Había sido más fácil decir que iba a ayudar que hacerlo de verdad.
Antonio Fernández Carriedo, español de pura cepa, y voluntarioso ayudante de la Resistencia Blanca, estaba haciendo la guardia esa mañana por los tejados de Loncastel. Ciertas personas le habían dicho que podría darse un ataque a la zona ese día, por lo que se andó con ojo. Cualquier ángel con las alas de un color más oscuro que el gris sería inmediatamente detenido e interrogado.
Pero... la realidad fue bastante diferente. Nada más ver al primer gato callejero, Antonio se olvidó inmediatamente de lo que estaba haciendo.
En efecto, el español adoraba los animales. Y los animales también le adoraban a él, al parecer. No había gato en el pueblo que no amara al joven ojiverde; aunque más bien amaban a la comida que les llevaba. Pescado fresco... ¿qué gato se resistiría?
Antonio jugó con el animal durante casi toda la mañana; podía abstraerse bien de la realidad si se esforzaba. Y vaya si se esforzó, que se quedó hasta las doce sin hacer nada. Cuando el gatito se perdió definitivamente entre las chimeneas, harto de tanto mimo, por fin recordó que tenía que buscar a los sospechosos.
Y eso hizo; buscó sin parar. Pero no encontró nada. La suerte también quiso que evadiera a aquel trío de ángeles negros sin darse cuenta. Pero por la tarde, cuando ya casi se veía la puesta de sol, vio a un joven ángel que escapaba de algo más rápido de lo que sus alas le permitían. Sin abandonar los tejados, le siguió, sospechando de él. Alguien que corría de esa manera no podía estar limpio...
Oh, pero pronto descubrió que ese chico no era el verdadero malo.
Esos tres ángeles oscuros probablemente le estaban persiguiendo para matarle. Y Antonio no podía permitir eso. Con una entrada triunfal que siempre había deseado hacer, bajó a tierra con su adorada hacha y les dijo que se metiesen con alguien de su tamaño. Se arrepintió de haber elegido esa frase; uno de los que habían allí era bastante bajito, por lo que él sí podía meterse con el chico... ah, pero él no iba a permitir eso.
Blandió su hacha y se preparó para combatirles.
- Eres un tipo muy valiente; metiéndote tú sólo en este fregado.- Le dijo el más alto de los ángeles oscuros, con una risa.- Dan y su hacha parecen no ser rivales para ti.
- Oh, venga ya. Puedo defenderme solito, Yong Soo. Ahora verás cómo le corto en tantos pedacitos que ni este loco amante de los puzzles podría resolverlo.
- Eso me ha dolido, o algo así, Dan. Y me llamo Hong. Se te suele... olvidar, o algo así.- Dijo el pequeño.
- No dudo que seáis rivales decentes, pero... no habéis dado con el ángel adecuado.- Antonio rió, sonriendo con algo de malicia.
- ¿Ah, no? Creo que no sabes con quién te estás enfrentando, angelito.- Dijo el rubio, avanzando un par de pasos.
Antonio se reposicionó. Observó detenidamente a su nuevo enemigo, intentando anticiparse a sus movimientos. Empezaron a moverse, acercándose cada vez más el uno al otro.
Dan, por su parte, le prestaba más atención al hacha del español. Si le daba una sola vez, estaría en problemas. Buscó una manera de evadirla y clavarle su propia hacha en algún punto vital y doloroso.
El que dio el primer movimiento fue el rubio. Creyó haber encontrado un hueco en la defensa de su rival, y se lanzó rápidamente a por él. Pero eso Antonio lo tenía previsto. Giró, esquivándole con facilidad, y le propinó una patada muy fuerte en las costillas, lanzándole muy lejos. Fácil y rápido.
- Será cabrón...- Dan tosió, escupiendo un poco de sangre. Realmente le había dado fuerte.- ¡Espera que me vengue de esto y serás comida para gatos!
Antonio, para hacerle callar, blandió su hacha en su dirección, y, con un golpe seco, la hundió en el suelo. El rubio se encogió un poco, por lo fuerte que había sonado el golpe. No es que estuviese asustado, pero... había algo en la mirada del moreno que le asustaba. Era fría y calculadora, como si supiese lo que quería hacer a cada momento.
Pero él no destacaba entre sus compañeros oscuros por ser un cobarde, precisamente, así que se levantó, apoyándose en su arma. Se agarró la zona herida unos segundos; le dolía mucho.
- Dan. Para.- Yong Soo hizo un gesto con su mano para indicarle que se retirara.
- ¿Perdona, Yong Soo?- Él alzó las cejas, sorprendido.
- Como lo oyes. Él tiene un arma bastante más grande que la tuya, estás en clara desventaja.
- Entonces... ¿huimos, o algo así, aniki?- Dijo el pequeño, algo esperanzado. Yong Soo se rió.
- Para nada. Irás tú, hermanito.
Hong palideció un poco. Quiso decir algo, pero la mirada de su hermano mayor era tan dura que no se atrevió a replicar. Avanzó hacia el español, con determinación renovada, dispuesto a dejarle K.O.
- ¿No acabas de decir que tu compañero estaba en desventaja porque tenía un arma más pequeña que la mía? ¡Éste no tiene arma!- Rió Antonio, con una sonrisa sarcástica. Im Yong Soo sonrió, entrecerrando los ojos.
Y antes de que pudiese reaccionar, Antonio se había quedado sin hacha.
Hong, en un rápido movimiento, había golpeado la base del arma y la había mandado a volar de una certera patada. Reculó un par de pasos y puso las manos en posición defensiva.
Antonio quiso tragarse sus palabras.
El asiático volvió al ataque. Con una prodigiosa rapidez, fue hacia su contrincante y le dio un fuerte puñetazo en el estómago. Antonio cayó de rodillas al suelo. Le había dado en un lugar no vital, pero aún así dolía mucho. No le dio tiempo a levantarse, porque Hong le comenzó a golpear en la cara con los puños, enviándole al suelo. Se puso encima suyo entonces, y se sacó un cuchillo mediano de una de sus mangas holgadas.
- Lo siento...- Dijo, en un tono de voz tan bajo que sólo Antonio pudo oírle. Él, sabiendo que la estocada era inminente, cerró los ojos; casi no se creía que le hubiesen noqueado tan rápido.
Pero en vez de sentir el filo clavándose en su carne, escuchó un fuerte golpe, y que el peso encima suyo se aligeraba. Abrió los ojos para ver que el asiático estaba tumbado delante suyo, con sangre en la cara. Confuso, se incorporó y miró detrás de él.
El chico al que se supone debía proteger acababa de salvarle.
- Eh, panda de bastardos, ¿os habéis olvidado de que estoy aquí, o qué cojones?- Dijo el joven, con una mueca de enfado. Antonio le observó mejor. Tenía los ojos más bonitos que había visto en su vida; no había podido advertir eso antes ya que estaba de espaldas a él. Pero ahora podía verlos. Y eran grandes, bonitos, y brillaban con furia.
- Eh... gracias por salvarme, esto...- Dijo, algo incómodo. Se supone que era él el salvador. Tampoco sabía el nombre del chico.
- Lovino. Me llamo Lovino.
Lovino. Era un nombre muy bonito también. Antonio sonrió.
- Eso, Lovino. Muchas gracias.- Agradecido, le dedicó una de las mejores sonrisas que pudo.
- Déjalo. Hubiese podido encargarme de ellos sin tu ayuda, no soy un jodido inválido. Y encima... ¿vienes a ayudarme y luego tengo que ser yo el que te salve el culo? ¿Qué mierda, bastardo?- Gruñó el italiano, claramente enfadado.
- Jajaja... lo siento- Antonio rió, algo desmotivado. Pero tenía razón; no le había mostrado precisamente sus mejores habilidades.
Los otros dos ángeles negros les miraron con odio. Im Yong Soo corrió hacia su hermano, y lo alejó de ellos con rapidez.
- ¡Serás hijo de puta! ¡Le has dejado inconsciente!- Gritó, furioso.
- Ya, es lo que tiene que te rompan la nariz. Te deja bastante mal... y si lo juntamos con el daño al resto de su cabeza, no despertará hasta dentro de un par de horas.- Lovino apartó la vista, como si no le importara lo que acababa de hacer. Antonio le miró, sorprendido. ¡Se comportaba de un modo tan genial! Decidió no ser menos y, recuperando su hacha, se encaró hacia los otros dos.
- Muy bien; uno de los vuestros ha caído. Ahora vais a dejaros atrapar como niños buenos, ¿verdad?- Dijo, sonriendo.
- C... ¡claro que no! ¡De todos modos ya habíamos acabado aquí!- Yong Soo, cargándose a su hermano a espaldas, retrocedió un par de pasos. Qué remedio... era un combate bastante desigualado. Uno de ellos había dejado inconsciente a Hong, que era el mejor en cuerpo a cuerpo, y el otro tenía un hacha gigante; además había estado a punto de acabar con Dan. No tenían posibilidades... lo mejor era retirarse raudamente y regresar con refuerzos o algo.
- Entonces... ¿qué hacemos?- El rubio parecía dudar.
- ¿Qué crees, danés de pacotilla? ¡Huir por patas! ¡Corre!- Y así, los dos escaparon como valientes guerreros del mal que eran.
- ¡Eh, esperad!- Antonio corrió un poco detrás de ellos, pero la voz de Lovino le detuvo.
- Déjales, bastardo. A enemigo que huye, puente de plata.
- Pero ellos... eh... bueno, está bien. Les dejaré ir por esta vez.- Resignado, volvió a mirar al joven. Era bastante atractivo, ciertamente. Tenía un pelo y unos ojos preciosos, tal y como lo había pensado antes. Ahora podía confirmarlo. Y además tenía una buena figura. Se preguntó a sí mismo de dónde habría salido alguien así. Se quedó mirándolo un buen rato, para memorizar su cara y, por qué no, porque era guapo.
- Ehm... ¿qué cojones miras, cabrón?- Lovino frunció el ceño. ¿Qué mierda hacía ese tío? Aparte de salvador patético, era un mirón. Vale que el tipo ese tuviese unos ojos preciosos, pero no por eso tenía que mirarle tanto, que no era un cuadro. Y... no acababa de pensar que tenía unos ojos preciosos. No lo había hecho.
- Ah, lo siento. Sólo era... nada, déjalo, jaja~- Antonio sonrió, volviendo a su alegre forma de ser. Ciertamente, el chico tenía un vocabulario de carretero, pero su ceño fruncido era algo bastante lindo. Le caía bien, parecía simpático.
- Se hace de noche, debería volver a casa... o a lo que sea que se llame ese cuchitril semi vacío.
- Oh, ¿vives aquí? ¡Yo también!
- Jamás lo hubiese podido adivinar.- Lovino puso los ojos en blanco. Realmente, ese tipo no le caía bien. Parecía tonto. Comenzó a andar en dirección a... ¿a dónde? No sabía dónde estaban o él o la casa. Se había perdido, y bien perdido. Mierda.
- ¿Tu casa está por ahí?- El español le siguió, sin dejar de sonreír ni un sólo segundo.
- Eh...- El italiano se negaba en redondo a reconocer que no tenía ni puta idea de a dónde iba, y era malo mintiendo, o eso creía, por lo que decidió improvisar.- N... no. Voy a pasear un poco, para quitarme el susto, y entonces volveré a casa.
Al decir susto, estaba claramente encubriendo lo acojonado que había estado. Pero el otro pareció creérselo.
- Bien, entonces te acompañaré. Se hace tarde, y podrían venir más, así que he de avisar a mis compañeros. No creo que estén en casa, así que probaré a buscarlos por el pueblo.- Claro, eso era un factor, pero Antonio quería estar un ratito más con Lovino.
- Pues búscalos tú sólo. No tienes por qué seguirme.- Eso dijo, pero en realidad agradecía la compañía. Si realmente podían llegar más, lo que no podía hacer era quedarse sólo. Y aunque su acompañante no fuera tan bueno como él peleando, tenía un hacha enorme con la que podía amedrentar a muchos.
- No digas eso~ Acabamos de salvarnos mutuamente~
- Y una mierda, tú sólo te has metido en medio para estorbar. Podía yo sólo.
- Venga, no seas así~- Antonio puso ojitos. Esos ojitos siempre funcionaban, con todo el mundo, hasta con el hermano de Gilbert. Al parecer, también funcionaban con Lovino.
- Eh... bueno, vale. Supongo que alguien tendrá que defenderte si te atacan de nuevo.- El italiano se sonrojó un poco; ¿qué era esa cara de perrito apaleado? Era lo más tierno que había visto en su vida, exceptuando a sus dos hermanos pequeños.
No era algo que le gustase, al contrario; le ponía tan nervioso que tenía que acceder a lo que sea que fuese. O eso quería pensar. En realidad no podía negarse ante algo así, pero jamás lo aceptaría. Su imagen de tipo duro estaba en juego.
- ¡Bien~! ¡Vamos!- Dijo Antonio, con alegría.
Lovino no sabía qué hacer. Ese pueblo era bastante grande; ¿y si no encontraba la casa? Tendría que admitir que se había perdido, y eso sería un golpe muy duro a su orgullo. Casi irreparable. Entonces todos querrían acompañarle a todas partes por si no las encontraba, como cuando era pequeño y no podía encontrar el cuarto de baño. Roderich le puso a una asistenta para ir a todas partes. Pero eso no era culpa suya, es que ese bastardo gafotas tenía una casa demasiado grande...
Pensar en Roderich le hizo apretar los dientes. No quería tener nada que ver con ese traidor. Porque era un traidor. Era él el que había acusado a Lovino de robo. Si no hubiese sido por ese maldito aristócrata, él y sus hermanos seguirían vivos. Le debía la muerte. Se juró a sí mismo que si lo encontraba alguna vez le iba a patear tanto su estúpido trasero que no lo sentiría nunca más. Porque alguna vez se lo encontraría; nadie es inmortal.
Con un suspiro, y apartando esos pensamientos de su mente, se esforzó en encontrar la casa de Peter. Antonio más o menos también se esforzaba, pero en encontrar a sus amigos. Cuando lo hiciese, tendría que despedirse de Lovino, ya que le tocaría hacer guardia toda la noche, pero bueno; vivían en el mismo pueblo, no era como si no fueran a encontrarse más.
Entonces, el español tuvo suerte. A lo lejos vio una cabeza albina.
- ¡Ah! ¡Gilbert!- Antonio alzó la mano, para llamarle. Tanto el alemán como Lovino se giraron para mirarle.
- Co... ¿Conoces a ese albino ruidoso?- Lovino miró alternamente tanto a Antonio como a Gilbert, que se acercaba a paso rápido arrastrando a Francis.
- ¡Hola, Toño! ¡No hay tiempo para saludar, necesitamos un médico urgentemente!- Gil ponía cara de alarma, y el francés que le acompañaba también, aunque repararon un segundo en Lovino.- Espera... ¿cómo es que vas con el pequeño Vargas?
- Le salvé de unos ángeles oscuros hace un ratito. ¿Cómo es que le conocéis?- Dijo éste, sonriendo. Lovino bufó.
- Dirás que YO te salvé a ti, inútil.- Frunció el ceño, y apartó la vista, molesto.- ¿Para qué el médico?
- ¡Oh, si, médico! ¡Necesitamos un médico! Es tu hermano, está bastante mal, y...- Antes de que Gilbert acabara su frase, Lovino le agarró por el cuello, con alarma.
- ¿¡Qué coño le ha pasado a mi hermano!? ¡Como haya sido por vuestra culpa juro que os disecciono y cuelgo vuestras alas en la pared de la casa de ese niñato de Peter! ¡Así habrá algo en ella!- Gritó, asustando tanto al albino como a Francis.
- Espera... ¿vives con Peter?- Antonio alzó las cejas, sorprendido.
- ¡No hay tiempo para explicar gilipolleces! ¡Mi hermano va primero! ¿¡Dónde está!?
- E... en casa de Peter... el hospital está cerrado por falta de médicos útiles, y... bueno, le llevamos allí.
- ¡Pues vamos! ¡Vosotros delante, joder!- Lovino les dio un empujón, para ponerlos en movimiento. Así le guiarían y no tendría que descubrirse que estaba más perdido que un skinhead en una biblioteca.
Corrieron, porque no podían ir más rápido que eso, durante unos cuantos minutos, hasta que llegaron a la casa. Lovino entró como una tromba, quitando a todo el mundo a su paso. Al llegar a la habitación, vio a su fratellino boca abajo en una de las camas. Estaba desmayado, o dormido. Se acercó a la velocidad del rayo y se arrodilló a su lado. Lo que vio no le gustó nada.
Sus alas estaban como desgarradas, les faltaban plumas... no tenía buena pinta para nada. Además, sangraban un poco. Como si estuvieran arrancadas. Daba la impresión de que le dolerían un montón si estuviese despierto.
- Hola, Lovino.- Peter, que estaba sentado al lado de Marcello, le saludó con una sonrisa triste.
- ¿Qué coño ha pasado aquí?- Preguntó Lovino, comenzando a enfadarse. Es que era desaparecer por unas cuantas horas, y su hermano más pequeño aparecía con una parte de su cuerpo rota. Bueno, hasta hace un par de días no era una parte de su cuerpo, pero... ahora sí. Y estaba rota. Seguro que era culpa de esos bastardos; sabía que no estarían bien solos. Era la última vez que se escapaba. A partir de ese instante, juró que no se separaría de su familia ni un segundo.
Es que, en serio, Marcello se había hecho daño. ¿Qué sería lo siguiente? ¿Feliciano volviéndose gay? Disparates...
- Bueno, es largo de explicar... dejémoslo en que una marabunta de gente le dejó así.- Simplificó el inglesito, con expresión desolada.- Ha sido culpa mía; tendría que haberme dado cuenta de que no podía meterse ahí... sus alas aún eran jóvenes, y...
Lovino iba a darle el sermón de su vida, pero se detuvo al ver que el chico estaba intentando contener las lágrimas. Sin éxito, ya que había algunas recorriendo sus mejillas y tenía los ojos algo rojos. Se sintió mal; era como si se preocupase más que él por su propio hermano... o quizás simplemente era la sensación de culpa. Sea como fuere, no tenía ganas de reñirle.
- Eh... bueno, no pasa nada... todos cometemos errores. Tampoco pasa nada, ¿no? No es como si fuera a morir o algo, ¿no? Somos inmortales, o algo así, ¿no?
- ... Eh... respecto a eso...- Peter iba a decir algo, pero un par de lágrimas más cayeron de sus ojos, y se las limpió con la manga de su camisa.
- Fratello... tenemos que hablar.- Una voz a espaldas de Lovino le sobresaltó.
Era Feliciano. Había aparecido de la jodida nada, como hacía siempre. Parecía preocupado. El mayor se levantó del suelo y le siguió hasta el recibidor, donde podían hablar con relativa tranquilidad.
Antonio, preocupado por el chiquillo, le miró la herida. Si, las alas parecían a punto de caerse. No es que fueran a caerse en serio; hacía falta más que un montón de gente empujando inconscientemente para arrancarle las alas a un ángel, pero...
- Peter, no estés así.- El español le revolvió el pelo con una media sonrisa.- Tampoco es tan grave. Sólo necesitamos un médico como Dios manda, y esas alitas estarán curadas en un par de días. No se caerán.
- Ya, pero... por mi culpa, Marcello ha estado a punto de...- Peter volvió a sollozar. Antonio sintió pena también, contagiándose del ambiente triste.
- ¿¡Qué coño quieres decir con muerto!?- La voz de Lovino sonó aterrada desde la otra habitación. Todos fueron a ojear, y vieron cómo un muy asustado Lovino salía de nuevo corriendo hacia su hermano desmayado.
- Lovino, qué...
- ¿¡Es eso cierto!? ¿¡Marcello podría morir por esto!?- Gritó el italiano. Había un deje de desesperación en su voz.
- Bueno...- Peter miró hacia otro lado, incómodo, pero al final habló.- ...sí, podría pasar.
Lovino se quedó helado. Claro, por eso el crío estaba tan preocupado. Y por eso se sentía tan culpable. Porque por su culpa casi matan a Marcello, ¿no? Y además... los ángeles negros de antes habían sugerido lo de cortarle las alas... debió haberlo sabido antes, maldita sea.
Antonio pareció advertir la tensión de Lovino, por lo que le puso la mano en el hombro y trató de tranquilizarle.
- Tranquilo, Lovino... como le he dicho antes a Peter, no es como si fueran a separarse de su cuerpo en serio... con reposo y cuidados se curará.
- Es cierto... está bien ahora, así que sólo le queda recuperarse...- El apoyo del español le subió un poco el ánimo.
- Exacto. Sólo necesitamos un médico que tenga alguna medicina y ya.- Antonio sonrió más ampliamente.
- ¿Eh? ¿Medicina?- Lovino entrecerró los ojos. ¿Había algo más que no le habían contado?
- Sí, bueno... las alas son una parte del cuerpo que está conectada directamente con el alma, por eso son más difíciles de curar; por suerte hay medicinas para eso. Si no encontramos un médico aquí, podemos encontrarlo en otro sitio, no te preocupes. No morirá, eso es lo que importa.
- Ah, bueno... pues id a buscarlo, ¿no? Joder, sí que sois vagos.- Lovino frunció el ceño, haciendo reír a Antonio. Realmente era un chico extraño. Hace un segundo parecía estar tan preocupado por su hermano, y ahora tenía esa expresión de pasotismo de nuevo. Ah, pero sus ojos no podían mentir; realmente estaba preocupado.
- Claro, Lovino. Gil, Franny y yo iremos a hacer la guardia, y mientras, buscaremos un médico, ¿de acuerdo?
- ¡No me llames Franny! ¡Suena muy a chica!- Se quejó el francés, quien fue ignorado.
Lovino asintió lentamente. Parecía perdido en sus propios pensamientos. Antonio le soltó y, haciendo un par de gestos, indicó a sus amigos que saliesen por la puerta. Pero entonces, el italiano le puso una mano en el hombro.
- Puedo... ¿puedo ir con vosotros?- Preguntó, sin mirarle a los ojos.
- ¿Eh? ¿Quieres venir?- Antonio parecía sorprendido, pero a la vez estaba contento. Eso significaba que podría pasar más rato con él. No tenía muy claro por qué quería pasar tanto tiempo con él, pero bueno. Era feliz.
- ¡Sí! ¡Que el italianito se venga con nosotros! ¡Le cuidaremos muy bien, kesesese!- Gilbert miraba a Francis de reojo con mirada malévola.
- Ohonhon~ Sí, que se venga~- Francis puso una mueca lasciva, alzando las cejas. Antonio rió. Sus amigos eran realmente graciosos.
- Bueno, vale. Vente, vamos~ Lud, tú quédate aquí con Feliciano, Peter y Marce, ¿de acuerdo?- Antonio arrastró a Lovino por el brazo hasta la puerta, despidiéndose de los chicos.
Los que se quedaron en la casa se sumergieron en un silencio tenso. Peter no quería moverse del lado de Marcello, y permanecía callado. Mientras tanto, Feliciano, aunque preocupado, comenzaba a aburrirse. Y lo primero que se le pasó por la cabeza fue... exacto, hablar con Ludwig.
- Ve~ Lud, Lud, ¿Marcello tardará mucho en despertarse?- Preguntó, pegándose al alemán.
- Eh... supongo... no lo sé, eso lo sabe Peter.- Ludwig, incómodo, trató de separarse un poco. Aunque estaba comenzando a comprender que Feliciano Vargas no entendía el concepto "espacio vital".
- Ve, ve, y... ¿no sabes ni cuánto aproximadamente?
- Pues... no.- Realmente no tenía ni idea.
- Oh, ¿en serio? Yo creo que sí lo sabes~- Dijo Feliciano, sentándose en las rodillas de su amigo.
- No lo sé.- Éste, algo sonrojado, le cogió por las caderas y le quitó de encima suyo, sentándose a su lado.
- Ve~ venga, dímelo~- Feliciano puso cara de perrito apaleado y volvió a subirse. El rubio bufó, sin saber si sentirse molesto o avergonzado ante aquella descarada violación de su espacio personal.
- Te he dicho que no lo sé.- Respondió, poniendo una mano sobre su rostro, en parte por cansancio, en parte por ocultar su nuevo sonrojo inminente.
- Oh~ Vamos~- El italiano le retiró la mano de la cara para que pudiese ver su cara de cachorrito triste.
- ¡No lo sé! ¡Un par de horas!- Gritó, girando la cabeza en otra dirección.
- Vee~ así que un par de horas~ grazie~- El moreno, feliz, le abrazó.
- Bien... eh... no te pegues tanto, por favor.- Ludwig no sabía qué hacer.
Pero Feliciano no se separó. Parecía estar cómodo. Y en realidad lo estaba. El pecho de Ludwig no era blandito, como una mullida almohada... más bien era musculoso y duro; pero era cómodo. Y cálido. Y aunque no podía escuchar el latido de su corazón, pero siempre podía imaginárselo.
No tardó mucho en quedarse dormido.
X . x . x . X
Mientras tanto, en otro lugar...
La habitación estaba sumida en la oscuridad. Sólo se podía ver brillar a la luna, cuyos rayos entraban por la ventana entreabierta, y el fuego que había en la chimenea. Im Yong Soo había decidido ser valiente y admitir sus errores. Por eso mismo estaba allí, en el despacho de su... llamémosle "jefe". Dicha persona estaba sentada en un sillón enorme, de cara al fuego y de espaldas a él, mientras escuchaba las explicaciones del koreano.
- Ya sé que teníamos que traer a dos ángeles jóvenes, pero... cogimos sólo a uno. Estábamos a punto de coger al segundo, pero se metió un tío con hacha, y... nos redujo. Bueno, nos redujeron él y el otro ángel. No ha sido culpa nuestra, nos pillaron desprevenidos. De todas formas, tenemos a una chica muy joven y guapa... apareció en las afueras hoy mismo; no podríamos tener mejor presa.
- Hmm..." La voz dulce del ángel jefe hizo que Yong Soo se estremeciera. Sabía la crueldad que podía esconder aquella voz de apariencia tan inocente.- ¿Seguro que la tenéis? Yo creo que no...
- N... ¿No? Pero si la he dejado en... en el carro... con Dan... y ella...
- He Observado mucho a esa chica, ¿sabes? Era una buena chica, y no mereció morir como murió... pero dejemos eso aparte; no te interesa a ti, y tampoco me interesa a mí ahora.- El subordinado, algo temeroso, se echó un par de pasos hacia atrás, mientras el otro continuaba con su plática.- También pude ver que, en vida, era muy buena en el combate cuerpo a cuerpo...
- Q... ¿Qué quiere decir con eso?
- Se os ha escapado.
- ¿¡Cómo!? I... ¡Imposible!- Yong Soo corrió hacia la ventana. En efecto, Dan estaba completamente atado, y no había ni rastro de la chica.- Ma... ¡maldita sea! ¿¡Cómo ha logrado desatarse!?
El hombre se levantó de su asiento, y se desperezó. Era también muy alto; casi un palmo más. Sus alas eran blancas, completamente puras, tanto que hasta relucían un poco en la oscuridad. Se volvió y miró a Im Yong Soo, con unos ojos violetas, fríos y enfadados. El koreano dio un respingo, completamente aterrado.
- ¡Lo siento mucho! ¡No volverá a ocurrir! ¡Lo juro!- Gritó arrodillándose en el suelo, temiendo por su incierto destino.
- Oh... ¿qué podría hacer contigo? Pareces sincero...- El hombre se acarició las manos, como si las tuviese heladas, aunque en realidad era más como si se deleitara ante su tembloroso subordinado.
- D... deme otra oportunidad. Le juro que traeré a esa chica de vuelta... y además... además, los que nos pararon los pies fueron los de la Resistencia blanca. Su guarida estará en ese pueblo. Con refuerzos, quizás... no. Seguro que los destrozamos.
- ¿Oh? ¿Una resistencia? Vaya, suena como si fuéramos los malos...- Yong Soo se levantó del suelo, aún temblando un poco, mientras su jefe proseguía su charla.- Pero... está bien, te daré otra oportunidad. Caer está permitido, ¡levantarse es obligatorio! Vuelve a intentarlo de nuevo, ¿si?
- ¡Sí, por supuesto! ¡Muchas gracias! ¡Juro que le traeremos a todos los prisioneros vivos que podamos!- Gritó Yong Soo, con los ánimos renovados, y ya tranquilo por ver que su vida no estaba en peligro.- Llevaré a Lorinaitis y a unos cuantos más. ¡Ese pueblo arderá durante días!
El ángel oscuro iba a salir de la habitación, pero el otro le detuvo.
- Ah, sí. Quiero que me traigas especialmente a esa chica que se os acaba de escapar... ¿cómo se llamaba...? Elizabeta, sí, eso. Tráemela antes que a nadie.
- ¿A esa mujer? ¿Por qué?
- Quisiera hablar con ella de un asunto particular... no debe de haber ido muy lejos. ¿Me has entendido, Yong Soo?- Dijo, con una sonrisa glacial.
- S... Sí, señor Braginski.- Dicho esto, el koreano desapareció por la puerta, llamando a voces a los hombres que le acompañarían.
Iván Braginski volvió a sentarse en su sofá, con serenidad. Elizabeta Héderváry... tenía información que él necesitaba. Lo sabía porque la había Observado durante largo tiempo. Primero hubiese preferido hablar con su ex-jefe... Roderich Edelstein. Pero aquello era imposible por el momento. Tendría que conformarse con la chica.
Rió suavemente, observando las llamas de la chimenea. También había podido Observar a los hermanos Vargas. No sabía dónde se encontraban en ese instante; estaba claro que habían muerto, pero él podía Observar la Tierra, no Pangea. No podía ni adivinar el lugar donde habían aparecido. Pero también los necesitaba. Sobretodo a Lovino Vargas. Él le sería de gran utilidad, ya que... lo había visto de primera mano.
El Observador agarró su taza de café caliente y dio un sorbo. Más tarde enviaría una partida de búsqueda a por ellos. No tenía que preocuparse demasiado por el asunto. Les acabaría encontrando; no podían huir de él.
De momento, sólo tenía que seguir Observando la Tierra, tal y como Dios le había mandado hacer un día.
Este capítulo es más corto que el anterior! Mis disculpas :B
Oh, pero no me digáis que no os he metido un buen chute de intriga, ¿eh? ¿eh? ¿eeeeh? :3 (Aparte del OBVIO Spamano Time! :D)
Y también, mis escenas de lucha apestan un poco, verdad? XDDD
Bueno, en fin, no tengo gran cosa que decir de momento... sólo disculparme por lo del nombrecito... Resistencia Blanca... suena muy, muy, muuuy CLICHÉ D; Me da hasta asco el nombre, pero no se me ocurría nada mejor xDD
Oh, y aclararos que sí, tal y como he escrito más arriba, Eli ha muerto. Pobrecita D;
Podría escribir el motivo de su muerte... bueno, quiero hacerlo. Pero podría hacerlo en el capítulo siguiente, o un poco más tarde. Me da igual, puedo jugar con ambos frentes :B
Si queréis, si os hace ilusión saberlo, decídmelo, y lo pondré en el capítulo siguiente, ¿si?
No me lloren, sean buenos, coman todo lo del plato y déjenme una review, que no cuesta nada! ;D
Hasta el siguiente capítulo~ ^^
