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La historia de Oz
Por naturaleza, Oz era un tipo de pocas pero justas palabras. Ángel no recordaba haberlo oído hablar más de un par de veces. Su perfil era el de un tipo reservado y tranquilo.
Nada que esperar del típico hombre-lobo.
Pero ahora, haciendo un esfuerzo superior incluso para alguien como él, les contó su historia. Cómo y qué hacia cuando la plaga zombi comenzó…
-Interior de un bar. En una ciudad de la Costa Este. Creo que ahora no importa cual – dijo – Hacía tiempo que mi vieja banda musical y yo nos habíamos reencontrado y decidimos de común acuerdo que nos merecíamos un renacer. Empezamos como antes, cuando tocábamos en el Bronze, en Sunnydale…
La banda de Oz se llamaba "Dingoes ate my baby", de la que él solía ser el guitarrista. El cantante, Devon MacLeish, era un gran amigo suyo y principal responsable de convencerlo para regresar.
Aquella noche, los "Dingoes" tocaban en un bar, ante un nutrido grupo de personas. Siempre han hecho buena música y la reacción del público en general era positiva. Esa noche nada hacia presagiar la tragedia que, momentos después de iniciado el show, se desató.
-Hicimos un tema conocido, un sencillo de nuestro hasta el momento, único álbum. Todo marchaba bien, yo en la guitarra como siempre y Devon cantando… pero entonces sucedió algo.
Lo que pasó, según Oz, fue que un tipo entre el gentío saltó como loco sobre el escenario y atacó al cantante. Literalmente, seleechó encima y le arrancó de una mordida un pedazo de cara.
Cundió el pánico al instante. El show se interrumpió y los de seguridad acudieron al escenario para sacar el enajenado del local, mientras alguien pedía a gritos una ambulancia para Devon.
-Hubo forcejeos; el tipo tenía una fuerza tremenda. Yo estaba paralizado en mi lugar, viéndolo todo como si fuera una pesadilla. El pobre de Devon gritaba, mientras ese loco mordía y mordía, totalmente salvaje y furioso. Por un momento llegué a creer que se trataba de otro hombre-lobo, como yo. Uno que se había descontrolado. Ya saben, esa noche estaba la luna llena. Por suerte, yo hacía mucho que aprendí a dominar a la bestia interior y el influjo lunar no me afectaba como antes, pero a lo mejor aquél tipo no se podía controlar y por eso atacó.
Por supuesto, lejos estaba Oz con sus conclusiones. El atacante no se había cubierto de pelo. No tenia garras filosas ni dientes como dagas. Ni siquiera se parecía a un perro o lobo.
Más bien, la pinta que tenía era la de un hombre muerto.
-Lo que me lo reveló fue su olor. Como creo que también saben, en mi forma humana conservo mi olfato, el oído y la vista de un Licántropo. Pues bien, cuando olí el hedor que ese sujeto despedía, supe que no estaba vivo. Pensé entonces en un vampiro, pero que yo sepa los vampiros solo beben sangre, no comen carne humana – Oz hizo una pausa. Miró a Ángel – Eso era lo que esa cosa hacia con Devon: se lo comía.
En el forcejeo, la criatura mordió a los hombres de seguridad. El público estaba espantado, pero cuando abrieron las puertas del local para salir, una horda de seres putrefactos se coló en el interior, corriendo como locos y atacando a todo el que se ponía enfrente.
-Fue el infierno. De repente había cientos de esas cosas y atacaban a todo mundo. La luz se cortó de golpe y los gritos de las personas se mezclaban con los de aquellas bestias. No me quedé más tiempo quieto, sabía que tenía que salir de aquel lugar. Si quería conservar la vida, tenia que huir.
Oz reconocía que la suya no era una actitud muy heroica, pero jamás fue un guerrero. Intentó huir en mitad del pandemonium desatado pero sintió cómo una multitud de manos frías y muertas lo asieron de todas partes.
-Tiraron de mí como un muñeco de trapo… rugían mientras lo hacían. Su salvajismo era tal que… que… - enmudeció. Le costó horrores recomponerse y continuar con el relato.
Tiraron de él, repitió, como si fuera un muñeco de trapo. Lo zarandearon con brutalidad. Intentaron morderlo. Aquello lo sacó de sus cabales. Oz podía controlar su transformación en lobo a voluntad, pero todo fallaba cuando sufría algún trastorno emocional
-Que un grupo de muertos vivos te agarren y quieran devorarte creo que supera cualquier definición de "trastorno emocional" conocido – reconoció. Una pequeña sonrisa se le dibujó en el rostro – Digamos que perdí los estribos. Me dejé llevar por la furia y… la bestia surgió de su jaula.
Se convirtió. La piel se llenó de pelos, las manos se trocaron en garras, la boca en un hocico largo y negro, y los dientes en filosos colmillos capaces de desgarrar carne.
Transformado en una bestia lobuna completa, atacó a los zombis que lo rodeaban con ferocidad. Los despedazó fácilmente gracias a su gran fuerza y avanzó así, como un tornado de ira, al exterior del bar.
Las criaturas estaban por todos lados, como comprobó. La ciudad entera estaba infestada por ellas y muchas ya corrían a su encuentro, dispuestas a comérselo.
-Ataqué a todos los zombis que se me vinieron encima pero pese a desgarrarlos, el lobo que había en mí se negaba a comerlos. La carne de los muertos es… bien, sabe espantosa.
Dawn dijo "¡ajh!". Oz sonrió, sencillo. Prosiguió con el relato.
Moviéndose aun más rápido que los espectros, se lanzó en una carrera por la calle. Los muertos le pisaban los talones. Halló finalmente una tapa de cloaca, la retiró y bajó por ahí…Vagó por los tuneles oscuros guiándose solo por su olfato. Llegó hasta la desembocadura de la alcantarilla bajo un puente y ahí se quedó, tendido al borde del riacho de desperdicios y aguas servidas que corría, intentando calmarse.
Olía todavía el hedor podrido de esas cosas, algo que lo enfurecía mucho y no pudo por ello readquirir la forma humana aun. Aullando, dejó el momento de descanso y se lanzó a la noche, ansiando más pelea… anhelando destruir a más de esas cosas.
-Como les dije, yo no era un guerrero, pero la bestia en el interior de mi alma sí lo es. Si bien no comería a ningún zombi con el que se le cruzara, se deleitaría haciéndolo pedazos.
Oz calló. Todos lo miraron, expectantes de saber cómo seguiría la historia, pero el muchacho no dijo más.
-Una cuadrilla del Ejército se topó con él – informó Buffy, tomando la posta de la narración abandonada por su amigo – Iba de lobo cuando lo capturaron con tranquilizantes como para dormir a un elefante. Se lo llevaron con ellos. Al normalizarse, volvió a su forma humana y pudo hablar. Rhodes se contactó con él cuando su naturaleza sobrenatural se hizo patente. Y mediante el capitán me enteré yo de que lo tenían prisionero.
-Deduzco que intercediste por él – dijo Ángel. La Cazadora asintió.
-Lo pedí para que estuviera con nosotros. Zane aceptó sin dudar. Había oído de mi boca nuestra historia pasada con Oz, que consideró que tener a un verdadero hombre-lobo entre sus filas, para usar en contra de los zombis, sería correcto. Es por eso que él esta aquí.
Lindsey aplaudió, mordaz. Los observaba a todos con un no disimulado aire de superioridad. Ángel recordó que existía y se volvió hacia él.
-Lo que no me explico es cómo una sabandija como tú encaja aquí – dijo.
-Instinto conservador – el ex abogado sonrió – En verdad, Ángel. ¿También quieres oír la historia de cómo sobreviví a esta masacre y me uní a este grupo de locos y, por extensión, al gobierno de Estados Unidos?
-La verdad… no. Pero como sé que me lo vas a contar igual, no tiene sentido negarse.
Lindsey se rió. Kate pensó que era un tipo atractivo pero a su vez, un flor de hijo de puta. No andaba errada.
Decidió contarles su historia. Lo hizo más para fastidiar a Ángel que por aire de confraternizar…
