de devolvérsela.

-¿Y usted? -preguntó volviéndose hacia Lin.

Ella asintió y le dio su acreditación.

El policía miró la fotografía y luego miró la cara de Lin. Se quitó las gafas de sol, las dobló y se las guardó en uno de los bolsillos de su uniforme.

-No se parece a la de la fotografía -afirmó, perforándola con la mirada.

Ella se encogió de hombros.

-Pues soy yo.

El agente la contempló, pensativo, antes de volverse hacia Patrick. Él cambió el peso de su cuerpo de un pie al otro, inquieto.

-¿Conoce a esta mujer? -preguntó el agente señalando a Lin.

Patrick dudó, y el corazón de Lin empezó a latir con fuerza.

Finalmente, el canadiense se acercó más a ella.

-Sí, trabajamos juntos -declaró.

Lin estuvo a punto de derretirse de alivio al oír las palabras de apoyo de Patrick.

La atención del policía volvió a ella.

-En su acreditación pone que trabaja para en la sala Honkan.

-Es verdad. Pero me trasladaron a los restauradores. En la acreditación se especifica. -Señaló la tarjeta que el agente aún tenía en la mano.

-Señorita Ikeda, acompáñeme.

-Es norteamericana -replicó Patrick-. No pueden llevársela así como así.

El agente lo miró de arriba abajo.

-No nos la estamos «llevando». La estamos acompañando a la comisaría de policía para poder entrevistarla, igual que hemos hecho con el resto de los empleados de Taitō-ku.

Patrick agarró a su amiga del brazo para impedir que se la llevaran.

-Al resto de los empleados nos entrevistaron en el museo, no en comisaría. No van a llevársela a ninguna parte.

-Esto no es un arresto ni un interrogatorio. Es solamente una entrevista. Estoy seguro de que la Señorita Ikeda quiere colaborar con la investigación -insistió el policía, dirigiéndole una mirada incisiva.

Lin pestañeó, sin saber qué decir.

Patrick no se movió y siguió agarrándola del brazo.

Maldiciendo entre dientes, el agente se sacó algo de un bolsillo interior de la chaqueta y se lo plantó a Patrick bajo la nariz.

-Soy el Agente Hayao Matsumoto. Esta mujer no tiene pasaporte diplomático y su nombre está en la lista de los empleados de la galería. Según el código civil japonés, puedo obtener información de ella en la comisaría sin notificarlo a nadie, especialmente a los norteamericanos, comprende?, ¿Tal vez le apetezca acompañarla para que podamos entrevistarlo a usted también, señor Wong? ¿Son amantes? ¿Cuánto tiempo hace que se conocen?

Maldiciendo, Patrick dio un paso adelante, pero Lin intervino apoyando una mano sobre la suya.

-Todo irá bien –aseguró-. Los acompañaré y responderé a sus preguntas. Pero, por favor, dile al profesor Kao lo que ha pasado. Me estará esperando en el laboratorio de restauración. Patrick desafió al inspector con la mirada.

-Informaré a Setsuna Takemaru, el director de Taitō-ku, y al consulado de Estados Unidos. Y citaré su nombre, Hayao Matsumoto.

El policía se encogió de hombros.

-Señorita Ikeda. —Señaló hacia la calle, donde un coche patrulla acababa de detenerse con las luces estroboscópicas encendidas.

Patrick apretó la mano de Lin antes de salir corriendo hacia la entrada de Taitō-ku.

-Por aquí -ordenó Matsumoto con la voz ronca, mientras él y los demás agentes conducían a la chica al coche de policía.

Glosario:

Meiji : (明治時代 meiji jidai?) o Período Meiji (23 de octubre de 1868 - 30 de julio de 1912) denota los 45 años del reinado del emperador japonés Meiji. Durante este período, el país comenzó su modernización y occidentalización erigiéndose como potencia mundial. El nombre 明治時代 significa "Era de culto a las reglas."

Tras la muerte del emperador Meiji en 1912, el emperador Taishō subió al trono, dando comienzo a la era Taishō.

Baume & Mercier: es una empresa suiza dedicada a la fabricación relojes de lujo que fue fundada en 1830. Es una filial del conglomerado del lujo Richemont.

Honkan (Galería Japonesa): El edificio principal original (honkan) fue diseñado por el arquitecto británico Josiah Conder, el diseño del edificio principal actual por Jin Watanabe es el estilo más nativist de la corona imperial. Fue designado una característica cultural importante de Japón en 2001.

En 2001 el nombre "Edificio Principal del Museo Imperial de Tokio Viejo" es designado como un activo cultural importante. Sala de muestras es un total de 26 habitaciones de las plantas primera y segunda (incluyendo una cámara que normalmente está cerrado desviación), que rodea el centro de la gran escalera en forma en la sala de exposiciones de la "b" están dispuestos. Pinturas japonesas, esculturas, artesanías y escritura están en exposición. Después de convertirse en una corporación administrativa independiente, tiene un nombre diferente "Japan Gallery". Recibió el "Japan Design Society Work Award" para 2006 en reconocimiento a los resultados de las actividades de la sala de diseño del edificio principal.